Matilde Urrutia, musa de amor y libertad

MATILDE URRUTIA, MUSA DE AMOR Y LIBERTAD

Ruth González Vergara

Araucaria de Chile. Nš 29. Madrid 1984

Ruth González es profesora y periodista y se desempeñó en un tiempo como secretaria de Matilde Urrutia. Vive en Madrid.

Esta mujer, menuda, hermosa, de manos pausadas, voz suave y cabellera exuberante, constituyó la musa esencial del poeta. A ella le dedicó muchos versos a partir de su encuentro en México, cuando estaba desterrado; entre otros, Los versos del capitán, que publicara Paolo Ricci por primera vez en Nápoles, en 1952, en forma anónima para "no revelar sus progenitura y no desnudar la intimidad de su nacimiento", como sostiene más tarde el propio Neruda. El poeta estaba casado en esa época con Delia del Carril. Moralidades absurdas no pudieron con el amor. Su propio partido, el comunista, trató de mediar en el asunto. Cosa insólita. Su pasión fue más fuerte. "La tierra y la vida nos reunieron. Aunque esto no interesa a nadie, somos felices. Dividimos nuestro tiempo común en largas permanencias en la solitaria costa de Chile y en esta casa, La Chascona''.dirá Neruda. La Chascona, la casa ubicada en el cerro San Cristóbal, en Santiago de Chile, adquirió ese nombre por el apelativo que Pablo decidió para Matilde, que en mapuche significa cabellera desordenada y caprichosa.

Se transformó más tarde en una bella casa, hermosamente alhajada con objetos primorosos que Neruda llevaba a Chile luego de su peregrinar por el mundo.

En un salón, que más que eso parece un jardín colgante, destaca un cuadro, pintado por el mexicano Diego Ribera en homenaje a Matilde (se cuenta que el pintor estaba prendado de la musa chilena). Es un cuadro curioso: allí está ella con su caprichosa cabellera, de perfil y de frente. En el costado izquierdo de su cabeza, el perfil de Pablo disimulado en ella. Una verdadera simbiosis de amor.

Más tarde, el 23 de septiembre de 1973, pocos días después del golpe militar que derrocó al presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, este salón y el resto de la casa estaban convertidos en un lodazal. Manos siniestras desviaron un canal que corría por el cerro e inundaron La Chascona. Quebraron los cristales de los ventanales, acuchillaron cuadros y pinturas, destrozaron libros y cuanto objeto primoroso encontraron a su paso. Muchos objetos valiosos desaparecieron. Aquel día, Matilde y unos pocos amigos procuraron limpiar un poco la morada del poeta para velarlo. Tuvieron que sacar el estiércol y miasmas que los esbirros habían dejado en el salón principal.

El ataúd de Neruda estaba ese triste día en medio de una vorágine. Parecía como si se hubiera descargado la más terrible tempestad sobre esta bella casa. Y allí estaba Matilde, menuda, con sus manos un poco crispadas y con el más grande dolor de una mujer sobre la tierra. Y ella, que nunca había sido militante de ningún partido, se transformó en la más irreductible combatiente de Chile en contra de la dictadura.

Un sobrino de Matilde pasó a engrosar la lista de desaparecidos. Su casa de Isla Negra, la de mayor rango poético, fue confiscada por la dictadura militar, puesto que Neruda la había legado a su partido y a los trabajadores.

Sólo se permitió a Matilde estar allí en "calidad de cuidadora", sin poder coger un solo objeto de su propia casa. Se le sometió a una vigilancia permanente, aunque discreta. Los libros de Neruda desaparecieron del mercado y de las exigencias bibliográficas de los estudiantes, aunque su nombre no figuraba en la censura oficial, como aconteció en Argentina, donde Videla sí lo eliminó de los programas de estudio. Sus memorias Confieso que he vivido no pudieron ser distribuidas en Chile oportunamente, pues trabas aduaneras y de todo tipo así lo determinaban. Muchas veces, la policía secreta seguía sus pasos a la Biblioteca Nacional, donde trabajábamos en la recopilación de material para los dos últimos libros de Neruda. Para nacer he nacido y El río invisible. Nos fotografiaban en la calle con mucha discreción. Nunca faltaba un patriota que se acercaba a nosotros, anónimo, y nos decía: "La DINA las ha fotografiado". Nunca nos percatábamos. Fue uno de esos días que Matilde no me permitió acompañarla a hacer "una gestión", como me dijo. Yo me quedé en los subterráneos de la biblioteca junto a la poesía de Neruda de principios de siglo. Luego marché a mi casa. Por la radio me enteré de que Matilde había sido alevosamente arrastrada a un carro policial y detenida por "haberse encadenado" junto a otras mujeres parientes de desaparecidos en las rejas del Congreso Nacional, hoy clausurado, por defender los derechos humanos. Se recibieron en Chile protestas de todo el mundo.

Mantenía correspondencia y contacto con los más importantes escritores del mundo, de quienes era amiga personal: García Márquez, Rafael Alberti, Günther Grass, Darío Puccini, Luis Rosales, etc. Yo cumplía esta misión como su colaboradora inmediata con placer y alegría. Ella firmaba las cartas con letra firme y menuda: Matilde Neruda. Los trazos se asemejaban a la letra de Pablo. Los escritores y políticos demócratas del mundo estaban atentos a la dinámica social de Chile, y particularmente se fijaban en las actividades en defensa de la libertad de esta menuda y valerosa mujer, invitada especial en cenáculos culturales del universo.

Tenía en mente desde hacía mucho formar una fundación con el nombre de Neruda y establecer becas para los estudiantes. Su mayor empeño era recuperar la casa de Isla Negra para cumplir con el testamento de Neruda (Canto general): "Compañeros, enterradme en Isla Negra,/frente al mar que conozco". No lo pudo lograr. En cambio, cada año, para el aniversario del nacimiento de Pablo, el 12 de julio, y el 23 de septiembre, día de su partida, el cementerio y el humilde nicho 44 transformaban su silencio en romería. De todas partes venía gente a testimoniar su admiración por el poeta y su obra. Y esos días la policía tenia más trabajo que nunca, pues cargaba contra los manifestantes, que a los gritos de "Neruda, el pueblo te saluda" sumaban otros por Allende y la libertad. Y en el medio, siempre, como una temblorosa flor, llena de dignidad, estaba Matilde Urrutia.

Se ponía de escudo entre la furibunda policía y los jóvenes. Los poetas jóvenes de Chile la han convertido en su propia musa. Matilde Urrutia no escribió jamás un verso, sólo cantaba. Pero ha sido una de las excelsas animadoras de tertulias literarias. De voz pausada, con un ligero acento internacional, ha brindado una palabra de aliento a los contertulios y a los sufrientes, llena de sabiduría y fortaleza. No escribió jamás un poema, pero su vida fue un poema. Como tantas otras mujeres chilenas, luchó por la vida, el amor y la libertad.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03