F

F.

Claudio Giaconi

Araucaria de Chile. Nº 10, 1980.

Chaparrón torrencial, los tradicionales de media hora. En el Pot of Gold, donde vine esperando encontrar a Bárbara, pero no, estaba libre. De todos modos, me quedé y pedí un roast beef, que resultó seco e indigesto. Necesitaré un frasco de peptobismol para diluir la flatulencia. Lo peor de todo es que sigue siendo mayo.

Anochecer con lluvia. Caen largos filamentos grises sobre la ciudad. No sé cuánto tardarán estas nieblas en diluirse. En estas tardes lluviosas aquí, igual que allá, uno se mete en su guarida y espera, pero allá con la amable compañía familiar y la atmósfera de las amistades, comiendo picarones si es invierno.

Nunca me ha sido grato el ambiente en que trabajo. La institución es la más podrida imaginable... Unión Paramaricones, la llaman. La oficina que me toca recibe los peores efluvios de la selva burocrática. La presencia del Gordo no la puedo soportar y, menos todavía, cuando se despierta de malas pulgas resoplando como un fuelle en el gran sillón de cuero. Acepto las miasmas porque, a fin de cuentas, todo lo que me rodea es decadente y sin sentido, pero aquí al menos algo estoy haciendo por el bienestar y la educación de mi hijo, aunque nada de eso puedo decírselo ni a él ni a mi madre, ni siquiera a F. Son confidencias que me hago a mí mismo. Que, por lo menos yo, me oiga decir alguna verdad de vez en cuando.

Si yo apreciara más mi trabajo, si le diera importancia, si hubiera algo perdurable y digno de buscar en la época, algún estímulo, algún aliciente, el futuro de los hijos, de la humanidad, etcétera. Pero la mentada humanidad está llegando al borde de sí misma.

Ayer, F. se acordó del hombre del subsuelo. Estábamos en el Pot of Gold. La reflexión la hizo a voz en cuello y en inglés, para que no quedara duda: «La lucidez, señores, es una enfermedad, una enfermedad en toda la regla...». Hasta Ingrid se dio vuelta para mirarlo.

Mi lucidez de ahora deriva del hecho de que tengo tiempo, demasiado tiempo para reflexionar. El fruto del buen pasar económico es la lucidez y el insomnio. Antes, cuando vivía a salto de mata, no tenía tiempo para pensar, pero ahora, finalmente con trabajo estable y rentable, padezco de anorexia nervosa. De las ondas mefíticas que me envían el Gordo y el chupamedias Iturbide me protejo desde mi escritorio tras la cortina de humo de tres paquetes de cigarrillos al día. Primero me arruinan la salud, y ahora quieren eliminarme. Los conozco... Ahora que me llega un meridiano bienvivir, la conciencia de la época reaparece y en ella no hay más que vértigo.

Domingo. Una cucaracha me bajaba por el puente de la nariz esta mañana al despertarme. Llamé a F. para contárselo, pero respondió Eliane: Attends...

Con gran tristeza, F. me dijo que se trata de una contienda desigual y que es inútil hacerse mala sangre. Me hizo saber que las cucarachas superan a la población humana en proporción de doscientos a uno. «Han sobrevivido a las bombas atómicas, es cosa sabida». Le contesté que el re era su nota musical. F. me dijo que no veía la relación entre las cucarachas y el re. «Vamos por partes», le repliqué. «Re también significa rey en italiano y el sol mayor corresponde, como sabrás, al sol del mediodía, del zenit, es clara, diurna, como Eliane; la del sol menor, nocturna, estelar, corresponde al sol en el nadir, como tú...» F. me interrumpió: «No me dirás que yo soy el Rey Sol de noche y Eliane, la luna a mediodía...».

A veces, es así... duro di testa. Le expliqué que la de re mayor, amada de todos los músicos y por ellos estimada como la más brillante, es considerada como la tonalidad rey...

-Reina, querrás decir, tonalidad reina...

-Re significa rey en italiano y, también re, como sabrás, y es la que yo creo que es, como la mía, también la tuya, en la ya antañona y extrasecular liaison que nos une, in somma...

-Vaya, vaya... -fue el comentario que hizo y se excusó diciendo que tenía que salir de urgencia.

Jueves. Chaparrón eléctrico y retumbar de truenos que parece un bombardeo. Estos temporales no duran más de media hora, terminan pronto por cansarse de sí mismos, y luego retorna el aire recién lavado. Siguen abriéndose y cerrándose paraguas y otros que se los lleva el viento. Gentes que pasan con aire despavorido cubriéndose con el Washington Post. La ventisca huracanada se las lleva barriéndolas, avenida abajo. Me gustaría ver un paraguas corriendo a la siga de su dueño, pero no, eso no se ve nunca, y eso es lo malo.

Esta de aquí es una existencia sin gusto a nada. Demasiada concentración de poder, es el diagnóstico de F. Ilusos de todos los rincones acuden a la ciudad como atraídos por un imán a proponer ideas para cambiar el mundo, pero la ciudad cambia a los que proponen los cambios y, al final, no cambia nada. Según F., la modalidad cercena al cuerpo social en dos ejércitos: de un lado los frustrados y, del otro, los oportunistas, y a río revuelto ganancia de pescadores. El desabrimiento monetario es la peor desgracia que pueda aquí caerle encima a una conciencia despierta, y en plena indiferencia de la sociedad mercantil, ser pobre es un crimen. La impotencia es más notoria cuando llueve en verano con truenos a toda orquesta, un raudal atragantado mientras los años se acumulan y se caen los dientes y el pelo y el espejo de cada día. Los ojos parecen buscar una ecuación exterior y ven sólo decadencia y fin de mundo. Así empieza a prepararse un fin de vida, con la que concluirá un universo de apariencias. Ya va a pasar la lluvia pronto, estos temporales no duran más de media hora. En estas tardes lluviosas aquí, igual que allá, uno se mete en su guarida y espera, pero allá hablando de poesía y en amable atmósfera de contertulios, comiendo picarones si es invierno.

Atardecer de umbrales, rostros ofendidos y aleros chorreantes. Entretanto, Bárbara piensa que no será posible. Yo tampoco. Y entonces... ¿me llamará más adelante?...

Hoy decidí que la solución reside en hacerse millonario de la noche a la mañana, en forma fulgurante. En vez de escribir historias sobre inventores, descubrí que lo que debo hacer es inventar juguetes para niños de cinco a ochenta años, o inventos perfectamente inservibles, para probar el don inventivo, nada más. Cultivemos olivos en los ceniceros, como solía hacerse antes, digo yo.

Almuerzo con F. en el bar go-go girl de la Avenida Pennsylvania. Desde que entramos, me hace guiños la muchacha que se contorsiona en el entarimado al ritmo del rock. En el lugar no cabe un alfiler. ¿Y si hubiera un incendio? Al oírme la reflexión, F. quiere partir de inmediato, aquejado de claustrofobia. «Vamos al frente, al Pot of Gold», me dice, pero yo mando, yo invito.

Finalmente, nos acomodamos frente al pequeño entarimado y ordenamos el almuerzo: meat loaf. Viene el relevo y anuncian a Cindy, que me roza al pasar. Cindy sube los peldaños y con su presencia llena por entero el entarimado. Con ella, sucede lo mismo... Desde que empieza sus contoneos no me quita los ojos de encima, y a ratos me lanza miradas sinuosas como en las películas porno. F., como siempre tan comemierda, me dice que tenga cuidado: «Cuidado, no te ensartes, ella le sonríe a todo el mundo, es parte del show...».

No se da cuenta que no. F. no puede entender y, como siempre en tales casos, se pone de mal humor. Curioso lo que ocurrió después, cuando Cindy me llamó con gesto picaresco del dedo... Fue en la parte más gatuna de la danza go-go. F. volvió a advertirme, que tuviera cuidado, que las señas gatunas eran para todo el mundo, que no querían decir nada, pero yo no le hice caso y lo dejé rabiando con su plato. Naturalmente, yo me levanté y tendí la mano hacia las nalga blancas que me sonreían anchamente desde el entarimado. F. me pidió a gritos que volviera a sentarme. A veces no lo entiendo con todos sus paliques y entelequias.

Viernes. Memorándum y poema garrapateados al mediodía en el Pot of Gold y que transcribo debidamente corregidos:

Chile: ¿Humillación con testigos? Jamás.

Regreso: ni pensarlo. O tal vez sólo por un período (entre paréntesis).

Europa: imposible.

¿Montreal? Posibilidad de vida más amable.

Para ofrecer: trabajo de oficina, traducciones.

Necesidad de aumentar las entradas. Complemento urgente: traducciones. Hacerse una carpeta de clientes y mandar a la mierda al Gordo, antes que él me mande a mí.

Vida amorosa (problema sentimental, en el original): abolida. Yo estoy solo, con responsabilidades y escaso tiempo para hacer capital.

No perder más tiempo ni energías. Defenderse de las ondas negativas de F. Recuperar un sentido más económico de los días. Y hacerse carpeta de cuentas.

USA

Too much money

Too much poverty

Too many cars

Too many tantalizing girls

You can never

never

never

touch...

Tenía pensado hacer un caligrama y que los tres never tuvieran forma de dedos que se alargan para tocar.

Quizás F. tenía razón. Al levantarme hacia el entarimado, donde Cindy me esperaba con el espléndido trasero sonriente y trémulo, oí un vozarrón: Hands off!... Unos garfios de acero me cogieron de la nuca y de un enérgico puntapié me arrojaron a la calle en medio de la risa general. El cromagnon a sueldo probó ser un cultor de la violencia, en suma. Pero F. estaba furioso y, más encima, terriblemente abochornado porque debió salir a buscar el dinero seguido por el cromagnon y entrar de nuevo a pagar la cuenta en medio de la charada de los parroquianos, entre ellos muchos ejecutivos del BID, de la OMS y uno que otro despistado de la Unión Paramaricones. Gente toda que F. aborrece con pasión. Nunca lo había visto tan indignado. Al salir echaba chispas por los ojos y, con la puerta aún entreabierta, les gritaba a los de adentro: «¡Ralea de lacayos! ¡Parásitos lameculos!...».

Esta tarde fui al Banco y saqué algunos dineros, tomé un taxi y lo hice parar a la cuadra siguiente al ver que F. bajaba a grandes zancadas por la Pennsylvania Avenue. El taxista era un negro sudoroso y de ojos saltones. Le pagué con un billete de cien dólares y le dije que se quedara con el vuelto. Me miró extrañado y apretó el acelerador a fondo, dejándome el desagradable olor a gomas chamuscadas.

Con F. nos fuimos al Pot of Gold a comer un sandwich de pastrami. Al entrar, nos topamos con Ingrid, que salía en ese momento vestida de camisola hindú. F. la invitó, pero ella contestó con una sonrisa más insondable que la de la Gioconda y, sin decir palabra, pasó rozándonos con el frufrú de su camisola flotante.

Tres días después.

Ingrid camina como si se hubiera tragado un palo de escoba. F. dice que ella purga los crímenes de su raza y que por eso anda pelada a tarascones, como saliendo de Auschwitz. Tiene piel cerúlea, ojeras violáceas y, últimamente, una cara deformada por un rictus permanente de espanto que le produce un microfilm de horror dentro de su cerebro. Catatonia concentracional, es el diagnóstico de F. A veces, desde el fondo de la cara, le surge a Ingrid una sonrisa medio ahogada. Podría hasta ser bonita si se arreglara, que se pusiera, al menos, una peluca para taparse los tarascones. Siempre anda miedosa del menor contacto físico. Pasa días entero en el Pot of Gold, sin que nadie pueda arrancarle una palabra. Para mí, que está enamorada de Bárbara, tarascones o no. F. me contó que se la violó el padre cuando tenía diez años. «Voilá todo el misterio...». Que lo sabe porque se lo contó Lester, el estudiante de psiquiatría que hace la práctica en el St. Elizabeth. Familia de la alta burguesía de Dusseldorf. El padre es un pez gordo en el mundo académico; enseña idealismo alemán. Catedrático emeritus, pero debe gastar todo su peculio en sanatorios para curarle a Ingrid el trauma que le causó cuando tenía diez años. El semestre último herr Professor la internó en un sanatorio de Suiza, pero de ahí salió con la idea de pelarse a tarascones. F. me contó que la había visitado una vez, en un octavo piso, donde tiene un estudio y vive en compañía de trece gatos. «Antes que le diera por los tarascones era modelo», me informa F. «Tal vez por eso anda tan tiesa», le comento. «Me mostró una carátula de Cosmopolitan... Ella en la portada, sexy, pelo largo y sedoso, estupenda... Me invitó para mostrarme sus pinturas, las que colgó en los muros del Pot of Gold, ¿te acuerdas?...». Cómo no acordarse... Unos cuadritos diminutos atravesados por un enjambre de pincelazos al óleo.

-Imagínate un transistor por dentro...

La pura verdad. Los cuadritos eran un hacinamiento retorcido de cables y huinchas desconectadas a todo multicolor. El padre vive en el mismo edificio, en el sexto piso. Por orden expresa de la hija, jamás sube a visitarla, pero la llama por teléfono veinte veces al día para tratar de disuadirla sobre esto o aquello. Quiere casarla con un discípulo, un aspirante a herr Professor de Princeton. La noche que la visitó F., el padre la llamó nueve veces. Hay un acuerdo entre ellos de no verse, con la única condición que Ingrid no le rechace los llamados telefónicos. Esa tarde Ingrid estaba molesta porque se lo había topado casualmente al papá en el ascensor. No se habían visto la cara desde hacía 599 días. La noche que la visitó, F. pudo oír la respiración acezante del herr Professor por el fono, pero Ingrid terminaba siempre cortándolo a secas en alemán. Cada vez colgaba el auricular con repugnancia, como si el aparato estuviera impregnado de materias ponzoñosas debido, según decía, a que le llegaba por el hilo el aliento paternal podrido a tabaco negro y a kummel, lo que la ponía en estado de agitación extrema. Lester, el que hace la práctica en el St. Elizabeth, dice que lo de la violación es cosa corriente entre los germanos después de la guerra y que cuando estudió en Friburgo se enteró que los alemanes necesitan un dosis de anestesia cuatro veces mayor a la normal para perder el conocimiento. Es porque no se relajan nunca, y de día son ciudadanos modelos y amantes de los animales, pero de noche sueñan en el revanchismo, y al final todos se vuelven declaradamente locos y, los no declarados, pasan entonces a ocupar cargos en el gobierno.

De sopetón, F. me largó a la cara que yo paso en el Pot of Gold porque estoy enamorado de Bárbara. La situación es a la inversa, le contesto, y si no, que observe cuando Bárbara pasa obsequiosa cerca de la mesa meneándome su poto duro y levantado.

Martes. En el Pot of Gold, con F., hambriento y sin un cobre como siempre. Devora de dos mascadas el pastrami que le trae Bárbara. En el rincón está Ingrid. Se ha pasado toda la tarde inmóvil mirando la taza de café. F. quiere acercársele, pero ella le corta las alas con una mirada de basilisco. Está más cerúlea y tarasconeada que nunca. F. me cuenta que la última vez que la visitó trató de hacerla interesarse en materias galantes; por ejemplo, le preguntó por qué había cambiado tanto, desde la portada del Cosmopolitan a los tarascones de ahora. Ella le contestó que los hombres eran todos unas bestias y que sólo pensaban en eso. Le contó que el fotógrafo de Cosmopolitan quería hacer una fortuna con ella y lanzarla al mercado, y que todo iba bien, hasta que el fotógrafo la hizo posar desnuda y ahí se le tiró al dulce. F. le susurró que hacer el amor podía ser también una bella experiencia y, del dicho al hecho, se le aproximó con suavidad, tanteando el terreno, pero entonces los trece gatos se le tiraron encima. No le arañaron, pero parece que repentinamente se agrandaron de tamaño y estaban atentos a una señal de ella para lanzarse los trece a la yugular y, mientras tanto, ella se reía con una risa helada, que no era posible oír a causa del guirigay descomunal que hacían los felinos enloquecidos. «Le pedí que apartara a las fieras, picase!, pero ella me hizo jurar antes que me portaría bien, y así lo hice... Entonces le dije que eso no era serio, sus tarascones y sus gatos amaestrados, hasta que, sin ninguna mala intención, le sugerí que se dejara crecer el pelo como en la portada del Cosmopolitan, entonces ahí se puso furiosa y me echó de nuevo a los gatos encima...».

Para mí, que fue F. el que la ha vuelto loca, o que le dio al menos el empujoncito final. Ahora F. no le saca a Bárbara los ojos de encima. Le pregunto cómo terminó la visita al octavo piso. «Ella me dijo que se había desilusionado de mí... Pues que se quede con sus gatos y sus alambres pelados...», me dijo y, después de una larga pausa: «Tu Cunegunda se ve que viene de las estepas del Asia, con sus pómulos altos y tartaroides...». De Silesia, le corrijo. «Lo mismo da, mírala con sus trenzas rubias, el aire rubicundo y rural...».

F. se ha vuelto majadero desde que tuve la mala ocurrencia de confiarle que Bárbara me había pedido 500 dólares prestados para matricularse y seguir sus estudios de arte. Yo le contesté que lo pensaría... Desde entonces, F. la llama a Bárbara mi Cunegunda. Muy gracioso, pero a mí no me hace nada de gracia. Que ande con cuidado, que las apariencias engañan, me advierte F. Tengo ganas de mandarlo a la misma mierda. Si no fuera por mí hace tiempo que se habría muerto de hambre. ¿Qué se habrá imaginado el presuntuoso?

Viernes. Medio mareado por las vaharadas de marihuana y el tronar del tamtam que se levanta de la negritud, atravieso Dupont Circle. A lo lejos, veo sentado a F., leyendo con aire alicaído el Washington Post. A veces sé si las noticias de Chile son buenas o malas con sólo mirarle la cara. A mí, F. me reprocha por no leer la prensa. Me dice que para Hegel la lectura del periódico era su lección de filosofía diaria. Que debo leer el diario para situarme en el mundo real y concreto, pero no es mucho lo que le sirve a él de tanto situarse. Para animarlo, le cuento el episodio del taxista de los ojos saltones. Al escucharme aparta su lección de filosofía y se agarra la cabeza a dos manos. Al final de sus exclamaciones y aspavientos, me mira desencajado y me dice que es una locura que ande tirando los billetes de esa manera y, para rematar el argumento, me hace la siguiente reflexión: que ese dinero podría haber tenido mejor uso y que cuando me vuelva a sentir acometido por mis instintos botarates que mejor deje caer los billetes en su mailbox de 2521 Pennsylvania Avenue, que con esa cantidad podría haber comido durante dos meses, etc. Yo le contesto diciéndole que eso no es todo y que había repartido trescientos dólares al cruzar de una acera a otra, a tres winos adormilados, a cien por nuca, y que la cosa es sembrar vacas y cosechar plumas en el aire, con un cazamariposas, se entiende. Me mira completamente boquiabierto. Le dije que el cono se toma con caña y el colmo se toma con calma. Agitado, F. me vuelve a endilgar la lección de filosofía hegeliana. Me muestra uno de los titulares: inquietud en círculos oficiales por nacionalizaciones de la UP; me recuerda que tengo que situarme en el mundo real y contingente, que no puedo seguir así, que vivimos tiempos difíciles, etcétera, pero yo lo invito a un sandwich de pastrami en el Pot of Gold y la rabia se le pasa como por encanto. «El cómo se busca en cama, claro que cada vez que el agua pasa por el colador cambia de color», me responde. «Extraño lenguaje para un lector del Washington Post», le comento.

Al alejarnos del furioso tamtam afrocubano, que levanta la negritud en la caliente brisa vespertina del Dupont Circle, F. me dice que antes que yo llegara se había imaginado que estaba en una plaza de Dar-es-Salam. A grandes zancadas bajamos por la New Hampshire Avenue y, a medida que nos aproximamos al Pot of Gold, la normalidad le vuelve al rostro.

-Hambrita, compa?...

-Hambrona, que no hambrita, ni tampoco hambruna, querrás decir, querido Sancho, de los enrevesados decires...

-El palo se pela con pala...

-Y la pera se para con pero...

Al unísono estallamos en una gran carcajada, abriéndonos paso entre la procesión de motores recalentados, indiferentes a las fumarolas de monóxido de carbono, a las miradas de la gente y a las gafas enjoyadas en forma de mariposa de dos damas de pelo violáceo que nos consideran de arriba abajo con sacrosanto horror.

Sábado. Estoy cansado de la costumbre de morirse y que lo entierren a uno. Tantos terrenos en los que podría elevarse otro canto al amor, llenos de arrodilladas piedras lastimeras, apenas marcas de un despojo acumulado. ¿A qué acumular todos esos túmulos? La anorexia nervosa me está crispando las entrañas.

Anoche me hice una pasada por el bar pomo de la calle 14. Es la peor dimensión de la tristeza que uno pueda imaginarse. La sirvienta que me trajo la bloody mary hizo un gran barullo porque le agarré el poto sudado, pero le pasé un billete de cincuenta y la sangre no llegó al río. «Por el doble, el cuerpo entero», me dijo. En la obscuridad y, como era negra, sólo podía verle el blanco de los ojos, pero andaba con un taparrabos fluorescente y los senos al aire.

Ya no puedo aguantar el vodka. Menos mal que en el distrito pomo los vasos los llenan con jugo de tomate y un par de gotas de vodka, como que no quiere la cosa. Llamé a F., que desde el punto de vista sociológico se interesa más que yo en los tugurios pomo de la calle 14. Epítome de la decadencia de Occidente, los llama, pero se excusó. Estaba con Eliane, que había llegado a verlo desde Pittsburgh. En la mañana me comí un huevo y cuatro cucharadas de peptobismol para pasarlo, pero a la hora la flatulencia me tenía como globo inflado topando el techo.

A veces se salvan, gracias a la humildad y la nobleza del paisaje los cementerios de campo, por lo general montados en una colina y sombreados de árboles. En los cercos siempre cuelgan banderitas patrioteras. Pero esas masas de concreto relleno, esos monumentos tan abominables a la falta de imaginación, sencillamente debieran desaparecer, por edicto inapelable. Abracadabra.

A la negra potona del bar le pregunté si le interesaba el arte. Se rió con la boca enorme y, al blanco de los ojos, se le sumó la blanca hilera de los dientes. «¿El arte?... ¿El arte?... Claro que sí...», y me señaló la pantalla, donde en ese momento un mocetón de perfil griego, que hacía de ginecólogo, eyaculaba en la cara complaciente de. El cromagnon a sueldo llama a la negra desde el mesón. Ella parte presurosa y se justifica porque el cromagnon la reconviene:

He's a weird one... No se da cuenta que lo único weird es ella misma y todo el asqueroso local hediondo a semen. F. tiene razón... Decadencia de Occidente, y qué decir del pobre Hegel, quedaría tan espantado si viera esto que olvidaría para siempre su lección de filosofía diaria... Si estuviera cierto de estar haciendo algo por mi hijo, qué me importaría el Gordo y el chupamedias Iturbide... La historia se acerca a su fin. He sido un testigo y nada más, pero testigo de una astracanada deplorable montada a todo escenario. En esta ciudad el poder es excesivo, el espíritu se desintegra, no hay antídoto alguno que no sea escarbar en el propio ensimismamiento. La historia se acerca a su fin y pobre del que se cruza en el camino. La supeditación por horario fijo a un ser tan odiado es lo peor que podría sucederle a una conciencia despierta... La lucidez es una enfermedad, una enfermedad en toda la regla, sin escapatoria posible, excepto el lunch hour, que yo alargo a dos horas sin importarme las imprecaciones del Gordo y los rezongos hipócritas del chupamedias Iturbide. El Gordo hace la siesta desparramado en el gran sillón de cuero resoplando como un fuelle y, sobre todo, al despertar se pone odioso. «¿Y qué ha hecho toda la semana este comemierda?... ¿Todavía no tiene listo el Boletín?». Locos emisores de vibraciones oscuras y pestilencias contaminantes, les metería por el culo su Boletín! Estoy en el pozo más sin esperanza y recibiendo malas emanaciones, en una miasma, pero siempre hay algo positivo... ¿o no? Ser nadie, salva. Estaba mejor en las Galápagos cuando cabalgaba en las tortugas... Todo lo salva la elegancia; vámonos, Bárbara, a Francia. Anoche soñé que estaba en Caleu con el alegre grupo del inefable M. H. y J. Z. paseándome por el huerto bajo los ciruelos silvestres cargados de racimos dorados... O no, había ido solo a Caleu porque el inefable M. H. me lo había sugerido.

-¿Qué vas a hacer este verano? -me preguntó.

-No sé...

-¿Dónde vas a ir, o te quedas en Santiago?...

-No sé, no tengo dónde ir...

-Anda a Caleu -me dijo con un guiño malicioso-. Por la plata, no te preocupes. Don Carmelo está en la cosecha de peras y tú te ofreces como ayuda, ¿ves? Alojamiento gratis...

Resultó ser una broma de mal gusto. No había tal cosecha de peras, ni había muchos perales tampoco. Me parece que sólo había manzanas todavía verdes y muchos ciruelos dorados que crecían tan silvestres como el yuyo. No sé si a causa de los ciruelos y sus racimos de frutos dorados, para nosotros Caleu era una versión de la Arcadía. Eran los años en que íbamos con el grupo de M. H. y J. Z., que era sordo como tapia, pero selectivo en su sordera. En un descapotado Packard de museo, con tres corridas de asientos y rejillas para el equipaje a lo largo de las pisaderas, llegaba a recogernos a la estación de paso el Príncipe de la Paz, chófer de Caleu y dueño de su único vehículo motorizado. El solo hecho que el carromato estuviera aún en condición rodante era testimonio supremo de las habilidades mecánicas de Manuel Godoy, que era su verdadero nombre. Detrás del enorme volante, y ocupado con sus palancas, Manuel Godoy nos acogía impenetrable, pero nos miraba con extrañeza y algo de temor al sentirse interpelado como Príncipe de la Paz y duque de Alcudia cuando J. Z. explicaba las proezas de Manuel de Godoy en la corte de Carlos IV. El incansable M. H. salía de alba a buscar por las quebradas la flor azul de Novalis, y por las tardes se paseaba por los corredores de la casona de Don Carmelo leyendo en voz alta Les Nourritures Terrestres. En su interminable entrecruzar de monólogos, M. H. y J. Z. hacían gala de anularse mutuamente. Ambos salpicaban sus arrestos de elocuencia con nombres mitológicos y referencias a la época helénica y, por el arrullo de sus retóricas, nosotros nos dejábamos transportar embobados a una realidad atemporal en ese valle encajado en la Cordillera de la Costa, el dichoso valle de Caleu. ¿Qué se fizo el rey Don Juan? Los Infantes de Aragón, ¿qué se ficieron?... De súbito, y sin mediar transición alguna, me veía en París, ciudad que solo conozco en sueños, en medio de unas comparsas como vestidas para el carnaval, en largas túnicas de filoseda de colores apagados y alineadas como en los murales de Piero della Francesca. Casi todos en la comparsa eran mujeres y todas se parecían a Josephine Baker, y yo y F. en medio, vestidos de arlequines. La comparsa avanzaba lenta y hierática por los Campos Elíseos. Era la hora del atardecer. Nadie hablaba ni nadie se miraba, todos avanzaban en formación a la Follie Bergere. Finalmente, llegábamos a un abrevadero con sifones de plata. Allí todos nos inclinábamos y nos regalábamos el paladar y los sentidos con una pócima mágica y, entonces, la comparsa se disolvía desintegrándose en pequeñas unidades, buscándose afanosamente con la mirada, pero sin poder jamás volver a juntarse. Un pequeño grupo fue a parar a las callejuelas retorcidas del Barrio Latino, yo y F. entre ellos. Nos mirábamos consultándonos y sin poder entender. Preguntábamos de quoi s'agit-il?, pero nadie sabía respondernos, ni tampoco eran muchos los que nos oían, y se limitaban a mirarnos con ojos turbios y desenfocados. «Son los paraísos artificiales», respondía una mujer alta y misteriosa parecida a Vera Korene. «¿Quieren entrar?» Y nos íbamos en su siga. Bajábamos a las alcantarillas y nos tendíamos en el malecón viendo pasar las aguas servidas. Desde la otra ribera nos miraba Don Carmelo, como preguntando por qué estábamos ahí. Nos habíamos quedado solo y las aguas crecían y empezaban a lamernos los pies. Yo me veía desnudo y encuclillado. «Estos son los paraísos artificiales», me explicaba F., y aunque no lo decía yo adivinaba que quería salir y no sabía cómo. El detritus ya nos cubría los pies. Yo quería pararme, pero los miembros aletargados se negaban a obedecerme. Con repugnancia vi que mi pene, el símbolo de mi virilidad, desaparecía lentamente diluyéndose en una perforación y en una pequeña mancha de sangre. En ese momento, alguien de la comparsa de los Campos Elíseos llegaba con aire festivo a susurrarle a E. en el oído que Eliane estaba en otro paraíso artificial, «pero está contigo, te espera». Con indecible disgusto, yo me miraba la perforación, que E. parecía no advertir.

Cuidarse del Gordo y del chupamedias Iturbide. Evitar los contactos físicos con. Ya sé lo que se traen entre manos. Deshacerse de mí, eso es lo que quieren. Todas sus insinuaciones sobre falta de presupuesto, carroñas burocráticas, ya sé, ya sé... Los conozco... Quieren deshacerse de mí y seguir declarando el presupuesto en planillas para repartírselo entre ellos. Sobre todo, evitar darle la espalda al chupamedias Iturbide, cuidarse de la inyección de curare y la pinchadura en la espalda. La semana pasada me dio un abrazo con gesto cariacontencido porque había estado ausente tres días, cuando avisé que estaba enfermo. Ya sé que debajo de la manga tenía la jeringa y, mientras el Gordo me tendía la mano para saludarme le hizo una seña al chupamedias y... zaaaasss! sentí el pinchazo por detrás.

Después del bar pomo me fui al Speakeasy de la calle 14. Adiú, adiú, me despedí del cromagnon y de la negra potona al salir. Me miraron extrañados. Si E. se preocupa por la decadencia de Occidente, debiera ver en lo que ha venido a parar el Speakeasy desde que estuvimos hace tres años, en su época de apogeo, en los tiempos en que la atracción máxima era una gorda de rizos rubios y vestida de corset que se balanceaba en el trapecio por encima de las cabezas de los parroquianos. Ya no hay trapecistas ahora, pero todavía sigue Slim Joe, vestido como siempre con la bandera de los Estados Unidos y tocando canciones ragtime en el viejo piano vertical. El público también ha cambiado en el Speakeasy. Ya no son los estudiantes zarrapastrosos que se emborrachaban con cerveza, sino cubanos parlanchines, turistas vestidos de inmaculadas tenidas polyéster y ejecutivos de ojos fríos y pelo corto a lo crew cut. Me senté al lado del baño, en la misma mesa en que estuvimos la vez pasada en la víspera de Nochebuena hace ya tres años, ay cómo vuela el tiempo. Para E., entonces era el período de las vacas gordas y para mí, el de las vacas flacas, cuando me ganaba unos miserables dólares haciendo copias a máquina. E. había venido a verme desde Pittsburgh en un flamante auto deportivo de color rojo. Poco tiempo después dejó su puesto de profesor para irse todo ilusionado a Chile, donde no le fue bien. Al volver con la cola entre las piernas se encontró sin pega, y se quedó sin pan ni pedazo. Entonces sí fue cuando la pista se le puso dura. No pudo encontrar trabajo. Rechazado de todas partes. Lo miraban con malos ojos a causa de las nacionalizaciones. Me decía que no era el mejor momento para ser chileno. Hasta tuvo que lavar platos, 2,25 la hora. Que le hacía bien tocar fondo, me decía, que allá abajo estaba aprendiendo cosas nuevas. Podía jurarlo y rejurarlo hasta quedarse afónico, pero yo no se lo creía. De todos modos, no se quedó mucho tiempo allá abajo aprendiendo cosas nuevas y, al cabo de una semana, lo mandó todo al diablo y dijo que viviría al garete. No quiso que Eliane fuera testigo de su época de vacas flacas en Pittsburgh y cuando fui a esperarlo a la terminal Greyhound hacía un calor de 40 grados. Lo primero que me dijo: «¡Pero si esto parece la capital del Senegal!...». Ojalá... No creo que se le olvidará fácilmente esa víspera de Nochebuena. En la mesa vecina había un enorme irlandés hirsuto que hacía más ruido que todo un batallón. Se mostraba deseoso de entablar contacto, como los perros que menean la cola mendigando una palabra de reconocimiento o simpatía. Hizo varias intentonas, pero E. lo rechazaba con gesto implacable. Que se quede en su mesa y que no joda, pero el gigantón volvía de nuevo a la carga. Las sirvientas ya no querían atenderlo; a una de ellas la había seguido al baño. No sabemos lo que pasó adentro, pero la mujer salió al poco rato en crisis de llanto. Al irlandés fueron a buscarlo al baño entre cuatro cocineros fornidos para tirarlo sin más ceremonia a la calle, pero él mostró una tarjeta. Lo soltaron con deferencia y lo dejaron volver a la mesa, diciéndole que se fuera a reponer la mona y se quedara tranquilo. Slim Joe resolvió la situación atacando con brío los compases de Ain't misbehavin' y pronto todo volvió a una especie de normalidad turbada a ratos por la retahíla incoherente de nuestro vecino, en la que sólo podían distinguirse las palabras gook, fuck y un sonido onomatopéyico muy semejante al tableteo de una ametralladora. Volvió de nuevo a la carga y se aproximó a la mesa a entablar diálogo diciendo que era de origen irlandés: I am Irish American..., pero E. lo paró en seco: And so what! Yo creí que el tipo nos echaba las manazas encima. Lo vi haciendo rechinar los dientes, algo horrible. Pero no pasó nada. Como un perro amonestado, aplastó su enorme corpachón contra la pared y siguió rumiando su hervidero. Cuando salimos las campanas repicaban, era medianoche y nevaba tupido. Fuimos a buscar el auto y recuerdo que anduvimos dos cuadras a resbalones por la nieve en medio de la algarabía general de la calle 14 y nos paramos en un boliche a tomar café. Al doblar la esquina media hora después, frente al Speakeasy, vimos que había una multitud de curiosos y autos policiales que llegaban crispando la noche con el ulular de las sirenas. Nos bajamos y preguntamos a curiosos qué pasaba. Nos contestó que un tipo se había descerrajado un tiro en la sien en el baño del Speakeasy. E. se puso pálido. «¡Tal vez, si le hubiéramos conversado!...», pero no me dejó terminar. Me dijo que el tipo tenía un arma y tenía que usarla contra alguien, que podría haberla usado contra él, o contra la mujer en el baño, pero finalmente la usó contra sí mismo. Temprano, a la mañana siguiente, me desperté cuando E. salió a comprar el diario. Al abrir la puerta me dijo que la violencia es tan propia del país como el apple pie y, con voz calma, agregó que no había podido dormir.

¿Dónde están los estudiantes zarrapastrosos de antaño? Qué fue de tanto galán, qué fue de tanta invención como trujeron?... Slim Joe toca con menos entusiasmo. Parece también echarlos de menos. Los turistas de polyéster y los cubanos parlanchines y los ejecutivos de mirada fría, con sus dedos de tenazas aprisionando sus vasos de scotch sólo hablan de dólares, dólares, dólares...

Lunes. Me levanté a mediodía. Toda la mañana ha sonado el teléfono, y yo lo dejo sonar. Que suene... Seguro que es el Gordo o el chupamedias Iturbide. Voy a la farmacia a buscar peptobismol, pero el boticario me advierte que estoy tomando la medicina equivocada, que debo tomar serpasil, me dice. Al boticario le conté que cuesta largo tiempo desenamorarse, desinflarse entre largas salas de espera. Me miró extrañado y me dijo: «Un dólar cincuenticinco... Cuatro pastillas diarias, después de las comidas». Ahí van las hembras primaveras desparramando flores por el dorado valle de Caleu... Todas íbamos a ser reinas, de cuatro reinos sobre el mar... Cuando la sombra del estómago se sube a la cabeza, aquí al igual que allá, uno se mete en su guarida, pero allá en compañía de amables contertulios. En el edificio viven varios funcionarios de la Unión Paramaricones y al toparnos en el vestíbulo se adelantan o se atrasan para no subir conmigo en el ascensor. Otras veces, soy yo el que se atrasa o se adelanta. Boñigas burocráticas, los conozco a todos... No me cabe la menor duda que debajo de la manga esconden la jeringa, como el chupamedias de Iturbide. También vive en el edificio una colombiana flaca, secretaria del BID y no me mira desde que le dije una vez que se parecía a Nefertitis. Al pasar por el Pot of Gold vi a F. hablando animadamente con un joven pálido, de pelo rubio y aceitoso que le cae sobre los hombros. F. me presenta: Lester, que hace la práctica en el St. Elizabeth. F. me pregunta que dónde me he metido. Me cuenta que Iturbide lo llamó en la mañana, que se preocupan por mi suerte, que el Boletín tiene que ir a las prensas y no está listo, etcétera. Me informa que Ingrid ha desaparecido y pensó que a lo mejor ella y yo... Se acerca Bárbara y me pregunta where have you been?... En el Orinoco, le digo, pero ella parece no entender. Me pregunta qué voy a servirme y yo le contesto cuándo. Me dice que mañana, y hace seis meses que me está diciendo lo mismo. F. me pone al corriente de lo que hablaban antes de mi llegada, y me entero de que sólo los seres inteligentes son melancólicos, y que esto se debe tal vez a que viven en dos tiempos, ya sea en el pasado o hacia el futuro, y el presente lo sufren como un purgatorio o estación de paso. «Estábamos hablando del grabado de Durero La Melancolía», me explica F. «Ingrid se parece a... cuando tenía la pelambrera abundante... El mismo gesto grave, la misma mirada intensa». Le replico que lo úntico melancólico es Tiffany's a las seis de la tarde, y el Empire State Building de Nueva York. «Pero nunca estamos en Nueva York y las seis de la tarde no son nunca las seis de la tarde», comenta F., y Lester tercia: «Sobre todo, el Empire State Building en el cortometraje de ocho horas de Andy Warhol». La reflexión del joven paliducho me suscitó una hilaridad tan incontenible que le derribé sin querer la bandeja a Bárbara cuando llegó con el pastrami. F. y Lester me miran extrañados y, mientras Bárbara se agachaba para limpiar el estropicio, me dieron unas ganas bárbaras de agarrarle el poto. F. me cuenta que todo el problema de Ingrid se reduce a su falta de independencia económica, y que de esa manera el herr Professor la extorsiona. Lester agrega que el padre le ha cultivado la idea de que ella no sirve para nada y que sin él está perdida en el mundo. Lester nos cuenta que cuando hizo la exposición en el Pot of Gold quería irse a California y comprarse con el producto de la venta una propiedad en el Valle de San Fernando para convertirla en vivienda comunitaria dedicada a la meditación trascendental, pero no vendió ninguno... Pedía cinco mil dólares por cuatro. F. dijo: «¿Cinco mil?... Tiene que estar loca». Lester: «Y quién sabe, tal vez dentro de veinte años sus cuadritos atraerán el ojo de algún millonario excéntrico y se pondrá de moda». F. concuerda: «Y entonces volverá al estudio del octavo piso a producir cuadritos, y para que no se arranque de nuevo el herr Professor la amarrará con cadena a una pata del catre». Lester: «Con una cadena de oro...». Se ríen a toda mandíbula. A Lester le falta un diente. F.: «Pero después del fiasco de la exposición el areztín de los tarascones se le pasó adentro, a los repliegues del alma... Melancolía catatónica concentracional, mi teoría...» Lester concuerda. Al volver Bárbara con el pastrami, lo aparto con la mano. Su sola vista me hace trabajar los jugos gástricos y me produce flatulencia. De dos mascadas F. lo hace pasar a su estómago a prueba de balas. Yo saco mi serpasil. Antes de alejarse le pregunto a Bárbara mañana?, y ella me pregunta si lo he pensado. Yo le contesto que le traeré la «Teoría del Paisaje» de André Lothe. Ella quiere pintar paisajitos sencillos para empezar, no como la loca de Ingrid y sus huinchas y filamentos de transistor. El joven paliducho se levanta y se despide.

No bien nos quedamos solos, y como es un maniático del ritornello, F. se pone a hablar del taxista de los ojos saltones, que es una locura que ande tirando los billetes, que no puedo seguir así, que corren tiempos difíciles, que cuide lo que tengo. Para tranquilizarlo le confío mi plan de hacerme millonario en forma fulgurante, inventando juguetes... ¿Juguetes?... Sí, juguetes para niños de cinco a ochenta años, le explico... Como un caimán en una tarde en el Orinoco que nada de espaldas para ver a un avión volar. F. me miró extrañado. Que me deje de cuchufletas, me dice y, como de costumbre, pronto pasó a otro tema, pero entonces le dio por hablar del Gordo y del chupamedias Iturbide, que el Gordo tal vez era un hinchabolas, de acuerdo, pero que Iturbide era buena persona y se preocupa por mi suerte. Conozco la canción. El Gordo siempre insiste en que el mío es un puesto inexistente y que me contrató porque Iturbide llegó poco menos que llorándole, pobre, hay que ayudarlo... Muy inexistente será el puesto, pero el ocupante existe y desde que llegué el Gordo me ha hecho la campaña de terror, que el puesto es provisorio, que se ha decidido eliminar el presupuesto. Conozco esas historias de presupuesto... Me quieren eliminar... ¿Y de cuándo acá le ha bajado a F. tanta amistad con el chupamedias Iturbide? Para mí, que forma parte de la conspiración y quiere quedarse con el puesto. Prohibido el lujo de la depresión y la melancolía, por muy atributo de personas inteligentes que sean. F. se puede dar el lujo hasta que le dé puntada. Es parte de su elegancia. El es nativo de la altura; altivo, no soberbio, no, a nivel. ¿Estará también en la conspiración? Las fuerzas ya no me dan... Allá, huir allá... Me perdonarán, pero ya no puedo más... No, mejor no huir... Llegar simplemente, llegar a la rama donde llegan los cernícalos a posarse tras un largo viaje. Juro, señores, que la enfermedad es una lucidez, una lucidez en toda la regla... Desterrado, descielado, descorporado... «Por eso», me dice F. «Hay que empezar por el cuerpo... Tienes que comer... Seamos razonables, hay que organizarse». Me advierte que cuando me llame por teléfono, y para que yo conteste sin peligro, sabiendo que es él, usará un santo y seña... Sonará dos veces, ring! ring! y cortará y, luego, volverá a llamar. Querrá decir que no hay moros en la costa. «¿Entendido?...» Me dice que me mantengo sellado como la faz de los ciegos. «Y, en fin, qué es esta historia de tu Cunegunda y los .500 dólares?», inquiere. «Está bueno que sientes cabeza... ¿No te has mirado recientemente en el espejo?». Me levanté, y yo que soy chico, me agrandé de tamaño y a él que es grande, lo vi allá abajo chiquitito como un pigmeo retorcido. «¡Te vas a la mierda ahora mismo!», le grité con voz tenante. «¿Y quieres que me quede allá?», preguntó sin inmutarse.

-Allá en la mierda...

Entonces me achiqué de nuevo, como dando vueltas de carnero mientras todo se daba vuelta y a él, desde abajo, lo vi enorme. Le dije que parecía Polifemo y me volví a sentar. Nos miramos en silencio y, al poco rato, nos pusimos a reír. F. pide otro pastrami y una Heineken bien helada y me advierte que las apariencias engañan. Yo le dije que lo de los 500 dólares lo pensaría. Entonces F. me dijo que «por eso que tu Cunegunda es tan congraciante contigo», y pasó a contarme algo que no venía al caso. ¿Estudios de arte? ¡Pero qué arte ni qué melindres!... Que debiera verla a la Cunegunda cuando se va todas las noches con su horda de motociclistas que la vienen a buscar al Pot of Gold con gran ruido de cadenas, y que debiera verla a la hora del cierre cuando se suelta las trenzas inocentes y se cambia los refajos de aldeana de la Alta Silesia por pantalones ajustados, botas y casaca con incrustaciones metálicas todo en cuero negro. Que debiera ver a la banda de cromagnones desaforados con sus latas de cerveza eructando sobre los pasantes y amenizando la espera tirando algún puñal para probar la puntería. Que entonces debiera verla a la Cunegunda cuando se cala el casco y sale al galope a montarse a la grupa de uno de los motociclistas, el capo de la banda, que usa un casco de la Wehrmacht con el signo de la cruz gamada y botas llenas de toperoles. Que debiera ver la visión infernal... Las insignias, las picanas, las boleadoras, las cadenas, las swásticas, las chapas, las manoplas y el estruendo y el estruendo y la estela sulfurosa cuando se alejan las hordas de Adía... Le dije que estaba perdiendo la cabeza, me levanté, lo manda a la mierda y esta vez me fui de verdad.

Por fin he encontrado un ser razonable con quien se puede conversar. Se llama Abraham Lincoln, viene de Illinois y nació en una cabaña, igual que Abraham Lincoln. Tiene barba rala, es alto y enjuto y, al igual que Abraham Lincoln, se viste de levita negra y chistera, pero aquí todo el mundo lo llama Abbie.

Al llegar, F. y Eliane entraron conmigo por el parque y me dejaron frente a la blanca mansión con mi maletín y mi escobilla de dientes. Al pie de la escalinata vi a Lester, que hace la práctica en el St. Elizabeth. «¿Y tú, qué estás haciendo aquá?», le pregunté. Con un guiño de complicidad me explicó que él integraba el Comité de Recepción de Perseguidos, y que para él era un honor ofrecerme la bienvenida. Acto seguido, Lester me condujo con deferencia a una pequeña sala donde funcionarios vestidos de blanco me preguntaron nombre, edad, lugar de nacimiento, se interesaron por saber acerca de mis padres, me palparon el pecho y la espalda, después de lo cual inquirieron si había tenido enfermedades. Yo les contesté sin vacilar que la enfermedad es una lucidez, señores... una lucidez en toda la regla. Ellos celebraron lo acertado de mi reflexión. A los funcionarios de blanco les pregunté si había en la mansión dignatarios caídos en desgracia, a lo cual me respondieron con deferencia que entre los huéspedes se contaban unos pocos que caían en esa desgracia. Debo decir que la mansión me impresionó mucho más por fuera que por dentro. Al día siguiente, le hice la observación a Lester, que mi aposento dejaba mucho que desear, le dije y, sobre todo, le hice saber que el catre era duro. Me explicó que todo era para el bien de los huéspedes, para que no se acostumbraran a la molicie y a la vida fácil, que de ese modo se conservan en mejor forma física. Celebré lo juicioso de sus palabras y le dije que, en adelante, sacaría la cama de mi aposento y dormiría sobre el suelo desnudo. Me dijo que no, que no había que exagerar, y que ello suscitaría ánimo de competencia entre los huéspedes, lo cual debía evitarse en una sociedad igualitaria. En ese momento, se acercó Abbie a pedirle a Lester papel y lápiz para escribir unas importantes proclamas, según dijo. Lester nos presentó. Daban la impresión de conocerse bastante. Abbie me escudriñó con ojo inquisitivo, y me preguntó que de dónde venía. Sin vacilar, contesté que sí, que no tenía planes determinados; contesté que no, que de ahí en adelante... Colegí de inmediato que Abbie era también un perseguido y, a medida que caminábamos por un sendero bajo los abedules, me dijo que debía prepararme para la guerra entre los Pink y los Pank. Para mí, que se trata de los mismos frustrados y oportunistas que cercenan el cuerpo social, como los llama F. A medida que hablaba, se iba formando por detrás un grupo que lo vitoreaba. «¡Dales duro, Abbie!...», gritaban en coro. Abbie se paró sobre una tarima natural que forman las raíces protuberantes de un abedul gigantesco. Allí se largó un encendido discurso contra los agricultores de California que preferían el cultivo de la annona reticulata y no la variedad cherimola por no considerarla rentable. La audiencia aplaudió con frenesí. Al bajar de las raíces le hablé sobre las chirimoyas de Quillota, cerca del ramal donde el Príncipe de la Paz nos iba a recoger en su armatoste para llevarnos por los tajos y quebradas de la Cordillera de la Costa al enclave dorado de Caleu, pero él no se interesó para nada en el Príncipe de la Paz. La cherimola, su idea fija... «¿Cherimola?», me preguntó incrédulo, los ojos muy abiertos. «¡Cherimolas todas!», le contesté y él me tomó solícito de un brazo y me comentó que el mío era un país civilizado. Al caminar, Abbie me conducía hacia una verja de hierro forjado donde podía verse una puerta semioculta por el follaje silvestre. Al otro lado se oía el follaje de los motores recalentados y las fumarolas del monóxido de carbono. Abbie me recomendó que, sobre todo, me cuidara del hombre parado frente a la puerta; pero qué hombre, le dije que no veía a nadie y él me explicó que, precisamente, ello se debía a que el hombre de la puerta era el hombre invisible. Me pidió que se lo recordara para hacer una nota de protesta al respecto y enviarla a la Cámara de Representantes. Con repugnancia nos alejamos del lugar, y nos encaminamos hacia el pabellón norte de la mansión, pues en ese momento sonaba la campana que llamaba a almuerzo. Le conté a Abbie que la anorexia nervosa había desaparecido. Después de todo, F. tenía razón cuando me decía que lo de la anorexia era cosa de los nervios, lo que prueba, como dice el refrán, que el diablo sabe más por viejo que por diablo. Aquí hasta pido doble ración de sopa de coles, y dos hogazas de pan de trigo negro, como el pan candeal que comíamos en Caleu.

No me acuerdo bien cuándo llegué aquí. Creo que fue a mediados de thermidor. Me trajeron F. y Eliane, el canto de la mañana, cuya nota es el sol mayor. Ella me dijo que estuviera listo, que me pasarían a buscar en la tarde en una carroza de Versátiles, pero la carroza resultó ser un taxi desvencijado y el auriga, un negro sudoroso y de ojos saltones. A veces ocurren así, cosas extrañas. Me dejaron a la entrada de la vasta mansión y se despidieron Eliane, lloriqueando y F., cariacontecido.

Por si las dudas, indagué para asegurarme y Abbie me explicó que los Pink eran los patriotas y los Pank, los superpatriotas, pero que los Pank eran tan super que, a la postre, venían a ser antipatriotas y responsables de la mala imagen del país en el exterior. Nos dirigíamos hacia el podio bajo el abedul, y detrás nos seguía un grupo anhelante de huéspedes, deseosos de escuchar el discurso. Hay huéspedes jóvenes y viejos y de todos los tamaños y hechuras. Hay huéspedes que se pasean sin cesar por los senderos del parque, algunos apurados por llegar a destino, y otros que se quedan parados o sentados semejando estatuas. Los hay también que razonan a grandes voces con alguna especie de hombre invisible, y otros que sonríen buenamente. Hay otro que corre aleteando con los brazos, pero aún no lo he visto emprender vuelo.

Abbie subió sobre el entarimado y volvió a arremeter contra los agricultores de California, diciendo que trataban al resto de la nación como ciudadanos de segunda clase. Dijo que por abaratamiento del costo preferían la variedad reticulata, que permite un cultivo menos engorroso y un período de refrigeración mayor que la delicada cherimola. El grupo gritaba consignas contra la reticulata y lo incitaba: «¡Dales duro, Abbie!...». Algunos estaban como fuera de sí, pero no todos se mostraban entusiastas, ya que a unos veinte pasos un huésped de aire torvo se dio media vuelta, se bajó los pantalones y nos mostró el trasero granujiento. Abbie apenas se inmutó y siguió su discurso después de gritarle al descomedido que regresara a las cavernas de donde venía. Para mí, que el descomedido era un Pank. No sé si a causa del intempestivo trasero al aire, Abbie concluyó el discurso abruptamente, no sin antes asegurar a la audiencia que presentaría una moción al respecto a la Cámara de Representantes. No sospechaba yo que la parte más medular del discurso me la reservaba a mí, en corrillo bajo los abedules, como quien dice tête-à-tête. Nos alejamos del grupo que lo vitoreaba y lanzaba imprecaciones contra la reticulata y, entonces, tomándome suavemente del brazo, y en un torrente de elocuencia que habría dejado verdes de envidia a Demóstenes y Catón, me vació el raudal de sus pensamientos. Improba tarea sería la de reproducir aquí su discurso, que se prolongó hasta la medianoche, pero baste decir que trazó la historia entera del país desde el paleolítico hasta nuestros días presentes. Me explicó durante una buena hora que éste es el único país con crimen organizado en el mundo, y qué decir del crimen desorganizado. Según pude colegir de sus palabras, el país ni siquiera tiene nombre de país... Estados Unidos, se llama... ¿Estados Unidos de qué? Dijo que el país hasta se apropia de los nombres ajenos... y que también hay otros estados unidos, los Estados Unidos del Brasil, de México o los Estados Unidos de Venezuela y que todos los países son estados unidos y que Estados Unidos designa una forma de gobierno, pero no es ni nunca será nombre de país, que ello sólo refleja la abismante falta de imaginación de los Pank, desde que el país sepultó su historia anterior para hacer tabla rasa, borrón y cuenta nueva. Que el país podría llamarse Mayflowerlandia, ¿que no fueron ellos los primeros colonizadores, los que llegaron en el Mayflower?... O bien, que se llame Calomega, Micrómegas o Ramona, la República de Ramona, un nombre de país, pero no Estados Unidos, que no es nombre de país y aquí estamos con un país que ni siquiera tiene nombre de país que pone en jaque a los demás países y que divide al mundo en dos categorías, los Pink y los Pank, y si no eres Pank, ay de ti... Esa noche nos quedamos sin cenar, y lástima, porque había chicken por pie.

No sé bien desde cuándo estoy aquí. Recuerdo vagamente una mañana. El teléfono sonó dos veces, riing; riiing! y cortó, y luego volvió a sonar. ¡El santo y seña!... Pero no era F. Era Eliane. «Habla Dulcinea», me cantó al oído con su voz de cristal. Yo le contesté que su nota era el sol mayor. Ella habló apurada y me dijo que el pobre E. estaba en ascuas y me habían buscado por toda la ciudad, que dónde había dormido estos días, que habían dado parte a las comisarías y que temían me hubiera pasado algo con los gases lacrimógenos en medio de las turbulencias callejeras, que habían venido a mi departamento y lo habían encontrado abierto... milagro, milagro que no se habían robado nada... que si me había perdido en las manifestaciones de Constitution Avenue. Acto seguido, E. salió al teléfono y me hizo las mismas preguntas. Poco después llegaron a buscarme al departamento. F. me miró largo rato en silencio. Nunca lo había visto tan entristecido. Hablaba con voz cansada y me hizo ver que estaba famélico y que apenas podía sostenerme en pie: «¡Pero mira cómo estás!», me dijo. Me pidió que me afeitara y fuéramos al restaurante italiano de la Calle Novena «Yo invito», me dijo, pero Eliane hizo un mohín; que no, que la deprimía el sector, dijo. Que fuéramos mejor al Trieste de la Pennsylvania Avenue. Yo les sugerí que se apartaran de la ventana, que no fuera que por error... Los puse al corriente que mis enemigos habían hecho pacto con hechiceros del vudú, con la cerbatana lista parados al frente. «¿Pero dónde anduviste?», insistía F. Yo les aseguré que no había andado perdido y que me había encontrado con Jesucristo y fue él quien me trajo a la casa. Les conté que no anduve perdido, que anduve por prados y huertos, que cerca de mí había extrañas escenas pastoriles, abrevando las cabras, tendidos junto a las zarzamoras, reclinados a la sombra de los pastores. Para mí, que todos eran Pink y estaban en paraísos artificiales. Se oían el caramillo, y la flauta de un joven rubio tocando dulces aires de Lucca Marenzio. Para sorpresa mía, el joven rubio resultó ser Jesucristo y se ofreció a acompañarme a casa. Era una gran multitud... en un parque.

A F. le gustaba frecuentar el Trieste por ser uno de los pocos lugares que van quedando que no tocan «música farragosa a 100 decibeles» (al entrar, la wurtlitzer sonaba un aria de Lucia di Lammermoor), pero también porque creía que sus conocimientos de italiano dejaban pasmados a los clientes y a la dueña, una dama opulenta que siempre le hacía fiesta desde su fortín contiguo al guardarropía. Cuando se desplazaba por el pasillo con el tintineo de sus alhajas, en su zigzagueado viaje hacia las cocinas del fondo, la dueña se allegaba a una que otra mesa y se detenía de paso a compartir con nosotros algún anisette con un grano de café. Los clientes la miraban golosos y se tornaban rostros resentidos hacia nuestra mesa cuando ella los pasaba de largo. En tales ocasiones, F. y Eliane estaban en su elemento y nunca faltaba que termináramos haciendo mofa de la clientela, acaudalada, pero manifiestamente palurda la mayor de las veces.

El mozo relamido me preguntó qué me servía y yo le dije: «Picarones». F. me explicó que allí no había picarones y él se encargó de ordenar el menú. Pidió una mariscada para mí, y ellos se encargaron ossobuco y pulpitos marinara con una garrafa de Bardolino para rociarlos. La mariscada yo no quise ni tocarla, seguro que estaba envenenada, pero Eliane me juró que no y para que veas, me dijo, voy a probarla... «¿Ves que a Dulcinea no le pasa nada?... ¡Ah, y qué sabrosa está!...». Ah, se relamía... Entonces, yo me dejé servir por ella unas cuantas cucharadas, nada más que por darle placer.

Al poco rato, la dueña se allegó a la mesa a intercambiar saludos. Hacía ella buenas migas con Eliane. A los clientes de su predilección, la dueña les confiaba la historia de su vida. Explicaba ella que era de Udine y que había conocido ahí a su difunto marido, que era oriundo de Trieste, y que habían contraído nupcias en Udine y después vivieron varios años en Rimini y ahí pusieron el restaurante y que, al principio, se inclinaban por llamarlo Udine y no Trieste, pero al final optaron por Trieste por ser nombre más conocido; pero Silvio, il mio marito, decía siempre hasta el fin de su vida que Udine tenía más eufonía... Después venía el happy end del traslado a América, en que se trajeron el Trieste entero, hasta el último tenedor y el último copetín de cristal de Murano. La misma historia ya se la habíamos oído cinco veces, y ya no estoy seguro si la cosa es al revés, si se casaron en Rimini y pusieron el Trieste en Udine. En todo caso, ella tiene la piel rotunda y curtida de las gentes adriáticas y navegantes, pero esta vez, cuando se detuvo a compartir el copetín de anisette, F. le ganó el quién vive con la historia de los desventurados amores de Paolo y Francesca da Rimini, y más encima Eliane, la muy lince, se puso a hablar conmigo sobre Genoveva de Brabante. El truco dio excelentes resultados y, por una vez, la dueña ofreció el espectáculo poco usual de quedarse en silencio, limitándose a exhalar suspiros consternados al evocar el destino de los amantes, y de ese modo nos ahorramos el relato ya muy trajinado de sus migraciones geográficas. Cuando se alejó nos pusimos a reír como malos de la cabeza. De pronto, F. se puso serio y me hizo saber que había llegado el momento de tomar al toro por las astas y, puesto que yo era un perseguido, no era cosa de andar exponiéndome por ahí al alcance de mis enemigos. Yo le dije que estaba en todas partes, pero él me desengañó y me informó que conocía una mansión en la que trabajaban funcionarios cuya misión única sería la de protegerme de mis enemigos y mantenerlos a raya con vigilancia perpetua. Me dio a entender que allí no podrían entrar. «¡Imposible! ¡No podrán entrar, no podrán!», me dijo, y Eliane corroboró: «¡Imposible, no podrán!». Yo ponderé lo atinado de sus razones. Eliane me pidió que estuviera listo, que pasarían a buscarme a la tarde en una carroza dorada de Versailles.

Si ahora me volvieran a poner por delante la mariscada que no quise probar en el Trieste, le pasaría la lengua al fondo del plato. Llegado el momento de pagar, la hilaridad decreció abruptamente, cuando F. vio que la dueña había anotado en la cuenta los tres copetines de anisette, que en otras ocasiones ofrecía como beau geste. Y eso no era todo. También había incluido el trago que se tomó ella misma. Pero F. se sobrepuso pronto, al parecer, decidido a que nada estropeara su ánimo expansivo. Pagó sin chistar y al final, con gran algazara a la italiana y la dicción pastosa, le enfiló nel mezzo del cammino di nostra vita al mozo palurdo, relamido y cachetón que no le escuchaba, pero que decía sí con la cabeza con aire entendido, y ojo clavado en la propina. Apenas desapareció el mozo, F. volvió a ponerse sombrío. Lo de los copetines lo ofreció como prueba suplementaria de la decadencia de Occidente: «¡Y nosotros, los ingenuos, que estábamos tan contentos! ¡El relato que nos ahorramos lo cobró, la harpía! ¡Lo cobró con los copetines!» Para subrayar su desagrado daba puñetazos no muy fuertes sobre la mesa. Eliane concordaba. Ella dijo que, en realidad, la patrona era una degueulasse y que éste es el país perfecto para la gente degueulasse como ella. En momentos en que la dueña hacía su incursión por las cocinas del fondo, nos escurrimos hacia la salida. Para F. eso era el fin del Trieste... Seguro que jamás volverá a poner los pies en el lugar.

De vez en cuando vienen a verme. La última vez, F me trajo una fragante flor de camelia y Dulcinea un paté de trufas, que compró en la tienda de comestibles importados de la Wisconsin Avenue, porque sabe que me gusta. Me dijeron que pasarían a verme el sábado para hablar con más calma, pero yo les dije que el sábado Abbie tiene que ir a Gettysburg a pronunciar un trascendental discurso sobre la abolición de la esclavitud y me pidió que lo acompañara, y yo le dije que iría...


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03