Estructura de la impotencia

ESTRUCTURA DE LA IMPOTENCIA
Apuntes para un retrato

Eduardo Galeano

Eduardo Galeano, uruguayo, es autor del célebre libro 'Las venas abiertas de América
Latina', de 'Memoria del fuego' y de diversos otros títulos de análisis de los problemas
históricos, políticos y económicos de nuestro continente.

Araucaria de Chile. Nº 44, Madrid 1989.

«Nosotros estamos con la democracia, pero la democracia no está con nosotros», dijo un habitante de los suburbios de Buenos Aires, respondiendo a una encuesta reciente. El es uno de los muchos que sirven la mesa de la gran ciudad y están condenados a vivir de sus sobras.

En América Latina, el peor enemigo de la democracia no es el ejército, aunque el ejército hace lo posible por parecerlo. El peor enemigo de la democracia en América Latina, es toda una estructura de la impotencia, que el ejército custodia, y que tiene su base en el sistema económico. Ese sistema integra un sistema mayor, una maquinaria internacional de poder. Uno de los mecanismos de esa vasta y complicada maquinaria se llama democracímetro y cumple la función de medir el mayor o menor grado de democracia que existe en cada país. Por regla general, los medios masivos de comunicación, que fabrican opinión en el mundo, difunden las mediciones de este aparatito y las convierten en inapelables veredictos de Occidente.

Pero la verdad del democracímetro, que es la verdad del sistema, puede ser mentira para las víctimas del sistema. No creo que crean en la democracia los ocho millones de niños abandonados que vagabundean por las calles de las ciudades de Brasil. No creo que crean, por- que la democracia no cree en ellos. No tienen ninguna democracia en la que creer: la democracia brasileña no fue hecha por ellos, ni para ellos funciona, aunque cumpla con algunos de los requisitos formales que el democracímetro exige para dar su visto bueno.

«Nada de importancia», dijo el Rey

La democracia no es lo que es, sino lo que parece. Estamos en plena cultura del envase. La cultura del envase desprecia los contenidos. Importa lo que se dice, no lo que se hace. El Brasil no tiene pena de muerte, ni la tendrá, según la nueva Constitución, pero aplica la pena de muerte continuamente: cada día mata mil niños de hambre, y por bala mata quién sabe cuántos hombres en los violentos suburbios de sus ciudades y en sus latifundios invadidos por los peones desesperados. Se supone que la esclavitud no existe desde hace un siglo, pero un tercio de los trabajadores brasileños gana poco más de un dólar por día y la pirámide social es blanca en la cúspide y negra en la base: los más ricos son los más blancos y los más pobres, los más negros. Cuatro años después de la abolición, allá por 1892, el gobierno brasileño había mandado quemar todos los documentos relacionados con la esclavitud, libros y balances de las empresas negreras, recibos, reglamentos, ordenanzas, etc., como si la esclavitud no hubiera existido nunca.

Para que algo no exista, basta con decretar que no existe. El 14 de julio de 1789, el rey Luis XVI escribió en su diario: «Nada de importancia». El dictador de Guatemala, Manuel Estrada Cabrera, decretó en 1902 que todos los volcanes del país estaban en calma, mientras el alud de lava y fango del volcán Santa María, en plena erupción, estaba arrasando más de cien aldeas en los alrededores de Quezaltenango. El Congreso colombiano aprobó en 1905 una ley que establecía que los indios no existían en San Andrés de Sotavento y en otras comarcas donde habían brotado súbitos chorros de petróleo: los indios que existían eran ilegales, y por lo tanto las empresas petroleras podían matarlos impunemente y quedarse con sus tierras.

El como si

En el Uruguay, la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, de fines de 1986, manda olvidar las torturas, los secuestros, las violaciones y los asesinatos cometidos por la reciente dictadura militar, como si no hubieran existido esos actos de terrorismo de Estado. Ley de Impunidad, prefirió llamarla el pueblo uruguayo, que le ha interpuesto un párete de más de seiscientas mil firmas. Poco antes de promulgar esta ley, que absuelve a los torturadores, el Uruguay había firmado y ratificado la Convención Internacional contra la Tortura, que obliga a castigarlos. Lo mismo pasó en la Argentina. Esta convención niega explícitamente la excusa de la orden superior: el gobierno argentino la firmó y la ratificó, y acto seguido legalizó las torturas realizadas en obediencia a los altos mandos. Las convenciones internacionales equivalen, en nuestros países, a leyes nacionales. Pero ocurre que unas mandan respetar los derechos humanos que las otras autorizan a violar: unas simulan que existen, las otras existen de verdad.

La historia latinoamericana enseña a desconfiar de las palabras. En 1965, la dictadura militar del Brasil, la dictadura militar del Paraguay, la dictadura militar de Honduras y la dictadura militar de Nicaragua invadieron Santo Domingo, junto a los marines norteamericanos, para salvar a la democracia amenazada por el pueblo. En nombre de la democracia desembarcaron en las costas cubanas de Playa Girón, en 1961, los nostálgicos de la dictadura de Batista. Ahora, en nombre de la democracia atacan a Nicaragua los nostálgicos de la dictadura de Somoza. El presidente de Colombia habla de democracia, mientras el terrorismo de Estado mata impunemente a más de mil opositores políticos y sindicales en 1987, de acuerdo con las instrucciones del Manual de Contrainsurgencia del Ejército, que enseña a crear organizaciones paramilitares.

El lenguaje oficial delira, y su delirio es la normalidad del sistema. «No habrá devaluación», dicen los ministros de Economía, en las vísperas del derrumbamiento de la moneda. «La reforma agraria es nuestro principal objetivo», dicen los ministros de Agricultura, mientras extienden el latifundio. «No existe censura», celebran los ministros de Cultura, en países donde la inmensa mayoría de la gente tiene los libros prohibidos por el precio o por el analfabetismo.

Un perfecto momento de locura

El sistema aplaude la infamia, si es exitosa, y la castiga si fracasa. Recompensa a quien roba mucho y condena a quien roba poco. Invoca la paz y practica la violencia. Te predica el amor al prójimo y a la vez te obliga a sobrevivir devorándolo. El lenguaje esquizofrénico alcanza uno de los más perfectos momentos de locura cuando confunde la libertad del dinero con la libertad de la gente: así, identifica lo que está en contradicción, abierta contradicción que el simple sentido común advierte, y cualquiera puede darse cuenta de que esta locura no es inocente. Sin embargo, no faltan intelectuales dispuestos a caer en la trampa, como se ha puesto en evidencia, recientemente, a raíz de la nacionalización de la banca privada en el Perú. Hay quien coloca en el mismo plano la libertad de expresión de los poetas y la libertad de expresión de los banqueros. Pero en América Latina, como en todo el Tercer Mundo, la libertad de los negocios no sólo no tiene nada que ver con la libertad de las personas sino que, además, una y otra son incompatibles. Para dar plena libertad al dinero, las dictaduras militares encarcelan a la gente. Mucha sangre, demasiada, se ha derramado a lo largo de los siglos para que esto resulte una evidencia que rompe los ojos.

Se nos entrena para no ver. La educación deseduca, los medios de comunicación incomunican. Y la educación y los medios nos inducen a aceptar gato por liebre.

La usurpación de la realidad

Hasta el mapa miente. Aprendemos la geografía del mundo en un mapa que no muestra al mundo tal cual es, sino tal como sus dueños mandan que sea. En el planisferio tradicional, el que se usa en las escuelas y en todas partes, el Ecuador no está en el centro: el norte ocupa dos tercios y el sur, uno. Escandinavia parece mayor que la India, cuando en realidad es tres veces más pequeña; la Unión Soviética duplica al África, cuando en realidad es bastante menor. América Latina abarca en el mapamundi menos espacio que Europa y mucho menos que la suma de Estados Unidos y Canadá, cuando en realidad América Latina es dos veces más grande que Europa y bastante mayor que Estados Unidos y Canadá.

El mapa, que nos achica, simboliza todo lo demás. Geografía robada, economía saqueada, historia falsificada, usurpación cotidiana de la realidad: el llamado Tercer Mundo, habitado por gentes de tercera, abarca menos, come menos, recuerda menos, vive menos, dice menos.

Y no sólo abarca menos en el mapa; también abarca menos en los diarios, en la tele, en la radio. Menos, es decir: no abarca casi nada. A veces América Latina, por ejemplo, se pone de moda. Moda Fugaz, como toda moda. Entonces los intelectuales del norte nos echan pasajeras miradas de adoración. A fines de la década del cincuenta, fue el turno de Cuba. A fines de la década del setenta, el de Nicaragua. Entre una y otra alucinación, espejismos de revoluciones sin mácula, hubo la guerrilla del Che Guevara y otras gestas románticas. Estas fulminantes pasiones han desembocado fatalmente en el desencanto y la abominación pública. Como en el siglo XVI, la realidad defrauda las ilusorias promesas del El dorado. La realidad es como es, y no como quisieran que fuera quienes la confunden con el Cielo para luego tener derecho a confundirla con el infierno, y al infierno condenarla por siempre jamás: al infierno del silencio, al infierno del desprecio. La fascinación y la maldición son la cara y la contracara de una misma actitud, que ignora la realidad y le falta el respeto.

El sistema universal de la mentira

En el artículo que publiqué hace años, escrito con evidente simpatía por la rebelión obrera en Polonia, yo me permití una observación que cayó muy mal. Sigo creyendo, sin embargo, que esa observación era correcta: dije que si Lech Walesa hubiera nacido en Guatemala, lo hubieran destripado en la primera huelga, y su asesinato no hubiera merecido un milímetro en los grandes diarios del mundo, ni un segundo en las grandes cadenas de televisión.

Guatemala ha sufrido, desde la invasión de 1954, la más larga y sistemática carnicería de América Latina. Los fabricantes de opinión, que controlan la producción y el consumo de noticias en escala internacional, se han encogido de hombros. En Guatemala, la sangre no es noticia. El terror militar y la miseria se consideran «naturales». Los terremotos, en cambio no: en febrero de 1976, cuando la tierra tembló y mató a veintidós mil guatemaltecos, una multitud de periodistas acudió desde todo el mundo. De esos periodistas, unos pocos prestaron alguna atención al hecho de que más de veintidós mil personas habían sido asesinadas en Guatemala, en esos años setenta, por obra de los escuadrones de la muerte organizados por el ejército. Y casi nadie mostró algún interés en enterarse de que más de veintidós mil personas habían muerto en un solo año, asesinadas por el hambre, que mata en silencio. País pobre, país de indios: como la muerte, el horror ahí es costumbre.

Todos somos vecinos en este mundo de programas multinacionales y trasmisiones simultáneas vía satélite; pero, como diría Orwell, unos son más vecinos que otros. Las comunicaciones están centralizadas. Cuanto ocurre en el planeta se traduce en los centros de poder, se traduce al lenguaje de un sistema universal de la mentira, y se devuelve convertido en imágenes y sonidos de difusión masiva. ¿Objetividad? Desconfiemos de esta objetividad que nos reduce a objetos. La miseria del Tercer Mundo se convierte en mercancía. Los países opulentos la consumen de vez en cuando, para felicitarse por lo bien que les ha ido en la vida. El sistema universal de la mentira practica la amnesia. El norte actúa como si se hubiera sacado la lotería. Su riqueza, sin embargo, no es resultado de la buena suerte, sino de un largo, muy largo proceso histórico de usurpación, que viene de los tiempos coloniales y se multiplica, mediante sofisticados mecanismos de despojo, en la época actual. Cuanto más resuenan, en los foros internacionales, los discursos que exaltan la equidad y la justicia, tanto más se derrumban, en los mercados internacionales, los precios de los productos del sur, y tanto más suben los intereses del dinero del norte, que con una mano presta lo que con la otra roba. Los mecanismos de despojo obligan al sur a pagar la cuenta de lo que el norte despilfarra, incluyendo los platos rotos del fin de cada fiesta: sobre las espaldas de los suburbios del sistema, se descargan las crisis de los centros.

¿Qué nos dicen?

En las versiones dramatizadas de la conquista de América, que los indios representan todavía en la región andina, los curas y los conquistadores hablan moviendo los labios, pero sin emitir sonidos. Los vencedores hablan, en el teatro indígena, un lenguaje mudo. Hoy día las voces del sistema internacional de poder, que la cultura dominante trasmite, ¿qué nos dicen? ¿Qué nos dicen que tenga que ver con nuestras necesidades reales? La cultura dominante, que actúa a través de la estructura educativa y sobre todo, en mucho mayor medida, a través de los medios de comunicación, no revela la realidad: la enmascara. No ayuda a los cambios: contribuye a evitarlos. No estimula la participación democrática: induce a la pasividad, a la resignación, al egoísmo. No genera creadores: multiplica consumidores.

Cada vez hay más opinados y cada vez menos opinadores. A medida que perfecciona sus instrumentos de irradiación, la cultura dominante va revelando su vocación antidemocrática y va reduciendo los espacios públicos de creación y participación. La difusión avasallante de la televisión, por ejemplo, hiere, y creo que hiere feo, a la cultura popular, en una larga embestida que pretende convertir a toda América Latina en un vasto suburbio de Dallas. Y esto es grave, creo, porque en América Latina la cultura popular es la cultura nacional más verdadera. Bien dicen que cada anciano que muere en los pueblos perdidos de por ahí, es una biblioteca que arde. Gracias a la cultura popular, que hereda y enriquece la memoria colectiva, los latinoamericanos hemos podido perpetuar algunas claves fundamentales de identidad. La cultura oficial, copiona y estéril, eco bobo de la cultura dominante, ignora esas claves o, conociéndolas, las desprecia. O quizás, en el fondo, las teme: esas claves se refieren a la dignidad, a la imaginación y a otras enemigas de los dueños del poder.

Valium para no pensar

La cultura popular es, por naturaleza, cultura de participación: es, por naturaleza, democrática. Se trasmite, sobre todo, por tradición oral, y se le hace cada vez más difícil multiplicarse y renovarse a medida que el progreso tecnológico le va reduciendo los espacios de encuentro donde ella es fecunda: plazas, cafés, tablados, mentideros, mercados... La televisión, en cambio, recluye, separa, aísla: trasmite en una sola dirección, viaje de ida sin vuelta, de la máquina emisora hacia la persona receptora, y la persona receptora come emociones importadas como si fueran salchichas en lata.

La lucha contra las estructuras enemigas de la democracia, estructuras de la impotencia, pasa por el desarrollo de una cultura nacional liberadora capaz de desatar la energía creadora de la gente y capaz de lavarle los ojos de las telarañas que impiden que la gente vea y se vea. Los mensajes que la televisión irradia en nuestros países, símbolos que la cultura dominante vende a la cultura dominada, símbolos del poder que nos humilla, no contribuyen mucho, que digamos, al desarrollo de esa cultura desatadora. Pero que no se me entienda mal. Esta comprobación no implica una negación de la televisión en sí, sino un rechazo de la televisión como droga socialmente legitimizada, valium para no pensar, del mismo modo que tampoco implica una negación de sus mensajes por el hecho de que provengan de los Estados Unidos o de otros países extranjeros.

Una estupidez reaccionaria

El nacionalismo de derecha, que entra en la historia de espaldas, reculando, cree que la cultura nacional se define por el origen de sus factores.

Si así fuera, pongamos por caso, no habría cultura andaluza, porque los típicos patios de Andalucía vienen de la Roma imperial, las verjas y las cancelas de la Florencia renacentista, y los floridos mantones de la China de la dinastía Ming; los churros son árabes y el cante jondo resultó de la mezcla de música gitana, melodías árabes y cantos hebreos. Fue un alemán quien inventó el bandoneón, en el siglo pasado, con la intención de crear una especie de armonio portátil, útil para tocar música sacra en las procesiones de su país; pero el bandoneón se escapó de Alemania y antes de caer en las manos de Aníbal Troilo ya se había convertido en el más típico instrumento del tango rioplatense -cuyo cantor más importante, Carlos Gardel, nació quién sabe dónde, pero muy probablemente en la ciudad francesa de Toulouse. El muy cubano daiquiri viene de la caña de azúcar que trajo Colón, del limón que llegó de España y de las técnicas extranjeras de elaboración del azúcar y el hielo.

La cultura nacional se define por su contenido, no por el origen de sus factores, y cuando está viva cambia sin cesar, se desafía a sí misma, se contradice y recibe influencias externas que a veces la lastiman y a veces la multiplican, y que suelen operar simultáneamente como peligro y como estímulo. La negación de lo que nos niega no tiene por qué implicar la negación de lo que nos alimenta. América Latina no tiene por qué renunciar a los frutos creadores de culturas que han florecido, en gran medida, gracias a un esplendor material para nada ajeno a la explotación despiadada de sus hombres y sus tierras. Si así lo hiciera, estaría cometiendo un pecado de irrealidad y una estupidez reaccionaria. El anti-imperialismo también tiene sus enfermedades infantiles.

Pero ocurre que América Latina constituye, todavía, un enigma a sus propios ojos. ¿Qué imagen nos devuelve el espejo? Una imagen rota. Pedazos. Pedazos desconectados entre sí: un cuerpo mutilado, una cara por hacer. Y estamos entrenados para escupir al espejo.

Los falsos Partenones de una clase estéril

Las culturas dominantes, culturas de clases dominantes dominadas desde afuera, se revelan patéticamente incapaces de ofrecer raíz y vuelo a las naciones que dicen representar. Son culturas cansadas, como si mucho hubieran hecho. A pesar de sus engañosos fulgores, expresan la opacidad de las burguesías locales, todavía hábiles para copiar pero cada vez más inútiles para crear. Después de haber regado nuestras tierras con falsos partenones, falsos palacios de Versalles, falsos castillos del Loira y falsas catedrales de Chartres, hoy dilapidan la riqueza nacional en la imitación de los modelos norteamericanos de ostentación y derroche. Amuralladas en grandes puertos y babilónicas ciudades, ignoran y desprecian la realidad nacional, o todo lo que en ellas las contradice; y prácticamente se limitan a operar como correas de trasmisión de los centros extranjeros de poder. Los niños vienen de París, en el pico de las cigüeñas, y la verdad viene de Nueva York o Miami en estuches de video.

Las más de las veces, esa cultura fabricada en serie se orienta a vaciar la memoria de América Latina y a castrarle sus fecundidades, para que no se conozca a sí misma como realidad ni se reconozca como posibilidad: la induce a consumir y a reproducir, pasivamente, los signos de su propia maldición. Sus mensajes otorgan legitimidad moral a la atroz ley del más fuerte, y nos enseñan que si estamos jodidos por algo será: porque ofrecemos suelo fértil a la semilla comunista, de la que sólo brota la zarza espinosa, y sobre todo porque somos tontos, haraganes, torpes y cobardes, y en el fondo nuestra situación es el destino que merecemos.

La poderosa, muy poderosa estructura de la impotencia empieza en la economía, pero no termina en ella. En realidad, el subdesarrollo es eso: no solamente un asunto de estadísticas, no solamente una sociedad de violentas contradicciones, océanos de pobreza, islotes de opulencia, no, no solamente: el subdesarrollo es sobre todo una estructura de la impotencia, montada para impedir que los pueblos sometidos piensen con su propia cabeza, sientan con su propio corazón y caminen con sus propias piernas.

El secuestro de la historia

A los muertos de hambre, el sistema les niega hasta el alimento de su memoria. Para que no tengan futuro, les roba el pasado. La historia oficial está contada desde, por y para los ricos los blancos, los machos y los militares. Europa es el Universo. Poco o nada aprendemos del pasado pre-colombino de América y ni qué hablar del África, a la que conocemos a través de las viejas películas de Tarzán. La historia de América, la verdadera, la traicionada historia de América, es una historia de la dignidad incesante. No hay día del pasado en el que no haya ocurrido algún ignorado episodio de resistencia contra el poder y el dinero, pero la historia oficial no menciona las sublevaciones indígenas ni las rebeliones de esclavos negros, o las menciona al pasar, cuando las menciona, como episodios de mala conducta -y jamás dice que algunas fueron encabezadas por mujeres. Los grandes procesos económicos y sociales no existen ni como telón de fondo: se los escamotea para que los llamados «países en desarrollo» no sepan que no van hacia el desarrollo sino que vienen de él, porque a lo largo de una larga historia han sido subdesarrollados por el desarrollo de los países que les sacaron el jugo. Lo que importa es aprender de memoria las fechas de las batallas y los exactos cumpleaños de los próceres. Ataviados como para fiesta o desfile, estos hombres de bronce han actuado solitariamente, por inspiración divina, seguidos por la sombra fiel de la abnegada compañera: detrás de todo gran hombre hay una mujer, se nos dice, dudoso elogio que reduce a la mujer a la condición de respaldo de silla. En el duelo entre el bueno y el malo, los pueblos cumplen pasivamente el papel de comparsas. Los pueblos forman un confuso montón de débiles mentales, ansiosos de jefes mandones, y periódicamente engullen, como si fuera caramelo, el veneno rojo.

Foráneo es el capitalismo

La demonización de las fuerzas del cambio, agentes de ideologías foráneas, traficantes de cocaína, marxismo y otras drogas, requiere el previo vaciamiento de la memoria histórica. En realidad, lo foráneo en América es el capitalismo, que no fue inventado por Manco Capac ni por Moctezuma, sino que fue impuesto desde fuera y desde arriba por los invasores europeos del siglo XVI. La Conquista mercantilizó la vida americana, impuso el tanto-a-cambio-de-cuanto, mientras la Iglesia proyectaba al orden divino la ley de la ganancia y la ley del miedo: si obedeces, ganarás el Cielo; si desobedeces, el infierno te castigará. En cambio, no hay en América tradición más antigua que el modo comunitario de producción y de vida. Además de ser la más antigua, la comunidad es la tradición más porfiada, la más obstinadamente viva, a pesar de la persecución incesante que sufre desde hace cinco siglos. Bien puede decirse, pues, que el socialismo viene desde adentro y desde abajo, desde lo más hondo y verdadero de la memoria de nuestras tierras.

En el mismo sentido, no está demás advertir que la democracia no fue una novedad que los indios bárbaros recibieron de las monarquías europeas, ni de su civilizada Inquisición. Fuera del Cuzco y Tenochtitlán, que eran centros de despotismo hereditario, las crónicas de la época relatan varias situaciones reveladoras, ocurridas en comarcas diversas: los indios preguntaban quién había elegido al rey de España, o al de Inglaterra, porque ellos elegían a sus jefes en asamblea -donde las mujeres, por cierto también opinaban y votaban.

El caño del fusil está torcido

La historia oficial, pieza clave del engranaje de la cultura dominante, actúa también como un instrumento de desvínculo. Se nos enseñan historias divorciadas entre sí. La historia de cada pedazo de América Latina poco o nada tiene que ver con la historia de los demás: estos puñados de una misma tierra sólo se encuentran para pelearse. Así, se nos induce a la bronca mutua y se nos adiestra para disparar apuntando al costado. Ya el gaucho Martín Fierro, hombre de mucho camino, había dicho que la unidad de los hermanos es la ley primera, porque mientras ellos se pelean los devoran los de afuera. Sería infinita la lista de recelos y rencores entre uruguayos y argentinos, argentinos y chilenos, chilenos y peruanos, peruanos y ecuatorianos...

No equivocarse de enemigo, y enderezar el caño del fusil si está torcido, son necesidades urgentes de las democracias que han renacido en América Latina. Al fin y al cabo, nuestros países viene de sufrir dictaduras fabricadas en una misma matriz, en una matriz común. Si el modelo de represión no hubiera sido armado afuera, modelo único y de aplicación múltiple, no tendría explicación el curioso hecho de que una misma camisa de fuerza ha sido impuesta, con ligeras variantes, sucesivamente en Brasil, que es el país más grande de América del Sur, y en Uruguay, que es el más pequeño; en la Argentina, que es el más desarrollado, y en Bolivia, que es el menos. Y este modelo de represión ha sido aplicado en función de los intereses de clases dominantes que suelen llevarse bastante mal entre ellas, pero que saben coincidir cuando las papas queman. Entonces el sistema viola los derechos humanos, porque necesita hacerlo para asegurar la continuidad del derecho de herencia y el deber de obediencia en los países que proporcionan brazos baratos, materias primas baratas y mercados abiertos.

Algo hemos avanzado

La conciencia de las raíces compartidas, el conocimiento de un proceso histórico íntimamente entrelazado, abriría nuevas puertas, o al menos nos ayudaría a abrirlas, para salir de la incomunicación recíproca. Los comunes desafíos exigen respuestas comunes; y creo que algo hemos avanzado en esa dirección. La deuda externa y, sobre todo, la crisis de América Central, lo están demostrando. Dificultosamente empieza a perfilarse un frente latinoamericano unido ante la banquería internacional. Muy generosos habían sido los usureros del mundo con las dictaduras militares, que multiplicaron nuestra deuda externa para comprar armas, financiar lujos y evadir capitales; y ahora las democracias están cobrando conciencia de la necesidad de aplicar una estrategia común contra sus exigencias. Y en cuanto a la crisis centroamericana, bastaría recordar la facilidad con que el gobierno norteamericano obtuvo los votos de la OEA para expulsar a Cuba y para invadir la República Dominicana. Un cuarto de siglo después, bastante han cambiado las cosas. A pesar de las amenazas y los sobornos, el presidente Reagan no sólo no ha obtenido el apoyo de la OEA para arrasar Nicaragua, sino que, además, se ha tenido que tragar el sapo vivo de los recientes acuerdos de paz, que lo han dejado a solas con su voluntad de exterminio. En la Casa Blanca siguen actuando como si se hubiera comprado a Latinoamérica en un supermercado; pero estas tierras empiezan a unirse para exigir respeto.

«La seguridad nacional es como el amor», dijo el General

La democracia y la justicia social han sido divorciadas por el sistema. Quien pretenda casarlas, desata la tormenta. Este es el más grave delito de la revolución sandinista en Nicaragua. La reforma agraria, la nacionalización de los bancos, la alfabetización y los programas populares de salud, que están salvando la vida de la mitad de los niños que antes morían, atenían contra las bases de la Seguridad Nacional de Occidente.

«La Seguridad Nacional es como el amor: nunca es suficiente», dice el jefe de la policía secreta del dictador Pinochet, el general Humberto Gordon. Pero no sólo las dictaduras elogian la Seguridad Nacional con tanto ardor. Esta doctrina, doctrina de la guerra hacia adentro, guerra contra la gente, guerra contra las fuerzas del cambio, no cesa mágicamente cuando los militares dejan el gobierno a los civiles. Los aparatos de represión, que en el Uruguay, por ejemplo, tienen un presupuesto quince veces mayor que el de la Universidad, siguen funcionando al servicio de la Seguridad Nacional: montando guardia vigilante, someten la democracia a extorsión continua. La democracia es tratada como una menor de edad, que no puede salir sin permiso; y ella camina en puntas de pie, pidiendo disculpas por molestar.

Las caras y las máscaras

El discurso de la libertad formal, una libertad por encima de las contradicciones de la realidad, sirve a los fines de los zorros que exigen libertad de acción en los gallineros. Lo mismo ocurre con el discurso de la democracia formal, ajena al pueblo que dice servir. El democracímetro occidental expresa una cultura de la apariencia: el contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios. El espectáculo de la democracia importa más que la democracia.

Las democracias latinoamericanas quieren ser democracias de verdad. No se resignan a ser democraduras, democracias hipotecadas por las dictaduras, aunque el democracímetro no otorgue mayor importancia a este detalle. Para la estructura de la impotencia, cualquier democracia dinámica, transformadora de la realidad, resulta peligrosa. Bien se sabe lo que ocurrió con Salvador Allende y con miles de chilenos cuando Chile se tomó la democracia en serio.

Quince años después de la tragedia de Chile, Nicaragua resiste. A pie firme se aguanta los malos vientos esta experiencia de participación popular y voluntad colectiva de dignidad nacional. En Nicaragua no se enfrenta solamente el ejército popular contra los soldados de alquiler que invaden el país: también se enfrentan las energías de la creación humana contra la herencia maldita del subdesarrollo, contra la ignorancia, la pasividad, la irresponsabilidad, contra el miedo de cambiar, contra el miedo de ser, contra el miedo de hacer. Y el miedo, como bien dicen las Madres de Plaza de Mayo, es una cárcel sin rejas.

Mucho más han descubierto los sandinistas, en estos últimos años, que los conquistadores españoles hace cuatro siglos y medio. Nicaragua se nicaragüiza. Nicaragua empieza a descubrirse a sí misma. El país, ciego, se lava los ojos, y se sorprende de verse por primera vez, iluminado por la insurgencia de un pueblo que ha dejado de ser testigo de su propia desgracia.

Y uno se pregunta: ¿Qué imagen deslumbrante se alzará al fin de los siglos del miedo, cuando la realidad deje de ser un misterio y la esperanza un consuelo? Cuando el poder sea de todos y la palabra también, nuestras tierras, ¿qué dirán? Porque cada combate contra la estructura de la impotencia anticipa una asombrosa realidad posible, y cada triunfo, por pequeño que sea, por triunfito que sea, gana laureles: laureles que no sirven para ceñir la frente de los héroes militares, ni de los poetas cortesanos, ni de los dioses de ningún Olimpo, pero que sí sirven para multiplicar el sabor y la alegría de la humeante, de la bullente, de la creciente olla del pueblo.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03