Eduardo Galeano

Sobre la necesidad de tener ojos en la nuca

Eduardo Galeano

El año pasado publiqué un artículo que desató una lluvia de coléricas respuestas en Madrid, Buenos Aires y Montevideo (1). El artículo se refería a las camisas de fuerza que en América Latina oprimen a las democracias y en muchos casos las obligan a ser no más que democraduras: democracias hipotecadas por las dictaduras, poder civil que el poder militar somete a régimen de libertad condicional. Para que la democracia sea impotente, los dueños de algunos países no le dan de comer más que miedo: miedo al desayuno, miedo al almuerzo y de cena, miedo. Los gobernantes gobiernan pero no mandan. En nombre del realismo, se hacen impotentes; y sobreviven pagando el precio de la parálisis. Centrándome en los ejemplos de Uruguay y Guatemala, yo comprobaba en mi artículo que los nuevos presidentes, llegados a la Casa de Gobierno después de largas y feroces dictaduras militares, han obtenido permiso de entrada mediante un voto de obediencia a los generales y a los terratenientes, a los señores de la guerra y a los señores de la tierra.

El artículo se detenía a considerar el caso de la Argentina. Entre todas las democracias recientemente nacidas o renacidas en América Latina, la democracia argentina ha sido la única que no otorgó impunidad a todos los verdugos del terrorismo de Estado. Bajo el gobierno de Alfonsín, jueces civiles han procesado y condenado a algunos de los autores de uno de los más sistemáticos horrores de este siglo nuestro, tan pródigo en horrores. En gran medida, esto se hizo posible merced al desprestigio militar, que llegó a su más bajo nivel a partir de la derrota en la guerra de las Malvinas. El desastre de las Malvinas había desenmascarado a los oficiales que sólo sirven para matar compatriotas, útiles contra los de adentro, inútiles contra los de afuera, buenos para derrocar presidentes, asesinar obreros, violar prisioneras, robar niños y firmar rendiciones.

Ningún régimen civil había encontrado una situación tan favorable en toda la historia de América Latina; pero la voluntad de justicia del presidente Alfonsín no llegó lejos, y a poco andar encontró su punto final. La injusticia, en cambio, no ha encontrado su punto final. En la Argentina, como en el Uruguay, la política económica que hizo posible y necesaria a la dictadura militar, sigue siendo más o menos la misma, al servicio de un sistema imperial que te presta lo que te roba y con tu propia soga te estrangula. Esa política económica castiga los salarios y recompensa la especulación, concentra la riqueza y obliga a los trabajadores a convertirse en hormigas.

El artículo advertía que según la nueva fórmula imperial, el lugar de los militares ya no está en el trono, sino detrás. Ante el inevitable crepúsculo de los regímenes militares en América Latina, la nueva fórmula admite y promueve presidentes civiles, atribuyéndoles la función de rehenes de las estructuras militares de poder y del sistema económico por cuya buena salud velan esas estructuras militares. Para que la democracia sea democracia, concluía el artículo, para que la democracia sea capaz de cambiar la realidad y hacer la historia, hay que empezar por desenjaularla.

Las indignadas y numerosas respuestas al artículo, que no refutaron lo que dije pero refutaron lo que no dije, resultaron muy reveladoras de la modernización de los cazadores de brujas. Los ángeles guardianes del sistema han enriquecido los métodos del terrorismo ideológico. Ante los casos de inconformismo, imperdonable herejía, los inquisidores ya no se limitan a preguntar: "┐Y usted por qué no se va a Moscú?". En América Latina, ahora preguntan también: "┐Y usted por qué no se va a pelear al monte?". Por decir lo que dije, yo fui acusado de desprecio a la democracia y sed de sangre.

Reacción reveladora, digo, porque forma parte de todo un complejo mecanismo de extorsión, que intoxica a la democracia con el gas paralizante del miedo, para evitar que ella se desarrolle y respire a pleno pulmón. Miedo al cambio, miedo al cambio de verdad: ciertos miembros de la lastimosa especie de la izquierda arrepentida, ansiosos por borrar sus propias huellas, colaboran en la difusión masiva del miedo, codo a codo junto con los representantes de la cavernosa tribu de la derecha tradicional y los burócratas que se ganan el sueldo como pueden. La búsqueda de justicia se convierte, así, en coartada para locos, y la lucha contra la injusticia se reduce a un aventurerismo irresponsable. El miedo, que jamás confiesa su nombre, dice llamarse realismo, y se disfraza de prudencia. Puede reconocerlo, sin embargo, cualquiera que tenga ojos en la cara. El lenguaje, por ejemplo, es delator. ┐Cómo no va a estar enfermo de miedo el lenguaje de los uruguayos, después de una dictadura que durante doce años los obligó a mentir o callar? Pero en plena democracia, el lenguaje oficial perpetúa el miedo. No es lo mismo decir: "La dictadura militar torturó a un uruguayo de cada ochenta", que decir: "Durante el Proceso, algunos ciudadanos sufrieron apremios ilegales".

Cuenta la historia que hace casi dos siglos alguien escribió, en un muro de la ciudad de Quito, el día en que se proclamó la independencia del colonialismo español: "Ultimo día del despotismo y primero de lo mismo". ┐De eso se trata? ┐Se trata de lo mismo, ahora, en los países latinoamericanos que acaban de atravesar la frontera del despotismo militar? ┐En nada se distinguen las dictaduras militares de los regímenes civiles? Afirmar semejante cosa sería un disparate o, en todo caso, un chiste de humor negro. No: las democracias surgidas, o resurgidas, en estos últimos años, no son meras dictaduras en uso de seudónimo. En mi país, el Uruguay, pongamos por caso, los pulmones agradecen el aire de libertad que por fin se respira. Pero reconocerlo, y celebrarlo, no implica desconocer el hecho de que nuestra democracia está todavía prisionera de las estructuras que la niegan. Está la pobre atada de pies y manos; y los dueños del poder nos dicen que nada tiene de sospechosa esta parálisis.

En los países capitalistas desarrollados, la democracia política refleja más o menos fielmente la realidad económica y social. En los países sub-desarrollados, contracara de la misma medalla, la democracia política suele mentir la realidad: lejos de reflejarla, la enmascara. Como ocurre en casi toda América Latina, las estructuras económicas y sociales del Uruguay no son democráticas, o peor, son antidemocráticas: salvan a poquitos y condenan a todos los demás. Las fuerzas armadas, que velan esas estructuras y aseguran su perpetuación, acaban de salir de escena, pero siguen actuando desde atrás del telón. El sistema de represión, intacto, devora el cuarenta por ciento del presupuesto nacional. Los fusiles siguen apuntando hacia adentro, de acuerdo con la vigente Doctrina de la Seguridad Nacional, según la cual la clase trabajadora es la amenazante fuente de todo peligro.

El sistema, que genera violencia como quien transpira y que practica el terrorismo de Estado cada vez que lo necesita, no tiene escrúpulos en utilizar la violencia terrorista como coartada de su mentira incesante. Pero, ┐comete delito de terrorismo quien advierte que una democracia vigilada y vacía de justicia no es una verdadera democracia? ┐Induce a la violencia quien revela que una paz sin dignidad se parece demasiado a una guerra reprimida? ┐La culpa de la cara la tiene el espejo?

Se concibe la democracia como una ceremonia formal: no la práctica de la fe, sino el hipócrita ritual de una misa sin Dios: se permite al pueblo expresar su voluntad un día cada cinco años, y luego se traiciona esa voluntad impunemente. En América Latina, las palabras y los hechos rara vez se encuentran. Durante la campaña electoral de 1984 en el Uruguay, todos los partidos, sin excepción, prometieron justicia para los crímenes cometidos durante la dictadura militar. Después, esos mismos partidos votaron la ley de borrón y cuenta nueva -salvo el Frente Amplio y unos pocos legisladores más. Esa ley, humillante para la democracia, fue certeramente definida por la mano anónima que escribió, en un muro de Montevideo: "Torture, robe, viole, mate. Si hace la venia, tendrá impunidad". El mismo sistema que divorcia las palabras de los hechos, divorcia la libertad de la justicia, para que la libertad conviva tranquilamente con la injusticia y hasta se case con ella; y también divorcia la moral de la política. El jefe de uno de los dos partidos tradicionales del Uruguay, que había anunciado a gritos el castigo de los criminales de uniforme, justificó su viraje explicando que la moral no tiene nada que ver con la política: "La mayoría de los uruguayos se opone a esta ley", admitió, "pero se opone por motivos éticos"; y agregó que la ética trae problemas cuando se mezcla con la política.

El sistema, sistema de desvínculos, expresión de una cultura burguesa que fractura lo que toca, también separa el pasado del presente. Se nos acusa de tener ojos en la nuca, porque creemos que en una verdadera democracia todos los ciudadanos son iguales ante la ley, tengan uniforme o no tengan uniforme. Y bien, sí: también tenemos ojos en la nuca, además de tenerlos en la cara, y a mucha honra, que bien sabemos que es imprescindible mirar hacia atrás mientras se mira hacia adelante, para no volver a tropezar con las piedras mil veces tropezadas ni caer nuevamente en las trampas de siempre. A esta altura ya está de sobra demostrado, y demostrado por los hechos, que la amnesia histórica induce a la trágica repetición de los errores y de los horrores.

La historia latinoamericana es, desde hace cinco siglos, una historia del continuo desencuentro entre la realidad y las palabras. La verdad del mundo colonial latinoamericano no está en las enjundiosas y numerosas leyes de Indias, sino en el cadalso y en la picota, clavados al centro de cada Plaza Mayor. Después, la independencia de nuestros países no redujo la distancia entre la vida y la ficción jurídica. Al contrario: multiplicó esa distancia, en extensión y en profundidad, hasta llegar al ancho y hondo abismo que en nuestros días se abre entre la realidad oficial y la realidad real. La realidad oficial sirve hoy, tanto o más que ayer, a la necesidad de exorcismo de la realidad real. A fines del siglo XVIII, los "certificados de blancura, expedidos por los reyes de España y Portugal convertían mágicamente en blancos a los mestizos que pudieran pagarlos, por muy oscura que fuera su piel. A fines del siglo XX, la misma sociedad que te corta la lengua te garantiza la libertad de expresión, y son las leyes de reforma agraria las que amparan la expansión del latifundio.

Durante el siglo pasado, el espejismo de las formalidades jurídicas encontró sus mejores esplendores en las Constituciones que los próceres bordaron con primor, para uso de las naciones recién nacidas. Nuestras clases dominantes, desde siempre enfermas de copianditis, convencidas de que nadie es mejor que quien mejor copia, reprodujeron fielmente los modelos constitucionales metropolitanos, y así tuvimos Constituciones burguesas sin haber tenido revolución burguesa ni burguesía. La primera Constitución de Bolivia, que el Libertador Simón Bolívar redactó personalmente para el país que llevaba su nombre, era una bella síntesis de las Constituciones de los países más civilizados de la época. Adolecía de un único defecto: no tenía nada que ver con Bolivia. Entre otras cosas, atribuía los derechos de ciudadanía solamente a quienes supieran leer y escribir en lengua española, y así dejaba fuera al noventa y cinco por ciento de los bolivianos.

Los generales que ganaron la independencia, y los mercaderes y los doctores que la cobraron actuaron como si los nuevos países pudieran convertirse en Francia a base de repetir ideas francesas y como si pudieran convertirse en Inglaterra de tanto consumir mercancías británicas. Hoy día, sus herederos actúan como si pudiéramos convertirnos en Estados Unidos a fuerza de imitarle los defectos.

Fieles al dictado de la moda que manda usar y desusar las ropas y las ideas, los que mandan enmascaran la realidad con caretas importadas. Importación, impostación: Bolivia no tiene mar, pero tiene almirantes disfrazados de lord Nelson; Lima no tiene lluvia, pero tiene techos a dos aguas. En Brasil no hubo universidad hasta 1922, y la primera universidad no nació para servir a ningún proyecto nacional de educación, sino para otorgar el título de Doctor Honoris Causa al rey de Bélgica. En Managua, una de las ciudades más calientes del mundo, condenada al hervor perpetuo, hay mansiones que ostentan soberbias estufas de leña, y en las fiestas de Somoza las damas de sociedad lucían estolas de zorro plateado. Papá Noel llega al río de la Plata en pleno verano, pero viene en trineo, y transpiramos a chorros mientras festejamos la Nochebuena en torno a un pino blanqueado de nieve de algodón, bebiendo sidra y hartándonos de turrones, piñones, avellanas, nueces, almendras, pasas y todo un banquete de calorías muy apropiadas para los rigores del invierno europeo.

Lejos de ser un producto artificial de importación, la democracia hunde sus raíces en lo más hondo de la historia de América. Al fin y al cabo, la Utopía de Tomás Moro se inspiró en las comunidades indígenas americanas, que a través de los siglos y las matanzas, y a pesar del desprecio, han sido milagrosamente capaces de perpetuar un modo de producción y de vida basado en la solidaridad, la igualdad de derechos y la participación colectiva. Pero el democracímetro occidental mide el mayor o menor grado de democracia en los países del llamado Tercer Mundo, según su mayor o menor capacidad de imitación.

El democracímetro está ubicado en los centros internacionales de poder, un puñado de países del norte del mundo cuya creciente riqueza, en gran medida resultante de la creciente pobreza de los demás, hace posible una libertad política interna a salvo de mayores sobresaltos. Al tomar examen a los países subdesarrollados, el democracímetro les estimula las virtudes del mono y del papagayo y los obliga a demostrar devoción por las formas, aunque esa devoción implique la traición de los contenidos. Poco importa que la caricatura de las instituciones democráticas del mundo desarrollado esconda un miedo a la democracia de verdad, genuina expresión de la voluntad popular; poco importa que casi todos los dictadores militares latinoamericanos del siglo veinte se hayan mostrado cuidadosos en el pago de impuestos del vicio a la virtud. Casi todos los dictadores han celebrado elecciones, han financiado parlamentos, jueces, partidos y hasta prensa de oposición, han rendido homenaje a una tradición que otorga toda la importancia a la cascara y ninguna al grano. En realidad, el código internacional de buena conducta democrática no sólo condena a los dictadores más impresentables, generales diestros en el oficio de carnicería, sino que también descalifica cualquier experiencia que intente escapar de los marcos estranguladores del capitalismo y que no se ajuste a las normas institucionales del liberalismo europeo.

Así, el vigilante democracímetro rechaza a Nicaragua, que ha reducido la mortalidad infantil a la mitad en estos años de revolución, y en cambio acepta, pongamos por caso, al Brasil, donde mil niños mueren cada día por hambre o enfermedad curable, según la Unicef, y esta horrenda cifra va creciendo en vez de disminuir. ┐No es acaso la mortalidad infantil un crimen social y un delito de lesa democracia? El Brasil, último país del mundo que abolió la esclavitud, practica en gran escala la esclavitud asalariada. Abastece de alimentos a otros países, pero la mitad de sus niños come menos de lo necesario. La dictadura social ha sobrevivido a la dictadura militar; la economía aniquila más gente que la policía. Nadie en su sano juicio podría exigir a la democracia brasileña que cambie esta realidad en un ratito, pero mientras esta realidad continúe, y mientras continúe empeorando, la democracia seguirá resultando algo así como un espectáculo montado por y para una ilustrada minoría de minorías.

El fraude es costumbre en muchos países latinoamericanos. El resultado del escrutinio rara vez coincide con el resultado de la elección. Pero más profundo y más grave que las trampas con los votos, es el otro fraude: el fraude de las estructuras de poder, violadoras de la dignidad humana, que se burlan de las buenas intenciones de libertad política y que niegan en la realidad los derechos que la letra otorga. La realidad transpira violencia. Violencia visible y violencia invisible: la que mata a balazos, sin proceso ni sentencia, y la que sin proceso ni sentencia asesina cuerpos por hambre y almas por veneno.

El año pasado, Colombia celebró los cien años de la promulgación de su Constitución nacional. De esos cien años, cincuenta han transcurrido en estado de sitio. ┐Cuál de los dos aniversarios es más representativo de la realidad colombiana? ┐El siglo de la Constitución, obra de juristas floridos y copiones, o el medio siglo del estado de sitio? Muy poquito antes del cumpleaños constitucional, ocurrió el asalto militar al Palacio de Justicia, y el impune crimen de los magistrados puso más que nunca de manifiesto al alto grado de militarización de la democracia colombiana. La democracia representativa de liberales y conservadores no impide los estragos de la violencia estructural: uno de cada tres niños del campo colombiano sufre retardo mental por desnutrición, y en Cali y Medellín muere más gente a balazos que en Beirut. Los escuadrones de la muerte, vinculados a las fuerzas armadas, matan más que los narcotraficantes y los terroristas, pero ni uno solo de sus miembros ha sido arrestado, ni procesado, ni mucho menos condenado.

A principios del año pasado, un civil llegó a la presidencia de Guatemala, después de treinta y dos años de regímenes militares. Entonces, un sacerdote católico comentó: "Cambian los payasos, pero el circo sigue". Más de un año después, un informe de la prestigiosa organización norteamericana Americas Watch afirmó: "La situación de los derechos humanos continúa terrible. Las fuerzas armadas aplican, como antes, su propia ley". Ni el propio gobierno se salva: la ministra de Trabajo y varios viceministros han sido públicamente amenazados de muerte por los grupos paramilitares. El presidente no viste uniforme a rayas, pero está prisionero. Sus carceleros son los generales que en estos recientes años ochenta han borrado del mapa a cuatrocientas aldeas indígenas, en una campaña de aniquilación que dejó enana la memoria del conquistador Pedro de Alvarado.

Pero el democracímetro internacional ha dado su visto bueno. Ahora Guatemala se ha convertido en un país respetable, como El Salvador a partir de la elección del presidente José Napoleón Duarte. Desde que Duarte ganó las elecciones de 1984, tan mentirosas como las de Guatemala, los medios masivos de comunicación llovieron agua bendita desde los centros de dominio. Mientras tanto, el Congreso de los Estados Unidos suspiró con alivio: ya no sería necesario votar fondos para una atroz dictadura de extrema derecha, que actuaba en defensa del orden oligárquico contra la amenaza roja. El régimen de Duarte no es menos atroz en la defensa del mismo orden oligárquico, pero en cambio resulta presentable en sociedad.

Situación extrema, se dirá, y es cierto. Al sur, en cambio, en el río de la Plata, los verdugos no siguen matando ni torturando. No hay, se dirá, una continuidad del terrorismo de Estado. En la Argentina, la presión del movimiento encabezado por las Madres de Plaza de Mayo, ha dado visibles frutos. La justicia civil ha condenado a nueve mandamases y ha abierto proceso contra más de doscientos hombres de uniforme, llevando así la dignidad nacional bastante más allá de los límites que el gobierno del presidente Alfonsín había previsto cuando promulgó la ley de punto final. Pero esta ley, que obliga a la amnesia, absuelve a otros miles de militares y policías que aplicaron la siniestra técnica de las desapariciones. La técnica del asesinato sin cadáver, aplicada en una escala masiva sólo comparable a la de Guatemala, fue el arma principal de la guerra sucia que las fuerzas armadas hicieron contra la clase trabajadora argentina, con el pretexto de la guerra contra las guerrillas. Desde 1930, desde mucho antes de que a nadie se le ocurriera la coartada de las guerrillas, los. militares argentinos han estado dedicados a la práctica del golpe de Estado y al ejercicio del terrorismo, en perpetua sublevación contra el pueblo que los financia y los padece, y han impuesto continuamente su veto a toda tentativa de transformación liberadora del país. La realidad actual demuestra que también en el Cono Sur, y no sólo en Centroamérica, la máquina de la represión, que no ha sido desmantelada, sigue imponiendo el tatequieto a la energía de cambio que la democracia contiene. La impunidad del terrorismo de Estado -impunidad parcial en el caso argentino, impunidad total en el caso uruguayo- se hace simétrica a la impotencia de los políticos que llegan al gobierno prometiendo cambios y terminan trabajando por evitarlos.

Yo estoy escribiendo este texto en plena campaña de firmas a favor de un plebiscito en el Uruguay. La campaña marcha viento en popa y todo indica que pronto conseguiremos las firmas necesarias para que se someta a plebiscito la ley del olvido. (2) La reciente dictadura militar, que castigó todo acto de solidaridad humana con tortura, cárcel, destierro o muerte, había hecho el experimento de una sociedad de sordomudos: prohibido escuchar, prohibido decir. Y ese experimento parecía tener su continuación democrática en la amnesia colectiva: prohibido recordar. Pero el pueblo uruguayo se está tomando la democracia en serio. Así, cada firma afirma: afirma la dignidad, contra el miedo. Como dice el fiscal argentino Julio Strassera, "la dignidad se basa en la memoria, no en el olvido". Y la dignidad parece una necesidad que rompe los ojos, un asunto de sentido común, en un país como el Uruguay, minúsculo, pacífico, que está cargando la insoportable cruz de un presupuesto de guerra que es, en proporción, mayor que el de los Estados Unidos o el de la Unión Soviética. La hipoteca militar impide que el país se mueva y bloquea los cambios imprescindibles para que el país pueda caminar y salir adelante. El Uruguay fue el primer país de América que hizo la reforma agraria, hace más de un siglo y medio. A sangre y fuego la oligarquía recuperó, en aquel entonces, las tierras. El primer país, ┐será el último? La economía uruguaya sigue dependiendo de la lana, la carne y el arroz, pero sin reforma agraria el campo se sigue empobreciendo y se sigue despoblando, a tal punto que poco falta para que la población campesina quepa toda en las tribunas de un estadio de fútbol.

Hay que reconocer el pasado para que no se repita, verlo tal cual me para que no siga siendo. Hacer justicia con los verdugos de la dictadura es, en realidad, una primera manera de hacer justicia con el sistema de injusticia que necesitó a esos verdugos para sobrevivir y- que, tan campante, sobrevive. Ese sistema obliga a una creciente cantidad de uruguayos a vivir de la basura y expulsa cada día, según datos oficiales, a cincuenta y seis jóvenes, que emigran obligados a buscar trabajo y mejor destino bajo otros cielos.

El cambio de verdad, el cambio en profundidad, implica la fundación de una nueva democracia a partir de la liberación de esta democracia prisionera. El escritor Gabriel García Márquez ha definido en términos muy duros el desenlace del proceso chileno, que culminó en la tragedia de 1973. Chile había vivido un ciclo de afirmación de la democracia, poder del pueblo, y de afirmación de la soberanía, recuperación de los recursos usurpados y del poder nacional de decisión; pero las instituciones democráticas chilenas estaban hechas para funcionar contra la democracia y no por ella. Refiriéndose a la Suprema Corte de Justicia, que legitimó a los asesinos, y al Congreso, que se humilló ante ellos, y a los periódicos y partidos que propiciaron el golpe de Estado, García Márquez escribió que el destino había deparado a Salvador Allende "la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda".

Nunca más sería una declaración vacía de realidad, no más que una vana ilusión, bello pero inútil sueño de una noche de verano, si nos resignáramos a aceptar ese sistema, típico de la mayoría de los países latinoamericanos, como si fuera un destino. La memoria del dolor nos está obligando a luchar para que la democracia sea democracia, democracia de verdad, donde manden los que votan y no los bancos extranjeros y los generales, en vez de ser la decorativa careta de un sistema que al derecho de propiedad sacrifica los demás derechos y que sólo otorga libertad de expresión a quien puede pagarla. Y no será más verdadera esa democracia en la medida en que más se parezca a los modelos de Europa del oeste, ni de Europa del este, ni de ninguna otra parte. Más verdadera será en la medida en que más desencadene la voluntad de participación y la energía creadora del pueblo, que es una energía de transformación de la realidad. Mejor no es el que mejor copia, no: mejor es el que más crea, aunque creando se equivoque.

Hace más de medio siglo, un escritor de la República Dominicana, Pedro Henríquez Ureña, pidió que no resultara inútil la sangre derramada a lo largo de los siglos; pidió, o exigió, que la tragedia de América fuera fecunda. Yo hago mías sus palabras, para terminar: "Si nuestra América no ha de ser sino una prolongación de Europa", dijo Henríquez Ureña, "si lo único que hacemos es ofrecer suelo nuevo a la explotación del hombre por el hombre, si no nos decidimos a que ésta sea la tierra de promisión para la humanidad cansada de buscarla en todos los climas, no tenemos justificación. Sería preferible dejar desiertas nuestras altiplanicies y nuestras pampas, si sólo hubieran de servir para que en ellas se multiplicaran los dolores humanos: no los dolores que nada alcanzará a evitar nunca, los que son hijos del amor y de la muerte, sino los que la codicia y la soberbia infligen".


Notas:

Eduardo Galeano, uruguayo, autor de Las venas abiertas de América Latina, obtuvo recientemente el Premio José Carrasco, instituido en homenaje al periodista asesinado por la dictadura de Pinochet en septiembre de 1986.

1. El artículo apareció en Araucaria No 38, Madrid, 2║ Trimestre 1987.

2. A mediados de diciembre la Comisión Nacional Pro Referéndum presentó ante el tribunal electoral 634.702 firmas, número suficiente para llamar a la consulta popular que puede decidir si se mantiene o se deroga la amnistía política. (Nota de la Redacción).


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03