Defensa de Nicaragua

Defensa de Nicaragua

Eduardo Galeano

Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo, es autor de Las venas abiertas de América Latina, Memorias del juego y otros libros.

I

El acoso y el bloqueo, despiadados, crecientes, no ocurren porque en Nicaragua no haya democracia, sino para que no lo haya. No ocurren porque en Nicaragua haya una dictadura, sino para que vuelva a haberla. No ocurren porque Nicaragua sea un satélite, triste peón en el tablero de las grandes potencias, sino para que vuelva a serlo. No ocurren porque Nicaragua difunda armas en los países vecinos, sino para que ya no puede difundir ejemplo: su peligroso, contagio ejemplo de independencia nacional y participación popular.

Para aniquilar a Nicaragua es imprescindible desprestigiarla y aislarla. Los enemigos de la revolución la obligan a defenderse y después la acusan de defenderse. Quieren que Nicaragua sea no más que un cuartel: un vasto cuartel de hambrientos.

Uno de los jefes de la contra define a Nicaragua como el país del no hay; y en esto tiene razón. A la revolución le sobran dignidad, entusiasmo creador y todo lo que los millones de la contra no podrían comprar, pero le faltan máquinas y repuestos, medicamentos y ropas y lo esencial del plato de cada día: aceite, arroz, frijoles, maíz. Todo el mundo protesta, y a viva voz. Las penurias económicas continuas provocan desaliento y dilapidan energías.

La guerra ha llegado a la mesa y al ultimo rincón de cada casa. En espera de los alimentos racionados, se hacen colas desde el amanecer. Se requiere toda una bolsa de billetes para comprar no más que un puñado de cosas en el mercado negro. Dos días por semana no hay agua en la capital, Managua, una de las ciudades más calientes del mundo, condenada por el clima a la sed incesante. Los apagones son frecuentes. Los teléfonos, muy escasos, no funcionan: cuando el número que contesta es el número deseado, el hecho se considera milagro. No hay fertilizantes, pongamos por caso. Y cuando se consiguen, no hay avionetas para fumigarlos. Y si se inventan de alguna manera los repuestos necesarios para que las avionetas rotas se echen a volar, entonces resulta que la guerra impide cosechar el algodón en esas tierras fertilizadas.

La guerra: los invasores vuelan puentes, ametrallan campesinos, incendian cosechas, minan puertos, emboscan caminos, destruyen escuelas y centros de salud. Y son pinzas de la misma tenaza el bloqueo comercial de Estados Unidos, metrópoli ofendida, y el cerco financiero de muchos Gobiernos, de los organismos internacionales de crédito y de la gran banca, que bien había regado de dinero a la dinastía Somoza desde que los marines la pusieron, hace medio siglo, en el trono. A todo esto hay que agregar, y no es lo de menos, los errores que los revolucionarios cometen. Inevitables y numerosos son los errores de un país colonial cuando se lanza a convertirse en país de verdad y se para sobre sus pies y se echa a andar, a tropezones, sin muletas imperiales.

Al fin y al cabo, bien se sabe que el subdesarrollo implica toda una tradición de ineficacia, una herencia de ignorancia, una fatalista aceptación de la impotencia como destino inevitable. Es muy difícil salir de esta trampa. No imposible. Y, hoy por hoy, en los vastos y atormentados suburbios del mundo capitalista, otras patrias están también cumpliendo la hazaña de nacer, a pesar del veto impuesto por sus dueños. No imposible, digo; pero muy difícil.

¿Estamos en vísperas de una invasión a Nicaragua? Suenan y resuenan los clarines de alarma, anunciando la inminente intervención militar de Estados Unidos. El mundo contesta con más palabras que hechos. La solidaridad se declara más de lo que se practica.

La promesa de solidaridad para el caso de que una invasión ocurra y la denuncia de la amenaza de una intervención bien pueden resultar decorosas maneras de encogerse de hombros ante el cotidiano sacrificio de este pueblo tan digno y desamparado. Porque ya no se trata de estar alerta en espera de una posible intervención: Nicaragua está siendo invadida todos los días, todos los días paga un horrible precio de sangre y fuego, y la descarada intervención de Estados Unidos, recientemente oficializada por la votación de los 100 millones de dólares, rompe los ojos.

Desde que se vio más o menos claro que la revolución sandinista iba en serio, y que se proponía romper la camisa de fuerza del capitalismo neocolonialista, el sistema decidió aniquilarla. Pero si aniquilarla no es posible, porque implicaría el exterminio de la mayoría de la población, el sistema quiere, al menos, deformarla. Deformar la revolución sería, al fin y al cabo una manera de aniquilarla: deformarla hasta tal punto que ya nadie se reconozca en ella. Si sobrevive, que sobreviva mutilada, y mutilada en lo esencial.

La continua agresión obliga a la defensa, y la defensa, en una guerra así. guerra de vida o muerte, guerra de patria o nada, tiende a una progre-(sic) actúa objetivamente contra los espacios de pluralidad democrática y creatividad popular. Las estructuras militares, verticales, autoritarias por definición. no se llevan bien con la duda, y mucho menos con la discrepancia.

La disciplina, necesaria para la eficacia, está en objetiva contradicción con el desarrollo de la conciencia crítica, necesaria para que la revolución no se convierta en su propia momia. Además, la concentración de recursos en seguridad interior y defensa nacional, que devoran el 40% del presupuesto y se llevan la mitad de lo que el país produce, paraliza los formidables proyectos de transformación de la realidad que la revolución había puesto en practica en salud, educación, energía, comunicaciones...

El pueblo nicaragüense protesta, y a viva voz, por todo lo que falta, las muchas cosas que faltan, pero no ignora todo lo que tiene, los derechos y las esperanzas que por primera vez en su historia tiene, y por ellos pone el pecho a las balas. Se bate por legítimo derecho de defensa, y no por vocación, ni por dinero, ni por afán de territorios, ni por voluntad de poder.

Nicaragua dedica el 40% de su presupuesto a defensa y política, pero está en guerra contra la primera potencia del mundo. Uruguay, democracia respetada, destina el mismo porcentaje a su gente de uniforme, mucho menos numerosa que las nutridas filas de las milicias y el Ejército popular de Nicaragua. Y, que se sepa, ninguna potencia extranjera está invadiendo Uruguay ni amenazándolo desde la frontera.

"Nos obligan a morir y nos obligan a matar", ha explicado Tomás Borge, fundador del Frente Sandinista. La resistencia armada ante la agresión revela dolorosamente la dignidad colectiva de un pueblo obligado desde afuera a la violencia. Y si bien es cierto que la ley de la guerra impone un inevitable verticalismo, y en las trincheras las órdenes ocupan el lugar de las explicaciones, no menos cierto es que el pueblo armado constituye una prueba de democracia. El hecho de que haya 300.000 nicaragüenses, militares y milicianos, armados de fusiles, algunos a cambio de magro sueldo y la mayoría a cambio de nada, demuestra que esta rara tiranía sandinista no teme armar al pueblo que, según afirma el enemigo, ansía derribarla.

Mil y una vez nos dicen que Nicaragua tiene la culpa de la lucha armada en América Central. So pretexto de defenderse, nos dicen. Nicaragua agrede. Si embargo, ni una sola prueba seria se ha exhibido hasta ahora para demostrar que Nicaragua abastece a los guerrilleros de El Salvador o Guatemala. Acosada por mar, aire y tierra, espiada desde navíos, aviones y satélites, controlada por instrumentos de alta tecnología que permiten fotografiar un mosquito en el horizonte, ¿cómo es posible que Nicaragua pueda enviar balas o combatientes a otros países?

En cambio. Estados Unidos utiliza descaradamente el territorio de Honduras como base de entrenamiento y plataforma de lanzamiento de los invasores a sueldo y es notorio que los militares hondureños participan de las operaciones de agresión a Nicaragua. Costa Rica también es un santuario de la contra, aunque con el disimulo que corresponde a su tradición pacata. Honduras y Costa Rica, que acusan a Nicaragua, violan sistemáticamente el principio de no intervención en los asuntos internos.

II

No hay Gobierno de la Américas o Europa, democracia o dictadura, democradura o dictacracia, que no se sienta autorizado a proponer, discutir y quizá imponer alguna solución para el problema de Nicaragua, que es como decir el problema de América Central. Da la impresión de que, al emprender la transformación de Nicaragua, la revolución sandinista hubiera provocado un imperdonable cataclismo.

A Nicaragua todos le toman examen de democracia. Al presidente Reagan, por ejemplo, no le han parecido dignas de crédito las elecciones que confirmaron por amplia mayoría de votos, a las actuales autoridades de Nicaragua. Quizá él alberga la esperanza de que Nicaragua vuelva a tener elecciones verdaderamente libres, como aquella que organizó el brigadier general Frank Ross McCoy, del Ejército de Estados Unidos.

El 4 de noviembre de 1928, los militares norteamericanos revisaron y aprobaron los registros electorales y formaron y presidieron cada una de la mesas de votación. El general McCoy, que había sido designado por el presidente de los Estados Unidos para el cargo de director del Consejo de Elecciones de Nicaragua, se ocupó de contar los votos. Curiosamente, en esa ocasión resultó triunfante el candidato que Estados Unidos prefería.

Resulta cómico e indignante que hagan eco a Reagan algunos políticos profesionales de América Latina, erigidos en fiscales de la democracia nicaragüense. Como todo el mundo sabe, en América Latina hay costumbre de manipulación y fraude. Hasta las más feroces dictaduras han sabido lucir elecciones periódicas, celebradas bajo estado de sitio, para fabricar parlamentos.

Los opositores honestos, que los hay, tendrían que reconocer, al menos, que en estos siete años la revolución sandinista ha hecho lo posible y lo imposible por echar las bases de justicia y soberanía necesarias para que la democracia no sea un castillo en el aire, un formal impuesto que se paga a la hipocresía reinante, un tomadura de pelo al pueblo, que nada tiene y nada decide. Porque todo anda patas para arriba, los funcionarios no funcionan y los transpones no transportan; la producción es una locura, y la distribución, un manicomio; pero los hechos dicen:

- Que Nicaragua acabó con la poliomielitis y redujo las otras enfermedades y que abatió la mortalidad infantil.

- Que por primera vez en su historia alfabetizó a la población, y no sólo a la población de lengua castellana; que alfabetizó en lenguas indígenas y en inglés a 50.000 personas.

- Que desde la caída de Somoza, Nicaragua ha repartido más tierras que todos los demás países centroamericanos juntos, a través de un reforma agraria prudente pero verdadera, que se ha limitado a expropiar las tierras que no producen y las de la dinastía reinante, derrocada por la revolución sandinista.

El pueblo era muy pobre y sigue siendo muy pobre. Pero algo, algo esencial, ha cambiado. Ahora, por primera vez hace y por primera vez cree en lo que hace. Sólo el desarrollo de la conciencia revolucionaria, y la cotidiana confirmación de la dignidad nacional ante un enemigo que la niega a balazos, pueden explicar el insólito proceso de discusión del nuevo texto constitucional, que ha tenido lugar a lo largo de este último período.

En plena guerra, y a pesar de las dificultades notorias de organización, cien mil nicaragüenses han discutido el anteproyecto de Constitución elaborado por el Frente Sandinista y otros cinco partidos políticos. La nueva Constitución se cocinó a espaldas del pueblo. En 72 cabildos abiertos, en todo el país se propusieron 1.500 enmiendas al anteproyecto.

Los cabildos contaron, y hay que subrayarlo, con muy amplia participación femenina. El machismo sigue vivo, faltaba más, vivo pero no vivo y coleando: últimamente se le ve de capa caída, bastante venido a menos, mientras las mujeres van perdiendo, poco a poco, día a día, el miedo a opinar y el miedo de todo lo demás. Numerosas y furiosas voces femeninas se alzaron en los cabildos contra la herencia de las viejas leyes y de los códigos caducos.

Durante los últimos años de la dictadura de Somoza, algunas mujeres ganaron, en buena ley, puestos de dirección en la lucha guerrillera. Actualmente hay mujeres en el Gobierno sandinista, en los niveles de más alta responsabilidad: pocas mujeres, en relación a las muchas que merecerían estar por méritos y talentos, pero Nicaragua es, por ejemplo, uno de los raros países del mundo donde una mujer encabeza la policía.

Doris Tijerino, que había sido torturada y violada por la policía de Somoza, es la jefa nacional de las fuerzas policiales. Por primera vez en la historia nicaragüense hay una mujer en ese cargo, y por primera vez hay unas fuerzas policiales que no torturan ni violan.

III

Nicaragua está librando una guerra de descolonización. El presidente de Estados Unidos y el Papa de Roma, que se consideran con derecho a sentar a Nicaragua en el banquillo de los acusados, deberían empezar por pedirle disculpas o callarse la boca. Fueron los militares norteamericanos invasores quienes fabricaron al primero de los Somoza, en los años veinte, y en los treinta lo instalaron en el trono para perpetuar la ocupación colonial.

El virrey Somoza, fundador de la dinastía que tanto humilló a Nicaragua, recibió de Estados Unidos incesantes condecoraciones, y del Vaticano, bendiciones no menos incesantes, y fue finalmente enterrado con honores de príncipe de la Iglesia.

Ocurre que Nicaragua se está negando a seguir siendo una caricatura de país y la guerra castiga su insolente desafío. Sólo en función de esta lucha por la liberación nacional, sólo a la luz de esta guerra defensiva pueden entenderse ciertas medidas del Gobierno sandinista. Este es el caso de la suspensión del diario La Prensa.

Los políticos y periodistas norteamericanos que encabezan la actual campaña contra Nicaragua no hacen más que difundir los mismos viejos venenos que otros políticos y periodistas norteamericanos habían fumigado por el mundo en la época de Sandino. Así, echan una espesa cortina de humo sobre un proceso que, al fin y al cabo, reivindica el derecho de respirar libremente.

Cuando el pequeño ejército loco de Augusto César Sandino se lanzó contra la ocupación colonial, The Washington Herald y otros diarios norteamericanos llamaron a Sandino "agente bolchevique" y denunciaron que actuaba a las órdenes de México y al servicio de la expansión soviética en América Central. México era la Cuba de entonces: el presidente Calles había aplicado unos intolerables impuestos a las empresas petroleras norteamericanas, de modo que los manipuladores de la opinión pública lo señalaron como hombre de Moscú.

Algunos órganos de Prensa de Estados Unidos acusaron al presidente mexicano Calles de enviar armas y propaganda a Nicaragua por intermedio de los diplomáticos de la Embajada soviética, y en 1928 el Gobierno de Estados Unidos advirtió oficialmente que no permitiría que soldados rusos y mexicanos implantaran "el soviet en Nicaragua".

Las agencias United Press y Associated Press se ocupaban de confirmar al mundo, a través de sus noticias, la validez de estas acusaciones y temores. Sus corresponsales en Managua eran dos americanos, designados por los bancos acreedores de Estados Unidos para manejar las aduanas nicaragüenses. Clifford Ham, de la United Press, y Irving Lindbergh, de la Associated Press, dedicaban la mitad de la jornada a usurpar a Nicaragua sus ingresos aduaneros, y la otra mitad, a redactar infamias contra un bandolero llamado Sandino.

Nada de nuevo tienen, pues, las similares maniobras de desvío que hoy aplica contra Nicaragua la Casa Blanca.

Nicaragua integra el Tercer Mundo. Los nicaragüenses son, por tanto, gentes de tercera. Desde el punto de vista de los fabricantes de opinión, no merecen respeto. Las gentes de tercera están condenadas a copiar, tienen derecho al eco. pero no a la voz. Para los voceros de una estructura internacional de poder que margina y desprecia a la mayoría de la humanidad, un proceso revolucionario en un país como Nicaragua sólo puede atribuirse al afán expansionista de la Unión Soviética.

La dignidad nacional y la justicia social, la jodida historia de un país ocupado y de un pueblo explotado no son mas que pretextos, coartadas, señuelos para tontos. Cuanto ocurre en Nicaragua se reduce a la geopolítica de los bloques, es una jugada del Este contra el Oeste.

Los contras no son, pues, meros mercenarios a sueldo, que actúan por la restauración del pasado colonial y de una destronada dinastía; no son bussines figters, sino freedom fighters, héroes de una civilización amenazada, la civilización occidental.

Ni todas las máscaras de carnaval alcanzan para ocultar tanta hipocresía. Quienes niegan a Nicaragua el pan y la sal, la acusan de recibirlos. Estados Unidos fue el primer país al que Nicaragua recurrió en busca de créditos comerciales ayuda al desarrollo de sus armas para defensa. Recibió un portazo en las narices. Actualmente, ya cortados los créditos petroleros de Venezuela y México, Nicaragua depende de la Unión Soviética y de los demás países del Pacto de Varsovia para abastecerse de petróleo y armas.

Gracias a las armas y el petróleo sobrevive. No consigo entender qué tiene de condenable esta ayuda a un proceso de liberación nacional, no consigo entender por qué la aceptación de la ayuda habría de convertir a Nicaragua en satélite de Moscú. En todo caso, los nicaragüenses son los primeros interesados en diversificar las fuentes de asistencia económica.

Pero a nivel de los Gobiernos de Europa occidental y de América Latina, las respuestas solidarias se hacen cada vez menos frecuentes en relación a la creciente indiferencia y hostilidad. Quienes condenan la ayuda soviética en nombre de la independencia, mejor harían en trabajar otras ayudas que amplíen los espacios de libertad de esta joven revolución acosada. La revolución, obra de creación, no quiere aplicar el modelo soviético ni ningún otro modelo. Ni siquiera el modelo cubano. Los modelos ajenos sobre la realidad propia terminan actuando como camisas de fuerza: se proponen liberarla y acaban apresándola. Quizá Nicaragua no estaría vi- va, hoy día, de no ser por el ejemplo y la generosidad de Cuba, cuya mano solidaria llega más allá de todas las estadísticas habidas o por haber; pero, como bien ha dicho Sergio Ramírez, los sandinistas no quieren hacer otra Cuba sino otra Nicaragua.

IV

Para la mayoría de los norteamericanos. Nicaragua no es invadida sino invasora; no la perciben como una pobre colonia queriendo ser país, sino como una misteriosa y peligrosa potencia, amenazante, al acecho en la frontera. Pocos, muy pocos norteamericanos han estado allí y han visto la realidad: que en toda Nicaragua hay un rascacielos, cinco ascensores y una escalera mecánica (que no funciona desde hace mas de un año), que los nicaragüenses son menos numerosos que los habitantes del barrio de Brooklyn, en Nueva York, y que por culpa del hambre y las pestes viven 20 años menos que cualquiera que haya nacido en Estados Unidos.

En su afán de desprestigiar a Nicaragua, el presidente norteamericano, Ronald Reagan, llegó al extremo de convertirse, súbitamente, a la causa indigenista. Ya había matado muchos indios en las películas, y se había consagrado presidente de una nación que ha matado muchos más en la realidad, cuando descubrió que existían los indios de Nicaragua. Entonces decidió usarlos como carne de cañón en el frente militar y en el trente publicitario. Mientras los sandinistas alfabetizaban a los indios en sus lenguas, hecho jamás visto en Nicaragua y pocas veces visto fuera de Nicaragua, algunos de sus jefes principales se vendían, a cambio de cosas o a cambio de la promesa de formar país apañe, y empujaban a sus hombres a la guerra.

Más recientemente, hubo un escándalo mundial cuando dos miembros de la jerarquía católica fueron expulsados de Nicaragua por predicar las mentiras de Reagan como si fueran la voluntad de Dios. Con toda razón, el presidente Onega señaló que los medios masivos de comunicación han dicho poco o nada sobre 138 sacerdotes asesinados y los 268 sacerdotes secuestrados, en América Latina, desde 1979, y que nada de nada han dicho sobre el hecho, también elocuente, de que ni un solo sacerdote ha sido asesinado ni secuestrado en Nicaragua en estos siete años.

A propósito de incesante torrente de acusaciones de Reagan, que los fabricantes de opinión venden al mundo como verdades reveladas, Tomás Borge comentó que, de aquí a poco. Nicaragua será también responsable del SIDA y de la devaluación del dólar. Ocurre que Reagan necesita satanizar Nicaragua para justificar la economía de guerra de Estados Unidos.

Nicaragua y Libia brindan las coartadas de tumo. Daniel Ortega y Muammar el Gaddafi hacen el papel de los más malos en una película llena de muchos otros malos, que arrojan flechas y aúllan alrededor de la Gran Diligencia, cargada de biblias y de dólares. Esa película se exhibe día y noche a la conciencias de Occidente para que el negocio armamentista se convierta en necesidad natural.

Hasta las estrellas han de ser militarizadas, decide Estados Unidos, para hacer frente al peligro terrorista. A la mera casualidad debe atribuirse la coincidencia de nombres entre esta nación y la nación recientemente condenada, en el Tribunal Internacional de La Haya, por sus acciones terroristas contra Nicaragua, que practica el terrorismo como derecho imperial y que fabrica y exporta el terrorismo de Estado, en industrial escala, bajo la marca registrada Doctrina de la Seguridad Nacional.

Nicaragua no busca muros para esconderse, pero necesita escudos para defenderse. Estas palabras, que nada tienen de neutrales, quisieran ayudarla, aunque sea un poquito. Ahora se han puesto de moda la ambigüedad y la niebla, y tomar partido se considera prueba de estupidez o mal gusto; pero el autor siente la alegría de elegir.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03