Conversación con Eduardo Galeano

CONVERSACIÓN CON EDUARDO GALEANO

Eduardo Galeano

Araucaria de Chile. Nº 3, 1978.

-«Días y Noches de Amor y de Guerra», el libro que te premió Casa de las Américas, ¿puede ser considerado como un libro político?

-Sí, pero no es un libro político convencional. Pienso que todo lo que uno escribe es político, incluso aquello de la gente que cree que no hace literatura política.

Política no es el buen o mal manejo de los asuntos del estado, sino todo el vasto espacio de encuentro entre los hombres, en el que se ponen en cuestión los problemas esenciales de libertad, de dignidad del hombre.

Es un libro político, porque tiene que ver con la libertad y la dignidad humana y, en consecuencia, con todo lo que lastima, hiere, mutila o mata a esa libertad, a esa dignidad.

Digo que no es un libro político convencional porque no tiene que ver solamente con lo que normalmente se entiende por política. No sólo habla de las guerras de afuera, de los grandes combates que tienen lugar en la calle y que protagonizan las masas populares, sino que también tiene que ver con las guerras de adentro, con los conflictos del alma. Este libro intenta mostrar que la guerra entre la libertad y el miedo tienen lugar fuera y dentro de uno mismo. Que cada persona reproduce dentro de sí las contradicciones de la sociedad en la que actúa.

-Nos gustaría que profundizaras este concepto de las guerras internas que tienen los hombres.

-Cada persona contiene el sistema de valores de la sociedad que lo generó, el libro quiere mostrar que esta guerra es contra ese sistema de valores, que es equivocado, que funciona para bienestar de la minoría, pero que es el veneno de la mayoría, que funciona contra el hombre y no a favor, que todas las respuestas posibles que se dan en las grandes luchas políticas, sociales, sindicales, se dan también en las peleas secretas que tiene uno consigo mismo noche y día, entonces es un libro donde la experiencia íntima no está desvinculada de la experiencia colectiva.

En «Días y Noches de Amor y de Guerra» hablo de mí, de mi generación, de la gente que quise, de los lugares que amé, de lo que me pasó, pero sin romperme en pedazos. Es un libro político un poco raro. En general, los libros de testimonio político que escriben la gente de izquierda, hacen sin querer el juego de la cultura burguesa, porque ofrecen del militante una visión siempre mutilada, como si el compromiso político, en lugar de multiplicar el alma, la encogiera, y como si un hombre que tuviera una preocupación política esencial, estuviera condenado a ser un hombre de una sola dimensión y no de muchas.

-¿Qué es para ti el impulso revolucionario?

-Creo que es el afán de contribuir a transformar el mundo, un impulso que purifica y multiplica. Creo que la visión del socialismo que nosotros tenemos, o de una sociedad diferente, no es mutilada, sino que es la visión de un hombre multiplicado. Me niego a compartir la fracturación de la condición humana que hace el orden burgués, cuando dicen que hay una literatura política, otra de la vida interior, una literatura de amor, otra de los problemas sociales, así como la derecha dice que hay un alma y hay un cuerpo, que hay trabajadores manuales e intelectuales.

-¿Qué es para ti el socialismo?

-Creo que el socialismo es la aventura de la reconstrucción de la unidad perdida de la condición humana, por lo tanto, la más hermosa de las aventuras creadoras posibles, porque nos devuelve a nuestra unidad esencial, frente a lo que podríamos llamar la esquizofrenia social, frente a una sociedad que continuamente nos está mutilando y obligando a que desempeñemos diferentes papeles y ser diferentes personas a lo largo de cada día. Algunos tienen un elenco completo. Entonces, la operación del libro es una operación de desprendimiento de máscaras, un intentar llegar al fondo esencial de cada cosa a través de la experiencia viva.

-Volvamos al libro...

-Yo cuento las cosas que ocurrieron mientras escribía el libro, que empezó en Argentina, que terminó en España. Cosas que la memoria me trajo para joderme o para ayudarme. Alimentos o venenos que la memoria me prestó para derribarme o para ayudarme a alzarme cuando me caí, para seguir viaje.

El libro mezcla todo, la experiencia del contacto directo con algunos países como Uruguay, Argentina, Chile, Brasil, Bolivia, Guatemala, Cuba, Venezuela, Paraguay; con algunas personalidades que marcaron la historia contemporánea latinoamericana, como Allende, el Che Guevara; pero también cuenta una enorme cantidad de cosas que corresponden a lo que podría llamarse la pequeña grandeza de la vida cotidiana. No creo que la verdad histórica sea necesariamente espectacular; creo que a ella, a veces, se revela o se descubre a través de las pequeñas cosas, aparentemente insignificantes, pero que están cargadas de una electricidad, de una magia de vida que uno percibe al contarlas. Es decir, cuando uno se asoma a las cosas tal como ocurrieron. La realidad es infinitamente más grande, más rica, con más magia que la fantasía que elabora un creador profesional, porque posee una sobria profundidad mayor que cualquier esfuerzo de la imaginación.

No es que niegue los esfuerzos de la imaginación; en este libro las reglas fueron las de la realidad, tal como la memoria las trajo.

-¿Cómo podrías sintetizar «Días y Noches»?

-Como una suerte de entrevista con mi propia memoria. Como si yo le dijera, señora Memoria eche jugos, diga todo lo que tiene que decir, usted sabe más que yo de mí mismo. Y al contarme lo que yo soy me cuenta, de alguna manera, qué somos nosotros, los hombres que nacimos, crecimos, nos desarrollamos, peleamos, tuvimos alegría, miedo. Esperanzas en determinadas comarcas del mundo, en un lugar determinado de la tierra que es Latinoamérica y en un tiempo histórico determinado que es el tiempo nuestro.

Del primer diálogo, de ese primer encuentro con la memoria nacieron 600 páginas, que después fueron reducidas a 350 y después a 190. Juan Rulfo me enseñó alguna vez, que uno escribe con una lapicera y con un hacha, y que a veces es más importante el hacha que la lapicera, Y que para que la realidad sea realmente expresiva, para poder traducir la inmensa elocuencia de las cosas reales, hay que despojar el lenguaje de todo artificio y no perder de vista el hecho de que muchas veces las experiencias más importantes mueren al ser mencionadas, que hay cosas que tienen su verdad en su ambigüedad o en su misterio y entonces para poder traducir o comunicar ese misterio hay que sugerir más de lo que se dice. Hay que utilizar una prosa capaz de tener una capacidad de comunicación, que vaya más allá de lo obvio, de lo meramente aparente. No es que las apariencias engañen, sino que la realidad no es solamente lo que parece.

-¿Qué puedes decirnos del oficio de escritor?

-Es un oficio solitario y solidario, que a partir de una ceremonia muy individual, muy privada de transpiración y de catarsis, un escritor puede ponerse en contacto con otros, conversar con otros, escuchar, recibir, dar, ofrecer, no en una relación en que el escritor produce cosas para que los lectores pasivamente las consuman, sino en una relación dialéctica muy viva en la que cada pregunta implica una respuesta y cada respuesta una pregunta nueva.

-Háblanos de tu libro «Guatemala, país ocupado».

-Diría que es un libro que tiene ciertos valores profetices. Allí se describe una experiencia de horror institucional, de terrorismo de estado que sirvió de laboratorio para otras experiencias posteriores. La técnica del secuestro y la desaparición que se está utilizando ahora en los países del cono sur con tanto éxito y con tanta saña. Estos métodos fueron ensayados en Guatemala en 1967, era una técnica que venía de Vietnam y que se ensayó en Guatemala como en un laboratorio de guerra sucia y que ahora se está aplicando en Argentina, en Chile, en Uruguay, en Brasil.

Consiste en que los muertos no tienen cadáveres. No se ejecuta a la gente. No se la fusila, sino que se la desaparece. Con eso se consiguen dos cosas: Primero, un grado de impunidad internacional mucho mayor. Para los cinco fusilados de Franco, de fines de 1975, hubo un escándalo mundial. Para los miles de desaparecidos siempre queda el beneficio de la duda, ese espacio de niebla, de bruma en el que uno se pregunta si el desaparecido habrá muerto realmente.

Del punto de vista del régimen tiene una segunda ventaja: permitir difundir con eficacia la ansiedad y el miedo, cada muerto se muere muchas veces en el alma de sus familiares, hay una guerra de rumores, incertidumbres que derivan en una desesperación casi clínica, que puede llegar a enloquecer a la gente.

En aquella noche de San Bartolomé, en aquella noche larga de 1967, y hubo ocho mil muertos, la mayoría desaparecidos. No se puede esperar que quien hizo al paralítico ofrezca después la silla de ruedas, o sea, si estas técnicas represivas fueron enseñadas por instructores norteamericanos a oficiales latinoamericanos, en Panamá o en Texas, los centros de instrucción, parece hipócrita que ahora se ponga el grito en el cielo porque la máquina que se echó a andar ahora funcione.

-¿Por qué funciona la represión?

-No funciona porque exista mala gente que desee satisfacer algún oscuro sueño perverso, ni por sadismo particular de nadie, sino que funciona al servicio de la redivisión internacional del trabajo. El dictador es un funcionario y el torturador también, son burócratas del terror, así como el correo o los bancos tienen funcionarios, el terror los tiene y trabajan al servicio de la máquina del poder, que no empieza con ellos ni termina con ellos. Hay una redivisión internacional del trabajo a escala internacional, operada por las grandes multinacionales, y para esa redivisión era necesario que países del cono sur como Chile, Argentina, Uruguay, que gozaban de un nivel relativamente más alto en el plano cultural y económico, sean hoy escenario de las peores dictaduras latinoamericanas.

Es necesario obligar a la gente a resignarse a la desocupación o a ganar la mitad de lo que ganaba y eso no se hace con buenos modales. Es necesario obligar a esos países a olvidar que allí hubo esperanzas de cambios hacia un mundo mejor, que allí hubo aventuras realizadas de justicia, experiencias totales o parciales de un mundo nuevo, diferente.

Es una máquina de reprimir puesta en funcionamiento contra la realidad para obligar a la gente a llevar una vida de perros y contra la memoria, para que se vacíe la conciencia popular del recuerdo de experiencias de afirmación nacional y popular. Fíjate que en los tres países la represión llega como respuesta a tentativas de afirmación nacional y popular.

En Chile, es un venganza a las realizaciones de la Unidad Popular, que devolvió a los chilenos las riquezas arrebatadas por las grandes empresas extranjeras y por empezar a transitar por la vía del socialismo. En Argentina, es una respuesta a la amenaza de un peronismo de izquierdas que también podía desembocar en un país más justo y que había puesto en serio peligro los intereses de la oligarquía terrateniente y financiera y de las grandes multinacionales extranjeras. En Uruguay lo mismo, se ataca a un Frente Amplio, a los Tupamaros y a todo movimiento pacífico o no que en los últimos años venía sacudiendo al país para conmover a viejas estructuras que ya no daban respuestas al desafío de la nueva población.

-¿Puedes ejemplificar tu afirmación?

-Claro, Uruguay, un país minúsculo, pero cinco veces mayor que Holanda y con una población cinco veces menor, sin problemas de naturaleza, que fue muy generosa, con tierras bien irrigadas, con una población culturalmente alta, Uruguay sin embargo es incapaz de darle de comer a esta gente y obliga a más de medio millón de uruguayos a buscar trabajo y destino fuera del país, bajo otros cielos.

Se trata, pues, de conseguir un bajo nivel de salarios y condiciones de orden: el orden de los cementerios, la paz de las cárceles que garanticen a las grandes empresas extranjeras la necesaria estabilidad sindical, política y social.

Esto en el marco de un sistema que se está reorganizando, redividiendo los mercados, las zonas de abastecimiento y de materias primas, la ubicación de los centros de producción y que necesita disponer de contingentes baratos y sumisos de mano de obra en aquellos países.

-O sea, la cultura del miedo...

-Claro, la tortura, el terrorismo de estado, el encarcelamiento masivo, el destierro masivo, tratar de raspar hasta el fondo para que no quede ninguna raíz viva de respuesta, de protesta, en medio de la cultura del miedo, en medio del orden de la resignación, para que no se escuche ya ninguna voz en medio del silencio.

El acto de escribir un libro, unas memorias sobre la realidad, sobre la historia, la de ahora y la de ayer, en todo caso es una respuesta a la cultura del miedo, a la cultura del silencio, a la cultura del olvido.

-¿La memoria es subversiva?

-Creo que cuando hay un sistema organizado en el que está prohibido recordar, el acto de recordar es una acción subversiva, la memoria está prohibida. El sistema autoritario, para perpetuarse como tal inhumano, enemigo del país, tiene que brindar de sí una imagen de eternidad. Lo que es corresponde a lo que fue y a lo que será. La memoria es peligrosa porque puede demostrar que hubo en el país algo más que cárceles, tumbas, verdugos, inquisidores, desesperanza, miedo.

Hay una memoria peleadora, no siempre el diálogo con la memoria es una conversación de nostalgias inútiles. A mí me interesa la historia en cuanto es memoria viva del tiempo de ahora, en tanto que nos ayuda a cambiar; no me interesa la historia como un museo de cera, como un baile de disfraces donde aparecen personajes solemnes que dicen frases larguísimas, alejadas de la realidad cotidiana, concreta. Quiero a la historia vivida como una crónica de sucesos, como si estuviese en un diario y no en un libro Como si se viese en los títulos lo que ocurre. Este tipo de visión de la historia es subversivo, porque la derecha elige el pasado; nosotros no, nosotros preferimos la esperanza a la nostalgia.

-¿Cuál es el papel del escritor?

-Eso depende de cada caso. No creo que haya recetas decálogos, códigos. Pienso, modestamente, que cada uno hará como le parezca. Creo que cualquier actitud cultural, que de algún modo sirva para Usurar el monopolio del miedo, tiene un sentido revolucionario positivo.

Toda literatura que nos ayude a comprender un poco lo que somos, de dónde venimos, tiene un sentido político, aunque no se sepa que lo tiene. Un pueblo que no sabe de dónde viene, no sabe adonde va y un hombre o una colectividad que no sabe quién es, no puede saber en qué puede convertirse. Hay novelas o libros aparentemente no políticos, a veces muy privados, que sin embargo tienen ese contenido esencial, primordial que ayudan a la colectividad a verse a sí misma, en medio de un sistema que funciona para borrar la memoria y vaciar la identidad de los pueblos.

Hablo de una identidad no en un sentido folklórico, sino en un sentido muy dinámico, muy vital, muy victoria viva en perpetua transformación. No hablo de identidad confundida con la nostalgia de trajes típicos o recuerdos para turistas, sino de identidad en tanto diálogo a veces difícil, a veces doloroso, de los hombres entre sí y respecto de la naturaleza, en un lugar determinado del mundo y del tiempo histórico.

Todo lo que contribuye a ayudarnos a saber lo que somos, tiene un sentido político positivo, aunque no sea literatura política. Creo que una buena poesía puede tener más sentido político que un panfleto mediocre aparentemente político.

-¿Qué es, a tu juicio, literatura revolucionaria?

-Normalmente hay una confusión sobre lo que es esto. Hay literatura que se propone ser revolucionaria y es la más reaccionaria de todas. A la inversa, hay literatura que no aspira a ser revolucionaria o que no sabe que lo es y tiene un sentido revolucionario.

Creo que cualquier cosa que contribuya a desenmascarar la realidad y a recuperar la historia, en medio de un sistema organizado para mentir esta realidad, tiene un sentido revolucionario. Pero, para que una literatura revolucionaria tenga alguna capacidad de ser lo que pretende necesita, en primer lugar, tener capacidad de comunicación, o sea, en la medida que puede ayudar a una transformación revolucionaria de la realidad.

Para cambiar las cosas hay que empezar por nombrarlas, lo cual en regiones del mundo donde el nombre de las cosas está prohibido o mentido, se hace en sí un acto de subversión. En Uruguay, Libertad es un nombre de una cárcel; en Chile, Colonia Dignidad es el nombre de un campo de concentración.

Una literatura que devuelva a las palabras el sentido perdido, roto, lastimado, cumple en sí, sólo con eso una función revolucionaria, para la gente de ahora y la de después.

La literatura que escribe lo que ve siempre está prohibida, perseguida o con graves problemas de difusión. El sistema sabe que todo constituye política en este mundo y que en cada acto cotidiano el hombre va definiendo su relación política con los demás hombres. Desde su manera de comer, hasta su modo de comunicarse o incomunicarse, de encontrarse o desencontrarse con los otros hombres, siempre se está poniendo en juego el sistema de valores. Hay gente que está en contra de Pinochet, pero que actúa como Pinochet en su casa, con la señora, con los hijos.

-¿Qué críticas puedes hacer a la literatura revolucionaría?

-La mayor parte de la literatura que se autodefine revolucionaria es una literatura escrita para convencidos, con un lenguaje aburridísimo, en un código incomprensible para quienes no están en la iglesia, para los que no son de la parroquia, en consecuencia -a mi juicio-, lejos de ser revolucionaria es objetivamente contrarrevolucionaria, porque no contribuye al cambio, más bien lo bloquea más, en vez de sumar, resta, y Lenin decía que la revolución es el arte de saber sumar. Cuando yo leo los materiales revolucionarios que se publican normalmente por parte de los diversos partidos o comités de América Latina, tengo la impresión de que son especialistas en restar y no en sumar, que es cada vez menos atractivo lo que se dice, que están cada vez menos claros, más borrachos de slogans, de consignas, de frases muertas, de citas hechas, que tiene cada vez menos contacto con la gracia y la hermosura de la realidad, de la vida, de la necesaria vitalidad del acto revolucionario, que es el más transformador de todos.

El lenguaje usado está muerto, por lo tanto no está al servicio de la más viva de las causas, la de transformar la sociedad.

Tengo la impresión de que la izquierda latinoamericana atraviesa por una crisis de lenguaje, que aún no encuentra un lenguaje que le permita ser clara, atractiva y eficaz. Entonces, como las oportunidades de comunicación con los otros, son estrechas, pequeñas, angostas, pocas, limitadas, que resulta criminal desaprovecharlas y condenar a la gente a una literatura soporífera, repetitiva, que dice siempre las mismas cosas. Cambia la realidad, pasan los años y el lenguaje sigue siempre igual, es muerto, fósil. Es un lenguaje de museo, no es un lenguaje para la historia viva.

Creo que la primera tarea que debe plantearse una persona, un grupo de personas, un partido que intente en el ámbito de la cultura una toma de contacto revolucionario con la realidad, es empezar primero a aprender a hablar un lenguaje que la gente entienda, que sea claro. En segundo lugar, un lenguaje atractivo para la gente. Claro y atractivo. Y, en consecuencia, una tercera cosa, eficaz. Para ser eficaz tiene que llegar más allá de las paredes de la parroquia. Si no, es una literatura cobarde, porque se dirige a gente que está de antemano dispuesta a recibir lo que recibe, entonces no hay riesgo en el acto de comunicación. Un acto de comunicación humana, sea literatura, amor, fraternidad, tiene sentido cuando tiene peligro, cuando implica riesgo de fracaso. Allí es cuando está en verdad vivo. Pisar sobre seguro es tarea de partidos conservadores, de gallos que le cantan al crepúsculo, pero no de fuerzas nuevas que asoman a la historia, o de intelectuales que creen ser los intérpretes de esas fuerzas nuevas y que a veces hablan un lenguaje más cansado que el de las fuerzas viejas.

-¿Qué te parece la presencia en Europa de grandes aportes literarios latinoamericanos?

-Me parece muy positivo; esto ha permitido que se publiquen cosas que en América Latina están prohibidas, perseguidas. La primera reacción es preguntarse: ¿Para qué sirve esto? ¿Para qué dirigirse a un público europeo si el lector al que se quiere influir es al uruguayo, nicaragüense o peruano?

Siempre he creído que la literatura circula por caminos a veces misteriosos, que la palabra escrita tiene muchas maneras de infiltrarse y de andar, por eso es que hay aduanas de palabras en nuestros países y cada vez más rigurosos controles a la entrada de libros o periódicos. Si existen aduanas de palabras es porque puede haber contrabando de palabras.

Por otro lado, hay necesidad de testimonio, de publicar cosas que en Latinoamérica no se conocen enseguida, la realidad que uno quiere transformar, o el medio al que uno se dirige, o a la gente con que se quisiera conversar.

Creo que no solamente no se escribe para su propio tiempo, para tu propia gente, se escribe también para los tiempos que vienen, para las generaciones futuras, que no te conocen todavía, pero que alguna vez van a necesitar saber de dónde viene, qué fue lo que ocurrió, qué pasó, además de la mentira que nos cuentan.

Por otra parte, para Europa creo que es muy positivo el contacto con una literatura vital como es la latinoamericana en general, que implicó un cambio de calidad en la relación entre el mercado europeo y la literatura latinoamericana. El interés ya no es meramente folklórico, no es más el interés por las tierras exóticas, comienza a descubrirse la realidad humana, social, política, económica, realidad muy viva, muy rica, este intercambio es muy fecundo, habitualmente el viaje era sólo de ida, ahora es de ida y vuelta. Antes éramos nosotros los que recibíamos de Europa productos culturales que traducíamos para después adaptarlos a nuestra realidad. Ahora se ve que existe la posibilidad de que Europa se alimente con productos culturales latinoamericanos, que no tienen nada que envidiar en cuanto a capacidad de belleza, nivel estético de los productos europeos.

La cultura latinoamericana se ha puesto los pantalones largos, perseguida y todo como está, esto contribuye a abrir el espacio de encuentro entre los hombres, lo cual es positivo, porque rompe bloqueos, aislamientos, abre puertas y ventanas para que nos oigamos los unos a los otros, para vernos, para que sepamos lo que nos ocurre sin arrogancias ni falsas humildades.

-Hay un claro contraste, nos parece, entre esa vitalidad de la cultura latinoamericana y la impotencia creadora de los reaccionarios.

-La impotencia creadora de las clases dominantes está hoy mucho más al descubierto que hace, digamos, diez años. Si en aquel momento era bastante claro que ellas no tienen nada que ofrecer a las grandes mayorías, como no sea pobreza y horror, hoy es más claro que nunca. Por ejemplo, el salario en los tres países del cono sur se ha reducido más o menos en la mitad en un período de tres a cuatro años.

El desarrollo capitalista en América Latina es un viaje que tiene más náufragos que navegantes, aparecen cada vez más bocas y el sistema es importante para multiplicar los panes.

Cada vez es más la gente que busca trabajo sin conseguirlo, son cada vez más los obreros arrojados a la vera del camino, que no tienen un empleo fijo y es cada vez más alto el precio de deshumanización, de opresión y de humillación que las grandes mayorías tienen que pagar en América Latina, para que el bienestar del privilegio de las minorías siga intacto.

-¿Crees que las cosas mejorarán?

-Soy optimista, pero realista. Creo que uno de los numerosos errores que hemos cometido en todos estos últimos años es que, con demasiada frecuencia, hemos confundido la realidad con los deseos, en vez de ver las cosas como eran, las vimos como queríamos que fueran.

Pero en medio de todo el terror y la desesperanza que se ha adueñado de la mayor parte de los países latinoamericanos, a pesar de los fracasos y del alto precio de lágrimas y sangre que se ha pagado en tantos lugares, hay un espacio grande para la certidumbre de que las cosas van a cambiar. Cambiarán, en primer lugar, por la impotencia de los dueños del poder, que no tienen nada que ofrecer, porque no hay ningún proyecto viable de desarrollo dentro de los marcos actuales, lo que conduce a una situación inevitable de explosión o vísperas de explosión de la cólera popular.

En segundo lugar, porque han ocurrido una serie de episodios en medio de la noche, de la bruma, que alimentan la esperanza, que confirman nuestra certidumbre muchas veces lastimada, de que el camino está dentro del socialismo, de que el camino es diferente y que dentro de las actuales estructuras poco o nada es lo que se puede hacer.

-¿Te refieres a las huelgas en Argentina, Bolivia y Chile?

-Sí, las huelgas del año pasado en Argentina, victoriosas huelgas, hechas en las peores condiciones imaginables, prohibidas, con amenazas de despido, de prisión, castigadas por el Código Penal, la nueva legislación vigente, por el empleo del secuestro de dirigentes sindicales a gran escala, las actuales desapariciones de cuadros medios y el clima de terror han movilizado a los sindicatos y han conseguido todo lo que se proponían, incluso la reaparición de algunos de los desaparecidos. Esto, en la actual Argentina no es un milagro de Dios, sino de la gente. Después, las huelgas de hambre de las minas de Bolivia y de las iglesias en Chile, que han hecho derrumbarse a la dictadura de Banzer y a conceder la amnistía general sin restricciones y a Pinochet a comprometerse a responder en un mes sobre los desaparecidos, son episodios populares de gran hermosura, políticamente muy elocuentes.

Las reservas de combatividad, de dignidad de la gente, siempre son más ricas que lo que cualquier cálculo político puede prever y en el fondo el vigor de la condición humana, la fortaleza del pueblo es mayor que cualquier tristeza organizada, que cualquier dictadura organizada para borrar del corazón del hombre los mejores impulsos, las mejores cosas.

La realidad es bastante negra, la mayor parte de América Latina es un campo de concentración, con alambradas visibles o invisibles, donde una inmensa mayoría de la población es presa de la necesidad y del miedo, o está condenada a la traición, a la mentira, a la resignación para poder vivir.

-Pero es una lucha que vale la pena vivir.

-La lucha por la dignidad del hombre siempre vale la pena, aunque sea para perder y en esto es muy importante advertir que buena parte de los exiliados se desalientan fácilmente y a los meses están arrepentidos y de vuelta, pero es que confundieron la revolución con un picnic de fin de semana, ningún proceso histórico de cambio se hace en un año, en dos, ni en diez, es una humilde tarea de generaciones, a la cual un hombre puede a lo sumo aspirar a aportar un poquito de sí para el esfuerzo común colectivo.

Una pequeña hojita de hormiga que va a trasladar durante algunos metros, mientras le dure la vida. Durante mucho tiempo confundimos grandeza con espectacularidad, confundimos los plazos. Creímos que el tiempo de cada uno de nosotros era el tiempo de la historia y no era así. No es pesimismo decirlo, sino realidad y humildad.

Entrevista de María Sandblad y Guío Darecy


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03