En el centenario de Gabriela Mistral

EN EL CENTENARIO DE GABRIELA MISTRAL

Alcance sobre algunas concepciones teóricas de Stalin

Federico Schopf - Volodia teitelboim - Virginia Vidal - Ruth González-Vergara

Araucaria de Chile. Nº 45, Madrid 1989.


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Reconocimiento de Gabriela

Federico Schopf

Federico Schopf es profesor de literatura, crítico, ensayista y poeta. Vive en Chile.

Por cierto, estas observaciones -irresistiblemente incompletas y, en cierta medida, desordenadas- no pueden comunicar una imagen suficiente de la controvertida poetisa chilena. Aspiran sólo a iluminar dimensiones de su vida y su obra que, interesadamente, se han mantenido ocultas e incluso han sufrido tergiversación. Desde muy temprano, críticos y biógrafos oficiales se encargaron de fabricar una especie de vida ejemplar, tal como se ha hecho con los santos de la iglesia católica o con figuras como Mao *. Cierto es que la propia Gabriela, con sus misteriosos silencios, su timidez y recogimiento, algunas de sus ideas, su necesidad de reconocimiento, etc., entregó materiales más que suficientes para elaborar una imagen oficial que lamentablemente aparecía, así, en parte como verdadera. En este sentido, Gabriela Mistral es una figura ambigua, y, creo, a medio camino entre el rechazo y la afirmación de la ideología dominante en la sociedad latinoamericana de su tiempo, que ya no es el nuestro.

Según la imagen oficial, la poetisa era una muchacha de origen modesto que, habiendo perdido tempranamente a su novio, se consagró al cuidado de su anciana madre y a la labor de maestra, recorriendo Chile y América en misión educativa y recordando a las gentes la necesidad del sacrificio social, la existencia de Dios y la vida eterna. Nada más desagradable que imaginar la repugnante función represiva que, al margen de la voluntad de la propia poetisa y muchos críticos de la sociedad, debe de haber cumplido esta imagen pública, bajo la hipócrita forma de vida ejemplar y modelo de conducía que debe ser imitado.

Por muchas razones, esta imagen de la poetisa resulta inaceptable en la actualidad. Dado el curso de la historia, ella ha perdido gran parte de su eficacia ideológica y, para los gustos de hoy, ha llegado a ser excesivamente kitsch. Para la reivindicación actual de Gabriela Mistral -que está en marcha desde hace algunos años- debe recordarse que la poetisa nunca dejó, a lo largo de su conturbada vida, de hacer declaraciones que, en la forma deshilvanada que se lo permitían las circunstancias, contradecían gravemente los rasgos esenciales de la representación oficial de su vida. Estas declaraciones fueron largo tiempo desoídas o desestimadas por la crítica establecida. Sólo algunos escritores disidentes de las generaciones más jóvenes las recogieron, pero ellos mismos no encontraban gran resonancia en la opinión pública de esos años. Desde luego, nunca es tarde para que este tipo de declaraciones se integren a alguna imagen oficial, pero en la actualidad pueden también servir de punto de partida para una representación más fidedigna de la tormentosa vida de Gabriela Mistral, estirada entre la gloria oficial y las contradicciones irresueltas de su desdichada intimidad. La publicación reciente de una serie de documentos y testimonios sobre la vida de Gabriela Mistral, en especial una cantidad apreciable de cartas amorosas, comienza a echar por tierra la representación oficial y entrega decisivo apoyo a las declaraciones conflictivas de la poetisa, referidas no sólo al dominio de sus amores, sino también a sus concepciones políticas y religiosas (1). Ya las cartas de amor publicadas -que serían sólo una parte del total- nos dan testimonio que, desde los quince años, tuvo Gabriela más amores que el único amor que le reconocen sus exegetas oficiales. Estas cartas revelan también la intensidad de sus pasiones, sus mecanismos represivos, sus cambios de decisión, la claridad de su inteligencia opacada por prejuicios procedentes de su educación católica y la provincia, las luchas entre su fuerte voluntad y sus sentimientos, el cansancio que le produce la docencia tradicional, asumida por necesidad económica, la fascinación que ejerce sobre ella el amor prohibido. Pero es, sobre todo, la lectura actual de sus poemas -hecha en otro tiempo que es el suyo y desde una situación más libre e informada, gracias incluso a la publicación de las cartas- la que desautoriza, ojalá que para siempre, las pobres representaciones que la crítica establecida imponía como «contenidos sublimes» de su obra.

El origen humilde

Lucila Godoy Alcayaga (verdadero nombre de Gabriela Mistral) nació en 1889 en un valle del Norte de Chile, que ella misma describe como una «tajeadura heroica en la masa montañosa, pero tan breve que aquello no es sino un torrente con dos orillas verdes... es el valle mirado desde lo alto una especie de collar roto, con las aldeas veladas por los árboles» (2). En diversos pueblos de este valle pasó Lucila su infancia. Su media hermana mayor y su madre mantienen el hogar como pueden, ya que el padre las ha abandonado para siempre cuando Lucila tiene tres años. A los ocho años, la niña es acusada de robar papel en una escuela y es perseguida por alumnas que, instigadas por la profesora, le arrojan piedras. Regresa ensangrentada a casa. Es una impresión que no se le borrará jamás. Hacia 1910, comienza a publicar en los diarios locales. A los catorce años, aprueba los exámenes de ingreso a la Escuela Normal de La Serena, pero es rechazada a última hora, porque el capellán la acusa de propagar el panteísmo en sus escritos. Recuerdos gratos de su infancia son sus paseos por el valle y las lecturas de la Biblia que realizaba con su abuela paterna. Un episodio que soslayan las hagiografías: «A los siete años Gabriela tiene un choque físico y moral que no es posible describir en pocas líneas». (3)

El amor único

A bordo de un tren, de viaje a una de las escuelitas en que enseñaba, conoció Gabriela, hacia 1905 o 1906, a un joven apuesto y simpático, empleado de ferrocarriles y encargado de cobrar ciertas cuentas. Las relaciones posteriores de la poetisa, muchas declaraciones suyas, permiten suponer que ella se enamoró de él con la intensidad profunda de los adolescentes. Parece no haber visto mucho: «Un día me dijo que iba más al Norte a buscar trabajo en las minas para hacer dinero y regresar a buscarme para que nos casáramos. Aquella promesa constituye el recuerdo más dulce que tengo de él» (4). Pasa el tiempo y una tarde ella lo sorprende paseando del brazo con otra muchacha, más bella y de mejor posición social. Una noche, la poetisa observa distraída el jardín de una casa, desde su balcón. Entre las sombras descubre a la pareja: «Se besaron, se oprimieron, se estrujaron dos horas... una nube cubrió la luna, ya no vi más y esto fue lo más horrible. No pudiendo ver, imaginaba lo que pasaría allí, entre esos dos seres que se movían en un círculo de fuego. Yo había visto en ella temblores de histérica; él era un hombre frío, pero claro es que era de carne y hueso. No pude más... Despedacé flores de las macetas de arriba y las eché desmenuzadas sobre lo que yo adivinaba que eran sus cuerpos. Un cuchicheo y después la huida precipitada» (5). Al día siguiente, se encuentran en la calle. Romelio Ureta la alcanza y le dice: «Lucila, mi vida de hoy es algo tan sucio que si usted la conociera no me tendría compasión. Quizás quería contarme todo, pero yo no le contesté, no le inquirí nada. Lucila, le han dicho que me caso. Va a ver usted cómo va a ser mi casamiento, lo va a saber luego». (6)

Pocos días después, Gabriela se entera que Ureta se ha suicidado. Los diarios informan que el joven ha sustraído ciertos dineros de la caja que custodiaba, con el propósito de ayudar a un amigo en dificultades. Pero el amigo no le ha devuelto el dinero y Ureta, desesperado ante el fin de su carrera y su honra, se mata. En los bolsillos del suicida no se encontró nada, salvo una tarjeta postal que le había enviado Gabriela. Algunas personas agregan que tenía también una carta para ella. En este, como en otros episodios de la vida de Gabriela Mistral, todo es ambiguo, incierto. En una carta escrita seis años más tarde, la poetisa comenta: «¿Qué alianzas son estas, Manuel? Ella queriéndolo y explotándolo hasta hacerlo robar; él hablándome de su vida destrozada, a raíz de esa noche de amor, con algo de la náusea en los gestos y en la voz. Esas son las alianzas de la carne. A la carne confían el encargo de estrecharlos para siempre y la carne, que no puede sino disgregar, los aparta, llenos ambos de repugnancia invencible» (7). Pero justamente el amor que le inspiró este joven, exacerbado y magnificado por su repentina muerte, está en el origen de gran parte de los intensos poemas amorosos que Gabriela Mistral escribió por esos años y que fueron recogidos, más tarde, en Desolación (1922). Un grupo de ellos, presentados a un concurso literario en que se festejaba la primavera -y que llevaba el discrepante nombre de «Sonetos de la Muerte»-, significa para la poetisa el comienzo de su fama literaria. La crítica literaria oficial transformó su relación frustrada con Ureta en el amor único de la poetisa. Surge, entonces, el segundo mito de la leyenda mistraliana: el de la mujer fiel hasta la muerte.

Otros amores

Pero Gabriela Mistral tuvo otros amores, antes y después de su desdichada experiencia con el suicida. La exégesis oficial los desconoció o fingió ignorarlos en la esperanza de que el tiempo los disipara en el olvido. Ciertos poemas hacían sospechar estos amores. Había también esporádicas declaraciones de la poetisa, inesperadas, fragmentarias, sugerentemente ambiguas. Una escritora cubana revela su asombro al escucharla hablar de un enamorado que, a sus treinta años, quería hacerla abandonar el camino de la poesía. González Vera cuenta que Gabriela Mistral se había decidido bruscamente a tomar un barco «rumbo al Sur, para celebrar matrimonio» (8). Pero durante el breve trayecto le entraron dudas y desembarcó en un puerto distinto. A otra escritora, que en la madurez de su vida le pregunta por el inspirador de un intenso poema suyo, le contesta: «¡Ay, Matilde, las cosas que me pregunta! Sólo puedo decir que me da vergüenza pensar que yo he podido escribir cosas tan pasionales. ¡Me causan espanto ahora! Sin embargo, usted tiene que saber que ese amor no es precisamente el amor que me inspiró los sonetos de la muerte. ¡Fue un segundo amor, hermana!». (9)

Desde 1979, la publicación de algunas cartas suyas hacen evidente la existencia de otros dos intensos amores de Gabriela Mistral. El editor de las cartas también intenta justificarse moralmente. Aclara que las publica por su innegable valor documental y para disipar algunas sospechas sobre la feminidad de la poetisa; en sus palabras: «para ahuyentar definitivamente las sombras que mentes enfermizas han pretendido, en más de una oportunidad, tender sobre la recia personalidad de Gabriela Mistral». (10)

Las primeras cartas han sido escritas cuando Gabriela Mistral tiene apenas dieciséis años y enseña en una escuela rural de su provincia. Están dirigidas a un rico hacendado que, en ese entonces, tenía más de cuarenta años y es aficionado a la literatura y a la música. La relación se desarrolla ocultamente. Para el editor de las cartas, no cabe duda que el culto hacendado pretendió seducirla, utilizando todas las artes y artimañas a su alcance. Fueron algunas veces a la Opera. Podemos imaginar a la pobre maestra, casi niña, sentada en el palco del hacendado, escuchando embelesada a la dudosa orquesta que maltrataba alguna ópera italiana u otra composición del gusto de la época: en las provincias de Chile, los finales de la Belle Epoque. Las cartas denuncian el carácter apasionado de la joven, pero también sus escrúpulos morales. Así, según el editor, el hacendado no habría logrado sus propósitos, «ya que se habría estrellado con la fortaleza moral de la joven maestra rural». (11)

El segundo grupo de cartas -38 que se han salvado de más de un centenar- revelan un amor mucho más intenso y decisivo para la vida de la poetisa. Fueron escritas entre 1914 y 1922 y nos van desplegando las vicisitudes, altos y bajos de una relación amorosa que tampoco llegó a consumarse. Gabriela Mistral envía las cartas desde diversas ciudades del centro y sur de Chile, en que servía cargos docentes. En parte porque le impedían mejores condiciones para realizar su amor, siente su estancia en estas ciudades como un destierro doloroso. El destinatario de las cartas es otro poeta, algo mayor que ella. Es probable que se hayan conocido poco antes de los Juegos Florales en que la poetisa -gracias al voto de él- obtuvo el premio consagratorio. Manuel Magallanes Moure (1878-1924) era un apuesto y fino poeta del Modernismo tardío, absorbido en su vida y en su obra por el amor y sus contradicciones, que a él le parecían insolubles. Muchos de sus poemas expresan un dolorido y resignado sentimiento de la fugacidad de la vida y el amor. El amor sería un impulso irresistible, pero a la vez insaciable. En el fondo, el impulso erótico sólo integraría la plenitud del instante, una comunicación pasajera, una ilusión de eternidad. Sólo unido a un sufrimiento comprensivo, persistiría el vínculo amoroso. (12)

Al leer estas cartas, sorprende la intensidad que alcanza el sentimiento amoroso en Gabriela Mistral. Para ella, Manuel Magallanes Moure es la persona que puede satisfacer su ternura y su necesidad de comunicación amorosa. El le corresponde: «¡Este no es amor sano, Manuel, es ya cosa de desequilibrio, de vértigo! ¡Qué decires de amor los suyos!» (13). Pero hay un obstáculo que, a la vez, exacerba la pasión: Magallanes Moure es casado y la poetisa, por este tiempo, intransigentemente católica. No obstante, su vida ha sido dura y cree tener el derecho a un paréntesis de felicidad. Lo explica en una parábola de gusto algo dudoso: «He aquí que me detuve en el camino a beber y que mis ojos se enamoraron de la fuente más pura... Esta fuente era ajena, pero quería darme su cristal... Los hombres que acusen y lapiden. Dios quizá perdone por las heridas que daban a la viajera la fiebre que la llevó a beber; por la plenitud de la fuente, que se hacía dolorosa; porque aquella fuente quería ser aliviada de su exceso de frescura, de linfa azul. ¿Me acusa usted? Yo no lo acusaré nunca. Manuel. Abracémonos renegando del error fatal de la vida, pero amándonos mucho, mucho, porque este dolor de ser culpable sólo puede ahogarse con mucho, mucho amor». (14)

No la atormentaba sólo su conciencia de culpabilidad frente a Dios y a los hombres. También sufre irresistiblemente de celos y exige la posesión exclusiva del amado. En su interior, lucha esta comprensión del amor con aquella -de origen cristiano- que lo concibe inversamente como una entrega absoluta al amado, como una desposesión de sí misma. A un estado semejante llega en algunas ocasiones y, entonces, promete a Magallanes Moure que se le entregará próximamente, en cuerpo y alma. Pero aquí se interpone otro obstáculo: «Verdad es, Manuel, que tengo de la unión física de los seres imágenes brutales en la mente, que me la hacen aborrecible» (15). Estas imágenes se remontan a una experiencia infantil, tenida a los siete años, que sólo podemos sospechar y que habrá sido largamente alimentada por la ideología católica. Pero aún aquí la poetisa confía en su amado: «Tu esfuerzo es capaz, creo, de matarme las imágenes innobles que me hacen del amor sensual cosa canalla y salvaje». (16)

En la larga relación epistolar, el poeta le solicitó muchas veces un encuentro. Ella encontró siempre motivos para postergarlo. A menudo manifiesta dudas de que alguien pueda quererla realmente. Su fracaso con el suicida y las dificultades que percibe en esta relación le conducen a concebirse como marcada por un destino aciago en esta dimensión de su vida, es decir, le otorgan una nueva justificación a su inhibición y prejuicios. No cabe duda de que Magallanes Moure se sintió profundamente atraído por la inhabitual y compleja personalidad de Gabriela Mistral. Pero ella se considera fea no sólo de aspecto, sino interiormente, psicológicamente: «lo que más habrá de disgustarte de mí, le escribe, eso que la gente llama el modo de una persona, no se ve en un retrato. Soy seca, dura, cortante» (17). En una oportunidad anterior le declara: «nací mala, dura de carácter, enormemente egoísta y la vida exacerbó esos vicios y me hizo diez veces dura y cruel. Pero siempre, siempre hubo en mí un clamor por la fe y la perfección, siempre me miré con disgusto y pedí volverme mejor» (18). La poetisa le advierte agudamente que él se ha forjado una imagen incompleta de ella, incluso ilusoria, purificada de sus aspectos negativos y que no corresponde el todo a su contradictoria personalidad real. En un poema de Magallanes Moure se lee que, para él, el amor es una fuerza subjetiva que todo lo transfigura; con más sentido de la realidad, Gabriela Mistral le señala que «el amor me hará otra contigo, pero no podrá rehacerme del todo». (19)

En medio de su embriaguez amorosa, ella se ha forjado también una imagen ilusoria del poeta, que diversos acontecimientos irán lentamente minando. Magallanes Moure comienza a alejarse de ella y Gabriela Mistral le pregunta y se pregunta a sí misma: «¿Y éstas son las almas mejores que alientan, éstas que tiran como un trapo miserable un amor, una vida, un ser que se dio a ellas?» (20). La actitud de Magallanes Moure se hace más clara cuando Gabriela descubre que se ha enamorado de otra, una poetisa bella, aunque literariamente menor. Le escribe, entonces, casi sin rencor: «Usted está enfermo, eso sí, y como enfermo es un irresponsable de los dolores que siembra, de los sueños que despierta y no cumple, no realiza» (21). Pero simultáneamente reconoce que él comprende y vive de otra manera el amor: «Es usted un paisajista de las almas, que va pasando sobre ellas, amándolas a todas, gozando con cada una, eternamente entregado y eternamente libre, resbalando sobre diversas formas de afecto y admiración». (22)

Numerosos fragmentos de las cartas nos permiten comprender que la destrucción progresiva de sus esperanzas en relación a Magallanes Moure fue acaso el golpe más duro que, en el plano amoroso, sufrió Gabriela Mistral. Este nuevo fracaso tiene que haber sido decisivo para el proceso de sublimación del amor y el sujeto amoroso que caracteriza una etapa de la obra de Gabriela Mistral.

La Maestra Ejemplar

Cerrado definitivamente su corazón, Gabriela Mistral habría consagrado todas sus energías a la docencia y a exaltar la figura de su madre. De hecho, desde 1910 hasta 1921, la poetisa fue enviada a los más diversos lugares de Chile y en todas partes se elevaron voces de reconocimiento a su trabajo. En Punta Arenas, la ciudad más austral de Chile y del mundo, promueve programas sociales en favor de los niños desamparados y una campaña de forestación que realiza con sus propias manos y las de los niños de su colegio. Hacia 1920, paseando por una miserable calle de Temuco -la lluviosa ciudad de Pablo Neruda- observa que un hombre insulta ferozmente a una mujer embarazada. Escribe entonces algunos poemas célebres en defensa de las madres solteras: «Algunas de esas damas que, para ser castas necesitan cerrar los ojos sobre la realidad cruel, pero inevitable, hicieron de estos poemas un comentario ruin, que me entristeció por ellas mismas. Hasta me insinuaron que los eliminase de un libro. ¡No! Aquí quedan, dedicados a las mujeres capaces de ver que la santidad de la vida comienza en la maternidad, la cual es, por tanto, sagrada». (23)

No se crea, sin embargo, que el camino pedagógico le fue allanado sin dificultades. Aunque era católica, fue ayudada por un político de un partido que promovía la educación laica. Su inquietante personalidad y la heterodoxia intrínsecamente subversiva de su religiosidad, le atrajeron la enemistad de los ideólogos más conservadores y de las damas apegadas a las más sórdidas ideas acerca de lo que debía ser una mujer. Una importante educadora llegó incluso a exigirle que «no abusara de su gloria literaria». Pero algunos testimonios, publicados hace poco, muestran que su vocación pedagógica no podía realizarse en una docencia mal pagada y que neutralizaba decisivamente los proyectos político-culturales a que ella, en ese tiempo, se sentía destinada. (24)

La apoteosis de su supuesta misión educativa tiene lugar en México, país al que llega en 1922 invitada a participar en una reforma educacional. Gabriela Mistral acepta colaborar en la organización de la enseñanza rural, necesaria para el desarrollo de la Reforma Agraria que había llevado a cabo el gobierno mexicano de la Revolución de 1910.

En la carta de invitación que le envía José Vasconcelos, por ese entonces Ministró de Educación de México, se le reconocen a Gabriela Mistral responsabilidades político-culturales que se extienden a toda Latinoamérica: «A usted no la concebimos como una gloria de cenáculo, sino como una presencia que borra todo recuerdo extraño. Usted es el esplendor vivo que descubre a las almas sus secretos y a los pueblos sus destinos». (25)

Da la impresión de que la poetisa acepta este proceso de glorificación oficial como un mal inevitable, pero a la vez permanecía significativamente ajena a esta dimensión pública de su vida. De regreso de uno de los numerosos viajes en que se elaboraba y promovía esta imagen de su vida, su barco recaló en Montevideo. De lejos, se advertía en los muelles «una enorme multitud de niños de blanco con banderitas», recuerda una de sus secretarias. Gabriela Mistral le preguntó, con toda ingenuidad, «a qué personaje importante esperarían esos niños». (26)

Fundándose en lo mejor de su poesía y en algunas dimensiones de su extraña vida, es posible sostener que sus ideas sobre educación tendrían que haber sido otras que aquéllas que se le adjudicaban, tácita o explícitamente, y a las cuales ella, influida por el reconocimiento público y sus propias determinaciones ideológicas, parecía adherir, en contradicción con sus propias intuiciones y praxis pedagógica. Con el tiempo, Gabriela Mistral se fue alejando del trabajo docente, pero no de las inquietudes que le producían los sistemas de educación imperantes en los países a que llegaba en su vida errante y en los cuales Presidentes y Ministros de Educación la homenajeaban en una especie de pesadilla continua. Cada vez con más frecuencia, comenzó Gabriela Mistral a introducir, en estos homenajes, comentarios corrosivos, como de paso. Comenzó, entonces, soterradamente a divulgarse una nueva leyenda: sus facultades mentales empezaban a alterarse, estaba volviéndose loca en su soledad sin remedio.

Hay declaraciones de Gabriela Mistral sobre educación, dispersas en el tiempo y en el espacio de sus días y sus viajes por todos los rincones de América. No han sido recogidas aún, salvo muy parcialmente (27). Pero también sus poemas -los dedicados a la naturaleza y a la historia de América, los dedicados a expresar la embriaguez de la danza infantil y adulta- nos permiten vislumbrar las formas y contenidos de educación comunitaria y ecológica que propiciaba Gabriela Mistral.

Los niños y la maternidad frustrada

Con el suicidio de Romelio Ureta no sólo se habría cerrado el corazón de la poetisa; también habría renunciado a tener un hijo propio, es decir, de otro que el suicida. Desde entonces, habría volcado todos sus sentimientos maternales en poemas que exaltaban los hijos ajenos. Ella se habría realizado en el amor a estos niños. Celebrando la aparición de su primer libro, proclama un poeta chileno que «como eco de María de Nazaret... y sin que mano de hombre jamás la mancillara, es virgen y madre: ojos mortales nunca vieron a su hijo, pero todos hemos oído las canciones de cuna con que le arrulla». (28)

Los poemas que Gabriela Mistral dedicó a los niños y a la maternidad se reprodujeron abundantemente en Hispano-América, en antologías y textos escolares. Una cantidad apreciable de ellos parecía no haber resistido el paso del tiempo, aunque creo que más bien no resistían, ya en su propio tiempo, la mirada de una madre atenta. Ellos utilizan no sólo el almacén de lugares comunes de la más banal poesía infantil o introducen metaforones del más trasnochado modernismo: producen también, y esto es lo más desdichado, una visión pseudo-cristiana y pequeño burguesa de la maternidad y el mundo del niño. Sin duda, estos poemas habrán hecho llorar a muchas madres, pero nada más. Quiero decir, no conmovieron sus convicciones ideológicas, no les ofrecieron una representación más verdadera del mundo infantil y sus relaciones. Al revés, contribuyeron a envolver a las madres en los velos de representaciones represivas del mundo infantil, de sus propias tareas y su probable puesto en una sociedad, en tanto mujeres y madres.

Pero Gabriela Mistral escribió también poemas que expresan otras relaciones, en que la madre ya no aparece aislada del mundo social y la naturaleza iberoamericana. La maternidad se comprende en ellos -si bien no en todos- como un hecho compartido, aunque no en la forma de propiedad privada que se repite en muchos casos análogos, sino como un bien que, en cierta medida, pertenece a todos, a la comunidad. Parte de estos poemas se incluyeron en Tala (1938) y probablemente se escribieron desde 1924, es decir, desde muy temprano. En ellos, la poetisa o la madre muestran amorosamente al niño los elementos de la naturaleza: el aire, la luz, el agua, pero también los productos del trabajo del hombre en sociedad: el trigo, el pan, por ejemplo. El punto de vista que se ha elegido en algunos de estos poemas es el de quien «cuenta» el mundo, esto es, lo va desplegando frente al niño que, así, se introduce en la vida concreta de su comunidad y en su cultura, concebida como una determinada elaboración de las materias naturales. Por ello, muchos de estos poemas procuran vincular al niño con el pasado y el presente de Indoamérica.

Sin embargo, la maternidad frustrada es un problema que reaparece intermitentemente a lo largo de la vida de Gabriela Mistral. Cuando era Cónsul de Chile en Madrid, entre 1933 y 1935, adoptó a un sobrino suyo -que tenía pequeños defectos físicos- y parecía que, al fin, podría realizarse como madre. «Vivíamos en una especie de idilio, recuerda, porque el estar solos nos había ligado mucho más; él sabía mi dolencia del corazón y me cuidaba con una ternura indecible... le hice saber que ya había reunido la suma necesaria, que siempre busqué tener, para que él acabara su educación» (29). Pero en plena adolescencia y en los primeros conflictos amorosos, su hijo adoptivo, inesperadamente se suicida. Es en 1943, en las cercanías de Río de Janeiro, donde Gabriela servía un puesto consular. Era la tercera vez que la muerte golpeaba a Gabriela (entremedio, había muerto su otro sustento: su madre); era el segundo suicidio de un ser querido. Las circunstancias de la muerte de su hijo nunca se aclararon del todo. La poetisa llegó incluso a creer que una banda juvenil lo había asesinado. Según se lo manifiesta más tarde a una amiga, se lo habría confesado un muchacho: «Esa declaración me alivió, por cuanto pensé que era el destino trágico de mi vida y que el niño no había sido feliz conmigo. Yo no lo había empujado o me había hecho partícipe de lo que creí cierto: el suicidio. ¡Me lo mataron, hermana! El no deseó ni buscó su muerte...». (30)

El Premio Nobel

No repuesta aún de la pérdida de su hijo adoptivo -y cercano también el suicidio, en el exilio, de Stefan Zweig y su mujer, ambos amigos íntimos de Gabriela- recibe la poetisa el Premio Nobel de Literatura de 1945. Es lícito sospechar que, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, la Academia Sueca estimó prudente volver los ojos a una región del Nuevo Mundo que no hubiera estado ostensiblemente involucrada en el conflicto bélico. La Academia Sueca destacó en su obra «su lirismo inspirado en un vigoroso sentimiento»; se hizo de ella, literaria y moralmente, una figura representativa de supuestos «ideales» de la cultura hispanoamericana (31). Por su parte, un crítico sueco señaló, una vez más, que «el amor a los niños son los motivos esenciales en su poesía, una combinación que es genuinamente latina y, por sobre todo, femenina» (32). Más original en su desconcierto fue Paul Valéry, a quien el Gobernador de Chile encargó, espléndidamente pagado, un prólogo a una selección de textos suyos en francés. Valéry advierte que nadie le parece menos calificado que él «para presentar al lector una obra tan distante como ésta de los gustos, ideales y hábitos que se me conocen en materia de poesía» y que, surgidos de «la más vieja tradición europea, parecen designarme como el menos indicado del mundo para apreciar una producción esencialmente natural, surgida más allá del océano por el solo llamado choque o designio de lo que allá existe» (33). Más adelante, agrega certeramente que «la primera impresión que me ha producido la recopilación de estos textos es que me conceden el encuentro de un ser o un objeto perfectamente extraño, aunque esencialmente verdadero, el cual nos sorprende de la misma manera que nos sorprende la naturaleza cuando muestra que ella sabe crear más tipos y valores de existencia de los que podemos imaginar... Ella, Gabriela Mistral, extrae de su sustancia, simple y directamente, la expresión extraordinaria de una vida profunda, orgánicamente, a veces, violentamente experimentada». (34)

Gabriela Mistral sabía, por cierto, que un Premio Nobel no se obtiene sólo y esencialmente por los méritos literarios de un autor: era consciente de las operaciones y compromisos políticos necesarios para alcanzar este premio. En cierta medida, actuando contra estos compromisos es que la poetisa subrayó, en su discurso de agradecimiento ante la Academia Sueca, que ella era sólo una representante, entre otros, de «los muchos trabajadores de la cultura latinoamericana... tan poco y mal conocida». (35)

Desde el punto de vista oficial, el Premio Nobel era la consagración máxima; era la vestidura más esplendorosa con que las autoridades podían recubrir su imagen oficial, al fin de pasearla y exponerla con más eficacia a la veneración alienada. Sin embargo, para ella misma, en la intimidad de su existencia irrealizada y errante, este galardón no podía tener sino una importancia exterior, secundaria. Todo lo más, añadía o prestaba aún más autoridad para ejercer, cada vez más implacablemente, su crítica inagotable contra las formas de vida injustas y represivas que, las mismas autoridades que simulaban o necesitaban venerarla, habían impuesto a las naciones hispanoamericanas y a ella misma.

Sus (verdaderas) ideas políticas

En este sentido, Gabriela Mistral no era una persona sin preocupación por el destino político de Hispanoamérica o el mundo como muchos retratos interesados quisieran hacernos creer. Uno de sus biógrafos más apasionados -pero tan inexacto que recibió protestas de la propia poetisa- ha recogido numerosos testimonios de las ideas políticas que Gabriela Mistral sustentó hasta 1933, fecha de publicación de su biografía. En una nota autobiográfica de 1924, ella declara: «Soy cristiana, de democracia total. Creo que el cristianismo, con profundo sentido social, puede salvar a los pueblos» (36). Años más tarde, en 1931, a una periodista que le pregunta si, en su opinión, la democracia ha fracasado en América, le contesta tajantemente que «no puede quebrantarse lo que no existe. Hay en América Latina una democracia constitucional, forjada en las leyes, pero no ha existido nunca la costumbre de la democracia... no, no ha fracasado; más bien, está por venir» (37). Tanto José Martí como César Augusto Sandino -a quien dedicó oportunamente dos artículos- le parecen símbolos de la lucha por la democracia y la independencia real en Hispanoamérica. Una independencia que no debía ser, por cierto, sólo formalmente política. Es lo que escribe en 1928: «Voy convenciéndome de que caminan sobre la América vertiginosamente tiempos en que ya no digo las mujeres, sino los niños también, han de tener que hablar de política, porque política es -perversa política- la entrega de la riqueza de nuestros pueblos, el latifundio de puños cerrados que impide una decorosa y salvadora división del suelo, la escuela vieja que no da oficios al niño pobre y da al profesional a medias su especialidad... las influencias extranjeras, que ya se desnudan, con absoluto impudor, sobre nuestros gobernantes» (38). Sandino fue ciertamente asesinado, pero Gabriela tuvo la esperanza de que «gracias a él la derrota nicaragüense será un duelo y no una vergüenza; gracias a él, cuando la zancada de botas de siete leguas que es la norteamericana, vaya bajando hacia el Sur, los del Sur se acordarán de Sandino para hacer lo mismo». (39)

También la Reforma Agraria fue, para la poetisa, una necesidad histórica en el desarrollo socioeconómico de Hispanoamérica. Comentando algunas declaraciones de Gabriela Mistral en 1954, una autora recuerda que ya en 1925 la poetisa había advertido que «nuestra barbarie rural es enorme... el latifundio chileno forma parte del conjunto de la crueldad conquistadora y colonial». (40)

Su actitud ante el fascismo fue de un rechazo absoluto. Tala -uno de sus libros más importantes- fue publicado por la poetisa para ayudar a los niños que la Guerra Civil Española había dispersado por el mundo.

Preocupada por la actitud de los militares en ciertos países hispanoamericanos, escribe a un amigo, en mitad de su vida: «Sabe usted que no creo en la mano militar para cosa alguna. Dios ayude a los buenos... Ni el escritor, ni el artista, ni el sabio, ni el estudiante pueden cumplir su misión de ensanchar las fronteras del espíritu si sobre ellos pesa la amenaza de las fuerzas armadas, del estado gendarme que pretende dirigirlos. El trabajador intelectual no puede permanecer indiferente a la suerte de los pueblos, al derecho que tienen de expresar sus dudas y anhelos... Se sirve mejor al campesino, al obrero, a la mujer, a la estudiante, enseñándole a ser libres, porque se les respeta en su dignidad». (41)

Ultimo viaje

El último viaje que Gabriela Mistral realizó a su patria fue en 1954. Casi toda su vida había permanecido ausente de Chile, en una fuga incesante, repleta de nostalgias y desasosiego. Había residido en muchos países de la Europa románica y en América. Ahora venía de Estados Unidos, donde había de morir en 1957, de cáncer de páncreas. Esta vez -sin saberlo, la última- el recibimiento fue previsiblemente apoteósico. Las calles de Santiago estaban repletas de niños agitando banderas y de una multitud deseosa de manifestar su admiración, acaso su identificación con su personalidad profunda o, simplemente, atraída por la curiosidad que despiertan las figuras públicas. Gabriela Mistral había sido invitada por un Presidente que en un período anterior, la había hostilizado, en el fondo por sus ideas políticas. Luego de una audiencia con las autoridades del gobierno, la poetisa fue invitada a saludar al pueblo, que se había reunido frente a la Casa de Gobierno. Algunos testigos recuerdan que Gabriela Mistral no se limitó a pronunciar simples palabras protocolares. Habló con una voz cansada y que venía de muy lejos, no como si se estuviera dirigiendo a una muchedumbre anónima, informe, sino a un grupo de personas sentadas alrededor de ella, en una especie de conversación que los hacía sentirse a todos miembros de una comunidad, de una misma patria. Como recuerda admirablemente una escritora, «habló de los niños desamparados, de los pobres campesinos esclavos de un régimen injusto, felicitó al gobierno por haber realizado una Reforma Agraria que sólo estaba en su imaginación. Se ruborizaron los ministros, el Presidente sonrió confuso, las gentes se codeaban sin poder creer lo que oían. Pero Gabriela implacablemente siguió adelante... ¿No insistieron en que viniera a su tierra después de una vida entera de exilio? ¿No querían tocar con sus dedos la carga de nostalgia, de soledad, de sabiduría que los años fueron poniendo a sus espaldas? La suya era la voz de la tierra, hecha con la sustancia misma del tiempo». (42)

Acaso presintiendo que era la última vez, peregrinó también a su lugar de origen, en un caldeado y angosto valle del Norte de Chile. Las fotografías la muestran allí conversando o tomando mate con antiguas compañeras de escuela. Sus caras están ya surcadas por el tiempo, tan viejas que -como en un poema de Gabriela- parecen haber sido olvidadas por la muerte o, más simplemente, haberse olvidado de ella. Son las mismas mujeres que, en su niñez y sin saberlo, cantaban y danzaban el viejo sueño de comunicación con la tierra y los hombres. Un sueño, algunas de cuyas raíces históricas logró indicar y acaso comunicarnos, siquiera fugazmente, Gabriela Mistral en sus mejores poemas.


2
Historia de un amor atormentado *

Volodia Teitelboim

Amor insoportable

Si Santa Teresa de Jesús estaba enamorada de Dios o de Cristo, Gabriela lo estaba de Manuel, sugestivamente uno de los nombres del Elegido. El fenómeno es el mismo o análogo. El es infinitamente perfecto. Ella está cubierta de manchas, pero con su escoria negra puede a ratos fabricar una estrella. Lo consigue cuando, como la iluminada de Avila, penetra en el divino estado. La evocación o la contemplación de su amor, igualmente espiritual, responde a un resorte similar.

Un amor así puede resultar insoportable; no tanto para la persona que lo siente, sino más que nada para su destinatario.

Ella creía en los buenos días y en los malos días. Los primeros serán los menos. Se los enturbia la recepción de anónimos, generados por el premio en los Juegos Florales. Alguien, que se esconde, la llama «farsante». Esto la hiere más que cualquier otro epíteto. Porque dice que mucho se ha cuidado de ser vanidosa. Manuel le propone publicar el poema premiado. Ella se ha negado «por razones morales largas de contar», pero sabe que alguien lo ha sustraído a sus papeles y lo ha enviado a un periódico sin su autorización.

Manuel le ha pedido que le dé un poco de dulzura. ¿Cómo se puede dar lo que no se tiene? Le ha solicitado una miga de consuelo. No es posible, porque ella lleva dentro de sí el demonio. Pero es un demonio respecto de sí misma. Es una poseída que se atormenta, que se odia. Espera que a los días malos seguirá uno bueno.

Su corresponsal queda asustado. Esa mujer no está hecha para su carácter. Tiene una fuerza de cíclope dolorido. El contesta cariñosamente, tratando de apagar ese volcán. Espera de vuelta una carta que contenga menos fuego, ojalá sin cenizas de muerte ni lava abrasadora.

Le llega el 10 de febrero y comienza con algunos datos burocráticos aparentemente neutrales. «Tengo una ambición única que me ayuda a vivir. Alimento diez años de servicios, casi para once. Espero conseguir que me abonen cuatro más. Jubilaría con la ½ ó de sueldo en cuatro años más. Yo vivo con poco. No como lo más caro: las carnes; me visto pobremente. Procuraré tener de aquí a cuatro años un pedazo de tierra con árboles y me iré a vivir lejos de toda ciudad, con mi madre, si aún vive; si no, con mi hermana o con un niño que deseo criar. Tengo un ansia muy grande de descanso. Quiero leer mucho, estar sin la gente y sembrar y regar árboles...»

Hay algo en ella que la lleva a marginarse de la sociedad. Confiesa que es un deseo desesperado y quiere realizarlo lo más pronto posible. No le gusta estar con los poetas. Se refugia en la enseñanza; pero también quiere liberarse de ella en cuanto pueda. «La enseñanza es mecánica y amarga.» Se siente prematuramente fatigada. Saca las cuentas: cuan difícil le ha resultado ganarse el pan. Trabaja desde los quince años. Pero no es esa situación su más grave congoja. Hay un resorte íntimo que se le ha quebrado. Seguramente la pobreza la marcó a hierro.

Los que conocieron su faz fea, famélica en la infancia -deduce- difícilmente serán adultos felices. Y ella reclama que no se tiene una ley distinta para juzgar a «los que nos hemos peleado cara a cara con la miseria para que la miseria no nos entierre en el lodo».

Reconoce lo que llama sus «eclipses morales». Pero sus jueces más severos podrían perdonarle que tire todo y proclame que tiene derecho a cortar una rosa en el camino. Posee tal vez derecho a beber en su senda de la fuente más pura que la había enamorado. Era la que estaba «bordeada de helechos más finos, la que daba su canción más dulce, la que prometía más frescura a los labios resecos». Esa fuente no le pertenecía. Esa fuente era él. Tomará de ella sorbos a escondidas. Pero esa fuente tampoco debía eludir su responsabilidad, pues le había dicho: «¡Bébeme!»

Para ella los hombres son fiscales impenitentes y viejos lapidadores. Tal vez su Dios la perdone. Manuel es su Dios. ¿Puede acusarla? Ella no lo acusa a él, porque ambos han tenido arte y parte en el desliz. «Abracémonos renegando del error fatal de la vida, pero amándonos mucho, porque este dolor de ser culpable, sólo puede ahogarse con mucho, con mucho amor.»

Sentimiento de culpa compartida y también razones para ser perdonada. Ella saca de la Biblia algo de esa forma de decir. La vive como si fuera un personaje de Semana Santa. El es el Nazareno. Por su barba y por su mirada, por el rostro pálido y demacrado. Tiene una imagen parecida en su casa. «... Tengo un Cristo único con unos ojos que en vano busqué en otro. Más tarde te mandaré una copia de él. Cuando vuelvo a mi cuarto tras larga ausencia tiene un modo especial de mirarme y de interrogarme. ¿Qué te hicieron? ¿Por qué vienes más triste?» Pero lo que la desconsuela es que ese hombre, que personifica para ella el mensaje del cielo con su cuerpo, le ocultaba a la otra mujer, que llevaba de la otra mano. Y ella eso no puede aceptarlo, definiéndose como «esos pobres soberbios, que no admiten poner la boca para recoger las migajas del banquete...»

La carne un poco muda al grito sensual

¿El para qué la quiere? ¿Para hacerlo olvidar o porque afirma que su charla lo divierte? Pero ¿ella acaso está para llenar los momentos de fastidio? En su diálogo directo con la divinidad no anda con secreteos. Le recuerda que no tiene «pasta de amante entretenida».

Además el Señor sabe una cosa más seria, más grave, que arrastrará a través de toda su vida: el dolor que le ha puesto «la carne un poco muda al grito sensual». Y esto para el hombre no es un atractivo. A ella para querer le basta con lo que denomina fuego del espíritu. No exige a él el cuerpo, que puede darlo a otras; ni siquiera le pide declaraciones apasionadas, que ya se las ha dicho a muchas.

La demanda a Dios es difícil que sea entendida por el hombre. Ella tiene veintisiete años y dice querer un amor que nada pida como contacto corporal. Es un amor autodevorador, seguramente inaceptable para el amante.

Pero ese desinterés por el sexo, ese no importarle que el hombre se dé a las demás ni les diga palabras hermosas, no es tan absoluto, porque allí están martirizándola los celos. Y pide al Altísimo: «Yo querría que Tú me arrancaras este celar canalla.» Siente que ese amor se le ha desparramado por la carne y anda por cada célula del cuerpo, pero como alegría de vivir y triunfo del espíritu. ¿Qué contesta Cristo a esta petición? Le responderá después, por carta certificada bajo su nombre.

En la carta del día siguiente ella se disculpa. Había escapado a la órbita del equilibrio. Ahora siente que vuelve a su centro. Trata de excusarse, de explicar el porqué de sus desvaríos. ¡Le han hecho tanto mal en la vida! Además, se cree definitivamente condenada al desamor. Está convencida de que nadie la quiso nunca y morirá sin que nadie la quiera «ni por un día».

El tiene una salud precaria. Eso la entristece. Sobre todo porque cuando una persona se enferma gravemente, quienes le rodean, en este caso su familia, lo absorberán, lo aislarán y ella no podrá verlo. Es una razón adicional para que él recobre la salud y siga conversándole. Ella pondrá en la letra fuerte todos sus tormentos.

Enfermo y todo, él le insiste que es un error separar la carne del alma. Ella le responde que no quiere discutir la manera de quererse. Finalmente, cede un segundo: «querré como usted desea que quiera. Pero no me engañe, Manuel, no me dé una mano reservando la otra para retener quién sabe a qué fugitiva. Yo no estoy jugando a 'querer poetas'; esto no me sirve de entretenimiento, como un bordado o un verso; esto me está llenando la vida, colmándomela, rebasando al infinito».

Le da consejos maternales. Le pide que no haga desarreglos, que se abrigue bien, que no camine demasiado, que se levante tarde, que coma en abundancia, recomendaciones propias de una mamá, que un médico de hoy no aprobaría por completo. Pero sobre todo le pide que no se exalte y que no juegue con su «guiñapo de corazón». Porque no es tanto a la fiebre de los 38 grados por la noche que teme. Es el ardor del corazón por mujeres ajenas. Lo quiere para ella. Y aspira a un día de felicidad.

A veces escribe cartas muy largas, que suman trozos escritos en distintas jornadas.

Le concede cierta condición de maestro en materia literaria. Ella es una principiante. El un poeta de trayectoria. Le solicita consejos. Le manda unos versos de su librejo (Lecturas infantiles) y le asegura que eliminará lo que diga. Porque está muy desorientada respecto a lo que escribe.

En rigor, él es un poeta discreto, de medianías. Ella es grande. Pero la grandeza se coloca bajo las órdenes de la discreción, seguramente por su amor sumado a inseguridad.

No cabe duda de que es sincera. Su prosa le parece amanerada, «con algo de las muchachas siúticas». Reconoce que en el verso suele conseguir más sencillez. Le suplica que le diga la verdad, para salvarla del ridículo, el cual en el caso de una maestra es ridículo por partida doble. Le aclara que entre esos dos demonios o ángeles de la poesía que luchan entre sí, la forma y la idea, prefiere la victoria de esta última. La verdad le es más cara que el verso fino. Y lo piensa así porque está escribiendo para la infancia. Toma muy en cuenta que «el niño arroja todo el encaje de la frase y coge vigorosamente el pensamiento».

Su madre se le ha ido. No habrá nadie ya que la quiera. Ella tendrá que encontrar una nueva razón para vivir y escribir. Así se lo pide a su Cristo que la ve inclinada sobre el papel y sobre todo se lo implora en los días en que «el llamado de las tumbas es demasiado vigoroso para no oírlo». De vez en cuando vuelve uno que otro día sereno, como los de antes. Cree que en días así podrían venir a contarle todas las infidelidades del hombre que quiere, hundirle mil lancetas y no le sacarían una gota de sangre. Extraños, escasos días plácidos.

Le cuenta cómo los llena: «He preparado mis clases, hice cuatro estrofas, contesté siete cartas y dos oficios, me he cansado, pero no de ese cansancio que hace sufrir. El corazón no me ha dolido. En suma un hechizo, pero un buen hechizo. Cristo mío que me miras escribir, dame muchos días así...» Confiesa que quiere hacerle remedios. El tiene tos y dolor de espalda. Ella es creyente y reza todas las noches antes de dormirse. Se ha contratado un ángel guardián, que está tomando peligrosamente las facciones de Manuel.

El hombre que llora

Parece que el hombre también siente el placer del sollozo. Al menos así se lo manifiesta en algunas cartas. Ella le contesta que no tiene derecho a llorar lejos de su pecho. Nada suyo debe perderse en otras manos, ni siquiera la sal de sus lágrimas.

El epistolario es un atado menudo de información y una masa sensible de análisis de sentimientos. Desconfía. Suele levantarse adolorida, con ganas de preguntar quién le ha pegado. ¿Nadie interceptará esta correspondencia? Teme que en el correo dos muchachos curiosos metan la nariz en lo que no deben.

La tortura el silencio. ¿Está enfermo? ¿Por qué no le escribe? Ella no puede averiguar por su salud sino preguntándoselo directamente a él. Le desmenuzará las razones de su mutismo. Está muy extrañada e inquieta. Declara que nunca fue mejor respecto de ningún hombre que con él. ¿Por qué entonces se mantiene mudo?

Un día viernes, fatídico, sintió que él ya no le escribiría más. Y si ella lo hace es solamente para saber de su salud. Conteste dos líneas. Con eso basta. ¿Sana o empeora? Le suplica dos palabras. Ella misma se las dicta: «Estoy alentado» o «Estoy enfermo». Eso es todo. Se siente sola en el desierto. Esa carta la escribe un sábado 2 de abril a las dos de la mañana.

Ella siempre, con su facha de campesina lozana, se sintió asediada por las enfermedades. Pero no guardará cama. Hacía los reemplazos de las profesoras indispuestas. Tenía algo reservado. Cierta atmósfera fría la separaba de sus compañeras «sensatas y correctas».

Si él le comunica algún dolor al pecho, ella lo sentirá en seguida, recorriéndole el esternón. No la deja dormir. Si no puede conciliar el sueño, conversará con las estrellas. Conserva las costumbres de su tierra. Le da consejos de meica. Tome mate, sueñe, desconfíe del aire. «Mira, empiezan a hacer fríos. Abrígate mucho el pecho, tápate bien en las noches; no andes por suelo húmedo, como me cuentas que lo haces. Me sienta, eso sí, dar consejos. Y si me vieras en este rato, verías que me sienta más. Estoy tomando mate, con los pies sobre las brasas y contándole cuentos para que no se me aburra, al mozo que me sirve. El pobre tiene prenda y en la noche la espera en la puerta; ahora por darme mate no le va a decir su galanteo al pasar. Me siento abuela. Deseo tener junto a mí un niño rubio y rosado que fuera mío y que me repitiera estos cuentos. El mozo cree muy ordinario esto de tomar mate. Vinieron recién a buscarme y como yo dije que estaba ocupada él halló "inconveniente" contar que no salía al aire por lo del mate...»

Sostiene un diálogo agrio con el muchacho que le ceba el mate. Como toreándole, le dice: «Deja en paz a la muchacha que no te va a hacer caso. El amor no quiere nada con los feos. Ya lo ves en mí.»

El joven le contesta con áspera convicción: «Lo de feo es lo de menos, patrona, es lo de pobre lo peor.»

Según ella, comienzan a leerle correspondencia. Teme que le abran una carta suya. O de las que recibe él. Le recomienda que no ponga todas las iniciales. Odia el chisme y se siente cercada por un clima de espionaje y maledicencia. Se ha vuelto muy suspicaz. Tal vez sospechan de ella. Les intriga su modo de vida. Siente a su alrededor una atmósfera de sospecha. Quieren saber que hay debajo.

Un día un joven hacendado -cuenta- la vino a ver, so pretexto de libros. Le declaró su amor y luego le propuso matrimonio. Ella no creyó nada. Le pareció una forma de fisgonear en su existencia. Les resultaba una mujer enigmática, rara. Le contestó que tenía trazada su línea de vida y él, al parecer, quedó muy sorprendido, porque era un rico hidalgo campesino. Ella se pregunta si vino impulsado por un sentimiento verdadero o si otros lo mandaron a espiarla. Luego se arrepintió por su negativa tan rotunda, porque eliminó toda posibilidad de averiguar más a fondo el móvil real de esas visitas y asedios. Se quedó cavilando, preguntándose si no habría cometido un error. Tal vez hubiera sido más táctico que los ojos de los demás se fijaran en él para que nunca descubrieran al hombre que realmente le interesaba. Después se tranquilizó diciendo que ese proceder hubiera sido ruin y además ella desconfiaba de la gente adinerada. Y mucho más si el opulento es hombre. «En todo hombre rico -le escribe- hay siempre un bribón para una mujer pobre. Y soy demasiado altiva para tolerar ni siquiera la sospecha de que miro a lo alto con deseos de trepar.»

No le da esperanza al joven hacendado ni se las da a sí misma respecto a Manuel. La sentencia final la condenará. «Cuando en tu vida -y esto pasará tarde o temprano- se resuelvan conflictos que no puedan ser eternos, yo debo ser eliminada en absoluto.»

Que no la toque

Es invierno, llueve. Se levanta a las tres de la tarde. Comienza a trabajar. A las diez de la noche empieza su carta. El poeta enfermo le pide que le dé dicha. El que pide, en cambio, no se la da. La requerida siente que no podrá concedérsela. Porque aunque se la otorgara, de qué serviría si él no puede quererla. El se diluye en evasivas. Insiste en temas que emborrachen la perdiz, a fin de eludir «el único que importa. Tú no serás capaz (interrógate a ti mismo) de querer a una mujer fea».

Ella piensa en un futuro encuentro. Y tiene miedo. Está segura de que será un fracaso. Tal vez él hablará con cariño, hasta la besará. Más que para engañarla a ella, será para engañarse a sí mismo, creyéndose enamorado. Ella no es un «mal aguardiente», de los que aturden y sirven para olvidar.

Está ansiosa de evitar ese encuentro y a la vez lo desea. Parece que no hay remedio. Ambos sangrarán. Quizá todo esto sea un malentendido y un absurdo. Pero es un absurdo que crece, que lo llena todo e infunde miedo. Es un absurdo que apaga todo lo demás, que borra el resto del mundo. Ha estado tres meses esperando, alimentando en la cabeza esa quimera. Esto ya no tiene nada de juego. Es un peligro de incendio. Algo más, es una locura. Y allí está la loca de la casa, la imaginación haciendo su labor. Cuando ese hombre rico se le declaró lo escuchaba con rabia, porque todo se lo llenaba el otro. Lo insta a sentir miedo del encuentro. En último término, le suplica que no la toque.

Pues tras el toque viene el desengaño. Temía el contacto. El hombre vuelve a la carga. Le recuerda que él conoce el efecto que causará en esa mujer atemorizada. En ella el rechazo no es la coquetería. No es tampoco el miedo a que el hombre, habiendo conseguido lo que desea, la abandone. Obedece a un móvil más profundo. Ella tiene un modo distinto de amar, que no pasa necesariamente por esa experiencia. Vuelve a decirle que no se trata de discutir las formas del amor. Duda de sí misma y a ratos se siente intolerable para los demás. Muchos la encontraban hermosa y ella se sabía nada agraciada. «Tú ¿me querrás fea?» Se sabe difícil. Lo interroga: «Tú, ¿me querrás antipática?» En fin, ¿la querrá como es? Ella está segura de que el hombre no quiere contestarle la verdad.

A ratos entra en escena Electra. El es su hijo. Lo llama «mi niño». «Como un niño me hablas, con toda la ingenuidad de un niño y me dirás: Sí. Te siento niño en muchas cosas y esto me acrece más la ternura.» ¿Aquel niño un poco mayor que ella desempeñará el papel de Edipo? Ese niño le está pidiendo la prueba de fuego. Ella siente como un amor maternal. Si el amor de él es más pasional y allí desempeña un papel decisivo la imaginación sensual, ella sólo tiene «palabras doloridas y tiernas, desviadas un poco del ardor carnal». Ella prefiere su mirada a su abrazo y a su beso. Los ojos la penetran más que las caricias más directas. Se disculpa ante su niño. Su «niño». Quizás sus manos nunca supieron acariciar. Lo que siente no lo transforma en algo material. Pero lo mirará hasta morirse de amor, porque lo mira con la imaginación.

Experimenta pánico por lo que pase ese día. Sabe que va a sufrir mucho y adelanta una proposición en forma de ruego y pregunta: «¿No será preferible evitarlo, Manuel?» El insiste. Irá a la cita. Porque es necesario. Procurará que estén solos, como él se lo solicita. Esa carta en que se lo pide le ha resultado a ella singularmente dolorosa. Considera que la situación es terrible. ¿El la querrá después del encuentro? Tal vez por heroísmo. Pero ella no aceptaría ese tipo de heroísmo.

Dicha pasión, que se vacía en las cartas, hace que el recado siguiente disculpe a menudo el anterior. La preocupa lo que le escribió la víspera. ¿Se ha sentido molesto, herido? No son inquietudes que puedan producirle su conducta respecto a los demás. Esto la tendría sin cuidado. Y vuelve al autorretrato de la mujer dura: «Yo no soy un buen corazón. Cuando he hecho un daño suelo decirme con un egoísmo brutal: 'Más me han hecho otras gentes a mí'.» Pero con él es todo lo contrario. Por él cumpliría todas las penitencias, se sometería a las más largas peregrinaciones, seguiría el vía crucis. «Por ahorrarte una lágrima andaría un camino de rodillas.» La expresión es de tono religioso, al parecer anacrónica, aunque ella ha visto en Andacollo, cercano a su tierra, a romeros y chunches de la Virgen hacer el camino con las rodillas sangrantes. Por si él no lo creyera, ella le repite: «De rodillas: esa es mi actitud de humildad para ti y de amor...» De nuevo subraya la excepción. Sólo para él.

Porque ella nunca ha sido humilde, aunque la gente la encuentre cara de «monja pacífica». Es como una monja posesa. Tenía frío, tomó café y realizó el experimento acostumbrado: cerró los ojos para contemplar la imagen divina. Llegó al goce. Hubiera querido prolongarlo. Goce mezclado con sufrimiento o seguido inmediatamente por él. Incluso quiere besarlo. Pero no desea ir a Santiago ni quiere obligarlo a que la bese con repugnancia. Le hace seriamente la proposición: ella no quiere ir. Que él no le diga que vaya.

No aceptará pobres consuelos, ninguna mentira piadosa. Después de la desilusión, no querrá que él mate «el momento con una conversación banal». Y cuando ella se quede sola, su soledad no tendrá remedio. Entonces se rebelará contra todo, «hasta contra Dios».

El dolor de la puerta en las narices

El cielo no le había dado ninguna recompensa. Ella ha estado quince años sembrando en niños que no son sus hijos. ¿Acaso no merece que se le pague con un poco de dicha? «¿No ha de ser esto la moneda de diamante en que Dios me pague lo que vale una vida entera agotada en seres extraños?» Pero ella participa en su propio juicio y se convierte en testigo acusador. Fue a buscar amor por sendas vedadas. Es una forma de pecado. Ella no conocerá la paz después de ese encuentro que teme como a la muerte. No. No irá. Le implora que no la llame. Prefiere seguir soñando que él la besará y no que ese beso se haga efectivo. Se arrepiente de haberle prometido ir pensando que sería la felicidad misma llorar entre sus brazos. Estaba loca cuando lo prometió. Lo ama demasiado para que ese amor se consuma en la carne. No se acostarán juntos los cuerpos. Pero ella le propone a modo de despedida: «Acuéstate sobre mi corazón.»

Una carta así naturalmente no entusiasmó al destinatario. La contestación fue fría. Ella lo castigará. Le dice que no la leyó entera. Le resultaba imposible. Ese hielo en el trato. No encontró una palabra aceptable, nada que suavizara «lo odioso del conjunto». No volverá a tomarla en sus manos. La comenzó a leer con angustia. Ahora está calmada, con esa quietud del que no se siente totalmente culpable, tal vez tomando con resignación el que la arrojen lejos. Ella no se mueve a engaño. No es la primera vez que lo hace. «Tú me has arrojado de tu lado sin un motivo, como el otro.» Como Job, dirá su acción de gracias. «¡Gracias Manuel, por este castigo, por esta humillación amarga que por tu mano tan amada me dan otras manos!»

Pero le confiesa que jamás esperó de él un golpe así. La ha condenado a la soledad. Que no tenga remordimiento ni compasión. Fue ella la que se aferró, la primera vez que él la arrancó de su cuello. Desde entonces él no tiene responsabilidad en el desamor.

Manuel alguna vez hizo una pregunta sin fe: «¿Y es este Dios el buen Dios, este que manda unos tras otros los dolores sobre sus seres?» Se lo decía en una carta el 5 de marzo en que él le avisaba que una hermana suya, «su segunda madre» estaba gravemente enferma. Viviría de dos a diez días más. El le cuenta que quisiera llorar a gritos, y tengo que reprimirme, aún más ante ella. Y allí viene la frase sacrílega: «¿Y es un Dios justo el que ordena así las cosas?» Para ella Dios es el buen Dios y el hombre es el injusto. «Yo te pregunto ahora con ese mismo reproche: ¿Y estas son las almas mejores que alientan, estas que tiran como un trapo miserable, un amor, una vida, un ser que se dio a ellas?» Allí está la «Desdeñada» mordiendo su ira. Es orgullosa y contestará pintando un cuadro al revés. «Estoy serena, estoy muy tranquila porque me han arrojado.» Serena por un momento, iracunda después. Como ella nunca creyó en el amor del hombre, cuando parta no extenderá la mano tratando de retenerlo. Al fin y al cabo, nunca fue suyo, aunque en una carta, tras una reconciliación, le escribiera palabras que muchas veces se han dicho: «Nada ni nadie me separará ya de ti.»

Posiblemente ella nunca estará de verdad tranquila. Se sentía tan furiosa que hizo pedazos la carta. Después lo lamentó. Entre otras cosas porque había pensado guardar las dos cartas -por eso le pidió de vuelta la suya- a fin de tener una prueba de cómo se habían portado con ella «aquí abajo», en la tierra, con el objeto de que cotejen lo que ella ha dado y lo que ha recibido, a fin de que se establezca casi notarialmente cuáles fueron sus palabras y cómo en respuesta recibió una esponja seca, tal vez para que enjugara sus lágrimas.

El la tildará de dura sólo porque es sincera. Si él le pidió que no le escondiera su pensamiento, ella le contó su temor a conceder lo que él quería. Al fin de cuentas, se confiesa una ingenua. Vuelve a las imágenes de la Biblia: «No soy digna de atar las correas de tu calzado. Soy una pobre mujer.» No quiere que él saque mal las cuentas y se pregunte si alguna vez le dio a alguien más claramente con la puerta en las narices. Y que él no nombre la palabra amor, porque eso es una cosa del pretérito.

En medio de su rabia, ella usa nuevamente, con cierta ironía punzante, la palabra gracias. «Gracias por no haber puesto en tu carta una humedad de lágrimas, ni siquiera un estremecimiento de piedad. Gracias por haberte alejado como el otro.» Escribiéndola apretará el pulso para que no se advierta la más mínima arritmia. El debe saber que ella está tranquila. «Puedes verlo en la placidez de la letra.»

Un viento de locura

Llevará su castigo a los sueños. Nadie se portó peor que él. «Anoche en sueños (tú te reirás, lo sé) el otro habló conmigo. Y le dijo entre otras cosas que él fue menos cruel para mí. Y es la verdad. La última vez que estreché su mano hubo en ella presiones amorosas para la mía y algún temblor en la voz.»

La carta siguiente es de una mujer que ha sangrado, perdiendo fuerzas. De nuevo recurre a la imagen de la Semana Santa. «Ha sido esta una verdadera semana de Pasión (de Calvario) mía. Desperté esta mañana tan sin fuerzas físicas y morales, que me levanté a las 2 p.m.» Cuando recibe una nueva carta de él confiesa que las manos se le sacudían como las de un epiléptico. No podía sostener el papel inmóvil ni leerlo, «porque los ojos no veían...» Dejó pasar un momento. Respiró hondo para serenarse y se tendió sobre un sillón sintiendo que algo la mataba. Ella misma reconoce que un viento de locura la envolvía. No es un amor sano. Gira en el desequilibrio. Vive en el vértigo y, burlándose de sí misma, subraya la contradicción con su aspecto inofensivo, con su «cara beatífica» y su «serenidad de abadesa».

Al parecer se olvida de la carta anterior. Deja en nada la ruptura. Se rinde a la dulzura de las palabras, cede, se somete por un momento a la tiranía. Se le entrega entera, salvo que, incluso en ese momento de reconciliación, va a repetirle con todas sus letras que «tengo de la unión física de los seres imágenes brutales en la mente que me la hace aborrecible». Ella imagina que el hombre llamará a esto una aberración suya. Pero confía por un instante que el hombre que quiere, con su poder maravilloso de poner belleza donde no la hay, será capaz de borrarle del espíritu este «concepto brutal». Tiene la ilusión de que él podrá «eliminar las imágenes innobles que me hacen el amor sensual cosa canalla y salvaje». Le recuerda que le ha prometido «eliminar toda violencia, todo apresuramiento odioso en el curso de este amor». Se lo agradece. Y lo quiera más por esa promesa. Ella en compensación se volverá generosa y dócil. Se exalta hasta el llanto. «¡Tuya del más hondo y perfecto modo, Manuel, tuya como nunca lo fui de nadie; tuya, tuya! Lo repito para prolongar el gozo en mí; (...) Dices tú: «Esta plenitud de vigor (de amor) casi me es dolorosa. ¿Dejarás tú que mi linfa se la beba la tierra y no querrás bebería?» No, Manuel. Una loca sería. Primero: si el amor se te hace doloroso yo no amaría bien si prolongara tu dolor sacrificándote a mi concepto absurdo de la unión de los seres. Segundo: si tú me aseguras que esa unión agrega algo a la seguridad del amor, aprieta más la trabazón espiritual, si me convences, sobre todo, de que el hastío no sigue inmediatamente al abrazo estrecho, si me convences de que «tú no serás mío en absoluto sino cuando ese abrazo se haya consumado», entonces, Manuel, yo no podré negar la parte mía necesaria a ese que tú crees afianzamiento y, más que otra cosa, «no podré tolerar que haya una porción de emoción en ti que me haya quedado ajena por esta negación mía a darme del todo». Se declara deseosa de beber toda su linfa. Sería una torpeza suya negarse para que él vaya a buscarla a otra parte. Es un raciocinio del hombre. Y ella lo admite. Aún más, le suplica que no le arrebate nada, que le dé todo lo suyo.

Cuando ella en la carta anterior lo despide para siempre, en verdad parecía que esperaba el milagro. Y él, mudo, guardando un silencio mortal.

Aun así le recomienda que aprenda a esperar. Además la asalta un temor, que no es nuevo, pero del cual ha hablado poco en voz alta, aunque lo ha tenido siempre. Es el temor propio de su caso, pero también de su condición de escritora de apasionadas cartas de amor, que teme el contraste entre la elocuencia del texto con la torpeza del enfrentamiento directo hombre-mujer. «Yo no sé si en nuestro primer (encuentro) yo sea para ti como en mis cartas.» Tiene miedo de que la palabra no la defienda de los hechos. Y teme también el arrebato de la parte contraria. Le sugiere una conducta. Quiere que él se comporte como un niño, «que me hables así como un niño a la madre, desde la tibieza de mi regazo...» Por lo menos comenzar con esa escena edipiana. Luego ella comprende que el niño pasará de las palabras infantiles a los hechos del hombre. Lo prevee. «Sé que me desvanecerá el goce intenso; sé que la embriaguez más intensa que me haya recorrido las venas la sacaré de tu boca amada.» Está dispuesta a todo. Incluso a hacerse una prolongación de la carne del hombre. «Yo espero vivir contigo un momento supremo que pueda yo revivir en el recuerdo por cien años más de vida, sacando de esa visión divinización, dicha para todo el resto del camino.»

El ridículo llanto en cataratas

Pero ella revocará esa decisión de entrega. No puede hacer lo otro. Sobrevendrá una nueva ruptura. Esta vez más prolongada.

Pasan días, meses, un año, dos años.

Y una tarde, después de tanto tiempo, ella recibe de nuevo una carta. La contesta sin ocultar su asombro. Dos años sin una palabra era todo el olvido. La carta que precedió a la ruptura equivalía a una lápida. ¿Para qué volver a lo antiguo? Pero ella debe rectificarlo. No entiende que pueden hacer un pacto de alianza ese olvido con la ternura que él afirma sigue sintiendo por ella, por quien se autocalifica como mujer desterrada y triste. Es una relegada, un ser marginado. Ha sido enviada al exilio. Todo esto fue una sentencia condenatoria dictada por él. ¿Por qué se enojó tanto? ¿Por qué ella dio una opinión desfavorable sobre una mujer que él había querido? No era para irritarse tanto. Probablemente fue un pretexto.

Y ahora le viene esta carta inesperada contándole otra historia conmovedora: su vida es triste. No, no le venga con esos cuentos. Ella tras la ruptura, siguió inquiriendo sobre sus aventuras y devaneos. Y siempre las noticias coincidieron. Andaba caminando por el campo del amor. Volvió a las pasiones de antaño y encontró yemas nuevas en cada primavera. Ella lo sabía todo y callaba. Al principio sintió que lo que llegaba a sus oídos era un fierro ardiente que la pulverizaba por dentro. Después percibió que la herida sangraba menos. En una tercera etapa no sintió nada.

El ingrato, como se sabe, además de poeta, era pintor. Y le pintará su vida como tragedia. A otro perro con ese hueso. Tal vez él se auto-complace de tal modo y siente infinita lástima por sí mismo. Pero ese cuadro no guarda relación con la crónica de su vida. Don Juan se siente pesaroso. Tenorio tiene una sensación de soledad. La gente estima que eso es él. Ella no lo abarata tanto. No es que sea el burlador de Sevilla trasladado a San Bernardo o a Santiago. Más bien es el deslumbrado ante cada instante y cada mujer que pasa. Lo compara con un paisajista que pinta un cuadro cada día, gozando con su creación, y dedicándose a pintar otro al día siguiente. Pero que no se pinte como un desgraciado. Porque no lo es. Desgraciado es aquel que no tiene a quien entregar su alma y peor está el que ya la entregó y no puede recuperarla. Ninguno de esos casos es el suyo. Ella es el segundo caso.

Es una enferma de amor y él es un enfermo de irresponsabilidad, que va sembrando dolores, despertando sueños que luego despedaza. Y si está triste no es por falta de amor sino de vitalidad, le dice.

El tiene el gesto cortés de preguntar lo que todos preguntan: -¿Cómo está usted? Y ella le responderá con dos palabras: «No sufro.» Lo explica: «Se me ha derrumbado todo y estoy tranquila, y tranquila sin estoicismo.» Así como el pensamiento la enloqueció, el pensamiento la curó. Después de tanto sufrir, un día amanece la luz opaca de la lógica fría. Comprueba cuan peligrosa resulta cierta hermosura, aquella que no es sino insensatez pasional. El tratamiento ha sido enérgico. La medicina se la ha dado la maldad. «Un bueno no me hubiera hecho tanto bien, Manuel.»

Sorbió el veneno de la verdad. Se le transmutó en remedio. Dice que no odia; simplemente ve más claro. Se ha hecho en cierto sentido más sabia. Algunos seres se le han vuelto más transparentes. Como si fueran de vidrio o sus ojos tuvieran la propiedad de los rayos X. Ven cómo se gestan las traiciones, de dónde nacen las acciones horribles. Y ha llegado a la conclusión de que «son naturales y simples». Agrega una frase como para dejar turulato. Esta nueva capacidad suya de observar el proceso formativo de la deslealtad y la canallada la alegra. «Es una maravilla que gozo día a día.» La operación en frío de su idealismo enfermizo, de su embriaguez sentimental le abrió los ojos de la conciencia a la realidad. Y nadie crea que la conciencia que mira elimina la comprensión hacia la conducta de los hombres. Por el contrario, la pupila abierta comprende más porque ve más. Lo que se acaba es el desatino, el exceso. Se termina con el ridículo llanto en cataratas. Y uno es capaz de decir adiós oportunamente.

¿Ha sido clara? Ahora que tiene un corazón nuevo, éste aún no sabe hablar con la elocuencia convincente y encendida del corazón viejo.

Le retira el tú. Lo llamará usted. El tuteo le salía de su alma antigua. De la nueva no le brota.


3
Gabriela, Madre Nuestra

Virginia Vidal

Virginia Vidal es periodista y escritora, autora de la novela Rumbo a Itaca y otras obras. Vive en Chile.

¿Por qué muchas personas dicen no gustar de la obra de Gabriela Mistral? Otras que expresan admiración por la poetisa recitan algunos versos de los «Sonetos de la muerte» o recuerdan sus rondas infantiles, pero reconocen no haber leído ni sus prosas ni sus otros libros de poesía. En general, el conocimiento de Gabriela no trasciende lo que de ella se supo en los años escolares. Los niños de otros tiempos la conocían gracias a Manuel Guzmán Maturana, quien introdujo en sus libros de lectura más de medio centenar de sus poemas. Esto obliga a preguntarse: ¿ha sido publicada toda la obra de Gabriela Mistral en Chile? ¿Qué parte de ella permanece inédita y por qué causas? Tales preguntas merecen respuesta al conmemorar el centenario de su nacimiento. La verdad es que una sola obra poética de Gabriela apareció primero en Chile: Lagar, en 1954, nueve años después de haber recibido ella el Premio Nobel; pero el editor se permitió hacer una selección y retirar parte del conjunto. Desolación (1922) fue publicada en Nueva York; Ternura (1924), en Madrid; Tala (1938), en Buenos Aires y el Poema de Chile (1967) en Barcelona. Sólo con motivo del centenario de su nacimiento se publicarán los poemas inéditos de Lagar II en Santiago. Todo lo que de su obra se sabe ha corrido por cuenta y gusto de sus antologadores. La poetisa fue vilipendiada porque era sospechosa. Motivos no faltaban: fumaba mucho y sin esconderse; escribía sobre la maternidad como madre alguna lo ha hecho, sin haber parido ni estar casada; defendía con fervor a la madre soltera; no usaba sombrero cuando hasta las obreras lo llevaban; era enemiga de la vida social; sobre todo, sabía de amor. Sorprende e induce a suspicacias esa manera suya de hablar de hombres y mujeres, de retratarlos por dentro y por fuera con amor profundo: «Tengo una facultad de admirar tan intensa y hermosa, que es lo mejor que Dios puso en mí», dice con asombro. Muy de vez en cuando le brota el humor con algo de picardía de mujer de pueblo: «pero ¿de dónde han sacado que soy soltera?... Yo tengo un marido, que es el mar. Pero, como toda mujer, soy algo inconstante, y a veces lo engaño con las montañas».

Hoy se la recuerda y se la empieza a valorar por arte del centenario de su nacimiento; se discute si ella fue o no una «intelectual orgánica», si merece tanto reconocimiento, y no se alcanza a percibir aún su poderosa voz de conductora y maestra de pueblos: «Ni el escritor ni el artista ni el sabio ni el estudiante pueden cumplir su misión de ensanchar las fronteras del espíritu si sobre ellos pesa la amenaza de las fuerzas armadas, del estado gendarme que pretende dirigirlos. El trabajador intelectual no puede permanecer indiferente a la suerte de los pueblos, al derecho que tienen de expresar sus dudas y sus anhelos. América en su historia no representa sino la lucha pasada y presente de un mundo que busca en la libertad el triunfo del espíritu. Nuestro siglo no puede rebajarse de la libertad a la servidumbre. Se sirve mejor al campesino, al obrero, a la mujer, al estudiante, enseñándole a ser libre porque se le respeta su dignidad.»

Fue el mexicano Alfonso Reyes quien apreció esa virtud suya: «En ella se da la ira profética contra los horrores amontonados por la historia; se dan la fe, la esperanza y la caridad; la promesa de una tierra mejor para el logro de la raza humana; la mano que traza en el aire los pases mágicos, a cuyo prestigio relampaguea la visión de un mundo más justo.»

Hoy que están en el tapete de la discusión de los intelectuales del mundo el tratamiento literario del asunto religioso como fenómeno que puede agraviar a los pueblos y la cuestión de la censura al escritor, vale la pena recordar que Gabriela Mistral sufrió la censura religiosa. Esto se produjo cuando pidió la opinión a monseñor Carlos Casanueva, rector de la Universidad Católica, acerca de unos escritos suyos sobre la Virgen que pensaba publicar en un volumen. El consultor «no los halló ajustados a sana ortodoxia», como dijo Pedro Lira Urquieta en la revista Finis Terrae N. 12. ¿Qué fue de esos escritos de la ilustre franciscana? ¿Puede seguir vigente la opinión del fallecido sacerdote para impedir su conocimiento? Por último, ¿puede acatarse la censura al periodista o al escritor, venga de dónde viniere? En verdad, la primera censura le causó un daño tremendo, pues le impidió el ingreso a la Escuela Normal de La Serena: ella había fustigado con severidad por la prensa al sacerdote que fue injusto con Barros Arana. Si hubo una escritora víctima de prejuicios y de injurias, ella ha sido Gabriela Mistral. Muy niña fue lapidada y acusada de ladrona, porque su buena fe y generosidad le impidieron mezquinar el papel que debía distribuir entre sus compañeras de curso. Esas pedradas la hirieron para toda la vida.

Como estaba impedida de estudiar para maestra, consiguió un cargo de escribiente en una escuela, pero pronto la echaron, acusada de «subversiva», por haber inscrito como alumnas a unas niñas que cumplían los requisitos, pero eran muy pobres.

Su primer poema y primer cuento fuera de Chile se los publicó Rubén Darío en 1912, bajo el nombre de Gabriela Mistral en su revista «Elegancias», editada en París y distribuida en América Latina. Bastó con que ella le escribiera una carta y le mandara sus trabajos.

Ella era pobre. Envuelta en manto, esa prenda que las damas llamaban con desprecio el «tapamugre», fue al acto inaugural de los Juegos Florales, realizado el 22 de diciembre de 1914, a escuchar leer sus versos, sus laureados «Sonetos de la muerte». No es fácil entender al «ángel abortado» que es el poeta: esos versos revelan pasión intensa por un suicida, pero eso forma parte de la recreación artística, pues ella quiere oír al hombre amado, que está presente y muy vivo, un miembro del jurado que la premió: Manuel Magallanes Moure: «Manuel: Fui sólo por oírlo. No por oír mis versos (los había escuchado leer); no por aquello de los aplausos de una multitud (unos momentos solo entre la multitud me hacen daño); por oírlo a usted, por eso fui.»

De todos sus retratos, acaso sea el que le pintó don Juan Francisco González -difícil de conocer, pues pertenece a la colección privada de la familia Frei- el que sugiere muchos matices de su intensa vida interior: óvalo armonioso, cejas bien dibujadas, intensa la mirada verde; profunda la ojera de un ojo entre receloso y acariciante; al otro la sombra le confiere dulzura mayor; nariz altanera, boca gruesa cuyas comisuras no caen como si las apuntalara un conato de sonrisa; descubierto el cuello de fulgor juvenil; cabello desordenado; la frente da sensación de tormento... Ella se retrataba sin piedad: «... soy la más desconcertante y triste (lamentable) mezcla de dulzura y dureza, de ternura y grosería. /.../ Cuando yo sé de un bruto que mata queriendo, me siento dentro de él; no me siento dentro de casi ninguna acción civilizada. /.../ El amor es el que suelta las trabas hipócritas y por él yo dejé mi actitud de persona decente, de mujer más o menos tolerable. No me enrostre nunca esta desnudez. Mire de dónde vino».

Empero, es ella misma la que cuenta cómo desde un corredor superior atisbo por dos horas al hombre que amaba mientras él se besaba con otra, iluminados por la luna. Cuando una nube cubrió la luna, ella empezó a imaginar qué pasaba entre esos dos seres y transida de dolor empezó a despedazar una mata de jazmines y a lanzar las flores sobre la pareja...

En Petrópolis, Gabriela fue muy amiga de Stephan Sweig quien, acosado por el avance de los nazis en Europa, se suicida junto a su esposa. El mismo veneno que empleó el escritor judío lo usaría poco después para matarse un adolescente que amaba: Yin Yin, el hijo adoptivo de Gabriela, Juan Miguel Godoy. El muchacho había estudiado en Europa y podía entender lo que significaba ese avance. También escribía, pero ya había destrozado una novela suya; hiperestésico, no pudo resistir las correcciones que le propuso su madre adoptiva. Con letra clara y firme le escribió la última carta: «Querida mamá: Creo que mejor hago en abandonar las cosas como están. No he sabido vencer. Espero que en otro mundo exista más felicidad. Cariñosamente Yin Yin. Un abrazo a Palma» (se refiere a Palma Guillen, su amiga y secretaria de su madre).

Gabriela Mistral ha sido llamada la cuentamundo, la guardiana de la vida, pero acaso el apelativo que más le cuadre sea «nuestra madre Gabriela», según el poeta cubano Eliseo Diego. Cintio Vitier, otro maestro cubano estudioso de la poesía de Gabriela, calificó el de ella como un «tono de una americanidad insondable». El venezolano Guillermo Sucre habla de su «pasión crística», pasión de Redentor: «el suyo es el don del reconocimiento y la memoria: volver a descubrir en las cosas el tejido de símbolos (en este caso, cristianos) que ellas encierran». Con argumentos legítimos demuestra que su potencia pasional y expresiva «llega a términos que antes de ella ignoraba el idioma castellano». Alone -Hernán Díaz Arrieta-, quien supo valorarla oportunamente, señala que «la línea del grito pasional, la imprecación de amor no han subido nunca tanto en las letras castellanas» como en «El Ruego». Para él, Gabriela Mistral no es sino la pasión.

Poetas y críticos ofrecen diversas y muy respetables formas de acercamiento a una obra admirable que a veces presenta los mismos tropiezos que ella percibía en el Quijote, pues no siempre es fácil remontar sus «arcaicos arcaísmos» y sus retorcimientos sintácticos. Separar prosa de poesía en Gabriela es comprensible por razones metodológicas, pero ambas las usa indistintamente para expresar pensamiento medular, preocupaciones muy hondas, inherentes a su hacer cotidiano. «Voy a rezar y luego me dormiré. ¿Sabe? Mi Ángel Guardián está tomando facciones suyas. Es peligroso...» escribe Gabriela Mistral a su amado. Maestra del amor en todas sus expresiones, no ha sido superada. Pero en la poetisa el amor se extiende a todos los seres y a todos los hombres y a las más nobles causas, derramándose a las cosas. Y ese amor le da visión de estadista, capacidad para proyectar mundos donde se inscriban cambios reales.

Ella es madre ante todo, por eso contaba entre sus mayores preocupaciones a «sus» niños: «porque tan míos los siento como cosa parida». Así dirá: mis cholitos, mis indiecitos de Titicaca, «estos niños míos, estos niños de niebla y de aire», «mis negritos zumbones» de Brasil, «¡qué lindos y elásticos mis mulaticos caribes!», «mis niños de Guatemala»... «yo, la distraída, la de oficio de silencio, me hago más la que no pisa, la que respira, la toda oídos, para que ellos -mis niños, mis hijos- me colmen los entresijos y la sangre con nueva primavera». Para sus hijos publicaba en el número 12 de Amauta, dirigida por José Carlos Mariátegui, febrero de 1928, los ocho «Derechos del Niño», enviados desde París: «Derecho a la salud plena, al vigor y a la alegría, poniendo énfasis en que «no se resuelve el problema de la infancia sin resolver en su mitad el problema social»; «Derecho a los oficios y a las profesiones» donde subraya «el derecho a la tierra de todo niño que será campesino»; «Derecho a lo mejor de la tradición, a la flor de la tradición que en los pueblos occidentales es, a mi juicio, el cristianismo»; «Derecho del niño a la educación maternal», y este es el «derecho a la madre presente, que no debe serle arrebatada por la fábrica o la prostitución a causa de la miseria»; «Derecho a la libertad, derecho que el niño tiene antes de nacer a las instituciones libres e igualitarias» donde señala: «Los adultos que en nuestros países están en este momento alquilando con la riqueza nacional la independencia del territorio, y que a la vez aceptan y afianzan con cada día que pasa los regímenes de tiranía, comprometen, inconsciente o conscientemente, la suerte de los niños que vienen, del hijo propio como del ajeno, y van a entregar a la nueva generación una patria disminuida en el espíritu y con su honra menguada delante de los demás pueblos soberanos de sí mismos»; «Derecho del niño sudamericano a nacer bajo legislaciones decorosas»; y el «Derecho a la enseñanza secundaria y, aparte de la superior en forma semiautodidacta, la que debe ser facilitada y provocada por el Estado, a fin de que la cultura del obrero y del campesino sean posibles».

En estos derechos se percibe una vez más su visión americanista. Años más tarde lanzaría el «Llamado por el niño», difundido por la ONU, dentro del cual afirma: «Muchas de las cosas que hemos menester tienen espera. El niño, no. El está haciendo, ahora mismo, su sangre y ensayando sus sentidos. A él no se le puede responder "mañana". El se llama "ahora".»

Nunca fue profeta en su tierra: siempre fue cónsul de segunda clase; el Premio Nacional de Literatura lo recibió seis años después que el Nobel. Pero el poeta José Vasconcelos, ministro de Educación de México, dijo cuando ella llegó, que lo mejor de Chile estaba ahora en su país. La escultora Laura Rodig, quien fue su secretaria, testimonia: «Cuando el Gobierno de México, en 1922, la invitó a su país, el diputado don Luis Emilio Recabarren (fundador del Partido Comunista de Chile), informado de que ella no disponía en absoluto de dinero para sus gastos personales y que México pagaría todo, hizo en la Cámara la indicación de que se le diera la suma de cinco mil pesos, idea que sólo obtuvo sonrisas e ironías... Sin embargo, en la misma sesión se aprobaron dos comisiones para militares a Europa y cada personaje llevaba familia, servidumbre, etc. Todo a cargo fiscal.»

No muy conocida es la anécdota aquélla en que la poetisa asiste en 1922, a un congreso de campesinos en México. Uno de los participantes exclama al ver su imponente figura: «¡Yo quiero dar un abrazo a esa linda señora!» Ella oye, se devuelve, avanza hacia la galería, clava sus ojos verdes en el hombre que se hinca de rodillas, tembloroso. Laura Rodig recuerda: «Gabriela acercándose más, tomó entre las suyas, luminosas, las manos oscuras, como raíces, del campesino, peón de la tierra y se las besó... con una unción, una actitud tan reverente que nadie dejó de sentir su profundo sentido simbólico y nadie quedó en la sala sin los ojos húmedos.»

Para Gabriela, toda América, su Indoamérica, es su casa y la sueña integrada: «Nosotros debemos unificar nuestras patrias en lo interior por medio de una educación que se transmute en conciencia nacional y de un reparto del bienestar que se nos vuelva equilibrio absoluto; y debemos unificar esos países nuestros dentro de un ritmo acordado un poco pitagórico, gracias al cual aquellas veinte esferas se muevan sin choque, con libertad y, además, con belleza... Nos trabaja una ambición oscura y confusa todavía, pero que viene rodando por el torrente de nuestra sangre desde los arquetipos platónicos hasta el rostro calenturiento y padecido de Bolívar, cuya utopía queremos volver realidad de cantos cuadrados.» Ella no quiere que Bolívar sea «nombre de aniversario». Y con qué amor habla de «nuestro Martí», de «mi isla de Puerto Rico», «mi Puerto Rico» o relata con satisfacción: «Yo dormí en tantas casas que no puedo contarlas; comí en las mesas más dispares los guisos de las más variadas cocinas; comí en tarasco y en zapoteca, en yaqui y en otomí.» Con orgullo se refiere a las raíces: «La casta inca que fue patriarcal en lo civil y matriarcal en lo religioso, tentó la utopía de abolir la miseria absoluta, aquella pobreza que por baja toca en lo zoológico.» Fue sin embargo en su ardiente llamado a ayudar a Sandino donde expresó mejor su americanidad: «Sandino, según parece, no ha visto llegar hasta hoy los mozos argentinos, chilenos, ecuatorianos, que son su misma carne, y que le deben una lealtad temeraria y perfecta que sólo la juventud puede dar. ¿Dónde está la naturalísima, la lógica Legión hispanoamericana de Nicaragua? Aquel llamado suyo es el mejor eco a la "Carta a los gobernantes de América'' (no respondida por cierto) que hizo el patriota nicaragüense cuando su tierra estaba invadida por cinco mil "marines". Su clamor habría de ser oído hace diez años por jóvenes patriotas americanos, de esos que no hacen huesos viejos porque no claudican, carne de Sandino...» Desde esos tiempos se está haciendo realidad su profecía:

«Mr. Hoover va a conseguir, sin buscarlo, algo que nosotros mismos no habíamos logrado: sentirnos uno de punta a cabo del Continente en la muerte de Augusto Sandino», ese general que «carga sobre sus hombros vigorosos de hombre rústico, sobre su espada viril de herrero o forjador, con la honra de todos nosotros».

Otros clamores suyos esperan respuesta, como la causa de los mapuches, sufrientes «en primer lugar por el despojo de su tierra». Esa causa es del día de hoy y de nada vale limitarse a concederles la limosna de un glorioso pasado. «Su epopeya tuvo ese pueblo, una merced con que el conquistador no regaló a los otros, el apelmazado 'bouquin' de Alonso de Ercilla, que pesa unos quintales de octavas tan generosas como imposibles de leer en este tiempo.»

Conviene no olvidar que la ecuatoriana Adelaida Velasco fue la primera que tuvo la idea de presentar a Gabriela Mistral como candidata al Premio Nobel y le escribió sobre ello al Presidente Pedro Aguirre Cerda, quien la postuló; casi todos los países latinoamericanos apoyaron la iniciativa.

Cuando Neruda recibió el Premio Nobel, en casa del embajador Luis Enrique Délano, en Estocolmo, tomó un libro de Gabriela, el publicado por Quimantú, y se puso a leer sus poemas en voz alta. Pasó el libro al venezolano Miguel Otero y se fueron alternando la voz monótona del sur lluvioso y la voz cálida y melodiosa del trópico. Comentaban los ripios, las caídas, la grandeza. Fue el homenaje más secreto y mayor que recibió Gabriela Mistral de ese muchacho flaco en el que ella había reconocido de inmediato al colega un remoto día de Temuco.

El 10 de enero de 1957 murió «en país sin nombre» como lo vaticinó en misterioso poema.

El rector Juan Gómez Millas dijo: «Luchó con un coraje invencible con la vida; había pedido las cosas sencillas que todos obtienen; en respuesta recibió dolores repetidos y profundos que transformó en sublimes expresiones de belleza; lo que la vida no le dio, ella se lo dio a sí misma y lo entregó a su pueblo para consuelo y purificación de todos los que sufren como enseñanza suprema.»

Enfurece ver en algunas fotos, junto a su féretro a niños descalzos que aun empinándose no alcanzaban a ver el rostro de la venerada maestra muerta. De Nueva York se trajeron sus restos y aquí se hicieron los funerales. Más de medio millón de compatriotas, desfiló ante sus restos. Nunca nuestro pueblo había rendido tan dolido homenaje a nadie como se lo rindió a su madre andariega. La errante comenzó a recorrer los caminos de Chile para ganarse el sustento y el de su madre, luego prosiguió caminando por el mundo para sobrevivir y enseñar. La patria no le aseguró la paz ni la tranquilidad: parece que su errancia no fue tanto por gusto como por necesidad, pero le enriqueció la vida, amplió su espacio e hizo más fecundo su legado.


4
Una gran desconocida

Ruth González-Vergara

Ruth González-Vergara. Profesora de Literatura, periodista,
trabaja en audiovisuales y como investigadora literaria. Vive en Madrid.

La crítica más reciente y de alto cuño (Jaime Concha, Federico Schopf, M. Coddou, Alfonso Calderón, entre otros), coincide en señalar que a la fecha, todavía quedan en la vida y obra de Gabriela Mistral muchas cosas y situaciones que desvelar, aun cuando se han realizado ingentes esfuerzos por estudiar y recopilar, en especial, su obra prosística, publicada después de su muerte. Continúa, pues, siendo «una gran desconocida». Desconocida en su carácter más profundo, en el temple del diario vivir, en la proyección ideológica de mujer en un mundo de clara dominación cultural masculina, en fin, desconocida en su proyección afectiva... Son muchas todavía las interrogantes que se plantean y será menester focalizar plurales puntos de interés para estudiar con acuciosa profundidad las experiencias más vitales de nuestra poetisa, creadora de Desolación, Ternura, Tala, Lagar, Poema de Chile. Existe entre las biografías sobre Mistral una que la denomina «La divina Gabriela» (de Virgilio Figueroa, que data del año 1933, editado en Imprenta El Esfuerzo). Inútil forma de convencimiento pues Gabriela Mistral, por su vida y obra, su anecdotario personal sus vivencias y actuaciones públicas, estuvo más cerca y con gran sentido cartesiano, de lo humano que de lo divino; de la reflexión crítica de las cosas, las materias, que de devaneos y genuflexiones religiosas; más aterrizada en vuelos telúricos que en evasiones místicas y levíticas. Entre sus preocupaciones lo social tuvo un punto esencial de interés. No en vano escribió el Testimonio: «En Chile el campesino emigra hacia las ciudades, cansado de su salario, cansado de las aldeas sin médico, con maestro malo y sin habitación humana...» «Nuestra barbarie rural es enorme». Y prosigue en otro párrafo: «Una hectárea por cabeza resolvería el problema económico del campesino de Elqui, si el horrible y deshonesto latifundio no estuviese devorándonos y hambreándonos, allí como al país entero.»

El pensamiento progresista, su creencia en la justicia social, sin ser una militante de partido, ni matricularse oportunistamente con gobierno alguno es clara y evidente a lo largo de la trayectoria de su vida, pese a que se la ha querido vincular a algún grupo político, manipulando sus discursos o expresiones de profesión de fe. Lo que está claro es que Gabriela se alineaba en forma normal y permanente junto a los desgraciados, los desposeídos, los perseguidos.

Testimonios son múltiples no sólo en su copiosa obra en torno del niño, de la madre, etc., sino su correspondencia epistolar, artículos periodísticos. Recordemos que Mistral fue amiga, entre otros, de Miguel de Unamuno, con quien mantenía una relación epistolar. Unamuno, a la sazón catedrático de griego en Salamanca, había sido desterrado por la dictadura de Primo de Rivera.

Por supuesto, ella, alineada junto al perseguido de turno, no desaprovecha la ocasión y escribe un artículo «Cinco años de destierro de Unamuno», fechado en Montpellier, en 1927: «Yo no acabaré nunca de entender por qué se desterró a don Miguel de España. Lo que él allá hacía: decir cada tarde a sus amigos de Salamanca o escribirlo en carta a los de América, que la dictadura era torpe y medieval, lo dice en Madrid entre vaso de café o vaso de café, cualquier madrileño y el gobierno se guarda bien de ponerse en ridículo con destierros en masa, a lo mussolini.»

Sus expresiones, que datan de 1928, desde París, denunciando la intromisión de Estados Unidos en Nicaragua en época de Sandino, César Augusto, revela una verdadera premonición y que hoy en día tiene plena vigencia: es David combatiendo con el gigante; Nicaragua, el pequeño país centroamericano, luchando por sus derechos contra el imperialismo norteamericano: «Para mí Sandino es todo un héroe. Nicaragua ya dio a Rubén Darío y a Sandino. Sólo faltó que hubiera nacido allí el libertador Simón Bolívar.» En «La cacería de Sandino», exclama: «Mister Hoover ha declarado a Sandino "fuera de la ley.."», se ha de entender como «fuera de la ley norteamericana»... Y cuando tuvo lugar la invasión de Nicaragua por el gigante USA, y el asesinato del nacionalista Sandino, dice:

«Nos hará vivir Mr. Hoover una sensación de unidad continental no probada en 1810 por la guerra de la Independencia porque este héroe no es local, aunque se mueva en un kilómetro de suelo rural sino rigurosamente racial. Mister Hoover va a conseguir, sin buscarlo, algo que nosotros mismos no habíamos logrado: sentirnos uno de punta a cabo del continente en la muerte de Augusto Sandino.» Este pensamiento de americanidad se refleja en varias partes de su obra poética y prosística: En el Grito: «¡América! ¡América! Todo por ella; porque todo nos vendrá de ella, desdicha o bien.»

Queda claro también que el pensamiento político, los grandes postulados e idearios de vida no son sólo patrimonio de los hombres sino también de las mujeres. Y es el caso que Mistral cuando escribe su «Mensaje a los profesionales, a los trabajadores», deja patente su preocupación por los procesos de transnacionalización industrial y la consiguiente explotación del tercer mundo por parte del mundo plenamente industrializado, hoy llamado eufemísticamente primer mundo: «Industrial: ayúdanos tú a vencer, o siquiera detener la invasión que llamamos inofensiva y que es fatal, de la América rubia (USA) que quiere vendérnoslo todo, poblarnos los campos y las ciudades de su maquinaria, de sus telas, hasta de lo que tenemos y no sabemos explotar»... «¿Odio al yanqui? No. Nos está venciendo, nos está arrollando por culpa nuestra, por nuestro fatalismo indio. ¿Por qué le odiaríamos? Que odiemos lo que en nosotros nos hace vulnerables a su clavo de acero y oro, a su voluntad y a su opulencia. Dirijamos toda actividad como una flecha, hacia este futuro ineludible. La América española unificada por dos cosas estupendas: la lengua que le dio Dios y el dolor que le da el del Norte.»

En fin, son innúmeras las expresiones, citas, cartas, artículos, etc., que revelan que Gabriela Mistral vivía con los pies en la tierra y no en el espacio de entelequias y fantasmas en que la han pretendido colocar los próceres de los oficialismos de turno para beneficiarse política y culturalmente del valor y riqueza de esta gran mujer chilena, no obstante que en el momento en que ella era una desconocida, sin fama internacional, le negaron la sal y el pan; el trabajo y el derecho a expresarse, a crear por su condición de mujer. Podría citar muchos otros ejemplos sobre el pensamiento y acción pacifista de Gabriela («La palabra Maldita», un canto a la paz y la condena del fascismo; su aporte a los Derechos Humanos leído en su presencia en la ONU, su defensa de los Derechos Humanos de los niños, etc.), no obstante, que también hay numerosas otras vertientes que indagar y que resultan de extremo interés puesto que nos acercan y aproximan a su aliento, a su sentimiento y carácter íntimo como persona, como mujer. Me refiero a sus postulados feministas junto a otras escritoras de su generación que asumieron en su época, con las dificultades y marginación propia de su entorno, su condición de mujeres escritoras: junto a María Eugenia Vaz Ferreira, uruguaya, muerta tempranamente y a quien Gabriela tenía gran estimación, «Alma heroica y clásica...»; Delmira Agustini, «Maestra de todas nosotras, raíz hincada...» en las escritoras y poetisas de su generación; Juana de Ibarbourou, «Juana de América, hija de Dios, hija del Uruguay...»; Luisa Luisi, «criatura de mi sangre por la artesanía doble del verso y de la lección, a quien he estado unida en veinte años de amistad entrañable...»; Alfonsina Storni, «... jugarreta deliciosa del sueño de una noche de verano...», «... Alfonsina hermana siamés mía, por virtud de la cordillera que nos puso a querernos sin mirarnos nunca a la cara, una por el este la otra del oeste...» Gabriela Mistral, nuevamente sin ponerse escarapelas ni carnet partidista de los partidos feministas de América que tanto removieron la conciencia masculina y machista de las primeras décadas del siglo, fustigó con energía y pasión las grandes discriminaciones injustas, conservadoras, regresivas de las normas y métodos que imponía (y que sigue imponiendo aún) la sociedad de democracias burguesas de América y Europa.

Habría que tocar otros temas que igualmente son de pleno interés y vigencia en la comunidad hispanoparlante. Por ejemplo, el humor y gracia de Gabriela, sus dichos campesinos, su lenguaje vernacular, su sintaxis y estilo (que ha tratado con gran acierto Cora Santandreu). El uso y costumbres de Gabriela, gran escandalizadora de hombres y en particular mujeres, por su afición a fumar con fruición, entre otras cosas. Recuérdese que en correspondencia epistolar y coloquios con sus amigas españolas más íntimas (Carmen Conde), fustigaba el conservadurismo de la mujer hispana, cosa que le costó su cargo consular, por envidias y manipulaciones de mentes un tanto retorcidas. También habría que aludir aquí, al menos, a la condición andariega de Gabriela, su actitud de permanente desplazamiento, el cambio de domicilio, de buscar y llenar nuevos y permanentes espacios, que una vez asumidos quedan atrás por su inconmensurable interés y curiosidad de «ver mundo». Ella lo confiesa en varias entrevistas y conferencias, declarándose «errabunda», «desterrada voluntaria»; quizás habría que ver en esta actitud de Mistral una forma de ruptura con el mundo ordenado, esquemático del entorno familiar (roto desde antaño porque su padre se marcha de casa, vive con mujeres solas, en casi páramos, etc.), que no es otra cosa, a mi juicio, que romper, rupturar, para encontrar o reencontrarse consigo misma y con su espacio ecológico más proclive a su naturaleza y personalidad. Que una mujer saliera del Valle de Elqui, recorriera toda la geografía chilena, luego americana y europea, sin más armas que su propio cuerpo, mente lúcida y voluntad de hierro y una gran sensibilidad, constituye en los albores del siglo del exilio, el veinte, una acción de gran valía y de suma importancia para las mujeres rupturistas, disconformes, desobedientes, críticas con el espacio acotado y vigilado que le ha asignado de consumo la sociedad viril y machista occidental. Y Gabriela Mistral lo logró, a costa de muchas vicisitudes, incluso envidias y tropiezos. Más aún, logró el gran galardón internacional por su magna aunque escueta obra: el Premio Nobel de Literatura, en 1945, siendo hasta ahora la única mujer de América Latina que lo ha obtenido. Como colofón, los escritores chilenos, la oficialidad, no tuvieron más remedio que concederle el Premio Nacional de Literatura, seis años después que el reconocido y más prestigioso galardón literario mundial.


Cronología de la vida y obra de Gabriela Mistral

1889

7 de abril, nace la poetisa en la ciudad de Vicuña, en la calle Maipú, 759, hoy Gabriela Mistral. Fueron sus padres Juan Jerónimo Godoy Villanueva y Petronila Alcayaga Rojas. Es bautizada con el nombre de Lucila de María.

1892

Lucila tiene tres años. Su padre abandona la familia y se dedica a recorrer tierras.

1904

Colabora en el periódico Coquimbo, de La Serena, con los seudónimos de «Alguien», «Soledad» y «Alma».

1905

A los quince años empieza a trabajar. Ejerce una ayudantía en la Escuela de La Compañía, aldea cercana a La Serena.

1906

Tiene diecisiete años. Conoce a Romelio Ureta Carvajal, empleado de los Ferrocarriles, el amor de su vida. Sirve una plaza de maestra en la Escuela de La Cantera.

1907

Escribe para los periódicos de Vicuña, La Voz de Elqui y La Reforma.

1908

Figura en la Antología Literatura Coquimbana, de L. Carlos Soto Ayala, en la cual éste le dedica un breve estudio y selecciona tres prosas poéticas de la autora: «Ensoñaciones», «Junto al Mar» y «Carta Intima».

1909

El 25 de noviembre, a los veintiséis años de edad, se suicida en Coquimbo Romelio Ureta Carvajal. En sus bolsillos se halló una tarjeta con el nombre de Lucila Godoy. Sirve el cargo de Inspectora, en el Liceo de Señoritas de La Serena.

1910

Rinde examen en la Escuela Normal de Santiago para sancionar sus estudios y conocimientos adquiridos en la práctica escolar. Profesora Primaria en Barrancas.

1911

Muere su padre, don Jerónimo Godoy Villanueva, el 29 de agosto en Copiapó. Es nombrada Profesora de Higiene en el Liceo de Traiguén, siendo trasladada después, en 1912, a Antofagasta como Profesora de Historia e Inspectora General.

1912

Es nombrada Inspectora y Profesora de Castellano en el Liceo de Los Andrés. Pertenece a la Logia «Destellos».

1914

El 12 de diciembre obtiene la más alta distinción en los Juegos Florales Celebrados en Santiago con el poema «Los Sonetos de la Muerte»: Fue premiada con la Flor Natural de Oro (Orquídea), Medalla de Oro y Corona de Laurel.

El Jurado de este Certamen estaba compuesto por Manuel Magallanes Moure, Miguel Luis Rocuant y Armando Donoso. En sus escritos, comienza a usar el seudónimo de Gabriela Mistral.

1917

Aparecen 55 de sus poemas, en los cinco volúmenes de los Libros de Lectura de Manuel Guzmán Maturana.

1918

Don Pedro Aguirre Cerda la nombra Profesora de Castellano y Directora del Liceo de Punta Arenas.

1920

Es trasladada al Liceo de Temuco con igual cargo.

1921

El 14 de mayo se funda el Liceo número 6 de Santiago, Gabriela Mistral es nombrada su primera Directora.

1922

En el mes de junio, viaja a México acompañada de Laura Rodig, su secretaria. Va invitada por el Gobierno de ese país, por iniciativa del Ministro de Educación, José Vasconcelos, con el fin de colaborar en los planes de la Reforma Educacional, que iniciaba el Gobierno de México, y en la organización y fundación de Bibliotecas populares.

El Instituto de las Españas de Nueva York, cuyo Director era Federico de Onis, publica la primera edición de su obra Desolación. El Gobierno de México inaugura la Escuela-Hogar «Gabriela Mistral», una de las más importantes de la capital mexicana.

1923

Aparece en México Lecturas para mujeres. Se imprimieron 20.000 ejemplares. En Santiago de Chile se publica la segunda edición de Desolación. Se inaugura su estatua en México. La Editorial «Cervantes», de Barcelona, da a conocer en España en una obra antológica Las Mejores Poesías que lleva un prólogo de Manuel Montoliú.

El Consejo de Instrucción Primaria, a Propuesta del Rector de la Universidad de Chile, don Gregorio Amunátegui, le concede el título de Profesora de Castellano.

1924

Realiza su primer viaje a Europa. En Madrid publica un pequeño volumen de versos bajo el título de Ternura. Este mismo año visita los Estados Unidos y otros países de Europa (Italia, España, Francia, etc.).

1925

Regresa a Latinoamérica. Es agasajada en Brasil, Uruguay y Argentina. Se radica por algunos meses en Chile. Se le reconoce una pensión jubilándola como maestra.

1926

Es nombrada Secretaria de una de las Secciones Americanas de la Liga de las Naciones. De paso visita la República Argentina y Uruguay. Este mismo año se publica la tercera edición de Desolación. Ocupa la Secretaría del Instituto de Cooperación Intelectual, la Sociedad de las Naciones en Ginebra.

1927

Asiste en representación de la Asociación de Profesores de Chile, al Congreso de Educadores, celebrado en Locarno-Suiza.

1928

Concurre al Congreso de la Federación Internacional Universitaria de Madrid, como delegada de Chile y Ecuador. El 26 de septiembre es designada por el Consejo de la Liga de las Naciones para ocupar un importante cargo en el Consejo Administrativo del Instituto Cinematográfico Educativo, creado en Roma.

1929

Muere su madre, doña Petronila Alcayaga de Godoy, y es sepultada en La Serena.

1930

Visita los Estados Unidos de Norteamérica, país al que fue invitada para dictar cursos y conferencias en Establecimientos de Segunda Enseñanza (Bernard College, entre otros).

1931

Visita las naciones centroamericanas y las Antillas. Dicta una Cátedra de Literatura hispanoamericana en la Universidad de Puerto Rico y Conferencias en La Habana y Panamá.

1933

En el mes de julio, es nombrada Cónsul en Madrid, en reemplazo de Víctor Domingo Silva. Luego pasa a Lisboa, con el mismo cargo.

1934

Publica «Nubes blancas» y «Breve descripción de Chile».

1935-1947

Cónsul en Lisboa. Por Ley del Congreso, promulgada el 4 de septiembre, se le designa Cónsul a elección con carácter vitalicio.

1936

Viaja a Oporto, luego a Guatemala con rango de Encargado de Negocios y Cónsul General.

1938

Realiza una gira rápida por los países de Sudamérica. Reside un breve tiempo en Chile, donde se le rinden numerosos homenajes.

En Buenos Aires se publica su libro Tala, editado por «Sur», la editorial la dirige Victoria Ocampo. Gabriela Mistral destinó el producto de la edición de Tala a las Instituciones Catalanas que, como la Residencia de Pedralbes, albergaron a los niños españoles durante la Guerra Civil de España.

1940

Cónsul en Niteroi, Brasil.

1941

Es nombrada Cónsul General de Chile en el Brasil. Se establece en Petrópolis, hermoso y pintoresco lugar situado en las afueras de la capital fluminense.

1943

El 14 de agosto se suicida su «hijo adoptivo», sobrino en realidad, Juan Miguel Godoy Mendoza, a los diecisiete años de edad.

1945

El 15 de noviembre recibe la noticia de que le ha sido concedido el Premio Nobel de Literatura. Tiene a la sazón cincuenta y seis años de edad. El 18 de noviembre se embarca para Estocolmo en el vapor sueco «Ecuador». Recibirá el Premio de manos del Rey Gustavo, el 12 de diciembre. Cónsul de Chile en Los Angeles y luego en Santa Bárbara, donde compra una casa con el dinero del Premio Nobel.

Recibe el título de Doctor Honoris Causa, del Milis College, Oakland, California.

1948

Cónsul en Veracruz, México.

1950

Gana el Premio Serra de las Américas, otorgado en Washington por The Academy of America Franciscan History. Se embarca en Nueva York rumbo a Génova. Cónsul en Nápoles.

1951

Se le concede el Premio Nacional de Literatura en Chile. Reside en Rapallo.

1953

Cónsul de Chile en Nueva York. Participa en la Asamblea de las Naciones Unidas representando a su país.

1954

Viene a Chile y se le tributa un homenaje oficial. Lagar es editado en Santiago por la Editorial del Pacífico. Regresa a los Estados Unidos.

1956

El Gobierno de Chile le otorga una pensión especial por Ley, que se promulga en el mes de noviembre.

1957

Luego de larga enfermedad -cáncer al páncreas- muere el 10 de enero, a las 4,10 horas, en el Hospital General de Hampstead, en Nueva York.

Sus despojos mortales reciben el homenaje del pueblo chileno. Se declaran tres días de duelo oficial. Los funerales, efectuados el 21 de enero, constituyen una apoteosis. Se le rinde homenaje en todo el Continente y en la mayoría de los países del mundo. Por disposición testamental del 17 de noviembre de 1956, donó todos los derechos de sus obras que se publiquen en América del Sur a los niños de Montegrande.

Aparece en Chile, como tomo IV de las Obras selectas de Gabriela Mistral, Recados contando a Chile, con prólogo y notas del Padre Alfonso Escudero.

Se publica Gabriela Mistral: Epistolario. Cartas a Eugenio Labarca (1915-16), con introducción y notas de Raúl Silva Castro, Ediciones AUCH, Santiago.

1961

Aparece otro epistolario: Cartas de Gabriela Mistral a Juan Ramón Jiménez, con notas y prólogo de Julio Rodríguez Luis. Ed. de La Torre, San Juan (Puerto Rico).

1967

Se publica Poema de Chile, Ed. Pomaire, Santiago.

1978

Con introducción y prólogo de Sergio Fernández Larraín, la Editorial Andrés Bello de Santiago publica Cartas de amor de Gabriela Mistral.

Este mismo año aparecen diversos otros títulos: Materias, prosas seleccionadas por Alfonso Calderón (Edit. Universitaria, Santiago); Prosa religiosa de Gabriela Mistral, recopilada por Luis Vargas Saavedra (Ed. Andrés Bello, Santiago; y dos títulos preparados por Roque Esteban Scarpa, Gabriela anda por el mundo y Gabriela piensa en..., ambos con recopilación de prosas (Edit. Andrés Bello, Santiago).

1980

Siete cartas de Gabriela Mistral a Lydia Cabrera, Miami, 1980.

1989

Aparece en Santiago Recados para América, que recoge artículos aparecidos en la revista costarricense Repertorio Americano. Recopilación de Mario Céspedes.


Notas.

* Ya en 1925, Eugenio D'0rs se refería a la poetisa como un «Ángel de la Guarda» (El Mercurio, Santiago de Chile, 15.02, 1926). Al año siguiente, un periodista argentino la llama «Gabriela, la Divina» (El Correo de Valdivia, Chile, 17.02, 1926). Al otorgársele, en Panamá, dos condecoraciones, «La Orquídea de Oro» y la «Flor del Espíritu Santo», una dama la denomina «La Divina Maestra». Poco más tarde, aparece en Santiago de Chile una biografía pintoresca con el título de La Divina Gabriela, 1933. Su autor: Virgilio Figueroa. No es posible dejar de mencionar la inocua Santa Gabriela Mistral, de Benjamín Carrión (Quito, Casa de la Cultura, 1956). Hay que consignar que la propia Gabriela Mistral reaccionó críticamente ante el libro de Figueroa -señalando sus excesos e inexactitudes- y ante el libro de Carrión, enviándole a este último un telegrama en que le pedía: «Por favor cambiar en seguida título libro evitándome comentarios mal intencionados y burlescos...» Pero Carrión reaccionó con un ensayo titulado: «Sí, Santa, Gabriela Mistral», Cuadernos Americanos, Nº 93, 1957. El mismo año, Carrión no vacila en afirmar que Gabriela Mistral «ha conseguido, como San Francisco, el milagroso privilegio del Estigma» («Meditación sobre Gabriela Mistral», Anales de la Universidad de Chile, Nº 106, 1957, pág. 74). Citemos, por último, dos ejemplos más: Laura Rodig, una de las secretarias de la poetisa, escribe que ella nace el 6 de abril de 1889 «como reviviendo el relato de la natividad cristiana» (en «Presencia de Gabriela Mistral», Anales de la Universidad de Chile, Nº 106, 1957, pág. 283). Por su parte, Hans Rheinfelder, profesor en München, autor de un libro sobre la poetisa, señala jubiloso que en la vida y en la obra de Gabriela Mistral no hay «nada de sublevarse contra el destino, nada de reñir con Dios, nada de manifiesto comunista... La aptitud para conseguirlo (en un poema determinado) le viene a la madre de una religiosidad profunda y enteramente natural: ¿es que al Niño-Dios en el establo de Belén le fue mejor?» (en «Gabriela Mistral», Anales de la Universidad de Chile, Nº 106, 1957, pág. 50).

(*) Este texto corresponde al libro y obra de Gabriela Mistral. -aún inédito- que su autor dedica a la vida

1. Para el problema amoroso, es de fundamental importancia: Sergio Fernández-Larraín (editor), Cartas de Amor de Gabriela Mistral, Santiago de Chile, Ed. Andrés Bello, 1978. Para sus ideas políticas, docentes, culturales, etc., la recopilación de artículos Gabriela Mistral en «El Repertorio Americano», San José de Costa Rica, Ed. Universidad de Costa Rica, 1978, Editor Mario Céspedes.

2. Palabras de Gabriela Mistral en su prólogo a Caravana Parda (1925), de M. I. Peralta. Cit. en Isauro Santelices, Mi Encuentro con Gabriela Mistral, Santiago de Chile, Ed. del Pacifico, 1972, págs. 33-34.

3. Laura Rodig, «Presencia de Gabriela Mistral», Anales de la Universidad de Chile, Nº 106 (1957), pág. 289. Vid. tb. Fernández-Larrain, op. cit., pág. 144.

4. Cit. en Alfonso Calderón, «Entrevista póstuma a Gabriela Mistral», Antología Poética, Gabriela Mistral, Santiago, 1974, pág. 13.

5. Fernández-Larrain, op. cit., págs. 119-120.

6. Fernández-Larrain, op. cit., pág. 120.

7. Fernández-Larrain, op. cit., pág. 120.

8. Dulce María Loinaz, «Gabriela y Lucila», en Gabriela Mistral, Poesías Completas, Madrid, Aguilar, 1958, pág. CXL. Tb. en J. S. González-Vera, «Comienzos de Gabriela Mistral», Anales de la Universidad de Chile, Nº 106 (1957), pág. 23.

9. Matilde Ladrón de Guevara, Gabriela Mistral, Rebelde Magnifica, Buenos Aires, Ed. Losada, 1962, pág. 35.

10. Fernández Larraín, op. cit.. Introducción, pág. 42.

11. Fernández Larraín, op. cit.. Introducción, pág. 23.

12. Manuel Magallanes-Moure (1878-1924) es autor, entre otras obras, de La Jornada (1910). La Casa junto al Mar (1919) y Florilegio (1921). Poemas suyos como «¿Recuerdas?», «Jamás», «Ella dice», «El sendero», «Por la orilla del mar» figuran en todas las antologías de poesía chilena.

13. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 144.

14. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 108.

15. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 144.

16. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 144.

17. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 134

18. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 103

19. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 134

20. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 140

21. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 152

22. Fernández-Larraín, op. cit., pág. 152.

23. Gabriela Mistral, Nota a «Poemas de la madre más triste», Desolación, Santiago de Chile, Nascimento, 1923.

24. Fernández-Larraín, op. cit., págs. 107 y 153. También en G. Mistral, «Epistolario. Cartas a Eugenio Labarca, 1915-1916», Anales de la Universidad de Chile, Nº 106 (1957), pág. 270.

25. Carta de José Vasconcelos (1882-1959), ensayista y político mexicano, cit. en Laura Rodig, op. cit., pág. 287.

26. Laura Rodig, op. cit., pág. 287.

27. Algunas de sus ideas han sido recogidas desordenadamente en Virgilio Figueroa. La Divina Gabriela, Santiago de Chile, Imp. El Esfuerzo, 1933.

28. Pedro Prado (1886-1952), «Al pueblo de México». Prólogo a la 1ª edición chilena de Desolación, primer libro de Gabriela Mistral, Santiago de Chile, Ed. Nascimento, 1923.

29. Matilde Ladrón de Guevara, op. cit., pág. 43.

30. Matilde Ladrón de Guevara, op. cit., pág. 47.

31. Cit. en «Nota Editorial» a Poesías Completas, de Gabriela Mistral, Madrid, Aguilar, 1958, pág. X.

32. Cit. en Norberto Pinilla, Biografía de Gabriela Mistral. Santiago de Chile, Ed. Tegualda, 1946, pág. 108.

33. Paul Valéry, Preface a Poémes Choisis, de Gabriela Mistral, París, Stock, 1946, pág. 12.

34. Paul Valéry, op. cit., pág. 12.

35. Palabras de Gabriela Mistral citadas en «Nota Editorial» de sus Poesías Completas, Madrid, Aguilar, pág. X.

36. Virgilio Figueroa, op. cit., pág. 156.

37. Virgilio Figueroa, op. cit., pág. 218.

38. Contenido en Mario Céspedes, op. cit., pág. 53.

39. Mario Céspedes, op. cit., pág. 56.

40. Matilde Ladrón de Guevara, op. cit., pág. 72.

41. Carta citada en Matilde Ladrón de Guevara, op. cit., pág, 111.

42. Fernando Alegría, Genio y Figura de Gabriela Mistral, Buenos Aires, 1966, p 90.


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