El «Irangate» y la América Latina

El «Irangate» y la América Latina

Carlos Fuentes

Carlos Fuentes, novelista mexicano, es autor de La región más transparente, Térra Nostra, Gringo viejo y numerosos títulos más.

El presidente Ronald Reagan sabe muy pocas cosas. Pero hay dos cosas que sabe perfectamente y mejor que nadie: son la base de su éxito, tan incomprensible de otro modo. Lo primero que sabe Reagan: a los Estados Unidos les gusta sentirse bien. Ninguna otra nación siente que tiene derecho a la felicidad. Los demás luchamos con éxitos pasajeros y decadencias inevitables. Los Estados Unidos sienten que Dios les prometió el éxito. Cárter les ofreció un sentimiento enajenante envuelto en una palabra: malaise. Reagan les dijo: párense, alto y siéntanse bien.

El segundo factor de la presidencia Teflon (como las sartenes a las que no se les pega nada) es que los Estados Unidos necesitan enemigos reconocibles. El maniqueísmo épico de la cultura angloamericana requiere la identificación instantánea de los buenos y los malos: sombreros blancos, sombreros negros. Reagan ha sobresalido en la identificación de «villanos»: el imperio del mal, el ayatollah, el coronel Gadafi, los sandinistas.

La actual crisis de la presidencia de Reagan es muy honda, porque resulta que, después de todo, los villanos no eran tan villanos y hasta se podía jugar a los besitos en la oscuridad con ellos. Adiós a los sombreros negros. Y nadie puede sentirse bien o pararse, alto, cuando el engaño se añade al engaño, la hipocresía disfraza la ilegalidad y la ilegalidad es coronada por el fracaso. Adiós al amor propio.

El secretario de Estado George Shultz, se siente berrinchudo por todo esto, pero es difícil simpatizar con él. Su oposición al negociado con Irán se basa en su firme adhesión al principio de no negociación con terroristas. Sin embargo, muchos entre nosotros, en la América Latina, nos hemos preguntado desde hace tiempo si esta actitud podía reconciliarse con el ávido apoyo del señor Shultz a la banda de terroristas mes notoria de las Américas: los «contras» nicaragüenses.

Lo que los norteamericanos ven hoy con claridad gracias a Irán, muchos latinoamericanos lo hemos visto desde hace rato. El asunto de los «contras» ya habla establecido una rutina de engaño, errores e ilegalidades en la conducta de la Administración Reagan. La operación contra Nicaragua data del verano de 1980, cuando fue anunciada en la plataforma electoral del Partido Republicano. El secretario de Estado Alexander Haig la escaló verbalmente cuando la nueva Administración se instaló en Washington, y en marzo de 1981 el presidente Reagan dio la orden de escalar las acciones encubiertas en la América Central. En abril, los Estados Unidos le cortaron la ayuda que le daban a Nicaragua, y esa misma primavera oficiales del Ejército argentino se ocupaban reclutando y entrenando a las primeras bandas de «contras», con la esperanza de que sus méritos anticomunistas les fuesen reconocidos por Washington al lanzarse sobre las Malvinas (o Falklands, como las llamaba el historiador David Lehman) en 1982.

Los militares argentinos tampoco tuvieron suerte en esto, pero la operación contra Nicaragua prosiguió viento en popa, financiada y dirigida por los Estados Unidos, como consta en la directiva número 17 del Consejo Nacional de Seguridad de noviembre de 1981, firmada por el presidente Reagan. En diciembre de ese año, el Washington Post descubrió la operación secreta y en octubre de 1984 la enmienda Boland la prohibía

Ahora nos enteramos que la venta de armas a Irán y a los «contras» violó esa prohibición, de la misma manera que el entrenamiento de «contras» ha venido violando, paladinamente, tanto la ley de Neutralidad de los Estados Unidos como el Código Penal de esa nación, cuyo titulo 18, sección 960, considera ilegal el tráfico de armas a cualquier grupo que ataque a Gobiernos con los que los Estados Unidos formalmente, no están en estado de guerra.

No hay de que sorprenderse. Minar puertos nicaragüenses, imprimir instrucciones homicidas para los «contras», desdeñar las decisiones de la Corte de La Haya y las resoluciones del Consejo de Seguridad y de la Asamblea General, bendecir las actividades terroristas de los «contras» contra civiles, cosechas, escuelas y transportes en Nicaragua. Todo ello es parte de un mismo esquema. Sin embargo, los «contras» no han logrado ocupar una sola aldea en Nicaragua, a pesar de que los apoya la potencia militar más fuerte del mundo Son un Ejército en fuga, constantemente correteado de vuelta a sus refugios en Honduras y suministrando desde aeropuertos en El Salvador, cuyos Gobiernos, fervorosamente, juran que tales cosas no ocurren. ¿Quién amenaza a quién, realmente, en Centroamérica?

Recientemente, el International Herald Tribune reportó desde la reunión de la OEA en Guatemala que muchos diplomáticos latinoamericanos no simpatizaban con el Gobierno de Managua, pero al mismo tiempo se oponían a las actividades de los «contras». Los diplomáticos norteamericanos velan en esto una contradicción. La realidad es que no la hay. Un Gobierno latinoamericano puede deplorar a los sandinistas, pero es seguro que va a deplorar aún más la intervención de los Estados Unidos contra cualquier Gobierno de América Latina. Establecido un precedente como el de la guerra secreta contra Nicaragua, ¿contra quién será empleado después? ¿México? ¿Colombia? ¿Perú?. Las memorias norteamericanas son cortas. Las memorias latinoamericanas son largas.

Durante más de un siglo, América La tina ha intentado, pacientemente, construir un edificio de obligaciones legales con los Estados Unidos, a fin de reducir la falta de simetría de poder en el hemisferio y construir una nueva relación basada, no en la dominación, sino en el respeto y la cooperación. El presidente Reagan nos ha demostrado que el uso de la fuerza y el desdén hacia la ley en el trato con la América Latina no son cosas del pasado: pueden ser infligidas a cualquier Gobierno latinoamericano, en cualquier momento.

El desprecio pretérito de los Estados Unidos hacia la América Latina es potenciado por el desprecio presente. La América Latina ha venido ofreciendo a los Estados Unidos soluciones diplomáticas viables para la crisis pasajera en la América Central. Los Estados Unidos constantemente, han minado esas soluciones. ¿No ha llegado el momento de que Washington escuche seriamente lo que los Gobiernos latinoamericanos tienen que decir sobre sí mismos y sobre su historia, su ley y el futuro de nuestros países?.

Los Estados Unidos tienen amigos en la América Latina, pero prefieren tratar con satélites. Reagan recibió a los sumisos jefes de la operación «contra» en la Casa Blanca al mismo tiempo que ocho ministros de Relaciones Exteriores del «grupo Contadora» le ofrecía al secretario Shultz, en Washington, un proyecto de paz coherente. Hubimos de concluir que el Gobierno de Reagan tiene su fe puesta en los «contras» más que en los Gobiernos de Argentina, Brasil, Colombia, México, Panamá, Perú y Uruguay: la mayoría continental.

¿No ha llegado el momento de que Washington tenga, para bien del mundo, aunque sea un éxito de política internacional? La América Latina se lo está ofreciendo en este hemisferio, y consiste en suscribir y apoyar una solución constructiva en la América Central. Los Estados Unidos prometen no intervención, la América Central promete no alineación, y todos prometemos cooperación. La paz puede basarse sobre la inviolabilidad de fronteras, la proscripción del tráfico de armas y la prohibición de bases, centros de adiestramiento o consejeros militares extranjeros. La meta de una América Central neutral y desmilitarizada está al alcance de la imaginación diplomática y de la voluntad política.

El único aspecto positivo de la aventura iraní de la Casa Blanca es el reconocimiento de que se puede tratar normalmente con el feroz enemigo de ayer. Nicaragua no requiere otra cosa: trato normal con los Estados Unidos no el trato de amo y esclavo que durante los pasados ochenta años Washington le impuso a Managua. Hablamos de diplomacia: la democracia nunca entró en los cálculos de los Estados Unidos en Nicaragua entre el derrocamiento de Santos Zelaya y el de Tachito Somoza. Es una hipocresía más disfrazar de cruzada democrática una simple pasión de restaurar la dominación perdida. En el camino de esta obsesión han caído, destrozados, los principios y tratados básicos de la convivencia hemisférica.

¿No ha llegado el momento, finalmente, de que los Estados Unidos y la América Latina comiencen a estructurar su agenda para el siglo XXI? La catástrofe iraní debiera demostrar qué poco se gana (y cuánto se pierde) mediante el engaño y la ilegalidad. El terrorismo es la flor oscura de una planta envenenada: el desprecio hacia el derecho internacional. En Centroamérica podemos hallar la oportunidad para demostrar que las soluciones legales son asequibles y que la fuerza, el terrorismo y las operaciones enmascaradas pueden ser renunciadas. Si no ahora, entonces después de 1988.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03