Memoria y vocación de Chile

MEMORIA Y VOCACIÓN DE CHILE

Carlos Fuentes

Araucaria de Chile. Nº 29. Madrid 1984

Carlos Fuentes, novelista mejicano, es autor de Cambio de piel. La región más transparente. La muerte de Artemio Cruz. Terra Nostra, y diversas otras obras. El presente trabajo es un extracto del artículo "Chile, un país desaparecido", publicado con anterioridad por la revista española Cambio 16.

Yo crecí en Chile entre los once y los quince años. En Chile, y en la lengua española, se definió mi vocación literaria. Mis primeros trabajos los publiqué a los trece años en el «Boletín del Instituto Nacional», fundado por Lastarria. En Chile hice entonces amistades que me han durado toda la vida.

Mi educación política se la debo a tres elementos formativos: el México de Cárdenas, los Estados Unidos de Roosevelt y el Frente Popular chileno. En Chile supe de las posibilidades de nuestra lengua para darle alas a la libertad. La creación literaria de Chile no estaba divorciada de la politización de Chile, de su intensa actividad partidista, de la calidad polémica de su prensa y del hambre de información característica de sus ciudadanos, de la libertad de su Parlamento y de la combatividad de sus sindicatos.

La impresión que todo ello dejó en mí fue duradera, aún me habita y me unió para siempre a esa tierra bella y triste que yo considero mi segunda patria.

Espero regresar a ella un día, en libertad.

El país es como una espada desenvainada, del desierto de Atacama a la Antártida: es el país más fálico del mundo. Benjamín Subercaseaux lo llamó «una loca geografía». No se sabe si el nombre del país significa «el lugar donde hace frío» o si es la onomatopeya de los pájaros del sur chirriando. Se puede ver el mar desde los Andes. Se pueden ver las montañas desde el Pacífico. Como California, es un plano oblicuo: algo termina y algo empieza aquí.

Tiembla mucho. No los temblores ondulantes de la ciudad de México, hundiéndose en la siesta sin regreso de una laguna muerta. Chile es el terremoto rocoso y pulsante, temeroso, diario: han desaparecido ciudades, terrones del continente. Estamos en el techo de las Américas, la corona de los Andes, con Pablo Neruda: hemos venido a «la angostura del aire», al «estelar vacío de los pasos finales y a la vertiginosa carretera espiral».

Chile: un coro de entradas y salidas, siempre el primer país, o el último. La nación más lejana del hemisferio sur: Argentina le da la cara a Europa, pero Chile se la da al océano vacío. Un país Robinson. La nación más remota; la más ávida, por ello, de noticias, de conjunciones.

El único país de la América española que abiertamente rechaza la ficción de la fidelidad a la monarquía española. Mientras todos los demás decían que en realidad no queríamos la independencia, sino que éramos fieles custodios de la monarquía depuesta por Napoleón y volveríamos pacíficamente al rebaño imperial una vez que los Borbones fuesen restaurados, Chile, desde 1808, dice que ni el pueblo español ni sus reyes tienen soberanía alguna sobre América. En el Cabildo Abierto del 18 de septiembre de 1810 la independencia es proclamada porque, cuando el rey desaparece, la autoridad regresa al pueblo que la otorgó.

Chile no obtuvo la independencia a empujones. Su emancipación se confunde con uno de los grandes momentos de la capacidad latinoamericana: la capacidad para organizamos, ser excepcionalmente fieles a nosotros mismos, derrotando fatalismos y superando desgracias perennes.

Pero como las demás revoluciones de independencia en la América Latina, la de Chile también fue expropiada por la oligarquía terrateniente y sus grupos comerciales, intelectuales y profesionales dependientes. Sin embargo, dentro de la clase alta se dio inmediatamente un proceso de diferenciación y de creciente independencia de esos grupos. Este proceso sería vigorizado más tarde por la riqueza de las exportaciones: nitrato y cobre. Dentro de los límites de la dominación oligárquica. Chile estimuló una variedad de creencias y actitudes políticas. Libertad de la élite: Basil Hall, un viajero inglés, escribió en 1824 que «en Chile, en tanto que el campesino permanece como siempre, su superior ha ganado muchas ventajas. Ha obtenido la independencia política. Posee libertad y seguridad para su persona y sus bienes... Participa por primera vez en el gobierno de su país... Posee la libertad civil».

En Chile, las clases dominantes organizaron la sociedad y practicaron la libertad, al menos para ellas mismas. En el resto de la América Latina desorganizaron a la sociedad y alternaron nerviosamente entre la anarquía y la tiranía.

El auge en la exportación de nitratos a partir de 1880, después de la conquista del norte en la guerra del Pacífico, fue una bendición a medias: incrementó la prosperidad de la élite chilena, pero también sus continuadas contradicciones; también creó un espejismo de tiempos fáciles, más importaciones, menos industrias, más urbanización y más consumo. Oscureció el hecho de que Chile padecía una crisis económica perpetua, porque sus estructuras coloniales internas habían permanecido intocadas; sólo sus actividades periféricas en el comercio y el consumo habían sido reorientadas hacia la exportación.

La gran ilusión de una América Latina próspera, porque sus clases altas eran prósperas, se desvaneció abruptamente en 1929. La depresión mundial desbarató los globos de jabón. Simplemente, habíamos aprovechado la expansión mundial del capitalismo proveyéndolo con materias primas, pero sin proveernos a nosotros mismos con capital para la inversión y el ahorro. Nos convertimos en huérfanos económicos de nuestro propio capitalismo periférico, afiebradamente, sustituyendo importaciones para mantener esquemas de consumo de las clases medias y superiores, pero posponiendo de nuevo el problema del bienestar de la mayoría.

Chile -primero o último- tuvo su propia depresión desde 1918, cuando los nitratos industriales borraron la competencia del salitre y, a raíz del armisticio, los precios del cobre se desplomaron. La «bella época» había terminado; la depresión prematura dejó entre sus escombros a una clase media dañada y nostálgica antes que en el resto de la América Latina. La carga de productividad y del excedente cayó sobre las exportaciones minerales; los trabajadores de las minas fueron los primeros en ir a la huelga, inaugurando uno de los movimientos obreros más fuertes, más tempranos y más alertas del hemisferio. Reprimidos por el Ejército, los trabajadores le dieron la mano a una clase media deprimida, pero dueña de una larga práctica en el ejercicio de las libertades civiles dentro de la esfera superior de la actividad permitida. La depresión también reveló la extensión de la mortalidad infantil, del alcoholismo y de la existencia subhumana en los conventillos y las callampas: el mundo de las novelas de Manuel Rojas, Droguett y José Donoso; el mundo de la gente que vivía debajo de los puentes. Los «rotos» parados eternamente bajo la lluvia del invierno austral.

Finalmente, en 1938, los partidos de la izquierda confrontaron todas las contradicciones de la historia chilena y prometieron la conciliación de las libertades ganadas ya con las libertades aún por ganar.

Tal era la fuerza y el gusto de la política chilena cuando yo llegué de niño a estudiar a ese país y la fragancia de los duraznos, los salvajes cochayullos del mar y la preñez de las uvas fueron mis primeras visiones de la belleza, la distancia y el amor de Chile.

El Frente Popular no confió en la bondad del desarrollo providencial desde arriba y en cambio intentó, con éxito, el surgimiento de mejores condiciones de vida y mayores capacidades económicas desde abajo. Esta experiencia no podía ser consolidada en cinco o seis años, requería una acción política perseverante que tuvo altibajos -más bajos que altos- hasta que Salvador Allende, quien había sido un joven ministro de Salud Pública con el Frente Popular, fue electo presidente en 1970, en contra de la voluntad más que de la oposición de derecha chilena, de la Administración Nixon en Washington.

Pero lo que yo percibí en los cuarenta fue que la experiencia propia de Chile consistía en articular experta, democráticamente, lo que había sido ganado y lo que faltaba por ganar, y que esta experiencia política era inseparable de la experiencia cultural de Chile. Eramos muy jóvenes y empezábamos a escribir, amparados por una mini-Brittania escolástica, la escuela The Grange, junto a la cordillera: José Donoso, Jorge Edwards, Luis Alberto Heiremans, Jorge Torreti y yo. Torreti es hoy uno de los más grandes filósofos de la ciencia y un especialista en Kant de renombre mundial. Pero en 1942, cuando decidimos escribir al alimón una novela para escapar a la furia competitiva de los campos deportivos ingleses, aún no comprendíamos la lección de Chile. Escribimos a mano un culebrón gótico de 500 páginas, que culminaba en la cima de una montaña en Haití, con casas embrujadas, prisioneras enloquecidas y otros toques brontescos. Como Roberto y yo éramos grandes lectores de Dumas, no concebíamos una novela que no se iniciara en Marsella, con el castillo de If al fondo. El problema era hacer hablar a los personajes. El francés estaba excluido, porque los autores no lo hablábamos. El español chileno o el español mexicano también. Decidimos que nuestros personajes hablaran como andaluces. Estábamos repitiendo los reflejos de Vicuña Mackenna y su grupo cuando, después de la revolución de 1848 en Francia, decidieron cambiar sus nombres castellanos por los nombres franceses de Lamartine y su grupo. Reflejábamos inocentemente las viejas pugnas ante Europa de Sarmiento, al antihispanista implacable; Bello, el hombre de apertura y armonía culturales, y Esteban Echeverría, el enamorado de París. Nos faltaba aprender que la decisión chilena de trabajar desde adentro, pero manteniéndose alerta, aunque no subordinado, a lo que ocurría afuera, era parte no sólo de la vida política, sino de la vida cultural de Chile: ambas se expresaban como una permanente elaboración crítica de los problemas.

Dos amigos míos, muertos ahora, representaron esta tradición. Uno fue Pablo Neruda, cuya vida siempre fue salvada por su poesía primero, pero también por su muerte, en 1973. Neruda revolucionó la poesía escrita en español desde su provincia lluviosa del sur, pero con Whitman y Rimbaud en cada mano; rompió las cercas de la inseguridad, la pureza, el buen gusto. Nos contaminó, nos liberó, porque en Neruda la poesía volvió a ser el documento original de la identidad entre la palabra y la historia. He contado cómo escuché a unos mineros en Lota cantar el corrido de los hermanos Carrera sin saber que su autor era Neruda.

El otro fue Orlando Letelier, un hombre que tenía la libertad personal, pero la quería para todos. Letelier renunció a la facilidad de la clase media sin sacrificar las victorias ganadas por esa misma clase: quiso vivir su destino con dignidad, luchando por su libertad en la libertad de los demás. Letelier y Neruda contestaron a la pregunta tremenda del poeta: «Piedra en la piedra, pero ¿dónde estuvo el hombre?» Es la pregunta de una cultura ininterrumpida y soberbia, pero que anhela su encarnación política a pesar de la fragmentación y el fracaso. Chile tenía mejores respuestas que ninguna otra nación nuestra. Pero Pablo Neruda y Orlando Letelier murieron cuando murió la democracia chilena. Un jefe de Estado que no mató a nadie fue matado hace diez años, quizá porque respetaba demasiado la vida. La Policía ascendió a la recámara agónica de Neruda en Isla Negra y tembló ante la presencia del poeta, pero en la ausencia del poeta los grupos de extrema derecha destrozaron la casa del Cerro San Cristóbal, acuchillaron los cuadros, destruyeron los libros, anegaron los pisos. Neruda regresó moribundo del Pacífico en una ambulancia. Muerto, no pudo entrar a su casa sino a oscuras. No pudo regresar a su tumba, junto al mar, la que él quiso, porque se temió la peregrinación a Isla Negra. Fue enterrado con llanto y desafío en una tumba que no era la suya. Salió de esa tumba a la cripta de los pobres. Volvió a perder su nombre. Sólo lo recobrará cuando Chile sea libre y todos podamos ir a la tumba de Neruda a leer su nombre en la piedra: aquí estuvo el hombre.

Neruda y Letelier se unieron al anonimato de quienes cantaban los poemas en Lota sin conocer al autor y de quienes murieron en Dawson porque no eran conocidos. Neruda y Letelier se han unido a las víctimas de Pinochet -algunas, anónimas-, pero todas, numerosas. En la primera semana después del golpe, 25.000 chilenos fueron asesinados por el nuevo gobierno. Durante la década de la tiranía, 100.000 más han sido asesinados, encarcelados o torturados. Quizá todos ellos les dijeron a sus torturadores y asesinos: «¡Qué bueno que es usted un simpático autoritario y no un siniestro totalitario!».

Bajo la dictadura. Chile, durante diez años, ha sido el último país de este hemisferio, no sólo el más remoto físicamente, sino también el más remoto, anormal y deprimente políticamente. La razón es ésta: ningún otro país de la América Latina merecía su mala suerte menos que Chile, la república de la evolución y de la modulación a través de su historia independiente.

El gobierno de Allende pudo pecar de desorganización y algunos sectores de la Unidad Popular, de provocación. Pero la evolución legal propia de Chile, la voluntad del cambio mediante el respeto a la oposición, a la crítica, a los derechos de terceros, nunca fueron vulnerados por Allende, y ello sin dejar de revolucionar a la sociedad de acuerdo con el mandato de los electores y empleando el derecho constitucional de generar derecho. En cambio, su caída estaba programada por los Estados Unidos desde antes de su elección. Las memorias de Kissinger argumentan que sólo se trató de impedir la elección de Allende, no el ejercicio de su mandato. Pero no hay un solo argumento en estas memorias que impida pensar que las tácticas empleadas en contra de una elección libre en Chile no fueron empleadas también en contra de un gobierno libre en Chile.

Durante diez años, Chile ha sido un país desaparecido: missing. La loca geografía de Subercaseaux se convirtió en la geografía del terror: de Chacabuco a Tejas Verdes, de Talcahuano a Dawson, toda una nación fue vendada y encapuchada durante diez años, toda una nación fue encerrada, de pie, durante diez años, sin derecho a acostarse, sin derecho a dormir; a todo un pueblo se le aplicaron toques eléctricos en el sexo; a todo un país se le rasgó una «Z» con bayoneta en la espalda, como al diputado por Magallanes, Carlos González; toda una población fue tratada como los menores detenidos y torturados en La Patilla y en Los Capuchinos, y luego, expulsados de sus escuelas, sus vidas truncadas para siempre; a todo un pueblo se le quemó la lengua y se le obligó a desayunar porotos de rodillas ante las botas; a todo Chile se le obligó a ensayar su propia muerte, a hacer ejercicios de autoexterminio; todo un país se soltó llorando y ya no pudo hablar; todo un pueblo quedó paralizado de un costado o del otro; todo un país con las uñas arrancadas; todo un país gritando, sus gritos acallados por las campanas del centro de tortura de la calle Londres 38, la casa del horror, la casa de las campanas; todo un país sin dormir, porque las ametralladoras son disparadas sin cesar toda la noche para que nadie pueda dormir en la isla congelada; todo un país violado por una fila interminable de pacos y milicos; todo un país colgado de las muñecas sangrantes; todo un país fornicado en presencia de sus hijos y cónyuges; todo un país quemado con las puntas de unos cigarrillos de los democráticos torturadores autoritarios; todo un pueblo golpeado en las orejas hasta quedar sordo.

Hoy, un país arruinado y dolido se levanta contra la catástrofe política y económica de la dictadura militar que pretendía salvar a Chile de su vocación democrática. Pero si la Unidad Popular de los setenta fue de cualquier manera prematura, ha dejado de serlo: el tiempo ha validado la voluntad del pueblo chileno.

Esto no significa, claro está, que Chile va a regresar a la situación existente en 1973.

Pero el pasado siempre es parte del futuro y éste deberá reflejar la experiencia de otra dimensión de Chile: la de su diáspora política, el conjunto de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que a veces ni en el extranjero pudieron escapar a la saña de Pinochet, pero a los cuales la comunidad chilena del futuro le deberá un acto de reconocimiento y profunda gratitud. La diáspora de Chile, durante diez años, educó al mundo) sobre Chile, pero también sobre la América Latina.

La calidad de los exiliados, comparable a la de quienes debieron abandonar la España fascista en los treinta, se ha traducido en una pluralidad de voces y de razones atendidas en todo el mundo. Gracias a los exiliados chilenos, es hoy muy difícil creer-en Nueva York, Estocolmo, París y Madrid- que a los Estados Unidos les interesa promover la democracia en América Latina. Cada vez que se le exigen elecciones a Nicaragua, el mundo entero recuerda hoy el destino del gobierno electo de Chile en 1973. El engaño ya no es posible. Lo único posible es la autodeterminación política.

Pero ésta, hoy, es inseparable de problemas económicos y diplomáticos complejos. La América Latina vive, acaso, la crisis más amenazante de toda su historia: las definiciones de la modernidad, la democracia, la independencia y el progreso están en jaque. Por eso es tan urgente que Chile vuelva a ser la primera democracia latinoamericana.

Mientras la atención extranjera se fija hipnóticamente en los viejos problemas de la América Central, descubiertos repentinamente como si no existiesen desde hace décadas, los nuevos problemas se acumulan en las naciones mayores del continente: México y Brasil, Argentina y Chile. Como de costumbre, la política exterior de los Estados Unidos no se prepara para el desafío de las naciones que abarcan el 80 por ciento del área territorial, la población y los recursos de la América Latina. La acumulación de riqueza material sin una distribución social equivalente está cediendo el lugar al descenso de la riqueza y de la justicia distributiva. Las clases medias se muestran cada vez más inquietas e inseguras viendo que sus ganancias del último medio siglo se evaporan. Viven una revolución de ilusiones perdidas, como ocurrió en la Alemania de Weimar y en la Italia de los fasci di combattimento. Las áreas rurales se hacen cada vez más pobres a medida que los precios de la producción agrícola desciende. Declina la capacidad para buscar fuentes diversificadas de apoyo económico y tecnológico.

A la luz de lo que está ocurriendo, podemos pensar que la verdadera opción latinoamericana, planteada por Chile desde 1970, es: revolución o violencia. Hoy es más válido que nunca el mensaje: revolucionar las estructuras, democratizándolas rápidamente en beneficio de las mayorías, o abrirse a la más terrible violencia que nuestro continente haya conocido, con incalculable riesgo de perder, en el proceso, hasta los harapos de la independencia. ¿Cuánto tardaría una América Latina anárquica, convulsa, sin asideros nacionales o derroteros políticos, en convertirse en escenario acre de las confrontaciones internacionales?

Porque conozco al pueblo de Chile, sé que nada lo detendrá ahora. La campaña nacional chilena para articular al individuo y a la sociedad, para conciliar las libertades ya ganadas y las libertades por ganar, es ahora, después de la experiencia de los últimos años, más consciente que nunca.

Los latinoamericanos debemos vernos en cada chileno que se arranca la venda de los ojos, que levanta sus puños heridos y sus uñas rotas, y que hace oír de nuevo su voz por encima de las campanas de las cárceles.

Yo acompaño a los chilenos con el grito tradicional de su alegría y de su desafío: ¡Viva Chile, mierda!


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03