Esas Yndias equivocadas y malditas

ESAS YNDIAS EQUIVOCADAS Y MALDITAS

Rafael Sánchez Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio es uno de los escritores españoles clave de la postguerra. Autor de la célebre novela El Jarama y de numerosos otros títulos (narrativa y ensayo), Pasa por ser una de las mentes más lúcidas de las letras españolas actuales.

El texto que publicamos reproduce una conferencia ofrecida por el autor el año 1988. Es uno de los análisis más incisivos y polémicos que se hayan formulado a propósito del ya próximo V Centenario del Descubrimiento de América.

Araucaria de Chile. Nº 47-48, Madrid 1990.

Ignoro si en el año 1525, o sea, doce años después de su primera aplicación, la práctica, tan escandalosamente formalista, del «requerimiento» había caído en tal descrédito que hubiese precipitado en el desuso. Sea de ello lo que fuere, Hernán Cortés era mucho más escrupuloso y concienzudo que sus predecesores, y es difícil pensar que se contentase con cumplir formalmente, aun a sabiendas de que los destinatarios no lo oían o no lo entendían, el mandato del requerimiento. Cortés hacía las cosas con cuidado y con rigor; así, en la carta Vª, donde da cuenta de su expedición a las Hibueras, nos relata un caso que, de hecho, comporta un ejemplo de aplicación del requerimiento por parte de Cortés.

Transcribo sus palabras: «Y ofrecióse que un español halló un indio de los que traía en su compañía, natural destas partes de Méjico (extranjero, por tanto, en la región que atravesaban), comiendo un pedazo de carne de un indio que mataron en aquel pueblo cuando entraron en él y vínomelo a decir, y en presencia de aquel señor (un pequeño cacique maya que se había presentado a los expedicionarios) le hice quemar, dándole a entender la causa, que era porque había muerto (esto no concuerda con lo de más arriba: "que mataron en aquel pueblo cuando entraron en él", donde parece tratarse de una muerte en combate) aquel indio y comido del, que era defendido por vuestra Majestad, y por mí en su real nombre les había sido requerido y mandado que no lo hiciesen, y que así, por le haber muerto y comido del, le mandaba quemar, porque yo no quería que matasen a nadie, antes iba por mandato de su majestad a ampararlos y defenderlos, así sus personas como sus haciendas, y hacerles saber cómo habían de tener y adorar un solo Dios, que está en los cielos, criador y hacedor de todas las cosas, por quien todas las criaturas viven y se gobiernan, y dejar todos su ídolos y ritos que hasta allí habían tenido, porque eran mentiras y engaños que el diablo, enemigo de la naturaleza humana, les hacía para los engañar y llevarlos a condenación perpetua, donde tengan muy grandes y espantosos tormentos, y por los apartar de conoscimiento de Dios, porque no se salvasen y fuesen a gozar de la gloria y bienaventuranza que Dios prometió y tiene aparejada a los que en él creyeren, la cual el diablo perdió por su malicia y maldad, y que así mismo les venía a hacer saber cómo en la tierra está vuestra majestad, a quien el universo, por providencia divina, obedesce y sirve, y que ellos asimismo se habían de someter y estar debajo de su imperial yugo y hacer lo que en su real nombre los que acá por ministros de vuestra majestad estamos les mandásemos, y haciéndolo así, ellos serían muy bien tratados y mantenidos en justicia y amparadas sus personas y haciendas, y no lo haciendo así se procedería contra ellos y serían castigados conforme a justicia» (hasta aquí la cita).

Cortés encarece el cuidado y la paciencia con que se extendió en éstas y otras consideraciones, y no hay duda de que puso todo el escrúpulo del mundo en que el cacique se enterase bien de todo a través de los intérpretes, pero bien puede apreciarse en lo citado con qué astucia y qué sutileza Cortés usa la religión como instrumento de dominación: primero, el preámbulo aterrador del indio quemado vivo en presencia del cacique, enseguida la explicación del motivo de un castigo semejante y la doble subrogación por la que Cortés se subroga en el emperador, y éste, a su vez, en la divinidad, en cuanto aquel «a quien el universo, por providencia divina, obedesce y sirve», de suerte que los «muy grandes y espantosos tormentos» que amenazan a los que no se avienen a dejar los ídolos y ritos que hasta allí han tenido, como ha hecho el indio quemado vivo al practicar el rito de comer carne humana, vienen a confundirse, por una doble subrogación paralela, con el tormento de morir quemado que ha padecido el indio.

La infracción del mandato de Cortés contra la antropofagia es infracción del mandato del emperador en quien Cortés se subroga e infracción del mandato de Dios en quien, a su vez, se subroga el emperador. La astuta coordinación subrogatoria de las tres autoridades confunde en uno el mandato contra la antropofagia, y así el castigo de morir quemado vivo a que Cortés condena al infractor aparece a los ojos del cacique confusamente relacionado o identificado con los «muy grandes y espantosos tormentos» que aguardan a quienes no «dejan los ídolos y ritos que hasta allí han tenido».

La deliberación con que Cortés urde y dirige todo el episodio de forma tal que la religión le rinda el máximo provecho como instrumento de dominación viene ya sugerida por la palabra con que empieza el relato: «y ofrecióse». El verbo ofrecerse indica bien a las claras que el caso es considerado como ocasión oportunamente aprovechable para un propósito en principio ajeno a él. El pecado de antropofagia del indio ha venido ello por ello -como se dice en Extremadura y podría haber dicho el propio Hernán Cortés-, o sea, como de molde para lograr la sumisión del cacique maya y de su pueblo, y Cortés, en toda la agudeza y todo el tino del más perverso instinto de dominación, improvisa exactamente el espectáculo que conviene a sus designios, apurando hasta la última gota la posibilidad del caso que tan oportunamente se le ha ofrecido.

Naturalmente, no pretende en modo alguno que esta descripción del uso de la religión como instrumento de dominación se corresponda con la representación patente a la conciencia de Cortés. Aunque no pueda pensarse que no fuese consciente de su pragmatismo -tal como lo evidencia la palabra «ofrecióse»-, de su orientación de las cosas con arreglo a unos fines, lo demás apenas llegaría tal vez a sospecharlo, tal como es propio de lo que me he limitado a llamar perverso instinto, que no precisa ninguna clara conciencia racional para alcanzar, certero como un tiro de ballesta, la diana del designio.

He establecido, por consiguiente, una dualidad de planos, esto es: el plano de lo claramente manifiesto a la conciencia de Cortés, como sujeto empírico, y el plano de una realidad ultraindividual, el universal histórico de la dominación, superior y oculto a esa conciencia, pero que dirigía, no obstante, el puro instinto ciego -especialmente receptivo en un hombre como Hernán Cortés-, de suerte que acertase en cada caso exactamente con lo que había que hacer.

En esta dualidad de planos lo que el nominalismo del positivismo histórico se niega a reconocer, aceptando tan sólo la realidad del sujeto empírico y rechazando -tal como el dogma nominalista obliga- cualquier posible realidad u operatividad que no sea pura metáfora al universal.

No cabe duda de que, acostumbrados como estamos a unas instituciones de justicia que, contra la clamorosa evidencia estadística del conocimiento sociológico de las conductas delictivas, inculpan y condenan como si el libre albedrío no fuese uno de los recursos más escasos entre los humanos; acostumbrados, digo a este infantil reparto de Papeles, bueno y malo, comprendo que a muchos pueda resultar tan arduo como turbador cualquier punto de vista que disminuya en algún grado la responsabilidad de los autores de tan tremendos e incontables crímenes como los que constituyen la trama dominante en la conquista y colonización de América, pero en esto consiste justamente el mayor espanto de la historia universal.

Para lo que trato de decir puede resultar ilustrativa la anécdota de aquel que le reprochaba a otro la ferocidad de su anticlericalismo, diciéndole: «¡Pero, hombre! ¿Cómo puedes envenenarte hasta tal punto la sangre con los pobre curas? Tendrán todos las puñeterías y mezquindades que tú quieras, las deformaciones de su ya de por sí deforme profesión, pero es injusto y cruel condenarlos como monstruos de maldad, porque ellos no son al fin más que unos infelices mandatarios; el único que es verdaderamente malo es Dios». El mismo cuento puede aplicárseles a los que frente a la famosa «historia escrita desde el punto de vista de los vencedores» pretenden oponer una «historia escrita desde el punto de vista de los vencidos».

Esta segunda sería, en cuanto historia, tan falsa e ingenua como la primera, a la que trataría de confutar, pues el nominalismo positivista igualmente implicado en las palabras «vencidos» o «vencedores», que entendería las cosas como si los sujetos empíricos fuesen los únicos protagonistas efectivos, escamotearía la percepción teórica fundamental: que el verdaderamente malo es Dios, o, lo que viene a ser lo mismo, la historia universal.

«La mediación dialéctica de lo universal y particular -dice Adorno en su Dialéctica negativa- no autoriza a una teoría que opte por lo particular, para pasarse de rosca, tratando lo universal como si fuese una pompa de jabón. La teoría se haría así incapaz de comprender tanto la funesta hegemonía de lo universal en lo establecido, como la idea de una situación que, haciendo descubrir a los individuos su verdad, despojaría a lo universal de su mala particularidad» (fin de la cita).

La cosa es, pues, mucho más execrable y más fatídica que si pudiese dársele rostro y nombre humanos. Lo que, en cuanto representación consciente, llegó a ser incluso para los más perspicaces de sus sujetos empíricos nada llega a expresarlo más agudamente que el siguiente pasaje de sir Walter Raleigh, capaz de hacer -por una vez acaso con razón- las delicias de cualquier psicoanalista: «La Guayana es una tierra que tiene todavía intacta su virginidad; jamás saqueada, varada o trabajada; la faz de la tierra sin romper; la virtud y la sal del suelo sin gastar por el abono; las tumbas sin abrir para sacar el oro; las imágenes de los dioses aún por derribar de lo alto de los templos» (hasta aquí, la cita).

Como puede apreciarse, un desencadenamiento de los peores instintos de profanación, de ultraje, de depredación. Pero el factor desencadenante, capaz de responder satisfactoriamente a la pregunta: «¿De dónde sale de pronto tanta abyección?», o sea, la esencia de lo que se pretende festivamente conmemorar en la Disneylandia sevillana del 92, como una efemérides que tuviese algo que ver con lo que desearíamos que se considerase humano, tiene los rasgos informes de un mal sin malo, sólo con despreciables mandatarios, enajenados y como arrebatados de sí mismos por el furor de la dominación.

En una palabra, la pérdida, imperiosa para quien atienda al ruido de fondo de los testimonios, la pérdida de un sujeto empírico como último responsable a quien incriminar de tan ancha y tan larga tragedia -conforme a la confiada versión con que el nominalismo había logrado quitársela de encima- ha de encontrar tanto en apologetas como en detractores del descubrimiento, la conquista y la colonización, la comprensible resistencia de quien se ve ante la turbadora situación de que todo sin dejar de ser igualmente horrible y doloroso, es mucho más inexplicable, sobrehumano, infrahumano, gratuito, amén de mucho más sórdido, rastrero y miserable de cuanto pueda serlo incluso una leyenda negra, que, cuando menos, podría vanagloriarse por el mérito, ciertamente dudoso y discutible, de ostentar el tenebroso resplandor de la maldad.

Respecto de la historia universal empieza uno por tropezarse con dos actitudes de principio, que casi parecen psicológicamente determinadas por el carácter personal. La una es la que llamaré actitud estética, cuyo criterio o categoría principal es la de la grandeza de las hazañas de la historia y de sus creaciones. Antropológicamente inmersos en una historia en que el impulso de dominación hunde sus raíces en un ayer inmemorial, todos seguimos siendo sensibles a los valores de la dominación, pues al mismo tiempo que una voluntariosa ética se esfuerza por negarlos boquilla, como cuando a los niños se les predica en la iglesia o enseña en las escuelas la mansedumbre, la condescendencia, la amistad, la generosidad, etc., terminada la clase, la sinceridad estética los llevará a los sangrientos goces predatorios de películas del oeste y, en general, el más manso de los hombres se recreará en las bellezas de la depredación, y los animales más prestigiosos y admirados seguirán siendo los que tengan pico de rapaz, colmillos de carnívoro, garras de halcón o zarpas de felino.

Tan honda parece ser tal preferencia estética primaria hacia los carnívoros depredadores que no ha de faltar quien diga que los hombres descubren a través de ella la envidia hacia lo que ellos, al menos en algún rincón de su alma y a despecho de todas las admoniciones pedagógicas, siguen queriendo ser. De modo, pues, que la mentalidad estética, que juzga de la historia según el criterio de valor de la grandeza, estaría, a tenor de esto, bien distante de ser superficial, hasta el punto de parecer antropológicamente prehistórica.

Tenga lo que tuviere de cierto esta sospecha, lo indicado, por sí o por no, respecto del otro criterio de valor que rige la mirada hacia la historia, será tal vez abstenerse de toda consideración de antigüedad, arraigo o fundamento antropológico, pues quienes optan por él Juzgan, implícitamente, que no tienen obligación alguna de legitimar su opción en antiguallas o en sinceridades anímicas, ni menos pedir disculpas por su índole represiva o heterónoma, pues en cuanto a represión y heteronomía nada supera a lo que tal punto de vista toma por criterio frente al de la grandeza, esto es, al dolor en relación con quienes lo padecen.

Así que no hay que amedrentarse cuando el que lo sabe todo acerca de las almas viene a decirnos: «La compasión que dices sentir por los esclavos bajo el palo del esbirro no es en tu alma más que efecto de la represión de un superego heterónomo e impostor que invierte en compasión por los esclavos la admiración y envidia que en el fondo sientes por el esbirro que tú querrías ser.»

A lo que bien se puede contestar: «En cualquier caso, nunca tan represivo y heterónomo como el palo que se abate sobre las espaldas de esos hombres.» No necesitan ni merecen una respuesta más circunstanciada los que impugnan como falacia antropológica o como inautenticidad anímica el criterio del dolor.

Totalitarismo diacrónico

Pero el criterio de valoración estético no parece gustarle en muchos casos confesar el predominio total del sentimiento de grandeza que le inspiran las sangrientas hazañas en que se recrea, sino que lo escuda a menudo detrás de la coartada de la funcionalidad política, convalidando los más feroces atropellos como procedimientos dolorosos pero necesarios para las grandes creaciones de la historia; creaciones que para Menéndez Pidal serían por excelencia los imperios: «Los imperios», dice textualmente, «a pesar de las vitandas injusticias y calamidades de muerte inherentes a toda vida, son en la Biblia y en la teología cristiana el grandioso instrumento con que la providencia divina gobierna a los pueblos». Frase que, ciertamente, plantearía las más serias dificultades si hubiese que decidir quién acarrea mayor descrédito a la gran epopeya histórica de los españoles, si sus apologetas o sus detractores. Es curioso cómo pasa Menéndez Pidal por encima de lo que, con pintoresca expresión, llama «vitandas injusticias» y de lo que, con expresión todavía más pintoresca y hasta retorcida, llama «calamidades de muerte inherentes a toda vida», donde se diría que alude a lo que de vida, de realización vital, tendría, según él, la creación de un imperio. De ser así participaría a su manera de las concepciones hegeliana y marxista de la violencia y la muerte producida por unos hombres a otros hombres; para Hegel, la violencia es una necesidad del espíritu en la grandiosa epopeya de su autorrealización objetiva; para Marx, la violencia es la comadrona de la historia; o sea, la que ayuda a toda vieja sociedad a dar a luz -se supone que por un parto mortal para la madre- a la nueva sociedad que lleva en sus entrañas, o el «instrumento», según versión de Engels, «por medio del cual el movimiento se abre camino y hace saltar, hechas añicos, las formas políticas fosilizadas y muertas».

Aunque piense, indudablemente, en bien distinta clase de engendros de la historia, Menéndez Pidal concede, sin embargo, a la violencia, a la muerte de unos hombres por mano de otros hombres, un papel análogo al que se le concede en las concepciones de Hegel y de Marx: el de instrumento de creación histórica. Para Menéndez Pidal ya hemos visto que esa creación se encarna bajo la forma de los grandes imperios. Y la grandiosa tachunda wagneriana, que, a tenor de su concepción inconfesadamente estética (como en el fondo lo eran la de Hegel y, en alguna medida, incluso la de Marx), venía a ser para él la Historia Universal, no podía detenerse ante las «calamidades de muerte», que por ser «inherentes a toda vida» tenía que acarrear para dar vida a sus grandes creaciones.

Es curioso observar cómo incluso quienes condenan el totalitarismo como forma de Estado, incriminándolo de estar dispuesto a sacrificar al individuo en beneficio de la totalidad, no sientan el mismo escándalo ni adviertan lo oportuno de análoga incriminación cuando no es en la sincronía de un régimen político estatuido, sino en la diacronía de un proceso histórico de formación de una entidad política, imperial o no, donde sin el menor reparo se llevan al matadero de la historia todos los individuos que requiera la construcción de la totalidad, en una especie de auténtico y más feroz totalitarismo histórico diacrónico.

No hace falta ser demasiado malicioso para sospechar que el criterio, inconfesadamente estético, de la grandeza, como categoría dominante en la valoración de los hechos de la historia, necesita del estruendo de las armas y de la efusión de sangre, como imágenes sin las cuales permanecería en el limbo incoloro de lo abstracto el espíritu de dominación, que constituye el verdadero vino de quienes se embriagan en sentimientos de grandeza. Quiero decir que el referente real de la categoría emocional y estética de la grandeza al fin no es otro que el de la dominación y del poder.

Entre la vasta fauna de los apologetas de la grandeza histórica tampoco falta quienes conceden, con solícita pero no solicitada generosidad, que ciertamente hubo grandes abusos, donde ya el mero empleo de la palabra abuso comporta un apartar a un lado lo que hubo de sobrante innecesario en el esfuerzo, lo que éste tuvo de excesivo; pero en el reconocimiento de algo que sobró se refrenda la necesidad de todo lo restante; en la condena de la parte correspondiente del abuso se absuelve, legitima y santifica la contraparte implícitamente aludida como uso, porque sólo se habla de abuso donde se presupone un uso de cuya justa y plausible medida sobresalga.

Otros, más avisados, ni sienten necesidad alguna de coartadas ni incurren en la ingenuidad de hablar de abusos, porque los reconocen ton inherentes al estilo de acción de la Historia Universal, tan necesariamente consustanciales a la señorial generosidad de su epopeya, que les parecería hasta indigno de ella el detenerse en la mezquindad de escatimar esfuerzos; sus sentimientos de grandeza se avergonzarían de una Historia Universal atenta a calcular, como un tendero, el mínimum de destrucciones, de laceraciones, de estragos, de tormentos y de muertes necesario para alcanzar sus altos fines; antes, por el contrario, gustan de imaginarla excesiva, desbordante, sobrada de virulencia y energía, de suerte que el abuso le sea connatural, como la única forma posible de concebir el uso de una manera acorde con su dignidad. Pocos han acertado a expresar esta concepción estética de la historia, como historia del impulso de dominación, como Ortega y Gasset en su clásico ensayo El origen deportivo del Estado:

«Por esto», escribe don José, «la palabra que más sabor de vida tiene para mí y una de las más bonitas del diccionario es la palabra incitación. Sólo en biología tiene este vocablo sentido. La física lo ignora. En la física no es una cosa incitación para otra, sino sólo su causa. Ahora bien: la diferencia entre causa e incitación es que la causa produce sólo un efecto proporcionado a ella. La bola de billar que choca con otra transmite a ésta un impulso, en principio, igual al que ella llevaba: el efecto es en la física igual a la causa. Mas cuando el aguijón de la espuela roza apenas el ijar del caballo pura sangre, éste da una lanzada magnífica, generosamente desproporcionada con el impulso de la espuela. La espuela no es causa, sino incitación. Al pura sangre le bastan mínimos pretextos para ser exuberantemente incitado, y en él responder a un impulso exterior es más bien dispararse. Las lanzadas equinas son, en verdad, una de las imágenes más perfectas de la vida pujante y no menos la testa nerviosa, de ojo inquieto y venas trémulas del caballo de raza (...). ¡Pobre la vida, falta de elásticos resortes que la hagan pronta al ensayo y al brinco! ¡Triste vida la que, inerte, deja pasar los instantes sin exigir que las horas se acerquen vibrantes como espadas! ¡Da pena cuando uno piensa que le ha tocado vivir en una etapa de inercia española y recuerda los saltos de corcel o de tigre que en sus tiempos mejores fue la historia de España! ¿Dónde ha ido a parar aquella vitalidad?»

Como puede observarse, el biologismo orteguiano, que, con el gusto perfectamente hortera de un aristocratismo dandy y deportivo -al que parece hacérsele la boca agua cada vez que repite «pura sangre»-, se entusiasma con la arrancada del caballo al acicate de la espuela como la imagen más perfecta de la pujanza vital, proyecta esta idea ya estética de vida o de vitalidad biológica sobre las representaciones de la historia, transfigurando en la imagen de los saltos del tigre o del corcel los arrebatos históricos del furor de sojuzgamiento y predominio, convalidando como generosa efusión y hasta eclosión de vida respecto de la historia precisamente lo que en ésta no es sino el más tenebroso y aselador desencadenamiento de la muerte. ¡Tan mala sombra puede llegar a proyectar la imagen de la biología sobre la historia!.

Así, mientras los apologetas de escuela orteguiana encarecen la grandeza de la Historia Universal como suprema manifestación de la vitalidad más excelsamente humana, recargando desafiantemente las tintas de engreimiento, virulencia y afán de predominio de sus epopeyas, y poniendo así el acento más en el ejercicio, el esfuerzo y el empeño que en el logro, los otros, más cobardemente, se contentan con salvar a la Historia Universal por la bondad y la dignidad de sus últimos designios, sin perjuicio de ir pidiendo a diestro y siniestro las más rendidas disculpas por la indudable enormidad de los abusos que aun la más alta y más noble empresa humana se halla siempre abocada a perpetrar.

Estos son los que incurren en la abyección de echarles a indios, negros u otras cualesquiera gentes de color el brazo por la espalda, tratando de venderles su propio pasado de martirio y el reconocimiento de la legitimidad de sus autóctonos valores culturales a cambio de recabar su beneplácito para la común Historia Universal, como en aquel repugnante serial televisivo norteamericano que lleva por título Raíces y que recogía la secular historia de una familia negra desde el ancestro capturado, puesto en cadenas y estibado en la sentina de un navío negrero, que lo arrancaba para siempre del África natal, hasta el descendiente finalmente libre, con su familia modesta, pero honrada y feliz, ya en los años de Martín Luther King, pretendiendo mostrar cuan inescrutables son los designios del Señor y por qué insospechables caminos y a través de cuántas fatigas, humillaciones y sacrificios había llegado finalmente a cumplirse en este último vástago, desde aquella mañana inmemorial de la captura en una remota playa de Guinea, el orgullo de haber contribuido a lo largo de diez generaciones a la creación de la gran nación americana.

Pero si éstas son las ideologías hoy vigentes, junto con una literatura escolar de auténtico tebeo, sobre el descubrimiento y la conquista, veamos cuáles eran las opiniones de la época. Para lo cual nadie mejor que Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial, detractor de los indios, partidario de la conquista y, finalmente, víctima de Las Casas, que, siempre rencoroso con sus contradictores, logró con su enorme influencia que la publicación de la gran obra de Oviedo no pasase del primer tomo. Sin escatimar elogios a la conquista de Nueva España y a la persona de Hernán Cortés, a Oviedo no deja de desconcertarle y hasta turbarle el hecho de que quien, como Cortés, se ha alzado como titular de un mando delgado, al independizarse de Velázquez, quien ha «mañeado» -según las propias palabras del cronista-, usado de «halagos enforrados» y «dissimulación», quien "o ha vacilado en violar cualquier lealtad humana, haya sido corona-"o por el triunfo y por la gloria. Y así Oviedo se siente forzado a violentar su turbación con un penoso acto de humillación y acatamiento de la divina prepotencia: «Yo veo», dice, «questas mudancas e cosas de gran calidad semejantes no todas veces anda con ellas la razón que a los hombres paresce ques justa, sino otra definición superior e juicio de Dios que no alcancamos (...) e de la providencia de Dios no nos conviene platicar ni pensar sino que aquello conviene».

Desde luego, hay sujetos empíricos tan especialmente dotados para la depredación y el predominio que han causado en algunos la impresión, por lo demás perfectamente mítica y supersticiosa, de que la propia Historia Universal los ha elegido para sus más altos designios, como le pasó a Hegel cuando, en la más vergonzosa clarividencia de su vida, creyó ver en Napoleón al Espíritu Universal a caballo. Uno de esos sujetos podría ser, desde luego, Hernán Cortés. Y nada mejor que el «ofrecióse», que él mismo emplea para empezar a contar el episodio recogido al principio, nos descubre en toda su medida la rigurosa funcionalidad de una perspicacia permanentemente alerta a lo que en cada situación pueda ofrecerse como algo aprovechable para sus propósitos. Al instante advierte la posibilidad de explotar la falta cometida por el indio y la manera de montar sobre ella el espectáculo que le conviene. Es la penetrante mirada instrumental del pragmático perfecto: agudísima para captar al vuelo cuanto en las cosas pueda incidir en el sentido de sus intereses, ciega para cuanto haya en ellas de ajeno o indiferente a sus designios. Esa misma pragmática amoralidad puede advertirse también en su actitud hacia la antropofagia. Así, demostrándonos de paso cómo las tres grandes abominaciones: sacrificios humanos, antropofagia y sodomía, por las que los españoles justificaban su saña hacia los indios, incluso considerando que Dios mismo los castigaba a través de sus espadas, no eran más que pretextos o coartadas para el frenético ejercicio de la dominación, en la tercera de sus Cartas de relación, como guiñándole el ojo a Carlos V, a quien se dirigía, se permite al respecto de la antropofagia un cierto tono sutilmente festivo, cuando son sus aliados tlascaltecas los que la practican: «De manera que desta celada se mataron más de quinientos [entiéndase aztecas], y todos los más principales y esforzados y valientes hombres; y aquella noche tuvieron bien que cenar nuestros amigos [entiéndase tlascaltecas], porque todos los que se mataron tomaron y llevaron hechos piezas para comer.» Ni siquiera debió de pasársele por la imaginación la idea de que un desenfado semejante, hablando de la antropofagia, podía tal vez escandalizar u ofender los oídos de Carlos V, o parecerle irreverencia hacia su Católica Majestad tanta franqueza en tan delicada materia, de puro obvia que, en su in-condicionado pragmatismo, debía de reputar Cortés la opción de permitir la antropofagia en unos aliados que, de habérsela prohibido, le habrían retirado un apoyo absolutamente indispensable para la conquista de la capital azteca. Así, Cortés subordinaba la proscripción o el consentimiento de la antropofagia a la estricta conveniencia ocasional de la conquista, sin mayor sentimiento de escándalo moral. En una palabra, era o llegó a hacerse una prodigiosamente capacitada bestia predatoria, un perfectísimo instrumento de dominación, o sea, un hombre espeluznantemente monstruoso.

Pero si Cortés puede representar tal vez, frente a los demás conquistadores, el extremo de capacidad funcional para los empeños del poder (si bien no hay que olvidar que, entrando con buen pie, la fortuna cabalga ya en parte sobre sí misma ni que el éxito exagera siempre los prestigios y los méritos), Hernando de Soto, por elegir alguno, podría ponerse como paradigma de lo opuesto, esto es, de la inhabilidad y del fracaso (siempre teniendo en cuenta el efecto de éste en el sentido simétrico contrario de exagerar de forma análoga el demérito); ambos son, sin embargo, desde uno y otro extremo, idénticos en cuanto encarnaciones de un único y el mismo impulso. Con respecto a la expedición de Soto, que, subiendo desde Florida, parece que alcanzó hasta la actual Carolina del Norte, la crónica de Oviedo dice así: «Preguntando el historiador a un hidalgo bien entendido que se halló presente con este gobernador e anduvo con él todo lo que vido de aquella tierra septentrional que a qué causa pedían aquellos tamemes o indios de carga e porqué tomaban tantas mujeres, y esas no serían viejas ni las más feas; y, dándoles lo que tenían, porqué detenían los caciques y principales, y adonde iban que nunca paraban ni sosegaban en parte alguna: que aquello no era poblar ni conquistar, sino alterar e asolar la tierra e quitar a todos los naturales la libertad e no convertir ni hacer a ningún indio cristiano ni amigo, respondió e dijo: que aquellos indios de carga o tamemes los tomaban por tener más esclavos o servidores, e para que les llevasen las cargas de sus mantenimientos e lo que robaban o les daban; e que algunos se morían e otros se huían o se cansaban; e así habían menester renovar e tomar más; e que las mujeres las querían también para se servir de ellas e para sus sucios usos e lujuria e que las facían bautizar para sus carnalidades más que para enseñarles la fe; y que si detenían los caciques e principales, que así convenía para que los otros sus subditos estoviesen quedos e no les diesen estorbo a sus robos e a lo que quisiesen hacer en su tierra de los tales. Y que adonde iban ni el gobernador ni ello lo sabían.» En otro capítulo anterior sobre esta misma expedición, Oviedo escribe de Soto lo siguiente: «Este gobernador era muy dado a esa montería de matar indios, desde el tiempo que anduvo militando con el gobernador Pedrarias Dávila en las provincias de Castilla del Oro e Nicaragua, e también se halló en el Perú y en la prisión de aquel gran príncipe Atabáliba, donde se enriqueció; e fue uno de los que más ricos han vuelto a España, porque él llevó e puso en Sevilla sobre cien mil pesos de oro y acordó de volver a las Indias a perderlos con la vida, y continuar el ejercicio ensangrentado del tiempo que había usado en las partes que es dicho...». Hasta aquí Oviedo, que unas líneas más abajo nos explica lo que ha querido decir con lo del "ejercicio ensangrentado" y por qué ha usado la palabra montería; dice, pues, así: «Ha de entender el lector que aperrear es hacer que perros le comiesen o matasen, despedazando el indio, porque los conquistadores en Indias siempre han usado en la guerra traer lebreles e perros bravos e denodados; e por tanto se dijo de suso montería de indios» (hasta aquí la cita).

De modo que digo yo que juzgan mal a los conquistadores quienes los incriminan indistintamente de vil materialismo de la codicia del oro; el oro fue en contados casos un móvil real; generalmente fue un pretexto para la hazaña por la hazaña y a lo sumo su trofeo, como lo prueba el que fueran muy pocos los casos de quienes, en vez de jugárselo y despilfarrarlo al día siguiente, supiesen apartarlo y acumularlo por despreciable amor hacia el dinero y la riqueza; lo que movió a la gran mayoría de los conquistadores fue, por el contrario, la pura inquietud espiritual de continuar el ejercicio ensangrentado de esa montería de aperrear indios.

Los perros

Ya que ha salido esta cuestión, diré que me extraña el hecho de que, frente a tanto como se ha encarecido la importancia de los caballos en las conquistas españolas -animales, al menos al principio, muy escasos, por su difícil transporte marítimo, útiles sólo en determinados terrenos-, se haya desdeñado, inexplicablemente, el papel que tuvieron que tener los perros, las jaurías de lebreles o de alanos (cruce de dogo y de mastina), animales todo terreno, insuperables para la persecución, menos dóciles que los caballos, pero portadores de sus propias armas y, por tanto, capaces de actuar solos, más dúctiles al adiestramiento y, en fin, mucho menos vulnerables, de modo que su importancia en las conquistas pudo ser a menudo muy superior a la de los caballos, como lo prueba la presencia de perros en todo tiempo y lugar, ya desde el segundo viaje de Colón, si no recuerdo mal, según testimonio de su hijo don Fernando, que sólo sería de oídas, siendo aún muy niño en la ocasión del hecho que relata: una batalla en La Española, en la que un ala la llevaron los caballos y la otra las jaurías. Pero el uso de perros no se limitaba en modo alguno a las batallas -siendo, obviamente, ineficaces en las huestes muy numerosas-, sino muy a menudo para dar caza a indios fugitivos (a los que, por ser esclavos o encomendados de propietarios españoles, los perros solían volver a traer -según se les tenía enseñado- mordidos por la muñeca hasta sus amos, despedazando al fugitivo sólo cuando se resistía), ya sea para ajusticiar, lo mismo a prisioneros cogidos en combate, sin que mediase juicio previo alguno, que a caciques o señores indios condenados formalmente por sentencia, ya, en fin, para arrancar informaciones sobre oro, probablemente aterrorizando a los que asistían al despedazamiento de uno de sus compañeros entre las fauces de los perros -procedimiento preferido por Juan de Ayora, aunque para estas averiguaciones era más usual el tormento del fuego aplicado, generalmente, a las plantas de los pies, para que la información la diese el propio torturado.

Vasco Núñez de Balboa tuvo en Castilla del Oro un perro de nombre Leoncico, famoso por su denuedo, que le ganaba en las batallas la parte de un soldado y a veces hasta dos partes, que Balboa cobraba en oro o en esclavos, y tal vez fuese el jefe de la jauría con la que el mismo Vasco Núñez, tras la batalla de Cuareca, en que murió su cacique Torecha con 600 de los suyos, aperreó sin más ni más, «cincuenta putos» -como dice Gomara, por invertidos-, que al no haber combatido, se habían quedado en el poblado. Más tarde ya de vuelta de la mar del Sur, a un cacique llamado Pacra, sospechoso de pecado nefando aunque heterosexual, tras someterlo a tortura para que confesase su pecado y para que revelase el lugar de los yacimientos de oro, una vez que hubo confesado el cacique lo primero y contestado que ignoraba lo segundo, pues ya se habían muerto los criados de su padre que lo sabían, y a él no le importaba el oro ni lo necesitaba, Balboa le echó los alanos, que en un momento lo despedazaron.

Pasando someramente la mirada por las crónicas antiguas, el rastro de los perros españoles se sigue desde La Pampa hasta la actual Carolina del Norte; en Cubagua, la islita de Cumaná famosa por sus perlas, en Venezuela, introducidos por los alemanes, merced a la concesión hecha por el emperador a los banqueros Welzer y en las expediciones de Alfinger, Vascuña, Von Spira y Federman, que los introdujo desde el Oeste, en 1539, en el Nuevo Reino de Granada -la Colombia actual-, poco después de que Belalcázar, teniente de Pizarro, a quien pronto traicionó, hubiese subido al menos hasta Cali con perros del Perú; en Santa Marta, en una expedición de Pedrarias de 1514, en Cartagena, en la expedición de Heredia de 1553, cuando ya era gobernación independiente de Castilla del Oro, y no digamos nada, para cualquier tiempo en el Darién, Panamá y Nicaragua; y, en fin, si por el Este llegaron a subir hasta la actual Carolina del Norte, por el Oeste llegaron más arriba de Guadalajara, ya en tiempos del virrey Mendoza, a raíz de la guerra de Mixtón, donde se aperrearon indios ya apresados, en el mismo campo de batalla, al tiempo que se inauguraba un procedimiento harto económico de ejecución sumarísima mediante arma de fuego que consistía en atravesar con un solo disparo de cañón cuantos indios dispuestos en hilera tuviese la bala la fuerza de ensartar.

El más famoso de los perros de Indias fue Becerillo, padre del Leoncico que Balboa se llevó al Darién. Criado en La Española fue llevado a la actual isla de Puerto Rico, «de color bermejo», nos cuenta Oviedo, «y el bozo de los ojos adelante negro, mediano y no alindado, pero de grande entendimiento e denuedo (...) porque entre doscientos indios sacaba uno que fuese huido de los cristianos (...) e le asía por un brazo e lo constreñía a se venir con él e lo traía al real (...) e si se ponía en resistencia lo hacía pedazos (...). E a media noche que se soltase un preso, aunque fuese ya una legua de allí, en diciendo: "Ido es el indio" o "búscalo", luego daba en el rastro e lo hallaba e traía» (...). «La noche que se dijo», sigue Fernández de Oviedo, «de la guazabara o batalla del cacique Mabodomoca (...) acordó el capitán Diego de Salazar de echar al perro una india vieja de las prisioneras que allí se habían tomado; e púsole una carta en la mano a la vieja, e díjole el capitán: "Anda, ve, lleva esta carta al gobernador, que está en Aymaco", que era una legua pequeña de allí; e decíale esto para que así como la vieja se partiese y fuese salida de entre la gente, soltasen el perro tras ella. E como fue desviada poco más de un tiro de piedra, así se hizo, y ella iba muy alegre, porque pensaba que por llevar la carta, la libertaban; mas, soltado el perro, luego la alcanzó, y como la mujer le vido ir tan denodado para ella, asentóse en tierra y en su lengua comenzó a hablar, y decíale: "Perro, señor perro, yo voy a llevar esta carta al señor gobernador", e mostrábale la carta o papel cogido, e decíale: 'No me hagas mal, perro, señor'. Y de hecho el perro se paró como la oyó hablar, e muy manso se llegó a ella e alzó una pierna e la meó, como los perros suelen hacer en una esquina o cuando quieren orinar, sin le hacer ningún mal. Lo cual los cristianos tuvieron por cosa de misterio, según el perro era fiero e denodado; y así el capitán, vista la clemencia que el perro había usado, mandóle atar e llamaron a la pobre india, e tornóse para los cristianos espantada pensando que la habían enviado llamar con el perro, y temblando de miedo se sentó, y desde a un poco llegó el gobernador Juan Ponce; e sabido el caso, no quiso ser menos piadoso con la india de lo que había sido el perro, y mandóla dejar libremente y que se fuese donde quisiese, y así lo fizo» (hasta aquí el relato de Oviedo). De esta manera fue, pues, cómo la costumbre india de sentarse en el suelo ante un superior a quien se teme coincidió por azar con la actitud precisa para que la vieja india lograse salvar su vida frente al perro, y cómo los resortes instintivos que inhiben en los cánidos el impulso de agresión llegaron a dar una inopinada lección de piedad a las conciencias de hombres que se decían cristianos.

Resulta asombroso y hasta cínico que todavía haya quien sostenga la falacia histórica de que en América hubo fusión de razas y culturas. En lo que toca a la fusión de razas, a raíz del exabrupto de Fidel Castro, que tanto escandalizó, Carlos Robles Piquer (según citaba entre comillas el Diario 16 del 17 de septiembre de 1985) no tuvo empacho en replicar lo siguiente: «Como es sabido, la empresa de España es una obra de mestizaje y cruce de sangres y, por tanto, una obra de amor y no de odio, como le gusta predicar a Fidel Castro» (hasta aquí la cita).

En un sentido étnico, sólo se puede hablar de amor cuando hay connubium, es decir, simetría o bilateralidad en las uniones sexuales permitidas entre dos etnias o tribus, digamos A y B, o sea, tanto en el sentido varón de A con mujer de B, como en el sentido varón de B con mujer de A. El connubium es la relación fundamental que establece el reconocimiento de la igualdad étnica o tribal entre A y B. La asimetría, esto es, la unicidad de sentido de las uniones sexuales permitidas (sólo varón de A con mujer de B, nunca varón de B con mujer de A), se opone explícitamente al connubium, como negación de la igualdad entre las dos etnias o tribus consideradas e indica además el orden jerárquico Superior-Inferior de la desigualdad, al coincidir siempre -salvo remotas excepciones de sociedades matrilineales- con el orden Varón-Mujer de las únicas uniones sexuales permitidas.

El mestizaje americano se atuvo a una relación rigurosamente asimétrica; las únicas uniones sexuales que se dieron fueron las de varón blanco con mujer india. Y por mucho que en 1514 se autorizase el matrimonio entre españoles e indias (sin duda mucho más por reconciliar con la Iglesia y poner en paz con Dios a esos españoles en pecado de barraganía, que por dar alguna protección legal a sus indias y a sus hijos frente a irresponsabilidades o abandonos de los amantes blancos), tal sacramentalización tuvo escaso éxito, pues el casarse con indias fue socialmente tenido por deshonroso, de modo que el mestizaje no puede recibir, étnicamente hablando, otro nombre que el de violación de los conquistados por los conquistadores, de los dominados por los dominadores, de los siervos por sus amos. La hembra blanca permaneció, étnicamente, virgen. ¿Dónde está, pues, la «obra de amor» de que habló Robles Piquer? ¿Acaso en el prostíbulo ambulante que la expedición de Soto llevó desde Florida a Carolina del Norte detrás de sí y cuya plantilla de indias tenía que ser constantemente renovada por otras de reemplazo, ya sea capturadas en entradas armas en mano, ya recibidas de manos de caciques más atemorizados que amistosos, por las muchas que iban muriendo en el camino, al seguir a los españoles uncidas unas a otras en colleras, tras el agotamiento de sus prestaciones sexuales nocturnas y sus servicios domésticos diurnos? Sin duda, éste puede representar un caso extremo, del que pocos mestizos llegarían a nacer, pero es una medida de valor que no puede dejar de contar en el cálculo del término medio de lo que llegó a valer la mujer india para el varón español en esa «obra de amor» que para Robles Piquer fue el mestizaje.

Al Santo Padre Juan Pablo II no se le ocurrió mejor cosa que ir a decir que el descubrimiento, la conquista y la colonización de América no habían sido un fracaso sino un triunfo del Cristianismo precisamente a Puerto Rico, donde, como es sabido, los habitantes tainos, Junto con los de las otras grandes Antillas que ocupaban, se habían extinguido ya del todo hacia 1540. Se ha explicado tan rápida extinción de esta etnia entera, más que por las muertes producidas por los españoles o por la simultánea destrucción de sus configuraciones de vida y sociedad, por el contagio de enfermedades traídas por los invasores, contra las que los isleños carecían de defensas orgánicas.

Es muy verosímil que la obra de estos contagios tuviese la importancia que se le da, pero, por lo pronto, es muy difícil separar su poder mortífero de la dispersión y desarraigo de los individuos de sus comunidades y asentamientos primitivos, para ponerse al servicio de los cristianos. Así que, aunque éstos hubiesen desplegado un verdadero celo misionero en las Antillas, lo más que podrían decir sería: «Nuestra intención de ganar nuevas almas y nuevos pueblos para la fe de Cristo no pudo ser mejor, pero no podíamos prever que las enfermedades acabarían tan rápidamente con nuestros catecúmenos, así que llegamos a tiempo para poco más que darles cristiana sepultura.» La Cristianización de las Antillas vino, así, a reducirse a ponerle una cruz a la fosa común de la entera progenie que, por la propia llegada de los cristianos, se extinguió.

Decir otra cosa es persistir en la concepción territorialista que la Iglesia aprendió del Estado, en que la expansión del Cristianismo, más que en ganar nuevos pueblos para la fe de Cristo, consiste en añadir nuevos territorios a la Administración Romana, con fundación de nuevas sedes episcopales y provisión de los correspondientes titulares, pues lo único que en realidad quedó definitivamente convertido al Cristianismo fue el puro territorio de las islas, trocado en cementerio de sus aborígenes.

Fernández de Oviedo comparte, avant la lettre, la concepción territorialista de Juan Pablo II cuando, a propósito de la extinción de los tainos en La Española, dice: «Ya se desterró Satanás de esta isla; ya cesó todo con acabarse la vida e los más de los indios, y porque los que quedan de ellos son ya muy pocos y en servicio de los cristianos» (hasta aquí la cita). Si se trataba de acabar con los paganos, era, en efecto, más inequívoca y expeditiva la muerte, ya por contagio de gérmenes, ya por tajo de espada, que la siempre dudosa conversión.

Un tópico frecuente sobre el descubrimiento es el de decir que, con Colón o sin Colón, se produjo en el momento histórico preciso en que tenía que producirse, como si los acontecimientos históricos fuesen como las brevas en la higuera, que tienen su momento de madurez y su punto de sazón. Se alega, a tal respecto, no sólo el desarrollo tecnológico de la navegación, sino también no sé qué espíritu humanista, que, en realidad, fue más bien la destrucción de toda moral pública o civil, y no digamos en cuanto a la ética internacional o derecho de gentes. Las condiciones tecnológicas no afectaron mínimamente al hecho de que el descubrimiento les pillase a los castellanos totalmente desprevenidos tanto intelectual como, en mucho mayor grado, moralmente, abriéndoles un horizonte que desbordaba todo lo concebible y conmensurable con su conocimiento y para su conciencia. Lejos de estar a la altura del novísimo panorama que se les presentaba, se vieron, por el contrario, tan atónitos, desbordados y arrollados como los indios mismos.

Lo paradójico y pintoresco del caso fue que las únicas reservas de humanidad (cosa que no hay que confundir con «humanismo») y de conciencia capaces de encarar la novedad con un mínimo de responsabilidad, de prudencia y de respeto, y, sobre todo, el único caudal de sentimientos universalistas que se requería, no estaban en el tan cacareado espíritu renacentista, sino en la tradición medieval de la escolástica tardía; los únicos que hicieron saltar la chispa del escándalo ante la barbarie desencadenada del renacentismo fueron los anticuados continuadores de Tomás de Aquino.

El renacentista y humanista era el doctor Sepúlveda, que resucitaba, sin empacho, la doctrina aristotélica según la cual la conquista y la dominación estaban justificadas si eran impuestas por un pueblo más culto sobre otro más inculto y bárbaro; el medievalista y retrógado era Melchor Cano, discípulo predilecto de Vitoria, que negaba, en cambio, que la superioridad cultural confiriese ningún derecho de soberanía sobre el más primitivo, y que se preguntaba incluso si la configuración social de los españoles no sería destructiva para los indios, diciendo textualmente: «No conviene a los antípodas nuestra industria y nuestra forma política.»

Esta era la delicada tradición capaz de ponerse, con su verdadero universalismo, a la altura del descubrimiento, al saber percibir la diferencia de los indios y respetarla. Encuentro entre distantes, sin previo y parsimonioso recorrido de aproximación, súbita inmediatez cara a cara entre diferentes, sin lenta y paulatina comparación, determinación y reconocimiento de las diferencias jamás puede ser encuentro sino encontronazo, con toda la brutalidad de un puro choque, que convertirá la diferencia en ciega e impenetrable otreidad. Pero la otreidad es fundamento de casi inevitable antagonismo, cuando no consecuencia de él.

La otreidad propone automáticamente jerarquía, como hemos visto a propósito de la asimetría sexual; la decisión corresponde siempre al contraste de las armas: quien vence es superior y quien es superior domina. Las leyes de Burgos de 1512, más que leyes, parecen denuncias, al prohibir literalmente llamar a los indios perros y darles palos.

La envidia del Imperio

Lo que pretende este Quinto Centenario -junto con otros propósitos todavía más indignos y superficiales- es tal vez inventarse a quinientos años de distancia un Imperio Español que, bien mirado, no llegó a existir. Me explicaré: todo espectáculo necesita, para serlo, conseguir credibilidad ante los espectadores; si no es creído por los espectadores, el espectáculo no existe como tal. La tragedia del gran espectáculo, de la gran ópera wagneriana, que hoy muchos querrían que hubiese sido el Imperio Español, es que no pudo llegar a ser creído por los espectadores de su tiempo, porque hubo todo un gallinero abarrotado de reventadores que, desde que se alzó el telón hasta que los alguaciles se vieron obligados a desalojar la sala, no dejaron de patear un solo instante. Con semejante pateo de los reventadores el espectáculo perdió toda posible credibilidad y se malogró como un niño nonato. Y así fue como el Imperio Español nunca existió. La secreta amargura de las posteriores generaciones hasta la propia de hoy es que a España nunca le fue reconocido con sincera convicción haber tenido imperio, como sí, en cambio, se le había reconocido antes a Roma y se le reconocería después a Gran Bretaña. Ante ellas los españoles vienen sufriendo silenciosamente una especie de envidia histórica, porque la envidia tiende a proyectarse sobre las cosas menos envidiables. Pero romanos e ingleses acertaron a cuidar sus representaciones imperiales y a seleccionar los espectadores; y así la infamia humana que fueron sus imperios consiguió ser creída y aplaudida como un espectáculo grandioso. ¿Por qué a nosotros -dicen los españoles-, que nos esforzamos tanto como ellos, que desencadenamos tanto furor, tanto tormento, tanta sangre y tanta muerte como ellos, no nos son concedidos en la Historia Universal análogos honores imperiales? Porque dejasteis -les contestan- que el gallinero se os abarrotase de rufianes, carentes de todo sentimiento de grandeza, renuentes a todo entusiasmo de dominación, insensibles a la sublimidad del sacrificio y el pathos de la sangre; por eso vuestra Gran Opera Imperial acabó redundando en un fracaso estrepitoso. Y aun desde el principio dejasteis que el argumento mismo fuese discutido por esa partida de indocumentados, de perros callejeros, de frailazos comedores de berzas cocidas con ajo y con sal. ¿Cómo queríais que con esa gentuza abarrotando el gallinero saliese adelante el sublime espectáculo histórico que viene a ser toda gran ópera imperial, comprensible tan sólo para espíritus egregios y elevados? Todo lo cual me sugiere que, en lugar de una festiva conmemoración, lo indicado sería, precisamente, resucitar la noble tradición de los reventadores del Imperio Español, hoy tan alicaída, que si los reventadores de obras malas siempre fueron saludables para el teatro, no digamos lo urgente que serían para la historia, y revolverlos de nuevo no sólo contra el imperio español y los anteriores y siguientes, sino contra la propia Historia Universal.

Toda conmemoración es, por naturaleza, apologética y, consiguientemente, no neutral, ni, mucho menos, crítica. Conmemorar una cosa comporta aprobarla y hasta glorificarla, y por añadidura que los conmemorantes se identifiquen con los conmemorados por una especie de mística vía transhistórica. Apenas la organización del centenario intentase introducir en él un solo elemento crítico, el público sería el primero que lo rechazaría, argumentando, con entera lógica, que corro se le invitaba a conmemorar festivamente sucesos que repugnan a la sensibilidad y a la moralidad actuales y vigentes y a identificarse de algún modo con autores de sucesos tales, a él, que mira con escándalo situaciones presentes bastante más benignas, como las que concurren en la Unión Sudafricana.

Lo que no han acertado a percibir los promotores del indigno festival es que, una vez aceptada la opción estética de la grandeza, se abren de par en par, aun sin quererlo, las puertas a la peor literatura orteguiano-falangista, y a los más detestables ripios fascistoides del propio Antonio Machado, sobre «la España del cincel y de la maza / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza». La celebración del Quinto Centenario reavivirá todas las falacias de aquella retórica orteguiana del «proyecto sugestivo de vida en común», como -son sus palabras - «un proyecto incitador de voluntades, un mañana imaginario capaz de disciplinar el hoy y de orientarlo, a la manera en que el blanco atrae la flecha y tiende el arco», y en el que -sigo citando- «la vaga imagen de tales empresas es una palpitación de horizontes que funde temperamentos antagónicos en un bloque compacto» (hasta aquí Ortega). Pero ninguna de sus euforias estetizantes se vería tan desmentida por una somera lectura de las crónicas antiguas como la de que -vuelvo a citar literalmente- «en la colectividad guerrera quedan los hombres integralmente solidarizados por el honor y la fidelidad, dos normas sublimes». Si algo resalta escandalosamente en las crónicas de Indias es la extrema rareza del caso de dos conquistadores españoles, miembros, supongo, de una colectividad guerrera, que se llevasen bien, que no tuviesen inquinas y querellas entre sí, pues no puedo reconocer como amistades las frecuentes complicidades de interés frente a terceros. Resalta, por eso, como una excepción, la amistad afectuosa, confiada y perdurable que hubo entre Cortés y su capitán Sandoval. Y citaré, al respecto, el comentario que hace Fernández de Oviedo a propósito de una anécdota concreta: «Faltar un hermano a otro» -dice textualmente- «en tiempo de necesidad se ve pocas veces, sino en aquestas partes, donde hay poca amistad entre los hombres». Es sorprendente que se siga encareciendo la conquista, donde, por faltar a toda virtud humana, hasta la lealtad de convivencia entre españoles se vio rebajada a sórdidas complicidades de truhanes. Es una lástima, pero incluso al respecto de las dos normas sublimes que Ortega atribuye a la colectividad guerrera, la epopeya española falla lamentablemente, y, a poco que se repasen las crónicas con un mínimo de exigencia y honradez, se verá cómo no puede Proporcionar satisfacción alguna ni siquiera a los degustadores de la historia según la estética de la grandeza.

Estos degustadores de grandezas -acaso con la sola excepción del Hegel más genuino y radical- necesitarían, además, que hubiese, como en toda gran ópera wagneriana, cual la que ellos querrían que hubiese sido la del doblemente presunto Imperio Español, verdaderos protagonistas personales, sujetos libres, dueños de sí mismos, y auténticos autores de sus grandes hazañas, no meros agentes ejecutores, mandatarios o hasta puros posesos enajenados de su propio ser, como realmente fueron en uno u otro grado los conquistadores, instrumentos, en fin, de la Historia Universal.

Ira de Dios, azote de vesania y de martirio fue el desatado furor de dominación con que el huracán de la Historia Universal, reactivado por un descubrimiento que desbordó las conciencias de los descubridores tanto como dejó atónitas las de los indios, arrebató a los españoles en la conquista del imperio de ultramar, configurándolo desde el principio como una pura fábrica de sufrimientos y, como tal, renovado sin alivio, y a veces hasta agravado por un aumento de productividad, por el criollaje que se alzó con la herencia de los padres fundadores y que aún se cuida periódicamente de engrasarla aquí y allá como máquina de infelicidad y de injusticia, con arreglo al modelo de cuya construcción los inescrutables designios del Señor de los Ejércitos hicieron ejecutores a los españoles.

Fue uno de los menos simpáticos y más discutibles detractores de la imperial empresa quien, sin embargo, más se aproximó a la intuición fundamental. Tiene razón Menéndez Pidal cuando lo acusa -como en su tiempo lo habían acusado algunos- de que su pretendido amor hacia los indios era mucho menor y menos evidente que su odio hacia los españoles.

El aborrecimiento por los españoles era, intuitivamente, aborrecimiento por la Historia Universal, supuesto que eran los españoles quienes, en su triunfante papel de ejecutores del furor de predominio, aparecían como la encarnación visible que ostentaba su representación. «Las Casas» -dice Menéndez Pidal- «quisiera deshacer la historia universal, como quiere que se deshaga y vuelva atrás la historia indiana de España». Don Ramón se refiere aquí a la circunstancia de que Las Casas, sobre la falsilla de la aborrecida conquista hispana de Ultramar, no reparase en revolver sus iras contra el imperio Romano y el Alejandrino.

En efecto, Bartolomé de las Casas estuvo a un paso de que su intuición alcanzase el concepto que le correspondía, pero las concretas atrocidades de los españoles singulares fueron los árboles que no le dejaron ver el bosque, y éstos los particulares sujetos empíricos que retuvieron su intuición en los umbrales mismos del universal real: el principio de dominación en cuanto mal sin malos.

Mas no por eso sería justo dejar de hacerles el honor de aborrecerlos, tratándose, así, como si hubiesen sido los sujetos libres, dueños de sí mismos, que habrían podido ser, precisamente con la intención póstuma, y aun en cierta manera paradójica, de redimirlos de no haberlo sido. Para Castilla del Oro, que, además del Darién y Panamá, incluyó hasta 1524 la posterior gobernación de Santa Marta y hasta 1532 la de Cartagena, Fernández de Oviedo estima, desde 1514 hasta 1542, una despoblación de dos millones de indios, entre matados por los españoles y deportados como esclavos, cifra indudablemente exagerada, como todas las que redondean en varios ceros, pero en modo alguno inverosímil por un lapso de veintiocho años. Sea como fuere, y a tenor de lo dicho más arriba, creo obligado citar uno de los párrafos finales de su relato de los hechos de Castilla del Oro, de los que ha sido durante no pocos años testigo de vista.

Después de enjuiciar, uno por uno, a los 45 capitanes que ha conocido allí, se detiene en los seis personajes principales: el gobernador Pedrarias Dávila, el Obispo Juan de Quevedo, el alcalde mayor, licenciado Gaspar de Espinosa, y los tres cargos clásicos de la Administración española: tesorero Alonso de la Puente, contador Diego Márquez y factor Juan de Tavira, para añadir después literalmente: «Pero no quiero ni soy de parecer que se cargue toda la culpa a los seis que he dicho, ni tampoco absuelvo a los particulares soldados, que como verdaderos manigoldos o buchines o verdugos o sayones o ministros de Satanás, más enconadas espadas e armas han usado que son los dientes e ánimos de los tigres e lobos, con diferenciadas e innumerables e crueles muertes que han perpetrado tan incontables como las estrellas...»


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03