De vuelos y permanencias

DE VUELOS Y PERMANENCIAS

Juan Armando Epple

Literatura Chilena en el Exilio. N 12 octubre 1979

Las calles comenzaban a llenarse de bocinazos, frenadas, gritos de vendedores ambulantes, gente que pasaba por aquí por allá con su prisa anónima, perfectos desconocidos para otro día más que no sabia cómo repartir su aire todavía. frío. Sólo la plazuela conservaba algo de esa intimidad provinciana que ya estaba añorando, apenas dos semanas en Santiago y sin haber conocido ninguno de los sitios importantes que los demás contaban al regreso, dándose ínfulas y mirando sobradamente a los no iniciados. Parpadeó la luz verde y él esperó un momento a ver si alguien más cruzaba, pero tuvo que decidirse a hacerlo solo, sin mirar la fila de autos con sus motores amenazantes, caminando con un cauto descuido que sólo se aflojó cuando llegó a uno de los bancos de fierro de la plaza, que vista desde su centro le pareció aplastada y vacía. Una vez me pilló el cambio de luces en la mitad de la Alameda (el Catulo, levantando las cejas), ¿y sabís lo que hay que hacer en estos casos? (el Oscar, canchero), ni sospecha, hay que quedarse parado, sin mover ni las orejas, y así los autos te van haciendo el quite, cachai? , hasta que pasan todos y te dejan cancha libre, bueno, yo lo hice así (el Catulo, choreado), pero no hay que meterle tanta teoría: igual te quedas tieso con el vientecito de las máquinas.

Se abrió un poco la camisa para dejar que el sol hurgueteara entre los pelos que empezaban a teñirle el pecho. La brisa entretenía los papeles sucios y el polvo, y las palomas parecían correr ufanas detrás de sus primeras migas, ajenas a los escasos transeúntes que cruzaban por el lugar. Un helicóptero apareció de pronto en el cielo, sin que él alcanzara a descubrir de dónde, dio un par de vueltas como si buscara un punto de la ciudad donde posarse, y luego se alejó. Para hacer tiempo repasó su listita mental de turista fuera de época: los juegos Diana tenis que irte con cuidado porque está lleno de mafiosos y maricones (otra vez el Oscar), el cerro Santa Lucía, te llevas tu guapa mina y la haces ver Santiago en pelotas (el Catulo, que cree que en todas partes las están dando), el Cinerama, es como estar participando en la función, el Zoológico, capaz que te confundan y te dejen enjaulado (el Gringo, chistoso), un partido del Colo Colo en el Nacional, la Alameda, chis, pero en la tardecita (el Catulo, dispuesto a inventarse otra historia), ahí siempre se ven cosas raras, y no te olvides de las librerías de viejo de la calle San Diego (el Gringo, aprontándose a encargar lo que no hay). Pero de allí habían salido, con seguridad, La Montaña mágica y los tomos kilométricos del Juan Cristóbal que su papá se empeñaba en hacerle leer cuando iba cada verano al lugar aislado que el viejo conservaba tercamente como casa, allá en el Sur, y que podía ser campo lleno de alfalfa jugosa para morder al descuido, mirando a las alemancitas que pasaban a tostarse sus delikatesen a la playa, caleta de pescadores cuando el aire tibio atraía los robalos o un verdadero cementerio si empezaba a llover. ¿Y tú en serio te dedicaste a leer eso? (el Gringo, invitando una pilsener en el Vienes), ni amarrado, pero yo usaba las tapas para despistar, porque el viejo no sabe que ya me había conseguido El Amante de Lady Chatterley. Con desasosiego y ternura lo imaginó pegado a la radio, o deambulando por el muelle en busca de alguna embarcación que lo lleve río arriba, hasta el puesto de correos de Trumao. Hubiera querido decirle que el golpe había sido más terrible de lo que habían sospechado muchos, hablarle del zumbido de los aviones y las bombas, del Chicho Allende cumpliendo a la letra lo que él ya había escrito, sólo acribillándome a balazos podrán impedir..., los tres encerrados en la casa de la hermana, los que calan luchando desesperadamente y luego eran un número más en el recuento tendencioso de los bandos militares, y de la extraña impasibidad diurna de esa ciudad que visitaba por primera vez, y que sabía que ya no era la misma. Pero sólo deletreó que todos estaban bien, iba a ver si encontraba los repuestos que le había encargado y luego se volvía al sur, no vaya a ser que se reinicien las clases de un día para otro, Se paró a estirar las piernas, guardando en la chaqueta el libro con las tapas azules ya estropeadas. Caminó hasta una esquina, tratando de retener la imagen de unos edificios antiguos, háblenme de rascacielos, los buses que pasaban sacando chispas de las interferencias de los cables, el San Cristóbal recortando en la cima una virgen algo borrosa por el smog, háblenme de cielos, la Estación Mapocho alzada al final de la avenida como una catedral oscurecida por el hollín. Se dejó llevar, indolente, tras la figura de una muchacha que se destacó entre el gentío, pero que desapareció demasiado pronto. Si vas a Santiago no te olvides de llamarme, para que salgas conmigo. Y luego, tierna y teatral: despidámonos aquí, en medio del paisaje que nos ha enseñado a ser felices, nunca voy a olvidar este verano, ¿y tú? . Esta naturaleza tan distinta a esa alienación de la ciudad. Por suerte los meses pasan rápido, otro verano y volveremos a vivir este amor bajo el mismo cielo. Chitas que estaba lanzada al romanticismo (el Gringo, confidente) ¿y te ha escrito?, lo único que me mandó fue un disco estúpido, de esos que editan en la época de clases, sobre la playa, tu piel con sabor a sal, las gaviotas y otras pendejadas por el estilo. ¿Y tú como te lo tomaste? Usted sabe, compadre, uno tiene experiencia en estas cosas... los pololees hay que tomarlos deportivamente. Aunque, para serle franco (otra pilsener, la pago yo) los primeros días como que anduve algo noqueado, porque la verdad es que me había quedado gustando. Algo que a cualquiera le pasa... porque ¿cómo estamos por casa? Además, tenía esa manera de asombrarse por todo lo que veía, con esos gestitos, que uno se sentía importante. Claro que metiendo a veces unos terminachos que te dejaban en calidad de tarado. Siempre la misma onda: vienen al Sur a descubrir las maravillas del campo, aburridos de la capital, lateados con estos paisajes provincianos (el Gringo, sus meditaciones), el hombre es un ser descontento por naturaleza (el Oscar, agarrando la onda filosófica), habría que proponer una mudanza colectiva (el Catulo, meando fuera del tiesto), bueno compadres (el Gringo, descubriendo el vaso vacío), aquí el compañero explicó sus desapariciones veraniegas, y en resumen: lo pasó mejor que nosotros, que no agarramos ni papas últimamente.

De pie en medio de la plazuela, olvidando un momento los ruidos circundantes, se regaló otra vez los versos que una vez había memorizado, y que le habían caído justos, como hechos por encargo, 'Tu presencia es ajena, extraña a mi como una cosa. / Pienso, camino largamente, mi vida antes de ti. / Mi vida antes de nadie, mi áspera vida. / El grito frente al mar, entre las piedras, / corriendo libre, loco, en el vaho del mar. / La furia triste, el grito, la soledad del mar. / Desbocado, violento, estirado hacia el cielo'. Se dedicó a leer los letreros de los buses, mirando de vez en cuando el reloj, como para justificar la espera. Las calles no ofrecían ningún movimiento especial. Expandió los pulmones para atrapar un poco de aire fresco, y tuvo otra vez la sensación molesta de haber errado el vuelo, de haber caído en un valle de cemento donde los seres y las cosas arrastraban el reverso de la vida, en un remolino espeso y sin forma: rostros sin sonrisas, árboles aturdidos por el polvo, pasos desmenuzándose en una prisa inexplicable, hojas sueltas de periódicos usados. Me equivoqué de fecha para venir a Santiago, pensó, y con la suertecita que me gasto últimamente ahora falta que me haya equivocado de plaza.

Entonces vió el cortejo. Surgiendo de una bocacalle imprevista, como una pequeña sombra que se siente desorientada por el vaivén de la avenida principal y luego ubica el rumbo correcto, fue avanzando en una lenta ondulación que poco a poco permitió distinguir el furgón negro, cubierto de coronas de flores, y detrás el grupo heterogéneo de obreros, mujeres, estudiantes, y uno que otro de aquellos personajes que había visto antes en los diarios.

Notó, con sobresalto, que una patrulla policial iba a corta distancia del desfile, manejando con pericia las enormes motos, deteniéndose para mirar hacia atrás y bajando las botas al descuido, como si su única preocupación fuera abrirle paso a otro de los tantos personajes que habían marchado por esas calles hacia una cita trascendente, para ser aplaudidos y muchas veces olvidados. Pero aquí tienen que andar otros de civil, pensó, ubicando gente y tomando fotos. Empezó a caminar por la vereda, a una distancia que le pareció perfectamente ambigua, mirando a la gente como quien observa un hecho gratuito, una curiosidad más de las que se regalan en cualquier ciudad a cualquier hora del día. Trató de olvidar el cosquilleo en el estómago, pero el silbido se le deshizo en la lengua con un ruido estúpido.

En la primera fila distinguió a la mujer pelirroja, cuya sonrisa ancha, de dientes grandes y labios firmes y carnosos, se había prodigado en innumerables fotos durante los últimos años del poeta. Todo el mundo sabe cómo se llama, se dijo, reconociéndola. Caminaba con cierta decisión, el pelo cayéndole de soslayo en los ojos, dejando entrever una mirada ausente. No ha tenido tiempo de llorar, pensó. La imaginó deambulando por la casa, entre los ventanales rotos por el saqueo de la patrulla militar, recogiendo libros estropeados o caracoles con trizaduras. También distinguió a otra mujer de luto, que a veces se adelantaba desde la segunda fila y con voz enronquecida, a punto de gritar, recitaba largas estrofas inconclusas que él no supo distinguir, pero que le parecieron trozos de historias de esas que deberían conocerse en las plazas públicas o en los mercados. Era una mujer baja, morena, con anteojos gruesos que hacían más redondo el rostro a la vez tierno y enérgico. Calculó que tendría hijos grandes, que lavaba ropa en una artesa y que sería conocida y admirada en su barrio. No pudo adivinar su oficio, pero tuvo la seguridad de que había vivido cada año de su vida, que había leído otras cosas y que no tenía miedo.

Cuando el cortejo llegó a la próxima esquina, deteniéndose mientras un policía modificaba el tránsito de vehículos, aprovechó la confusión momentánea para colarse en la fila y quedar oculto entre la gente grande, como un pájaro, Miró a los que iban a su lado, pero todos parecían concentrados en el furgón que encabezaba la marcha, y que volvía a moverse flanqueado por las motos de carabineros.

Al comienzo el grupo le pareció pequeño, pero estando adentro lo sintió crecer y ramificarse con la gente que salía a las ventanas y luego tornaba a cerrar los postigos, o con los que los acompañaban un trecho, caminando por las veredas como transeúntes indiferentes, y luego se perdían en alguna esquina, volviendo subrepticiamente la vista. Metió las manos en la chaqueta, palpando el lomo del libro. Entonces sintió que le tocaban suavemente el hombro.

- Qué lleva en el bolsillo.

Miró con desconfianza, y vió que su acompañante de la izquierda le dedicaba un guiño y luego desplegaba una mirada impasible hacia las primeras filas.

- Es un libro - le contestó, sin mirarlo.

- ¿Del poeta?

- Del poeta.

- Será de los que no están prohibidos. De los que uno puede llevar en el bolsillo sin problemas.

- Son los veinte poemas - trató de que en la respuesta no se le enredara esa vergüenza adolescente que le apretaba los riñones.

- Es un lindo libro - le dijo su acompañante, suavizando la voz. Y dedicándole una sonrisa:

- Un libro que leí igual que usted: yo también he estado enamorado. Pestañeó rápido, como ocurría cada vez que se le perdían las respuestas. Se rascó la nariz y se dedicó a observar al hombre. Llevaba un traje oscuro, bastante viejo pero planchado con esmero, una camisa blanca con las puntas dobladas y una corbata gruesa y oscura. El rostro, muy tostado y con arrugas firmes que modelaban su propia sonrisa cuando entrecerraba los ojos, dibujaba esa edad que se queda en una interrogante que nadie va a tomar en cuenta cuando se trabaja al aire libre. Pensó

es un obrero de la construcción, un estibador, un ex tripulante de la marina mercante. Recorrió la figura que marchaba con una solemnidad incómoda, con las manos cortas y gruesas cruzadas cerca de la pelvis, como aceptando una fotografía, y pensó en un dieciocho de septiembre, en niños manoteando globos y banderitas en el parque mientras los mayores buscaban las fondas.

- Pero no es mi caso - se defendió - . Lo traigo por pura casualidad. Además, ya no es tiempo de andar pensando en las niñas y alabándoles sus caras bonitas...

- Siempre ha habido tiempo para todo - le dijo el hombre, como hablando para sí - lo importante es saber vivirlo. Y aquí el poeta - y señaló con el dedo a la figura invisible -tiene mucho que decir al respecto.

Avanzaron en silencio. El cielo se limpiaba a retazos, con nubes que borroneaban la capa cenicienta instalada en el aire, hasta dejar caer un poco de sol.

- Usted de dónde es, si no es indiscreción - dijo de pronto el acompañante, para anudar el diálogo - , quiero decir, antes del golpe... .

- Soy del sur, de Río Bueno - y tratando de precisarle a un capitalino - queda entre Valdivia y Osorno, donde está el río que divide...

- Ah, Río Bueno - el hombre extendió su sonrisa - buenos patos y truchas se suelen encontrar bajando hacia La Barra...

- ¿Usted conoce? - el muchacho lo miró abriendo la boca como un iluminado.

- De conocer, conozco. Pero digamos que sólo de pasada, puntualizó. Fue cuando volví del Norte, donde la pega en las salitreras se ponía difícil, y pensaba que en Chiloé o Aysén las cosas se darían mejor. Luego volvía tentar suerte en el puerto, en Valparaíso.

El muchacho sintió que se acercaba a alguien que llevaba cosas especiales para compartir, cosas que estaban más allá del día y sus calles vigiladas pero al mismo tiempo más cerca que las palabras y las preguntas de reconocimiento.

- Y usted ¿dónde trabaja? Quiero decir, antes del golpe... El hombre se dedicó un suspiro ostentoso, y extravió la mirada en el aire:

- Esta es una pregunta difícil. La verdad es que he estado en varias partes. Como ser: le he trabajado al salitre, a la pesca, a la agricultura, le trabajé al pan aquí mismo en Santiago, y así. O sea que he andado en muchas partes: también en el mar y la cordillera. - Lo miró como calibrándolo - también le he trabajado a la organización sindical, y otras cosas que ahora no es del caso.

- ¿Y no ha tenido problemas estos días? Digamos, todo esto que está pasando...

El otro contrajo la quijada, le echó una ojeada al muchacho y borró la sonrisa apretando los labios como una ostra:

- De haber problemas, problemas hay. Pero baste saber que estoy cesante.

- Era sólo por preguntar - se disculpó el muchacho.

- En todo caso, lo importante es que estamos aquí - el hombre indicó con la vista a la gente que marchaba - . Además, compañerito - el muchacho sopesó en el hombro la mano gruesa y afable - qué le puede hacer el agua al pescado ¿no?

El joven notó que el grupo iba creciendo. Algunas personas que había visto al comienzo ya no estaban. Pero se habrán integrado otras, saliendo de alguna esquina, un paradero de buses, la puerta de un almacén, un bar con sus puertas semicerradas, un quiosco de diarios.

- Pasando a otra cosa - le dijo el acompañante, después de escarbarse un trozo de comida inexistente con el dedo meñique - ¿usted alcanzó a oír a esa compañera que venía recitando algunas cosas del poeta? ¡Qué memoria! - movió la cabeza con admiración.

- Sí, alcancé - y se atrevió con la pregunta - ¿pero qué poemas eran esos?

Ahora no lo miró, sino que dejó caer una respuesta seca, suficiente:

- El Canto General.

El joven se vió a sí mismo hojeando desesperadamente páginas y páginas de una edición Losada, saltando cosas que no sentía suyas, buscando únicamente aquellos versos que fueran solidarios con su condición de amante pobre y desgarbado rondando una ventana que en un momento fue complaciente. Meterse con minas casadas es peliagudo (el Oscar, sentencioso), te dan el golpe del conejo y si no te agarras bien, a la lona (el Catulo, escarbándose la propia herida), pero todo depende (el Gringo, conciliador), a lo mejor te pusiste muy puntudo y olvidaste el toque romántico: a la mujer el corazoncito también le palpita en el pecho. Y por último, como dijo Platón (o sea, el Oscar) al mal tiempo buena cara. Porque además hay otras cosas que han andado medio descuidadas: ¿qué tal andamos con las actividades del centro de alumnos?

- Creo que no he leído el Canto General - le dijo, retador pero en cambio me acuerdo bien de España en el Corazón Hay un poema donde Neruda se acuerda de sus amigos tres amigos que vivían en un barrio de Madrid, compartiéndolo todo, hasta que vino el fascismo y destruyó el vino, los cantos, las flores... Es ese que dice; 'y una mañana todo estaba ardiendo' y al final explica 'venid a ver la sangre por las calles', y antes 'pero de cada niño muerto nace un fusil con ojos, / pero de cada crimen nacen balas / que os hallarán un día el sitio / del corazón'. ¿Qué me dice de eso?

- Yo vivía en el Sur, en Puerto Montt - habló el otro con voz lenta, como escarbando los recuerdos - era más joven que usted y creíamos que en Europa se definiría el curso de la revolución. Cuando estalló la guerra civil, estuvimos pendientes de las noticias que llegaban de España, y como hablamos tenido nuestra propia República Socialista, decían con orgullo los mayores, y más enredada que abrazo de pulpo, soñamos como niños chicos con la madre patria. Una vez, con un grupo de compañeros estuvimos esperando un barco que pasaría a buscarnos como voluntarios para las Brigadas Internacionales. No me va a creer. Hablamos juntado pan, charqui, papas, nuestras escopetas... La cuestión es que el barco nunca pasó, vaya uno a saber por qué, y cada cual tuvo que volverse a la casa. Pero luego vino el Frente Popular, y de allí en adelante nos dedicamos a esta lucha, que tanto nos ha costado.

- O sea que usted lleva harto tiempo en la chuchoca. ¿Y no cree que esta derrota se debe a que los dirigentes no fueron capaces de superar los esquemas del Frente Popular e impulsar una vía distinta? ¿Que éstos eran otros tiempos, que exigían otros métodos de lucha?

El hombre le dirigió una mirada rápida. Se rascó una oreja, como si le costara encontrar las palabras.

- Usted habla bien. Se nota que ha leído cosas de avanzada. Qué le podría decir ahora. Lo único que sé es que las vías de lucha no las programan los dirigentes con la pura inspiración: que no nacen de los discursos ni se forman con la pura voluntad.

- Pero que ha habido errores, los ha habido. Y del porte de un buque. No supimos defender el proceso, y ahora estamos pagando las consecuencias.

- Es verdad que nos están dando duro. Qué quiere que le diga: nos están sacando la cresta - había alzado sin querer la voz, y al darse cuenta que uno de los que iba adelante volvía la cabeza, bajó el tono - pero eso no significa que estemos liquidados. Lo peor que nos podría pasar es caer en el derrotismo, y sobre todo ustedes, los más jóvenes. Aunque a veces, cuando hay poca experiencia en las cosas que hay que enfrentar, yo le voy a decirle que...

- Si es por experiencia, no es poca cosa lo que hemos vivido los jóvenes hasta ahora: el gobierno momio de Alessandri, el terremoto del sesenta, la revolución en libertad de Frei, otro terremoto, la vía al socialismo, y ahora esto. ¿Le parece poco? El hombre lo miró de soslayo, y lejos de enojarse con la interrupción, pareció complacido con esa irritación orgullosa que marcaba la enumeración del muchacho. Este había empezado a mirar hacia una de las ventanas entreabiertas, dispuesto a desentenderse del viejo.

- Es verdad que estos han sido años muy movidos - el hombre movió la cabeza y chasqueó la lengua con admiración - ¡la cantidad de cosas que han ocurrido en estos tiempos! ¿Pero sabe qué más? El muchacho le lanzó una mirada distante.

- Que yo no he estado de vacaciones todos estos años. El muchacho iba a replicar algo, pero el viejo le hizo un gesto amistoso:

- Lo que quiero decirle es que lo importante es que estamos aquí. Usted ha venido aquí por lo mismo que yo, y nosotros estamos aquí por lo mismo que están todos estos compañeros. A lo mejor si nos ponemos a discutir como si estuviéramos en una asamblea o tomándonos un vino en el bar de la esquina tendríamos la tremenda discusión, cada cual ofreciendo su pomadita para resolver los problemas. Pero este no es el caso. Es cierto que ha sido un golpe fuerte, que no sabemos cómo vamos a aguantar. Es cierto que estamos perdiendo mucho, unos más que otros - al viejo se le quebró la voz, quiso decir algo pero se contuvo -pero por alguna razón estamos caminando juntos y seguimos hablando: yo a un mocoso como usted y usted a un viejo porfiado como yo.

El muchacho sintió que se le atravesaba un hueso en la garganta. Era como retroceder de pronto a una mesa familiar donde salta el malentendido en el momento más inoportuno, por ejemplo cuando la mamá aparece con el postre de leche nevada y se queda con la bandeja en la mano, diciendo miren si van a volver a las mismas es mejor que se levanten y se vayan, ya están grandecitos para saber cuándo tienen que discutir y cuándo hay que compartir los momentos en que podemos estar juntos.

- Creo que no sacamos nada con ponernos a discutir ahora. Además, qué podemos solucionar nosotros, ¿no le parece? No vamos a cambiar el mundo con palabras.

- Sr, tiene razón. Y no le niego que no hayamos tenido equivocaciones, algunas muy graves. Y que no hayamos sabido defender este proceso, que era un sueño de muchos años, de antes que usted naciera. Pero cuando hay dos, tres, diez personas que se juntan, que empiezan a reconocerse, a hacer algo, es porque no todo está perdido. Nosotros solos no hacemos nada: nos quedamos hablando de nosotros mismos, sobándonos las heridas, y terminamos por mirarnos el ombligo o por empezar a chochear. Pero si uno confía en la capacidad del pueblo para superar los errores y volver a la pelea, entonces uno puede empezar a vivir de nuevo. Siempre he pensado que el pueblo es más que una palabra que se puede usar en un discurso: que es como una planta capaz de crecer en cualquier parte y en cualquier tiempo, aunque le nieguen el sol o la lluvia, y aunque le nieguen hasta el nombre. ¿No se ha fijado usted que mientras los momios, con toda la comida que pueden comprar, apenas crían uno o dos hijos largos y huesudos como jotes, que viven escondidos en sus palacetes y no se atreven a andar a pie por las calles, en las poblaciones los compañeros le dan como bombo en fiesta a la cuestión y los hijos nacen como callampas? Si la cosa va así, a pesar de toda la represión, los estados de sitio, toques de queda, las detenciones, tenemos reservas para rato.

El cortejo llegó a la Avenida La Paz. A lo lejos se hizo visible la mole amarilla de un hospital y más allá el edificio del manicomio.

El muchacho quiso preguntarle algo, pero ya el otro extendía la vista hacia las casas descoloridas, como si el mundo se hubiera reducido a un paisaje conocido pero que se recorre con la misma desapacible curiosidad. De pronto le dijo:

- Volviendo al poeta, ¿sabe cuál es el poema que más me ha gustado?

Entrecerró los ojos, como si no le interesara que le respondieran:

- Uno que se intitula 'Las flores de Punitaqui'. ¿Lo ubica?

- No - le dijo el muchacho, disculpándose otra vez - es que ha escrito tanto.

- Quizás debe ser porque estuve allí una vez, no sé. ¿Usted conoce el Norte? - Se quedó con la vista suspendida un momento, como saboreando un paisaje íntimo, y murmuró: Las flores de Punitaqui.

En un momento el grupo pareció apretarse imperceptiblemente, sin dejar de avanzar. Pasaron varios carros con militares, que doblaron por una calle lateral. Los que marchaban parecían concentrados en sus propios pasos, pero con la piel sensible ante lo que ocurría a su alrededor.

El muchacho tuvo la sensación de estar pisando el umbral de un territorio extraño, prisionero voluntario de hechos no previstos, pero que lo rozaban con un estremecimiento de algún modo escrito o leído en una época distinta. Pensó en los amigos que estarían viviendo su propia zozobra, su propio ajuste con el tiempo. Recordó la ciudad del poeta, el día en que había caminado muchas calles que ahora no sabría nombrar porque empezaba a palpar el abismo entre el amor y el mundo y sabía que tarde o temprano vendría la despedida. 'Abandonado como los muelles en el alba / Es la hora de partir, oh abandonado'!

Notó que su compañero había avanzado a la fila siguiente, intercambiaba unas palabras con otra persona y luego volvía a su puesto con el rostro duro y ensimismado. Acomodó los pasos sin mirarlo, sin deseos de preguntar, buscando sólo la cercanía, esa intimidad nueva que se palpaba en el grupo como un hallazgo necesario.

'No tengo tiempo para mis dolores / Nada me hace sufrir sino estas vidas / que a mí me dieron su confianza pura / y que un traidor hizo rodar al fondo / del agujero muerto, desde donde / hay que volver a levantar la rosa'.

- ¿Usted estuvo en la casa del poeta? Dicen que destruyeron todo...

- el joven buscó anudar el hilo de la conversación.

- No, no pude asomarme. Pero hubo otros compañeros que se hicieron presente. Estaba el piso inundado, las ventanas rotas, sus cosas pisoteadas. Como si hubieran querido echar a pique la casa.

'En tí se acumularon las guerras y los vuelos / De tí alzaron las alas los pájaros del canto. / De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste / De pie como un marino en la proa de un barco'.

- Pero no han sido capaces de impedir esta despedida. Aunque prohibieron avisar el día y la hora en los diarios, de todos modos se supo.

- Es una despedida, pero también es una manifestación - le susurró el compañero - . La primera manifestación después del golpe. Ya le dije que al pueblo no le agachan el moño así como así, y que sabe hacerse presente cuando es el caso.

'Cuando el verdugo presionó a los jueces / para que condenaran mi corazón, mi enjambre decidido / el pueblo abrió su laberinto inmenso / el sótano en que duermen sus amores / y allí me sostuvieron vigilando / hasta la entrada de la luz y el aire'.

La marcha se había hecho más lenta, y un silencio oscuro, pesado, flotaba en el aire como si la tierra se hubiera puesto de pronto boca arriba y los pasos recién estuvieran inventando un camino para salir, Debe faltar poco para llegar, pensó el muchacho. Recordó que una vez su viejo le había dicho, acordándose de la capital, donde había vivido y se había casado por primera vez: lo más grande que tiene Santiago es el cementerio, es como una ciudad dentro de la ciudad.

De pronto, en algún lugar de las filas alguien aventuró, a media voz; compañero Pablo Neruda.

Los pasos se desordenaron, y algunas voces respondieron: presente. De las filas de adelante una voz enronquecida de mujer volvió a repetir: compañero Pablo Neruda! Y un coro ahora decidido, rehaciendo sus voces sobre ese tiempo acallado a balas y decretos, gritó más fuerte:

¡Presente!

De los camiones que se habían apostado en las inmediaciones comenzó a bajar la tropa. Los oficiales daban órdenes rápidas, nerviosas. Uno de los vehículos partió delante del cortejo, acelerando la marcha.

- Putas, aquí va a quedar el despelote dijo el muchacho a media voz, mirando a todos lados, desconcertado - nos van a sacar la cresta a todos.

Dos o tres integrantes intentaron salirse de la fila. Pero estaban demasiado nerviosos como para disimular.

- Manténganse en el grupo, compañeros - dijo alguien evitando mirar hacia atrás - si estamos juntos no se van a atrever a hacer nada, pero si empiezan a desbandarse nos van a ubicar más fácil y nos van a agarrar como pollos Una nueva voz se alzó: ¡Compañero Salvador Allende' Y esta vez la respuesta fue un grito de desafío en que parecían repercutir marchas incontables, años de afirmaciones y derrotas, calles que se llenaron y vaciaron en una ola de pasos y voces que seguían rehaciendo precariamente su cauce, pero con la fuerza y la seguridad que tienen los sueños compartidos, y que volvían a emerger en el momento más difícil, buscando rehacer el sentido del tiempo:

- ¡Presente!

- ¡Ahora!

- ¡Y siempre!

El joven fué mirando los rostros de los que marchaban, y entonces supo que asistía a algo importante, a algo más importante que el propio poeta, algo que no estaba en los libros ni en las conversaciones fabulosas de los amigos, y que algún día sería necesario contar con sencillez pero sin acomodar la historia a las palabras, porque brotaba como una verdad pequeña y dura igual a una semilla: supo que toda esa gente, paradojalmente, estaba negando la muerte en sus propias narices, y que el funeral era una celebración de la vida, un acto de recuperación de todos esos sueños, aislados o truncos, que pueden unirse y recrearse en el espejo profetice de la poesía.

Un murmullo comenzó a desplegarse sobre las cabezas, un murmullo de dientes apretados que ahora rehacía una melodía familiar. El muchacho se mordió los labios, entreabriéndolos en las palabras finales, mundo, sintiendo una respiración helada en la espalda, pan, mientras miraba de reojo a su compañero, unidos, que dejaba caer sin pudor un par de lagrimones que alcanzó a espantar de un manotazo, ternacional.

Respiró hondo, miró hacia donde estaban apostados los militares, y presintió que esta vez no harían nada, que sus armas eran aún más precarias que las voces que crecían de ese grupo desarmado.

Cuando el cortejo se acercaba a las puertas del cementerio, algunas floristas abandonaron de improviso sus puestos y lanzaron una apretada lluvia de pétalos sobre el féretro, sacándolos de sus canastos a puñadas. Del cortejo se adelantaron varias personas para ingresar directamente al recinto y estar más cerca de la ceremonia final, y otras se acercaron al furgón para cargar las coronas.

En el momento en que la columna se detenía, y el grueso de la gente empezaba a arremolinarse en la puerta, el viejo se desprendió del grupo y empezó a caminar hacia el centro de la ciudad.

El muchacho lo miró con sorpresa, luego se le acercó a la carrera:

- ¿Que ya se va? ¿Usted no va a quedarse al entierro?

- El viejo se detuvo, lanzó una mirada alrededor y se rasco la cabeza como si lo pillaran en una falta grave:

- La verdad es que nunca he sido bueno para los entierros -le dijo, y haciendo el gesto de mirar un reloj inexistente además, ya se me hizo tarde, y tengo que volver a trabajar. El muchacho lo vio alejarse, movió la cabeza con extrañeza, luego empezó a sonreír.

De dos zancadas se le puso al lado y sin mirarlo, dándole una patada a una piedrecilla que le estorbaba el paso, le propuso:

- Ya que vamos por el mismo lado, podíamos seguir juntos unas cuadras más. A mí también se me está haciendo tarde.

Los pasos, o el viento, levantaron unos pétalos sueltos volvieron a posarse en el suelo, como un homenaje de adiós. O de bienvenida.


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