Trilce y la nueva poesía chilena

Trilce y la nueva poesía chilena

Juan Armando Epple

Literatura Chilena en el Exilio. N 9 enero 1979

Esta presentación es un testimonio y un recuerdo. Un recuerdo de los días de aprendizaje vividos por los jóvenes poetas que organizaron en Chile, hace doce años, el grupo Trilce, y un testimonio del quehacer realizado junto a la última promoción de poetas chilenos, a cuyo proceso de gestación aparece vinculado de manera activa.

El testimonio, entonces, busca constatar una experiencia y validar la riqueza de unos esfuerzos compartidos cuando la poesía se vivía en Chile al mismo ritmo que cualquiera otra expresión vital, participando de las expectativas que se cifraban en un mundo que seria posible cambiar sin grandes trizaduras (sólo las necesarias), legitimando la preeminencia de la racionalidad humana sobre los instintos ligados usualmente a las luchas sociales.

Quizás los comienzos de Trilce repiten los pasos escolares vividos en cualquier otro mundo provinciano. En un invierno de 1963, y cuando se reunían para compartir lecturas en una universidad - isla a la que era necesario llegar en bote para acortar camino (en la austral ciudad chilena de Valdivia), los cuatro o cinco provincianos iniciados, unidos por el hallazgo de Vallejo que había dejado sus huesos en aguaceros de otras latitudes, decidieron compartir su trato con la poesía y remover un poco el ambiente demasiado plácido de la ciudad con algunas actividades nuevas, y soñando con robar un poco de la audiencia que solfa tener el cine Cervantes o la retreta del domingo.

Naturalmente, sus primeras incursiones públicas consistieron en recitales más o menos familiares, casi al oído de la polola, y en caserones fríos a los que se llegaba con las ropas empapadas y con la esperanza de que algún mago -de los que nunca faltan- sacara de pronto una botella de pisco de la manta, para justificar la lluvia; a ello se unió la publicación de unas hojas de poesía que se repartían sin pudor, ostentando diversos homenajes (a Vallejo, a la Mistral, etc.) y alternando poetas consagrados con audaces aprendices. Alguno del grupo, con mayor sentido de las relaciones públicas, logró dejar establecido en la cabeza de algunos funcionarios municipales que la ciudad se prestigiaría más si, junto con las 'bellezas naturales', destacara sus nuevas expresiones culturales. Con Carlos Ibacache, impulsor entusiasta de la idea, y propuesto como asesor cultural de la Municipalidad, se iniciaron los Concursos Literarios del Sur, abiertos con ocasión de cada aniversario de la ciudad, que coincidía con la etapa de mayor afluencia turística. De allí en adelante, y gracias al mesianismo de la Municipalidad local, cuyos regidores aparecían como los tipos más cultos del pedazo austral del país, a cambio de un poema a la Reina o a la Ciudad, fraguados muy en secreto unos días antes, fue posible contar con dinero para vivir parte del verano como turistas en la propia casa. ( En este punto habrá un ritual celosamente cumplido: ninguno de los poetas tenía interés en concursar tratándose de poesía 'por encargo', que limitaba el trabajo creador, pero a la hora del veredicto tas caras se encontraban recibiendo los premios. La Municipalidad, previendo que la falta de sorpresas literarias podría dar la imagen de una ciudad que se renovaba poco culturalmente hablando, decidió ampliar el concurso a Poesía, Teatro y Cuento, con tema libre. El resultado fue que los poetas ampliaron rápidamente su campo de acción, y la diversificación generosa de premios ayudó a editar uno que otro librito inicial).

Al cabo de un año, y 'con precocidad olímpica', como escribió Jaime Concha en el prólogo, decidieron editar su primera antología (Poesía del Grupo Trilce, Imprenta de la Universidad Austral de Chile, 1964). Ya en ese entonces existía un contacto bastante estrecho con la actividad literaria que se realizaba en Santiago y en otras provincias, actividad estimulada en gran parte por los Departamentos de Español de las universidades regionales, que se renovaban con la aparición de una valiosa generación de profesores y críticos formados en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile.

En los primeros meses de 1965, y a poco más de un año de su iniciación como grupo, los poetas de Trilce se propusieron la tarea -entrando ya en palabras, mayores- de organizar el Primer Encuentro de la joven Poesía Chilena. La convocatoria (la oficial) decía: 'En poesía, en Chile, ahora, hay los mejores, un puñado de evidentes primogénitos. Hay, también, los que se sienten crecer, los que recién se esfuerzan en el paso y en el canto. Es nuestra infalible jerarquía, una desinteresada ordenación de la joven poesía chilena '.

Por su parte las cartas no oficiales ponderaban otras razones, igualmente poéticas: los patos con castañas de doña Aurora, la chicha de manzana del Guata Amarilla, las famosísimas sopas marineras del Mercado Municipal y los imprescindibles recorridos en barcos minúsculos por cualquiera de los nueve ríos en que se bifurca la ciudad, y donde se podría hablar tranquilamente ' a lo divino' y ' a lo humano'.

El foco del encuentro estuvo dedicado a la generación del 50 ( Miguel Arteche, Efraín Barquero, Enrique Lihn, David Rosenmann, Alberto Rubio, Jorge Teillier, Armando Uribe Arce) y se caracterizó por el diálogo -no tan común- entre estos poetas, que representaban la promoción vigente en Chile, con un sector importante de la nueva crítica, que se hizo presente en el encuentro. El resultado de la experiencia quedó impreso en el libro Poesía Chilena (1960 -1965), (Santiago: Editorial Universitaria, 1966), editado por Carlos Cortínez y Omar Lara. Esa sensibilidad alerta para destacar -y asimilar creadoramente- una relación de continuidad en el desarrollo poético de Chile, que será la característica de los últimos movimientos generacionales, se manifiesta en el hecho de haberse invitado, en calidad de hermanos mayores, a dos poetas muy representativos de las vertientes opuestas que se destacaron en la generación del 38 : Braulio Arenas y Gonzalo Rojas.

En los años siguientes pasará por Valdivia esa figura que, trascendiendo los precarios esquemas de ordenación de nuestra historia literaria, sigue siendo presencia familiar que gravita poderosamente en la nueva poesía chilena; Pablo Neruda.

En 1967 y 1972 Trilce organizó el segundo y tercer Encuentro Nacional de la Poesía Chilena joven, esta vez dedicados a conocer el trabajo de quienes perfilaban una nueva promoción : Carlos Cortínez, Oscar Hahn, Ronald Kay, Luis Antonio Faúndez, Omar Lara, Hernán Lavín Cerda, Gonzalo Millán, Floridor Pérez, Jaime Quezada, Waldo Rojas, Federico Schopf, Manuel Silva Acevedo y Enrique Valdés. El último encuentro coincidió con el auge de la actividad política y social que trajo consigo el advenimiento de la Unidad Popular al gobierno. En esta etapa de definiciones, también salto sobre el tapete el socorrido tema de la política cultural -la 'quinta rueda' del carro- y como era previsible, la diversidad de ideas fue más amplia que sus posibilidades de ordenación programática. En el caso de los poetas, una de las cuestiones que se planteó fue la necesidad de ser consecuentes con las exigencias de participación que demandaba el momento que se vivía -participación que se dio como algo natural, ineludible- y a la vez ' ser fieles a la poesía', esto es, mantener el rango de una trayectoria que tenía un nivel ya suficientemente aquilatado, lo que exigía extremar el rigor del oficio poético.

Los hechos que recordamos nos permiten destacar algunos de los rasgos que definen distintivamente el punto de partida de la nueva promoción de poetas chilenos : por una parte, su deseo de activar y renovar el quehacer literario del país a partir de la asimilación crítica de los movimientos anteriores, que representan hitos cuyos valores deben ser destacados. En este sentido, antes que iconoclastas, reclama su derecho a sopesar y a apropiarse del legado de los poetas mayores, con una lúcida conciencia del carácter histórico que tiene la evolución de la literatura y a la vez de su especial condición de eje motivador de nuevas aperturas de la experiencia poética. Lectores atentos, intuyen que la voz es renovadora sólo en la medida en que se conocen los pasos de la poesía precedente y se valora el alcance de otros registros expresivos.

Esta actitud en cierta medida es el resultado de su vinculación a la universidad, del hecho de que la mayor parte de ellos es alumno en las escuelas de pedagogía en español, cuyos programas se caracterizan por un fuerte énfasis en la literatura y la teoría literaria.

Por otra parte, frente al sesgo muy personal, solitario, que se le daba al oficio poético anteriormente, vuelve a primar una actitud grupal, que se explica inicialmente por el desplazamiento de la actividad cultural hacia las provincias, donde las universidades regionales, a través de sus programas de extensión, sirven de mecenas para dar a conocer el quehacer local, el que comienza a canalizarse a través de revistas literarias. Jaime Quezada señala al respecto : 'Singulariza a la poesía chilena el girar alrededor de grupos, especialmente a niveles universitarios. Esto no quiere decir que se trate de una poesía universitaria. Más bien ha sido la Universidad chilena la que estimula y ofrece posibilidades de difusión y labor creadora. Nacen así, por ejemplo, en la Universidad de Concepción el Grupo Arúspice. En la Universidad Austral de Valdivia el Grupo Trilce. En la Universidad de Chile, sede Arica, el Grupo Tebaida. Y en la Universidad Católica de Santiago, los talleres de Escritores. 'Ellos velan por el rigor del oficio poético, como una exigencia permanente, sin autoperdonarse nada'. Grupos que no son antagónicos, más bien, unos y otros viven en permanente diálogo, encuentros y conversatorios ' para esclarecer el vínculo entre lo que se escribe y lo que se hace'. Los motiva un sentido de comunidad ' ajeno a todo individualismo asfixiante'. Importan más las revistas que los libros. Revistas que aparecen con dificultad, es cierto, pero que es el laboratorio diario, la voz de alarma, la señal de estar vivo' ( Jaime Quezada, Poesía joven de Chile: México, Siglo XXI Editores, 1973).

La revista Trilce, dirigida por Omar Lara en Valdivia, fue uno de los vehículos donde se pudo sostener mejor el quehacer poético de esta promoción, gracias a su tenacidad para mantener como una publicación regular, que alcanzó un destacado nivel tanto en la selección de trabajos como en la diagramación.

Precisamente en uno de sus números, destinados a presentar la idea del quehacer poético y la obra inicial de lo que Trilce llamó tentativamente 'promoción de 1965', encontramos una descripción a la vez íntima y objetiva del núcleo de preocupaciones que los mueve. Se trata de las palabras de Federico Schopf, que concuerdan en lo esencial con la postura de sus compañeros:

'Nuestra lengua es en gran medida (y esto lo sabemos oscuramente y origina una cantidad de sistemas defensivos y agresivos en que uno denuncia en otro el delito del que se siente secretamente culpable), nuestra lengua es en gran medida un lenguaje repetido y del pasado. Aclaro que mis intenciones no son abolir la historia y transformarla en un fascinante fruto prohibido. No pretendo tampoco negar el derecho de existencia a una literatura que se nutría exclusivamente del lenguaje y de una visión del mundo ya pasada demasiado bien sabemos que la historia no avanza uniformemente. Lo que quiero decir es que la literatura no puede dar la espalda a la realidad inmediata que la acosa y le exige extraer su sentido. El lenguaje y, sobre todo, la existencia misma precisan, entre otras cosas, de la literatura para clarificarse a sí misma, para progresar y modificarse. Plagiando a Kierkegaard, que era otro provinciano y que se quejaba de los bastones y de los profesores de filosofía que dejaban la filosofía como quien deja un bastón al entrar a casa, quisiera insinuar y sostener que, inversamente, la literatura no se deja como las pantuflas al salir de casa, en el caso de que uno tenga pantuflas y, naturalmente, ganas de hablar.

Pero el lenguaje no es sólo lenguaje del pasado. El lenguaje no es sólo una permanente amenaza de tortícolis. De lo contrario, los poetas serian una colección de tipos chuecos v sabemos que no todos son así. No se puede decir que siempre que hablamos no hablamos ya del presente Los traficantes han estado siempre a punto de falsificar el lenguaje : filólogos y versificadores de mala muerte. El lenguaje no es sólo signo de significados ya establecidos, no es sólo vida tópica y repetida. En verdad el lenguaje nunca es esencialmente signo de algo anterior a él : el lenguaje es pensamiento encarnado y en su esencia está el ser descubridor y ser una secreta alianza con la poesía y la realidad. Desde este punto de vista, nada tiene de extraño que un problema urgente de la poesía actual sea el encuentro con su lenguaje, porque esto significa la posesión de la realidad. Resulta difícil decirlo; el origen del lenguaje es la realidad, el origen de su presente y de su historia es la realidad. Pero también es el origen de su porvenir. Actualmente, me parece que hay una realidad no pronunciada, esto es, no anunciada por el lenguaje, no aprehendida en su sentido. Esta ausencia de sentido es la que nos angustia, nos aqueja y nos motiva'. (' Experimentos de claridad ', Trilce, Año IV, Nš. 13, 1968).

La renovada atención al problema de la relación entre lenguaje y realidad, preocupación sostenida de la poesía, encauza aquí un dilema muy íntimo y acuciante, que los jóvenes poetas asumirán con especial responsabilidad: por una parte, la conciencia de estar viviendo una realidad nueva, un proceso en que el mundo sacude sus antiguos ropajes para empezar a revelar una fisonomía cambiante; por otra, la convicción de que esa realidad sólo podrá ser expresada cuando se haya decantado como experiencia, y más aún, cuando se haya encontrado el lenguaje justo capaz de definir su sentido. El dilema se resuelve en una actitud que puede parecer contradictoria, pero que es profundamente coherente: todos los jóvenes, sin excepción, se integran al proceso de cambios sociales que vive el país, desplegando su actividad especialmente en el campo cultural; pero al mismo tiempo, evitando la fácil tentación de escribir una poesía que se proponga como reflejo inmediato del sentimiento social del pueblo, optan por una vía de maduración del quehacer poético cuyo eje será la introspección destinada a clarificar la relación entre el yo y el mundo.

Su poesía es entonces una poesía de doble aprendizaje: desde el punto de vista temático, se centrará en el proceso íntimo de decantación de la experiencia personal, buscando definir la relación vital entre el personaje lírico -generalmente una figura impetuosa pero solitaria- y la realidad, y desde el punto de vista de la consolidación de registros expresivos, acude a la literatura ' para clarificarse a sí misma, para progresar y modificarse'.

Jaime Concha, ha observado que, a diferencia de lo que sucede con la nueva canción chilena, que se transforma rápidamente en un canal poderoso y certero de difusión de la experiencia social del nuevo momento histórico, 'los poetas empiezan más atrás, con una subjetividad más replegada en sí misma. Es como si la poesía debiera reandar cada vez el camino y todo poeta tuviera que pasar nuevamente por el túnel de su propia interioridad. Pero ello ocurre ahora en un punto más alto de la espiral histórica. Por eso ellos luchan por acercarse más a la actividad popular, por absorber y revelar el momento histórico que vive el país' ('La poesía chilena actual', Literatura Chilena en el Exilio, Nš. 4, Otoño 1977).

De las notas precedentes se pone de relieve una situación histórica y vital que es fundamental para entender los pasos iniciales de la última promoción de poetas chilenos, la que junto con constituir el marco histórico en que surge, define su aprendizaje como una expresión de maduración optimista donde se problematiza más la postura personal frente al mundo que la realidad social que se vive, aceptada esta como un paso natural, necesario, de la historia : su iniciación en el quehacer cultural coincide con las resonancias que despierta la Revolución Cubana y se trunca con el golpe militar de Chile en 1973. Si esa etapa fue recorrida con una cierta fe en la capacidad para imponer el sueño de la vía pacífica y conquistar sin trizaduras violentas una nueva humanidad, la etapa que le siga, marcada por la contradicción sombría de vivir o en el paraíso convertido en cárcel -una versión mis degradada del ' edén subvertido'-o en el espacio menos difícil del exilio, obligará a una revisión de los supuestos vitales que definen la voz poética, la que incorporará ahora resonancias necesariamente distintas.

Por ahora, la poesía posterior al golpe ha ido equilibrándose entre dos tentaciones fáciles evitadas por la madurez del oficio : de un lado, la tentación por concentrarse en el testimonio o la denuncia frente a lo sucedido en el país, sin que la voz poética trascienda la lectura del hecho que describe; de otro, la exaltación subjetiva, nostálgica, del mundo amable que quedó atrás, en un allá geográfico y temporal (que es, a fin de cuentas, tentación del exilio). Pero a la vez, ha comenzado a buscar en la inmediatez de la realidad histórica la materia y la justificación básica de su voz . En un momento en que la realidad impone violentamente sus fueros sobre la conciencia, obligando a una revisión de los supuestos que marcan la relación entre el escritor y su mundo, y exigiendo como tarea prioritaria una atención minuciosa a los hechos próximos, a lo que es palpablemente existente, la nueva poesía se desplaza desde una visión replegada en la intimidad a otra donde prevalece una preocupación testimonial o narrativa, que quiere explicar desde los hechos mismos la dura dialéctica del mundo que el poeta ha tenido que vivir. En este nuevo modo de plantear la relación entre el yo y el mundo, y donde la palabra renueva su vieja facultad de catalización y definición del sentir colectivo, de lo que se decanta como experiencia compartida, está la posibilidad de generar una poesía cualitativamente diferente, honda y poderosa como aquella que ha surgido en otros momentos decisivos de la historia del país.

La experiencia vivida por los jóvenes poetas chilenos en estos, años de formación, experiencia singularmente rica, variada, fuertemente contrastante, les permitirá redefinir su trato con la poesía -su relación con el mundo- a partir de dos situaciones de signo opuesto, en cuya relación dialéctica el quehacer poético, la necesidad de la poesía, adquirirá un nuevo sentido : por un lado, la convicción de haber sido parte de un momento histórico privilegiado, en que confluyeron las lecciones de la literatura y de la realidad, vividas ambas cor idéntica pasión, y por otro, la constatación de que los valores que vieron decantarse en los años previos al golpe (los nuevos valores sociales y culturales) han sido duramente sojuzgados, exigiendo una larga lucha para volver a consagrarlos. Y cuando eso ocurra, no serán necesariamente los mismos, pues estarán insertos en otra historia. Sea como sea, la nueva sensibilidad poética estará suficientemente preparada para dar cuenta de esta cambiante realidad si, como lo hizo otro poeta que supo vincular a la historia de su pueblo su íntimo aprendizaje, las voces más recientes empiecen señalando con otras palabras, con otro registro de significados, ' Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos'.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03