Chile: El fin de una etapa en el trabajo cultural

CHILE: EL FIN DE UNA ETAPA EN EL TRABAJO CULTURAL
Conversación con Mónica Echeverría

Si hubiera que elegir una veintena de nombres entre los más representativos de la mujer chilena de los años ochenta, sería muy difícil excluir el de Mónica Echeverría.

Lo que no es poco decir en un país que ha vivido en estas dos décadas, en paralelo con sus cataclismos sociales, una formidable explosión de emergencia de sus mujeres al primer plano de la vida social. En todos los terrenos, particularmente en el accionar político -la lucha masiva contra la dictadura está marcada por su presencia protagónica- y en la actividad cultural: en las letras, en el periodismo, en las bellas artes, en el mundo profesional.

(Digamos, de paso, que a la hora de elegir un camino en la transición, el enanismo ideológico que se expresa en la renuncia de muchos a intentar siquiera opciones democráticas profundas, moral e intelectualmente audaces, es el mismo que aparece consagrando -sin decirlo- el ostracismo de la mujer de las instancias donde se toman de verdad las grandes decisiones públicas. Hecho que evocamos no para desarrollarlo aquí, sino sólo para que no se olvide.)

Ella ha vivido estos años una historia que no es atípica, lo que no quiere decir que sea por eso menos desgarrada o incluso cruel. Cuando sobrevino el golpe del 73 trabajaba en el teatro Ictus, donde desarrollaba una labor dirigida al público infantil. Guatapique se llamaba, recuerda ella, el título de la última obra que pudo presentar. No duró mucho tiempo después de aquel fatídico septiembre. Murió, como tanta manifestación cultural, ahogada por el peso de la violenta regresión que sufrió el país en todos los aspectos de su vida.

Partió pronto al exilio. Un exilio voluntario, aunque en rigor forzada por los hechos. Alrededor de algunos de sus más cercanos familiares se tendía un cerco que daría origen hacia fines del 74 a uno de los más cruentos y espectaculares asesinatos políticos perpetrados por la dictadura.

En su destierro en Inglaterra trabajó como profesora de castellano en el Technical College de Cambridge. Estuvo asociada también a la labor cultural de los exiliados, que era allí muy vigorosa, como en casi todos los países donde pudo radicarse la diáspora chilena. Escribió una obra de teatro ("un poco la historia del golpe militar") que fue montada con actores chilenos e ingleses y llevada a muchas ciudades del país, junto con un grupo de danzas y cantos folklóricos.

En su doble desempeño en el destierro Mónica unía las dos vertientes de lo que había sido antes su vida en el campo profesional. Ella es efectivamente profesora de castellano. Estudió en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, cuando éste funcionaba todavía en el viejo edificio de Alameda con Cumming que hoy ya no existe, y trabajó como docente en el liceo Manuel de Salas, en el Santiago College, en el colegio de las Ursulinas y en otros establecimientos privados. Su vocación por el teatro nació y se desarrolló en una línea paralela. Fue del Experimental de la primera época, el del Licenciado Pathelin, es decir, el Experimental de Pedro Orthus, de Siré, de María Maluenda. Allí la picó definitivamente la "arañita del teatro", iniciando un largo periplo que sólo interrumpió en los años iniciales de la maternidad.

Su etapa siguiente fue en el Teatro de Ensayo, donde durante cuatro años desarrolló una labor que juzga una de las más interesantes de su carrera. Trabajó con Claudio di Girolamo y con Jorge Díaz. Con ellos partió el 55 ó 56 a fundar el Ictus, uno de cuyos méritos en este período fue justamente haber consolidado el lanzamiento de Jorge Díaz como uno de los autores teatrales chilenos más significativos del período. Formando equipo -al que se agregó también Carla Cristi- el trío puso en marcha el teatro para niños del Ictus, del que Mónica llegaría a ser directora. Ha sido la etapa más fecunda de su itinerario teatral: escribió varias obras, y fue la animadora clave de la iniciativa de mayor profesionalidad y probablemente más original y completa que se haya realizado en Chile en el dominio del teatro infantil. En eso estaba, tras largos años de dedicación a la labor, cuando sobrevino el golpe de Estado.

(No es raro que haya mostrado tantas cualidades en el cultivo de un arte dedicado a los niños y en el trabajo con los jóvenes en época más reciente, porque es una mujer de comunicación casi inmediata y acercamientos afectivos intensos. Facilitan su tarea, por otra parte, su simpatía, delicadeza de trato y sonrisa franca sin esfuerzo, fiadoras todas de su propia y asombrosa juventud, que es de las que no perecen mientras su dueña vive.)

Mónica Echeverría volvió a Chile en 1980, y fue, a poco andar, cofundadora y pronto directora del Centro Cultural Mapocho. De esos años nos habla ahora en el testimonio que ha resultado de la conversación que sostuvimos con ella.


Volví a Chile el año 80. Intenté trabajar como profesora pero no pude hallar nada. Tampoco en el Ictus, donde apenas alcancé a funcionar como relacionadora, ya que el grupo de teatro infantil había dejado de existir.

Me sentía un poco perdida, y fue en ese instante que prendió entre algunos intelectuales y artistas la idea de fundar algo que sirviera de punto de encuentro, de centro coordinador de actividades donde pudieran funcionar talleres y seminarios, organizar exposiciones y conferencias, etc. Así nació nuestro Centro.

El Centro Cultural Mapocho y la travesía del desierto

Fue en noviembre del 81, un momento en el que Chile aparecía en el plano cultural en plena travesía del desierto. Es cierto que ya no era como al principio, cuando todo estaba como sumergido: el pueblo, los partidos políticos y, desde luego, la actividad cultural. Hay que decir que en esto último no es que todo se haya detenido, la creación, por ejemplo. El mismo Ictus, para citar un caso en teatro, no interrumpió su labor; pero se iba con mucho tiento, con miedo, con mucha autocensura, tanteando en cada obra hasta dónde se podía llegar sin caer bajo la censura directa. Era una época en que ya casi no nos podíamos comunicar.

Los que propulsamos la formación del Centro proponíamos alzarse contra la cultura impuesta, aquella que nos bombardeaba sin cesar desde la prensa, la radio, la televisión, sobre todo. Al principio no abrigábamos ninguna esperanza de éxito, pero la verdad es que desde el primer día la gente nos acompañó. Inauguramos el Centro con una velada lindísima, el local repleto, rodeados de calor humano. Habíamos fundado algo verdaderamente necesario.

Yo estoy aquí desde entonces, aunque la coordinación general sólo la tomé un año después, cuando se incorporó Matilde Urrutia, Moy de Tohá y otras personalidades relevantes de nuestro medio político-cultural.

Fuimos al principio un organismo pionero en una serie de dominios. No es que fuéramos los únicos, porque había otros, como el Taller 666, que funcionó casi desde los comienzos de la dictadura, y otros más. Pero nuestro centro tenía características que eran propias y nuevas: su pluralismo, desde luego, porque nosotros aceptamos en él prácticamente a todo el mundo. Todos podían dar su opinión, levantar su voz, presentar una exposición, dirigir un seminario, organizar un encuentro. Virtualmente todos estaban con nosotros, desde Jorge Edwards hasta José Balmes, pasando por Leopoldo Castedo y otros como él. Ese signo de amplitud y apertura lo tuvieron desde el comienzo todos nuestros eventos: el primer encuentro de mujeres, el Encuentro de Arte Juvenil.

Nuestro primer local estaba en la calle Lastarria, pero nos tuvimos que cambiar varias veces antes de llegar a la casa de Victoria Subercaseaux. Por culpa de las presiones, porque apenas se dieron cuenta que nuestra actividad cultural funcionaba, que pesábamos en la gente, particularmente en la juventud, comenzó el asedio, sobre todo en la parte económica: las multas, los impuestos. Tuvimos también problemas con los arrendadores, lo que nos obligó a mudarnos a la calle Merced al cabo de dos años.

Y vuelta otra vez a pintar muros, a acondicionar salas, acomodar los patios, sacar la mugre de los rincones.

Pero en este nuevo local el Centro adquirió un carácter más popular, más dirigido a los marginados. Porque al comienzo éramos quizás un poco elitistas: allí estaban los grandes de la cultura y del arte, que daban su palabra, hacían academia, formaban gente. El signo era otro. Por ejemplo: el primer seminario público que se hizo en Chile después del golpe sobre Marx y el marxismo lo hicimos nosotros. Fue con motivo de su aniversario. Fue un gran acontecimiento donde tuvo lugar una controversia muy interesante, porque participaron marxistas y no marxistas. Hubo gente de todos lados, pero hay que decir que entonces nos frecuentaban poco los jóvenes.

En el local de Merced se empezaron a abrir, en cambio, nuevos espacios, llegó mucho joven, apareció gente de las poblaciones que quería expresarse en alguna forma, que pedía participar en los cursos. Fue una nueva realidad a la que tuvimos que abrirnos. No podíamos quedarnos encerrados, teníamos que extender la cultura.

┐Hacíamos acaso una cultura de la resistencia? Alguien me lo preguntó alguna vez. La verdad es que a mí me gusta poco ponerla apellidos a la cultura, al arte. Porque ocurre, a veces, que el arte y la cultura están por encima de ciertas contingencias, aunque no hay que olvidarse que cualquier verdadero artista es en esencia un rebelde y ama por lo tanto la libertad; sin ella no puede hacer su obra artística, es incapaz de crear.

Esta segunda etapa del Centro se ha revelado fecunda y rica en experiencias.

Una tentativa de balance

Si quisiéramos hablar de las cosas más importantes hechas por el Centro en estos casi ocho años de labor, habría que decir varias cosas. En primer lugar, que abrió un espacio para todo el mundo, en donde se podían exponer nuevas ideas, nuevos conceptos, hablar de la historia (que ha sido tan tergiversada en este país estos años), entablar polémicas. Además, están los festivales: de arte joven, de arte poblacional, de obreros, realizados conforme a un principio: el Centro los invitaba para que ellos mismos hicieran su arte, mostraran su cultura.

Romper el ahogo cultural que la dictadura había producido en el país no era fácil, porque era fuerte y muy estudiado, muy bien llevado: el gobierno ha tenido todos los medios a su disposición, especialmente la televisión y las radios. Y contrarrestar eso y hacerle frente solamente con ideas y sin recursos materiales, era una tarea difícil pero muy importante. En ese sentido, yo creo que hay que valorar el trabajo del Centro y darle toda la importancia que tiene el papel jugado por nuestro local: un punto de encuentro de la gente, de reunión, de debate, donde los creadores pueden mostrar lo que hacen, pequeñas obras teatrales, presentaciones musicales o pinturas de autores jóvenes que en otros lugares no eran aceptados.

En lo que yo llamo nuestra segunda etapa, el Centro fue un franco punto de convergencia de las expresiones creadoras de los jóvenes, de todo el potencial cultural que hay entre los pobladores. Les dimos esperanza a los artistas de las poblaciones, les dimos la mano para que siguieran produciendo.

Es interesante saber cómo se produjo esto. Porque fueron ellos los que tomaron la iniciativa de venir hacia nosotros. Llegaron al Centro y nos dijeron: "Nos interesa conseguir monitores para desarrollar en nuestras poblaciones cursos artísticos; nosotros tenemos folkloristas, pero a veces no saben tocar la guitarra, tampoco saben otros instrumentos; tenemos gente que quiere hacer cosas en teatro, en pintura mural, en poesía; tenemos, en fin, grandes potencialidades, pero estamos muy abandonados y eso nos tiene desesperados".

El trabajo con los pobladores

Fue así como, junto con ellos, evaluamos sus necesidades y acordamos enviar monitores a las poblaciones. Creo que puede decirse que fue gracias a ellos que hoy existen todos los murales que se ven en las poblaciones a lo largo de todo Chile (y que es obra que en gran parte va a quedar, lo que es muy bueno, porque muchos de ellos muestran la historia de lo que ha ocurrido en las poblaciones estos años).

┐Qué hacían nuestros monitores? Enseñar las técnicas básicas a los pintores locales, y éstos hacían todo lo demás. Es cierto que al comienzo se notaba el estilo del artista-monitor, pero al poco tiempo, al cabo de algunos meses, de un año ya no era así: los pobladores no sólo eran capaces de trabajar solos, sino de desarrollar un estilo propio. Y mientras tanto, se multiplicaban. Porque una de las cosas más interesantes es eso último: apenas se formaban, los muralistas se iban a otras poblaciones, donde hacían de monitores formando nuevos muralistas;

y así, a lo largo de todo Chile. Esa es la explicación de que casi no hay población en el país que no tenga sus murales propios.

Y aunque reconozcamos que no todos los murales regados a lo largo de Chile tienen un gran valor artístico, lo importante es que representan, artísticamente, la expresión de un momento histórico vivido. Por lo demás, los pobladores han sido muy felices pintándolos, porque ha presentado un escape a su postergación, es como sacarlos del pozo en que viven hundidos. Acordémonos que para la dictadura los pobladores simplemente no existen; ojalá se murieran o desaparecieran. Esa es la realidad, y la pintura mural es una manera de mostrarlos al mundo vivos, activos, creando; sirvió para que ellos se sintieran personas. Y eso es lo que a mí más me satisface de toda la labor que hemos hecho.

Creo, por ejemplo, que el trabajo que hizo el Centro en la población La Victoria fue muy importante y muy hermoso. Se hicieron muchas cosas, en una época en que lo único organizado en que podíamos apoyarnos era el comando de mujeres y las iglesias católica y metodista. Ellos nos abrieron sus pequeños locales para que pudiéramos hacer nuestra labor, dar nuestras clases. Se formaron grupos de teatro, musicales, tanto folklóricos como de rock, que después de todo es lo que hoy más les gusta a los jóvenes. Grupos de fotografía, de periodistas populares, que adquirieron con nuestros monitores sus primeras armas en la escritura.

Había allí mucha gente con talento. Los del grupo de danza, por ejemplo, que después que el Centro dio por terminada su labor con ellos siguió funcionando con la ayuda de Patricio Búnster. Hoy actúan en cuanto acto cultural o político los requiere, en su población o en otras. Esto es a mi juicio una de las cosas más importantes. Que ellos sigan haciendo todas estas cosas por su cuenta.

Otra contribución importante fue la Casa de la Cultura Andrés Jarían, fundada en La Victoria por el Centro. Ha sido allanada varias veces, destruida incluso, pero allí está todavía. Ocurre lo mismo que con los murales: los borran, los cubren con pintura negra, pero al cabo de algunas semanas reaparecen. Es una fuerza que no la para nadie.

Nuestro trabajo en poblaciones no se ha limitado a La Victoria. De allí nos fuimos extendiendo a otras: Santa Adriana, Clara Estrella, Lo Dávila, etc. En la actualidad estamos trabajando en Pudahuel, que está en otro sector. Los de La Victoria ya no necesitan nuestra ayuda; la semilla está ya allí sembrada y ellos se arreglan solos. Vienen todavía a vernos, es cierto, pero eso es porque sienten que el Centro es su casa, ellos son también un poco sus dueños.

Una política de puertas abiertas

Otro hecho importante es que el Centro Cultural Mapocho ha sido una casa abierta, totalmente abierta, a veces pienso que demasiado. Aquí todo el mundo llega, puede entrar y sentirse de inmediato a sus anchas.

He hablado de los pobladores, de los obreros, pero tendría que mencionar también a los mapuches. Ayer mismo hemos alojado en nuestro local a un grupo grande de mapuches; vinieron desde Temuco a reclamar por sus tierras y no tenían dónde dormir en Santiago; por eso los recibimos en nuestra casa. Pero no sólo nos preocupamos de los mapuches; también de los pascuences, de los aymaraes. Nuestra política es trabajar con todas las culturas étnicas postergadas, y tenemos todos los años un mes especialmente reservado para ellas, el mes de octubre. Ellos llegan con sus músicas, su teatro, sus artesanías, y organizan sus debates, a los que traemos a los políticos para que conozcan de primera agua sus verdaderos problemas.

Nos preocupamos también de los presos políticos, cuyo trabajo literario ha sido tomado en cuenta por el Centro. Publicamos, por ejemplo, el volumen Poesía prisionera y gracias a nosotros pudo aparecer el primer libro de Elisabeth Rendic, y se dio a conocer por primera vez el cuentista Rafael Ruiz Moscatelli.

Les hemos abierto un espacio cultural también a los parientes de los desaparecidos. Ni siquiera nos hemos olvidado de los cantores de micros, a los cuales les organizamos en una ocasión un festival especial.

A tanto ha llegado el grado de apertura nuestra, que una vez declaramos, durante tres días, enteramente abiertas nuestras puertas. Dijimos: "Tómense nuestro local y hagan con él lo que quieran". Y durante esos tres días, sin interrupción, hubo gente pintando los muros montando obras de teatro, leyendo poemas, cantando, proyectando vídeos; en fin, pasó de todo.

Son cosas que otros Centros no hacen.

El Centro ha significado para los chilenos algo así como una gran invitación a hacer cosas, a soltar eso que tantos tienen contenido o frenado. En Chile siempre ha existido un gran potencial creador en la gente, a la cual lo único que le ha faltado es encontrar un camino de salida, una válvula de escape para ese potencial. Eso es lo que el Centro ha procurado ser.

De aquí han salido, por otra parte, cosas concretas, duraderas. Hay que decir, por ejemplo, que Andrés Pérez comenzó su labor con nosotros, su formación se inició en el Centro. Otro tanto ha ocurrido con Juan Edmundo González, premiado hoy por su Cándida Eréndira, que dicho sea de paso, fue presentada públicamente por primera vez justamente en nuestra casa.

Del Centro salió también el grupo musical Los Prisioneros. Comenzaron aquí y hoy, son muy conocidos e importantes. Y la tarea en este terreno continúa. Con nosotros están trabajando grupos muy prometedores, que a lo mejor mañana serán famosos, como los De Kiruza y otros que se llama la Sexualdemocracia. Todos ellos son muy jóvenes y cultivan un género que denominan "rock latino". Empiezan a ser conocidos, especialmente el primero. Mientras tanto, vienen todos los días a ensayar al Centro.

Cambio de guardia en el frente cultural

┐Se está cerrando una época en lo que al trabajo cultural se refiere? Hay que convenir que es así.

En estos años ha ocurrido algo que no podemos dejar de tener en cuenta. La dictadura ha actuado, a pesar de ella, como una especie de acicate para que los artistas crearan más y mejor. Lo dijo una vez Enrique Lihn en un debate en la Sociedad de Escritores, en medio de un cierto escándalo: la dictadura es infame y sangrienta pero ha actuado como una droga que ha hecho producir más y en forma más acelerada a los escritores y artistas (como durante el Siglo de Oro en España, para citar un ejemplo entre muchos otros que podrían evocarse). En algunos terrenos, como en la poesía, por ejemplo, pocas veces se ha producido tanto y de tanta variedad y calidad como en estos dieciséis años de dictadura.

Ahora bien, en cuanto a la modalidad expresiva, hay que decir que durante todo este período se ha trabajado mucho con la metáfora, con la paradoja, con el mensaje surrealista. La dictadura, que a veces ha sido lenta para reaccionar, no siempre se ha dado cuenta de la intención, de los contenidos de lo que hacíamos, pero el público, que es muy vivo y sensible entendía de inmediato lo que el artista quería decir. Y aunque nos guste este estilo, yo creo que esto va a cambiar ahora. Con la llegada de la libertad va a venir seguramente algo más abierto, más directo.

┐Cambiarán también los temas? Es posible, aunque la verdad es que estos años todos los temas han estado presentes. La épica social no ha estado ausente, del mismo modo que el intimismo. A veces se han dado mezclados, como en el caso de la poesía de Raúl Zurita. Y yo creo que esta senda se va a seguir repitiendo. Es posible que, por una parte, se produzca en narrativa y también en poesía un auge del testimonio, de la denuncia, por la necesidad de querer decir de modo más directo tantas cosas. Pero también el intimismo va a tener su lugar, porque la gente ha sufrido mucho, la condición humana del chileno ha cambiado estos años y es inevitable que eso aflore también. Esto lo veo muy claro en las escritoras, en las mujeres que han empezado a escribir en este período. Hemos cambiado mucho emocionalmente y esto tiene de modo más o menos obligatorio que manifestarse.

Es difícil hacer predicciones. Algunos escritores, es cierto -lo presiento- mostrarán su desilusión, su pesimismo, porque la salida política que se está dando no es la que muchos hemos deseado y creído; no es una salida gloriosa la que se va a dar en Chile; es apenas un derrocamiento a medias, una apertura a medias. El desenlace no ha sido el que hemos estado esperando desde que se produjo el golpe y en todos los años sucesivos. Se nos han dado vuelta una serie de conceptos e ideales, y esto ha producido una gran decepción, sobre todo entre los jóvenes. Muchos de ellos, desencantados de la política, se van a aferrar al arte, van a tratar de sujetarse de él.

Entre los artistas ha empezado a cundir ya una especie de malestar, una sensación cercana al desencanto, porque se han sentido muy utilizados todo este tiempo. En algún momento eran un poco la vanguardia en ciertos aspectos de la lucha, y ahora simplemente se prescinde de ellos. Es así y es una gran injusticia, y por eso se trata ahora de mostrar que los artistas seguimos siendo tan importantes como los políticos.

Aclaro que no estoy tratando de plantear una suerte de competencias entre políticos y artistas, en que éstos aparezcan en plan de disputarles a los primeros sus prerrogativas. No, no se trata de eso; lo que me preocupa es que se nos quiera relegar a un tercer o cuarto patio, lo que no puede aceptarse. No hay que olvidar que los artistas (aunque sea cierto que no es el caso de todos), utilizando nuestras propias armas, hemos jugado un papel político de primer plano.

┐La nueva etapa del Centro Cultural Mapocho? Probablemente va a ser de repliegue, una labor más "de oficina", coordinar lo que se hace en las poblaciones, en los sindicatos. La verdad es que estamos en crisis y va a ser difícil que podamos seguir organizando festivales o coloquios, montando exposiciones, manteniendo talleres artísticos, en fin, cosas así.

Nos vamos a quedar sin local o casi, como tú ya sabes, y yo sueño con tener en el futuro una carpa para poder abrirnos mucho más e ir a todo el país: llevar teatro, cine, pintura, poesía, música a todos los rincones de Chile. Es tanto lo que hay que hacer, lo que hay que decir. Tenemos que jugar un gran papel en la sociedad futura. No olvidemos que en este país se ha producido un gigantesco lavado cerebral, sobre todo en el aspecto ético y con consecuencias muy graves, y su denuncia y la lucha por corregirlo va a ser una de las grandes tareas de nuestros intelectuales y artistas.

(Entrevistó: CARLOS ORELLANA.)


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03