Sólo un charco de sangre

SOLO UN CHARCO DE SANGRE

Gonzalo Dragó

Literatura Chilena, creación y crítica. N 17 Sept. 1981

Del libro inédito "Tiempo de hablar"

Cuando abrió los ojos, el ángel lo estaba mirando tranquilamente con las alas plegadas sobre la espalda. Quiso incorporarse pero no pudo hacerlo, impedido por algo ajeno a su voluntad que lo mantenía rígido, de espaldas sobre el asfalto de la calle. Interrogó al ángel con la mirada y este comprendiendo su pregunta informulada le dijo lacónicamente: "Accidente en la vía pública. Arrollado por un automóvil. Muerte instantánea." No puede ser-dijo Rubén. Recién estaba vivo. No veo a nadie, salvo a usted, por supuesto. -"Estás rodeado de curiosos y de dos policías que toman datos en sus libretas y te registran los bolsillos. No los puedes ver, naturalmente, porque estás muerto. Sólo puedes verme a mi'." Pero ¿tu eres un ángel? -"Sí, lo soy. Bueno, Rubén, ahora debes acompañarme." - Ni siquiera se tu nombre. - "Nosotros no tenemos nombres. Llámame simplemente 'amigo'. " - Bien, amigo, te diré que todo esto me resulta muy extraño. como si fuera una broma pesada. -"No es broma, Rubén. Estás definitivamente muerto y es preciso que me acompañes para ser juzgado." -¿Quieres decir que estoy detenido? -"Los vivos usan varios nombres para designar una misma cosa: detenido, preso, encarcelado, retenido. Lo único que puedo informarte es que debes presentarte a la Corte Celestial para ser juzgado por un comité de ángeles novicios. Este último tiempo hemos tenido mucho trabajo en Chile a causa de miles de muertos en forma violenta. Bueno, basta de charla. ¡Vamos volando! "- (Volando? Estás loco, amigo. Yo no tengo alas pero puedo decirle que puedo volver a fugarme.-"¿Volver a fugarte? ja,ja. Ahora sólo puedes obedecer, dependes de mi voluntad. ¡Vamos volando, he dicho!".

En ese momento el espíritu de Rubén Vargas se desprendió suavemente de su cuerpo y quedó a merced del ángel, que extendió las alas, las hizo vibrar un instante y se elevó sobre el cielo sucio de Santiago con rumbo desconocido, llevando consigo el espíritu del muerto. Esa mañana se había levantado temprano, desayunó rápidamente y se despidió de su mujer con un beso en la boca como lo hacia cotidianamente antes de ir a su trabajo.

-Ten mucho cuidado, Rubén-advirtió Teresa. -No te expongas demasiado. -No temas, Tere. Sé cuidarme. Deja esos consejos para los niños a la hora que vayan al colegio. Dile a Delia que sea más activa en su trabajo ¿entiendes? Regresaré a almorzar tarde, tengo varias cosas que hacer en el centro.

Lo único que tenia que hacer aquella mañana de noviembre era distribuir panfletos en las calles del centro de Santiago, de acuerdo con las instrucciones del comité de resistencia clandestina. Dejé algunos "volantes" en los mesones del Correo Central, en el Banco de Chile y el resto lo distribuyó entre los transeúntes de las calles Estado, Huérfanos y Ahumada. Todo marchaba bien. De pronto, sucedió lo inesperado. Un transeúnte recibió el "volante", lo leyó rápidamente y lo cogió de un brazo.

-"Estás detenido. Soy policía." -¿Y la placa? - preguntó él para ganar tiempo, pero el policía lo remeció bruscamente.- "¿Qué placa te voy a mostrar a ti, carajo? Vamos andando." Se zafó de un violento tirón y emprendió veloz carrera por calle Ahumada, sorteando a los transeúntes. Al tratar de atravesar la Avenida 0'Higgins lo arrolló un auto. Su muerte fue instantánea. Una mujer gritó, se escucharon algunas frenadas bruscas de vehículos pero el tránsito no se interrumpió porque un hombre muerto en la vía pública no es una novedad, eso ocurre casi todos los días en las calles céntricas y en los barrios de la ciudad, lo que proporciona material a los periodistas que cubren la crónica policial, que ilustran sus informaciones con dramáticas fotos de la víctima. "Chile ocupa el segundo lugar en el mundo en accidentes de tránsito en la vía pública" -afirman algunos diarios con disimulado orgullo. No obstante, grupos de curiosos rodearon el cadáver, le daban un vistazo, escrutaban su rostro ensangrentado y seguían su camino apresurados, apremiados por sus propios problemas, rumiando sus soluciones.

Dos policías inspeccionaban los bolsillos del muerto y se percataron que no portaba armas ni documentos.

-"Este debe ser del MIR" -dijo uno de ellos y el otro aceptó con un gesto afirmativo de la cabeza.

-"Lástima que haya muerto. Lo habríamos interrogado para averiguar dónde imprimen estos volantes subversivos." Un reportero gráfico llego corriendo y apartó bruscamente a los curiosos y tomó fotos del muerto desde diferentes ángulos, tratando de que se destacara el rostro ensangrentado, con los ojos y la boca abiertos en un perenne grito mudo, Los policías lo dejaban hacer, satisfechos de que pudieran aparecer en los diarios o revistas, con la misma satisfacción que debe experimentar un cazador en la jungla cuando coge a su presa. Mientras tanto Berta lo aguardaba con el frugal almuerzo pensando en los niños, en Rubén, en su destino, en sus cuatro meses de embarazo, viéndose a si misma flaca, descolorida, envejecida, sólo una sombra de lo que había sido antes de su matrimonio, de lo que habla sido cuando era alumna del liceo y los muchachos la perseguían en la calle, a la salida del colegio para echarle piropos o invitarla al cine o a una fiesta escolar ante su fría indiferencia para enardecer a sus admiradores. Todo cambió después del derrocamiento del gobierno popular, Rubén fue expulsado del Banco y comenzaron las angustias económicas, las rencillas domésticas, el afanoso vagar en busca de trabajo en una ciudad permanentemente vigilada por batallones de "soplones" que se encargaban de espiar los movimientos de los sospechosos de oposición al gobierno militar para sorprender sus planes y confinarlos en Tres Alamos o en los siniestros calabozos secretos de la DINA. Los curiosos, poco a poco, fueron disminuyendo porque los policías cubrieron el cadáver con hojas de diarios y les quitaron, en esa forma, la satisfacción de su curiosidad morbosa. Sólo las piernas quedaron al descubierto con los zapatos de suelas gastadas de tanto caminar por las calles santiaguinas en busca de trabajo o en la distribución de propaganda callejera clandestina. Luego se escucharon estridentes bocinazos de una ambulancia llamada para recoger el cadáver y trasladarlo a la morgue. Después, sólo quedó en la calzada un pequeño charco de sangre que las llantas de los vehículos borraron rápida y definitivamente.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03