Ariel Dorfman

EL ESTADO CHILENO ACTUAL Y LOS INTELECTUALES

Acercamiento preliminar a algunos problemas impostergables (1)

Ariel Dorfman

Durante el gobierno de Salvador Allende, los artistas e intelectuales chilenos tuvimos ocasión, por primera vez en nuestra historia independiente, de enfrentar en nuestra práctica, y de ir revelando con ella, los grandes problemas culturales que el país había venido acumulando en el curso de su existencia. Más allá de los éxitos, exploraciones y febriles accesos de participación cultural, que han sido suficientemente exaltados -¡y con razón!- en libros y encuentros solidarios, esta situación inédita significó descubrir, al tratar de resolverlos, algunos dilemas y contradicciones que vivían los trabajadores de la cultura comprometidos con la emancipación de nuestro pueblo creador de riqueza material y cuya lucha es la condición para el desarrollo de las percepciones y avances del proceso de pensamiento y emoción nacional y liberador.

Sin entrar acá a definir estas disyuntivas que quedaban al desnudo, bastará afirmar que se trataba, en lo esencial, de encontrar una respuesta a varias fracturas estructurales cuya solución ya no podía diferirse: cómo se vinculaba el creador intelectual al semillero magnífico y marginal de la contra-cultura popular de la que se proclamaba adherente abstracto pero con la que mantenía escasos y esporádicos vínculos reales; de que manera integrarse a los medios masivos de comunicación v a las instituciones formalizadoras y difusoras de sensibilidad luchando por sustituir la múltiple visión imperial dominante, cuando las prácticas artísticas eran reducidas y solitarias; en qué sentido era posible definir las tareas del arte como algo que desbordara el campo, por muy imprescindibles y urgente que fuera, de la agitación y la propaganda en una lucha por el poder; desde dónde definir los grados y límites de la participación y de la crítica en una lucha por el poder, frente a un proceso revolucionario que engendraba tanta esperanza y entusiasmo pero que acabó en una derrota de tales proporciones; cómo conciliar el arte como servicio y el arte como revelación no-inmediata; cómo crear un lenguaje que expresara la unidad nacional y a la vez contribuyera a una hegemonía creciente de la clase obrera.

El golpe de 1973 zanjó con brutalidad muchos de estos problemas y dudas, y otros más, que los intelectuales nos habíamos estado fijando en los años anteriores. Complicó en demasía la vida (y la muerte) del pueblo chileno, y la de sus artistas y pensadores, pero simplificó -desafortunadamente- bastante nuestras relaciones con el nuevo Estado retrógrado que se gestó y acometió de una manera tan dramática. Frente a la existencia, y frente a nuestra profesión misma, nos dejó con las opciones estrechas, reduciendo el inmenso caudal de posibilidades que había abierto el período anterior, y nos dejó también con las tareas anchas y supuestamente transparentes.

Podemos ilustrar brevemente la distancia que va de un momento a otro. En efecto, no es inimaginable la siguiente situación, que por lo demás fue rigurosamente histórica y hasta podríamos confesar autobiográfica. Pongamos la atención en alguien que el día 10 de septiembre de 1973, el día lunes previo al golpe militar, diseñaba en Chile la filmación de una teleserie que sería difundida nacionalmente, ante millones de espectadores. Ese individuo, tal cual, se encontraba, dos días después, el 12 de septiembre, buscando rabiosamente un lápiz y una muralla (o un prudente pedazo de papel más íntimo) para expresar su furia, pero también su esperanza y su certidumbre de que tiene importancia compartirla, y superarla, con otros seres humanos. El resquebrajamiento temporal de ese trabajador de las ideas de repente escindido de sus medios de reproducción coincide con la de todo un pueblo desfasado, que retrocede en el poder obtenido, lo que incluye, por cierto, el poder intelectual, la posibilidad material de producir, distribuir y recibir las formalizaciones y representaciones.

En efecto, en Chile a partir de 1973 se trataba, y aún se trata, de reformular enteramente el país como tal, de arriba y especialmente de abajo, para restaurar y garantizar una dominación a largo plazo del imperialismo y de la gran burguesía monopólica y agraria. Ese sojuzgamiento no se encontraba tan sólo amenazado por el poderío que había obtenido la clase obrera y sus aliados, sino que por toda la trayectoria democrática e institucional anterior de Chile. Había que erradicar a los marxistas, por cierto, pero también era menester eliminar de la vida nacional a todos los que creyeran en la democracia y el diálogo, acusados de haber sembrado el advenimiento del «caos». Rehacer un país con la conciencia y la organización de Chile no podía efectuarse sin una intervención militar incesante, sin el terror como norma del Estado.

Todos sabemos lo que ha sido la crónica de estos años. Ha llamado la atención, ante todo, la represión masiva y cruel: los asesinatos, las cárceles, las torturas, las emigraciones, las prohibiciones de todo tipo a asomos de libertad.

Desde el punto de vista del tema que tocamos, nos interesa, sin embargo, detectar el hecho de que se vuelve una política del Estado controlar y someter a su vigilancia todas las esferas, públicas y privadas, de la realidad, incluyendo, por cierto, las actividades intelectuales, a las que corresponsabiliza específicamente del clima subversivo. Comunicarse se vuelve un crimen y hay maneras eficaces de castigar sin demoras esas transgresiones a los dictámenes oficiales. La persecución, por ende, desborda a los habituales sectores a los que estaba reservada predilectamente desde hace siglos, los campesinos y obreros, para dar la bienvenida masiva a estudiantes, profesionales, artistas y la clase política como tal.

Pero es un error comprender estas políticas fascistas únicamente en el terreno de las libertades (de expresión, de reunión, de elección, etc.), como atentados a los derechos humanos que ningún Estado debe desconocer. El asunto va más allá de eso. El Estado se vuelve omnipresente en la vida de una manera nunca vista antes en el Cono Sur de América Latina, recomponiendo sistemática y metódicamente todos los aparatos ideológicos y las instituciones de socialización para ensayar la procreación de un engendro humano dúctil, coherente con los modelos económicos de entrega a las transnacionales y de sobre-acumulación acelerada del capital. La organización de la economía misma es una incesante escuela educativa, presionando conductas y confines. Esto significa la fascistización de los medios masivos, de las universidades y los kindergarten, de la vía pública y de la transcurrencia cotidiana. Esto significa que baja la inversión en la cultura y en la educación mientras se clausuran los canales habituales de financiamiento y de subvención de las actividades intelectuales. Se mercantiliza la salud, los cementerios, los sectores estratégicos de la economía. ¿Por qué escaparía a esta regla comercial el pensamiento y el sentimiento organizados? El empobrecimiento, la cesantía, la desnacionalización tocan doblemente al intelectual: en cuanto atacan y paralizan a la comunidad misma de la que forma parte de tantas maneras diversificadas, y en cuanto desamparan las posibilidades de producir, circular, recibir ideas, restringiendo los recursos. El país se vuelve más dependiente del extranjero, y esto no se aprecia tan sólo en el mercado sino que asimismo en los libros, las revistas, los teleteatros, las modas. La mirada cotidiana queda sometida a jurisdicción militar, y el diálogo y el pluralismo son meros engaños frente a los genuinos representantes de una esencia «nacional», «cristiana» y «occidental», como son el orden, la disciplina, la obediencia, la propiedad privada para algunos y la privación de propiedad para todos los demás.

Esta mera enumeración de las virtudes del régimen del General Pinochet permite discernir la distancia que nos separa de los atascaderos y brechas que enfrentaba el intelectual durante el gobierno de Salvador Allende. Ante todo, se observará que el fascismo nos ha relevado de todas esas complicaciones y alternativas que derrochamos generosamente antes, puesto que ya nadie se imagina participar en los aparatos ideológicos del Estado, por lo menos los públicos y masivos, ni tampoco es viable expresarse sin provocar la bota o la censura. Hoy, lo que está a la orden del día es luchar por la libertad, que surge como algo básico y previo a cualquiera otra ambición o escaramuza, que es fuente y manantial que permite hacerse las preguntas que llegamos a dilucidar demorosamente durante el tiempo de la democracia. Habíamos tomado la libertad alegremente como algo irreversible, algo dado. Su ausencia tan repentina nos enseña que es la secuela de una larga contienda anterior, y su reconquista no puede originarse, por lo tanto, sino como corolario de una contienda idéntica, ojalá menos larga. Veremos que los grandes dilemas enunciados continúan ahí, sin arreglarse, exigiendo también una respuesta, pero entendemos que la tarea más apremiante es liquidar a la dictadura, porque mientras ella subsista, mientras se prolongue un Estado como éste, no habrá ninguna posibilidad tampoco de identificar y profundizar los debates y las prácticas en torno a la independencia, cultural y económico-social, del país y del continente. Paradójicamente, entonces, la dictadura acaba politizando aún más a ciertos intelectuales, en cuanto los fuerza a concebir su trabajo principal en términos precisamente políticos, por lo menos mientras tanto, en cuanto sirva o no para avanzar hacia la democracia, para acumular fuerza, para convencer a los indecisos y animar a los convencidos.

Esta política no afecta únicamente al intelectual progresista o comprometido con los cambios estructurales, sino que la tiranía conculca y menosprecia también a otros sectores intelectuales que se sienten asfixiados y asqueados por ella, y que sin embargo no estaban ni están ni tal vez estarán preocupados pre-eminentemente por lo que se puede llamar «servicios» a la comunidad ni por su integración a las necesidades y vivencias de las capas populares. El régimen les repugna. Esos intelectuales más tradicionales, que se han definido por su neutralidad en otras coyunturas y que se sienten satisfechos con los estatutos y comportamientos que un «intelectual» tiene en nuestras sociedades, se sienten sofocados por las prohibiciones y los vejámenes, por la mediocridad y la estrechez mental, por la hipocresía y la miseria, igual que sus colegas más militantes. Aunque expresen su rechazo de otra manera.

Frente a este tipo de Estado, por lo tanto, al intelectual no le resta otra alternativa que la oposición, más o menos frontal. La cantidad de trabajadores de la cultura que se han doblado obsecuentes ante la dictadura es realmente ínfima. Porque se está vulnerando el país entero, se quiere retrotraer a toda la comunidad hacia el pasado, se impone la barbarie de la muerte y esa segunda barbarie que es la mentira, se persigue tanto al público habitual y potencial como a las fuentes de inspiración y estímulo. Pero además porque a los productores intelectuales se les aflige directamente. Ya no en cuanto les acontece una respetable cuota de sufrimiento junto a su pueblo, sino en el hecho de que el Estado los excluye a priori de toda participación significativa, tanto en las actividades de «servicios» en los que habíamos colaborado en los últimos años como en labores más consagradamente intelectuales. El Estado se reserva el derecho y los medios para acusar, juzgar, condenar y castigar a los sospechosos de creación y pensamiento, puesto que entre sus prerrogativas se yergue la defensa del orden ideológico vigente, monopolizando el poder cultural. Se presupone que todo esfuerzo intelectual con algún mínimo margen de soltura y honradez va a finalizar cuestionando la validez de la retórica oficial, que no admite refutación alguna. Por eso, se usan términos médicos para calificar a los chilenos: contagio, contaminación, cáncer, paciente, purulencia, convalescencia, intervención quirúrgica, amputación, extirpación, insania. Los intelectuales son el síntoma más vocal de una enfermedad que ha alcanzado al cuerpo nacional, y hay que remendar pronto al lisiado. Y que el paciente no grite durante la operación.

El Estado fascista nos revela con esto, absurdamente, algo de que muchos habíamos dudado secretamente desde que tenemos uso, y buen uso, de razón, si bien no faltó quien lo proclamara quizás con más emoción que convencimiento: la palabra es poder. La ración de fuerza que representa dependerá siempre de los medios a su disposición (nunca olvidemos la situación material desde la cual el mensaje se difunde). Pero aprendimos otra cosa: igualmente importante es cuánta verdad contiene, cuántas personas se sienten interpretadas y vocalizadas por lo dicho, hasta qué punto esa mirada sobrepasa el mero punto de vista subjetivo, siendo reconocida y requerida por un colectivo como portadora de una revelación.

Inmediatamente después del golpe esta fuerza fue utilizada por muchos intelectuales en labores lindantes con la política. Sea por su capacidad expresiva, sea por el prestigio ganado en trabajos anteriores, se tenía acumulado algo valioso que aprovecharía la resistencia, más en el exilio que en el interior. Se hacía agitación, se protestaba, se redactaba esto y aquello, se conseguía apoyo y dinero, se ayudaba a organizar, se contactaba. Veremos más tarde que esto conlleva una tendencia peligrosa a subordinar el trabajo intelectual a la propaganda, a la agitación, a la denuncia, pero en un primer momento eso no se revela como una contradicción fundamental.

Ocurre que en la cultura nacional persisten todos los problemas estructurales de ayer, pero agravados en mucho, y a los cuales se agrega ahora una cantidad de otros que tocan a la supervivencia misma de la nación que se supone tendría que desarrollar esa cultura. Como todo depende de la eventualidad de concertar una alternativa mayoritaria liberadora, se aduce que los otros requerimientos pueden relegarse a tercer plano para concentrarnos en la resolución de las emergencias. Cuando el barco se está yendo a pique, se argumenta, no vamos a ponernos a discutir de qué color pintar la cubierta.

Este es uno de los nudos gordianos esenciales en la actualidad. Se prioriza, justificadamente, la lucha contra la represión, entendiendo que es también cultural cualquier forma de represión. Pero perdura aún el problema de la opresión cultural. Al haber intervenido el Estado con toda su fuerza disponible para reprimir, no nos queda otra que priorizar esa lucha, porque sólo superando la merma de libertad podremos enfrentar la opresión cultural, sólo así encontraremos los medios y las atmósferas movilizadoras, sólo con democracia estaremos en condiciones y con energías para proponernos tareas más complicadas.

Claro que tal grado de violencia puede aplicarse impunemente sólo si hay un pueblo culturalmente deprimido, desequilibrado, menoscabado, sin brotes de identidad, que acepta esa furia animal sin rebelión, sin resistir, con la pasividad de los fallecidos. Esa represión puede adscribirse un éxito considerable, aunque parcial, puede neutralizar, paralizar, torcer y dañar, pero si se encuentra con constelaciones inapagables de cultura liberadora, no los podrá borrar para siempre, esa clase dominante no podrá asegurar su estabilidad en el poder. La salvaje reacción de las fuerzas armadas chilenas en contra de los trabajadores de la cultura se debe, a mi entender, entre otros factores, a que justamente muchos intelectuales se habían enfrentado a la opresión cultural, y que el hostigamiento a los fundamentos ideológicos de la dominación, de las formas de operar del Estado, había crecido hasta una masividad irreverente y sancionable.

Así que la posposición de los problemas de la opresión cultural tiene que ser provisional. Uno de los peligros del momento para nuestra intelectualidad es una fijación obsesiva en los acontecimientos inmediatos. Esto es beneficioso en cuanto nos arrima al pulso vital, cercano, candente, de la realidad. Pero la cultura tiende a concebirse únicamente como un arma de combate contra la dictadura, desplazando otros aspectos inapreciables de lo intelectual, que no poseen efectos vistosos, constantes y sonantes, pero que pueden ser decisivos para la creación y el fortalecimiento de un país capaz de conocerse y practicarse en el lenguaje, capaz de oponer a las minorías sojuzgadoras otro concepto de nación, de naturaleza, de relaciones humanas, otros valores. En estos últimos tiempos, a medida que la dictadura hace crisis pero prorroga su estadía, nos comenzamos a demandar, más allá de la acción y la animación cultural, ¿qué pasó con Chile, qué mitos construimos o consentimos entre todos que nos condujeron a esta catástrofe, cómo pudimos habernos equivocado tanto, cómo podemos objetivar mejor nuestras experiencias para no recurrir a los mismos errores y a cultivar las mismas sectas? ¿Qué éramos, qué fuimos, qué hemos de ser? Preguntas que no se responden con facilidad y sin un esfuerzo doloroso.

Pero estas preguntas se entremezclan con un sentido de urgencia, no se pueden suscitar en la abstracción. Iremos discutiendo también sus respuestas en tanto hoy se les pide a los intelectuales determinadas actuaciones que no pueden dejar de acometer.

Ante todo, hay que defender lo que se está atacando con tanta irracionalidad. La Junta busca cortar el país en pedacitos flotantes e inconexos, sin hilación entre sí ni hacia el pretérito. Así que tenemos que defender los órganos de la solidaridad y del corazón y de la inteligencia. Hay que mantener caliente la herencia, lo que hizo antes y sigue sirviendo y se halla amenazado. Hay que dejar intacta y tonificada la razón, y negarse a que la conviertan en una máquina de restar o de sumar fracciones. Hay que descubrir la esperanza no-retórica, y reiterar el sentido mismo, primigenio, de comunicarse. La degradación general de los instrumentos culturales en el país, su baja de nivel, la abulia, el abotogamiento, indican que el lenguaje está siendo minado. El poder dominante, que se arroga la facultad de los botones y de los altoparlantes y de las cámaras, lo sabe, y no tiene para qué argumentar, no tiene para qué convencer a nadie, no tiene para qué hacer dudar o movilizar los ánimos, no tiene para qué fecundar las emociones. Desde Chile nos llegan mensajes en que los compañeros murmuran acerca de la interminable tarea cotidiana de no achatarse, de seguir furiosa y tranquilamente lúcidos o siquiera lógicos, de seguir explorando los pluralismos de la semántica entre el ruido ensordecedor y a veces arrullante de marchas militares y jingles de detergente que limpia todo, incluso la conciencia.

Esto quiere decir que cuando el Estado asume plenamente su función de Intelectual Dominante, cuando ya no confía en que las formas habituales de hegemonía sirvan, ocurre a la vez que convexamente se potencia la voz y la responsabilidad del intelectual como una especie de pequeño estado. Otros sectores del pueblo han sido marginados de las decisiones, de la participación, de la expresión. Al disminuir las fronteras de lo democrático, el intelectual tiene más que pronunciar, relativamente, y se espera de él más que antes. La mordaza realza la claridad de la voz. Aumenta su resonancia, como un bardo que sobrevive necesita relatar la vida de los que naufragaron y continúan esperando el rescate.

Al prohibirse la palabra, se pone de relieve la esterilidad de tantas polémicas sobre el rol, culpable o no, del intelectual en países subdesarrollados o, por lo menos, se las posterga. El fascismo nos enseña, decreto mediante, que expresarse ya es una victoria, y que lo que habíamos expresado antes se debía a combates minúsculos de personas que no conocemos, que nuestra libertad individual es irrelevante si no se acompaña de la libertad que se construye por y para el pueblo que es su soberano y garantizador. Nuestra capacidad se ve sustentada y a la vez recibimos una lección de modestia, al fundar nuestra acción en la de un destino colectivo mayor. En todo caso, en vez de inculparnos por tener la dádiva de la palabra, deberíamos sentirnos conmovidos, agradecidos, alegres, aliviados, por disponer de algo que nos permita hablar y ser escuchados en una época en que son tantos los que merecerían esa celebración y no la tienen. Retroactivamente, esto significa valorar muchas de las contribuciones propiamente intelectuales al conocimiento y debate en el seno de la comunidad, los que antecedieron el proceso revolucionario y que durante ese período consideramos que podían postergarse o relativizarse y que brotan con toda su relevancia gracias (¿gracias?) al acorralamiento de que son objeto. Volveremos a ello más tarde, pero no cabe duda de que estamos tomando conciencia de que las tareas más típicas, eran también y son todavía esenciales para el bienestar del país y no pueden ser simplemente subordinadas o anexas. De qué manera tal revalorización puede llevarse a cabo sin volver a estatuir al intelectual o artista como una entidad separada, como una conciencia principalmente crítica que acentúa sus privilegios y derechos más que sus responsabilidades, es sin duda uno de los más interesantes problemas que se sondearán en los años a venir.

En efecto, esta revalorización del rol tradicional del intelectual compromete dos aspectos simultáneos. Por una parte, es indicio del retroceso general que sufrimos, puesto que carecemos de condiciones materiales para generar mensajes de tipo superior y de condiciones políticas para insertarnos en los sitios de mayor difusión. Cuando la colectividad se debilita, es natural recurrir a la creación más individual o solitaria. Se aprecia, además, la legitimidad y el coraje de ese tipo de expresión: hay escasos medios para difundirla, hay una ruptura con el pasado y sus estilos inapropiados, se empobrecen los vínculos y los ecos con la crítica y el público, la influencia de la voz mengua, el imperio de la clase dominante sobre la fabricación industrial del sentimiento y de los placeres se vuelve incontestable, se nos somete a innumerables coacciones y lejanías. Autonomizar el trabajo intelectual aparece casi inevitable en tales tiempos, correspondiendo a la atomización que sufre el país entero.

A la vez, y es el segundo aspecto, no podemos juzgar tal comprensión de la trascendencia de esas actividades como una consecuencia de un retroceso (lo colectivo cede a lo individual), porque también es el fruto de nuestra maduración, de una reubicación de funciones intelectuales que no habíamos atendido cuidadosamente y que nos eran propias.

Pero tampoco tal imagen es completamente cierta. No hay que simplificar el fenómeno (se debilita la clase obrera, el intelectual retorna a sus ocupaciones habituales). Las opciones del intelectual se han visto reducidas, pero no han desaparecido del todo. No hemos retornado al siglo XIX o a los orígenes, aunque el modelo económico y político quisiera verificar ese desplazamiento. La historia que ocurrió persiste en muchos bolsillos y vivencias de maneras que todavía no entendemos. Cualquiera mirada medianamente serena a los acontecimientos culturales de los últimos años nos señala que han sucedido reacomodaciones cuyo sentido recién ahora comenzamos a vislumbrar.

Fuera de la ambigua dignidad del silencio o del más ruidoso trauma del exilio, al trabajador de la cultura que decide residir en Chile siempre le queda el cultivo clandestino de sus obras. Todas estas elecciones, sin embargo, dejan incólume el poder dominante en cuanto no se le disputa su hegemonía ahí donde se ejerce: en la vida pública del país, en la existencia cotidiana. Aquí, nuevamente, el símbolo del intelectual en rebeldía frente a un Estado todopoderoso captura la imaginación pero no la quintaesencia de la situación.

Ya hemos explicado que la estructura y organización de este Estado y de su control de los aparatos ideológicos no aconseja (o permite) acceder a puestos dentro de ellos que dejarían modificar o siquiera tener ascendiente en sus modalidades. Tal eventualidad está exonerada. La infiltración puede servir para ganarse la vida, pero no nos hagamos ilusiones sobre sus posibilidades de preponderar sobre el mundo con algún éxito.

Pero eso no significa que hayamos quedado en una condición de absoluta indefensión o que la mudez elocuente o un soneto secreto o un aullido desde el extranjero sean las únicas avenidas transitables.

Ha ido apareciendo en Chile durante los últimos años una organización de la cultura diferente a la que se podría haber pronosticado dada la ferocidad del régimen. Se trata de una contra-cultura abierta, legal (entendiendo la languidez e injusticia de tal palabra cuando la fuerza determina a cada instante las reglas del «juego»), autónoma de las instancias e instituciones oficiales. En otros estudios he analizado tal fenómeno, sus características y causas (2). La inestabilidad del Estado fascista, su aislamiento interno e internacional, la vigencia a nivel de la conciencia y de los hábitos de tantos decenios de democracia y de movilización, la presencia y permeación de valores de liberación en el conjunto de la sociedad, la supervivencia de los partidos de izquierda en la clandestinidad, la masividad del compromiso intelectual durante el período de Allende y secularmente, generan esta posibilidad bastante original, no sólo en América Latina. No quiero repetir acá descripciones o argumentos que pueden encontrarse en otras partes. Lo que vale la pena destacar es la decisión, lenta, múltiple, espontánea, dirigida, de ir constituyendo tenues y primarios núcleos de poder autónomo que no están supeditados al Estado sino en cuanto éste los puede prohibir o censurar. Recordemos que una sustancial parte del trabajo intelectual y estético chileno se desplegó justamente durante años bajo el alero del Estado, con su protección y fomento, dentro de sus diversas instancias (universidades, centros municipales, bibliotecas, ministerios, etc.), especialmente a partir de 1938. Ahora de lo que se trata es de realizar materialmente una cultura que no dependa de ese poder, que se legitimice por su fuerza propia, que gane su derecho a respirar al demostrar que sus pulmones son demasiados y que están entretejidos en el aire de todo el mundo. Son gérmenes de poder ideológico alternativo, de otro tipo de país y relación humana no-vertical, de una potencia cultural capaz de canturrear la verdad por muy mínimos que sean sus medios para propagarla.

No creo que tal búsqueda hubiera sido exitosa sin la experiencia multiplicadora y plurifacética de la Unidad Popular, que a la vez fue la culminación del avance democrático de toda nuestra historia independiente. En realidad, se retorna, aunque parezca increíble, a los experimentos de los comienzos de la clase obrera en nuestro país, a los tiempos en que Recabarren sembraba teatro y canto y periódicos en las salitreras, lo que por lo demás puede estudiarse también en la experiencia histórica, por ejemplo, de la clase obrera alemana en la época de Bismarck, para no ir más lejos. El fascismo hace redescubrir al pueblo el valor de la cultura, no sólo como un pretexto para organizarse, sino en cuanto es necesario plantearse ambiciosamente la tarea de pensar, expresar, plasmar, gozar, el país por sus grandes mayorías. Hoy la Junta y sus voceros empiezan a inquietarse de este renacimiento, empiezan a pedir más represión todavía. Pero los centros culturales ya existen en cada población, las manifestaciones se desarrollan en barriadas, sindicatos, escuelas, parques, teatros y hasta estadios. Su masividad garantiza que habrá represión, al llamar la atención. Su masividad también garantiza su supervivencia y desarrollo.

El vigor de esta nueva cultura abierta se encuentra justamente en la progresiva unidad de pueblo y productor intelectual, de organización de masas y trabajador de la cultura, lo que significa cambios en la actitud de ambos entes que se relacionan. No quiero sugerir con esto que estemos superando las escisiones estructurales que han plagado toda nuestra historia subdesarrollada, pero sí es notorio que tal afinidad y confluencia se plantea hoy más que ayer como algo urgente si hemos de sobrevivir. Lo que no significa que el campo de influencia y experimentación no haya sido drásticamente cercenado.

Tal vez este acercamiento se origina en la herencia de la Unidad Popular. Tal vez se debe a que el intelectual se pauperiza y participa realmente en los sufrimientos y desgarros del país. Tal vez nos damos cuenta de que sin nuestro pueblo no valemos nada. Tal vez la bestialidad del golpe nos sacudió más allá de las palabras. Tal vez el intelectual colectivo que es un pueblo organizado también fue confirmando el valor de la cultura como diferenciación y coraje humano frente a torturadores y cómplices. Sea como sea, en el interior de Chile se está forjando -de una manera todavía mínima- una relación entre el productor intelectual y el pueblo que va a influir sin duda en las relaciones del primero con el Estado futuro con que suplantaremos al régimen actual.

Es evidente, entonces, que el Estado fascista, pese a significar un inmenso reflujo, nos ha ido auxiliando a situar con mayor calma la transparencia de los problemas, forzando nuestra práctica y desnudando las prioridades. Es una lástima que necesitemos tal guía oscuro y aterrador para apreciar la luminosidad.

Pero tampoco caigamos en el triunfalismo barato. Parece inverosímil y aleccionador que la Junta haya conseguido unir, desamparándolos, al pueblo y a los intelectuales, acercándonos más que ayer. Yo me confieso hoy menos exiliado, en ese sentido, que durante todo el resto de mi vida. Pero no hay que juzgar las cosas desde ese único ángulo. Ha surgido una cantidad de nuevos problemas, más graves, y que tenemos el deber de enumerar acá. Precisamente, el primero es esta tendencia al triunfalismo. Cuando la derrota ha sido tan desproporcionada y el enemigo es tan perverso y maligno, todos aprobamos el decente impulso de exhibir el lado positivo y heroico y digno del ser humano, tratando de movilizar y animar, puesto que para tristeza basta y sobra con las de la Junta. Pero muchas veces tal propósito esconde un deseo de escabullir una reflexión más a fondo sobre el enigma nacional, lo que condujo a este pantano y este callejón con salida. Sin desmerecer entonces la prodigación de horizontes de victoria y de puños amanecidos, tenemos que realizar la crítica de los mitos, tenemos que triturar las costumbres congeladas de la mente. Construir mitos verdaderos que movilicen y a la vez desmitificar y hacer añicos falsos catecismos y prejuicios, lo que podría llamarse la lucha contra los enemigos adentro. No sé si ambas cosas serán posibles, pero ¿alguien puede pronosticar su inutilidad?

La mera enunciación de algunos de estos peligros puede ser de provecho, al menos para no reducir nuestra situación actual a esquemas y repeticiones y consignas.

Uno de los peligros se relaciona con el que acabamos de mencionar. Se trata justamente de que a veces nos falta o nos da miedo la discriminación estética. Y no me refiero solamente para el interior de la izquierda. Cuando se edifican frentes amplios antifascistas, éstos incluyen a todos, irrespectivo de sus talentos o de sus idoneidades. Se dice, con razón, que toda piedra es buena contra la dictadura. Pero no contra el fascismo interior o el atraso mental, respondería yo, no todas las piedras sirven contra los abecedarios fosilizados y autosatisfechos que socorren a las dictaduras y se instalan a su lado para reinar. Los cálculos numéricos no siempre ponderan la fuerza que tiene la cultura y la verdad. Tendemos, entonces, a asimilar y subordinar las luchas ideológicas legítimas y necesarias a las vicisitudes de una alianza política igualmente necesaria. La amplitud de ésta, que nadie negaría, nos hace perder de vista a veces muchos de los objetivos históricos que los intelectuales comprometidos y progresistas habíamos profundizado como vivencia de las condiciones del subdesarrollo cultural en nuestras latitudes. La nueva alianza que se propone se hace demasiado a menudo asumiendo un disfraz, una autocensura, atenuando todo lo que pudiera escandalizar a nuestros aliados. Esto se da adentro y afuera del país, por igual. La búsqueda de coincidencias -en el campo cultural como en otros- sólo es posible si no desdibujamos nuestra propia voz original. Aunque esto se relaciona en gran medida con las diferencias antes citadas entre la lucha contra la represión cultural y contra la opresión cultural, no es exactamente lo mismo.

Un segundo peligro, cercano a éste, es que seguimos sin medir los efectos que encierra el imperialismo cultural, y el hecho de que hemos retrocedido tremendamente en plantearnos siquiera los problemas de dirección y participación en los aparatos reproductores de ideología. Aunque este dilema no puede resolverse abstractamente, puesto que con la pobreza no se discute, no hay que actuar como si esta dificultad hubiera desaparecido por el mero hecho de que no podemos confrontarla hoy. No basta con proclamar (yo mismo lo he hecho) las bondades de una cultura de la pobreza o de la escasez como circuito que conecta con lo real o la fuerza de las semillas de la nación oculta o lo que sea, si no comprendemos que simultáneamente los mensajes tienen propietarios y diseñadores y máquinas y tecnologías y mercados y procesos químicos y avisos publicitarios y cursos de perfeccionamiento y sentimientos enlatados.

El tercer peligro es una evidente separación entre el país exterior y el interior. Esto es menos tajante de lo que podría esperarse, debido tal vez a la integración de los intelectuales en partidos y en organizaciones de masa. Pero lo cierto es que una gran parte de los trabajadores de la cultura más conocidos de nuestro país se encuentran hoy en el destierro. La lejanía, como he tenido ocasión de comprobar personalmente al comenzar a escribir opiniones publicadas legalmente en el interior de Chile, no es computable sólo en términos geográficos. No quiero entrar acá en este tema, pero está claro que además de un enriquecimiento de la cultura nacional, esta situación puede conducir a un divorcio de idiomas, cuyos efectos sobre nuestra sensibilidad cotidiana son impredecibles. Es una forma de fragmentación adicional, que se suma a todas las anteriores. Para poner un ejemplo: afuera habitamos una sobrepolitización que en mucho se vincula a la solidaridad que es nuestra tarea estimular y con la historia real que es un deber no olvidar, mientras que adentro todo se verifica por un proceso de alegoría, ocultamiento, disfraz de lo político, que tiene ventajas desde el punto de vista de superar los públicos sectarizados y buscar un lenguaje de consenso, y desventajas en cuanto un código tiende a perder vigencia cuando desaparecen los constreñimientos que llevaron a su construcción.

Por último, no es fácil conciliar las contradicciones que siguen amontonándose adentro. El golpe produce dos efectos aparentemente antagónicos, pero quizás complementarios. Por una parte, nos indica nuestra extremada vulnerabilidad como intelectuales, hasta qué punto era falso el mito del intelectual desarraigado y cosmopolita, y esto es cierto aún para los que más se preciaban de ello y más universalistas se sentían. Hernán Valdés, en Tejas Verdes, relata de una manera memorable esta experiencia de impotencia. Por otra parte, aunque parezca paradójico, nos crece un sentimiento del valor de nuestro trabajo intelectual, de su sentido e importancia. Vulnerables, sí, pero significativos. Con un poder más pequeño que ayer, sin duda; pero más responsables.

Estas contradicciones se sitúan en un panorama interior complejo. Las presiones de la realidad, sus urgencias, no siempre son cómodamente atendibles, conciliables. Sabemos que pensar, escribir, pintar, crear, es un modo de solidarizarnos hoy con el Estado que queremos construir hoy mismo y mañana también, que proyectamos esa alternativa a cada rato, en nuestro arte y en nuestra vida personal. La dominación es posible porque se hace astilla en la realidad, se sumerge en ella, se disuelve en las relaciones intrapersonales. La represión se internaliza, se hace vocabulario, se endurece en emoción automática y rígida, en crueldades miserables, en mezquinas defensas, en cegueras parciales. Si al intelectual comprometido con los cambios le toca denunciar, propagar, agitar, embanderar sus habilidades, servir, le toca otra tarea más magnífica aún y que puede alimentarse de la primera, aunque a veces entra en colisión con ella. Le cabe revelar lo que hay de humano e inhumano en todo lo concreto que nos rodea y permea, asfixia y abre, le toca transformar las claves y las miradas para que sean instrumentos de convivencia y de comunicación, capaces de dar cuenta de la extraordinaria sencillez y complejidad de la situación que hacemos y sufrimos, le toca nombrar fantasmas y tentaciones que preferiríamos no existieran pero que nos encadenan con más fuerza que muchas garras físicas, que muchas alambradas. Estas urgencias son impostergables, y sin embargo parecen estarse postergando en gran medida. Porque finalmente, no podemos plantearnos el dilema del Estado como un problema del poder. Es también un problema de valores. La cultura debe definir, colectiva e individualmente, el mundo tal como es, y también los mundos tal como los quisiéramos. La cultura tiene que recordar, ante el intento oficial del olvido y la desesperación y el consuelo rosado del chicle, la posibilidad de algo diferente, la certeza de que no somos esto que los fascistas y los capitalistas nos dicen y de que los tibios y los mediocres nos quieren convencer. La cultura es pensar y soñar un universo diferente, ser más que este cuerpo que se va a morir.

Estos peligros, y otros implícitos en la exposición anterior, sin olvidar el omnipresente recurso del enemigo a las armas frente a nuestras gloriosas letras, pueden, sin embargo, ser evitados. No lo digo tan sólo por recaer tan pronto en el optimismo acomodaticio que acabo de descartar. Cuando llegamos al gobierno popular de Salvador Allende nos dimos cuenta de que habíamos sido mal preparados en los anos anteriores para las tareas colosales que nos lloverían. Nos es posible hoy afirmar que el gobierno popular, en cambio, con todas sus limitaciones, nos preparó bien para los problemas que debemos ir resolviendo en estos años que vienen. Nos fue dada una oportunidad, quizás y probablemente única, para tomar el destino en nuestras propias manos y sentir que la historia, que lo inmediato y lo lejano, la hacen mujeres y hombres comunes y corrientes y no potencias ajenas y alienantes. Yo no sé, no puedo saber, si tendremos otra ocasión liberadora como aquélla. En los años que se acercan, duros y feroces, iremos comprendiendo que lo que ahí aprendimos lealmente no sufrirá la humillación del olvido.


Notas:

1. Este trabajo es una versión reducida de un ensayo, «El Estado y la creación intelectual: Reflexiones acerca de la experiencia chilena de la década del setenta», presentado al Simposio sobre Creación Intelectual en América Latina, organizado por la Universidad de las Naciones Unidas y la UNAM de México, en abril de 1979. Su publicación está autorizada por estas entidades.

2. Puede consultarse mi Culture et Résistance au Chili (Rêver, Anticiper, Préparer un monde different), Document IDAC núm. 15, Institut d'Action Culturelle, Genéve, 1978, y Pequeñas Alamedas: Problemas y Perspectivas de la Cultura Chilena Actual, en la Revista Casa de las Américas (1979). Es recomendable también una reseña muy hermosa de Julio Cortázar («Chile: Ganar la Calle») publicada en muchos periódicos y revistas de lengua hispana (enero de 1979). Para informarse más: de Samuel Guerrero, «Luces Nuevas en la Cultura Chilena», Araucaria, núm. 6, 1979.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03