Travesía

TRAVESIA

Ariel Dorfman

Literatura Chilena en el Exilio. N 12 octubre 1979

'Los apellidos de esos generales y comandantes sirven hoy para nombrar avenidas y plazoletas, sus retratos al óleo cuelgan en museos y quintas, los escolares recitan sus hazañas con veneración, y los caballos que entonces montaron son ahora estatuas ecuestres en las intersecciones de los bulevares. Y a el, en cambio, no le había tocado ni una mención a pie de página, ni un rincón en los grandes retablos de la época. Ni una callejuela de mala muerte, ni el fragmento de un discurso, ni unas palabras grabadas en una tumba que nadie conoce o visita. Es posible preguntarse si sabia acaso que las cosas ocurrirían así. Quizás si, quizás no. Lo único de que podemos estar seguros es que, para él, estos problemas no existían, no tenían la menor importancia, no se hizo jamás esa pregunta. Estaba preocupado por otras cosas'. Bruno Santelices (pseudónimo), 'Prólogo' de Nueva Historia Popular de las Guerras de la Independencia.

- No hay demora - anuncia la señorita detrás del mesón de informaciones, así que todo a horario, faltan sólo cuarenta minutos para que aterrice el avión de Buenos Aires, el avión en que se supone que vienes.

Imaginarte abordo no es una tarea imposible. Como siempre, ocupas algún asiento del corredor, le has explicado a Arturo que prefieres no sentirte como sardina, para eso basta y sobra con nuestras propias jaulas. Quizás ahora mismo estés escuchando la voz excitada de algún niño - cómo no va a haber uno sentado cerca, por ahí resulta en tu misma fila - que señala por la ventanilla exigiendo a su papá que mire el panorama.

Y simultáneamente la intervención del piloto que notifica que a su derecha, señores y señoras, el Aconcagua, con sus consabidos seis mil y tantos metros de altura sobre el nivel del mar, desde tu último viaje no ha crecido ni un gris centímetro, la reina de los Andes, la cumbre de las Américas, y es inevitable que te invada el murmullo agitado de los pasajeros, una marea de exclamaciones y bisbisees, de dedos que apuntan y flash que explotan, y por un instante aliviado es como si se aboliera el zumbido de los motores.

Tú no puedes, aunque deberías, aunque eso te ayudaría a pasar el tiempo, tú no logras inyectarte en el rol de turista, extraer asimismo el Fushica que descansa en el canasto abierto a tus pies junto a los documentos de viaje, unos libros intocados y una muñeca inmensa de ojos celestes, pestañas acariciadoras y cabellera dorada que haría un lindo regalo para una hija, si la tuvieras. Pero no buscas tu máquina, no la buscarás, por suerte sólo faltan cuarenta minutos. Te tocas el cinturón de seguridad. Menos mal.

No importa cuántas veces hayas realizado la travesía, a estas alturas se vuelve asfixiante una sensación que ha comenzado antes, apenas franqueas la puerta del avión y registras este callejón sin salida, una sensación que pudiste sofocar y que no deseabas definir, pero que ahora, con la cordillera silenciosa abajo, cruzando la incierta frontera de lo que debe ser Chile, va adquiriendo un nombre bastante claro: esto se llama miedo, un miedo que puedes confesar después con una de tus sonrisas burlonas y alejadizas, pero que de todas maneras se te va apoderando, te enmaraña como una garganta ajena, te avanza como sapos aplastados desde el fondo de unas manos que se humedecen a pesar de las órdenes de tu cerebro, se mojan, se han puesto a sudar. Y tomas conciencia de tu propia columna vertebral, qué fácil imaginar la manera en que percibes la aceleración del latido vivo y rotante que es tu cuerpo entero, tu cuerpo tan lleno de gorriones débiles y vulnerables que te podrían traicionar, algo que te socava desde el sexo, desde las ganas súbitas de ir al baño, de salir por la puerta del lavatorio y encontrarte en casa abriendo los ojos después de una pesadilla, o en otra época que está habitando otra espina dorsal, las ganas de amarrarse un paracaídas a la espalda» un miedo que exige ser reconocido como tal cuan asoma en la distancia esta cadena de montanas, tanta roca irreal y amenazante y cadáver allá abajo y la sombra del jet sobre las nieves que nunca se derriten y que golpean la vista del pasajero como una cachetada blanca y violenta.

- Es natural el miedo - te ha dicho Arturo cuando, inevitablemente, han terminado conversando de esto también, te lo dijo al retorno de tu primer viaje. - Yo no confiarla en alguien que no tuviera miedo. -

- Gracias - dijiste tú.

- De nada - dijo Arturo. Y añadió rápidamente:

- Pero en cuanto al miedo, sabes, yo que tú no lo trataría de ignorar. Esa es una pésima costumbre, avergonzarse de algo que existe. Yo le contemplaría la cara, es lo mejor que se puede hacer. Tratarlo con familiaridad, como quién dice. -

Tú intentaste minimizar el asunto, echándole a la broma.

- Lo que pasa es que no me gusta la cara que tiene. Es una cara muy fea.-

Arturo no es de los que convencen a los otros con discursos o moralizaciones. La tranquilidad viene por presencia, debido al modo en que endereza para ofrecer un cafecito aunque el mundo se esté viniendo abajo, por la forma en que prende un cigarrillo armándolo de a poco y deja que el fósforo se apague sólito en el cenicero y admira con cariño el primer humo y lo goza por mucho que uno sepa que está super-apurado, por la serenidad alerta y desparramada con que se reclina y te absorbe cada palabra, por las cosas chicas, por esas.

- żY tú qué dijistes? - le pregunté después a Arturo, cuando él conversó el asunto conmigo, como quién no quiere la cosa, como midiendo mis propias reacciones, invitándome a tomar cartas en el asunto, yo que nunca hablo de cosas personales, que no estoy hecho a las confidencias.

- Le dije que es como la cara del enemigo - me respondió Arturo, escogiendo con cautela su versión, mientras me buscaba los ojos, - si nunca le contemplas la foto, le dije, imposible que lo reconozcas a tiempo, y entonces te agarra de sorpresa, te das cuenta, a la vuelta de cualquiera esquina. -Yo no hice ningún comentario, pero según Arturo tú sí, tenias una respuesta en la punta de los labios.

- Despacito por las piedras - replicaste. - Tampoco se puede vivir sacando la foto del enemigo del álbum familiar a cada rato para examinarla, żno?

- Tampoco - convino Arturo, lo mismo que hubiera dicho yo.

- Si le dedicas mucho tiempo, el miedo termina por crecer tanto que te paraliza, te devora. Yo conozco gente que se ha enamorado de su propio miedo. -

Y yo no dije nada, pero tú: - Eso sería enamorarse del enemigo. -

- Lo que te puedo ofrecer - sonrió Arturo - son unos ejercicios mentales, disciplinar la mente poniendo la atención en otras cosas. -

- Gracias - dijiste tú.

- De nada le dije yo - me explicó Arturo, sin detallar el tipo de ejercicios que te había recetado, esperando quizás alguna respuesta mía, una opinión, qué sé yo, pero me quedé callado. Tú pensaste que el segundo viaje sería diferente, al haber conversado las cosas con Arturo iría cambiando tu estado de ánimo. Pero los consejos, como siempre, no habían servido de mucho. El miedo estaba allá, en el itinerario regular del vuelo, como si el piloto pudiera haberlo anunciado junto con la velocidad de la nave y los vientos norestes que encontrarían en minutos más, abrocharse los cinturones, prepararse para vertiginosas caídas, el miedo naciendo gradualmente con los faldones de la cordillera, un liquido parduzco, lento y sinuoso como los cerros cada vez más prominentes del lado de Mendoza, hasta que de repente, cuando aparecían cortando el cielo esas primeras rocas gigantescas, torcidas por millones de años de erupciones, también se alzaba el miedo allá, como un demonio que acude a una cita, cumpliendo su horario.

Así que lo único que te quedó entonces es lo mismo que ahora, pensar en mí, tratas de imaginar mi presencia, esperándote en Pudahuel, agradeciendo a la señorita del mesón de informaciones el dato tan preciso, sólo faltan cuarenta minutos, tienes que fijarte en mí, hacerme cuerpo en tu fantasía, clavar mi figura en tu memoria y anclarte a ella, pensar en Pedro que ahora seguramente caminará hacia el baño con lentos pasos sólidos, atisbando con confianza de animal terrestre los altoparlantes, Pedro que empuja la puerta de 'CABALLEROS' y que decide entrar aunque no tenga necesidad.

Por un momento, tú también te imaginas en el toilette del Boeing, casi sientes el refresco de una toalla de papel empapada en agua, una salpicada de eau de cologne, tu imagen súbita y sorpresiva en el espejo, ese pelo castaño, los ojos oscuros y restallantes que no contienen el menor asomo de temor, ese cuerpo tan alejado que no trasunta ni una duda, que no expresa lo que una sensibilidad excesivamente fértil te hace vivir a cada paso. Pero mejor no moverse, no arriesgar la certeza del vacío bajo los .pies, solo responder a la hostess que te pregunta si precisas algo, que gracias, que todo está de lo más bien pero que sí, en realidad, un pequeño whiskey no te vendría nada de mal, y los dos dólares en monedas y contarlos y ver cómo cae el hielo en el vaso plástico transparente, y sin agua, gracias, así no más, aunque después no lo toques, no te lo lleves a la boca, lo tengas ahí cerquita como un amigo que entiende todo y te calma. Quizás en ese mismo momento por una de esas extrañas casualidades, yo también sigo de largo hasta el bar después de secarme las manos y frotar los anteojos, desde el segundo piso del aeropuerto se divisa la pista, el ir y venir de camiones militares que cuidan las instalaciones, es natural que yo también pida un trago para empujar el tiempo, para que el avión se apure y baje de una vez, siempre que estés a bordo, uno nunca sabe. Pero tú debes suponer que yo sí que me lo beberé, sin mirar al hombre que exige un Tom Collins con gesto impaciente a mi lado, de a poco primero y después con la sed que aumenta apurándome, queriendo conservar algo para después mientras el trago se agarra de la garganta y no la suelta, y entonces mirar el cielo abandonadamente azul más allá de la cordillera por donde no se te vislumbra, ni siquiera un helicóptero o un pájaro, y terminar con lo que queda de una vez, justo en el momento en que le traen el Tom Collins al hombre que está a mi lado, y apremiar las manos en el bolsillo y calcular que sí, que podemos darnos el lujo, otro Gin con Gin.

Es ahora que los momentos se estiran y se hacen imposiblemente pegajosos, es ahora que hay que pasear la atención por lo que nos rodea, esas operaciones de higiene mental, es ahora que yo me encuentro mirando una señora vestida completamente de negro, una señora vestida pobremente y de negro, que desentona en Pudahuel entre tanto turista y viajante, acompañada de dos pequeñuelos y que da visibles muestras de haber estado llorando, y que quién sabe qué viene a hacer al aeropuerto, a buscar un ataúd del extranjero, a despedir a algún pariente que está siendo deportado, este es el momento para interesarse en la suerte de otras personas para no tener que examinar de cerca la vida propia, el futuro inmediato incierto, notar que detrás de la mujer, a unos buenos quince pasos, viene caminando un hombre maceteado, que el hombre se detiene, indeciso, cuando la mujer entra al baño y que ahora comienza a moverse hacia el bar y que se sienta cerca mío, al lado del hombre que pidió el Tom Collins, es ahora que tú tendrías que fijarte también en quiénes te rodean, concentrarte en la conversación, por ejemplo del niño ese que esta en tu misma fila, con su padre. Se me ocurre que el padre puede haberle prometido un cuento, algo para cuando empezara el descenso. El niño ha demandado quizás un relato sobre la cordillera, el padre duda, carraspea, y ahora accede.

Así que tu pones atención porque no te queda otra cosa que hacer, y por mi parte, yo me puedo imaginar la escena como si se tratase de mi propio hijo ahí al lado de la ventanilla, como si yo le contara alguna historia antes de dormirse, como lo haría yo si él no estuviera con su mamá en el extranjero, como lo haría yo si él no se hubiera ido y no tuviéramos que comunicarnos con carta en que nunca se puede decir nada de lo que importa, en que se tarda semanas antes de responder a la inquietud, a las perplejidades, a la lejanía. Es fácil concebir los personajes, el avión, el escenario, fácil y necesario llenar este rato exasperante -mente lento con algo más que la señora que no sale nunca del baño y el hombre que no pide absolutamente nada en el bar, que no ha desprendido sus ojos de la puerta marcada 'MUJERES', fácil suponer que podría ser yo el que está hablando allá a tu lado en vez de estar acá cuidando el gin como si fuera una joya gota a gota porque ya no me queda un centavo para otro y qué falta me haría, mientras tú cierras los ojos y tratas de no perderte ni una silaba, y qué mejor, que matar los minutos tuyos y los minutos míos con una historia de la cordillera, con un arriero que vivió hace cientocincuenta años como protagonista, una de esas historias extrañas que le gusta contar a Arturo, uno de sus ejercicios mentales quizás, y que escuchamos junto al niño ahora que el capitán anuncia que ha comenzado el descenso sobre el valle central y que en aproximadamente veinte minutos más aterrizaremos en el aeropuerto internacional de Pudahuel, donde tienes la esperanza, aunque no la certidumbre, de que yo te esté aguardando, tal como siempre, que el fiel Pedro esté allá a la salida de la aduana leyendo un diario.

- Era peligroso cruzar la cordillera en esa época -supongo que dice la voz del hombre a tu lado, una voz que concibo como la de Arturo, como la mía. - Y el peligro no venia precisamente de las montañas. Porque las montañas no podían hacerle daño al arriero. El se conocía cada desfiladero, desde niño los había ido explorando con su propio padre. -

Aún con los ojos cerrados no es difícil dibujarle la cara al niño, al niño que debería preguntar si acaso no existían aviones en esa época. Y el Papa que ni avión ni tren ni auto ni nada, el trayecto había que hacerlo a pie o en muía. Claro que el arriero había efectuado el cruce mil veces, en todas las condiciones: entre nieve, en medio del polvo traicionero del verano. Y el arriero no llegó nunca tarde a una cita.

Y ahora, si yo fuera el padre, yo le tomaría la mano a mi hijo, le examinarla el cinturón de seguridad, ver si está bien ajustado, mientras el piloto recuerda a los señores pasajeros que se ha iluminado la señal de 'NO FUMAR', que tengan la amabilidad de extinguir todos los cigarrillos, y justo en ese momento te acomete una urgencia de aspirar aunque fuera una última bocanada, y te cruza la cabeza la idea absurda de alguien condenado a muerte al que se le niega un cigarrillo, de un descenso hacia la muerte, pero para borrar ese pensamiento bastará con evocar al arriero que según la voz a tu lado no llegó nunca tarde a una cita, claro que no. A la hora convenida aparecía, calmado, imperturbable. Ni los cóndores sabían tanto acerca de los Andes. Conocía los glaciales, las cataratas secretas para la sed, los trucos de la neblina, los aluviones antes de que cayeran. Las hogueras del Ejército Libertador tejían leyendas en torno a su figura. Se decía, por ejemplo, que con meses de anticipación había ido dejando, en cuevas y refugios, leña y algún alimento seco, aunque no fuera para su propio uso, para alguien serviría.

El avión tiembla ligeramente en el aire, se sacude con un golpe de viento, luego gira y se ladea y comienza a bajar. Un rayo virulento de sol ilumina el ala y desaparece después. Abajo podrías ver, si te diera las ganas, si quisieras abrir los ojos, la ciudad de Santiago envuelta y mareada con su smog.

No, después de todo, no es tan complicado pasar el tiempo, participar yo también en el descenso, ir anticipando las palabras probables del papá, la cara absorta del niño, tu propia cara echada hacia atrás respirando profundamente el buen oxigeno que sale a raudales encima de tu asiento. Ya que tú no puedes fumar, tendrás que suponer que lo hago yo, lo haré yo por los dos, miro el cigarrillo con esmero antes de encenderlo como si fuera algún bicho raro, sigo la primera voluta de humo que monta y mis ojos se van más allá, al cielo arriba buscando el avión, faltan dieciséis minutos según el horario, y cuando mi mirada vuelve a tierra, la mujer de negro está pasando frente al bar, con los dos cabros de la mano, llega hasta la escalera que conduce al hall de recepción, se ha puesto en movimiento como una especie de robot o títere el hombre aquel, llega hasta el borde de la escalera y se detiene allá, la contempla con una mano en la pasarela. De repente, sin que me dé cuenta de cómo ocurre, se le une otro hombre, se la ha unido el hombre que estaba a mi lado, el que pidió y se tomó el Tom Collins. Uno de ellos dice algo al otro, esperan un rato breve sin hablar más, ahora ambos van bajando cuidadosamente, como si les doliera los pies. - Pero no era el ventarrón lo que amenazaba al arriero - prosigue el papá, tendría que explicar a estas alturas el papá. Y le preguntaría al niño si él sabe qué podía hacerle daño al arriero, qué era lo único temible, y no, no se trataba de los pumas, tampoco de los terremotos o las inundaciones. Le pregunta al niño si se le ocurre qué cosa, quién, podía hacerle daño al arriero.

- No sé - dice el niño.

Yo apago el cigarrillo, consulto mi reloj, pido la cuenta al barman con un gesto decisivo. Es como si yo mismo estuviera allá arriba, respondiendo la pregunta, como si Pedro estuviera al lado de su hijo en las noches antes de que se duerma, calmando la pesadilla, trayendo un vaso de agua, educándolo, respondiendo:

- Los hombres, hijo. Los hombres podían hacerle daño, eso. -

- żLos hombres? - Tú escuchas, yo escucho, los dos escuchamos la voz del niño que no comprende, que por cierto no comprende que haya refinamiento en el dolor. Cómo hacerle entender, sin aterrorizarlo, sin destruir su inocencia, que hay lugares más oscuros que los calabozos, algo mas duro y puntiagudo que una bala, algo mucho peor que la soga en la nuca. Cómo fortalecer al niño, prepararlo para la vida, quitarle su ignorancia, pero sin atiborrarle el espíritu de problemas para los cuales no está listo, cómo responder cuando te coloca la pregunta que no debería hacer, la que no debería hacer pero que es legitimo, es justo que la haga. Cómo explicarle al cabro que el arriero no quería particularizar eso, era mejor borrar el asunto, no pensar en lo que podía sucederle si en vez de Manuel o Fernando, si en vez de Manuel Rodríguez al final del camino había otro, había otros, hombres leales al rey de España, tropa del Capitán San Bruno, prontos a cogerlo.

Ahora sí, LAN-CHILE anuncia, por intermedio de una voz femenina por los altoparlantes, el arribo próximo de su vuelo 112 proveniente de Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro. Pago mis Gin con Gin y decido salir a la terraza de Pudahuel, no bajar todavía a la sala de recepción, no tener que ocuparse de la figura de negro de esa mujer, los cabros agarrados de sus polleras, los dos hombres ahora quizás tres hombres, examinándola desde lejos o desde cerca con sus ojos de arena. La terraza está repleta de familias excelentemente vestidas que esperan, un griterío de niños que ocupan la baranda chillando con cada avión que despega, diciéndole chao a pasajeros invisibles, otros que corren como endiablados en un juego eterno de pillarse y esconderse, entre las piernas de los adultos dedicados a otros vaivenes supuestamente mas importantes. Y allá arriba, en efecto, se alcanza a ver el avión que viene bajando, con demorosa gracia, el avión en que con toda probabilidad vienes tú, que ni siquiera o apenas has notado cómo se sueltan las ruedas de aterrizaje, el cuento del arriero sigue su curso, y volviendo a cerrar los ojos subes el vaso de whiskey hasta tu boca y sientes el liquido amargándote la lengua, un poco diluido por el hielo, se podría afirmar que por un momento logras gozar ese estado en que nada depende ya de ti, en que todo está entregado a otras fuerzas, en que tu voluntad ya no cuenta para nada, los naipes ya se repartieron.

No puedes saber que yo estoy acá abajo, quizás supongas mi presencia en la sombra para vigilar el momento en que por fin el avión tome contacto con tierra chilena y casi no sientes el sacudón con que aterrizas, todo es tan suave que es imposible darse cuenta de que están rodando a trescientos kilómetros por hora todavía y que las montañas están ahora dónde deben estar, allá atrás, allá arriba, y que ese rugido son los motores que frenan y ya no te cabe duda de que Pedro te estará esperando en él edificio gris de Pudahuel que se avista adelante, Pedro que después de seguir con su mirada la trayectoria limpia del jet decide ir bajando pausadamente las escaleras que conducen hasta el hall de recepción, Pedro que consulta el reloj, calculando el tiempo que tardará inmigración, policía internacional, aduana, revisión, acá abajo ya no se divisa la mujer de negro en ninguna parte, lo que sí se puede ver al lado de una oficina de seguros de viaje es una pareja de enamorados besándose, abrazados como si fueran estrellas apasionadas en la pantalla de un cine o en la televisión y no acá, en pleno hall de Pudahuel, entregados el uno al otro con abandono y furia, agarrándose los hombros y las nalgas a la luz pública, sin importarles un bledo de nada ni de nadie, no se entiende si es ella la que se va o si es el, los abdómenes pegados como un clinch de boxeadores obscenos, a modo de estatuas que se desnudan y tiemblan, y a ella se le resbala la cartera al suelo y el contenido se desparrama entre los zapatos y ninguno de los dos hace caso, siguen tratando de traspasarse y fundirse como si el hecho de permitir un milímetro de aire traidor entre cuerpo y cuerpo suprimiría todo derecho al retorno, a un nuevo abrazo. Yo registro la escena sin saber que hacer con mis ojos, dónde guardarlos, cómo seguir presenciando tanto dolor a tan pocos metros, no sé si quedarme ahí' atraído por una curiosidad todopoderosa o si girar la cabeza para otro lado y ver ahora sí a los dos hombres aquellos en un ángulo del hall, cerca de la salida de los pasajeros, los dos hombres que conversan y fuman y miran al par de amantes con los mismos ojos con que miraban a la mujer de negro hace unos instantes.

Pero tú nada sospechas de esto, mientras el avión rueda como una pluma, con más razón quieres escuchar el final del cuento del arriero, que se va acabando con la morosidad de las historias que se relatan al borde de las camas infantiles, en torno a las hogueras antes de que cambie la guardia nocturna, a la vuelta del colegio cuando hay asuntos que no se comprenden, en los momentos en que aterrizan los aviones y llegan los trenes y hay que tranquilizar el coraje y hay que desplazar los temores y hay que desenganchar los ojos de un par de cuerpos agitados por un solitario, interminable viento de amor, dejar de recordar un rouge, un pañuelo, unas llaves, a sus pies, preocuparse por encontrar un buen asiento frente a la salida de pasajeros, escuchar una voz que puede ser la del padre del niño que dice que San Bruno hubiera dado cualquier cosa por capturar a ese arriero, por obtener la información tan valiosa que sólo él tenía. Cualquiera hubiera apostado a que ese hombrecito tan modesto no podía saber nada muy especial. Pero él era un mensajero, llevaba cartas que San Martín en persona le confiaba. Y luego el arriero debía esperar la respuesta que la gente en Chile daría, volvía a Mendoza dónde se iba formando el Ejército Libertador. Y San Bruno lo buscaba, no conocía su rostro ni su nombre, pero lo acechaba a través de sus espías y agentes delatores. Porque el arriero sabia otras cosas, además de llevar cartas. El General hablaba de todo en su presencia. Se fijaban fechas, discutían escondites y alternativas, redactaban proclamas que el arriero no podía leer, pronunciaban apellidos franceses o británicos, repetían estrategias o dudaban de ellas. El arriero asistía a esos cónclaves secretos sin decir una palabra, tranquilo, impávido, sin mostrar otra emoción que la paciencia. Un mes más tarde, estaría de vuelta. - Y cómo se llamaba el arriero, papá? - Ya no se quién hace esa pregunta, si el niño imaginario en el avión, si mi propio hijo, ya no sé quién. Y tú también la haces, no te das cuenta de que los motores se han detenido, que el piloto agradece a los señores pasajeros la confianza de haber volado con LAN-CHILE, la temperatura en Santiago es 25 grados centígrados en la sombra y son las cuatro de la tarde hora local, esperamos tenerlos a bordo con nosotros en otra ocasión y ahora se repite la despedida en inglés, tú prestas cada vez menos atención, esperas, igual que yo, la respuesta del padre, el nombre del arriero, cómo se llamaba.

- Sé tanto como San Bruno - dice el papá, escuchamos que dice el papá. - Fíjate que no tengo la menor idea. Creo que por allá en algún libro especializado de historia debe encontrarse el nombre, pero yo nunca lo averigüé, te das cuenta. Entonces sonríes y te levantas de tu asiento.

No puedes tener todavía la certeza de que yo estoy instalado frente a la salida y que abro El Mercurio de hoy y que me pongo a leer la página editorial, pero de todas maneras sonríes y bajas con calma la escalinata y te despides de la hostess y caminas con paso firme llevando ese canasto con tus documentos y esa muñeca inmensa y dorada, primero la cola de pasaportes, pasaportes dónde te lo timbran sin la más mínima pregunta, tal como las otras veces, ahora a reclamar el equipaje, al portero le señalas la valija café oscura que él coloca sobre la mesa de revisión, una ligera inspección, las preguntas habituales mientras los dedos exploran con transitoria y casual avidez los rincones y la ropa, las respuestas también acostumbradas, no traes nada que declarar, algunos regalos, ningún trago, cierras con precisión y habilidad, el portero te atraviesa la valija en su carrito y ante su mirada de interrogación le indicas que tomarás un taxi hasta la ciudad, y a los dos hombres que fuman parados a la salida no les brindas ni una mirada, no te fijas en ellos, los vas a pasar sin siquiera mover la cabeza en su dirección, estás pasando a territorio chileno sin el menor problema, igual que la primera vez, tal como todas las otras veces, y entonces, por encima de mi diario, por fin yo le veo, por fin tu cuerpo llena el horizonte y la luz, después de tanto imaginarte parece un milagro que en efecto vienes en este vuelo, que se trata de ti y no de otra persona, te veo antes de que tú me divises a mi', sales con la tranquilidad y la compostura de siempre, y antes de que me vislumbres, antes de que me descubras sentado allá frente a la salida, leyendo El Mercurio con mi cara normal de aburrimiento, y yo bostezo de lo más bonito y tampoco me digno mirarte, tengo los ojos puestos como alfileres en los dos hombres que no se han movido de su posición, aún antes de que me veas el temor se ha ido y no distingues siquiera en qué momento desapareció, y no va a volver hasta el próximo viaje, y quizás se haya esfumado para siempre, y ahora si, me estás pasando, sin decirme ni buenos días ni hasta luego, está pasando primero tu valija y luego tú con el canasto, y hubiera sido hermoso informarle a Arturo que yo te he visto al mismo tiempo que tú a mí, en el exacto preciso precioso matemático idéntico instante iluminado, que en ese instante sin que nadie se diera cuenta nuestros ojos se encontraron, pero no es cierto, yo te vi antes como debe ser y ahora sigo leyendo el diario, estás pasando a mi lado, a centímetros de mi cuerpo, y ahora sabes que no hay dificultades, y yo también sé que venias en el avión presupuesto y que tampoco has encontrado obstáculos porque llevas el canasto colgando de la mano izquierda y no de la derecha, el canasto que casi me roza la rodilla al pasar, sabes que todo ha seguido marchando a las mil maravillas durante tu ausencia, que esta vez puedes nuevamente llamar al número de teléfono que te han dado en Buenos Aires y que te has aprendido de memoria y que tendrías que haber olvidado con verdadero terror primordial si Pedro, si yo, no estuviera como siempre en el aeropuerto para aliviarte la linda existencia, si los dos hombres se te hubieran acercado amablemente pero con ojos intangibles, sabes que puedes llamar a ese teléfono que yo por cierto no conozco, para que te pasen a buscar a una esquina que ya te indicarán, para que después te lleven a un departamento donde nunca has estado antes y adonde nunca volverás y en el cual sin duda te espera Arturo, que te ofrecerá un cafecito y uno de sus cigarrillos hechos a mano y entonces recién una vez terminados los chistes y alguna pregunta por tal y por cual, preguntas van y respuestas vienen, le entregarás la muñeca a él, que tampoco tiene una hijita, y ya pasaste a mi lado, aquí mismo dónde quién sabe en cuántos años más estaré de nuevo esperando a mi hijo que volverá al país cuando toda esta pesadilla se haya acabado, ya pasaste camino al taxi que te aguarda, sin siquiera tocarme a la distancia el brazo, yo no sé siquiera cómo seria el calor de tus dedos, cómo será tu voz cuando no hablas con un portero, cuando no actúas un rol, tú que me ves sólo en este infinitamente mezquino instante, yo que te miro de reojo por sobre un diario cada dos meses pero con quién nunca he intercambiado ni una silaba, ni una crestona frase, y cuyo nombre verdadero ni siquiera deseo adivinar, tal como tú no sabes nada de mí fuera de que me dicen Pedro y leo El Mercurio si todo anda bien y tengo una gran guata tranquila y uso anteojos y no necesito más que eso para cumplir la tarea, periódico y bostezo y gran guata tranquila y una intuición de los mil demonios para olfatear a los hombres que se paran fumando a la salida de pasajeros y nervios de acero para murmurarte sin palabras que estamos a horario, que no hay demoras, que la cosa va lenta pero puchas que camina, que heme aquí en mi sillón de aeropuerto, más solitario que nunca, acompañado desde lejos por ti y por miles como tú cuyo nombre no conozco imagino, que te digo con mi sola presencia, te digo, está bien, hermanita linda, bienvenida otra vez a Santiago, estamos bien, estamos de lo más bien, te veré en dos meses más, hasta la próxima, Mónica, tal vez algún día te pueda esperar de verdad y levantarme de un brinco y abrazarte como el loco que soy, ganándonos ese derecho también, hasta la próxima, y ya el taxi debe estar partiendo y yo doy vuelta la cabeza, y sabes, Mónica, yo también tenía miedo, sabes, aunque no se lo dije a Arturo cuando me lo insinuó, yo también, compañera, yo también tenía miedo.


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