Y qué oficio le pondremos

Y qué oficio le pondremos

Ariel Dorfman
Literatura Chilena en el Exilio. N 6 Abril 1978

Para Fernando Ortiz Letelier

'¿A qué distancia estamos de obtener el fruto? Así como la semilla requiere agua para hincharse y convertirse en tallo, así la flor y el fruto requieren calor para madurar. Nuestros corazones tienen mucho calor, soplemos un poco más, aumentemos el calor y el fruto caerá en nuestras manos.'

Recabarren, 1917.

No había casi nadie en la cola frente a la ventanilla, así que no tuvo que esperar tanto.

Ustedes vayan a sentarse allá, en ese banquillo - le susurró a los niños. Como vio que el mayor también hacía ademán de acompañar a sus hermanos, lo retuvo. Tú no, Lucho, tú te quedas conmigo.

Cuando le tocó el turno, no habló durante unos instantes, esperando que el empleado la reconociera. Era el mismo de ayer.

-Aquí estoy, señor, ¿Se acuerda?

-Diga, señora.

-Si ya le dije. Vengo a inscribir al niño.

El empleado le escrutó de nuevo la cara y pareció recordarla.

-Ah, claro, la que se había olvidado la libreta en casa.

-Usted no quiso inscribirme el crío - dijo ella. Aquí tiene la libreta, pues, seño'.

El empleado recibió el documento que le ofrecía.

-La ley es la ley, señora. Que se le va a hacer. Sin libreta no se puede.

Ella no respondió. El muchacho que permanecía a su lado se empinó sobre las puntas de los pies para ver mejor, Sus ojos llegaban justo hasta el borde de la extremidad inferior de la ventanilla.

-Bien, señora. ¿Cuando nació el niño?

-Hace ocho días.

El empleado hizo un gesto de impaciencia.

-No puede ser. señora. Dice la ley que debe quedar registrado dentro de un plazo máximo de tres días.

-Perdone, señor, pero fue hace ocho días -dijo ella. El cuatro de noviembre, para ser exacta,

-No es su primer niño, señora. Ya debería saber cómo se hacen estas cosas.

-Es la primera vez que lo hago yo, señor. Si quiere, le muestro la guagua. Se la traje, por sí había necesidad. Indicó vagamente en dirección al grupo de niños instalados con las patas colgando en el banquillo arrimado a una pared de esa oficina del Registro La más grande tenía en brazos a un pequeñito.

-Creo que le dije ayer que no hace falta la presencia física del concernido...

-Pensé que podía haber necesidad. Disculpe, señor.

-Bueno, señora, está bien. Vamos a hacer una excepción en su caso. Pero le advierto que la próxima vez va a tener que mandar a otra persona a inscribir al niño dentro de los plazos requeridos por la ley. ¿Entendido?

A ella algo le cambió levemente en la voz.

-No voy a tener más hijos, señor. Este es el último.

-Está bien, señora. Eso es cosa suya. Pero si decide tener mas, ya lo sabe. Manda a alguien. Puede ser el papá, o un hermano, un mayor de edad, eso sí, porque tiene que ser adulto.

-Gracias, señor.

-¿Dónde se efectuó el parto, señora? ¿En esta circunscripción?

Ella señaló la libreta. -En la casa, señor. Ahí tiene la dirección. Es la misma.

El hizo la anotación en la hoja correspondiente,

-El certificado de Carabineros, por favor.

-¿Señor?

-El certificado del retén de Carabineros, señora. Si no nació en hospital, debo tener alguna prueba del nacimiento del niño con autoridad competente.

-Ahí esta el niño, señor.

El empleado suspiró. Se quitó los anteojos y los fue limpiando con extremada velocidad. Luego se los volvió a ajustar.

-Le voy a explicar, señora- Hay que traer un papelito, así, como este, firmado por el sargento del retén de carabineros de la población donde usted vive.

-¿Por el Sargento Silva?

-Sí, señora, supongo que sí, por el Sargento Silva. El tiene que atestiguar que el niño nació en la fecha que usted dice.

-El no estuvo presente, ¿cómo va a atestiguar?

El empleado sintió los negros ojos del muchacho mirándolo con atención. No se le veía la nariz, sólo el par de ojos a la altura de la ventanilla.

-Señora, yo debería mandarla de vuelta a buscar ese certificado...

¡ Otra vez !

-...pero en vista de su condición y que ya vino ayer, y, bueno, como trajo a todos sus chiquillos, voy a hacerle el servicio de inscribirle la guagua sin más trámites. Pero espero que entienda que esto es altamente irregular

-Perdone, señor - dijo ella. - Antes estos problemas los resolvía mi marido. Es la primera vez,

-Está bien, señora. ¿Cómo vamos a llamarlo al niño?

La mujer no vaciló ni un instante.

-Luis Emilio.

El empleado pestañeó. Después, juntando los labios, consultó la libreta de matrimonio, que tenia abierta sobre el escritorio en la página correspondiente a nacimientos,

-Señora - dijo, por fin.

-Si no me equivoco, ya tiene usted un hijo que se llama así.

-Sí, señor, es este muchacho que está acá conmigo. El también se llama Luis Emilio, tal como su padre, señor.

-Señora - dijo el empleado - no puede usted llamar al niño, al nuevo, con ese nombre.

¿Y por qué no? Yo conozco mis derechos. Somos nosotros los que debemos de bautizar al niño.

El empleado notó que detrás de ella se formaba y alargaba una cola considerable. De manera ostentosa, examinó su reloj.

-Señora, no tengo toda la mañana. Le ruego que tome en cuenta que este niño no dispone del certificado correspondiente y que lo estamos inscribiendo de todos modos. Es un favor muy grande el que le hacemos. Entienda, por favor, que no puede haber dos niños de la misma familia que se llamen con el mismo nombre propio. Es ilegal. Ella respiró profundamente y se acercó lo mas que pudo a la ventanilla, hasta que estuvo a unos cuantos centímetros del rostro del empleado.

-Este niñito - sentenció - va a tener el nombre de su padre. Por eso, usted anote ahí Luis Emilio González Jaramillo. Esa es mi voluntad.

El empleado se paró bruscamente de su asiento, alejándose un poco de la mujer. Por primera vez elevó la voz, pero no tanto como para que quienes estaban parados en la cola, todos hombres, pudieran oírlo. -Señora, usted no le va a poner eso que dice a su hijo por la sencilla razón de que no se lo voy a aceptar. Ni yo, ni nadie en este Registro, ni en ningún otro Registro del país. Ya tiene un hijo llamado así, y no puede tener otro. Esa es la ley. Se sentó nuevamente, mas calmado, volvió a sacarse los anteojos, se los puso otra vez. -Imaginese el caos que resultaría si todos nos llamáramos igual.

Ella no se movió de la posición que había adoptado, atrincherada, inclinada inmensamente encima de la ventanilla.

Casi le borraba el horizonte al empleado. Cada palabra era categórica, estaba como masticada, digerida, meditada, separada.

-El padre de este niñito quiere que le pongan ese nombre, el nombre suyo, y ni usted, ni nadie, lo puede impedir. Hágame el favor de escribir así, bien claro, Luis Emilio González Jaramillo.

-Señora, esta es una oficina del Registro Civil. Tenemos mucho público que atender. Por qué no le pide a su marido que venga él mismo a registrar a la guagua. Se me ocurre que él podría ser más razonable. Como él ya ha hecho este tipo de trámites...

Trató ella de acercar su busto aún más, pero era imposible,

Bajó la voz hasta un semisusurro.

-Eso es lo que estoy tratando de explicar, señor. Por eso vine yo. Es porque él no puede. El empleado tomó la libreta y abrió la primera pagina. Ahí estaba la foto de la señora y a su lado, la del marido. Cuando levantó los ojos, se encontró con la mirada del muchacho, que no lo soltaba. Retornó a contemplar la libreta y, después, con un gesto definitivo, la cerró.

-Lo siento, señora. Verdaderamente, créame que lo siento... Pero no hay nada eme yo pueda hacer. Si quiere ponerle otro nombre, se lo ponemos en el acto. Si no, le ruego que se salga para un lado, de modo que pueda atender al público que espera.

- ¿No me va a hacer el favor, entonces, señor?

¿Ya le he dicho señora, que no puede resolver su problema.

Usted sabrá lo que hace... -¿Si, señor? ¡ El próximo!

Ella se instaló a un lado de la ventanilla. Un hombre tomó el lugar que ella había ocupado hasta ese momento. La mujer contempló con tranquilidad cómo realizaba los trámites. La conversación entre el hombre y el empleado, la fluidez con que todo se llevó a cabo. Cuando se fue, el empleado evitó mirarla. Llamó al próximo. Ella se quedó así durante un largo rato, viendo pasar los padres de los niños, inmóvil, salvo que en un momento agarró una de las manos de su hijo. El acto de inscripción era un proceso sin demoras, limpio, fácil, tajante. Antonio, se llamaba uno. Jorge Hugo, el otro. Gumercindo Sebastián, el que venía. Todos recién nacidos, todos registrados por su padre, o en su defecto, por el tío, y en un caso por el abuelito.

De repente, el empleado habló con más fuerza que de costumbre.

-El último de la mañana, dijo su voz, como si avisara la salida de un tren. Los demás, vuelven en la tarde.

Ella fijó los ojos en el hombro del señor que estaba parado tan cerca, el caballero que traía toda la documentación pertinente. Cuando este se despidió, ella se puso velozmente en su lugar.

-¿Y si le pusiéramos Emilio Luis? - dijo en un torrente.

-Señora - dijo él, sin levantar los ojos, con una fatiga de montaña en el cuerpo, en la espalda, en la nuca - ¿por qué no le coloca otro nombre y arreglamos el asunto de una vez? Al niño lo va a tener que inscribir de todos modos. Ahórrese mejor un día más de espera, la plata de la micro,¿no le parece?

-Me vine caminando - dijo ella.

La oficina se estaba vaciando. Salían todos para la hora del almuerzo. Pasó un colega.

-Apúrate. Federico...

El le dijo que ya llegaba, que lo esperaran en el casino.

-Señora, ya ve, estamos cerrando. No puede quedarse acá

Va a tener que esperar afuera.

Ella no le hizo caso. ¿Y puede cambiarse de nombre, más tarde? - preguntó. Dicen que hay una nueva ley, que la gente puede ponerse un nuevo nombre.

El parecía muy cansado. Se levantó de su asiento y se puso a arreglar con mucha lentitud los papeles que estaban sobre el escritorio. Casi no quedaba nadie en la oficina. Desde la

puerta, lo llamaba otro colega. Tomó una pequeña cadena, de esas que se colocan en las ventanillas para indicar que están cerradas.

Ella lo atajó con un gesto decidido.

-No me cierre, señor. Está bien. Le pongo otro nombre... Me atiende, ¿no?

El se quedó con la cadena en la mano muy quietamente, como si estuviera escuchando algo en la lejanía. La cadena se balanceaba en el aire. Le hizo una seña al colega que lo seguía esperando en la puerta. Después estiró la mano para recibir, por segunda vez esa mañana, la libreta.

-Maruja - llamó ella. Trae al niño.

El no se sentó.

-Bien - dijo, tomando la lapicera y sin soltar la cadena en la mano izquierda. -¿Que nombre le ponemos?

Ella pronunció las palabras con serenidad. - Que sea Salvador - dijo. Póngale Salvador, entonces. El vio que el último colega lo había entendido y que se marchaba. El único que iba quedando en la oficina era un solitario portero que, muy lejos de ellos, al otro lado de la sala, esperaba con alguna impaciencia que hubieran terminado para cerrar las puertas por donde salía el público. El repitió el nombre en voz baja.

-Sal-va-dor-.

La mujer tomó al recién nacido en sus brazos y se lo mostró al empleado. Salvador González Jaramillo - explicó ella, deteniéndose en cada silaba. - Aquí esta.

Los niños se encaramaron sobre la ventanilla para ver cómo el empleado deletreaba el nombre, con esmero, con definitiva precisión. Sólo entonces le entregó la libreta, junto con un papel.

-Me lo firma ahí - dijo él.

-Es que no sé firmar.

El empleado le pasó una lapicera en silencio, Después declaró: -Eso no importa, señora, le aseguro que no tiene mayor importancia. Ponga una cruz no más, allá donde están los puntos, al final de la hoja.

-Resulta que nunca aprendí - dijo ella. - Era él quien hacia todas estas cosas.

El empleado recibió el papel con la marca.

-¿Supongo que usted no trae un testigo, no, señora?

-¿Un testigo?

-La ley requiere que, si el padre no inscribiera el niño, lo haga alguien acompañado de algún adulto masculino, preferiblemente el pariente más próximo.

-No traigo a nadie - dijo ella, mirando a su alrededor. El empleado acogió de nuevo los ojos negros del muchacho, y los ojos del resto de los niños, que lo observaban con interés.

-Si a usted no le importa, entonces, señora - dijo - me pongo yo mismo como testigo.

-Muchas gracias, señor. Es muy amable de su parte.

-No tiene nada que agradecer. Lo hacemos siempre. El empleado escribió su propio nombre en el certificado y después lo firmó. Entonces cerró la ventanilla con la cadena, guardó la copia del papel, la lapicera y se puso a ordenar demorosamente un fajo de papeles.

-Con que Salvador González Jaramillo - dijo él. - Con que este es el hombre, ¿eh?

La mujer le tomó la cara al muchacho y se la alzó. El tuvo que dejar de contemplar al empleado y puso los grandes ojos negros en su madre, en la guagua que ella le exhibía ahora.

-El hermanito ya tiene nombre - declaró él?.. ¿Tú que crees? ¿Estaría contento el papá? ¿Tu crees que estaría contento?

El muchacho le devolvió la mirada con tranquilidad infinita y, tragando fuerte, habló por primera vez esa mañana,

-Sí - dijo Luis Emilio. - El papá va a estar muy contento cuando vuelva

Ensayó algo así como una pequeña sonrisa.

Entonces a sus espaldas presintió, adivino, supo que el empleado el empleado también se estaba sonriendo.


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