Testimonio de la Lucha Antifascista

Testimonio de la Lucha Antifascista

Roberto Díaz Castillo

Literatura Chilena en el Exilio. N 9 enero 1979
Comentario a la ponencia de Jaime Concha, presentada al
Coloquio sobre literatura chilena de la resistencia y el exilio. México, 10 de septiembre, 1978.

A pesar de que el testimonio es tan antiguo como el hombre, su revaloración actual como género político-literario es un reconocido aporte de la revolución cubana. De ahí que haga bien Jaime Concha al recordarnos que para la Casa de las Américas este género es una modalidad apta para captar las condiciones histórico-sociales de América Latina en su etapa más reciente.

Sabemos que la literatura chilena revolucionaria de ayer y de hoy es testimonial en grado sumo y que sin duda la mejor evidencia de este aserto la encontramos en la obra de los poetas. La explicación es obvia, innecesaria casi: es demasiado absorbente la realidad -comparto esta concepción de Mario Benedetti- como para que no influya en los escritores. O, como decía Martí; 'No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica.'

Cuando digo estas cosas, estoy pensando en esa poesía chilena de la resistencia acerca de la cual nos hablara Ariel Dorfman, sentida y escrita no en cuarteles de invierno sino en cuarteles de primavera, porque la poesía no pertenece a las sombras; porque la poesía es rosa combatiente.

A esa estirpe de literatura poética corresponden los últimos versos de Víctor Jara, pionero de la resistencia en Chile:

Canto que mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.

Y esta desangrada y anónima página:

Así como el gigante legendario
quitaba hombres a Ulises
el fascismo de hoy,
que no es leyenda,
lleva esta noche a su guarida
en Chacabuco
o un puñado de nuestros camaradas,
los mejores,
los más probados
en la lucha por la justicia.
Por eso, nadie duerme esta noche :
en el camión irá de madrugada algo de cada uno de nosotros.

En las filas de estas letras de la resistencia militan y destacan Omar Lara Oh buenas maneras, Osvaldo Rodríguez Diario del doble exilio, Oscar Hahn Arte de morir, Fernando Alegría El paso de los gansos, David Valjalo y muchos otros que, como los ríos de Chile -son palabras de Neruda- ' Bajan de las alturas nevadas de la gran cordillera, bajan de las eternas soledades nevadas del gran silencio callado, y al salir de sus prisiones se desencadenan, combatiendo tierras y prados, horadando roquedos, tronando como mil leones, suspendiéndose en rápidas, cristalinas y secretas cascadas.'

Grande es por ello y de la mayor trascendencia el sostenido esfuerzo de Fernando Alegría, David Valjalo, Guillermo Araya, Jaime Concha y Juan Armando Epple con su Literatura chilena en el exilio, revista que constituye una suerte de testimonio del testimonio, que promueve y difunde el pensamiento -rugido diría Huidobro- que hará que los cuervos huyan despavoridos. Análogo es el caso de Araucaria de Chile, de Volodia Teitelboim y Carlos Orellana. De la absorbente realidad chilena de hoy ha surgido también otra clase de testimonio. El que es fruto de la cárcel y del tormento; Prisión en Chile de Alejandro Witker, Tejas verdes, de Hernán Valdés, Cerco de púas, de Aníbal Quijada Cerda y muchos otros que acreditan el sorprendente caudal de este género.

El relato de Valdés -impecable pieza literaria- conmueve y asombra por su autenticidad. Es difícil en este campo hallar otras páginas en que se retraten, con tan natural dramatismo, las etapas de un interrogatorio policial hecho al par de vejámenes insólitos. Las tribulaciones del torturado -antes, durante y después del suplicio- se recogen aquí con fidelidad cinematográfica: ' Tengo que pensar en algo -reflexiona el autor cuando sabe que van a vejarlo-, tengo que aprender lo que voy a decir.' Luego, al evocar el clímax del tormento, recuerda su paralela meditación: ' Me tiemblan las mandíbulas. No sé que decir, no se me ocurre qué inventar.

Volteo la cabeza, de un lado a otro, la boca abierta. No me sale nada. Entonces me introducen algo bajo la lengua y una mano me cubre la boca. La descarga estalla simultáneamente en la lengua y en el sexo. Me desgarro los hombros al tratar de contraerme. No pierdo la conciencia. El dolor corresponde, por una parte, a una mutilación. Es como si me arrancaran el sexo de raíces, como una dentellada que me deja abierto y, arriba, en la boca, como una explosión que volara toda la carne, que dejara los huesos de la cara y del cuello desnudos, los nervios petrificados, en el vacío.' Valdés reconstruye así el final de su monólogo interior, una vez concluido el suplicio: 'Aspiro el humo rápido, para emborracharme. El sol es radiante, pero tiemblo de pies a cabeza. Siento mucha lástima por mi, mucho frío por mí.'

El libro de Quijada Cerda -Premio Casa de las Américas 1977-, testimonial en el más estricto sentido del término, trasciende esa dimensión y se convierte en modelo de literatura. żDe qué otro modo calificar, por ejemplo, el fragmento en que el autor describe su propio padecimiento? 'Pronto -dice- me sentí caer. La superficie escarchada se rompió de inmediato y la zambullida me cubrió entero. No era profundo, sin embargo. Muchas veces me sumergieron alumbrándome con linternas. Me arrastraron luego hasta la entrada del campamento. Ahí tenían ahora una silla ya blanca por la nieve que caía. A culatazos me hicieron sentar en ella y con el mismo cordel me amarraron a su espaldar. Me vendaron los ojos. Mi cuerpo saltaba en convulsiones por el frió.' żO este otro, referido al sufrimiento de un campanero? "Sí -afirma-. Yo habrá creído que no me miraban. Me enderecé y, a conciencia, tomé el último tramo, sin dejar de sentir el aullido. Siempre surgía de la distancia, se acercaba a mí y se desplomaba sobre el mar. Llegué al fin.

Mucho después supe lo que era el aullido. Era el grito desesperado del secretario del Partido. Lo habían amarrado a una especie de grúa y con ella lo lanzaban al aire, arrojándolo en picada a las aguas del Estrecho, repitiendo el juego muchas veces. Ellos llamaban al tratamiento 'el vuelo de la gaviota'."

Me interesó sobremanera en el texto de Witker su convincente apreciación de los fenómenos políticos relevantes, su juicioso análisis de las discrepancias ideológicas surgidas dentro de la izquierda, su crítica actitud frente al verbalismo impaciente e irresponsable, su cabal comprensión de lo que ha sido y debe ser la unidad popular.

En el diario discurrir de los hechos enmarcados por la cárcel, Witker pudo confirmar con creces sus ideas acerca del militante revolucionario: 'Los viejos cuadros -apunta-de una sola pieza, enteros y lúcidos, firmes y dispuestos a todo, explicaban a los jóvenes sus experiencias y comparaban aquellas jornadas con éstas, con pasmosa naturalidad.' Para Witker, la formación política de un revolucionario es imposible sin una trayectoria que haya templado su cuerpo y espíritu en grandes y pequeños combates. Luminosa ocasión -comenta- para acabar con las controversias sobre quienes son los verdaderos revolucionarios y quienes los reformistas.

En estas páginas, Witker relata lo ocurrido en la cárcel y al mismo tiempo rememora las estériles divergencias que provocaron otrora quienes jamás se dieron cuenta de que el enemigo estaba al frente y no al lado, quienes se obstinaron -divisionistas y sectarios- en mantener la vigencia de una actitud negativa que se resume en la fórmula pequeño-burguesa de la discrepancia permanente. La actitud desafiante de Witker frente a sus carceleros es aleccionadora: 'Señores-dice-, yo asumo plenamente la responsabilidad de mis actos políticos. Soy socialista. Desde hace unos veinte años he luchado por mis ideas, convencido de que son las mejores para Chile... Me acusan de concientizar porque he escrito un texto de educación política; sí, efectivamente, soy responsable de esa actividad, pero no voy a darles los nombres que me piden... no soy un delator.'

El testimonio de Witker recoge también la reiterada profesión de fe comunista de Luis Corvalán: 'Amo la vida, pero no temo la muerte si es el precio que debo pagar por defender mis ideas.'

No ignoro la denuncia de tantos hechos ignominiosos que hay en este libro. Sé que allí quedarán registrados en toda su magnitud. Pero prefiero destacar, ahora que escribo estas líneas, el sentido crítico y autocrítico de la obra de Witker, la fortaleza ideológica suya y de sus heroicos compañeros, la fundada confianza del autor de este testimonio -denuncia en la unidad de la izquierda combatiente, la seguridad y la confianza que infunde al pueblo de Chile la ' herencia moral y política del más grande y consecuente de los revolucionarios chilenos: Salvador Allende.'

Coincido, pues, con Jaime Concha en que toda esta literatura testimonial es un frente de lucha y de acusación irrefutable a la tiranía de Pinochet. Y pienso también, como Concha, en que de hecho el primer testimonio antifascista de la resistencia chilena vive en las últimas palabras del presidente Allende : 'Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregamos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente.'


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03