Allende, demócrata intransigente

ALLENDE, DEMÓCRATA INTRANSIGENTE

Humberto Díaz Casanueva

Texto leído por el poeta. Premio Nacional de Literatura, Humberto Díaz Casanueva, en el acto de lanzamiento del libro 'Allende, demócrata intransigente', de Moy de Tohá e Isabel de Letelier, realizado en Santiago en el mes de octubre del año pasado. Con posterioridad, como se sabe, el libro fue retirado de la circulación por orden del gobierno.

Araucaria de Chile. Nº 37. Madrid 1987.

Presentar un libro es un acontecimiento importante y más todavía en un país que sufre sed de lectura, de penuria de los elementos primordiales, de carestía del libro, de su substitución por otros medios audiovisuales e inconvenientes diversos. Pertenezco a un gremio en que la presentación de un libro es la culminación de inauditos esfuerzos, un bautismo, una victoria contra las fuerzas del oscurantismo, la privación, el ahogo cultural. Esta noche, la presentación de un libro trasciende el hecho mismo, es una consagración, un homenaje, una ofrenda que nos hacemos llena de poesía, épica, drama, incitación a abismarnos, imaginar, recuperar confianza, evidencia, energía para pensar, para crear, para luchar.

El libro, cuyo nacimiento nos congrega aquí es la obra de dos mujeres: Moy de Tohá e Isabel de Letelier, dos viudas de mártires y ellas mismas martirizadas en el curso de años crueles por los que sigue cruzando nuestro país. Tocadas por la sangre fulgurante y apostólica de esos hombres ejemplares José Tohá y Orlando Letelier; ellas, en vez de recluirse enlutadas, consagrándose en lo más íntimo a la memoria de quienes tanto valor y significado tienen para Chile, se han dedicado con suma modestia, a obras que tienden a reconfortar y a dignificar seres humanos que sufren miseria y abyección, y luego a participar en movimientos orientados hacia la salvaguardia de los derechos humanos y libertades fundamentales y la reconstrucción democrática de Chile. El libro aparece bajo el sello editorial de Amerinda. Se compone fundamentalmente de la reproducción de fotografías tomadas de los archivos de Alfonso Calderón y Marcelo Montecino. Las fotografías van acompañadas de fragmentos de discursos de Allende, de entrevistas, de leyendas explicativas, cronología. Su título es rotundo y decisivo Allende, demócrata intransigente. Fe en el pueblo, Estado de derecho erigido por el pueblo para el pueblo, voluntad de acero, entrega total, disciplinada y responsabilidad de quien asume, como un predestinado, la misión de movilizar un enorme potencial colectivo hacia la consecución de la justicia social, la libertad y el avance de una nación.

El libro está dividido en capítulos: 1) El Hombre, 2) El Frente Popular, 3) Tiempo de organización, 4) Campañas presidenciales, 5) Septiembre 1970, 6) El Compañero Presidente, 7) El Golpe Militar. Las autoras desdeñan la ambición intelectual, pero en un breve prólogo denuncian el ocultamiento y falseamiento de la verdad histórica de los últimos años. Simplemente quieren ellas entregar reliquias palpitantes, símbolos vivos, un friso en que las fotografías parece se hubieran solidificado y así los seres surjen como en un bajorrelieve grecorromano o gótico. Algo de las grandes tragedias escritas en todos los tiempos rezuman esas páginas solemnes en que alternan el dolor, la ternura, la exaltación, la esperanza, jamás la derrota o el sometimiento.

Libro de imágenes más que de letras, en que la vivacidad y sugestión visuales, junto a las justas y medidas palabras, llegan a dimensiones deslumbrantes y a un patetismo estremecedor. No son las amarillentas fotografías de familia que evocan un pasado crepuscular y deshecho. Parece que sus autoras hubieran soplado una espesa ceniza gris y ocre, y así, surgido rostros como llamas sonoras, gestos que no languidecen sino que se ahondan, escenas no episódicas ni fugaces sino cargadas de un significado que se proyecta hacia el futuro.

De repente veo un par de pequeños niños, descalzos, serios, miserables, y Allende a su lado, no besuqueándolos, sino tan serio como ellos. Niños que ahora tendrán veinte años. Quedaron huérfanos de Allende en edad muy temprana y nunca tuvieron la oportunidad de volverlo a ver en un retrato ni de saber la verdad legítima y real de un hombre, un prócer de Chile, ahora vedado, silenciado, arrastrado al fondo de un imposible olvido. Coméntase que los estudiantes, para la prueba de aptitud académica, han de saber un poco más de historia de Chile hasta 1973.

No quiero caer en el sarcasmo o en el candor, pero aseguro que este libro sería valioso y nutricio para quienes han crecido sofocados por el error, la deformación o el odio. Coincide este libro con otro que acaba de aparecer en Concepción La consecuencia de un líder: Allende, de los periodistas Juan Ligero y Juvencio Negrete. Es una introducción amplia muy bien documentada, a un libro que se complementa con el que estamos presentando. Mucho se escribe sobre Allende en el mundo: interpretaciones, análisis, y se seguirá escribiendo porque él encarna no solamente un período histórico, sino una esencialidad, una fisonomía de lo que es América Latina en su problemática; significa a la vez una experiencia llevada a cabo con nobleza, profundo sentimiento patriótico, una empresa osada, única en el mundo y efectuada con todas las desventajas y peligros que acechan a un país del Tercer Mundo dispuesto a conciliar los principios de justicia social, la dignificación de un pueblo explotado y desamparado, la recuperación de nuestro patrimonio, el progreso económico y social, la observancia de los derechos humanos y libertades tal como están consignadas en la Declaración Universal y en los dos Pactos, y todo dentro de una democracia plena y auténtica, un régimen de derecho sin restricciones abusivas o solapadas, en que la acción tanto del Gobierno como de la sociedad entera sean orientadas por los principios de un nuevo humanismo que supere la alienación de una sociedad tecnológica, egoísta, y más que dispuesta al apocalipsis que al bien común u universal.

Pero no quiero extenderme en disquisiciones. Ya he participado recientemente en seminarios sobre la política de Allende y me he cerciorado de su riqueza y de cuanto todavía podemos cavar en ella para percibir valores que han de fructificar más tarde con un Allende manifiesto y no latente como el de ahora, latente en cada uno de nuestros espíritus.

Este libro es una cita en un tiempo que ondula: se nos aleja y se nos acerca a la vez. Fui muy amigo y de muchos años tanto de Salvador como de Tencha. Ojeo el libro y veo que se desliza entre sus páginas un joven apuesto, deportista, un médico, un político, un aprendiz de masas para luego ser un conductor de masas, un estadista, un Presidente, un alucinado en su empeño de servir y rehabilitar a sus compatriotas, que no rehuye su cruz sino la carga hasta el último instante, escarnecido, bombardeado, su carne hecha guiñapo, su rostro informe, su corona de sangre, sus restos en un saco que Tencha toca con dedos trémulos, pero, conjuntamente, su nimbo, su trascendencia, su mármol cuajándose, su ejemplo, su estatura que se yergue de la tumba como la de un héroe mítico. Comparo las primeras fotos con las últimas y me cercioro de que él es un hombre -tan jubiloso y vital- cada vez más grave y más digno, cierto aletazo trágico en los últimos años le golpeaba a veces el rostro entre conversaciones y risas. Como si le resonaran las palabras de los pensadores antiguos: ¿Quienes somos, a dónde vamos, cuál es el destino de la vida?

En cierta ocasión bromeaba porque la mayoría de los Presidentes latinoamericanos habían sido abogados o militares. ¿Un médico y todavía no especialista sino uno que practicaba autopsias? Allende dice recordando sus tiempos de anátomo-patólogo en el Hospital Van Burén: «Con estas manos yo he hecho más de 1.500 autopsias y sé lo que es, por eso mismo, el misterio de la vida y el drama de la muerte». La familiaridad con los cadáveres y con las raíces de los cadáveres seguramente acrecentó el amor por los niños, especialmente por aquellos en que la llama de la vida balbuceaba por un soplo fatídico de la miseria y del abandono, y a través de los niños y de las madres, vislumbró como un vidente el futuro de un Chile vigoroso, fraterno y de amplios horizontes. Alió, entonces, su vocación de estadista con su preocupación por la salud y bienestar de nuestro pueblo consagrándose a la defensa de un derecho humano básico sin cuya observancia no hay régimen o sistema social, por bien concebido que sea, que pueda movilizar recursos humanos y alzar los niveles del trabajo y de la cultura para que la Nación se expanda y el progreso no sea el usufructo de unos pocos sino la honra y bienestar de todos. Así Allende escribió, en 1939 La realidad médico-social de Chile, libro distinguido con el Premio Carlos Van Burén por la Asociación Médica de Chile.

Me consta que una mujer, la que debería ser su esposa. Hortensia Bussi, ayudó a la elaboración de este libro. Al mencionarla ¿cómo rendir el más férvido homenaje, a mujer tan extraordinaria, de belleza intensa y radiante, ojos de luz solar, fuerte de personalidad, inquebrantable en sus ideales, recia y penetrante, leal a Salvador y al pueblo?. ¿Cómo no emocionarnos ante una mujer, que ha sufrido tanto, paradigma de nuestras mujeres, que peregrina por el mundo, respetada por hombres, mujeres, niños, campesinos, reyes, intelectuales, presidentes, obreros, dignatarios?

Ella no gimotea ni vocifera, dice con voz pausada y firme la verdad sobre Chile. Porque nuestro problema es una cuestión de desentrañar la verdad, porque lo que constituye la esencia de la autenticidad de nuestro ser está cubierta por una espesa costra de equívocos, falsías y calumnias. ¡Vaya a Tencha desde esta primavera chilena una flor de pétalos duros, perennes, luminosos, flor mojada por nuestras lágrimas y transparentadas por nuestras sonrisas!

De este libro surge una verdad innegable: la politicidad como don positivo, mezcla de inteligencia, honestidad, valentía y acatamiento a una causa superior, no me impide que caracterizo a Allende, primordialmente, el médico de Chile consciente de nuestros males, de nuestras heridas, a la vez que de nuestras potencialidades, con la aplicación de una medicina social y política, simultáneamente preventiva y concreta.

Otro rasgo de su personalidad y trayectoria emerge en este libro; su abnegación y persistencia por mantener la unidad de las fuerzas progresistas del pueblo, sin exclusiones ni personalismos ni hegemonías de ninguna especie; su caballerosidad para tratar a sus dignos adversarios y enemigos, sus esfuerzos por no producir divisiones ni malquistamientos entre los chilenos ni menos fisuras que condujeran a luchas sangrientas. Durante los años de su presidencia no hubo exiliados, ni torturas ni desaparecidos, ni violaciones de los derechos humanos, ni de la juridicidad ni de la honra ni dignidad de la persona humana. Confieso mi incapacidad, en tiempo tan breve para efectuar consideraciones más hondas de su actuación o para efectuar apreciaciones del período en que actuó hasta su muerta Para ello están las investigaciones de los estudiosos, sean partidarios o discrepantes. Pero yo noto, a medida que pasan los años, que la figura de Allende, encubierta, hermética, silenciada, -como si se le tuviera temor- no sólo no ha sido borrada de la conciencia de los chilenos sino que fulge, reaparece entre los resquicios de la pesada bóveda que sobre él se ha colocado, cierto impulso espontáneo nos empuja a revisar su historia, no por afán arqueológico, sino porque dentro de nosotros cierto instinto nos lleva a considerarlo un ejemplo, un guía, en un tiempo atribulado y lleno de confusión. Vale decir, estamos asistiendo a la transformación de un hombre en mito, en un símbolo para un renacimiento próximo.

Permítanme ahincar en un episodio que me tocó vivir muy de cerca. Estaba yo en las orillas del Nilo viendo enrojecer sus aguas con el gran sol muriente, admirando los minaretes obscurecidos y escuchando el canto de los muezzin, cuando recibí el mensaje de Allende designándome su embajador ante las Naciones Unidas en Nueva York. Comprendí que sobre todo lo instaba a tal decisión mi experiencia de tantos años en el organismo internacional, especialmente en la Comisión de Derechos humanos, en Ginebra y en Nueva York. A los pocos días de nuestro arribo nos desvalijaron en el hotel, a mi esposa y a mí y nos amenazaban de muerte a la media noche por teléfono. Supe después, por un miembro del FBI -que me visitó porque encontró mi nombre en una libreta de apuntes de Orlando Letelier- que habían sido siniestros personajes cuya actuación se evidenció después. Hace algunos meses comencé a analizar mi experiencia en la Naciones Unidas en un Seminario.

Nunca Chile, como en el tiempo de Allende, causó tanta expectación entre las naciones, fue motivo de interés y simpatía. Sin adscribirnos a ningún bloque, conservando nuestra independencia y no alineamiento, cultivamos las mejores relaciones con países de diversa índole y de todas las latitudes, trabajando intensamente en el Grupo de Países Latinoamericanos. Mantuvimos una firme y bien cimentada actitud ante los grandes problemas internacionales: la paz, el desarme, el desarrollo, la descolonización, los derechos humanos, la discriminación contra la mujer, los derechos del niño, etc. Nunca Chile fue tan honrado con tantos cargos ni sus proposiciones tan consideradas ni difundidas. A instancia del propio Secretario General U Thant, que se alejaba definitivamente, Chile postuló al cargo de Secretario General de las Naciones Unidas presentando al Consejo de Seguridad; primero, la candidatura del economista Felipe Herrera; y luego, la del ex-ministro de Relaciones Exteriores y Director de los Programas de Desarrollo de las Naciones Unidas, Gabriel Valdés. Ambos obtuvieron el voto favorable de todos los miembros del Consejo, pero fueron vetados por Estados Unidos... por ser chilenos del tiempo de Allende. Tuve entonces una larga y dramática conversación con el Embajador de Estados Unidos, George Bush, actualmente vicepresidente de aquella nación. Me di cuenta cabal que las transnacionales como la ITT y los intereses heridos por la nacionalización del cobre presionaban al Presidente Nixon para que empleara todos los medios posibles a fin de desestabilizar el Gobierno de Allende, apremiarlo, estrangularlo, con la complicidad de las fuerzas oscuras de la reacción chilena.

Me detengo un instante, tomo el libro y dos fechas aparecen impresionantes, conmovedoras, revestidas de oro y de sangre: 4 de diciembre de 1972, el apoteosis; 11 de septiembre de 1973: el holocausto. Nunca la Asamblea General de las Naciones Unidas había recibido con tanto entusiasmo, emoción y comprensión al mandatario de un país que era a la vez uno de los líderes, no sólo del Tercer Mundo sino del mundo; la Asamblea que a menudo es un molino de palabras, captó, en la intervención de Allende, conceptos, no galas, no truculencias, palabras cargadas de sentido, no de retórica, sin despecho, sin desesperanza.

Palabras de fe, de verdad y de esperanza. Nadie imaginó aquel día que tras de tal mensaje a la posteridad, formulado con alborozo, firmeza y sabiduría, germinaba la tragedia. Y comenzó la agonía de Chile. Y la obstinación de un Allende intrépido a la vez que hierático empeñado en que no corriera sangre de hermanos, y visionario: «sigan sabiendo ustedes que mucho más temprano que tarde de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pasa el hombre libre para construir una sociedad mejor».

Esta es una alocución, no una conferencia, y grande fue mi dilema para, en escaso tiempo, referirme a este o este otro hombre de la vida de Salvador reflejados en el libro. Quiero terminar con estas palabras, espontáneas y francas. Pasarán los años y todos estamos seguros, amigos y enemigos, que en cada pueblo de Chile se alzará una estatua a Allende, no solamente dedicada para honrarlo en sus obras y en su sacrificio.

La piedra, el bronce o el mármol estarán animados de un soplo vital porque de esa estatua ha de extraerse modelos, inspiraciones, ideas que aún no podemos cohesionar para una nueva existencia en esta querida y promisora tierra. Mientras tanto: a) que se nos permita mencionar, hablar, discutir, estudiar a Allende poniéndose a nuestra disposición todos los medios de comunicación de masas, imparcialmente; b) que se permita a Hortensia Busi el retorno a su patria y c) que nosotros venzamos la apatía, el desconcierto, la desunión, el empecinamiento, y busquemos nuevas concepciones, fórmulas de unidad y convivencia, métodos de acción. Así, entonces, lo habremos merecido y cuando gritemos «presente», no seremos puramente emocionales, sino que él estará realmente entre nosotros conduciéndonos el corazón del pueblo que lo reverencia, pero que también lo solicita como una consigna y como una redención.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03