El alfabeto rebelde

El alfabeto rebelde

Jorge Díaz

Literatura Chilena, creación y crítica. N 18 dic. 1981

Es muy poco conocido al trabajo literario de Jorge Díaz dedicado a los niños. Sin embargo, el autor chileno ha estrenado catorce obras de teatro para niños, conseguido importantes premios de literatura infantil, (Premio "Tilingo" de Venezuela, Premio "Ciudad de Barcelona", Premio "Barahona de Soto", Lucena, en tres ediciones, etc.) y editado cuentos dramatizados.

"El Alfabeto Rebelde" forma parte de una serie que originalmente se escribió para la televisión sueca y que se realizarla con dibujos animados. Posteriormente, el proyecto no se realizó y Jorge Díaz convirtió los materiales en una trilogía teatral, cuyo personaje central es El Generalito, diminuto dictador analfabeto.

La primera obra de esta trilogía titulada precisamente "El Generalito" se estrenó en España el 13 de Agosto de 1979. Posteriormente ha sido estrenada y traducida al catalán, al euskera, al gallego, al inglés y publicada en la Revista Conjunto de la Habana.

"El Alfabeto Rebelde" es una síntesis en prosa de la segunda obra de la trilogía, síntesis escrita por su propio autor.

Otras obras para niños del autor: "Cuentos para Armar entre Todos", "Cara Sucia", "Cacos y Comecocos", "El Guirigay", etc.


David Valjalo, tipógrafo de la libertad.

El GENERALITO tenía el poder en un pueblo muy grande, aunque él era muy chiquito.

El GENERALITO gobernaba el país a base de rabietas y golpes de tacón en el suelo.

"¡¡Rodisflankis!! Gransifolópodos cónicos!!

¡¡Miércoles y remiércoles!! ¡¡Escrach!! " gritaba el GENERALITO... y todos se echaban a temblar, aunque no le entendían ni una palabra.

El GENERALITO era muy ignorante. Ni siquiera sabía leer y escribir. Y como el GENERALITO quería ser dueño no sólo del pueblo sino también de la mente y los pensamientos de sus habitantes, había prohibido leer. Y quien dice leer, dice escribir, imprimir libros. En el pueblo los vecinos se enteraban de lo que pasaba en el mundo únicamente por el PREGONERO que sólo pregonaba lo que el GENERALITO le ordenaba.

"El mundo es un infierno más allá de nuestras fronteras. Hay terremotos, inundaciones v criminales sueltos. En nuestro pueblo hay paz, mucha paz, litros, kilos, toneladas de paz. Y ahora, que os habéis dado cuenta que sois felices... id a pagar los impuestos al GENERALITO! "

Así pregonaba el PREGONERO. .

Pero habrá en el pueblo un viejecito al que le gustaba leer, le gustaba escribir y quería ser dueño de sus pensamientos. Vivía en un subsuelo lleno de plantas y pájaros, porque los hombres libres aman la naturaleza.

Como estaba prohibido leer y escribir tuvo que inventar un sistema muy ingenioso para imprimir sus poemas, sus cartas y sus volantes. Ahora mismo os lo explicaré.

Tenía dentro de una jaula siete canarios. Cada uno de ellos tenía en sus patitas dos letras del alfabeto y algún signo de puntuación. Es decir, que cada canario era portador de cuatro signos alfabéticos en sus deditos rígidos. El viejecito, que se llamaba Plácido, (¡qué tonto! ¡cómo pudo olvidárseme deciros su nombre! ) abría la jaula y sus canarios se posaban en una esponja con tinta que él sostenía. Luego, los canarios iban dando saltitos sobre el papel blanco formando las palabras del poema o de la octavilla de protesta.

El primer papel impreso en esta forma - una especie de canto a la libertad - se lo llevó una ráfaga de aire por el ventanuco del subsuelo donde trabajaba Plácido, se remontó en el aire como una cometa y fue a caer en medio de la plaza. Un campesino lo recogió y lo leyó asombrado. (Maravillado y contento se lo hizo leer a sus vecinos.

¡Era la primera vez que veían la palabra LIBERTAD escrita en un papel!

Durante el día el viento hizo volar sobre el pueblo muchos otros papeles como ése. Todos los campesinos, los vecinos del pueblo, comentaban lo que decían los papeles impresos con las patitas de los canarios de Plácido y comprendieron, por primera vez, que el GENERALITO era pequeñito e ignorante.

El GENERALITO vivía en el castillo, en la parte más alta del pueblo, y desde allí vigilaba constantemente a todos y cada uno con un largo catalejo que era tres veces más alto que él. Así fue como pudo observar el revuelo de los papeles y el regocijo de la gente.

Ordenó que le trajeran algunos papeles:

¡¡ Pringa rongo tacha fronpo!!! ¡¡Cataplach!! ¡¡Muuuuuu!!"

Sus servidores armados corrieron y le trajeron algunos papeles. Cuando los tuvo en sus manos, el GENERALITO se rascó la cabeza una y otra vez: no entendía ni una sola palabra, No sabía leer, pero no quería que nadie se diese cuenta. Daba vueltas los papeles del derecho y del revés, hacia arriba y hacia abajo, pero no conseguía decifrar ni una sola letra.

Furioso y avergonzado ante su propia ignorancia, el GENERALITO ordenó a sus soldados que buscaran al impresor clandestino hasta debajo de las piedras.

"¡¡Glup....arrancha croncho!! "todos temblaron porque comprendieron que era una orden terrible.

Los soldados preguntaron a los vecinos, pero estos callaron. Abrieron puertas y subieron las veletas de los campanarios asustando a las cigüeñas...pero no lo encontraron. Cuando ya los soldados se volvían al castillo vieron un papel blanco impreso salir revoloteando del ventanuco del entresuelo... y así fue descubierto nuestro amigo Plácido, rodeado de papeles y escribiendo versos sobre la libertad. Antes de ser llevado al calabozo pidió que le permitieran llevar con el a sus canarios porque le alegrarían con sus cantos. Los soldados, que en el fondo eran unos buenos muchachos campesinos como Plácido, guiñaron un ojo y le dijeron que si. Plácido fue encerrado en una mazmorra del castillo y desde allí oía las órdenes tremebundas del GENERALITO.

"¡¡Kalispómenos broncos!! Escobetas mundis!! " Eso quería decir que sus soldados debían barrer con escobas todas las letras que encontraran en el pueblo. ¡Había que terminar con el alfabeto!

Los soldados, de mala gana, se armaron de escobas, como quien se arma con metralletas, y recorrieron el pueblo barriendo letras.

Cumplieron tan bien su cometido que, además de barrer las letras de todos los papeles y volantes impresos, barrieron también las letras de los carteles del pueblo como "Carnicería", "Panadería", "Plaza Mayor", "Carretera del Olivo" y hasta un cartelito que decía: "Prohibido tirar basura".

Con todas las letras barridas se formó un inmenso montón de hojarasca de letras sueltas, como si fueran hojas secas del Otoño.

Cuando ya no hubo más letras que barrer en el pueblo, el GENERALITO en persona, procedió a prender fuego a la hojarasca de letras. Con esa quema desaparecían poemas, nombres, historia.

Más de algún campesino, mirando la fogata desde el interior de su casa, derramó una lágrima silenciosa, pero las lágrimas no apagan el fuego de la ignorancia. El humo negro de la tinta de las letras quemadas subió hasta el cielo formando una nube que se posó exactamente sobre el castillo. El GENERALITO creyó que se había hecho de noche y se fue a dormir.

"¡¡Glup bang trinca kaput!!" dijo y se puso a roncar. Inesperadamente, entre el humo y el silencio apenado de la gente, se empezó a escuchar el canto de los canarios de Plácido. Si los canarios cantaban era señal de que habían salido de su jaula y si habían salido de la jaula era señal de que estaban saltando de un lado a otro con sus patitas de abecedario.

En efecto, aún dentro de su calabozo, el viejecito seguía imprimiendo sus papeles con la ayuda de sus canarios alfabetos cantores. Las patitas pringadas de tinta iban dibujando el hermoso diseño de las ideas.

"¡¡Uaug....Saliponcios revertidos!! "

"¡¡Remantrágoras oroirpidas!! "

El GENERALITO se había despertado y ordenaba a sus soldados que pusieran en libertad a Plácido porque no lo dejaba dormir el canto permanente de los canarios tipógrafos. Nunca llegó a enterarse de que el canto de los pájaros que no lo dejaba dormir era en realidad una imprenta que trabajaba día y noche para que el pueblo tuviera palabras de esperanza.

Entre tanto, la nube negra del humo de las letras quemadas que se había acumulado sobre el castillo fue desgarrada por un rayo y se desató la tormenta.

Empezó a llover tinta copiosamente sobre el castillo.

El GENERALITO subió a la torre a ver lo que estaba pasando y tratar de mirar por su enorme catalejo. Al caer la tinta sobre su uniforme se formaron rayas paralelas como si fuera el uniforme de un presidiario. Los soldados se echaron a reír y abandonaron el castillo.

Pero también llovía sobre el pueblo.

La tinta caía sobre las paredes de las casas y formaba letras y palabras: "Libertad"..."Pueblo"... Las letras volvían a reunirse en los papeles tirados en la calle. Como si fueran bichitos alegres subían por las paredes y volvían a formar los nombres y los carteles: "Huevos frescos"... ."Zapatero remendón "..."Lechería""

La tormenta terminó y salió el sol.

La gente salió de sus casas y volvieron a leer los versos de Plácido y comprendieron que el GENERALITO no volvería nunca más a salir del castillo porque tenía un traje a rayas y estaba avergonzado.

Ahora el entresuelo de Plácido se ha convertido en una biblioteca y el calalejo del GENERALITO sirve a los campesinos para mirar las estrellas.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03