Ejercicio del regreso

EJERCICIO DEL REGRESO

Poli Délano - María E. Duvauchelle y Julio Jung

Araucaria de Chile. Nº 30. Madrid 1985.

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Y VOLVER, VOLVER, VOLVER

Poli Délano

Poli Délano es novelista y cuentista, autor de una quincena de volúmenes (En este lugar sagrado. Piano Bar de solitarios. La misma esquina del mundo, entre los más recientes). Volvió hace pocos meses de su exilio mexicano.

Si tomamos al pie de la letra los versos de un tango famoso, pensar que veinte años no es nada, podremos concluir que diez son exactamente la mitad de nada. Apenas una década, una "decadita". si tal diminutivo se da el lujo de existir. Pregúntenselo a un exiliado de éstos que, desde el momento mismo en que salieron, empezaron a contar los días, de los que se negaron rotundamente a echar raíces en otra parte esperando que en cualquier instante se produjera el retorno; a uno de los que jamán lograron derrotar la nostalgia y sobrevivieron años, casi entre lamentos; o a los que no permitiéndose extrañar sin remedio los porotos de la tía Amalia, la calidad única del vino, el sabor insuperable de los mariscos o las piernas de las mujeres, vivieron, sin embargo, con la marca del tránsito grabada entre ceja y ceja, seguros de que antes o después habría un regreso, aunque fuera ya con la frente marchita. ¿Casi nada, la mitad de nada? Bueno, admitamos que por lo menos "algo".

Poner los pies en Santiago después de diez años, sí depara ciertas sorpresas. La primera, quizá, si uno viene del trópico, sea el invierno. La segunda es que a pesar de las nieves del tiempo, el país no se ha convertido en un extraño; que todavía el abrazo se siente estrecho. Hay cambios, por supuesto, como en todo, como hasta en uno mismo, para qué decir. Pero a pesar de aquello que hoy pueda ser niebla, hielo, puro invierno, infierno puro, se camina por el viejo barrio y se encuentran las mismas casas, los mismos vecinos algo avejentados. Los árboles donde alguna vez se grabó un corazón a cortaplumas pueden estar un poco más gruesos, quizá más altos; el almacén del gordito, casi igual, o la peluquería de Mustafá un tanto descascarada de muro, y siempre peluquería, no "estética". La cordillera también sigue allí y la miramos de reojo, como de costumbre, con cierta intranquilidad.

¡Pero la gente!, nos dice alguien perspicaz, ¿la gente no ha cambiado? Será preciso observar, abrir bien los ojos, afinar los oídos. Hasta ahora -y va poco- parece que no. Habrán cambiado algunas formas de convivencia, de relación humana, de comunicación. Pero las esencias no varían, el espíritu de un pueblo no se altera en una década, de la noche a la mañana. Desde luego que se aprende, se desarrollan nuevas cualidades, se incrementa el humor de colores oscuros y entonces hasta resulta probable que si se ha producido en realidad un cambio, éste pueda ser para mejor, para ayudar a sobrevivir con mayor ingenio, a solidarizar más hondamente con el prójimo, el azotado, el perseguido.

Hace poco menos de diez años estuve en la Plaza Garibaldi (pleno centro de México) frente a un grupo de mariachis que, afinando sus instrumentos, nos ofrecía un amplio repertorio de canciones. Alguien les pidió que se "echaran" ésa de que nos dejamos hace tiempo, que empezaba a ponerse de gran moda. Brindamos con tequila y en la parte que dice y volver, volver, volver, nos envolvía la nostalgia y casi soltábamos las lágrimas. Ahora, desde aquí, sin plaza y sin mariachis, pero con un vino tinto de primera, somos muchos los que alzamos la copa por el regreso de todos aquellos que siguen esperando ardientemente la Pila-Cementerio en cualquier esquina del mundo, el momento de juntarse otra vez con los brazos certeros de la dulce tierra natal.

2
RETORNO CON CAUSA

(Extractos de una entrevista concedida por María Elena Duvauchelle y Julio Jung a la prensa chilena )

Para María Elena Duvauchelle y Julio Jung, pareja hace veintiún años, matrimonio hace dieciocho y padres hace seis, la vida del compartir tiene un fuerte denominador común: el teatro. Por él llegaron, incluso, a dejar nuestro país hace diez años, partiendo a Venezuela. Han vuelto provistos de una pasión teatral más fuerte y más madura. Pero eso no quita que sintieran temor al regreso definitivo, a dejar atrás una vida ya conocida, para nuevamente volver a comenzar de cero.

Quizá esta vez era más difícil, tenían que reconquistar el lugar que una vez tuvieron en nuestro ambiente. Además de sentir una especie de "deber moral" para no defraudar a quienes les dieron todo su cariño de bienvenida. La recepción los impactó. Tanto, que se abocaron de lleno a preparar la obra que en estos momentos triunfa en cartelera: Regreso sin causa.

-Para el reencuentro con el público buscamos una obra que nos doliera, en el buen sentido. Tenía que ser de un autor chileno, con una situación de pareja que se da no sólo en Venezuela sino también en Europa. Ahí se plantea el problema del desarraigo de la familia, no es un tema político. Nosotros no somos partidarios de los panfletos...

-Se plantea una verdad. Se enfoca el drama de lo que significa vivir sin el país natal. Pero no se podría decir que es amarga; quizá dolorosa por lo que plantea. Pero más de la mitad de la obra es humor.

Lo de Venezuela fue toda una experiencia...

-Fue un desafío muy grande. Allá es un medio difícil: esperamos año y medio para conseguir el permiso sindical para poder trabajar. Durante el tiempo que no tenían el permiso, él se ganó la vida contando chistes en un club nocturno. Una vez conseguida la autorización, participó en la obra La Jaula de las Locas. Fue ahí donde lo vio un productor, lo llevó a la televisión, y comenzó su ascenso.

Teatro, teleseries, cine, publicidad. Los ecos de su trabajo llenaron páginas y páginas de diarios y revistas especializadas.

Cuentan que hace más de un año que estaban planeando el regreso a Chile, pero que tuvieron que pasar casi una noche en vela decidiendo qué harían. Fue una decisión pensada y deseada.

-Teníamos ofertas y si aceptábamos una más ya no podríamos haber vuelto. Tomamos en cuenta mucho a nuestro hijo. Está en una edad en que puede adaptarse aquí. Además, allá desconocía lo que era una familia. . Aquí encontró abuelos, primos, tíos...

-Por lo demás, uno siempre sueña con volver. Chile no se cambia por ningún otro país. El chileno tiene una serie de mitologías, lo engrandece. Lo cierto es que uno vuelve simplemente porque es de uno. Nosotros tenemos el cien por ciento de seguridad en el regreso. No nos arrepentimos de habernos ido ni de haber vuelto.

Sin embargo reconocen que temían el reencuentro con el público. Pero a la semana de haber estrenado Regreso sin Causa, el círculo de críticos los distinguió y a los 20 días los designó como la mejor obra del 84. "Algo que realmente no esperábamos."

Cuentan que para retribuir todo cuanto han recibido en afecto, tienen programadas una serie de obras para montar. La que lleva urgencia es El Día que me Quieras, de autor venezolano, que quieren estrenar para el aniversario número 50 del fallecimiento de Carlos Gardel.

-¿Cómo considera que debe ser el teatro?

-El arte debe ser comprometido para que valga; tanto con el ser humano, como con su época, su historia. Las obras que han permanecido son las que reflejan eso.

-Hay dos tipos de arte. El de consumo, del cual a los cinco años ya no queda nada; y el comprometido, que le cuesta sangre, sudor y lágrimas al creador-recreador o intérprete. Ese es el que perdura y queda. La verdad.

A los Jung-Duvauchelle, la vida les cambió. Tuvieron su reencuentro con el país, el público, los amigos. Sin duda están disfrutando de éste, su regreso... con causa.

3
APÓLOGO DEL RETORNO

(Este texto fue leído por un exiliado chileno, en Europa, en una reunión donde se discutían los problemas del retorno.)

La historia del exilio, voluntario o involuntario, es tan antigua como la propia historia del hombre.

Hace algunos días, revisando una vieja obra de narraciones y fábulas de otras épocas, me encontré con el siguiente relato:

Cuatro hermanos regresan a su pueblo luego de muchos años de ausencia. Los recibe la madre, quien les pregunta qué traen de vuelta después de tanto tiempo.

El menor dice que él logró hacerse dueño de negocios importantes, que ha prosperado y ganado mucho dinero. Y en prueba de ello trae algunos regalos. Declara en seguida que no puede quedarse mucho tiempo porque debe atender sus asuntos, y se va sin esperar siquiera a escuchar lo que puedan decir sus hermanos.

La madre lo ve partir con tristeza y mira con amargura los regalos que el hijo le ha dejado. ¿De qué puede servirle esa vistosa alfombra si en su casa todos los pisos son de tierra?, ¿qué utilidad puede tener la delicada vajilla si su comida diaria se reduce a un plato de sopa y a una taza de té?

El segundo tiene muy poco que decir. No aprendió nada, no sabe nada de nada, no agregó nada nuevo a lo que ya sabía cuando salió de su país, y no tiene ahora nada que aportar. Nada le interesó donde estuvo y su maleta, cubierta de etiquetas multicolores, parece saber más que él de sus años de viajes y exilio.

La madre interroga luego al tercero, y éste le dice que él no trae bienes materiales, pero que se ha enriquecido espiritualmente Ha aprendido las lenguas y las costumbres de otros pueblos y siente que, habiendo llegado a comprender mejor las cosas del mundo, está más preparado para entender a su propio país. Afuera, agrega, conocí y amé a seres diferentes, y supe así conocer y amar a mis iguales. Es lo que puedo ofrecerte, dice.

Le toca el turno, finalmente, al cuarto hermano, el mayor de todos. Yo sólo pude aprender la mitad de lo que hubiera querido, dice; no sólo porque estoy ya un poco viejo, sino porque me vi obligado a trabajar muy duramente para dar de comer a mis hijos y para educarlos. Pero creo haber cumplido honestamente con mi deber. Si yo no fui capaz de hacerlo, conseguí en cambio que ellos aprendieran otras lenguas, supieran de otras culturas, y se hicieran así más inteligentes y más comprensivos. También aprendieron su lengua natal los más pequeños, o la conservaron y mejoraron, los mayores. Todos ellos leyeron en el exilio los libros que les hablaban de las gentes y las cosas de las naciones lejanas donde les tocó crecer; pero, además, leyeron los libros que cuentan la historia y la geografía, que hablan de los seres, las plantas y los pájaros de su propio país.

Como yo mismo, como todos nosotros, ellos también sufrieron. Pero aunque son muy jóvenes, vuelven más maduros, más sensibles y más sabios.

La mujer se dijo, entonces, que si al menos la mitad de los suyos había logrado salvarse del desarraigo, la soberbia y la estulticia, podía considerarse una madre afortunada.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03