Siete Puñales

SIETE PUÑALES

Poli Délano

Literatura Chilena, creación y crítica. N 17 Sept. 1981

- ¿Quieres la misma de siempre o alguna especial, mi buen Gonzalo?.

Miré a Javier sin sostenerle la mirada, casi molesto por las palabras tan así como solemnes: "mi buen Gonzalo", ¿qué era eso? Sonaba a alguna de esas tontas películas británicas de "ladies" y "abanicos", todas tan formales.

-Bueno - le dije -, A ver si te rajas con la de siempre, Siete puñales.

- Yo nunca me rajo, Gonzalito, ¿qué te pasa? De veras; yo metía todo el tiempo la pata con las expresiones. Olvidaba que rajarse en chileno y rajarse en mexicano eran precisamente todo lo contrario.

- Ya sé, Javier. Por supuesto que nunca te rajas. Pero acuérdate de que vengo de muy al sur y por mi tierra rajarse es aviéntate.

- ¿Siete puñales, mi Gonzalito?

A veces no me inspiraba mucha confianza este Javier de ojos brillantes, calva pulida, manos sobrenaturales. Algo habla en él que me instaba a rechazarlo. No exactamente rechazarlo, sino .... bueno, rechazarlo: mi vocabulario es pobre. Lo que si me gustaba era su voz cuando cantaba acompañándose, y también su piano, cuando tocaba solo; notas conmovedoras, a ratos paralizantes.

Yo casi siempre llegaba como a las seis, la hora en que comenzaban a encenderse las medias luces del piano-bar, y esto me daba ciertas ventajas. Primero, tenía ocasión de elegir mi asiento, es decir, podía sentarme en el primer banco y ver entonces, durante el tiempo que permaneciera, las mil acrobacias que realizaban las manos de Javier cuando de bolero en bolero, de tango en tango, deambulaban por el teclado, cuando se lucían también en inagotables y enloquecidas maratones de jazz. Segundo, tenía un buen rato para mi sólo, ya que la anciana Ruth hacía su entrada "triunfal" maso menos a las seis treinta y entonces, sin otros comensales, a Javier no le importaba repetir varias veces la misma canción, que en este caso era invariablemente Siete puñales, el viejo bolerito que reconocí una tarde pasando frente al piano-bar y que me trajo en un instante toda la niñez a la cabeza - la hora de las tareas con el radio compitiéndole al repiqueteo de la lluvia sureña, la hora del termómetro -, y no sólo la niñez sino también otras etapas posteriores de mi paso por este.... pinche mundo (iba a decir "mundo huevón", pero "pinche" va mejor aquí), aunque eso ya es otro cuento, lo de México y lo del mundo huevón. Porque nada de retornos conmigo, i Nada de vueltas heroicas al sótano de los asesinos, al culatazo y la picana! Ni de mucha memoria tampoco, revolcones masoquistas en el recuerdo de ese pasado perdido, de esa geografía tan largamente ausente. De lado cualquier romanticismo. De (os realistas - o de los cínicos - será el reino de los cielos. Venía - como digo - pasando por aquí y de pronto me paro en seco por el efecto de un certero balazo a las zonas remotas del recuerdo: lo que temblando te voy a decir, escucho, y se me da vueltas la cabeza, aparecen calles y se van, calles con árboles y gatos, aparecen casas y se van, barrios enteros con esquinas de almacén y se van, aparecen soles y lunas y rostros sonrientes y rostros hostiles, pero se van, eso es lo malo, siempre se van. Aparece la mirada de esa chica con que a los cinco años querías casarte y que a los seis había perdido dos dientes y te mandaba decepción afuera.....

¿Sabes, Javier? Adivina a qué edad me enamoré por primera vez.... No lo vas a creer, a los cinco años, Javier, ¿ te das cuenta?....Javier me mira casi con lástima, como si él se hubiera enamorado por primera vez al momento mismo de nacer ....¿Y sabes cómo conquistaba a mi Dulcinea ? Yo estaba en kinder y ella en primero, pero los recreos eran pora todos en el mismo patio y apenas la veía salir de su sala de clase, apenas mis ojos sin mucho escudriño lo enfocaban entre la humanidad, me desamorraba el cordón del zapato (digo la "agujeta ", Javier) y corría hacia ella cojeando desamparado. Al llegar con todo cinismo, tocándole el brazo le señalaba mi zapato de modo que la niña, de seguro esperándolo en el fondo, feliz, como si esa fuera su hazaña de! día, se agachaba para volvérmelo a amarrar, a sabiendas de que yo era muy chico, muy torpe aun en esos menesteres de manos hábiles. Cuando apretaba la rosa, subía ligeramente su carita y me miraba con una radiante sonrisa de triunfo. Así todos los días, hasta que una buena mañana (o mata), a la vuelta de ¡as vacaciones de invierno, esa sonrisa mostró los huecos de dos dientes y el amor tocó fondo, se perdió como si se lo hubiera llevado un remolino...

Porque siempre la decepción es como la meta lógica de todo sendero.... Sí, venía yo pasando y cuando escucho una voz ronca me duele mucho confesar detengo en seco mis pasos y se relajan las tensiones.. .. que yo por ti penando voy.... Y ahora me duele también confesar (quizás ni tanto) que en lugar de seguir mi camino hacia la casa donde debíamos reunimos para una discusión exhaustiva de la política de retorno, saqué mi billetera (cartera por acá) de cuero de chancho (piel de puerco), conté los billetes que tenía y luego entré al piano-bar, ya con la resuelta intención de escuchar ese bolero muchas veces, de darle a la tensión descanso, porque no era sólo la niñez - como ya dije - sino también otras etapas un poco menos lejanas. Esta vida tampoco es jauja. Podría irse definiendo como una incesante suma de tensiones. Y no de tensiones pequeñas: hablo más bien de esa tensión asesina que acaba por hacer que alguna parte del organismo ceda, conduciendo a la enfermedad, o en su defecto a la misma muerte, esa tensión que al extremarse incita a actuar a un ejército de microbios que llevamos viviendo pacíficamente dentro de nosotros y que de pronto, pues, ataca implacable y nos consume, pero ellos no son los responsables de nuestro mal o de nuestra muerte: la responsable es la tensión. Todo aquí y ahora atenta: el exilio produce tensión, soledad, desencanto, y produce esa tristeza en que se pierde toda relación con el desarrollo lógico de los hechos: el estado depresivo. La perspectiva del retorno produce también: inseguridad, temor.

Javier me mira, me escucha, toca y repite, pero cuando ya ve que quedo sin palabras, su canto brota solo, nítido, estremecedor: En nombre de aquel grande amor.... y pienso que claro, no sólo eran otros tiempos sino también otras tierras, otros árboles, otros ruidos en cada esquina y hasta otros ríos, si queremos ser serios justo con ese bolero, porque navegábamos (todo el grupo de médicos, al final de la convención) por el río Valdivia hacia Niebla y Corral, ahí donde están las fortalezas que levantaron los españoles para defender la entrada al puerto de los malditos piratas, que tal vez no eran más malditos ni más piratas que ellos mismos, pero eso ya es historia y el pulmay que comíamos tenía al final un caldito para levantar muertos y entonces la bailarina entusiasmada me invitó a que fuéramos a popa por si nos tocaba ver algunas toninas y yo, huevón irremediable, que no, que mejor después, que ahora iba a cantar el "chico" Cárdenas, que lo escucháramos, y entonces el "chico" toma la guitarra y empieza con lo de que en nombre de aquel grande amor y yo tan pequeño haciendo que mi primera novia me amarre los cordones y el patio del colegio y el barco deslizándose por el río plácido y todo y por supuesto yo - tanto después de aquellos mundos lejanos y perfectos - deteniéndome frente a la puerta del piano - bar cuando una voz varonil y ronca deambula también por esos siete puñales, navega por " los siete mares que tiene el dolor" .... Entré, pues, un tanto cohibido por mi falta de costumbre de acudir a bares y también - ¿por qué no decirlo? - debido a mi absoluta y militante falta de adicción a todo vicio, y pedí una cerveza negra, al menos para no parecer pollo en corral ajeno. Cualquier otra cosa me habría tumbado, pero con una cerveza podía mantener cierto control de mi lengua, de la mirada, de mis pasos desplazándose por el asfalto cuando emprendiera el regreso. Entré sin soñar que ese barcito llegaría con el tiempo - muy poco - a constituir mi primer vicio verdadero. Porque para que todos sepan, yo no fumo, no bebo, guardo aversión por los juegos de azar y siento un temor intenso y envolvente frente a las mujeres. No bebía desde aquella fiesta de graduación del Liceo, de tanto discurso y tanto ponche. Ya mientras el "Barbas"' Reyes se iba acercando al final de sus "últimas palabras a los que se van ", con mucho "vosotros" y "haréis" y "triunfaríais", sentí ese mareo incontrolable que hace perder el paso, que provoca la sensación de que entre pies y cabeza una gran marejada prepara la embestida final, que justamente llega cuando durante los pálidos aplausos me acerco a la directora con una sonrisa acaso boba para darle la mano, decirle que soy uno de "los que se van" y entregarle un último saludo. Pero la marejada llega, puja, presiona, y en mi desesperación no atino más que a tomar con las dos manos las solapas de su traje y vaciar en su seno toda la revoltura de locos con mayonesa, merluza frita, frutillas con vino, para consternación y verdadera algarabía del colegio entero....No jugaba desde la vez que fui al Casino de Viña a tentar suerte con la ruleta y a las dos de la mañana tuve que emprenderlas a patita, sin un solo cobre ni para micro (pinche centavo para camión), hasta el último confín de Playa Ancha, por ahí cerca del cementerio, juntando los últimos centavos, peso con peso, veinte con veinte, el poco sencillo que me quedaba para movilización, había comprado dos fichas decidido a jugarme de una vez el todo por el todo: las puse juntas en el cero y mientras esa pequeña rueda de la mala fortuna giraba vertiginosa y la pelotita daba saltos de casillero en casillero, las emociones subieron y bajaron, mi sangre se congeló, se apretaron mis mandíbulas y las rodillas me temblaron cuando ya la ruleta se fue aquietando, la bola permaneció en un solo compartimento y el croupier, con sonrisa de sepulturero, cantó: " ¡coloraaado el siete! .... Y con las mujeres, bueno, no es que no me gustaran, nada de malas interpretaciones, pero yo no las buscaba, desde que la muy puta de Valeria me hizo la jugarreta del closet en su propia casa, en su propia habitación, sobre su propia cama, cuando ya mis manos se descontrolaron y accedieron a forcejear con su blusa, con su falda, con sus medias; ella reía en resistencia, "ay, no, no", pero reía y reía, hasta que de a poco su risa fue fundiéndose con otra risa más grave que tampoco era la mía y que se acercaba más a medida que el esposo, saliendo del closet se acercaba también a la cama. "Muy bien, hombre, muy bien, hombre", me dijo; 'eres un seductor de primera, ¿verdad, Valeria?" Durante mucho tiempo tuve terror hasta de cruzar miradas con una mujer, y cuando en una calle sola me venía alguna de frente', prefería cruzar a la otra acera.... Bueno, en este punto de los vicios podría quizás estar mintiendo. O quizás no. Depende del cristal. Porque el juego produce emociones fuertes, el trago desinhibe y hace que hasta el tímido pueda llegar a causar algún impacto, y las mujeres de seguro llevan a la perdición total... . ¿Pero qué aportan los estupefacientes? ¿Serán vicio? Apenas fuerza para poder seguir viviendo, es decir que sería mucho mejor carecer de la necesidad de tomarlos. Si acaso son vicio, idearé un buen argumento para rebatir todo ataque. Porque con algunos de ellos al menos uno logra dormir. No porque esté tranquilo, claro, ni porque tenga la hoja del día muy blanca: duerme porque las-tres pildoritas que ingiere cada noche le dan una azotaina relativamente bestial a las células de su cerebro, un remezón violento que prácticamente las paraliza, y al menos ya no se puede - y no se debe - pensar. Pues es eso, pensar, lo que mata la noche, pensar hacia atrás, darle luz verde al recuerdo asesino que revive la angustia del capitán burlándose de tus dolores, diciéndote - sin saber que nunca te casaste - que por tu mujer no te preocupes, que ella está muy bien atendida ; de la oscuridad pesada de la celda donde te incomunican quién sabe cuántos días; el dolor en las costillas, en las orejas, en las unas, ese dolor de cada interrogatorio; es pensar lo que por un lado te revive el miedo, aquel horrible miedo a morirte, a que tus órganos sigan doliendo mientras vuelves a yacer en el calabozo y que te acicatea también el remordimiento por no decidirte a volver ahora, justo ahora cuando se debe, cuando es la orden del día, cuando lo está exigiendo la línea de ese partido al que nadie te pidió ingresar, que buscaste solo, por pura conciencia, y con el que subiste y bajaste a través de todas las tareas sin sacarle nunca el traste a la jeringa, poniéndole el hombro a todo; el partido que ahora determina que sus exiliados vayan retornando al suelo nato, donde se les necesita, y al que tú entonces, perseguido por las noches, empiezas a darle la espalda, te empiezas a "rajar", y tu conciencia se rebalsa cuando a los malos recuerdos se suma el remordimiento, Y entonces la tensión te va enfermando.....

Dejándome clavados / siete puñales en el corazón, termina Javier. Lo aplaudimos. Bebo de mi cerveza.

-¿Y cuándo llegaste a México, Gonzalo?' - me pregunta Marcos, retorciéndose la punta de su excesivo bigote.

-Setenta y cuatro - digo.

- Ah, después de lo de Pinochet.

- sí- digo.

- Me gustaría escribir un guión sobre Chile para la T.V. Lo miro asintiendo.

- Algo que enfocara, sobre todo, los aspectos de la cultura durante Allende, luego con los militares, al comienzo, y finalmente lo que está pasando ahora.

Lo miro asintiendo. Todo eso me parece lejano, los murales de la " Ramona Parra " por todas las paredes de Santiago, los "minilibros" ganándole la pelea al "Pato Donald" en los kioskos, las quenas y los cantos nuevos, el Quilapayún con su batea. Me parece lejano, aunque no lo olvido. Javier ha dejado las teclas y como todas las tardes, a la hora de su recreo, desaparece durante una media hora. Quién sabe qué hace en ese rato: nadie lo ve. Su puesto suele tomarlo este muchachito medio tristón al que acaba de dejar la novia, bueno, no "acaba", lo dejó en verdad hace algún tiempo, pero él aún no se repone. Toca un charleston.

- Tal vez tú podrías darme algunos datos - sigue Marcos.

- Sí- digo- Algo-, ¿Por qué no muestro interés?

- O bien conectarme con alguno de los chilenos. De Casa de Chile.

-Sí- digo-. Claro.

Enfrente, al otro lado de la cola del piano está la anciana Ruth, ya en su tercera o cuarta "cuba". Da pena mirarla. Debe sentir que es todavía una nena para ponerse esas blusas medio abiertas que muestran una piel reseca y añeja ahí donde nace la ranura que separa los pechos. Al sonreír se le mueve un poco la dentadura. La mano le tiembla ligeramente cuando se lleva el vaso a la boca.

- ¿Quién sabe dónde irá este pícaro de Javier cuando deja el piano? - dice sonriendo.

- Se me hace que debe ir a cagar - dice Marcos.

- ¿Media hora?

- ¿ Por qué no? A lo mejor anda estítico. La vieja hace un guiño.

- Nadie se sienta durante tanto rato - dice -. Media hora es mucho. ¿No irá a darse un "toquecito", como dicen ahora, para ganar fuerzas?

- Siempre llega muy animado del recreo - digo asintiendo -. ¿ Usted hace mucho que viene ? - pregunto a la vieja, tratando de ser gentil.

- Bueno, yo ya estaba aquí cuando lo del hermano.

-¿Lo del hermano?

- Lo del hermano de Javier -. Se pasa un dedo por el cuello -. Se ahorcó.....

Estoy a punto de hacer la pregunta (así que también él tuvo un hermano que.....), pero vence la delicadeza. Los demás pierden interés, parecen saber de qué se trata el asunto

- Lo afectó mucho a Javier - dice la vieja repitiendo el gesto del dedo en el cuello -. Mucho mucho. Fue ahí, en ese closet, donde Javier cuelga su saco.

Pienso que también a mí me afectó cuando lo supe. En él fue bala, no soga. Marcos vuelve a embestir con el tema de la cultura en Chile. Me hace preguntas, yo miro al techo como si escuchara, habla de su futuro guión, yo asiento, bebe, se ríe, fuma, le pregunta al joven del piano si entre esas ondas no se sabe My Funny Valentine, se la tararea. El joven la toca, él la canta. La vieja hace un gesto como de mejores tiempos. Caray, pienso, (en mexicano), Chupalla (en chileno).. los viejos también fueron jóvenes.

Y otra vez Javier en el piano. Le brillan los ojos. La cerveza se me ha subido y por primera vez la sensación es grata y pido una más. Entonces le digo a Javier que haga otra vez el favor de regalarme Siete puñales para que sea uno por cerveza; que me voy a tomar siete, palabra. Javier sonríe y comienza a tocar.

- Cómo no, Gonzalito - dice, y canta y yo de nuevo me dejo ir hasta otros tiempos, tugar, tugar, salir a buscar, ¿dónde estuvo el principio, cómo fueron las cosas?

"¿Ya no me quieres? ¿Ya no te vas a casar conmigo? ", me pregunta Anita sin dientes durante el primer recreo a la vuelta de vacaciones. "Creo que no", le digo horrorizado por el hueco de su boca.

Ella se hinca bruscamente, me desamarra el cordón de un zapato, me mira con rencor y tristeza y se aleja.

¿Cómo, cómo fue todo? ¿Por qué no volé a popa con la bailarina la tarde del pulmay, si me gustaba tanto y me estaba diciendo que sí? ¿Por qué cuando el esposo de Valeria salió del closet no reaccioné con ira sino que perdí el habla como un pelele y me retiré con la cola entre las piernas mientras ellos reían y reían sin poder parar, como que hasta desde la calle escuché humillado sus risas? ¿Por qué siendo así de cobarde, cuando los milicos me detuvieron opuse resistencia, di patadas, tiré puñetes, dije insultos sin importarme que el castigo pudiera ser peor, y por qué más tarde, también, aguanté como hombre la dosis de veneno que me aplicaron, dispuesto a morir, a soportarlo todo pero no a delatar a ni uno solo de mis compañeros? ¿Por qué si entonces estuve a la altura ahora destino, me aterra darle vueltas al regreso, me desintegra el ánimo pensar siquiera en enfrentarme con la pobreza, con la inseguridad de esas calles donde puedes ir caminando y desaparecer como por arte de magia, de esos grupos donde una palabra puede ser fatal, del trabajo clandestino? ¿Por qué yo, fanático de otros tiempos, intransigente siempre en el trabajo partidario, me alejo ahora de la militancia? .... Acaso ya no sea más que un pobre burguesito, uno de esos tipos por los que siempre tuve desprecio. ¿ O las cervezas se me han subido ? Un hombre, para seguir viviendo, necesita entre otras cosas, sentirse seguro, tener influencia, ser notado, evitar humillaciones, estar en la razón, ejercer cierto control, mascar un chiclet, encontrar el camino, hacer sonar en el bolsillo dos o tres monedas, quedar a mano, recibir los buenos días, poder dar las gracias. Estas cosas son fundamentales y menguan la tensión, ¿a qué mirarse tanto en el espejo? .. .. . Anita sin dientes llorando patio adentro. La bailarina mirándome cálida y tierna en la cubierta del barco. La risa de Valeria. Acuérdate que sin razón / te fuiste sin decirme adiós ..... Ahí va Javier, en ese punto desesperado de la canción, sí, de hecho se me ha subido la cerveza al coco (mate, sería en chileno), pero no estoy alegre sino que más bien me voy poniendo triste, las imágenes, las imágenes, siete puñales, siete malditos puñales en el corazón. ¿ Por qué desde hace meses vengo a este lugar todas las tardes y me ahogo en canciones, en dos dedales de cerveza negra, en la penumbra?

- Oye - me dice Marcos mientras Javier da las notas finales del bolero que me brinda -, ¿y no piensas regresar a Chile?

Pido la cuenta, pago y me voy.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03