En éste lugar sagrado

EN ESTE LUGAR SAGRADO

Poli Délano

Literatura Chilena en el Exilio. N 14 Abril 1980

Aunque el futuro se me presentaba relativamente rosa, con un inesperado cuadro de dinero a manos llenas, una mujer que me gustaba bastante y, entre las cosas mejores, la perspectiva de abandonar pronto esa mugre de pensión, no podría jurar que andaba como para dar saltos de alegría. Algo me achicharraba la calma, me mantenía inquieto y hacia que me desplazara despacio, con las manos en los bolsillos y quizás que desconfianza en la mirada, por Avenida Brasil entre niños que jugaban y gritaban en las aceras y bajo las palmas en el medio de la calzada, pelotas de fútbol que partían volando y hacían detenerse a más de un coche, señoras asomadas a las ventanas de grandes casonas que serian también pensiones, parejas de la mano rumbo a la Plaza, donde los bancos y la sombra son buenos cómplices, perros olisqueando los postes y la base de los árboles, meando con garbo, jóvenes sirvientas guiadas por la bolsa de compras hacia los almacenes de la esquina, así, por Brasil rumbo a la pensión. Podía ser algo muy vago, algo como cargar con una conciencia mala, aunque no pésima; o algo como sentir por anticipado cierta nostalgia de lo ido, de lo yéndose, como si no tuviera todavía un mes por delante sino que llevara ya sus años de matrimonio; o algo como la imagen de Mariela mirándome con el rabillo del ojo, como con bronca y junando, desde el canto de una puerta, desde debajo de la almohada, sin dar por mí una chaucha; o algo como un reproche mudo que me hubiera hecho Julián por huevetas que no sabe lo que es bueno; o aun algo como el ánimo ablandado por un atardecer a todo color, a todo rojo, como son los atardeceres de Santiago; o quizás era simplemente el ánimo natural de las hojas secas, la especie de tristeza bajo la que no es tan difícil hundirse en una tarde de otoño. Cada una de esas cosas podía ser.

O podía ser todo junto, Aunque también es posible, digamos horrorosamente posible, que no fuera nada de eso y que la semidesolación que me iba tragando, Brasil arriba, una tarde de otoño, antes de la frenada, fuese provocada por un ligero, por un sutil, por un casi imperceptible olor a catástrofe. Tuve un sacudón y algunos metros más adelante se chantó en seco una mezcla híbrida de camioneta y furgón cuyo chofer saltó fuera como un resorte, tomó la vereda y con su amplio torso interceptó mi paso.

-Suba, tséñor Gábriel-me dijo-. Yo llevar donde vaya.

Un suave tufo alcohólico me envolvió el olfato. Decidí defenderme.

-Voy aquí, no más, don Alex -le dije agradeciendo y estrechando una mano entre cuyos dedos firmes y nervudos la mía parecía la de un pigmeo-. A mi casa.

-Suba, suba.

Subí, pero don Alex no tuvo la gentileza de preguntarme dónde vivía. Siguió por Brasil hasta la Plaza y ahí torció hacia la cordillera, es decir, en sentido contrario al que yo debía tomar. Era una hora en que los autos hacían nata corriendo hacia el centro y me dio puro tedio pensar que me iba alejando del hogar dulce hogar. Tenía muchas ganas de conversar con Juan Pablo.

-Déjeme aquí no más, don Alex. Aquí quedo bien. Pero don Alex seguía adelante, imperturbable por mi inquietud.

-¿Tiene algo que hacer?

Fui un estúpido: le dije la. verdad, no, no tenía nada que hacer, pero estaba cansado, eso sí (¿cansado de qué? pensaba; de lo único que podía estar cansado era de ser, porque no había hecho otra cosa).

-Una pilsener conmigo y lo llevo donde me diga. No había vuelta que darle. Dijera lo que dijera, esa pilsener la íbamos a tomar. Sólo que ahora lo que me preocupaba era dónde, pues entre las muchas sensaciones que forjaban mi desdicha momentánea, estaba la de que después de esa pilsener, o ésas, habría de volver- me solo a la pensión y, bueno, mientras mas lejos fuera más deprimente también sería. Por eso, cuando llegamos a Plaza Italia y don Alex tomó el camino de Ñuñoa por Carnicer enfilando hacia Grecia, sentí como si el mundo se me viniera abajo, ¡quién me mandaba, por la mierda, a subirme en esa huevada! Nos sentamos a una mesita cuadrada en un boliche de barrio y pedimos, por exigencia suya, dos pilseners cada uno. Yo no iba en la mitad de mi primer vaso cuando don Alex había terminado con las dos. Los ojos le bailaban. Era quizás lo único que en ese rostro había sido inmune a la violencia, a un pesado ataque de artillería, a un volcamiento en moto y a las mordidas de los perros, pensé. Me hubiera gustado ver una fotografía del otro don Alex para compararlos. Del don Alex que al mando de una flotilla de tanques quiso darles duro a los rusos en Stalingrado y se batió sin rendirse hasta caer, es decir del don Alex previo a la frente de platino y la nariz remodelada, el que alguna vez tuvo dos labios de carne como todos los labios y no ese par de líneas de cuerpo estirado, a lo momia. Me fijé que en la barbilla permanecía la cicatriz de aquel mordisco. Sin embargo, fue otra la fotografía que me pasó don Alex desde una libreta sucia y ajada: la que mostraba el rostro angelical de un niño rubio, de ojos claros, sonriendo.

-Mi hijo -dijo cuando después de observar la foto lo miré a el como para que se explicara.

-No sabia que fuera casado -dije.

-Ahora tiene nueve años -dijo-. Pero yo más de cinco de no verlo.

Pidió otras cuatro cervezas. Yo no terminaba la primera. Entonces, del bolsillo de llaves del pantalón sacó una cajita metálica, redonda, con un jeroglífico chino en la tapa.

-Abrir -me dijo.

Dentro había un rulito de pelo amarillo y un diente de leche. A don Alex se le hablan puesto los ojos acuosos.

-¿Y su señora? -le pregunté.

-En Alemania. -Me miró adentro de los ojos y con su poderosa mano me apretó el brazo-. Ella muy mala -dijo. Ella no querer mandarlo. Yo juntando peso a peso, tséñor Gabriel, peso a peso para el pasaje y ella no querer mandarlo. Tampoco querer venirse aquí. Por eso yo no feliz.

Aflojó el apretón -mi brazo debe habérselo agradecido -y se zampó al seco otra botella.

-¿Y el perro? -le pregunté estúpidamente.

-En el garage -me contestó-... Usted estudiante, tséñor Gabriel.

-Sí-le dije-. Voy a empezar Leyes.

-Usted comunista.

-No-le dije-. No soy comunista. Me interesa poco la política.

-Estudiantes ser comunistas porque no saber.

-Algunos puede que sepan -dije, pensando, aunque me daba igual, que podía haber algunos que supieran.

-No saben qué es comunismo-. Volvió a tomarme el brazo. Pensé que al acostarme me lo encontraría lleno de moretones-. Comunismo es barbarismo, tséñor Gabriel. Nunca creer en comunismo. Palabras muy bonitas, pero...- se pasó el filo de la mano abierta por el gaznate, mostrando los dientes y se mandó un nuevo guaracazo de cerveza. Unos tipos que estaban a dos mesas de la nuestra se reían a todo meter y a don Alex debe haberle parecido que éramos nosotros el objeto de su risa, porque golpeó el vaso en la madera y dijo en voz alzada, pero tranquila;

- ¡Comunistas yo matar!

Los tipos seguían riendo, A lo mejor estaban contando chistes. Uno de ellos tuvo la mala ocurrencia de remedar a don Alex y dijo:

-Comunistas yo matar.

Don Alex lo miró con una tierna sonrisa en los ojos,

- ¡Y huevones también matag! -siguió el tipo.

En ese momento me entraron deseos fuertes de no estar ahí, de no haber ido nunca, de haber mandado a este viejo a la misma cresta cuando me dijo 'suba'. Después de decir 'y huevones también matag' los tipos (eran dos) largaron la carcajada. Otro par de cumpas en una esquina miraban entre curiosos e indiferentes. Se reían a morir.

-¡Tú callar! -les gritó don Alex. Los tipos, naturalmente, se rieron más.

- ¡Callar, cochino rojo! -gritó don Alex poniéndose de pie. Me puse también de pié, no como para pelear si acaso se armaba, sino como para apretar cueva a la primera de cambio. Don Alex me miró con su extraña sonrisa sin labios.

-Tséñor Gabriel -me dijo-. Yo no saber bailar, Pero cuando yo pelear, yo bailar-. Y dio un par de pasos como de El Lago de los Cisnes en que más que cisne, claro, parecía un gallinazo, antes de levantar desde su silla a uno de los risueños. Lo tomó con una mano de la solapa y con la otra de entre las piernas y lo alzó hasta la altura de su cabeza, arrojándolo con buen impulso contra la pared pintarrajeada del boliche. El choque del tipo contra el muro produjo un sonido seco, horrible, y el sonido que vino en seguida fue el de una botella reventando en la cabeza metálica de don Alex. El agresor sacó un cuchillo del cinto y se mantuvo en guardia, inmóvil.

-Salir al coche -me dijo don Alex, y yo obedecí sin chistar, preguntándome qué edad podía tener esta bestia maléfica.

Ya rumbo hacia quién sabe dónde, don Alex al volante tarareaba una música desconocida.

-Yo no miedo -dijo-. Pero no querer pacos. Yo muchas veces preso por hacer daño a comunistas. Comunismo es barbarismo, señor Gabriel. Usted cabeza, usted pensar. Chile buen país. Chile democratsía.

Hasta el habla se me había entrado. Casi ni me di cuenta de cómo en un tris pudo surgir esa violencia destructora y me preguntaba si acaso el tipo cuyos huesos hicieron gemir a la pared tendría una noción clara de por qué estaba ahora como estaba, en el suelo, escapando ya quizás al, aturdimiento, acaso también acogiendo sin ganas a los primeros dolores de alguna quebradura. Sentí, como lo había sentido durante la revuelta de abril, como lo sentí también cuando choqué el auto de Claudia, que la violencia y mis nervios eran relativamente incompatibles, porque sin razón alguna me tiritaban las piernas. Iba en auto, fuera de todo peligro y, sin embargo, me temblequeaba el ser, el cuerpo y el alma, diría, mientras don Alex, después de casi matar y después de recibir un castigo en la frente que lo coronó con un coágulo, tarareaba alguna canción quién sabe si de su lejana patria.

-Déjeme por aquí no más, don Alex, donde pueda tomar un taxi.

Pero el viejo búfalo no parecía haber terminado la noche.

-Mi garage cerca-dijo- en mi garage, pisco, tséñor Gabriel. Mi garage muy bonito.

No había alegato posible, por lo cual decidí entregarme. El error había consistido en subirme a ese nefasto vehículo. Ya, que me llevara a su garage 'bonito', que nos tomáramos el pisco, después de todo también era otoño, mierda, y ya luego me casaba, mierda, y todo sería distinto de todo y Juan Pablo, mierda, y Mariela, mierda, y don Alex a la mismísima mierda, hasta luego, 'señor', esta noche será la última vez que nos veamos, así que adelante, vámonos juntos a la mierda y cuénteme con los dedos de sus cochinas patas cuántos rojos mandó a mejor mundo y dígame además que sus tierras de Hungría eran hermosas pasturas donde se doraban los trigales para que usted sintiera que el planeta era solamente suyo, como sentía yo después de las cervezas mezcladas a ese aire fresco que me golpeaba la cara desde la ventanilla sin vidrio mientras una cuadra y otra débilmente iluminadas iban quedando atrás, y enternézcase de nuevo para que me hable de su hijo alemán, sin llorar, eso sí sin llorar, y dígame también algo de la mujer que lo parió, de alguna noche de amor con esa rubia, supongo, que se entregó a su violencia asesina, a su ternura de niño mutilado, pero después déjeme ir, déjeme que me vaya tranquilo, mire que mañana quiero hablar con Juan Pablo y mire que ya luego me caso con Claudia y no se ponga a pensar que yo soy un chiquillo romántico, sino que piense que el mundo comienza a abrírseme y que sabré entrar por esa puerta abierta de par en par, de par en par, para no ser nunca un pobre huevón como usted, don Alex, aunque lo admiro.

El viento me daba de frente y era una sensación salvaje de plenitud. Siempre me. ha gustado el viento fuerte, eso de casi no poder respirar con el golpe de aire, de sentir que la piel se va enfriando, que se insensibiliza, que se insensibiliza, mierda, ahora síya estaba sabiendo por qué esa nostalgia en la Avenida Brasil. Era el viento, el otoño, es decir, era la falta de ese viento que daba duro en el campo, era todo eso lo que estaba empezando a entender en el mareo cuando la mezcla híbrida de furgón y camioneta se chantó en seco frente a un gran portón de madera, en una calle más oscura que la muerte, donde sobre un pedazo de cartón mal encachado, escrito a plumón por un pulso ignorante, decía con una especie de coqueto pudor: 'El garage de don Alex'.

Primero se registró los bolsillos. Después entró de nuevo al híbrido y salió con un manojo tupido de llaves. Un perro saludaba desde dentro con ladridos y cabezazos a la madera. Don Alex maniobró un gran candado y se abrió la puerta chica del portón. El perro salió agitando la cola y le langüeteó las manos a don Alex. Era Sultán, el mismo bruto que en el fundo de don Walter le había adornado la barbilla con otra cicatriz para su colección.

Estábamos en un patio oscuro con un perro que ladraba y con don Alex caminando a paso seguro, conocedor de sus cuarteles de invierno, hacia el interruptor que encendió un par de focos de neón y mostró sin ambages la fisonomía del garage. En la primera mitad del patio, dos autos desarmados y uno como Dios manda, cacharro viejo también, un Vauxhall medio cuadrado recién pintadito de un horrible color azul verdoso. En la segunda mitad, bajo un techo de fonolas sujeto por una improvisada estructura de fierro, se hallaban alineadas en estanterías de madera, sucias de grasa y aceite, las herramientas, innumerables cajitas con tuercas y tornillos, piezas grandes y piezas chicas, y una buena cantidad de objetos que caen fuera de cualquier definición. Pero era un foso primitivo, sin revestimiento de cemento, sin una escalera clara que facilitase el acceso, un simple hoyo rectangular en la tierra, de un par de metros de profundidad, a cuyo fondo una pelota de goma esperaba el juego de ¿quién? Acaso de Sultán. Sobre un poste de palo viejo estaba clavado un calendario con la atracción de una rubia muy desnuda guiñando el ojo y sujetándose las tetas con las manos, ofreciéndoselas a uno como si fueran frutas. Por el otro lado del mismo poste, un afiche cuyos extremos doblados ocultaban a medias la leyenda con la que acaso todo Santiago estaría familiarizado; ' ¡A usted lo necesito! ', ilustrando el rostro congestionado y pálido de Alessandri y anunciando también que ese año tendríamos un nuevo presidente porque al Caballo le expiraba la hora. En el extremo posterior de ese amplio patio ralo de coches, como abandonado de la mano de Dios, se levantaba una casucha de madera blanca, pino barato bañado en aceite de linaza, sin ventanas y del tamaño que no permite mas que un ambiente mezquino. Hacia ella se dirigió don Alex. Me sentí aún más deprimido que antes. Sin saber mucho cómo son los garages de verdad, se me ocurrió que éste quizás fuera todo lo que no debía ser un garage: un conglomerado mediocre de elementos donde por ningún lado aparecía el orden. Un desagradable olor a mazamorra de perros. Don Alex entró a esa casuchita sin ventanas y se encendió una luz. Salió en seguida, llenando una taza de aluminio.

-Café, tséñor Gabriel.

Me ofreció el tiesto diciendo 'esperar'. Volvió a la casucha y salió con otra vasija de aluminio y una botella.

-Café con malitziá -dijo muy contento, y escanció festivamente en ambos tiestos una dosis de aguardiente como para emborrachar a un hipopótamo.

-Salud -dijo. Me miró con algo así como mucha simpatía, sus ojos se perdieron en la lejanía igual que si se hubieran fijado en su madre, en sus hermanos, corriendo y saltando por las praderas doradas de su patria.

-¿Y cómo se llama, don Alex? -le pregunté.

-Adolf -contestó-, Adolf Yakopovich -volvió a decir y sus ojos se endurecieron, el único rasgo de ese rostro desfigurado que recordaba a un ser humano-. ¡ Yo matar comunistas! -gritó, lanzando su tiesto con violencia contra las estanterías. Entonces rió-: tséñor Gabriel, yo no saber bailar, pero cuando yo pelear, yo bailar-. Lo dijo igual como lo había dicho en el boliche, dando esos mismos pasitos de vals, sólo que esta vez me había tomado del brazo y me arrastraba en su danza macabra-. Cuando yo pelear, yo bailar -cantaba eufórico una y otra vez.

Con la violencia del primer remezón voló el café por los aires. Sultán ladraba, también bailando. Por suerte el viejo no me quebró el brazo, pero era tal la fuerza de su mano asiéndolo y arrastrándome por el patio, que temí lo peor. Mi desazón se había transformado en franco miedo, en un miedo frió, miedo de violencia, de locura, de quebrazones, de objetos volando por esa atmósfera débilmente iluminada, por ese aire frió y enfriándose aún más con la noche. Quizás fuera justo compensar: una quebradura que no alcanzó a ser, contra cuántas zafaduras que sí alcanzaron. No es que don Alex me hubiera soltado, sino que en toda la algarabía coreográfica de pronto me encontré a dos metros de su humanidad excitada, con un palo medio enterrado en mis riñones y un temblequeo que definía mi pobre cuerpo apresado en la locura. Don Alex se regocijó en otro par de saltos y al caer quedó fijo, como una bolita de esas de bronce rellenas con esperma que usábamos como 'tirito', canturreando algunas fraseos en idioma indescifrable.

- ¡Yo no mortzo, tséñor Gabriel! -me gritó-.

¡Yo no mortzo, yo no comer, yo no bailar!

Y cuando se enloqueció nuevamente con su baile, pensé en cómo escabullirme rápido de ese infierno. Pero mi pensamiento fue derrotado por su euforia y casi antes de que pudiera darme cuenta, don Alex había entrado a la casucha y había salido nuevamente con paso marcial, entonando un aire también marcial. Mis estúpidos huesos se congelaron. Don Alex venia hacia mi', no sólo con el cuello de una botella de pisco encajado en su garganta, sino con una indumentaria petrificante. Allá en lo de don Walter -para decirlo mejor, en lo de mi amiga Erika- escuché una vez, a retazos, que la campaña de Stalingrado había sido muy dura para Alexander Yakopovich y cuantos lo seguían, que durante meses estuvieron batiéndose como perros tunosos mientras día a día iban sufriendo derrota tras derrota, la destrucción de los tanques, el cerco de hambre, el invierno filtrándose en los huesos, la muerte vestida de blanco, vestida de negro, vestida de rojo... Pero al verlo con ese abrigo cruzado de cuero pardo que le tapaba los tobillos descubriendo un par de botas pesadas y con ese gorro también de cuero luciendo en su frente una luminosa cruz gamada, tuve la intuición de que a esa locura no podría ni con toda la voluntad del universo sustraerme. La botella estaba a la mitad cuando me la pasó diciendo que yo, tséñor Gabriel, tenía que tomarme el resto, como él, al seco, culo arriba, dijo, como él. Supe que no había escapatoria, que no valdrían pretextos ni timideces, que tendría que apechugar. Me salió, como desde el fondo de un alma oportunista, el más perfecto brindis contra los rojos, los malditos comunistas, los usurpadores de la propiedad privada, los sedientos de carne de niño, los verdugos de Siberia, los destructores del orden, los bárbaros, que debían morir todos, ser ejecutados, sometidos a los más horribles castigos.

-Tome eso -dijo, mirándome con fijeza demencial. Empiné la botella y, pensando en la injusta condena que le había propinado a Juan Pablo, tomé un largo trago que llegó a quemarme desde la garganta hasta las tripas, -más -dijo-. Tomar todo. Volvía obedecer y antes de haberla vaciado completamente, la botella resbaló de mi mano y chocó en el suelo con algún objeto metálico. Me fui hacia adelante y encontré el apoyo del poste de madera, para expedir un vómito ácido y violento que se esparció por la imagen de don jorge Alessandri, el candidato a presidente.

Don Alex marchaba ahora de extremo a extremo del patio. Marchaba, militarmente, con ese paso de ganso a pierna tiesa que tantas veces había visto de niño en películas y noticieros, en la época en que tuve. aquel sueño de que Hitler, el propio Hitler en persona, me enterraba una larga aguja en el cuello hasta ir dejándome, primero sin voz para gritar, y luego sin movimiento para intentar la fuga, con su bigote de mosca y su ridículo mechón cayéndole sobre la frente, y esos abombachados pantalones de payaso. Sultán lo seguía, iba tras él también como marchando al mismo paso del ejército alemán, hasta que el viejo se detuvo, lo tomó del pescuezo y el trasero, como había levantado al tipo en el boliche, y lo alzó hasta más arriba de su cabeza. No sé por qué me habrá dado risa, pero captando el mundo con la nebulosidad de la borrachera, las náuseas aún a flor de boca, permanecí expectante y riendo en espera del lanzamiento. Pensé que por la dirección en que seria lanzado, el perro tendría fatalmente que chocar contra uno de los postes y que caería desnucado y roto, gimiendo su agonía, no lejos de mi, y me acordé de don Walter, de los paseos con Erika en esas tardes verdes, amarillas y rosadas, del dulzor fragante de las zarzamoras, de lo puro del agua en las vertientes cristalinas, y entonces dejé de reírme y me vinieron ganas como de llorar, señor, para qué mierda me casaba, señor, tan joven, si apenas era un cabro, señor, y con Claudia habíamos escrito todos los sobres donde viajarían nuestros partes de matrimonio diciéndoles risueñamente al mundo, a familiares y amigos, impunemente también diciéndoles que la noche del 28 de abril a Claudia, sobre una amplia cama recién comprada, con sábanas de batista celeste, se la iba a tirar el promisorio joven Gabriel Canales, mientras familiares y amigos estarían terminando su certero ataque de pirañas sobre 'las finas copas de champán', las tortas bañadas en mucha crema, los delicados bocadillos y el pavo, señor para qué mierda, aunque ¿no iba el carro deslizándose a toda maquina por esos rieles? Regina Arancibia de Duran tiene el honor de comunicar a Fulano, Sutano o Perendejo, el matrimonio de su virgen hijita Claudia con el señor Gabriel Canales, el tséñor Gábriel, viejo de mierda, viejo huevón, el tséñor Gabriel quien después de haberse hartado de comer, de haber bebido en términos prudenciales acordes con la tarea por venir, de haber posado sonriente con la novia para perpetuidad de sus últimos momentos de doncella, y con cada uno de los presentes, se la fornicará como Dios manda, antes de prepararse para ir a tomar el avión con destino a Buenos Aires, donde al compás rezongón de los fuelles, hartos ya de placer y locura, dedicarán la luna de miel a comprarse buenas ropas, tres o cuatro trajes de toda corrección para atender los negocios, los asuntos de la fábrica, un par de chaquetas de reno para tardes y domingos, pantalones de cotelé para la casa, zapatos de gamuza y suela crepé, camisas de cuello y también de 'sport', pañuelos de colores con la inicial bordada, calzoncillos de popelina verde, y por las noches tirarse a Claudia, tirársela con furia, hasta el agotamiento, darle una luna de miel que la saciara, que la despojara por un tiempo de todo pensamiento sexual, para pensar entonces en Mariela, solo en Mariela con su cuello grácil bajo la cola de caballo, su indiferencia amorosa, su delgadez de reina, para recordar con ira las pocas sesiones de ese amor paralizante del alma, y de qué mierda me quejaba, señor, o es que estaba influyendo en mí Juan Pablo Jara, o es que durante un año me lo había mandado a guardar sin que yo me diera cuenta, porque de qué me quejaba, ¿no era lo que me estaba pasando lo mejor que podía pasarme? Sí, pues, señor, ¡de qué me quejaba! Pero me habían venido ganas de llorar. Don Alex lanzó a Sultán hacia arriba y lo recibió en sus manos antes de que se estrellara contra un suelo implacable. Lo soltó a sus pies y el perro le lamió las siniestras botas nazis.

-Tú no comunista -le dijo don Alex, acariciándole el hocico tiernamente-. Tú no judío.

Entonces me acerqué al viejo y con una lengua viscosa y traicionera quise algo así como contarle entre orgulloso (porque yo, Gabriel Canales) y angustiado (porque a mí, Gabriel Canales), que me casaba, que entregaba las herramientas y me casaba, pero al apoyar mi mano sobre su hombro se me hizo de nuevo el revoltijo y una fuerte arcada fue a bañar el áspero cuero de su abrigo de campaña. Don Alex me miró con odio.

-Mirar -dijo, limpiándose el vómito con una mano y metiéndose entre sus estanterías.

Para qué quería todo eso, dijo, comenzando una nueva sesión de caos en que el juego consistía en agarrar herramientas y lanzarlas por el aire. Una llave de tuercas fue a dar contra la carrocería lustrosa del Vauxhall azul. Para qué tenía todo eso, dijo. Para qué arreglaba ese coche. Entonces fue hasta el Vauxhall, se agachó y comenzó a levantarlo como para que se fuera volcando.

- ¡Tú judío! -le dijo al auto, que a cada instante tomaba un vaivén más peligroso.

Pensé que se estaba dando la mejor oportunidad para deslizarme sigiloso portón afuera sin ser advertido y comencé a avanzar a la disimulada, como haciéndome el huevón, pero mis pasos eran torpes y vacilantes y no dieron con la salida antes del estruendo que produjo el volcamiento. Don Alex contempló perplejo el espectáculo que él mismo había puesto en escena, algo así como si no lo hubiera hecho él. Luego buscó de alguna forma mi complicidad, frustrando de viaje una posible fuga.

-¿Y para qué hizo eso, don Alex? -me atreví a preguntarle, estúpido, como si pudiera haber una respuesta.

-Para que usted vea que yo mucha fortza -contestó poniéndose de pié y avanzando hacia mi lugar-. Yo mucha fortza, tséñor Gabriel. Yo setenta jaños, pero cuando pelear, yo bailar, ¿ah? -le dijo el perro- ¿ah, tú judío?

Parecía que el despliegue de fuerza empleado para el volcamiento, el éxito de la operación, le hablan elevado el humor en buen porcentaje. Mostraba excelente disposición hacia el perro y hacia mí, soñaba plácido con los ojos y sonreía con sus no-labios, plenamente satisfecho, la verdad.

-Venga, tséñor Gabriel.

Lo seguí hasta la casucha. Me indicó que entrara, me explicó que su hogar era muy modesto, pero que me sentara en la cama, que él me atenderla como sabia atender un Yakopovich legitimo, como su madre había atendido en la gran casa cerca del molino a los soldados, a los señores, a tanta vecina en la época de los trigos dorados, que ahora era muy pobre, casi un paria, un gato miserable, pero que su corazón era de rico, que antes habían sido todos ellos, los Yakopovich, muy ricos, que a los comunistas él los conocía en carne propia, puro barbarismo, pero que aún ahora les seguía dando duro donde le salieran al paso, que yo no me imaginaba, que me tomara el primer trago de esta nueva botella, que me sintiera cómodo, que yo era muy buen muchacho, don Walter se lo había dicho y él lo veía en mis ojos también cómo no.

Puesto que se trataba del primer trago no pude hacerme el que tomaba sin tomar, devolviendo el liquido de la boca a la botella, sino que tuve que tomar de veras. Me pareció asqueroso el sabor del pisco y deseé más que nunca sentirme tranquilo entre mis sábanas, dominar con el sueño el mareo que me partía el mundo en pedazos. Le devolví la botella. Don Alex la recibió y antes de beber estuvo mirándome un buen rato.

-Mi casa muy modesta -repitió.. La verdad es que era una cagada de casa. Más que 'modesta' la palabra para definirla era 'deprimente'. Pensé que si no lograba tomar una decisión rápida y salir de esa pesadilla, terminarla por pasar ahí la noche, borracho como saco y con la amenaza de una violencia siempre latente en esos ojos de permanente cambio. Miré débilmente el reloj.

-Voy a tener que partir, don Alex -le dije aprovechando la calma y levantándome-. Se me hace muy tarde y estoy más o menos lejos...

Y estaba también más o menos borracho y no sólo lejos sino ignorante total del punto del mapa sobre el cual me hallaba.

-¿No le da calor, don Alex?

Calor no hacía demasiado. De seguro, estaba más bien fresco. Además, me importaba dos pepinos si le daba calor o no. Allá él si le gustaba disfrazarse y jugar a los soldados con ese abrigo y ese gorro para el Polo. -Dentro calor -me dijo poniéndose una mano en el

pecho y llevándose con la otra la botella a la boca, si acaso a esa mierda se le podía llamar boca.

Yo estaba en la puerta de la casucha intentando un sa- ludo de despedida. Don Alex dejó la botella sobre una mesita donde se hallaba el anafe eléctrico en que se cocinaría de seguro sus comidas y dio primero un paso rudo hacia mí y en seguida le asestó a mi cadera una patada brutal que si no la separó del cuerpo, lanzó al menos a éste en un violento vuelo hacia el patio, por sobre la mirada seguramente atónica de Sultán, que custodiaba la entrada, o la salida, diría. Me sentí algo maltrecho en el suelo y con pocos ánimos para levantarme, de modo que opté por quedar tendido boca arriba mirando un cielo oscuro y denso de estrellas y sintiendo caer sobre mi piel, sobre mi rostro, sobre mi pecho descubierto por una camisa cuyos botones habían saltado por los aires, la helada que refrescaba la noche santiaguina. Tuve deseos de cantar y lo primero que se me vino a la cabeza, aunque no soy como Juan Pablo de los que adoran el tango, es esa parte de Caminito que dice una sombro muy pronto serás, una sombra lo mismo que yo, y me acordé de Claudia escribiendo los sobres y de doña Regina yendo de un lado a otro, telefoneando interminablemente, y como un cabro chico me largué ahora sí a llorar a moco tendido, esperando quizás un solo gesto piadoso de don Alex para empezar como loco a hablarle del fundo, de la Erika, de mi tío Juan, que mantenía vivas sus esperanzas en mí, mientras yo hueveaba de lo lindo, de la puta Mariela, ¡de Mariela! de Juan Pablo y de cómo un hombre talentoso podía irse de cabeza a la cresta, y escucharlo también llorar por los campos de Hungría y los salones idos y los valses, y requete jurarle que yo no era comunista, ¡comunista no! y hasta pedirle que me pasara la botella, mierda, que noche todavía quedaba, viniera, viniera. Pero ese gesto piadoso no era lo primero que don Alex estaba dispuesto a cometer.

- ¡Rojo! -me dijo asestándome una nueva patada que me cortó definitivamente la inspiración. Después, con su misma bota militar, me empujó como quien quiere mover un saco de papas. Dí un par de vueltas y mi mano quedó en contacto con un objeto metálico y frío. Una herramienta larga, de acero humedecido. La tomé con la fuerza de que aún eran capaces mis dedos y traté de incorporarme en silencio. Que se acercara ahora el viejo cabrón, pensaba. Que tuviera las patas de acercarse ahora. Lo divisé contra la débil luz de su pieza empinándose la botella. Ya vendría. Espere con los músculos tensos y dispuestos a un salto rápido ante un nuevo ataque del agresor; hasta que lo vi avanzar decidido hacia mí, como listo para soltarme otro par de patadas y quebrarme las costillas. Entonces me levanté como un resorte desvencijado y con el fierro le tiré el golpe. El viejo lanzó un alarido, dio tres o cuatro pasos borrachos, una media vuelta y se lo trago la tierra. Me acerqué cauteloso, como para que no fuera a salirme con alguna sorpresa y lo descubrí inmóvil, medio doblado y con los ojos abiertos, dentro del foso. ¡Qué puntería! pensé. Embocarlo a la primera en el hoyo, como un campeón de pool. Sin soltar mi fierro salvador, me puse de rodillas y lo llamé. El perro, que coleteaba alrededor del foso, dio el salto y comenzó a olfatear a don Alex, a lamerle la cara. En ese momento me di patéticamente cuenta de que la pelea había terminado por nocaut. El contendor no volvería a levantarse. Y emprendí temeroso la retirada tratando de entender algo y tratando de no llamar la atención de Sultán.


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