Alfonso González-Dagnino


EL EXILIO

En la historia de Chile dos fechas se señalan con exilios masivos: octubre de 1814 y septiembre de 1973. Ambas también plantearon a los chilenos de dentro y fuera del país la tarea de recuperar la libertad. Para los chilenos de este segundo exilio tampoco es fácil: la tempestad nos dispersó por cincuenta países, nos hirió con amargas heridas, apagó lámparas que amábamos, y un polvo impalpable cubre ya ciertos recuerdos. No es fácil proseguir la marcha, esa lucha contra el tiempo y su mudanza que cada uno libra corazón adentro: oscura batalla confusa y contradictoria, en que con un brazo se sostiene la espada y con el otro se desbroza el camino. Empero no hay alternativa. No hay alternativas para esta batalla. El exilio es un desafío total, y sólo puede enfrentarse con éxito asumiendo su realidad hasta el fondo, la verdad también total. Escabullirse es destruirse: lo hemos aprendido estos años.

En nosotros el exilio, como fenómeno general, se da con una particularidad específica como telón de fondo: nuestra derrota. Todos los autores que han estudiado el exilio están contestes en que las circunstancias en que se origina, le agregan peculiaridades. No considerar el origen de nuestro exilio nos impediría entender la manera como él transcurre. Entender, por ejemplo, que nuestras heridas tienen sal. Es doblemente valioso, por eso, que las fuerzas populares en el exilio hayan logrado desplegar tan poderosas acciones solidarias con nuestro pueblo en el interior, que la dictadura siente, y que nuestra intelectualidad haya obtenido para la cultura chilena un rango internacional.

Pero no es de la raíz política en sí, de nuestro exilio, que deseamos ocuparnos aquí, sino de un fenómeno global, del exilio como forma de vida que la dictadura obliga a llevar al 10 por 100 de la población de nuestro país. ¿Qué interés puede tener para el lector -mayoritariamente chileno y mayoritariamente exiliado- conocer los problemas del exilio? La respuesta a tal pregunta se encuentra en los siguientes cuatro puntos: a) El exilio es un fenómeno psico-social, antiguo en la Historia, perfectamente caracterizado, sujeto a las leyes conocidas, al que le es propia una patología orgánica y psíquica, estudiada; b) Existe una experiencia mundial sobre la manera de prevenir los trastornos del exilio (psíquicos y orgánicos), y de tratarlos cuando se presentan: c) Está comprobado que el conocimiento de los problemas del exilio ayuda a los exiliados a superarlos, toda vez que les permite relativizarlos ("no es sólo un problema mío"), objetivarlos ("esto ocurre en la situación de exilio"), y ponderarlos ("estos síntomas no son graves no deben preocuparme", o al revés, "este síntoma es señal de algo grave y debo hacerme examinar"). El conocimiento de los problemas del exilio es también necesario a los dirigentes de las organizaciones de los exiliados (exiliados ellos mismos), porque pueden mejorar cualitativamente su trabajo; d) Los estudios sobre el exilio chileno ya se han iniciado, y aunque las series estudiadas no son numerosas todavía, los resultados indican, hasta ahora, una estricta correspondencia con la experiencia mundial; en otras palabras, sugieren que debiéramos servirnos de ese conocimiento.

Una cuestión exige aclaración previa: por los sinónimos (exiliado, asilado, desterrado, expatriado, emigrante, etc) circulan por lo menos dos conceptos que, siendo diversos, exigen definición: exilio y emigración. Es verdad que los problemas de uno y otro estado convergen en el tiempo hasta juntarse, pero los períodos iniciales (generalmente decisivos), son diferentes. Trátase por lo demás de una confusión antigua: ya el médico suizo Hoferus en el siglo XVII habla de ambos fenómenos como idénticos en sus trabajos científicos, los primeros al respecto que se conocen, y también Schiller en el siglo siguiente ("Segunda disertación sobre la naturaleza espiritual y animal del Hombre"). Aclaremos pues: el emigrante, por forzada que sea su emigración, realiza un acto voluntario al dejar su patria, hace una elección. Por lo menos esa es su vivencia. Tradicionalmente se señala que entre los emigrantes abunda una personalidad especial: aquella capaz de romper con relativa facilidad los lazos con el ambiente natal. Numerosos estudios sobre emigrantes han comprobado entre ellos una proporción mayor de personalidades esquizoides en relación al promedio de la población. El exiliado (o en el lenguaje moderno, el asilado), es una persona normal (representativa de la normalidad de su grupo y clase social de su país), que se ve forzado a abandonarlo todo, aun sus bienes personales, a menudo precipitadamente, que carece de pasaporte (salvo excepciones), no elige el lugar de su destino, y sobre su futuro y su regreso traza un gran signo de interrogación. Es fácil comprender que ambos inician de manera bien distinta la expatriación. Ello se puede expresar como grados diferentes de inseguridad ante la vida que se despliega por delante. La inseguridad del exiliado es extrema. Su resistencia a las vicisitudes del exilio será menor.

En el caso chileno la distinción entre emigrante y exiliado a menudo es puramente formal: depende de la puerta por donde se salió. No obstante hay matices, que jugaron principalmente en los primeros años: el pasaporte, la posibilidad -aunque teórica- de regresar a la patria, de cambiar de país, etc. Stefan Zweig escribió con amarga ironía antes de su muerte (Al mundo de ayer): "Siempre creí que el hombre se componía de cuerpo y alma; ahora de viejo he venido a darme cuenta que se compone de cuerpo, alma y pasaporte".

El ser humano no es únicamente una unidad biológico-social, sino también psico-orgánica. El afán clasificador de las etapas analíticas de la ciencia (ciencia griega, ciencia de los siglos XVIII y XIX) han dejado esquemas de los que es más difícil librarse que de la mortaja. La separación del ser biológico y del ser social en el hombre se está cerrando por el desarrollo de las ciencias sociales, entre otras. La unidad cuerpo-espíritu se consagró a mediados de este siglo con la comprobación de que numerosas enfermedades orgánicas se originaban en la psiquis (las llamadas enfermedades psicosomáticas, ciertos hipertiroidismos, etc), y que toda afección orgánica tenía una paralela existencia psíquica: dolores fantasmas de los amputados, problemas del climaterio, etc. Por la índole no médica de este estudio no procede ir más allá. Incluso por simplificar hemos deformado ya algunos fenómenos, harto más complejos de lo que aquí los hacemos aparecer. Agreguemos solamente que cada vez es más difícil trazar la línea divisoria entre psiquis y organicidad, al punto de preguntarnos si realmente esa línea existe. La Teoría de la Adaptación, del húngaro Selye, es uno de los grandes aportes unificadores de la concepción del hombre, hechos por la fisiología contemporánea. Ella develó los procesos de relación hombre-ambiente, y estableció las etapas de esa relación, así como los mecanismos fisiológicos de reacción -siempre los mismos- frente a los estímulos internos y externos indebidos (stress). Esta escueta e imperfecta ojeada a la teoría de Selye es indispensable para comprender sobre qué bases opera el fenómeno del exilio. La Teoría de la Adaptación establece dos o tres etapas, según sea, de respuesta conjunta orgánica-psíquica ante la agresión o la inminencia de agresión (las llamadas "reacciones de stress"):

primera etapa o Entapa de Alerta; segunda etapa o Etapa de Recuperación; tercera etapa o Etapa de Agotamiento (cuando los mecanismos de adaptación que llevan a la recuperación han sido sobrepasados, y la capacidad de compensación se ha agotado). Estamos viendo el problema en trazos muy gruesos, por lo que omitimos el complejísimo juego neurológico, hormonal, de intercambio de membrana, etc, que marca cada una de estas etapas. Pero es preciso que el lector medio, el lector no versado en biología, sepa estas cosas fundamentales; por ejemplo, que la fisiología tiene mecanismos de reacción psíquica y física idénticos ante estímulos diversos, para conservar ese equilibrio dinámico que se llama salud; que esos mecanismos se desarrollan sucesivamente, y logran o no su objetivo, según la intensidad y la prolongación del estímulo agresor (stress); que los mecanismos de reacción, por la unidad esencial psico-orgánica del ser humano, abarcan tanto al cuerpo como a la mente, y lo que agrede al cuerpo a la psiquis agrede, así como lo que hiere a la mente, al cuerpo llega.

Si consideramos el exilio como un stress o estímulo agresor -y ciertamente lo es-, de tipo principalmente psicológico, comprenderemos que los mecanismos de respuesta ante él sean los mismos que el ser humano opone a otras agresiones psico-sociales (la prisión, por ejemplo), y aun a aquellas de apariencia exclusivamente física (la tortura, por ejemplo). Eso nos permitirá comprender que en el exilio se den cuadros clínicos similares (variando sólo en intensidad, frecuencia y pronóstico) a los descritos para la prisión prolongada en muy duras condiciones ("Síndrome de Campo de Concentración"), para los torturados ("Síndrome de los ex-torturados"), y curiosamente, como han comprobado científicos que visitaron Chile (1), para la masa de la población expuesta al terror policial y a la brutalidad de la represión. Es decir, que hay una unidad en el dolor humano tan exacta como la unidad de la alegría.

Hemos dicho que el exilio se presenta como stress psicológico. El primer tiempo del exilio (como el primer tiempo de la prisión, etc.), se vive en la primera etapa de la Teoría de la Adaptación, o Etapa de Alarma (estamos considerando un caso ideal, sin complicaciones): hay una gran secreción de las hormonas de emergencia (adrenalina y nor adrenalina, cortisona, "Compuesto E de Kendal', etc.), y se pone en juego el complejo mecanismo a que nos hemos referido. El individuo en estas condiciones no siente la fatiga física, desaparecen antiguos achaques: asma, colon irritable, reumatismo, etc.: no siente hambre ni sed. Psicológicamente se produce un grado de excitación con tendencia a la fuga, es decir, a no sopesar la realidad. El individuo parece lleno de vitalidad y optimismo, sobrevalora los factores positivos de la situación, e incluso hace gala de cierto humor. Algunos individuos realizan la fuga de la realidad, en esta etapa, mediante el sueño, y pasan los días durmiendo. No obstante, a medida que el tiempo transcurre, y el stress prosigue su acción (puesto que el exilio no concluye), la excitación se va trocando en irritabilidad, tensión muscular, insomnio, disminución de la libido (por lo menos el sujeto se apercibe de ello), a veces con impotencia o frigidez, y finalmente, angustia, que suele tomar la forma típica del acceso de angustia nocturna. Hemos llegado a los umbrales de la tercera etapa.

La tercera etapa (De Agotamiento), es también una zona, cuyo fondo es la muerte. En este primer peldaño se manifiesta esencialmente por neurosis, de diverso tipo y gravedad, que ya son respuestas psíquicas completamente anormales, ubicadas en el terreno de la patología. Físicamente es la etapa de agravación de antiguas dolencias, o de aparición de nuevas: se producen infartos, se acentúa el envejecimiento, aparece o se acentúa la hipertensión arterial, las úlceras gastroduodenales, las afecciones reumáticas, el asma, las afecciones a la piel, toda la gama de las afecciones del mesénquima, etc. Un paso más allá y se empieza a correr peligro de muerte por quiebra orgánica o psíquica (paranoia con delirio de persecución, intentos de suicidio, agresividad criminal, deterioro y disgregación de la conciencia).

El lector notará que hemos hablado de la primera etapa (Reacción de Alarma), y de la tercera (Reacción de Agotamiento), y no hemos señalado la segunda, la Reacción de Recuperación. ¿Es posible la Reacción de Recuperación si el stress del exilio continúa actuando? Sí, es posible, a condición que dicho estímulo agresor deje de serlo y se transforme en estímulo positivo. Y aunque es difícil, está no obstante, al alcance de cualquier exiliado y organización de exiliados que se decidan a estudiar el problema, enfrentar la realidad sin subterfugios, y tengan la decisión de sacar las debidas conclusiones y ponerlas en práctica. Es a este camino empinado, a este "porfiar a entrar por la puerta estrecha", que dedicaremos nuestro estudio.

El desafío del exilio consiste en vivir y trabajar en una sociedad ajena y/o hostil. Es una exigencia perentoria y la alternativa es adaptarse, y abrirse paso, o no adaptarse, fracasar e ir a la deriva. Desafío pues, total, y que se toma en condiciones desmejoradas con respecto a la situación en la patria. Era indispensable antes de considerar las singularidades de este fenómeno, proveer al lector de una clave interpretativa. Tal es la Teoría de la Adaptación. Incluso, y a riesgo de repetirnos, la hemos explicado con ejemplos tomados del mismo exilio. Pero ahora el lector sabrá que al caracterizar el exilio, estaremos caracterizando el stress psicológico que agrede al exiliado; al señalar los diversos elementos o factores de este stress, estaremos develando los mecanismos de acción que se encuentran en él, las aguzadas Hechas por las que llega al alma. Al enumerar los factores positivos del exilio, así como las medidas que deben tomarse para prevenir o tratar tales o cuales de sus efectos deletéreos, estaremos señalando los caminos para llegar a la Etapa de Recuperación, sorteando la caída a la oscura tercera etapa.

El exiliado (y en nuestro caso numerosos emigrantes) prolonga en tierra extraña la situación de stress que vivía en Chile (2). El pasado es pues un elemento del exilio, con sus connotaciones (como hemos visto). El cambio brutal de vida que experimenta (nuevamente estamos considerando un caso ideal, un individuo que inicia en el exilio, o muy poco antes, su reacción de alarma), cambio que puede realizarse en unas pocas horas, rompe sus coordenadas tempero-espaciales y socio-culturales con las que comprendía al mundo (y actuaba en él). Una gran sensación de inseguridad pugna por abrirse paso, la oscura vivencia que su vida ha quebrado, y que su misma identidad está en entredicho. Habitualmente, sin embargo, debido a la reacción de alarma, estas vivencias son bloqueadas en un acto de defensa de la mente, que en su esfuerzo bloqueador va más allá, produciendo amnesias retrógradas: los exiliados no recuerdan el número de teléfono de su casa, por ejemplo, los nombres de sus compañeros, los parentescos alejados, etc; los hechos mismos del golpe militar, tan recientes, son recordados en forma neutra (o hechos brutales de represión, si el exilio se ha iniciado más tardíamente), sin la angustia de que estuvieron henchidos. Es el período en que se relatan historias estremecedoras sin un estremecimiento. El observador no advertido cree estar frente a un hombre de acero. Lo peligroso de esta situación reside en la no percepción de su artificialidad, y por tanto, de su transitoriedad, no aprovechándose para preparar las etapas que vendrán. En Suiza, país que conoció el problema del exilio mejor que ninguno durante la segunda guerra mundial, los primeros días del exilio se consideraban preciosos, y se aprovechaban para instruir al asilado sobre las características del país a que había llegado, sobre las diferencias entre su cultura y la cultura suiza (había cuadernillos para los franceses, para los alemanes, polacos, rumanos, chocos, etc.), y también se les instruía sobre la manera que deberían defenderse de la corrosión del exilio, considerando las peculiaridades de su cultura y su situación individual y nacional: a ciertos grupos se le recomendaba cuidar y conservar su vida privada, a otros fomentar la vida colectiva, etc. Esta admirable labor, toda la cual está publicada (3) (4), se debió a la feliz iniciativa del gobierno suizo de formar grupos mixtos de funcionarios estatales y cientistas sociales, con representación de los exiliados, para estudiar y resolver los problemas emergentes.

El falso optimismo de la Reacción de Alarma es insostenible, y pronto (en plazos que pueden variar entre semanas y meses, según las personalidades) un sentimiento de inseguridad, temor, angustia e infelicidad empieza a ocupar el campo mental. Agréguese un sentido de culpa y de vergüenza, siempre ocultos pero siempre presentes, y se comprenderá cómo, a través de la continuación del exilio, la Reacción de Alarma concluye. Al optimismo sucede la impaciencia (que es una baja del nivel de tolerancia a la frustración), a la euforia ("volveremos en unos pocos meses"), la depresión ("esto es peor que el exilio español"). Se inicia lentamente, y por etapas, el desbloqueo mental, sobreviniendo a veces, como contrapartida, fijaciones, algunas de las cuales pueden no abandonar más al sujeto. Larvada o no, se hace clara una cierta impotencia sexual en el hombre y frigidez en la mujer (5). Como mecanismo compensador, el afectado intenta arrojar ese estado de ánimo de sí, para lo cual lo proyecta, sea en personas concretas a las que responsabiliza de su situación (cónyuge, dirigentes políticos), sea en el país que lo recibe (de donde surge una peligrosa raíz de desadaptación), sea, finalmente, hacia el pasado, todo el pasado, que se carga con tintas sombrías.

Es la etapa en que el oscuro dolor, vivido visceralmente hasta entonces, emerge a la conciencia, y el hombre llora por lo que amó y perdió, y se desgarra el pecho por culpas reales o imaginarias. En fin, es el momento en que se inicia la batalla del exilio, de la que sólo el insomnio y los techos de las piezas de hotel son testigos. Autores citados ya, señalan que el exiliado se convierte en un Jano que mira con dos caras: una al pasado del que le separa un puente roto, y al que lo une una terebrante nostalgia, y otra al futuro que lo espera en un mundo desconocido y amenazante. Se da cuenta a donde lo ha conducido el proceso de desarraigo (Der reale Prozess der Entwurzelung). Es aquí, en este punto, donde se alcanza la máxima soledad que puede sentir el hombre. Con impurezas emocionales, es la hora de las grandes decisiones: cambios totales de vida, rupturas matrimoniales, etc. Martín Buber dice que la problemática del hombre se replantea cada vez que parece rescindirse su pacto primero con el mundo. Los alemanes llaman a esto "Stunde Null" (Hora cero), en que la vida se corta en el cielo como una columna de humo. A partir de este instante los caminos se separan: uno lleva a la desintegración, otro a la adaptación a la nueva vida. No es necesario reiterar que estamos describiendo etapas generales, en este caso, el proceso del exilio hasta el punto más avanzado de la tercera etapa (en la Teoría de la Adaptación), hasta donde es posible todavía la recuperación. Cada individuo vive las complejas circunstancias que llevan a este punto, agregándole infinitos matices, propios de su personalidad. De ahí que, cuando se plantea un caso concreto sobre el que debe actuarse, hay que unir lo general (que estamos esbozando) con lo particular que sólo un psicólogo o psiquiatra podrá calibrar. Los síntomas mismos, siempre escuetos, adquieren diversa significación según de quien se trate (tipo de personalidad, etapa en que se encuentra de la Teoría de la Adaptación, etc.). La nostalgia, por ejemplo, que además de normal es positiva, pues da continuidad a la vida y conserva la identidad, exagerada, lleva a lo que se ha denominado "Síndrome de la Nostalgia" (6) (7), es decir, a una fuga autocomplaciente hacia el pasado, el que se idealiza, a veces puerilmente ("el cielo de mi país era más azul"), a veces grotescamente ("la torta que hacía mi madre era mejor"). Un elemento psicológico que, normalmente, es un poderoso factor de conciencia, y aunque a través del dolor, ayuda a la adaptación, se transforma, al exagerarse, en un factor de desadaptación pues aísla de la realidad y hunde en el ensimismamiento, del que se sale agresivamente o con impulsos de autodestrucción. ¿Quién que tenga un mínimo de conocimiento sobre este problema, y de responsabilidad, puede recomendar en general "no mirar para atrás", o al revés, "vivir como si estuviéramos en Chile"? Estamos lejos de intentar psicologizarlo todo, para hacer desaparecer bajo etapas de adaptación, complejos de culpa y síndromes variados, la responsabilidad individual de cada exiliado frente a su exilio, eso que el profesor Lipschütz llamaba "el rol de la voluntad consciente". Pero tampoco es posible desentenderse de la complejidad del ser humano. Justamente para dominar y dirigir un proceso hay que seguir sus leyes. Y de las leyes del exilio estamos hablando. Que sean principalmente leyes psico-sociales y no económicas o físicas, no cambia nada. Cada exiliado (y organización de exiliados) triunfará en la batalla del exilio en la medida que libre la lucha ateniéndose a las leyes que regulan este fenómeno. No hacerlo sería subjetivismo puro. El Síndrome de la Nostalgia, para concluir, por la desadaptación conduce a la conducta delictiva. En general, es el problema de la introversión llevada a extremos patológicos (de la que la nostalgia es una parte).

En esa zona exacerbada el complejo de culpa alcanza al deseo de autodestrucción (para expiar), o se transforma en impulso persecutorio hacia otros exiliados ("tengo hambre y sed de justicia"). La introspección exacerbada se acompaña de gran desconfianza ("me vigilan", "mis cartas me las abren", etc.). Un criterio práctico para evaluar la normalidad de la nostalgia, la introspección, la tristeza, es el rol que ocupan en la vida. Cuando no son excluyentes de otros sentimientos ni estados de ánimo, cuando no paralizan la actividad del individuo por completo, se puede considerar a ojo de buen cubero que no han adquirido aún rango patológico.

El ensimismamiento, las fijaciones mentales, la sensación de soledad, la incapacidad de reaccionar frente al ambiente, la aumentada fatigabilidad al trabajo, la inseguridad (que en el fondo roe), los trastornos sexuales (generalmente transitorios), las dificultades en la vida familiar, la baja tolerancia a la frustración (irritabilidad, impaciencia), el insomnio, la menor capacidad de concentración mental, los trastornos globales de la personalidad (cierta mayor emocionabilidad, etc.) así como cambios orgánicos que ya hemos señalado, asemejan el exilio, en esta etapa, a lo que se ha descrito para los ex-torturados y ex-prisioneros de campos de concentración (8) (9), y en cierto modo -lo hemos apuntado ya- a lo que sucede a la población dentro de Chile, sometida a las duras condiciones de la represión. La sumación de los factores precedentemente señalados, cuando no son pesquisados a tiempo y tratados, sobrepasan el punto de recuperabilidad a que hemos hecho mención (10) (en la tercera etapa de la Teoría de la Adaptación), y se inicia la disrupción moral y psíquica que algunos autores relacionan con cambios orgánicos del cerebro (11). El camino a la destrucción también es insidioso. Se empieza por perder el sentido de la solidaridad y el individuo se vuelve ferozmente hacia sus intereses, en forma casi primitiva, y comete pequeños (y estúpidos) robos, levanta pueriles calumnias para desembarazarse de algún presunto rival, etc. Como estas actitudes le traen problemas, miente para sortearlos, al punto que la mentira se transforma en una manera casi "natural" de su actuación en el exilio: miente para justificar su ausentismo al trabajo (más allá de lo "normal"), inventa calificaciones que jamás tuvo: títulos, grados académicos, etc. El círculo infernal comienza a girar con creciente velocidad v cada vez el sujeto se ve forzado a mayores mentiras, a más desembozados subterfugios, a asumir responsabilidades que no puede cumplir, que en un momento empiezan a cargarse de angustia: el peso de ese mundo que no dominó se empieza a hacer intolerable. Es el antecedente inmediato de la quiebra psiquiátrica.

Ciertamente lo que hemos descrito hasta aquí no ocurre de necesidad, ni mucho menos en todos los exiliados. Lo describimos basados en experiencias principalmente extranjeras, para configurar lo que en medicina se denomina "historia natural de la enfermedad", es decir, la evolución de la enfermedad no tratada. Se trata en este caso, pues, de saber a lo que se está expuesto. Concluyamos esta historia natural del exilio con una ojeada a sus trastornos propiamente psiquiátricos, característica principal (por lo menos hasta los estudios actuales) de la tercera etapa o Etapa de Agotamiento. El mejor estudio de ellos que conocemos se realizó en personas que buscaron refugio en Noruega en los años de la segunda guerra mundial, procedentes de todos los países de Europa, y cuyo seguimiento o follow-up se continuó hasta 1958 (12). Ese año quedaban aún en Noruega 1.879 refugiados (obviamente ese mismo hecho implica un grado considerable de adaptación al que no se refieren los autores: ¿cuántos refugiados murieron, enloquecieron, se fueron a otros países, derrotados en su batalla de adaptación?). De esos 1.879 restantes, la frecuencia de trastornos mentales serios en ellos era de 3,19 por 100, lo que representaba una proporción cinco veces mayor que un grupo control de población noruega, elegido al azar. Es la primera demostración cuantitativa (que este autor conoce) del efecto del stress del exilio medido hasta la Etapa de Agotamiento. Es más interesante -y que ratifica la observación anotada- es que para ciertas afecciones psiquiátricas endógenas, es decir, originadas principalmente en la estructura mental del individuo, como la esquizofrenia, la proporción bajaba de cinco veces en los exiliados en relación a la población noruega, en tanto que para las afecciones originadas principalmente en estímulos externos, las llamadas psicosis reactivas. como la paranoia especialmente, la proporción en los exiliados, en relación a la población noruega, era más de diez veces superior.

El estudio comentado arriba y otros (13) (14), permiten establecer los factores que actúan más poderosamente en el exilio para conducir a la tercera etapa de la Teoría de la Adaptación (a la quiebra del sujeto). Ellos son: a) El bajo nivel educacional; b) El bajo status económico-social; c) El que la calificación de los exiliados sea inferior a sus homólogos en el país que acoge, el que los exiliados deban trabajar en labores diferentes a aquellas para las que tienen calificación (en tiempo de la guerra era considerablemente difícil ubicar donde correspondía a cada exiliado, no obstante los esfuerzos que se hacían). En fin, este rubro podría resumirse como desajustes en la esfera del trabajo; d) El aislamiento. El aislamiento se instrumentaliza principalmente a través del desconocimiento del lenguaje. Este desconocimiento se considera un factor determinante de desequilibrio psiquiátrico, en diferentes estudios (15). El aislamiento idiomático se expresa como una marea de estímulos diversos que el individuo recibe sin poder "digerir", adquiriendo así carácter amenazante. Escucha risas, voces, seres que van y vienen, que actúan, tienen determinadas costumbres, trajes, ceremonias, cuyo último sentido se le escapa. El exiliado siente angustia, luego "comprende" que eso se dirige contra él, pues todo se dirige en ese país contra él, y es un hombre cercado y perseguido. Su desadaptación es, a estas alturas. absoluta e irreversible. Súbita o insidiosamente se inicia el delirio de persecución (paranoia), que conduce a la agresividad criminal (en defensa propia, estima el enfermo), o al suicidio (para escapar al infierno). Otro factor importante de aislamiento es la ausencia de vida familiar. Sobre esto último volveremos más adelante; e) La condición física y psíquica con que se inicia el exilio es un factor muy importante en su futura evolución. No están en iguales condiciones el que salió de Chile normalmente, y sin un apremio externo, al que lo hizo aislado, ni al que lo inicia luego de largo cautiverio y/o de feroces torturas. Su grado de resistencia es enteramente diverso. Hay personas que inician en su exilio la Reacción de Alarma, en tanto hay otras que llegan al exilio en etapas avanzadas de la tercera etapa. Obviamente unas y otras requieren un tratamiento diverso. Pero todas exigen un exacto diagnóstico de su estado; f) La existencia de ideales que trasciendan la vida del exiliado es un factor poderoso para resistir las vicisitudes del exilio, y los estudios que comentamos son categóricos en señalar que cuando no existen, o se han quebrado, la resistencia al exilio disminuye.

Hasta aquí los factores que se han determinado más nocivos en el exilio. El autor de este artículo no conoce trabajos referidos a patología orgánica de los exiliados, relacionable a la Teoría de la Adaptación (toda vez que el asma, la senilidad precoz, el enflaquecimiento extremo provocado por la falta de apetito, de la depresión, etc., tienen un punto de partida psíquico), aunque ha observado, sin poderlo afirmar por no tratarse de series susceptibles de estudio estadístico, que se produce un aumento de las enfermedades cardiovasculares (infartos, anginas, trombosis cerebrales), del mesénquima, de la hipertensión arterial, una agravación de las enfermedades bronquio-pulmonares, especialmente el cáncer de pulmón, de las úlceras gastroduodenales y los cólicos renales, y cierta menor resistencia a las infecciones. Pero se trata de meras hipótesis, de líneas de investigación futura.

Aun cuando estos trabajos se realizaron en europeos, concuerdan en líneas generales con nuestra situación. En nuestra opinión, actuando sobre los factores enumerados más arriba, podría elaborarse una política para los exiliados. A medida que pasa el tiempo va siendo perentorio, pues la adaptación al exilio raramente es perfecta, y de no actuarse concertadamente, un leve pero constante deterioro de los exiliados se hará sentir. El exilio es un gran dolor; no hay exilios dorados. Es una gran injusticia quitar a un individuo su derecho a la patria. Podremos (y deberemos) disminuir al máximo los efectos del dolor, pero él persistirá mientras no arranquemos de raíz la espina, mientras no volvamos a Chile y el exilio mismo desaparezca. Mientras ello no ocurra hay que resistir de la mejor manera. Mientras esa política se elabora, cada exiliado debería, en el contexto de lo que aquí hemos reseñado, desarrollar iniciativas para enfrentar su situación. Y ahora, echemos una mirada a lo que podría hacerse, sin pretender, ni dar lecciones, ni agotar el tema.

Si el bajo nivel cultural es un handicap en el exilio (a menor cultura mayor dificultad para comprender otra cultura), habrá que tener con estos exiliados un cuidado especial, considerándolos enfermos en potencia, e informarlos en detalle, y con paciencia, de las características del país a que llegan, someterlos a control psicológico periódico, verificar que su trabajo coincida en lo posible con sus capacidades, en fin, lo que en medicina se llama "un grupo de riesgo". Se ha visto, inversamente, que un buen equipamiento intelectual, afectivo y cultural, permite enfrentar en mejores condiciones el exilio. Se impone, pues, una política cultural masiva en el exilio. No sólo la calificación técnica o profesional deben ser motivo de preocupación, sino la formación cultural general. Es preciso aprovechar las infinitas posibilidades de los que estamos en Europa, pero estas posibilidades se dan en todos los países en que hay exiliados; el mundo es ancho, pero no es ajeno, en cada lugar de la tierra podremos enriquecer el acervo cultural que un día llevaremos a Chile (el término "cultura" está usado en su sentido amplio: formas de vida que los pueblos elaboran históricamente). ¿O nos creemos tan perfectos que no necesitamos adquirir nada del mundo? El profundizar en otras culturas permitirá conocernos mejor, porque se conoce por comparación. De ahí que el aislamiento cultural conduzca al chauvinismo, así como en el terreno individual la falta de comparación con otras personas (en el trabajo, la vida social, etc.) lleva al engreimiento.

Pero el desajuste cultural se expresa también en planos más sutiles, aunque no por eso menos reales y de consecuencias: el diverso sentido del tiempo que campea en las diversas culturas. Ello se nota en infinidad de circunstancias, aparentemente no relacionadas entre sí: diverso sentido de la puntualidad, diferente concepto de lo que es eficiencia, regularidad e irregularidad en el trabajo (a nuestra irregularidad en el trabajo la denominamos con benevolencia "capacidad de improvisación"), responsabilidad ante las tareas encomendadas. etc. El distinto sentido del tiempo es especialmente tajante entre las sociedades desarrolladas y las subdesarrolladas. El problema de adaptación de los exiliados chilenos que viven en Europa, Estados Unidos y Canadá, se origina en buena medida en el salto de una sociedad subdesarrollada a una desarrollada. El sentido del tiempo, del ritmo de la vida, es también un producto histórico (como toda la cultura), y el elevado valor del tiempo es la fina flor de la cultura greco-latina. No hay pueblos flojos, indolentes, ni irresponsables, hay pueblos con diverso sentido del tiempo. Y ese sentido se capta u condición de sumergirse en la cultura de que se trate. Los que no lo hacen, y viven de paso, volverán "igualitos" a Chile (referencia al ministro de Educación del gobierno de Jorge Alessandri, que declaró que de su beca en Francia había vuelto "igualito", por lo que se le conoció desde entonces por don Igualito Cereceda).

Es claro que el nivel de vida agrega o quita angustias al exilio. La situación es diferente en este aspecto para los exiliados que viven en el mundo socialista y en el mundo capitalista, y en este último varía también de un país a otro. Sin duda, la total seguridad que se logra en el mundo socialista es un poderoso factor de estabilidad psicológica para el exiliado. Hemos visto, por otra parte, la importancia del ajuste del trabajo a la calificación del exiliado, que en el mundo capitalista es difícil de lograr por razones objetivas.

Otro factor que se considera en los trabajos que comentamos es la significación de la vida familiar normal para la sobrevida en el exilio. De ahí fluye como elemento central de una política del exilio la reunificación de la familia (16). Detengámonos en este aspecto brevemente: la familia del exiliado vive también el exilio, y las circunstancias de éste la afectan como grupo. Un conocimiento de los problemas del exilio permitirá a los cónyuges comprenderse mejor en sus estados de ánimo, ser más tolerantes uno con otro, desarrollar una solidaridad de grupo frente a las adversidades de la situación, y hacer así de los factores agresivos del exilio factores de unidad familiar. Numerosos matrimonios en el exilio se rompen simplemente por no comprenderse que el cónyuge está sufriendo una situación excepcional (el exilio), y es un ser dolorido, como lo es el cónyuge que se impacienta.

Pero, además, en el grupo familiar hay unos personajes de los que no hemos hablado todavía: los niños. Las inclemencias del exilio llegan a los niños a través de la vida familiar. Un buen clima familiar de exilio amortiguará sus sinsabores, incluso podrá hacerlos desaparecer. ¿Qué se entiende por buen clima familiar de exilio? Un conjunto de cuestiones precisas: además de un decoroso nivel material de vida (mucho menos importante de lo que se cree), un ambiente en que el grupo familiar pueda desarrollarse y vivir a plenitud como grupo. Esto significa: posibilidades que la familia pueda elegir sus contactos sociales, en su más amplio sentido, las actividades sociales, culturales, deportivas, etc., en que se interese, como elementos de irrestricta soberanía.

Que pueda usar el tiempo libre familiar como y en lo que se le antoje, incluyendo ciertamente sus vacaciones. La enumeración podría seguir largamente, pero se puede resumir diciendo: autodeterminación, privacidad, plena disponibilidad de su tiempo libre para actividades comunes. El que en el exilio -por diversas causas- no siempre se logren estos objetivos, prueba cuanto hay que luchar todavía por conseguirlos, pues un mal clima familiar de exilio no sólo destruye los matrimonios sino que daña gravemente a los niños (en el desarrollo de su personalidad).

Dentro de la familia se expresa un problema extraordinariamente complejo y trascendental: el de la identidad nacional y cultural, al que hemos apuntado en diversas partes de este trabajo. El exiliado (en este caso el padre y/o la madre), tiene puestos los ojos en la patria, y su objetivo supremo es el regreso (veremos después las excepciones). El país que lo acojo será siempre "el extranjero" para él (o ella). En la medida que el exiliado no se adapta a la realidad que vive, hace de su hogar una fortaleza de la patria, y un altar de su cultura (comidas, costumbres, normas, etc., continúan siendo inviolablemente las de la patria). Cuanto más amenazante, o simplemente indiferente, es "el extranjero", con más fuerza le contrapone la cultura y la vida de la patria, como si ambas culturas fueran excluyentes y enemigas. Según la edad de los hijos, compartirán en mayor o menor grado esta dicotomía que los padres hacen del mundo, esta contraposición entre ideales patrióticos y realidad concreta. A medida que la edad de los niños es menor, y sus recuerdos de Chile más vagos y confusos, la cosa empieza a complicarse. Y exigir esa ciega lealtad a niños que apenas balbucean el español, es ya frecuentemente absurdo. En estas condiciones, los niños se sienten traccionados en dos direcciones contrapuestas. Cuando el problema llega a plantearse en esos términos por los padres, puede asegurarse que los padres tienen todas las de perder a la larga, porque como dijo Baudelaire, la patria es hi infancia. Y para que Chile y su cultura, y la causa de Chile sea la causa de los niños de los exiliados, ellas deben entrar a su infancia. Y al territorio de la infancia no se entra, sino con amor: hay que lograr que los niños lleguen a amar a Chile conociéndole en su historia, su geografía, su música, su poesía inmortal, pero sobre todo con el ejemplo: que los padres chilenos prueben en el interior del hogar la superioridad de las formas de vida chilenas. Que la dulzura de sus mejores recuerdos de infancia se vinculen a ese hogar en que se amaba a Chile. Ese es el desafío que el exilio plantea a los padres como tales. Aquellos padres que por una parte niegan las formas de vida locales, la cultura local, y por otra, con ciego autoritarismo obligan a sus hijos a amar Chile, aran en el mar.

El fenómeno que hemos visto precedentemente recibe el nombre de "las dos lealtades" y se ha estudiado acuciosamente en hijos de emigrantes españoles e italianos en Australia (17). Allí el padre salía a trabajar, y se sumaba a la vida del país: los hijos iban a la escuela, y se sumergían en la realidad de la vida australiana. Pero en la casa quedaba la sacerdotisa de los lares domésticos, la madre, hablando para siempre el español o el italiano, y exigiendo de sus hijos un comportamiento de muchachos andaluces o napolitanos, con lo que la vida social en Australia se les hacía a éstos extremadamente complicada. Añádase que el fenómeno se daba con un alto grado de emocionalidad, de lealtad o traición a la madre y a la patria, y se comprenderá que casi todos esos niños sufrieron serios trastornos psicológicos: su desarrollo psíquico se retardó pues tardaron en encontrar su "yo", su identidad, la que finalmente lograban entregándose a la lealtad a la madre, o rompiendo con la madre. En el primer caso, en buena medida, terminaron integrando bandas de connacionales para pelear con los muchachos australianos; en el segundo, en algún momento abandonaron el hogar. Pero, en todos ellos, los problemas de desadaptación fueron graves (niños por ejemplo, que se negaban a comprar ropa australiana, aunque la que trajeron ya era a todas luces inadecuada, para no traicionar a su patria, o niños que en el silencio de la noche se levantaban a destruir los odiados libros en español o italiano que les impedían incorporarse a la vida). No hay estudios entre nosotros al respecto, pero las observaciones personales de este autor le permiten afirmar que muchos padres plantean el amor a Chile como contradictorio al amor al país que acoge al grupo familiar. Y sería bueno conocer exactamente qué está ocurriendo entre nosotros, toda vez que ya una nueva generación crece en el exilio.

La cuestión de las condiciones en que se inicia el exilio es explícita en sí, como para desarrollarla. La edad, el sexo, el pasado, el nivel de salud, etc., son elementos que si no se toman en cuenta llevarán a graves errores.

También la cuestión de los ideales políticos, artísticos, etc. La participación en la lucha contra la dictadura y por la conservación de nuestra identidad cultural, debe ser preocupación permanente del exilio. Este factor, como tal vez ningún otro, emana de la esfera moral, y por tanto a la moral se dirige. Reforzar la moral mediante la amplia participación en las tareas de la causa chilena, fomentar los encuentros, seminarios, congresos, publicaciones, allí donde alienta en sus mil formas la preocupación por Chile, es, aunque a primera vista no lo parezca, reforzar la esperanza en Chile y su futuro. Y también es comprometer intelectualmente a los exiliados a volverá la patria. La vuelta a la patria, para ser exitosa y masiva, debe desarrollarse en medio de una bullente vida política, cultural y social del exilio. El que asiste o participa en un encuentro en que se debate el problema universitario o de la agricultura, termina interesado en poner en práctica las soluciones discutidas (tal vez defendidas por él mismo), y su regreso a la patria, psicológicamente, está decidido.

Hemos enumerado algunos factores para combatir la carcoma del exilio. Tal vez con errores. Ojalá otros trabajos los corrijan y completen lo mucho que aquí falta. Algunos factores, dijimos, pueden ser más o menos que los nombrados, lo importante es que sean todos a la vez, que entre todos ellos haya una proporción armónica. Porque desarrollar sólo uno (el hogar, por ejemplo, o el trabajo, o el ganar dinero, etc.), y excluir los demás, es una trampa que el exiliado se hace a sí mismo, una forma astuta de no enfrentar la realidad del exilio, que es total, y encontrar camino a su desadaptación, que al cabo acabará con él.

Hablamos de la carcoma del exilio. El estudio hecho en Noruega, a que nos hemos referido, probó que un tercio de las psicosis reaccionales se producen antes de los dos años de exilio, pero que los dos tercios siguientes ocurren después de los dos-tres años. Claro, la aventura de la vida tiene un precio y en todas partes debe pagarse. Pero el precio del exilio supera el precio normal. Lo interesante es que se trata de un precio que puede disminuirse. Yo me atrevería a decir que, bien manejado, puede el exilio hasta dejar un superávit. Pero para eso es indispensable una política enérgica, coherente, coordinada, y científicamente fundada. Es también, como lo hemos dicho, una necesidad según pasa el tiempo, pues, como dicen dichos autores, "después de tres años el exiliado es un ser frágil, desgarrado por grandes dolores".

Y, sin embargo, y sin embargo... ¡con todo lo necesaria que es la ciencia, no es suficiente para resolver el problema del exilio! Así como la madre suple lo que la pedagogía no entrega, con su inmenso amor, y nos hace dulce la infancia, así en este trance la fraternidad, la humanidad, sí, el amor debe suplir lo que la ciencia no alcanza. Porque ¿se puede ser revolucionario sin amor?

Hemos expuesto el problema del exilio desde un ángulo médico y psico-social. Es preciso ahora mirarlo como fenómeno en sí, ver cuántas etapas puede la experiencia reconocer en su desarrollo, en fin, considerarlo prácticamente, para sacar criterios de manejo (que nos lleven a la Etapa de Recuperación). Al respecto, los autores que nombramos al principio, tienen una excelente clasificación. Hela aquí:

Primera etapa, llamada Etapa de Desconfianza. En líneas generales, y para no repetir, digamos que corresponde a esa zona de la segunda etapa en la Teoría de la Adaptación en que el individuo toma conciencia de su situación y se abren ante él los caminos de la superación o del derrumbe. Las siguientes etapas de esta clasificación pormenorizan estos procesos.

Segunda etapa o Etapa de Despreocupación. Corresponde a un período más o menos breve de paz que sigue al momento terrible de la toma de conciencia. Pasado el acceso de dolor y miedo, el exiliado se tranquiliza: después de todo está vivo, tiene un techo y comida, ninguna amenaza real es inminente, en el cielo de la noche lucen las estrellas, y el sol (pálido o ardiente) cruza en su carro como siempre diariamente de oriente a occidente. ¿Qué ha cambiado, en verdad? La vida triunfa.

Tercera etapa o Etapa de Desaliento y Depresión. Pronto se comprende que se estaba en la luna de Valencia, y que la realidad, si bien no tan brutal como se pensó al principio, no es menos cruel: la "nueva patria" no será jamás la patria, el idioma de adopción no se dominará nunca como el propio ("esa lengua de oro" de que hablaba la Mistral); nunca tampoco en el trabajo se será considerado como un nacional más. En fin, que la vida es bien triste separado de la luz de Chile, de su mar, de la ciudad natal, la propia casa, los amigos. ¿Vale la pena vivir?

Esta etapa corresponde al punto crítico que nosotros señalábamos, y Wolff denomina "el punto de cada hombre para quebrarse". Más allá no se retorna.

Cuarta etapa o Etapa de Integración. A menudo se vive largo tiempo en la tercera etapa, bordeando el punto crítico (the Breaking Point), antes de pasar a la Etapa de Integración (o hundirse definitivamente). Un tiempo marcado por terribles dolores. Sólo quienes han vivido en plenitud esa etapa, sin apartar ni un solo cáliz amargo, saben cuanto cuesta entrar a la Etapa de Integración, la etapa triunfante del exilio. Se señala ella por una aceptación de la realidad en que se vive, por una incorporación a la vida social, laboral, cultural y aun política, y un disfrute de las costumbres, hábitos y valores vigentes, sin renunciar, no obstante, a la identidad nacional, a la cultura nacional. Es, pues, un proceso complejo y conmovedor, que prueba que, básicamente, los pueblos y su historia -su cultura- no son contrapuestos. Se aman las dos patrias porque en ambas se ha vivido y trabajado, poniendo afán y esperanza, pero la vinculación entrañable persiste con la patria de origen, con el territorio de la infancia. Ese exiliado que ha logrado amar su patria de adopción, sin perder su patria profunda, ha logrado realizar la Integración Crítica; es decir, ha sido capaz de amar y seleccionar, de sumergirse en el torrente y no dejarse llevar. Eso lo ha logrado con dolor, pero también por una implacable y constante crítica, que ha filtrado, sopesado y conservado lo mejor y lo más puro. Ese hombre volverá enriquecido con la cultura del mundo y, sin embargo, más chileno que antes, más consciente de lo bueno y lo malo de la patria. Más útil, en suma. Por su parte, los hijos criados en estos dos amores, complementarios en su corazón, no experimentarán desgarro mayor al abandonar la patria de adopción, ni un gran shock al llegar a Chile, al que, a través de la Integración Crítica de sus padres, conocerán en sus aspectos positivos y negativos.

Si el doloroso proceso de la adaptación no se hace a través de la crítica, del contraste constante entre las dos culturas, conducirá a la Asimilación. Trátase de una manera de adaptarse, pero resignando las banderas de la identidad nacional y cultural. En los exilios prolongados, se plantea como única solución para sobrevivir a quienes han defendido cerradamente la incompatibilidad de "las dos lealtades". Y se da la paradoja que los que aparecían como los campeones del culto a la patria lejana, de pronto arrojan la patria por la ventana, y procuran olvidarla lo más pronto posible para que nadie note que son extranjeros, y no tener problemas para abrirse paso en la vida. La lealtad a Chile les pesaba demasiado. Del rechazo total a la aceptación incondicional. Los yanaconas del exilio.

Creemos que es posible llegar a la Integración Crítica, salvando los peligros de destrucción que el camino tiene, y el de renegación que la Asimilación implica, si podemos elaborar una política coherente, una actividad racional de los exiliados en torno a Chile, una discusión sobre lo que aquí decimos, que aclare las ideas, y si nuevos trabajos se suman a éste. En fin, si logramos hacer conciencia de lo que es el problema del exilio. Y esto es importante, no sólo por razones patrióticas generales, sino muy concretas: sólo podrá cumplir con la tarea que la historia puso ante nosotros (y que comentábamos en las primeras líneas de este trabajo), aquel exiliado que haya alcanzado la Etapa de Integración Crítica. Incluso la tarea de volver a Chile, de reconquistar el derecho a la patria, está vinculada a la cuestión de Asimilación o Integración Crítica. Y la utilidad en Chile de los que regresen, está también vinculada a la capacidad que hayan tenido de triunfar en la batalla del exilio.


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Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03