La Cama

LA CAMA

Ilario Da

Literatura Chilena, creación y crítica. N 19 marzo 1982

- Aló, ¿Sergio?

- Sí. ¿Quién habla?

- Pedro. Te llamo para algo muy importante. ¿Tienes algo que hacer esta noche?

- No. Pero ya son las once. Un poco tarde para salir.

- Estoy con el Loro y tenemos un programa bastante apetitoso que proponerte,

- ¿De qué se trata?

- No tengo tiempo para explicarte. Ven enseguida a la salida del metro Port-Royal.

- Pero adelántame algo.

- ¿Me tienes confianza? ¿Te he fallado alguna vez?

- De acuerdo, pero...

- Entonces te esperamos. Afeítate y échate Paco Rabanne.

¡Y apúrate!

Apagó la televisión y corrió a lavarse los dientes. Escogió un par de pantalones negros y descolgó la mejor chaqueta. Parecería que hubiese planchado la camisa con un repollo, pensó mientras se afeitaba. Ordenó la cama, cuestión de tener preparado el ring de cuatro patas. Una última mirada en el espejo, sacudió las migas de la mesa y salió a la calle. Francesas no podían ser, ya que el Loro y Pedro venían llegando a París y no hablaban el idioma. Tal vez por eso lo llamaron. El llevaba más tiempo en Francia y haría de intérprete. A menos que fuesen de esas estudiantes atraídas por la solidaridad. Aquéllas que andan a la siga de un chileno torturado que haya vivido los tres años de la Unidad Popular con una treinta y ocho al cinto.

En el metro imaginó la caricatura de un chileno con espeso bigote negro, hipnotizando a una muchacha francesa con una quena, como lo hacen los hindúes sentados frente a una serpiente. La joven, en lugar de salir de un jarro con la cabeza hacia arriba, aparecía con el culo delante, debajo de una sabana. Esta última tenía un "Che" dibujado en el centro, un gorila en una esquina, un taparrabo en la otra, un machete en al tercera y la luna en la cuarta. Hacía calor, Fue un error salir sin haber tomado una ducha, pensó calculando el contraste entre el perfume de la cara y la cebolla que traía bajo cada brazo. La chaqueta lo protegería un poco y siempre le quedaba la posibilidad de bañarse con la mujer que le tendrían reservada. Seguramente le habían designado la más fea de las tres. No obstante, gracias a su dominio del francés podría invertir las parejas. Por lo demás, seguro eran pajaritas nuevas ya que tres días atrás ambos estaban solteros todavía. Durante el cambio de tren en Chatelet recorrió con la memoria los actos de solidaridad más recientes y las últimas reuniones de los comités, intentando descubrir el origen de la conquista. Aunque del Loro y de Pedro podía esperarse cualquier sorpresa, tanta era la necesidad de ambos por tener una "amiga". El hospital donde se encontraba el hermano de Pedro no era descartable como frente de batalla. En el curso de alguna visita podrían haber conocido a las damas en cuestión. El marco era ideal para una emboscada, dadas las razones por las cuales Pablo estaba hospitalizado: durante la tortura, de una patada le habían fracturado la nariz. Recordó cuando Pablo le dijo, antes de ser internado, mientras tomaba una cerveza respirando por la boca: "Pienso viajar por Suecia, con un cartel colgando de esta parte de la nariz que me deformaron, que diga lo siguiente: "No soy feo de nacimiento. Esta curvatura hacia el costado es artificial y reciente. Me la causaron los esbirros de Pinochet, cuando fui arrestado a consecuencia de mis actividades revolucionarias en la clandestinidad". Con esa leyenda, más el bigote moreno y una mirada de terrorista enfurecido pero derrotado, no habrá sueca que me resista. Grito y plata, compadre. Las hippies, las estudiantes, las progresistas, las ecologistas, las lesbianas, las drogadictas, se van a acercar a mí como moscas a la mierda .

Bajó en la estación Port-Royal. Antes que el metro cerrara las puertas, se miró por última ve; en el reflejo de una ventana para peinarse y arreglarse el cuello de la camisa. Primero lo sacó fuera de la chaqueta, pero le pareció demasiado argentino matador, o italiano tirado a play-boy. Dado el origen de las invitadas, golpearía más con el estilo descuidado. Se acercaría al grupo, distraído y como no muy interesado en el encuentro. Dando la impresión que lo hubiesen arrancado de sus reflexiones referentes a las causas de la derrota y la búsqueda de una alternativa que tomase en consideración las características particulares del movimiento obrero chileno. La idea es que la mujer se sienta secundaria al compararse con preocupaciones y actividades de tal trascendencia. Disminuida frente a las guerrilleras que él habría conocido en los avatares de la revolución chilena. Se representó en la mente a Romy Schneider entrando en su casa de improvisto, en el momento preciso en que él estaría limpiando el revólver. "Creo que más vale decirte toda la verdad, Romy, No soy el que crees. Por otra parte, otras tierras reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos..." .

- Ahí viene. Déjame hablar a mí, le dije al Loro cuando vimos a Sergio subiendo las escaleras. "Hola Sergio".

- Hola. ¿Qué cuentan?

- Aquí estamos.

- ¿Y las minas?

- ¿Que minas? , lo interrumpió el Loro con aire de reproche.

- Mientras te esperábamos, estuvimos acordándonos de mi hermano Pablo, a quien por lo demás no has ido a visitar, le dije en un tono algo melancólico.

- Cierto. Pero la verdad es que no he tenido mucho tiempo. Además, los hospitales a mí...

- A nadie le gustan los hospitales. Y tú bien conoces las circunstancias en que tuvo el "accidente", volvió a entrometerse el Loro con la misma agresividad. Esta vez, más que reproche era crítica... y política. "Muchos militantes siguen en Chile gracias a su silencio, que le costó caro. Si hubieras conocido la cárcel, serías más comprensivo". Sergio no abría la boca. Tenía cierto respeto por el Loro, quien tenía en su currículum varios años de lucha y un par de leyendas. Por eso estábamos pensando que deberíamos hacerle una pequeña atención. Uno de esos gestos profundos que uno suele hacer a la gente que estima. No lo propongo porque sea mi hermano, sino por la situación . Mi rol era el tono compungido.

- Buena idea. pero qué podemos hacer,

- Con el Loro hemos estado discutiendo, precisamente.

- ¿Y?, preguntó Sergio, a esas alturas de llenó sumergido en el problema.

- En el departamento que arrendamos no hay camas. Cuando salga del hospital va a tener que dormir como nosotros, es decir en el suelo.

- ¿Cuándo sale? , volvió a preguntar Sergio inocentemente.

- Mañana, le contestó el Loro.

- ¡Mañana!

- Mañana. Por eso tuvimos que comprar la cama esta noche.

- ¿Y la compraron?

- Si. Se la compramos a la María Helena.

- ¿Y ya la tienen colocada en el departamento?

- No. La compramos hace tan sólo dos horas, le explicó el Loro un poco menos enojado.

- ¿Y dónde está la cama?

- Aquí, le dije como si estuviese expresando lo más natural y lógico de la creación.

- ¡Aquí!

- Ahí, le mostró el Loro indicando con el dedo hacia un rincón oscuro.

Efectivamente, apoyada contra la pared, a espaldas de Sergio, teníamos escondida una cama metálica de esas antiguas. Sería uno de esos modelos Luis Veintitrés con cuatro bolas de acero a modo de patas y un respaldo de hierro labrado, con su colchón matrimonial encima.

- ¿Cómo la trajeron hasta aquí?

- Caminando. La cama costó cara y nos quedamos sin dinero para pagar un camión. Por otra parte, ningún chileno tiene auto.

- Pero Pablo lo merece, completó el Loro.

- ¡¿La trajeron a pie desde la casa de la María Helena, en el metro Tolbiac?!

- Sí. Dos horas nos demoramos.

- ¿Y la piensan acarrear así hasta la Place Clichy, al otro extremo de París?

- Obligados.

- Y me llamaron para...

- Una atención para Pablo. Es lo menos que podemos hacer.

Duro había sido el trayecto por la avenida Italie. A las nueve de la noche circulan muchos peatones todavía, y no siempre gente de buen humor. Además de esquivar niños, había que permanecer atento a las mierdas de perro, que florecen en París como uniformados en Chile. Al llegar a Gobelins cambiamos de puesto. Pasé adelante porque tengo mejor vista y en esta segunda etapa los autos se estacionan en la acera. Varios se ganaron una rayadura, más por falta de consideración de parte de ellos que por culpa de nuestra práctica todavía escasa. Lo más difícil consistía en cruzar las calles importantes, puesto que en ningún momento fuimos considerados vehículo, pese a las cuatro pelotas de acero de la cama. Con Sergio la situación cambió radicalmente. Uno de los tres sostenía la parte delantera y dos la trasera. De esa manera podíamos turnarnos, reposando distintas partes del cuerpo según el lugar que ocupábamos. Cada trescientos metros deteníamos la marcha para fumar un cigarrillo, que hacíamos circular sentados en la cama. Aquel era el instante en que la gente más nos observaba. A veces incluso los autos se detenían a entender la escena, en cuyo caso les deseábamos las buenas noches características de quien se prepara para dormir.

Al principio, cuando las calles todavía no se vaciaban, nos divertíamos invitando a las mujeres a tenderse un rato. Después, con el cansancio y la sed perdimos el humor y dejamos de contestarles a los curiosos que preguntaban la dirección de la orgía o la fecha del matrimonio. A un viejo con pinta de comunista le dijimos que el gobierno francés sólo le ofrece una cama a los exiliados políticos de América Latina. Un vagabundo nos acusó de estar corrompidos por la sociedad de consumo y más de un policía sospechó que la habíamos robado. El trozo del Boulevard Raspail fue el más agradable, porque nos fuimos por el parquecito que tiene en el centro. A Sergio lo irritaba cada imbécil que nos hacía auto-stop. El Loro nos envalentonaba recordándonos la causa noble que motivaba nuestro acto heroico y yo empezaba a considerar la alternativa de arrojarla al Sena al cruzar el primer puente.

A las dos de la mañana, cuando atravesábamos la plaza de la Concorde, bordeando el obelisco iluminado como un pene fosforescente, Sergio me preguntó algo distraído: "¿Para qué me pediste que me echara Paco Rabanne?".

-"Previendo la eventualidad que alguna señorita de estos barrios gustase probar la cama", le contesté intentando desviar la pregunta hacia la broma. Por suerte era verano y esa noche no llovió. En los alrededores de la Opera nos topamos con tres o cuatro prostitutas que no perdieron la ocasión de proponernos una rebaja, ya que nos ahorraríamos el hotel. El borde metálico nos corlaba los dedos a pesar de los trapos que recogimos para protegernos. A medida que avanzaba la noche, nos deteníamos más a menudo. Si al comienzo fue cada trescientos metros, al acercarnos a la Place Clichy depositábamos la cama dos veces entre esquina y esquina y no fumábamos. Pero lo peor fue subirla hasta el tercer piso, a las cinco y media de la madrugada, luego de haber atravesado París de sur a norte. Me extrañaría que algún vecino haya podido seguir durmiendo.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03