Política Científica Chilena


Cuestionario sobre Política Científica Chilena

Pregunta 1: ¿Cuales son, a su juicio, las limitaciones que la dependencia y el subdesarrollo imponen a la investigación científica, tanto en su especialidad como en el conjunto de las disciplinas científicas?

Pregunta 2: ¿Qué opina sobre la política científica que ha existido en el pasado en Chile y sobre la que existe actualmente?

Pregunta 3: ¿Cuáles serían, a su entender, las principales medidas de una política científica que permitiría conservar, recuperar o alcanzar el nivel de las ciencias de los países desarrollados?

Este cuestionario fue enviado y respondido por las siguientes personalidades del mundo científico y profesional chileno:

Vladimir HERMOSILLA: Ecólogo, pionero de la especialidad en Chile, Investigador-jefe de Ecología y luego Director del Departamento de Ciencias Naturales y Exactas de la Universidad de Chile (Sede Santiago Sur). Autor de una treintena de trabajos en su especialidad. Actualmente en el exilio. Profesor Invitado de Ecología en la Facultad de Ciencias Agrarias, Universidad de Bonn, República Federal Alemana.

Claudio ITURRA: Profesor de Historia y Geografía, Profesor de Introducción y Teoría de la Historia, Universidad de Chile de Santiago y Valparaíso. Secretario Ejecutivo de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT). Actualmente en el exilio, desempeñándose como Wissenschaftier Oberasistent en la Sección Historia de la Universidad Karl-Marx, de Leipzig, República Democrática Alemana.

Jaime SCHWENCKE: Bioquímico, Profesor e Investigador del Departamento de Química, Facultad de Matemáticas y Ciencias Naturales de la Universidad de Chile (Valparaíso). Ha publicado numerosos trabajos científicos en revistas chilenas y extranjeras, y realizó estudios de postgrado en la Universidad de Albany, en Nueva York, Estados Unidos. En la actualidad, es Encargado de Investigaciones en el Laboratorio de Enzimología del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), Gif-Sur-Yvette, Francia.

Claudio TEITELBOIM: Licenciado en Ciencias, con mención en Física, 1969 (Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile); Ph. D. por la Princeton University (1973). Especialista en Relatividad General, materia en torno a la cual ha escrito innumerables trabajos, algunos de los cuales le han significado distinciones internacionales del más alto nivel. En la actualidad es Profesor Asociado en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton.


VLADIMIR HERMOSILLA

A la dependencia y el subdesarrollo económico es consubstancial la dependencia y el subdesarrollo científico, hecho que se puede comprobar recurriendo a los más diversos parámetros. Me referiré a uno muy simple, el de las revistas científicas. Con la sola excepción de las que se editan en los países socialistas, la inmensa mayoría de estas publicaciones provienen de los grandes países industrializados y -al margen de su buen nivel científico- la mayoría de los trabajos que en ellas aparecen son el resultado de investigaciones realizadas por científicos de esos mismos países, en laboratorios que pertenecen a ellos y en torno a temas que les son propios. Rara vez está presente el Tercer Mundo en estas publicaciones.

El intercambio científico, por otra parte, es cada vez más y más un «diálogo Norte-Sur», pero no un diálogo entre iguales, sino entre «mundos científicos» muy dispares, a menudo antagónicos, y que ha llevado, por lo general, a imponer una visión de los problemas del Tercer Mundo que corresponde al prisma del mundo desarrollado (capitalista). Es un diálogo-intercambio muy desigual: entre científicos que lo tienen todo (laboratorios, bibliotecas, tranquilidad económica, personal técnico, equipos, pocas horas de docencia, posibilidades de perfeccionamiento, etc.) y científicos que no disponen sino de recursos mínimos y que están, por otra parte, «educados» para trasladar mecánicamente las experiencias científicas realizadas en el «Norte».

En verdad no es un diálogo, porque se ha impuesto sin discusión el criterio del poderoso. De allí nace en el plano científico nuestra dependencia total, que se expresa en el énfasis que se da a algunas disciplinas que tienen interés prioritario para el mundo desarrollado y en cuyo contexto se sitúa el problema llamado de la «exportación de cerebros».

Al «imperio económico y cultural» no le interesa ayudar al impulso o desarrollo en el Tercer Mundo de las ciencia naturales propiamente tales: Botánica, Zoología, Ecología, Geografía, Geología, Edafología, Entomología, Climatología, Mineralogía, etc. Estas ciencias tienen la particularidad de ser «nacionales», en el sentido que exigen soluciones nacionales, autóctonas, porque cada uno de sus problemas son peculiares a las regiones que los cobijan. Las soluciones, por lo tanto, tienen que ser originales, no se pueden importar o ser el producto de la simple imitación de métodos foráneos

Hay un ejemplo en Ecología que muestra la dependencia científica en que se encuentra Chile. La inquietud ambiental que recorre el mundo también llega a nuestro país, pero desgraciadamente se pone énfasis en problemas que son de principal relevancia en las sociedades altamente industrializadas, como la contaminación ambiental o la polución de las aguas. Estos problemas existen, sin duda, en Chile sobre todo en Santiago; pero nuestro problema mayor de desequilibrio ambiental es el de la erosión, con todas sus implicaciones directas y colaterales. Hoy en Chile tenemos erosionados el 65 por 100 de los suelos agrícolas, erosión severa en el caso del 25 por 100 de esos suelos. Se trata de una situación que se agrava de año en año sin que haya conciencia verdadera de ello. Nuestra dependencia nos ha llevado a eso: a «importar» hasta los problemas ambientales, descuidando los que efectivamente existen.

2. Tengo mis dudas acerca de si existió realmente en Chile, en el pasado, una política científica. Si la ha habido, habría que calificarla de «espontaneísta», debido a que no respondió a una política clara de desarrollo. Fue, más que nada, el producto de las inquietudes personales de algunas autoridades, principalmente en el ámbito universitario, mucho menos en el ámbito gubernamental.

Con la Reforma Universitaria se estaba empezando a formular una verdadera política en el campo de la investigación científica. Todos los síntomas en este aspecto eran altamente promisorios.

La realidad, hoy, como se sabe, es muy diferente. Con la llegada al Poder de la Junta Militar, la investigación científica chilena atraviesa por la peor de sus crisis. Cálculos conservadores estiman que necesitaremos entre treinta y cuarenta años para superar esta crisis a partir del día en que se logre cambiar la situación política.

Son muy pocos los investigadores que siguen trabajando en las Universidades chilenas, porque la investigación científica «no cabe» en el esquema de autofinanciamiento que hoy se preconiza. Somos más que nunca dependientes; seguimos, más que antes, importando las soluciones a nuestra problemática científica.

3. No creo conveniente que nuestra meta sea «alcanzar el nivel de la ciencia de los países desarrollados». Tenemos que hacer una planificación de nuestro desarrollo científico partiendo de nuestras propias premisas históricas, nuestras raíces culturales, que son distintas a las de los países desarrollados. Tenemos también que ser muy realistas y medir bien nuestras posibilidades concretas; tenemos que mirar más hacia «nuestros iguales», los países del Tercer Mundo. Hay que aprovechar, es cierto, el bagaje científico acumulado por los grandes países industriales, pero sin perder de vista nuestras propias escalas de valores.

En cuanto a las medidas a tomar, creo que son de dos órdenes. Un orden que se inscribe dentro de un marco general de referencia, es decir, la investigación científica inmersa en la situación política, económica, social y cultural del país. Esto comprende: derrota del fascismo y vuelta a la democracia plena; erradicación de la desnutrición infantil, del analfabetismo; implementación de una educación general basada en una ética más humana, que induzca a los individuos y a la sociedad a adoptar actitudes y comportamientos que respondan de una manera sensible a las relaciones complejas y en constante evolución entre el hombre y la naturaleza y entre los hombres entre sí.

Un segundo orden de medidas se refiere a situaciones particulares: debe devolverse a las Universidades su autonomía, crear una Academia de Ciencias al más alto nivel de excelencia, que sea responsable de toda la política de investigación científica; reintegrar a todos los científicos a sus lugares de trabajo; aumentar el diálogo y el intercambio con los países del Tercer Mundo, sin descuidar el contacto ya existente con los grandes países desarrollados; mejorar sustancialmente nuestras bibliotecas especializadas y nuestros laboratorios; otorgar facilidades para la participación permanente en seminarios, simposios y congresos; aprovechar al máximo las posibilidades que ofrecen los organismos internacionales, gubernamentales y no gubernamentales. Hay muchas medidas menores más, pero creo que he enumerado las principales.

(Bonn, RFA)


CLAUDIO ITURRA

1. La dependencia y el subdesarrollo marginan, alejan de manera creciente a una sociedad de la Revolución Científico-Técnica (RCT). O sea, la enajenan de uno de los procesos más decisivos de la vida contemporánea, con lo que no hace sino reproducirse de manera progresivamente más profunda la dependencia y el subdesarrollo. Por ello, la ruptura de la dependencia -el camino hacia la independencia- es un eslabón decisivo para las posibilidades de desarrollo de la actividad científico-técnica. Tal es el sólido y esencial fundamento de la convergencia de los intereses de la comunidad científica y del conjunto de los trabajadores, los marcos de posibilidades objetivas de una alianza.

La RCT transforma de manera cualitativa, radical, las fuerzas productivas, al posibilitar la conversión de la ciencia en fuerza productiva directa, lo que suscita -correspondientemente- el cambio revolucionario de la base material y técnica de la producción social, de su contenido y de su forma, del carácter del trabajo y su división social. Con ello, se modifican las diversas esferas de la vida social, de la educación al modo de vida, de la psicología individual a la cultura.

La dependencia tecnológica es el elemento determinante de la marginación de las sociedades dependientes y subdesarrolladas, dentro de las relaciones capitalistas, al inhibir la aparición desde la vida socio-productiva de una demanda pertinente a la actividad científico-técnica. Con ello se da un fenómeno estructural cuyo reconocimiento genera la convergencia de las más diversas tendencias:

«La actividad científica y tecnológica se desarrolla con independencia de las necesidades productivas locales y se vincula, en cambio, estrechamente con el flujo mundial de conocimiento, determinado por las necesidades de los países más avanzados» (1).

«Los grupos e institutos encargados de la planificación y control dentro de los países, los encargados de la implementación industrial y los grupos e instituciones con capacidad para copiar, adaptar o crear tecnología, esto es, las Universidades e Institutos Tecnológicos, trabajan desconectadas» (2).

«...en general, la actividad científica nacional ha vivido desvinculada de las actividades productivas, radicándose casi totalmente en las Universidades y asociada preferentemente a la docencia, cumpliendo de esa forma más bien finalidades metodológicas en la formación de profesionales e investigadores» (3).

Incluso los Institutos de Investigación estatales generaban, antes del Gobierno Popular, su investigación en términos puramente internos en más del 80 por 100, como lo muestra el estudio de CONICYT, «Organismos Nacionales para la promoción, coordinación y ejecución de las investigaciones», elaborado en 1970.

Por otra parte, la organización de nuestra actividad científica y tecnológica -estructuralmente divorciada de la vida socio-productiva- muestra otros rasgos de dependencia y estrechez históricos, igualmente derivados del carácter capitalista dependiente y subdesarrollado de nuestra sociedad. Por ejemplo, una encuesta efectuada en 1966 mostró que «el 76 por 100 de los profesores realizó sus estudios en Estados Unidos o en Europa Occidental. Los Estados Unidos aparecen claramente distanciado del siguiente país, Francia... La dependencia con respecto a Estados Unidos, Francia, Alemania Federal y Gran Bretaña, iniciada con la formación, continúa durante la vida académica... se extiende al ámbito de perfeccionamiento ulterior... No sólo la abrumadora mayoría desea hacer estudios superiores de su especialidad en el extranjero, sino que el 83,5 por 100 de este grupo no ve más que cuatro países como sitios a donde ir» (4).

En la época actual, de desarrollo de la RCT, en todos los frentes se han superado las viejas antinomias entre ciencia pura y ciencia aplicada, puesto que la ciencia contemporánea es investigación organizada y, a la vez, deliberada explotación de sus resultados, aboliendo las tradicionales fronteras que separaban al saber de su utilización. Nuestra comunidad científica participa en la RCT en forma alienada, unilateral, en la medida que la mayor parte de nuestra ciencia se ha desarrollado «pura» respecto de nuestras necesidades socio-productivas, entrando, sin embargo, en el circuito de su aplicación en los países de los cuales dependemos más estrechamente en ese plano y que más arriba se han identificado. Así, un país capitalista dependiente y subdesarrollado y su comunidad científica han colaborado a la RCT que protagonizan los países capitalistas desarrollados, aumentando -con esa forma de participar- su subdesarrollo y dependencia.

2. En el pasado, la actividad científica tenía una vida democrática que ahora no tiene. El contraste entre el pasado y el presente es absoluto, sin perjuicio de que entre el Gobierno Popular y la actividad anteriormente desarrollada visualicemos importantes diferencias.

En la década del sesenta -y dentro de la «Alianza para el Progreso», estrategia continental trazada por los Estados Unidos como alternativa de la Revolución Cubana- la Organización de Estados Americanos (OEA) propicia la formación en los diferentes países americanos de Consejos o Comisiones gubernamentales de investigación científica y tecnológica destinados preferentemente a hacer «diagnósticos» sobre la actividad científica y a su «fomento», considerado éste como el estímulo a investigadores sobre la base de su «excelencia científica», sin referencia a las necesidades de desarrollo programado de la ciencia.

Es así cómo en Chile nace en 1967 la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT), que para realizar sus «acciones de fomento» había constituido cuatro secciones «científicas»: Biología, Ciencias Exactas, Tecnología y Ciencias Humanas. Estas secciones se constituyeron a partir del nombramiento -por el presidente Eduardo Frei- de doce científicos en cada una de ellas y se reproducían a partir de las proposiciones hechas por sus propios integrantes.

CONICYT, además, en las postrimerías de la Administración de Frei, pasó a administrar la llamada Asistencia Técnica Internacional, que está constituida por las becas de la cooperación científica y cultural intergubernamental, por la cooperación científica y técnica de los organismos del sistema de Naciones Unidas, de la Organización de Estados Americanos y de otros sistemas de carácter regional.

La actividad desarrollada por CONICYT hasta el momento de constitución del Gobierno de la Unidad Popular, no afectó de manera sustancial los rasgos característicos de la organización de la actividad científica en Chile.

Paralelamente al nacimiento de CONICYT, las Universidades chilenas vivían un intenso proceso de reforma que apuntaba a la simultánea democratización de su ingreso, así como de su gestión y gobierno, a la vez que se percibía la necesidad de dar un salto en los niveles de excelencia académica, así como de inscribir las tendencias del desarrollo y actividad universitarios dentro de las tendencias de desarrollo del conjunto de la sociedad.

Con el surgimiento del Gobierno de la Unidad Popular se le planteó a CONICYT -y, por ende, a sus nuevas autoridades- el objetivo de promover la estructuración y desarrollo del sistema científico de un país capitalista dependiente y subdesarrollado que pugna por salir del subdesarrollo y romper la dependencia por medio de una vía no capitalista y de amplia democracia.

Para alcanzar lo anterior se diseñaron cuatro líneas centrales de acción:

  • Determinación democrática de las líneas de desarrollo científico.
  • Programación de los requerimientos científicos y tecnológicos de los diferentes sectores productivos y sociales.
  • Racionalización de los recursos que concurren a la actividad científica.
  • Adecuación institucional de CONICYT para posibilitar una acción sostenida en relación a los puntos anteriores.

Dentro de estos marcos, CONICYT realizó una permanente actividad de racionalización y captación de mayores recursos financieros tanto nacionales como internacionales; desarrolló y perfeccionó los mecanismos para la conformación de un sistema de documentación científica; se insertó en los mecanismos de importación del material científico (la inmensa mayoría del utilizado en la actividad científica chilena), y determinó la factibilidad e inició la constitución de una «Bodega de Material Científico» que mediante la formación de «stocks» centralizados abarataba costos, normalizaba marcas y tipos y aseguraba servicios; perfeccionó la programación de la demanda y uso de la Asistencia Técnica Internacional, etc. Sin embargo, su acción sustancial se centra en la organización, realización y aplicación de las conclusiones del I Congreso Nacional de Científicos.

El I Congreso Nacional de Científicos

Este Congreso fue un evento que se realizó en varias etapas: a) el Consejo de CONICYT dispuso la formación de veinticuatro «Comités de Tema», doce de carácter disciplinario y doce en torno a áreas problemas. Los primeros fueron integrados por científicos de reconocida excelencia y los segundos por técnicos, ejecutivos y científicos. De esta constitución preliminar de Comités de Tema surgió una serie de proposiciones que, al ser consideradas por el Congreso de CONICYT, hizo subir los Comités de Tema a treinta.

Aquéllos elaboraron el estudio y determinación preliminar del tema y se organizó en seguida: b) la Etapa Regional del Congreso, la que se llevó a cabo en Antofagasta, La Serena, al paraíso, Concepción y Punta Arenas.

Durante la Etapa Regional, sobre la base del documento preliminar elaborado por el Comité de Tema, se reprodujeron a esa escala los comités, en la medida que ya sea la dotación científica o las actividades sectoriales sustantivas lo permitieran.

Paralelamente, se perfeccionaban en terreno los estudios de diagnóstico del sistema científico realizado por CONICYT que participaba técnicamente en todas las etapas del Congreso.

Finalmente, las conclusiones del Congreso en sus diversas Etapas Regionales convergieron a: c) la Etapa Final, realizada en Santiago en julio de 1972. En ésta participaron 1.200 personas, de las cuales más de 800 provenían de la comunidad científica y el resto de los diferentes sectores productivos o sociales.

Los científicos conformaron su representación de manera voluntaria, auspiciados por la respectiva estructura a la que pertenecían, y sancionados, en última instancia, por los miembros del Comité de Tema (a los cuales se integró desde los inicios a los miembros de las antiguas secciones científicas de CONICYT). Las conclusiones de este trabajo que en su conjunto abarcó a la inmensa mayoría de la comunidad científica y a importantes cantidades de técnicos provenientes de los diversos sectores de la vida nacional entregaron un riquísimo material para el desarrollo de la actividad científica, por un lado, requerimientos específicos de la producción y los servicios e igualmente formas de estructuración de la actividad institucional de CONICYT (5).

Desde este ángulo -y para llevar a cabo las líneas de desarrollo científico y temático propuestas- se produjo la modificación institucional de CONICYT: en lugar de las cuatro Secciones Científicas se constituyeron doce, otras tantas «temáticas» referidas a áreas-problema y además se crearon dos de carácter institucional, la «Sección Universidades», en la cual participaban los rectores y los encargados de investigación de las ocho Universidades y la «Sección Institutos Gubernamentales de Investigación.

La síntesis de esta experiencia muestra la factibilidad de un desarrollo científico sobre la base de la participación democrática de los científicos a partir de su formación e interés en el desarrollo disciplinario, así como la incorporación a su actividad de los grandes desafíos de la vida nacional.

Me gustaría aludir, por otro lado, a las Universidades durante el Gobierno de la Unidad Popular. Desde la perspectiva de CONICTY -y sin perjuicio de valorar los inmensos avances en la democratización- se apreciaba con nitidez la inadecuación de una Educación Superior como cauce único y tan asistemática en su desarrollo:

«Ninguna de ellas (las Universidades) tiene nexo legal o de coordinación con la planificación central del Estado y, salvo la reunión del Consejo de Rectores, tampoco existe relación o coordinación entre ellas. Estos dos hechos llevan a constatar que cada una de nuestras Universidades son pequeñas repúblicas independientes compitiendo entre sí...; cierto es que cada una de las Universidades realiza esfuerzos de planificación, a corto y mediano plazo, pero no es menos cierto que esta planificación, sin una planificación general, a nivel nacional, del conjunto universitario viene a ser otro elemento de anarquía» (6). Esta situación constituía un desafío que no alcanzó a enfrentarse y que señala una tarea para la etapa de recuperación democrática de nuestra Patria.

Por otro lado, en el interior de las Universidades, fundamentalmente de la Universidad de Chile, el proceso de Reforma -positivo y progresista en sus rasgos esenciales- generó algunos elementos secundarios perturbadores para el desarrollo de la actividad científica y que considero necesario traer a la consideración de un más objetivo análisis sobre este aspecto de nuestra vida: «Embriagados por lo conseguido surgen entonces, en el seno de la Reforma -y los comunistas no constituyen una excepción- tendencias subjetivas, voluntaristas... La política de alianzas se resiente. En vez de agrupar fuerzas, la mira se desvía y surgen polémicas inoportunas que tienden a separar a un sector de la reforma, y las fuerzas progresistas no entienden que con ello se debilitan... En vez de agrupar fuerzas en torno de Programas de Acción que signifiquen en los hechos incorporar la Universidad a las tareas nacionales, los reformistas se embrollan en un conflicto que sólo ayuda a que en el seno del Frente Universitario se acentúe el peso de las fuerzas reaccionarias. El tono que adquirió la denuncia contra Boeninger, el hecho de que la actividad de los reformistas se centrara en el Salón de Honor, resintiéndose la actividad de masas, el no distinguir oportunamente entre las distintas fuerzas que componían el Frente Universitario, el convertir a la Universidad en un centro de lucha sin evaluar debidamente el marco nacional en que ella se efectuaba, fueron todos factores que ayudaron a que la relación de fuerzas en la Universidad no se modificara» (7).

Al hacer estas dos alusiones -a través de referencias expresadas por dos entrañables compañeros universitarios, asesinado el uno, desaparecido el segundo, por acción del fascismo- lo hago con vistas a lo que significan para el futuro y su construcción desde ahora:

- El desarrollo de la actividad científica en las Universidades debe ser visualizado en sus aspectos más generalizadores y dinámicos. buscando romper las «aduanas interiores» que significa la existencia de ocho instituciones universitarias con sus propias subestructuras.

- Lo anterior es posible y necesario de hacer a partir de la participación democrática de la comunidad científica y de los aparatos de planificación de un gobierno democrático, dentro de los marcos del respeto de la especificidad de la actividad científica, sus legítimas jerarquías y formas de relacionarse, así como de respeto de la autonomía universitaria.

- Esta dinámica puede adquirir su máxima expresión en la medida que la sociedad se organice crecientemente en torno a la satisfacción de las necesidades de la mayoría de sus miembros y de la independencia nacional y que a tal organización concurra la mayoría de la nación, subdivisiones secundarias, que tienden a frustrar la consecución de los objetivos más esenciales.

Con el fascismo, la actividad científico-tecnológica ha sido profunda y básicamente afectada: la política fascista de entrega del país al capital monopolista internacional, de consecuente estrechamiento del mercado interno, con la destrucción de miles de empresas productivas, cesantía alta como un elemento estable de la economía, miseria y terror, han generado una dependencia tecnológica históricamente desconocida, reabriendo y profundizando el abismo entre las actividades socioeconómicas -centradas en el lucro despiadado- y las actividades científicas, orientadas por la política de autofinanciamiento. Es ése un rango estructural del capitalismo subdesarrollado y dependiente que el fascismo no ha hecho sino llevar a niveles de catástrofe nacional.

En otro horizonte, ha afectado a todos los elementos que concurren a la realización de la actividad científica y tecnológica:

a) Recursos Humanos. Al asesinato, la prisión y las torturas de numerosos miembros de la comunidad científica, así como a la sistemática expulsión masiva de 1973 y destrucción de equipos de trabajo por persecución directa de sus componentes, se suman los efectos de la política global del fascismo en el proceso de acelerado deterioro de los Recursos Humanos para la actividad científica y tecnológica. La tradicional «fuga de cerebros», propia del drenaje que hacen «normalmente» los países capitalistas desarrollados de personal de alto nivel formado en una sociedad capitalista y dependiente y subdesarrollada, ha sido subsistida por la situación actual, que adquiere los caracteres de una crisis profunda, con efectos a largo plazo.

La propia CONICYT ha realizado estudios al respecto, de los cuales no todos han sido publicados, ni continuados, sin embargo, ha de consignar: «...estudios preliminares realizados por CONICYT permiten afirmar que existe un considerable éxodo de investigadores, e identifican las causas del fenómeno en deficiencias económicas, laborales e institucionales... El elemento causal precipitante de mayor incidencia está constituido por las remuneraciones, que resultan inadecuadas al "status" mismo de la función y a las condiciones generales del mercado de trabajo en la actividad privada... En segundo término aparecen como causales las condiciones ambientales, la disponibilidad de instalaciones, equipos y financiamiento adecuados para llevar a cabo las investigaciones, publicar sus resultados y mantener el nivel necesario de información sobre la especialidad. Las agudas tendencias migratorias detectadas en los últimos años se han orientado preferentemente desde la investigación tecnológica hacia el sector productivo, y desde la investigación básica hacia el extranjero. A partir de fines de 1974 hay también emigración desde la investigación tecnológica hacia el exterior... Finalmente, el diagnóstico refleja que los estatutos laborales que rigen las relaciones entre el Estado y sus funcionarios o entre el empleador y sus empleados (Estatuto Administrativo y Código de Trabajo), así como sus variaciones, son inadecuados a la naturaleza misma de la investigación. No existe en la legislación vigente sino rudimentos de derecho común, que son perceptiblemente insuficientes» (8).

En virtud de lo anterior, CONICYT se ha propuesto la infructuosa tarea -en las condiciones del fascismo- de «asegurar la existencia de una dotación creciente y diversificada de científicos y tecnólogos. en armonía con las necesidades del país, como preocupación preferente del Estado» (9). A la vez que plantea la necesidad de realizar un «estudio de factibilidad de una política de recuperación de recursos humanos que han emigrado del país» (10).

Tan elevados propósitos chocan con la real política del fascismo, como ha ocurrido en el caso de los médicos de las recientes promociones, de los cuales muchos han visto rechazada su contratación por el SNS: «El SNS no tiene obligación de contratarlos..., pueden ejercer la medicina privada, además podrían trabajar en el extranjero...; el SNS no desea contratarlos, para darle así oportunidad al sector privado para competir» (11) afirmaron personeros del régimen fascista.

b) Recursos financieros.-Al principio general de autofinanciamiento que rige la actividad de las unidades de trabajo científico-tecnológico de las universidades e institutos gubernamentales se debe el hecho de la depresión de la actividad de numerosos núcleos de trabajo que, por la naturaleza de su actividad, no entran al circuito de la competencia. Sólo escasas unidades de ciencias básicas han recibido financiamiento suficiente. La política oficial del fascismo es clara: «La aprobación del Plan Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico en marzo de 1976, determinó la imposibilidad de constituir el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico, especialmente porque el proyecto de expansión que CONICYT había presentado en 1975 al Ministerio de Educación Pública y al Ministerio de Hacienda, no alcanzó prioridad (12).

Economía social de mercado, autofinanciamiento de la actividad científica, éxodo masivo de científicos al extranjero y la actividad privada, inexistencia de la democracia y la participación de la comunidad científica, represión en diversos grados y niveles, pero de alcance generalizado, representan un daño profundo a la actividad científica y tecnológica de efecto duradero en los planos de la cultura, la economía, la educación y la soberanía de nuestra Patria.

3. Esta pregunta plantea una perspectiva muy difícil de concebir sin la derrota del fascismo y la recuperación de la vida democrática e independiente en Chile. En las circunstancias actuales pienso que la principal tarea de la comunidad científica chilena es luchar por obtener la posibilidad de trabajar en su específica actividad en la Patria, en las Universidades e institutos gubernamentales de investigación o, en último término, en las instituciones que -contrariando la ideología fascista del lucro como motor de la vida y la cultura- han surgido por iniciativa privada para cubrir estos abandonos.

La tradición de vida democrática, los estímulos que han significado la Reforma universitaria y el Congreso de la comunidad científica, y la vida bajo el fascismo, ya sea en Chile o el exilio, van creando las condiciones para aunar el esfuerzo de todos los científicos y tecnólogos -sin cortapisas de carácter político o ideológico, como no sea no estar comprometido en el aparato de terror del fascismo- en pos de esa finalidad elemental. Corolario de ello, es la obtención de la libertad académica y de crítica, consustanciales tanto de la democracia política como de las normas que rigen el desarrollo de la ciencia.

(Leipzig, RDA.)


JAIME SCHWENCKE

1. La dependencia y el subdesarrollo no son más que la expresión de un mismo mal. La explotación del débil por el poderoso, del ignorante por el que sabe. Para que la explotación pueda continuar, el ignorante debe permanecer como tal. No hay, pues, interés real de los países dominantes, desarrollados, los que poseen un alto desarrollo científico y tecnológico, en transferir estos conocimientos al explotado, salvo un mínimo de conocimientos tecnológicos que les permita implantar, léase, vender los productos de su tecnología. Por el contrario, resulta perfectamente comprensible que tales países intenten desarrollar al máximo la investigación científica y tecnológica internamente; más aun, hoy día, que estos países conocen un importante problema de cesantía de científicos y tecnólogos.

En suma, resulta evidente que un desarrollo intensivo de la investigación científica es una palanca poderosa en la lucha por la independencia, no sólo en el terreno de la creación científica, sino que asimismo cultural y evidentemente económica y política.

2. El potencial científico chileno se construyó lenta y difícilmente en la primera mitad de este siglo, recibió un impulso extraordinario bajo el rectorado de don Juan Gómez Millas y comenzó a tener apoyo estatal organizado con la creación de CONICYT durante el Gobierno de la Democracia Cristiana. A continuación, resultó evidente la necesidad de elaborar una política nacional de desarrollo de la Investigación Científica. A pesar de los problemas connaturales con tal proceso, éste se acentuó durante el Gobierno de la UP, llevándose a cabo el I Congreso Nacional de Científicos, que intentó definir las bases de tal política de desarrollo. Conjuntamente con este esfuerzo de definición de vías y metas, se continuó incrementando el número de cargos universitarios disponibles para la Investigación Científica, en particular en áreas deficitarias. Se continuó, asimismo, con el apoyo habitual a los proyectos de investigación en marcha a través de CONICYT y de las Comisiones Universitarias Regionales y Nacionales. Todo ello permitió, a pesar de deficiencias importantes por parte de CONICYT en el apoyo a proyectos, un nivel de funcionamiento casi normal de la Investigación Científica durante el Gobierno de la UP. Por otra parte, se puso en marcha un plan de recuperación de científicos chilenos, con el afán de enriquecer el núcleo científico ya existente.

Si actualmente se estima entre un 30 y un 40 por 100 la cantidad de científicos chilenos que, alejados de la Universidad, se han visto obligados, en su mayoría, a buscar trabajo en el exterior en países desarrollados, este simple hecho señala hasta la evidencia, no sólo la carencia de una política científica adecuada en nuestro país, sino además es un índice alarmante del desinterés oficial en esta delicada materia. Y ello, a pesar de las vivas advertencias y esfuerzos de destacadas personalidades del medio científico chileno.

3. Los países desarrollados tienen una realidad diferente y, por lo tanto, metas y estrategias diferentes para su desarrollo científico. Me parece, por lo tanto, que los esfuerzos de un país como Chile deben centrarse en la búsqueda de nuestra propia vía de desarrollo, adaptada a las características culturales, sociales y económicas de nuestro país y a la idiosincrasia de nuestro pueblo. Tales metas pueden ser similares en algunos aspectos, pero no necesariamente las mismas que aquellas que son válidas para un país desarrollado.

Hecho este alcance, a mi entender importante, las vías inmediatas que me parecen prioritarias para impulsar la investigación científica son las siguientes:

A) Recuperación del gobierno universitario. La Universidad concentra en Chile la inmensa mayoría de los laboratorios y del personal científico del país. Resulta totalmente anacrónico que esté dirigida por personas que nunca pertenecieron a ella, por honorables que ellas sean. Un plan realista de relance de la Investigación Científica en Chile necesita, como primera medida, que se restablezcan las condiciones normales del quehacer universitario. Por otra parte, es indiscutible que, en cualquier país del mundo y bajo cualquier sistema político, la Universidad sólo puede ser y es dirigida por académicos. De la misma manera que una Academia Militar sólo será razonablemente dirigida por militares de carrera.

B) Diseño, implementación económica y puesta en marcha de un plan de recuperación de científicos tanto en Chile, como de aquellos que hoy trabajan en el exterior. Este plan debe necesariamente acompañarse de medidas para el apoyo material a los proyectos científicos que se generen como consecuencia del retorno de científicos a la Universidad.

Estas medidas que podrían llamarse «de urgencia» tienden a facilitar, con la mayor rapidez posible, la reconstitución de una comunidad científica que permita «recuperar» el ritmo de producción científica del decenio 1963-73.

Sin embargo, es preciso señalar que el mero apoyo material a proyectos es insuficiente. Se necesita también un cambio en los criterios de selección de tales proyectos. En particular, el abandono de la falsa tesis de que la Investigación Científica debe ser necesariamente rentable o utilitaria. En efecto, la investigación no siempre resulta «rentable» en los estrechos criterios empresariales. Así, la investigación básica (que es esencialmente «no rentable» en lo inmediato) ha permitido desarrollar aquellas áreas en las que, desde los albores del desarrollo "de la ciencia, la libertad de creación ha abierto la vía para aplicaciones tan «prácticas» o «rentables», como la fabricación de antibióticos, para no citar sino uno de los ejemplos más evidentes para el público general.

C) Apoyo a Programas de Doctorado y rol de CONICYT.

Este organismo debería ser el responsable no sólo de la administración de una determinada política científica en lo inmediato, sino que, además, debería, una vez superada la primera etapa de restablecimiento de una comunidad científica, abrir los canales necesarios para discutir con la comunidad científica y con los organismos de gobierno pertinentes, las orientaciones generales para la elaboración de una nueva política de desarrollo de la Ciencia en Chile.

Es probable que las actuales estructuras de CONICYT sean inadecuadas para cumplir esta tarea. En tal caso, cabe a las Comisiones Universitarias asumir un papel importante en estos aspectos.

Esta política, cualesquiera que fuesen sus vías y sus metas, debería necesariamente ser revisada periódicamente por la comunidad científica y los organismos de gobierno pertinentes. Deberá asimismo consultar, de manera prioritaria, el relance de los planes de doctorado, actualmente resentidos o suspendidos por la carencia de especialistas.

Me parece importante explicar que mi concepto de comunidad científica involucra lo que podría denominarse «Tamaño crítico» de tal comunidad. En efecto, para que una comunidad científica sea autosuficiente debe existir en cada dominio particular de la Ciencia, por ejemplo: Ciencias Físicas, un número mínimo de especialistas capaces de unirse en torno a un programa de Doctorado, de manera de formar nuevos científicos en su especialidad. Sólo a partir de entonces puede desarrollarse tal área en el país. Mientras no existan los mecanismos científico-académicos para «formar a los que crean», no habrá posibilidades de desarrollo acelerado e independiente de la ciencia.

Hasta el Gobierno de la UP, los científicos chilenos progresaron en su empeño por la creación de Programas de Doctorado en Chile; luego de su derrocamiento, muchos de estos programas se ven seriamente afectados o incluso suspendidos por la emigración de los especialistas calificados que constituían el grupo que había alcanzado el «Tamaño crítico» necesario para la realización de tales programas.

Por otra parte, es mi convencimiento personal que, dadas las limitaciones reales de nuestro país, una política de desarrollo del conjunto de las áreas científicas no puede elaborarse haciendo abstracción de lo que, en el mismo sentido, se planifique en otros países latinoamericanos y, por lo tanto, en tal política o plan de desarrollo deben incluirse, necesariamente, las reflexiones que permitan a largo o mediano plazo, el desarrollo conjunto de la Ciencia en Latinoamérica.

Finalmente, si la recuperación de nuestro potencial científico es o no posible en las condiciones imperantes en el país en la actualidad, es una pregunta conexa pertinente. Lo real es que muchos, si no la mayoría de los científicos exilados, condicionan su retorno a un cambio perceptible de la situación política interna en Chile. También es cierto que, a medida que transcurre el tiempo, el número de científicos que retornaría disminuye en razón de la dinámica misma de la vida profesional y/o familiar.

No quisiera terminar estos breves comentarios sin rendir un sincero homenaje a todos aquellos colegas que, a pesar de todas las limitaciones ideológicas, científicas y económicas continúan, dentro de Chile, a luchar valiente y tenazmente por el desarrollo de la Ciencia. Vaya para todos ellos mi más cordial saludo. Su conocimiento actual y su vivencia del problema hacen que su opinión sea esencial en esta materia.

(Gif-sur-Ivette, Ile-de-France)


CLAUDIO TEITELBOIM

El cuestionario que ustedes formulan es del tipo con el cual yo tengo, he tenido y tendré grandes dificultades. Lo encuentro demasiado general, quizá demasiado profundo y ambicioso. Las preguntas son de aquella categoría que me dejan siempre la sensación de responder sin haber estado a la altura de lo que de mí se esperaba. He reflexionado por eso largamente en torno a ellas y he llegado a la conclusión de que si ciño a su letra tengo poco que decir. Prefiero, por lo tanto, apartarme derechamente de las preguntas y abordar, en cambio, algunas cuestiones bastante más particulares.

Además, me ayuda a tranquilizar mi conciencia al responder de este modo, el que entre la gente interrogada esté Armando Cisternas, que fue mi profesor en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, y que es ya una persona incorporada a la historia de la ciencia chilena. El podrá contestar el cuestionario con mucha mayor autoridad y propiedad que yo.

Por cierto, que las cosas que quiero abordar no son completamente ajenas al cuestionario, aunque alguien pueda pensar que se trata de cuestiones de Perogrullo. Por otra parte, tienen un cierto precedente en las opiniones vertidas por Hans Stein en el debate sobre la música chilena publicado en Araucaria núm. 2.

Cuando tengo la oportunidad de hacer un viaje, porque debo participar en algún torneo científico o por alguna otra razón, siempre procuro conectarme con los chilenos del país visitado. (Es bien sabido, según la expresión de alguien aficionado al humor negro, que «lo bueno de ahora es que hay amigos donde quiera que uno vaya».) Intento, sobre todo, ver a los jóvenes, a los estudiantes, y debo decir que después de conversar con ellos -salvo honrosas excepciones- quedo con una clara sensación de alarma. Veo repetirse un poco algo que para mí fue muy doloroso en mi juventud, en mis años de estudiante en Chile. Entonces, como por desgracia pareciera también ocurrir ahora, en aras de una causa muy noble: el amor por nuestro país, el progreso de la humanidad se sacrifica cotidianamente, por así decirlo, lo más importante por lo transitorio. Quiero ilustrar lo que digo con una anécdota. Recuerdo que en la primera página del libro de inglés en que estudié en el Instituto Chileno Norteamericano (me había propuesto aprender la lengua para continuar mis estudios en los Estados Unidos) había una Advertencia donde se leía lo siguiente: A diferencia del castellano, el inglés mal pronunciado no se entiende. Con la ciencia ocurre lo mismo. La ciencia mal hecha no es ni «media ciencia» ni «un cuarto de ciencia». Simplemente no es ciencia; no sirve absolutamente para nada.

Lo anterior es algo que parece obvio, de Perogrullo -insisto-, pero que por desgracia conlleva una lección que a mi juicio no hemos aprendido lo suficiente. Si se quiere hacer honradamente ciencia, debe dedicársele la mayor parte del tiempo. Debe ser una parte absolutamente central de la vida de la persona que se consagra a ella. No puede ser un «hobby», no puede reducirse a ser algo que se aborda después de interminables reuniones de otro tipo, porque entonces se convierte en algo falso, en un remedo.

Creo. por lo demás, aunque esto me hace aventurarme en aguas menos familiares, que ésta y las reflexiones que siguen son aplicables en gran medida a la actividad humana en general.

Yo creo que -si es posible- debe ser una consigna del pensamiento progresista, de izquierda, el poner una y otra vez énfasis en esto: si alguien va a dedicarse a ser un científico, su tarea principal, incluso como hombre progresista, como hombre comprometido con su país, es el hacer bien la ciencia, con profundidad, con dedicación plena de su energía. Creo que si sólo tuviéramos suficientemente claro esto, sería ya un gran paso adelante. Porque esto es más importante, me parece, que formular grandes proyectos sobre el desarrollo científico, hablar sobre cifras de presupuesto, organizar sesudas reuniones sobre qué áreas de la ciencia hay que desarrollar con preferencia sobre otras, etc.

Quiero decir, en relación con esto, que no considero esta posición como elitista o reaccionaria. Todo lo contrario. Hay ideas y principios que uno no transa, uno está dispuesto a dar la vida por ellos en el momento indicado, en el momento en que sea necesario. Pero esas ideas, esos principios, ese convencimiento profundo, no son cosas que se puedan echar al trajín diario. Están allí; no se habla de ellas, sino que se actúa conforme a ellas, todos los días, y esta actuación cotidiana no puede convertirse en el despilfarro de nuestras vidas, el malgaste absoluto en forma continua de lo mejor que tenemos.

Con qué sensación de dolor me quedo después de hablar con jóvenes que estudian en Europa, en diversos países, y que me dicen:

«No me va muy bien en la Universidad; no tengo tiempo para estudiar como debiera, porque, claro, tengo otras cosas más importantes que hacer; tengo que hacer trabajo por Chile.»

Esto es para mí el mundo al revés. Y evoco entonces lo que decía Hans Stein en aquel cuestionario sobre la música: «Cuando todos estos jóvenes vuelvan a Chile, porque sin duda lo harán en un futuro próximo, les preguntarán: ¿Qué hicieron en Europa, qué aprendieron, qué traen para entregar al país? Y muchos sólo podrán responder: Somos expertos en reuniones, tenemos el récord mundial de participación en reuniones.»

Creo que esto no puede ser, a lo mejor es ya irreparable, pero debiera tratar de cambiarse, tomar alguna medida seria, si es que se quiere contribuir de verdad al desarrollo futuro de la ciencia en Chile. (¡Y no sólo de la ciencia!)

Hay otro asunto que me interesa abordar, más técnico si se quiere, aunque en la misma línea central de lo anterior. La ciencia no la hacen las instituciones, no la hacen los institutos, ni los organismos, ni las comisiones, ni las Universidades. La ciencia la hacen los científicos. Esta es otra verdad de Perogrullo. Ahora bien, si esto es así, de allí sigue de inmediato una tarea, una actividad esencial para el desarrollo y el crecimiento de la ciencia en cualquier país, más aún en uno como el nuestro. Cada científico competente, con conocimiento de su oficio, debiera convertirse en un «caza-talentos». Es importante, muy importante, buscar gente bien dotada, gente con interés, gente con la llama de la ciencia ardiéndole dentro. Detectarla, arrancarla de donde esté y enviarla a estudiar a los mejores lugares posibles, si es que existen ya en ese momento esos lugares en Chile o si es que no existen, enviarla sin ninguna vacilación al extranjero.

Es solamente así que podrá haber en el futuro una ciencia chilena de relieve en el mundo. No hay que tener miedo de que vayamos a perder esa gente; no hay que atarla al país con lazos tontos, con cadenas. El mejor modo de mantener en ellos vivo el amor por su Patria a lo largo de los años es el que su país sea siempre una fuente de estímulo, una fuente de reconocimiento y de aliento.

Uno lee que fue la política de algunos Gobiernos en el pasado el dar a modo de estímulo puestos de cónsules a los escritores. Neruda mismo fue beneficiario de una medida como ésa. Quizá si una política del mismo tipo, con la misma filosofía, aunque más coherente, más activa, con más rigor, debiera seguirse con respecto a la ciencia. Sin miedo de que nuestra gente vaya a perderse. Siempre recuperaremos a la mayoría, porque el amor por Chile, la intención, el deseo de colaborar con el país se mantendrán vivos en esa mayoría. Y para que no se crea que esto es una pura teorización, quiero referirme a un ejemplo práctico, concreto, que ilustra lo que quiero decir. Este ejemplo es el Primer Simposio de Física Teórica que se realizó en Santiago entre Pascua y Año Nuevo del 78. Este torneo -a mi juicio y también a juicio de los otros participantes- fue un hecho histórico, un hito en la historia de la Física en Chile. Llegaron allí chilenos de todos los rincones del mundo, de todas las edades. Aunque la organización fue muy apresurada, la gente acudió de inmediato al llamado, y garantizó con su presencia la calidad científica del Congreso, que fue realmente magnífica. Tuvimos la sensación de estar en la mejor, en la más encumbrada de las reuniones científicas, en cualquier lugar del mundo. Nadie se atrevió, por el hecho de estar en Chile, a decir tonterías, a hablar irresponsablemente, a decir cosas que no se hubiera atrevido a decir en una reunión científica en otra parte. No hubo nada de provinciano, nada de subdesarrollado en el Congreso; es decir, uno tuvo la prueba viva de que la Física Teórica chilena existe, es amplia y madura, y que en torno a ella hay distintas generaciones que conversan, colaboran, discuten y se integran.

La calidad del Simposio es un hecho absolutamente macizo e inatacable, y esto es importante no sólo desde el punto de vista científico, sino por otras proyecciones que el torneo tuvo, más allá de lo estrictamente científico. Por ejemplo, cito el acto cultural que se realizó como parte del programa del Simposio, en la sala del Conservatorio, al lado de El Mercurio, con participación del conjunto Aquelarre, el grupo de teatro de la Escuela de Medicina, algunos poetas jóvenes. Según me dijeron, fue la primera vez en cinco años que una quena entraba otra vez al Conservatorio, se la oía en esa sala; la primera vez, también, que alguien expulsado de esa escuela -uno de los integrantes del conjunto- volvía a tocar en ella.

Todo esto deja en claro que los treinta o cuarenta físicos allí reunidos no se consideraban aislados del resto de la actividad cultural nacional, sino que, por el contrario, se consideraban -diría yo- parte de la lucha por la supervivencia de la cultura chilena. Y esta actitud no tendría la misma solidez, la misma significación, si no fuera por la alta calidad, la madurez, la responsabilidad del torneo, características que le confieren autoridad a sus preocupaciones en otros aspectos.

* * * * *

Vuelvo, para terminar, al tema de lo que nos preguntarán al volver a Chile, y quiero, para ilustrarlo, relatar un encuentro con una quincena de jóvenes poetas chilenos que se produjo gracias a una invitación de Matilde de Neruda. La velada se desarrolló en «La chascona», la casa del poeta, al pie de San Cristóbal. Algunos eran bastante jóvenes, dieciocho años o algo así; leyeron sus poemas, discutieron sobre lo divino y lo humano hasta bastante tarde y preguntaron, ¡cómo preguntaron!, sobre la vida de los chilenos en el extranjero: cómo les iba, qué hacían, cómo ellos esperaban nuestro regreso con los brazos abiertos.

Esto último es cierto, pero más vale que cuando regresemos tengamos, efectivamente, algo que decirles, porque si bien nos esperan como amigos fraternales, también sabrán ser si es necesario un tribunal implacable, y tienen todo el derecho a serlo, y en realidad espero que lo sean y sin duda lo serán. ¡Que a nadie se le ocurra decir que en estos años lo único que ha hecho es sentir nostalgia por las empanadas! Nos van a someter a un verdadero examen y hay que estar preparado para aprobarlo, para pasarlo con gloria. Nos van a exigir que entreguemos muchas cosas y más vale que nos preparemos a tenerlas listas desde ahora. Estamos bastante atrasados, hemos dejado pasar mucho tiempo, y hay que hacer de inmediato un gran esfuerzo por recuperarlo.

(Princeton, New Jersey)


Notas:

1. Corporación de Promoción Universitaria (CPU)-Centro Interuniversitario de Desarrollo Andino (CINDA) «El sistema de desarrollo científico tecnológico en la Subregión Andina», Santiago, 1977, pág. 121. Entre otros, participaron en este estudio, Joaquín Cordua, Jaime Lavados, etc.

2. Luis Soto Krebs, Algunas ideas sobre Institutos Tecnológicos, en revista «Nueva Sociedad» núm. 8-9, septiembre-diciembre, 1973, Costa Rica, página 142.

3. Ricardo Aroca, Informe a la Jornada sobre Ciencia y Tecnología del Partido Comunista de Chile, en revista «Apuntes» núm. 3, mayo-junio 1972, Santiago, pág. 84.

4. Informe chileno a la II Conferencia para Dirigentes de Política Científica de América Latina, UNESCO-Conicyt, 6 a 13 julio 1971, Viña del Mar.

5. Informe sobre el Congreso Nacional de Científicos, CONICYT, Dirección de Planificación. Departamento de Estudios. Santiago, noviembre 1972.

6. Enrique París, Hacia un sistema universitario, en «Principios», número 151, mayo-junio. 1973. Santiago de Chile, págs. 55 y 58.

7. Fernando Ortiz, Elecciones en la U: Análisis y perspectivas, en « Principios», núm. 145, mayo-junio 1972, Santiago de Chile, pág. 134.

8. CONICYT. «Plan Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico 1976-1980», págs. 27-28.

9. CONICYT, ob. cit., pág. 9.

10. Ibid., pág. 64.

11. Carta de la Directiva de Médicos sin Contrato, Mensaje, junio, 1978, páginas 275-276.

12. CONICYT, «Memoria Anual Año 1976», Capítulo VI, Política de Recursos Financieros, Santiago de Chile, 1977. pág. 30.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03