Cuatro Cuentos Premonitorios

CUATRO CUENTOS PREMONITORIOS

Hernán Castellano Girón - Ricardo Basoalto [S] - Ernesto Malbrán - José Ramírez [S]

Araucaria de Chile. Nº 11, 1980.

Los cuentos que publicamos a continuación pueden calificarse de premonitorios. Se anticipan a los acontecimientos, los prefiguran, como en nuestros sueños (o mejor, en nuestras pesadillas). De un modo absoluto en Penumbra de la paloma, escrito en 1966, es decir, un «malhadado sueño» que recomenzamos, aunque esta vez despiertos, siete años después. O en La última huida, que probará también -confiamos- que la ficción precede inexorablemente a la realidad. En La cocina, la anticipación -referida a un presente encarnado en «el estrépito de mil ollas golpeadas»- se organiza en torno a un tiempo narrativo que explora una realidad caótica: la de lo que se sueña o se presiente. Apocalipsis, en fin, es lo que exactamente dice ser: «el mugido de un mastodonte moribundo» que trompetea al futuro «desde el principio de la historia», mostrando al fascismo derrotado en la imagen grotesca de John Wayne en pelotas.

Porque en los cuatro cuentos no se trata de la premonición pura, ni de un juego gratuito de política-ficción. Se trata, en efecto, del fascismo; más aún, del fascismo de Chile, cuyo horror e irracionalidad han sido relevados entre nosotros, hasta ahora, mediante la narración testimonial, directa, «realista», pero que también pueden mostrarse -como lo prueban brillantemente estos relatos- con los recursos de la fantasía. Y quizá si ésta sea, por el momento, la vía más eficaz, puesto que la pesadilla se inscribe por derecho propio en el dominio estricto del surrealismo.

El fascismo en Chile, entonces. Una ópera del horror en cuatro actos, ordenados en sucesión cronológica rigurosa: el fascismo antes y durante la Unidad Popular; el fascismo en el poder, y en el punto, en fin, de su extinción inminente.

Los autores: Hernán Castellano Girón (n. en 1937) ha publicado Kraal, El bosque de vidrio, libros de relatos, y El automóvil celestial y Teoría del circo pobre, volúmenes de poesía. Vive en Italia, en el exilio. Ricardo Basoalto es el seudónimo de un profesor de filosofía, sin antecedentes literarios previos. Vive en la República Federal Alemana. Ernesto Malbrán es profesor de literatura, autor de El hombre que soñaba, cuentos. Trabaja en la Universidad de Bergen, Noruega. José Ramírez (seudónimo) es poeta y cuentista, vive en Bolonia, Italia. El relato que publicamos forma parte del libro inédito Las siete muertes de Augusto.


PENUMBRA DE LA PALOMA
7 de noviembre de 1966

Hernán Castellano Girón

Alejandro respira satisfecho la luz del crepúsculo, todo relax y cuba libre, en una silla de playa bajo el parrón, hojeando el suplemento literario de la Revista del Domingo (más por casualidad que por voluntad propia) y donde unos versos de Borges le intrigan, sin comprender que la poesía está delante suyo, en la luz de la tarde que ahora parece volverse algo estupendo, irreal, increíble: «penumbra de la paloma / llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde...».

Sobre el horizonte aparecen varios puntos brillantes que muy pronto dejan de ser puntos. Poco tarda Alejandro en comprender que se trata de una invasión de habitantes de otro planeta. Las naves espaciales (algunas con la ya clásica y banal forma de platillo, otras en forma de triángulo y en fin los no menos clásicos y gigantescos navíos-madre en forma de cigarro, como el que fue visto en París en las últimas horas del siglo pasado) descienden en los alrededores de Santiago.

Alejandro se encierra en su casa con la intención de proteger a su familia. Esta intención es siempre clara en sus sueños y esto prueba que ellos tocan el vértice más hondo de la materia cerebral (es decir, carne cruda y no cocida ni a medio asar).

Pronto resulta innegable que los invasores han tomado el control de la situación, ya sea produciendo una parálisis en las voluntades, ya sea aprovechando la parálisis de orden intelectual, moral, emotiva y hasta psicomotora que vive como un hecho natural en nosotros, chilenos. Por la radio solamente se escucha la voz de esos seres con sus mensajes y sus edictos que llaman a la humanidad a la obediencia. Si se enciende el televisor, allí están ellos con sus anteojos horribles que cubren el rostro como los ojos facetados de los insectos, aunque detrás de uno de ellos Alejandro cree distinguir unos rasgos que le resultan extrañamente familiares.

A la mañana siguiente alguien toca el timbre con los tres campanillazos característicos del cartero y Alejandro salta de júbilo, pensando que finalmente han llegado sus números de Playboy atrasados. Pero en vez del cartero, uno de los extraños se encuentra en la puerta. Lleva un traje de hombre-rana y los enormes anteojos sobre la frente. Le alarga una revista, hace un saludo militar, da media vuelta y se va. La revista -que se parece mucho al Scientific American- está escrita en un lenguaje incomprensible, como es lo normal en estos casos. Pero las fórmulas y las ecuaciones científicas que llenan sus páginas no lo son tanto (en sueños Alejandro es capaz de volver a desarrollar los integrales, las ecuaciones de tercer grado, todo lo que alguna vez le fue enseñado): dedica ese día y la noche siguiente a estudiar y hacer cálculos. Llega a conclusiones aterradoras.

Hay una sola cosa que le intriga, sin embargo, y es el saludo militar que el extraño dejó escapar al alejarse, como si fuese un vulgar conscripto del regimiento Buin entregando el paquete de carne en la casa del oficial. Pero ello es una minucia en comparación con sus conclusiones. Comprende que tiene que resumir de inmediato a la Junta de Vecinos, al Centro de Madres, avisar al Parlamento, a las municipalidades, en fin, a todas las instituciones posibles, sin las cuales no se puede hacer nada y en las cuales Alejandro tiene una fe inamovible. Tiene intenciones de reunirlos para iniciar un plan de acción y formar si es posible una comisión que se aboque a su estudio acelerado.

Pero descubre que la Junta y los vecinos en pleno se han dedicado a la bebida y la lujuria. La Junta (tal vez para dar un toque de misterio) funciona en el refugio atómico de la manzana. Allí Alejandro encuentra a su prima política Gaby, desde hace poco la prometida de un colega suyo: el zótico Gerardo. La mujer está recostada en un diván, con una falda corta que le descubre ampliamente los muslos. Alejandro se sienta en el diván. Quisiera transmitirle sus temores, pero ella le tiende desde atrás un paquete de cigarrillos. Las paredes están llenas de curiosos decorados fálicos. Fuman, dejando que el humo se torne otra presencia entre ellos en la sala. Pero ya los brazos de ella cruzan su cuello y cuelgan hacia adelante. Siente el aliento de la mujer sobre su nuca. Se vuelve y la amplia boca de ella cubre la suya. Alejandro tiende a Gaby sobre el diván, quitándole las ropas como en un surtidor. Se echa sobre ella y la penetra después de una corta lucha espasmódica. La mujer lanza un grito y comienza a retorcerse de placer. Pero algo sujeta el goce de Alejandro. Siente como que una fuerza maligna hiciera resbalar su sexo en algo inocuo. En cambio, ella parece caer en trance.

La puerta se abre y entran dos hombres, acompañados de un sujeto en uniforme: un oficial del ejército de Chile. Alejandro va a protestar, pero siente que su voz no puede ser emitida.

-Rápido -dice el capitán-: hay que presenciar el lanzamiento de la bomba atómica. Es nuestra única posibilidad de salvación.

-Por lo menos podría dejarme acabar -dice Alejandro, que continúa en posición de copular con la Gaby. Ella no escucha el diálogo y continúa gimiendo y retorciéndose. Como Alejandro hace ademán de alzar el cuerpo, ella lo apresa con los muslos, los cruza por su espalda y grita más fuerte. Entonces los dos hombres que acompañan al capitán se agachan, cogen el diván por las patas y lo vuelcan con violencia. Alejandro observa con especial irritación que uno de ellos es el Chuma, el mozo de su laboratorio.

-Pronto, al puesto de observación -ordena el capitán.

Marchan a la carrera -junto a mucha otra gente, vecinos de Alejandro en su mayoría- por el pasillo subterráneo. Muchos se encuentran en paños menores o van francamente desnudos. Así, Alejandro no se avergüenza de ir en calzoncillos. Se los alcanzó a poner en el momento que el capitán desvió de él su ojillo de buitre.

Gaby va con el sostén puesto, pero no habiendo alcanzado a ponerse los calzones, corre a traste pelado. En el puesto de observación (que está muy cerca del Drive-In «El Oasis», del cerro San Cristóbal) se ha congregado una extraña población semidesnuda.

En ese instante, un globo de fuego ilumina el horizonte, hacia el lado de los cerros de Pudahuel.

-¡Dimos en el blanco! -grita el capitán. Los militares observan a través de sus binoculares de campaña, previamente ennegrecidos con el hollín de una vela para soportar el brillo enceguecedor de la explosión. El desaliento cunde entre los uniformados. Porque a través del resplandor se ve nítidamente la figura de los invasores, vistiendo trajes adecuados para resistir los millones de grados de la explosión y que les dan el aspecto de cíclopes enormes (como en un film de Georges Pal).

Alejandro se ha apoderado del binocular de un sargento que, no soportando la fuerte visión, ha caído al suelo blanco como un papel, y observa el lugar de la explosión. Sí: los extraños se han salvado, no cabe duda: se les ve moverse entre las ruinas ardiendo. Pero, ¿qué significan esas murallas donde todavía se perciben ventanas que humean, esos árboles reducidos a muñones, y lo que es peor, las negras y desoladas figuras de algunos heridos que Alejandro juraría ver moverse entre las ruinas? ¿Es que se bombardeó a la población inocente, en la prisa por probar el artefacto? ¿Por qué mejor no entregarse a la justicia mayor de aquellos seres «los más ínfimos que Dios, en su infinita sabiduría, ha puesto sobre el mundo», como lo estableció el viejo Wells en su obra de consulta?

Viendo al capitán a dos pasos, Alejandro restituye el binóculo al sargento (que recién empieza a despertar del síncope) y se aproxima al oficial para hacerlo partícipe de sus dudas. Lo sorprende la odiosa mirada del tipo (un duro entre los duros) y el gesto de fastidio con que soporta apenas las palabras de Alejandro.

-Jefe: esas cosas cuando se piensan no se dicen. No vuelva a repetirlo -dice el capitán y se aleja sin saludarlo.

Alejandro queda muy preocupado. Su prima Gaby cree que se trata de los invasores y le dice : «Tratemos de esperar, para que muestren sus intenciones más íntimas», y apoya esta frase con una gesticulación de su mano derecha, mientras con la izquierda trata de cubrir -aunque sea en parte- su pubis exuberante.

Al día siguiente, un grupo de confianza de Alejandro (reclutado principalmente en el equipo de fútbol del laboratorio) decide presentarse a un misterioso aviso pagado por los extraños, contratando personal para la Mina La Disputada de los Condes, donde pareciera estar el cuartel general de la invasión.

Entretanto, los extraños han llegado al barrio de Alejandro y golpean las puertas de las casas, como turcos vendiendo géneros a plazo. Pero sus proposiciones no pueden ser más horrendas. Proponen a las familias el cambio de uno o más niños por una imagen sosias que ellos fabrican en el acto, según demostración. Necesitan la carne de los pequeños para extraer un aminoácido -la fenilalanina- que constituye la única alimentación de su Rey y que se encuentra agotado en el astro de origen, porque al parecer el Soberano ya se engulló a medio planeta y sólo quedan los viejos decrépitos y los burros cojos y rengos, cuyo contenido del aminoácido es despreciable. De esta manera -como se trata de un planeta con un gobierno de Orden- deben buscarlo por todos los rincones del universo, so pena de un colapso político. La tecnología del planeta permite fabricar el aminoácido -explican ellos-, pero el producto sintético no es igual al natural y el pobre Rey se ve aquejado de una diarrea continua cuando se alimenta con el engendro químico. Ellos aseguran que el cambio sólo puede representar ventajas a las madres terrestres, porque además de ser completamente gratis (por esta vez, se trata de una demostración a objeto de marketing) los niños ofrecidos son iguales al original en todos sus particulares, con la ventaja de no chillar, jugar ni mearse en la cama.

Sin repetir la oferta ni esperar la aceptación de las madres, uno de los extraños hace una demostración horripilante: coge a uno de los pequeñuelos que se había aventurado fuera del jardín para llamar a los amigos gritando: «Vengan, que llegó Batman.» El extraño no se pierde esa oportunidad y coge al niño por los fundillos y lo arroja al interior de una máquina rodante parecida a una lavadora con centrífuga que otros dos extraños van empujando y haciendo rodar por la acera. Allí dentro se oyen primero ciertos chillidos, como los de las ratas que Alejandro sacrifica en sus experimentos inútiles y que a lo mejor en esta escala cósmica se están tomando su pequeña revancha. Luego se escuchan espeluznantes crujidos de huesos. El jefe extrae un frasco de esa máquina. Allí se ve comprimida una masa sanguinolenta.

Al mismo tiempo uno de los ayudantes presenta a la madre un globo que apareció inflado de a poco desde una espita en el costado de la máquina, y que es extraña y macabramente igual a la figura del niño. La madre lanza un aullido y cae a tierra. Allí se debate en convulsiones hasta quedar inmóvil.

Los extraños están perplejos ante esa reacción. Ellos esperaban una emocionada y agradecida recepción a la solución que ellos ofrecen al mundo. El jefe de los extraños (en su escafandra espacial, que no se quitan ni para dormir, suponiendo que duerman) dice: «No comprendo su actitud. Es un trabajo perfeuto

Alejandro -que desde su veranda ha asistido a toda la detestable escena- no deja de notar esa inflexión vernácula del extraño y está más decidido que nunca a acudir al llamado de los invasores y comenzar el sabotaje. ¡Cuánto le ha costado decidirse! Un hombre de orden como él no emplea fácilmente las armas de los subversivos, aunque todo, a decir verdad, le resulta confuso ahora: algo feo, le diría su mamita que le enseñó los fundamentos, la esencia de ese maniqueísmo criollo: la ética de lo feo-bonito. Desde esa etapa, Alejandro bien poco ha avanzado, para ser justos, pero igual le echa para adelante.

Y allí, dentro de la mina La Disputada, tiene ocasión -ya que no el tiempo- de meditar mucho acerca de esa dicotomía y desarrollarla hasta el infinito, como una mano monstruosa de sólo dos dedos que se fuera desgarrando por los espacios: allí se fueron a la cresta sus sueños de llegar a una vejez sana (ese aquietarse de todos los deseos y esa reducción admirable de las metas y los propósitos: por ejemplo, no esperar nada de los hombres ni de la vida, como dice Bola de Nieve en su canción, y contentarse con poco, con haber hecho bien el cuerpo ese día y el siguiente y el subsiguiente), porque apenas vio congregados junto al borde del tajo de la mina de cobre (que más parecía una fosa común: estaba lleno de cadáveres desnudos y acribillados) al extraño que le llevó la revista, al Chuma cagado de susto por primera vez en su vida y separados del grupo, a su prima Gaby fascinada con el mentón del capitán y sobre todo viendo pasearse como por su casa al general Tiráñez, el insospechable comandante del glorioso Ejército de Chile, comprendió muchas cosas, pero era demasiado tarde aún para un malhadado sueño como ése que no se entendía si allí terminaba o si recomenzaba al despertar.


LA COCINA

Ricardo Basoalto

Empujé la puerta, que sin demasiada sorpresa de mi parte cedió, abriéndome paso a la sala; y distraído o absorto eché una mirada en torno. Desde una de las ventanas alcancé a ver a un niño que corría por el jardín descuidado, considerándolo, imagino, un lugar de juegos suyo a causa del mal estado de la verja que, para hablar con cierta exageración, rodea la casa. No me apercibí, tras la mampara vidriada, del bulto erguido al extremo de la mesa. Un corredor prolonga la sala, pero no me interesó inspeccionar todas las habitaciones, cuyas puertas cerradas veía a ambos costados hasta el fondo: Hice girar la manilla sólo de la primera puerta, que abrí con determinación venciendo la resistencia de la arenisca atrapada bajo el borde inferior. Por cierto, ésta es la cocina, con las cosas que son de esperar en semejante cuarto. Me estoy refiriendo solamente a los enseres y alacenas; más adelante me veré forzado a nombrar algunas de estas cosas, en relación a otras. Recuerdo un relato excelente titulado La casa de... (el nombre no lo recuerdo), donde un paseante describe una casa sin duda mejor que ésta, y, sin importarle sus ocupantes, termina un poco abruptamente con estas o parecidas palabras: «Tal es la casa de...; mi propósito no ha sido otro sino describirla.» No podría yo decir lo mismo; la maestría de ese relato es que uno espera otra cosa, lo que hace de esa casa un lugar que uno llega a conocer. No podría decir lo mismo aunque sólo fuera porque el resto de la tarde -declinante en el momento en que, ocioso, estoy en medio de la cocina- yo habría de permanecer casi por entero dentro de ella.

Recordando al pequeño que merodeaba afuera, y para el caso de que me hubiese visto entrar y, más audaz, se creyera también con derecho a hacer otro tanto siguiéndome dentro de la casa, el primer movimiento que hice fue el de volver a apretar la puerta de la cocina. Tal vez fue el golpe que dio la hoja cuando, dejando en su recorrido lo que la atascaba sobre las baldosas, cerró de súbito al final contra su vano; o tal vez fue simple coincidencia; o en todo caso por la imperfección de las cosas: lo cierto es que simultáneamente la puerta del horno, que se abría como es usual hacia abajo, cayó en posición de bandeja. Alguno podrá preferir mi impresión de que había sido el contenido del horno, contenido que quedó descansando sobre tal bandeja, lo que lo había abierto. Lo que así apareció como preparado tenía la forma somera de una cabeza.

Y hombros -si uno avanzaba un paso, inclinándose curioso-. ¿O se trataba de -otro paso, con más aguda curiosidad- un cuerpo entero? Pero entonces la parte posterior del horno tendría que prolongarse hacia la pieza contigua. Más bien era un busto (o torso) que asoma del horno -el último paso, vencida la prevención, aproximaba a percibir el interior caliente-. La forma informe de la cabeza (si hay contradicción está en la cosa) me había hecho pensar que yacía de bruces sobre la tapa del horno, ocultándome su cara. Una larga observación fue llevándome a concluir que la bola no tenía más rostro que lo que veía. Una cara que era toda la luna; que miraba, o no lo hacía, indiferentemente de cualquier lado: Notable.

Yo debía elegir: cara o sello; preferí verlo descansando de espaldas. Decidido esto me incorporé y sin dejar de mirarlo fui retrocediendo para probar desde más lejos ese punto de vista. Detuve un paso, que no completé, porque entre mis pies vi otro pie, en otra posición.

Me hice a un lado y pude ver que eran dos piernas que asomaban bajo la mesa de cubierta de mármol. Digo piernas como el Estagirita, en sentido análogo, pues no parecían crecidas, sino concretadas en argamasa. Esta especie de materia artificial, o degradadamente pétrea, sufría un accidente. Estoy consignando en este parágrafo cosas que me ensamblaban en un único bloque de miedo. Pues si el pie que viera primero apuntaba hacia el cielo, en el momento en que descubrí ambos, estaba viendo el otro con su columnaria pierna girar en silencio de costado.

Al echarme a un lado lo había movido yo mismo, atolondradamente. En cuclillas miré bajo el mesón: las piernas estaban, por cierto, cortadas sin unirse. Haberlo rozado sin saber, esto hice valer de precedente para aproximar mi mano a ese pie a fin de darle un golpecito que lo volviera a su posición, sin duda. ¿Era el calor de mi propia mano, o la pierna calzada o revestida por la argamasa (si tenía un interior) desprendía calor?

La tapa de una olla resbaló con estrépito. Mi salto fue detenido en seco por la cubierta de mármol, resolviéndose en ecuación a cabezazos. Caí de rodillas, y murmurando cresta cresta cresta cresta, veía emerger de la olla sobre la cocina una mano. Un cajón de la mesa se abrió mi cara ofreciendo un brazo. El respingo me dejó sentado en el suelo, desrodillado, descabezado como ese torso que los principiantes en bellas artes opinan como una res beneficiada; y resoplando resentimiento reclamé esos membra disjecta como míos. A continuación tiré los cajones al suelo dejando un desparramo de cubiertos; abrí las alacenas echando todo abajo, cataratas de cacerolas. No encontré lo que buscaba. Sólo una botella de Fernet; me serví un copetín de este trago amargo. Luego deslicé las piernas desde abajo de la mesa, y las paré en medio de la estancia. Frías. Considerándolas, apuré mi copa.

El pillete me observaba pegado a la ventana. Gesticulé como a un sordomudo que viniera, silabeando con energía: «Serás mi diminuto ayudante» -y cuando lo oí entrar a la casa- «en esta construcción del miedo». Apenas le abrí la puerta de la cocina quiso hacerse útil, encaramándose como un enano a la silla y encendiendo la luz, una ampolleta desnuda. Pasó revista a los miembros dispersos y al fin comprendió que eran piernas las que estaban paradas al medio. Retiré el busto del horno (extraño: estaba helado como saliendo del frigorífico) y lo planté encima de las piernas. Los brazos que apuntalamos desde el suelo semejaron los de un gorila más bien gallardo, o un pulpo.

«Como dijo Picasso: Don't worry, Duncan. Falta algo entre la cabeza y las piernas.» Yo sabía dónde encontrar el tronco. «¡Elemental, Igor!», dije al chico torvo. «¿No eres Igor? Lito. Como litografía: grafía de piedra. Litote, te nombro mi acólito.» El no debe haber entendido nada. Lo necesitaba para expresarme, no para comunicarle nada. Pienso que es como se habla a los niños.

Frente a la puerta de la cocina hay otra. Era ahí. En el comedor iba a encontrar el eslabón perdido. Pero volví por el corredor a la sala, y empujé la mampara vidriada que también, pero más señorialmente, da al comedor. Al final de la mesa, que reflejaba la última luz del poniente, se erguía el tronco, comensal y vianda gigantesca a la vez. El estofado había sido hallado. Hablé palabras excesivas, palabras de acatamiento.

Mi arrobo fue roto por un ruido de palitroques o columnas abatidas. Lleno de pánico corrí a la cocina al tiempo que el enano se me cruzaba y escapaba. El maldito había desbaratado el mono. Pierna, cabeza, pierna, brazo, brazo: Febril, comprobé que no se había llevado nada. Parece que después de todo yo le había comunicado algo, y ésta era su respuesta. Pensé con risa en el sansón en miniatura separando las columnas a riesgo de que el idolotito le rompiera la nuca, sólo empecinado en vengarse de no sé qué ofensa... Por lo demás, había partido con algo. Antes de echar cerrojo a la puerta de la casa, lo vi bajar por el jardín oscurecido golpeando una olla con un palo. De otras partes llegaba intermitente uno que otro golpe pre-monitor. Miré mi reloj y volví al trabajo.

Primero corrí el tronco hasta el extremo de la mesa más próxima a la puerta de servicio; mis labores, ésta y las siguientes, eran punteadas por los redobles ora cercanos, ora lejanos. Volví a parar las piernas, y sudoroso llegué cargando con el tronco desde el comedor, tal un pinche de cocina con una vianda rechazada por sus amos. Calzó sobre las piernas, y era el Hombre-que-camina-en-medio-de-las-cucharillas. Subiéndome sobre la silla, el busto (tendía a pegarse como las cosas de la congeladora), coronó la torre. La cabeza ahora blanquecina tocaba la ampolleta, que rodó entre frente y sien. Exageré esa oscilación para ver retroceder y avanzar sombras expresivas en la bala de la cabeza, y sobre la pared una vacilación general. Cuando levanté los brazos tomándolos por las manos, la ampolleta se había pegado en un punto. Apliqué los brazos; sentí que quedaban prendidos, y no supe quién no soltaba a quién.

La ampolleta hizo explosión. En la oscuridad se desató el estrépito de mil ollas golpeadas -no en la cocina, afuera: En el vecindario, en el vallecito que rodea la casa, en la ciudad. Miré la esfera luminosa de mi reloj, que, los brazos levantados, tenía a la altura de la cara. Las nueve - diciembre dos. Era la hora convenida. La hora para ese reclamo simbólico. Pero no sonaba nada simbólico: Era una furia sostenida, un triunfo casi. Yo también hubiera querido estar golpeando para defenderme del miedo que me amenazaba en el estrépito. Oscilé. Mis manos levantadas no tocaban ahora sino el aire.

Atónito encendí un fósforo. Nada por el suelo, ni por ninguna parte. Cómo podía desaparecer una cosa tan enorme. Ni un trozo. Estofado non est inventus. En la negrura me palpé la cara con los dedos.

¿Si fuera yo? Me sentí poderoso. Prendí otro fósforo y abrí la puerta para salir de la cocina. ¡Ahí estaba!, vuelto en la dirección del corredor. Otro fósforo, ¡y no estaba! Salí al corredor. Estaba: la llama alumbró a la estatua de espaldas, sorprendida inmóvil en el acto de avanzar por el corredor.

Con los dedos quemados, desparramando el contenido de la caja, un sobresalto a cada llamita, fui encendiendo fósforos y avanzando con la estatua. Digo, pegado a sus espaldas, como una confidencia miedosa. Raspaba un fósforo, y la llamarada lo iluminaba un poco más allá, más hundido por el corredor, en una precipitación que yo tenía que recuperar. ¡Aj!, qué largo ese pasadizo, desmesuradamente largo mientras mi atroz vanguardia, no digo guía, procedía inexorable en sus pesados pasos, subitáneos pasos, a través de cada alteración de un ánimo que era el mío - ¿adonde?, ¿hacia dónde? ¿Buscaba algo en alguna habitación? Bien sabía yo que no. Las puertas cerradas junto a las que pasábamos podían guardar lo que yo más quisiera o más odiara, no importa, el miedo era más urgente, avanzar tras esta coraza, ella misma miedo puro hasta volverse furia

- en una serie de petrificaciones. Un paso encogido. Al segundo, encogido de hombros. Tres, arrojando todo cuidado. Cuatro, casi amenazador... Adiviné: hacia la salida del fondo - y que si estaba cerrada volaría en astillas o, como había hecho caso omiso de la otra puerta, la estatua volaría hacia el otro lado, abandonándome cancelado tras esa última puerta porque su poder no era sólo el mío - hacia la ciudad enardecida... ¿Y entonces qué, qué iba a pasar? Fuera de control. Pero no, era una película cortada. Esto no podía pasarme a mi en la vida.

El estruendo arreciaba. Pegado a la pared, a la luz del último fósforo, me adelanté a la estatua, que ahora era la estatua de un sprinter congelado a alta velocidad. El fósforo cayó, quemado, e inútilmente extendí los brazos para impedir el paso.


APOCALIPSIS

Ernesto Malbrán

«¡Dos mas dos!», aullaba aquella jauría de enanos frenéticos azotando el aire con sus capotes negros y haciendo rechinar sus sables. «¡Dos más dos!», aullaban implacables girando alrededor de Su Señoría y martirizando sus carnes. «¡Dos más dos!», y Su Señoría daba tumbos y balaba como un cordero a punto de ahogarse, con sus ojos en el cielo pidiéndole a Dios que llovieran cocodrilos y elefantes. «¡Viva Su Señoría, que sin estar en el cielo, se desvive por los ángeles!», aullaba un enano con un pie equino que tenía una joroba gigante y subíase arriba de Su Señoría y hacía ademán de galoparle, pero Su Señoría se ponía terco y tiraba patadas al instante. «¡Viva San Ignorante!», aullaba el coro de enanos frenéticos haciendo rechinar sus sables. «¡Si los demás se quieren matar, es mejor que yo me muera un minuto antes!», decía Su Señoría con sentido práctico y se lanzaba muerto en un charco mientras los enanos se sacaban la cresta a puñetes y en el patio quedaba un desparramo de hombreras y sables. Y Su Señoría corría como alma que lleva el diablo a esconderse en los retretes y de ahí no salía ni con ayuda de tanques. «¡Que se maten, en castellano tengo Magna Cum Laude», resoplaba ufanándose escondido en los retretes mirando por una ventanita el patio y aspiraba el aroma de la mierda con deleite como si oliera el Espíritu Santo. Y contemplándose al espejo con apariencia devota de mártir, decía mirando para arriba, al cielo raso: «¡Bienaventurados los mansos y humildes!», y hacía la señal de la cruz con gesto melodramático sin importarle un comino ese retortijón de tripas que lo seguía a todas partes.

Un día que la pelotera de enanos tenía visos de terminar en hecatombe y holocausto de hombreras y sables y Su Señoría prefirió no hacerse el muerto y correr a esconderse en los retretes sin más trámites y desde ahí cerciorarse si era acabamiento de mundo o sólo un amago insignificante, cuando ya sacaba la cabeza por la ventanita escuchó que alguien tiraba de la cadena y una avalancha de mares y océanos se precipitaba por la garganta del estanque. Giró sobre sí mismo con la esperanza de que fuera un ángel y, oh sorpresa terrible, era un enano de capote negro que había llegado un minuto antes y pitaba un Luky Estrike sentado en el inodoro con aire de John Wayne y de Augusto Pinochet Ugarte.

-¡Te esperaba! -decía el enano de capote negro y sus ojos siniestros brillaban como ascuas.

-¿A mí? -jadeaba Su Señoría encogido de espanto al ver aquella joroba de hueso que se movía como un lagarto cuando ese enano malévolo daba pataditas en el suelo con su zapato ortopédico y estiraba el hocico y con el espinazo contrahecho apagaba la pálida luz que entraba por la ventana.

-¡A ti! -rugía con un eructo tremendo y Su Señoría creía que el cielo se venía abajo-. ¿Cuánto hacen dos más dos?

-¿Yooo? -hipaba Su Señoría en medio de tinieblas sintiendo cómo el aire se iba enfriando.

-¡A ti te hablo, atorrante! -tronaba la voz que brotaba tan cerca que casi parecía tocarlo.

-Yo estoy bien así. En castellano tengo Magna Cum Laude! -argüía Su Señoría con voz plañidera tragando un purgante, y otra vez ese retortijón de tripas que le daba aquella vuelta de tuerca lo hacía ver ángeles y arcángeles.

Sale!

-¡No, no quiero, no! ¡No quiero ver cómo la sangre gotea de los árboles! -gemía y el retortijón de tripas lo dejaba pálido.

Ya! -resollaba el enano gigante.

-¡Diosito, sálvame! -clamaba cuando ya era tarde, y el enano malévolo lo sacaba a los cielos y lo ponía en órbita con una patada prehistórica y abracadabrante. Y en pleno vuelo, Su Señoría experimentaba las más contradictorias emociones y aprendía más astronomía que toda la que había mamado en los libros, y sentía que salía al espacio infinito y se expandía por la galaxia y la Tierra desaparecía bajo sus pies, y después de hacer una cabriola en el universo caía desde el cielo nublado en el patio estrellado con una crujidera de huesos digna de santos y mártires.

-¡Deberás repetir matemáticas! -manifestaba Augusto Pinochet Ugarte, generalenanoenjefe de todos los ejércitos de generales enanos, exhalando por el trasero una vaharada de anhídrido sulfuroso y de gas metano-. ¡Extremista ignorante!

Y azotando el aire con sus capotes negros la jauría de enanos frenéticos sedientos de sangre caía sobre él, clavándole sus cuchillos y desgarrándole las carnes con sus sables. Y mientras unos dividían en pedacitos a Su Señoría, que sangraba como un elefante, otros multiplicaban sus cuchilladas incesantes; y unos y otros querían sacar la presa más grande y hacían cuentas de lo que harían con tanta carne y a la hora de sumar y restar de Su Señoría no quedaba más que un balido expirante y una charca de sangre. Y John Wayne no se veía por ninguna parte.

Y bajo un sol radiante, Su Señoría tenía una visión que le cambiaba la vida en un instante y veía la isla pequeñita flotando sobre el océano tan grande. Y aquellos hombres barbudos corrían por la playa tiñendo el aire de verde olivo y de rojo escarlata, y la voz de Fidel llamando al pueblo a fajarse a tiros con esos caballeritos y a repeler la invasión del imperialismo, cuando por los bohíos a patria o muerte salían guajiros vomitando fuego con sus metrallas. Y de bruces, en la arena picada de espuma y de sangre, ese viejo pescador con el pecho roto por la explosión de una granada daba un salto de gigante y embestía con su cuchillo porque ya no le quedaban balas. Y los enanos frenéticos en sus B26 dejando caer sus bombas explosivas y sus bombas incendiarias, disparando desde la espesura sus bazookas, sus morteros pesados, estremeciendo la playa con sus tanques y sus camiones artillados, y un olor a pólvora, aceite y carne quemada que tornaba más y más denso el aire. «¡Martí, Martí!», gritaba el viejo y caía despedazado por una descarga. Y el cielo se cubría de nubes espesas y se oía un huracán de elefantes y en medio de rayos y truenos aparecía su padre, junto a esa puerta, con aquella visera de telegrafista que le sombreaba los ojos y los puños apretados, sin poder transmitir ya ese mensaje, y el aguacero cayéndole a chorros sobre la chaqueta raída que le colgaba de los hombros, deshaciéndose en jirones de niebla en la oficinita gris y deslavada de tejuelas semipodridas y afincada sobre pilotes musgosos en la ribera borrosa, y lo último que desaparecía, allá lejos, era el ala rota de su visera negra arrebatada por el viento que derribaba los postes de los hilos telefónicos y arrancaba los techos de las casas, cuando encogido en el vientre profundo de ese lanchón cargado de animales que mugían y balaban impacientes aquella proa rechinante avanzaba dando bandazos por entre los pliegues pesados de la lluvia que se descolgaba del cielo y se tragaba todo y él apretaba su atadito de libros y de cuadernos contra su pecho y no oía ya la voz de su padre ahogada por el rugido de la tormenta.

Y se veía desnudo, en lo alto de una colina, en medio de una calma muy grande. Y de su cuerpo florecían plumitas nuevas cada vez que él golpeaba con sus alas enormes el aire. Y por su boca abierta brotaban arcángeles que por sus bocas vomitaban ángeles. Y cada vez que el aire se movía ondulaba infinito ese océano de margaritas. Y aquella luz que cegaba los ojos manábale con las plumitas nuevas que le florecían del cuerpo desnudo, apenas cubierto con el polen de las margaritas que diasporaba el viento, y una lluvia fina de copihues rojos caía apagando la tierra de gritos y llantos mientras aquella luz radiante se expandía por el cielo infinito. Y desde el vientre de esas naves blancas e inmensas emergía el pueblo transportando pollos, gansos, gallinas y verracos, niños y recién nacidos, mamaderas y banderas, más temprano que tarde. Y amarrado al mascarón de proa de la nave madre con cadenas de acero, de fuego y de sangre y el puro sombrero tejano ¡traían en pelotas a John Wayne!

Y despertaba de aquella visión apocalíptica en una ciudad costera del Círculo Polar Ártico en las ásperas regiones habitadas por Odin o Wotan, con su atadito de libros y de cuadernos apretado contra su pecho y decidido a estudiar matemáticas, sabiendo que los retortijones de tripa era hambre y la culpa del gringo de mierda de John Wayne, y del fondo de la garganta brotábale ese resuello grueso como el mugido de un mastodonte moribundo que trompeteaba al futuro desde el principio de la historia: «¡Pagarán, enanos conchesumadres


LA ULTIMA HUIDA

José Ramírez

Al apoyar la cabeza en la puerta y mantener estrechamente apretada la manilla en la mano, recordó todos sus intentos. Los recordó con ese nerviosismo, con esa exasperación, con esa angustia eléctrica con que solía actuar últimamente. Fue como un film, una película de cuadros contrapuestos que sin operador ni armonía diera rienda suelta a su mecanismo de acción desde la proyectora de sus recuerdos, desplazándose en borrosos signos sobre la pantalla oscurecida de su mente. Después fue desacelerando, lentamente, cruzaron huesos, sangre, pelos, barro, fierros, desordenados humos; todo a medida que soltaba la manilla, que la dejaba, hasta que las cosas estuvieron más claras.

Sí. Primero había intentado aquello de la plaza -¡qué estupidez!-, ese lugar donde fue tan fácil destruir el deseo, y después la ida al monte Squiazo, otra tentativa desesperada aunque menos idiota que la anterior, porque ¿quién iba a saber que allí llegaban tantos peregrinos? Sin embargo, la idea de la selva fue lo que más le atrajo hasta que no tuvo la certeza, entre las espesas hojas, los zumbidos letales y los rugidos cercanos, que allí nada había que hacer y volvió llorando entre sus calles, sus quioscos, sus escupos, a empezar de nuevo los mil planes. Y entonces fue -y esto sí que lo recuerda nítidamente- cuando dio con la solución, esa solución que se acercó como una lámpara y giró alrededor de sus sienes llenándolo con la luz de nuevos bríos y alzándolo en esperanzas. Dos días después cruzaba el ancho desierto y se instalaba sobre la solitaria duna de donde no pensaba salir, nunca jamás, porque allí estaba su única, su ansiada tranquilidad... Pero duró exactamente media hora..., media hora atravesada de planos silenciosos, vestida de permanencia, embalsamada de olvido... y el helicóptero que surgió de la vejiga espesa y nauseabunda de sus viejas soledades y fue creciendo y creciendo hasta ser materia densa y viscosa posándose suavemente a treinta pasos de él. De vuelta, mordiéndose las yemas de los dedos, cayó en cuenta que junto a su desesperación estaba, y había estado siempre, la sustancia biológica que él rehusaba, pero que aun así lo perseguía y lo perseguiría porque era parte de ella, porque sabía realmente de la importancia, del significado de su pequeña gran guerra contra ella, ésta, tan monstruosamente combinada.

Y ahora, de la bujía convaleciente de sus soledades, brillaban los espejos álgidos de nuevas reminiscencias, mariposas sarcásticamente desordenadas en el mosaico de pavor que lo arrastraba al infierno.

Tendría -pues- que intentar la última huida.

Era todo.

Soltó la manilla y la puerta se abrió. Entró como un tropiezo, dando un salto. Encendió la luz que se desató pálida, más pálida y lejana que los otros días. Junto con ella emergió la indeseable compañía de las cosas circundantes. Sabía que un paso, un botón, una prenda de vestir, cualquier objeto tocado al descuido, significaba despertar aquello, darle razón de ser a lo que él, Augusto Inmenso Augusto, había decidido destruir, al menos para su felicidad y la de los Augustos que restan en el mundo... Pero, además, ahí estaba su respiración, sus zapatos, la sombra, los latidos, los grandes latidos de su cuerpo siempre dispuestos a irse con él, pegados a sus sentimientos como lapas despiadadas. Quiso ignorarlo todo y se fue a las habitaciones. Las recorrió una por una antes de llegar a la del baño. Allí se encerró con llave, pues se acordó que hacía dos semanas no vaciaba el cuerpo. Pero no pudo; había olvidado incluso los instintos más primarios. Entonces fue cuando vio más arriba del botiquín la sombra -porque ya era una sombra- del zancudo aplastado por Lucía el año pasado, mientras él se rasuraba y ella discutía con los rojos y los bichos. No cabía duda: era el mismo zancudo. El hecho se le presentaba como si se desarrollara ahora. Ella lo vio y le dijo: «¡Mata ese rojo!», y él le había dicho, sin interrumpir su afeitada: «¡Ahí tienes la pistola, sácala y mátalo!» Y ella había largado una gran carcajada, le había tomado los testículos con la mano izquierda y con la otra extraído el arma -una pequeña pistolita americana no más grande que un paquete de cigarrillos- y subiéndose a la tina logró aplastarlo de un cachazo. «¡Viste, viejo -le había dicho-; tus bolas me dieron suerte!»

Augusto sonrió con este recuerdo, se arremangó los pantalones y se acercó a la mancha. Apegado al muro distinguió unos pequeños rayos oscuros, como salpicaduras, y se aproximó todavía para examinar- los; eran las patas. Desde esa posición observó los contrafuertes de restos y mancha. Y comenzó a sentir verdadera curiosidad. Para estar más cerca se subió al borde de la tina. La posición mejoró considerablemente. Pudo apreciar rasgos de las patas. Continuó acercándose. Por un momento sintió el frescor de los azulejos deteniendo su frente, pero a la vez tuvo la sensación de que aquello no significaría el límite de aproximación, que los restos del zancudo, objeto de su curiosidad, continuarían viaje hacia él desnudando sus presencias e invitándole al análisis.

En efecto, los vio venir cada vez más grandes, mostrarle un mundo microscópico alzándose hacia el macrocosmos en un desarrollo increíble de formas y de vértigos. Hubo un instante en que le pareció girar, que un profundo vacío le succionaba el cuerpo, que una poderosa onda lo arrastraba hacia confines ignorados. Por instinto alargó sus brazos y se aferró a aquellos gruesos filamentos que rápidamente tomaban la apariencia de retorcidas vigas, ruinas colgantes de un inmenso puente destruido. Encaramándose por el extraño ramaje le acometió el deseo de caminar por una de aquellas vigas, precisamente la más sinuosa, que lo llevaría en suave descenso hacia las orillas de una tierra rojiza, que semejaban las riberas de un antiguo lago disecado. Una vez allí, lleno de infinitas alegrías, se las echó a andar por esa superficie árida y esponjosa. Poco a poco fue dejando atrás las descomunales vigas. Ahora, a la distancia, se insinuaban como las abandonadas torres de una población jamás construida.

Vagó por horas, días, meses. Cuando ya estuvo seguro que nada ni nadie lo perseguiría hasta allí, se echó sobre aquel suelo lacre y lanzó su inmensa carcajada final.

* * *

Aquellos que vinieron por él hallaron la casa vacía. Antes de abandonarla forzaron la cerradura del baño. Mientras uno se miraba en el espejo y alisaba los cabellos bromeando entre los rayos de sol del nuevo día, el otro, sacándose un zapato, aplastó el zancudo.

-Qué extraño -dijo-, habría jurado que estaba ya muerto desde hacía mucho; y, sin embargo, se movía.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03