Historiografía y conciencia nacional


MARCELLO CARMAGNANI

Historiografía y conciencia nacional

Julio César Jobet escribía en 1949 que la historiografía chilena "por haber sido escrita por cronistas de familia, por vulgares desecadores de hechos y hombres o por escribas cortesanos, nada trascendental y cierto ha dicho sobre el tiránico, negativo y tartufo papel desempeñado por los privilegios hereditarios en una república democrática de ficción, pero de contenido feudal".

El severo juicio de Julio César Jobet es contracorriente: contrasta con el juicio que formulan generalmente los demás historiadores chilenos. Estos últimos insisten sobre la continuidad ideal entre la historiografía liberal del siglo pasado, considerada como la iniciadora de la historiografía científica, y la historiografía de hoy en día.

Mi propósito no es el de determinar la validez o menos de estos juicios sobre la historiografía sino más bien tratar de reflexionar, a partir de ellos, sobre el papel que ha tenido y tiene la historiografía en la formación de la imagen histórica que tienen los chilenos de su propio pasado y de su proyección futura. Esto significa que la historiografía, como cualquiera otra ciencia social, puede ser puesta al servicio de un determinado proyecto nacional. En este caso la historiografía adquiere una nueva dimensión, que trasciende incluso al historiador.

La oligarquía chilena, como cualquiera otra clase social hegemónica, legitimó su proyecto utilizando la imagen del pasado nacional que le ofrecía la historiografía positivista y laica del último tercio del siglo pasado. La oligarquía terminó así por apropiarse de los productos de la historiografía, eliminando contemporáneamente su contenido de ruptura. Esta operación cultural era posible porque la historiografía liberal del siglo XIX era, en efecto, radical en la forma y moderada de contenido.

La Historia Jeneral de Chile de Diego Barros Arana es sin lugar a dudas un buen ejemplo de lo que acabo de decir. La Historia Jeneral de Chile da una visión negativa del período colonial y una visión positiva de la independencia, como puede desprenderse incluso del reducido espacio dedicado a tres siglos coloniales y del enorme espacio dedicado a la minuciosa descripción de los prolegómenos, hechos y personas relativos a la gesta de la independencia. Cómo explicar esta diferencia de peso y medida? Barros Arana -como otros historiadores del siglo xIX, independientemente del hecho de ser liberales, y por lo tanto laicos, o conservadores, y por lo tanto clericales-, ve en la independencia la gesta más gloriosa de la oligarquía, la gesta que la legitimó como clase dominante. Describir, por lo tanto, con lujo de detalles los hechos de los cabildantes de 1810, el destierro de los notables en Juan Fernández y la activa participación chilena en la independencia del Perú, significaba poner en evidencia el rol de los bisabuelos y de los abuelos de la clase política de fines del siglo XIX. Sólo a la luz del espíritu de clase se puede comprender el motivo que llevó a Barros Arana a dedicar casi la mitad de su Historia Jeneral de Chile a la Independencia y es éste el mismo motivo que llevó a Amunátegui a escribir tres gruesos volúmenes sobre 1810 y dos sobre los precursores de la Independencia.

Si bien la exaltación de la Independencia realizada por la historiografía y su interpretación como un momento de discontinuidad histórica, de ruptura, llenaba de orgullo a la oligarquía, lo que a ella realmente interesaba era, por sobretodo, usar esta imagen positiva como mecanismo de control ideológico de las nuevas clases que emergen en el país. Se trata de impresionar a las clases subalternas con el armamentario positivista: la oligarquía domina porque se ha conquistado, luchando, el derecho de mandar, habiendo expulsado a los godos del territorio nacional y habiendo dado al país una organización republicana. Esto equivale a decir que la oligarquía ha adquirido históricamente el derecho de hegemonía porque ha demostrado ser la más capaz. Ser la más capaz significa, entre otras cosas, anticipar los tiempos y de allí la insistencia en subrayar el rol de "precursores" y "liberales" que tuvieron algunos miembros de la oligarquía antes, durante y después de la Independencia.

Si a través de las gestas de la Independencia los historiadores liberales legitiman la dominación política de la oligarquía, a través de la descripción del progreso económico y material del país después de 1810 -una vez que la capacidad de la oligarquía puede manifestarse totalmente-, justifican la dominación económica y social de la oligarquía. Útiles en este sentido fueron las obras de Benjamín Vicuña Mackenna, el más imaginativo e inteligente de los historiadores liberales chilenos.

La expansión de la producción y su corolario, el progreso material, es el resultado del esfuerzo de los miembros de la oligarquía. En El libro del cobre y del carbón de piedra, Vicuña Mackenna escribe la biografía -mejor sería decir la hagiografía- de uno de los tantos "santos" laicos del siglo xIX, don José Tomás de Urmeneta que es así recordado: "Nació el iniciador más acaudalado, más valiente y más perseverante de la antes abatida y menesterosa industria del cobre de Chile, en la edad que esa sustancia comenzaba a ser, por primera vez, riqueza pública y cuantiosa, viniendo al mundo de opulenta familia, oriunda de Vizcaya."

En esta caracterización de don José Tomás de Urmeneta, Vicuña Mackenna sintetiza bien los motivos por los cuales el oligarca es el más capaz: por su prosapia vasca (mito recurrente en la historiografía chilena) y por sus atributos de riqueza, valentía y constancia. En esta caracterización de la oligarquía predomina la idea positivista de la selección de la especie. Esta idea, no obstante todas sus limitaciones, se caracteriza por un atributo racional atribuible a su base historiográfica.

A partir de los primeros decenios de este siglo, los ataques de la clase media y de la clase obrera empujan a la oligarquía a revisar los mecanismos de control ideológico. El resultado es la utilización de la historiografía para difundir entre las clases populares y la clase media una imagen mítica de la vieja clase dominante al poder.

Las obras que sintetizan esta nueva fase son La Fronda Aristocrática de Alberto Edwards -sin lugar a dudas el mejor producto de la ciencia política oligárquica- y Nuestra Inferioridad Económica, de Francisco A. Encina, anticipadora de su Historia de Chile, que publicará solamente entre 1940 y 1952.

Estos dos autores reelaboran en términos de mito colectivo la historia de Chile, substituyendo el criterio de "los más capaces", propio como he dicho del pensamiento positivista de los historiadores decimonónicos, por el criterio de "los mejores". La oligarquía termina así por ser caracterizada como una aristocracia -y definida explícitamente como tal- por el hecho de descender étnicamente de los vascos ("jurídicamente hidalgos", según Edwards) lo cual explicaría, siempre siguiendo a Edwards, "el liberalismo aristocrático del viejo Chile" que aparece como "una venerable tradición histórica medieval", una herencia de raza. Partiendo de esta herencia se desarrolla "una aristocracia mixta, burguesa por formación, debida al triunfo del dinero, por su espíritu de mercantilismo y empresa, sensata, parsimoniosa, de hábitos regulares y ordenados, pero por cuyas venas corría también la sangre de algunas de las viejas familias feudales".

Esta forma de pensar la encontramos también en Encina, quien en Nuestra inferioridad económica primero y en la Historia de Chile después atribuye a la dimensión "racial" un rol determinante en la evolución histórica. Para Encina los únicos seres no inferiores económicamente son los oligarcas, "las capas altas", que constituyen "el grueso fondo social, la fuente más pura, la menos contaminada con ideas y sentimientos ajenos a la idiosincracia nacional". Me parece interesante subrayar que Encina es uno de los primeros intelectuales de la oligarquía a establecer una identificación entre valores oligárquicos y valores nacionales. La imagen de la oligarquía como depositaría de los valores nacionales representa algo nuevo por respecto a la de la historiografía decimonónica que subrayaba, sobre todo, la dimensión internacional de la oligarquía.

Si la oligarquía tiende a ser presentada por los ideólogos de la clase dominante como la clase "nacional" por excelencia, se puede entonces pensar que el desarrollo del pensamiento nacionalista en Chile en los primeros decenios de este siglo es, en buena medida, el resultado de la capacidad oligárquica de generar y difundir ideas. Es sólo en un segundo momento que las clases medias por imitación se apropian y utilizan esta ideología mostrando así, desde sus orígenes, una total subalternidad a la oligarquía.

La decadencia de la oligarquía coincide entonces con el progresivo abandono de la historiografía como ciencia social al servicio de la oligarquía y la progresiva utilización de la historiografía en términos de ciencia política. Comienza así a difundirse una utilización aberrante de la historiografía vista como una ciencia subalterna, proporcionadora de ejemplos, y, por lo tanto, instrumento para la elaboración de mitos históricos favorables a la conservación de las viejas formas de dominación oligárquica. La consecuencia será un período de decadencia de la historiografía en cuanto ciencia, no obstante las notables aportaciones de José Toribio Medina, de Domingo Amunátegui Solar, de Guillermo Feliú Cruz y de Ricardo Donoso. Mi impresión es que los notables estudios de estos historiadores han servido poco o nada contra los mitos colectivos generados por los intelectuales orgánicos de la oligarquía. Lo prueba el hecho que los manuales de historia de Chile largamente difundidos entre los estudiantes y público en general, como los de Luis Galdames y de Francisco Frías Valenzuela, dan una imagen muy tradicional de la historia de Chile: los hechos históricos son presentados con el estilo de los historiadores liberales y las ideas que difunden son, en cambio, una visión moderada de las elaboradas por los intelectuales de la oligarquía.

Los estudios de un Ricardo Donoso, y pienso por ejemplo en su monumental biografía de Arturo Alessandri en la cual se esfuerza en desmantelar racionalmente los mitos populistas del León de Tarapacá, o los más recientes de un Hernán Ramírez Necochea, y pienso por ejemplo en su historia del imperialismo en la cual muestra la íntima trabazón entre imperialismo y oligarquía, difícilmente llegaron al vasto público, mientras sí llegaron los de Encina y los de Jaime Eyzaguirre, brillante ensayista y parcial anticipador a través del mito de la hispanidad de la ideología de la dictadura de Pinochet.

A este punto es forzoso concluir que no se ha dado aún en Chile una historiografía capaz de generar una imagen histórica diferente de la propuesta por los intelectuales de la oligarquía. El resultado de esta incapacidad de la historiografía chilena en general y de la historiografía marxista chilena en especial ha sido que los proyectos nacionales antiimperialísticos, antioligárquicos y populares como los del FRAP y de Unidad Popular, terminaron por apoyarse sobre una visión histórica del país tributaria de los mitos históricos oligárquicos.

Esta forma de tributación cultural es visible en los documentos oficiales de la Unidad Popular e, incluso, en los discursos de Salvador Allende. Significativo es en este sentido su discurso del 5 de noviembre de 1970, en el cual la historia de Chile es presentada como una continuidad caracterizada después de 1810 por la "tradición republicana y democrática" la cual "termina así por ser parte integrante de nuestra personalidad y penetra en la conciencia colectiva de los chilenos".

A qué se debe que la historiografía chilena marxista no haya sido capaz de expresar una imagen histórica diferente de la elaborada por la oligarquía? Un análisis completo de este problema me llevaría demasiado lejos. Entre los elementos que deberían ser tomados en la debida consideración menciono tan sólo uno, el elemento institucional.

Las instituciones encargadas de producir historiografía -Universidades, centros de investigación, sociedades históricas- han favorecido proyectos de investigación muy fragmentarios con el fin, tal vez, de evitar grandes gastos -considerados "superfluos"- o han favorecido, como aconteció más recientemente, la difusión de masa de productos historiográficos de bajísimo valor cultural en los cuales se confundía lo "popular" con lo "populachero".

Se han descuidado, además, las instituciones encargadas de la conservación de los restos históricos. El proyecto oligárquico de concentrar todo en el Archivo Nacional en Santiago ha provocado y provoca la continua pérdida de importantes restos históricos. Los más expuestos son los documentos de origen regional y local cuya pérdida impedirá comprender las diversidades regionales que son, en verdad, variantes de la chilenidad -desde siempre negadas por la historiografía oligárquica- y la real evolución de las clases populares -las grandes ausentes en la historiografía tradicional.

Se han descuidado, en fin, las instituciones encargadas de distribuir historiografía, es decir, las bibliotecas y los museos. Recuerdo que todavía en 1970 las únicas bibliotecas públicas estaban concentradas en las ciudades más importantes y que no todas las capitales de provincia poseían una biblioteca pública. Una red nacional de bibliotecas y museos históricos favorecería la familiarización del estudiante y del público en general con la historia nacional.

Una vez liquidada la dictadura infame, la primera tarea deberá ser la de romper el viejo esquema de desarrollo de la historiografía chilena caracterizado por considerar un lujo innecesario los gastos para la investigación histórica y por la imposibilidad de los historiadores de comunicar sus conocimientos al vasto público -contribuyendo por consiguiente al desarrollo de la conciencia nacional- por la inexistencia de instituciones e instrumentos adecuados.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03