Contra el olvido

Contra el olvido

Julio Cortázar

Literatura Chilena en el Exilio. N 12 octubre 1979

Acaso la totalidad de la literatura y del arte de la humanidad se explican esencialmente por un angustioso deseo: el de fijar lo efímero, lo que fluye en el tiempo y lentamente deriva hacia el olvido. Cuando Fausto, en el poema de Goethe, suplica al puro instante que apenas nacido se vuelve ya pasado: ' ĦOh, detente! ĦEres tan bello! ', su grito resume la desesperación y la nostalgia de quien quisiera abolir esa fuga perpetua, esa corriente heracliteana en la que nadamos junto a todo lo que resbala y transcurre en el río del tiempo. Hay obras humanas que sólo se explican por responder desde lo más hondo a ese deseo irrealizable: la de Proust en la escritura, la de Alain Resnais en el cine. Y esto, que nada tiene de original, me volvió a la memoria hace unos días después de ver una película del chileno Sergio Castilla que se llama Prisioneros desaparecidos.

Digo de entrada que la obsesión de fijar el instante fugitivo no entra en las intenciones de Castilla, puesto que ese instante, ampliado hasta abarcar unos pocos días, es demasiado horrible y demasiado monstruoso para querer detenerlo. Muy al contrario, al reconstruir a base de documentos y testimonios la realidad de un centro de tortura de prisioneros políticos en Santiago de Chile, la película se propone abolirlo en el futuro a través de la denuncia, de la reacción que provoque en el público, y de la influencia que esa reacción pueda tener en la conciencia y por lo tanto la conducta de los espectadores. Pero al mismo tiempo Sergio Castilla ha tratado de condensar para la memoria una realidad infrahumana que estos últimos años latinoamericanos han ido filtrando y revelando a través de la prensa, de los libros, de las investigaciones de organismos internacionales como el tribunal Bertrand Russell, por ejemplo, pero que en esta especie de pantalla de televisión non-stop en que se está convirtiendo cada vez más la historia contemporánea, terminan por adelgazarse, diluirse y finalmente perderse en un olvido multitudinario a la hora en que las multitudes son reclamadas a cada instante por nuevos acaeceres de la historia, por nuevos juegos de circo del planeta.

Prisioneros desaparecidos no ha sido para mí una experiencia fuera de lo común, en la medida en que sus imágenes casi constantemente insoportables no hacen más que encarnar todo lo que a lo largo de estos años he escuchado a los argentinos, chilenos, uruguayos, paraguayos y brasileños que testimoniaron en las sesiones del tribunal Russell. Que nadie pretenda decirme que esas imágenes exageran o fuerzan la realidad, cuando precisamente es lo contrario puesto que sólo son imágenes y les falta el indescriptible horror que acompaña un relato dicho por las mismas bocas que un da dejaron escapar los verdaderos alaridos del torturado. Pero a la vez, vista con ojos de un escritor de ficciones, la película de Castilla me trajo un sentimiento de algo insólito, en el que lo conocido y lo imaginado se tocaban por encima o por debajo de la realidad usual. Más tarde, ya en la calle, comprendí por qué: sin saberlo, Castilla y yo habíamos trabajado en un díptico, en dos obras diferentes unidas por un eje central que anula esa diferencia y la vuelve unidad. Hace cuatro años, antes de que en Chile o Argentina los 'prisioneros desaparecidos' fueran las víctimas de una nueva técnica de la represión fascista, se me ocurrió un relato que titulé Segunda vez y que cuenta cómo una muchacha convocada a una oficina gubernativa en Buenos Aires descubre que la persona que la había precedido en esa oficina ha desaparecido bruscamente, sin que nada explique la razón y sin que una larga espera aclare finalmente las cosas. Poco tiempo después de escribir ese cuento, el método empezó a aplicarse en gran escala en mi país y en Chile, y nadie ignora hoy su patética denuncia por parte de esas mujeres a quienes se califica de 'las locas de la Plaza de Mayo'. No es sorprendente, entonces, que el libro donde se había incluido ese relato no pudiera aparecer en la Argentina; lo imaginario se había vuelto carne y sangre, al igual que en otro cuento llamado Apocalipsis de Solentiname, que respondía también a una realidad imaginada dos años atrás y que fue igualmente censurado por la junta.

La película de Sergio Castilla me muestra hoy la continuación exacta de mi relato, desde el momento en que alguien atraviesa una puerta y entra en el infierno del que ya no saldrá vivo o perderá toda condición humana. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, sus imágenes empiezan exactamente ahí donde terminaban mis palabras. Y los dos, ahora, sabemos más que nunca que ese díptico que hicimos sin sospechar su alianza profunda, estaba y está destinado a luchar contra la memoria que desfallece, contra eso que llaman la ley de la fatiga, contra la aceptación de lo inaceptable en el avance del olvido, ese gusano que roe el presente para volverlo conformidad y mentira.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03