Julio Cortázar

ENCUENTRO DE THORUN

GANAR LA CALLE Y LA LIBERTAD Y LA LUZ


Nosotros, los escritores unidos a la causa de los pueblos que, como en Chile, sufren opresión e injusticia, vivimos un fin de siglo particularmente difícil; pero la dificultad es la condición sine qua non de toda literatura verdaderamente avanzada, verdaderamente progresista, y por eso nuestras dificultades no se resuelven en negatividad: muy al contrario, constituyen una pasión, un motivo más para escribir. Si las dificultades en nuestro enfrentamiento cotidiano con la historia, si eso que se ha dado en llamar "compromiso" con el derrotero de los pueblos hacia la libertad, la justicia y la felicidad, se vuelven cada día más agudas y más dramáticas, los escritores que merecen ese nombre y la confianza de quienes los leen no se desaniman en absoluto: muy al contrario, cada nuevo obstáculo que el terror, el desprecio, el fascismo en una palabra, alza contra la labor intelectual y artística, es un acicate y un desafío que multiplica su voluntad y sus fuerzas. En esta afirmación no hay jactancia y tampoco hay ingenuidad: espero poder mostrarlo suficientemente hoy, como lo muestran todos los que participan en esta lucha desde diversas lenguas, formas, prácticas y circunstancias.

Los pueblos tienen un genio instintivo que les hace guardar en la memoria ciertas frases, ciertos pensamientos que terminan por parecer triviales pero que no lo son. A lo largo de la segunda guerra mundial la propaganda desaforada de los nazis incluyó millares de libros, discursos y "slogans" destinados a convencer a sus adversarios de que la causa de Hitler era justa y poco menos que sagrada. ¿Qué queda de todo eso, qué queda de las teorías demenciales de los

Rosenberg y los Goebbels? Prácticamente nada, puesto que ideológica y éticamente eran un castillo de naipes tan hueco como frágil. Y sin embargo en la memoria de muchos de nosotros quedan algunas frases que resumen y concentran esa tentativa demoníaca de aplastar definitivamente la libertad. Yo recuerdo sobre todo dos: en Buenos Aires, en los terribles años 40 y 41, las ondas cortas traían cada noche la voz y la propaganda nazi desde los cuarteles del Führer. Y cada programa, infaliblemente, comenzaba con este "slogan": "Aquí Alemania, defensora de la cultura". Todo el resto se pierde en la retórica de las arengas y los comunicados, pero esa simple frase permanece como una síntesis jamás igualada de mentira, de tergiversación total, de cinismo y de desprecio.

La segunda frase, atribuida a uno de los jerarcas nazis, Goering o Goebbels --lo mismo da--, es igualmente corta y contiene también la misma palabra clave. Esa frase dice: "Cuando oigo hablar de cultura, saco la pistola". La diferencia es clara: aquí, por una vez, se decía la verdad, se confesaba el verdadero programa del nazismo. Pero lo significativo para nosotros, hoy y aquí, es que las dos frases contenían la palabra cultura. Y frente a lo que está ocurriendo en Chile, en Argentina, en Uruguay, y la lista es larga, no será inútil abrir estas reflexiones teniendo en cuenta ese telón de fondo, esos dos "slogans" que son como una advertencia y una amenaza. De sobra se sabe que en todos los campos ideológicos se saca a relucir la cultura, y que, como lo ha dicho un humorista, el sentido del término termina por perder el sentido. Si estamos reunidos hoy aquí bajo la advocación de algo que a veces amenaza convertirse en una mera palabra que cualquiera puede esgrimir como una bandera o amenazar con una pistola, haremos bien en detenernos un momento, en fijar nuestra propia posición y nuestra propia valoración antes de seguir adelante.

Nadie sabe exactamente qué es la cultura, pero al mismo tiempo existe una noción, yo diría más bien un sentimiento inequívoco de lo que significa para la vida de los pueblos, y esa noción está en los pueblos mismos y se expresa en todas las formas posibles al margen de los niveles especializados o académicos de la cultura. Este fin de siglo no permite ya ninguna ilusión exagerada sobre sus poderes, y a la vez multiplica la conciencia de que sólo ella es el índice de la libertad y la justicia en el seno de las sociedades. Los intelectuales del siglo XIX creyeron que el poeta y el novelista, símbolos por excelencia de la cultura, eran capaces de transformar el mundo; los vieron como demiurgos y legisladores, y basta releer a románticos como Shelley o Víctor Hugo para saberlo. Los intelectuales de hoy, en cambio, somos como el Viejo Marinero del poema de Coleridge: la experiencia de la historia hace que cada día nos despertemos más conscientes y a la vez más tristes. Y nuestra lucha es doble, porque si lo esencial es luchar por la causa de nuestros pueblos y de la humanidad entera, también nos toca luchar contra nosotros mismos, ser a la vez Jacob y el ángel, oponernos a la tristeza sin caer en la ingenuidad, y ahondar en nuestra conciencia sin perder la capacidad de acción. Pero si alguien como yo, como tantos de nosotros, sube hoy a esta tribuna, a centenares de tribunas del mundo entero, la prueba está dada de que esa lucha contra el desánimo y contra la tristeza está ganada, y que para nosotros sólo cuenta esa convicción cada día más honda, más precisa y más práctica de nuestras posibilidades y de nuestros deberes.

Basta abrir libros, revistas, periódicos de nuestro tiempo para encontrar en todas partes las huellas de una contraofensiva cultural perfectamente manipulada en un sentido negativo. Como hemos perdido las ilusiones románticas de nuestra fuerza demiúrgica, se nos dice amablemente que ya es tiempo de volver a encerrarnos en nuestros gabinetes, de concentrarnos en eso que se dio en llamar "el arte por el arte"; de volver, en una palabra, a nuestras torres de marfil. No se lo dice así, por supuesto; las técnicas están a la altura de la época y se buscan caminos más sutiles, se vuelve casi irónicamente a los criterios de tolerancia que llenaron tantas páginas inútiles entre las dos guerras mundiales, y que dieron el resultado que todos sabemos; se nos previene contra la recuperación y el uso que los aparatos políticos hacen y harán de nosotros; se toca nuestro amor propio de creadores de belleza, nuestra necesidad de imaginación y experimentación; se nos muestran los tristes resultados de la obediencia a ideologías que tantas veces prefirieron lo mucho mediocre a lo poco bueno. Cada vez que una tentativa revolucionaria se ve aplastada por la resurgencia de la barbarie fascista, se nos compadece por haber dedicado tanto tiempo y tanto trabajo a algo que culmina en un fracaso. Y todo eso nos es predicado en nombre de la cultura, de la no violencia, del respeto a los derechos humanos; y como nunca faltan pruebas de errores, de deformaciones y de traiciones en cualquier proceso progresista de la sociedad, aquellos que nos dan lecciones de buen sentido y de buena conducta lo hacen desde su buena conciencia; todo es bueno, como se ve, desde su lado, porque es el lado de los que buscan la verdad y la belleza en un terreno alejado de las contingencias y las contradicciones y las vicisitudes históricas. La única historia que aceptan es la que a lo largo de la verdadera historia de los pueblos no ha hecho más que prolongar, con doradas promesas teóricas y falsos edificios ideológicos, la espantosa pesadilla contra la que nos alzamos hoy y aquí, la pesadilla diurna y real del fascismo en un país latinoamericano y en tantos otros países de la Tierra.

Claro y concreto es nuestro programa: nos reunimos aquí por la causa de Chile, un país dominado por una de las tantas dictaduras que imperan en América latina, y lo hacemos para plantear y debatir los problemas y los caminos de la cultura frente al régimen de la junta militar encabezada por Pinochet. Es ahora, antes de nada, que nos toca analizar y precisar las connotaciones de este valor espiritual que tantas veces sirve para fines ambiguos, y que un sector del mundo intelectual emplea para atacar y desmoralizar a quienes, como nosotros, le damos un sentido inseparablemente vinculado a la causa y al destino de los pueblos. Esta necesidad de ver claro, de no servirse del término "cultura" en un sentido general y casi siempre idealista, se vuelve imperiosa en el caso preciso de Chile, porque las circunstancias actuales de nuestra posición de combate no pueden ser ya exactamente las mismas que en los primeros años que siguieron al "putsch" del 11 de septiembre. Y si nuestra reunión ha de tener alguna utilidad, la tendrá en la medida en que midamos lúcidamente el paso del tiempo y sus consecuencias, y evitemos caer en una mera repetición de criterios y de consignas de lucha. Que sea esta lucidez el aporte principal de los intelectuales a estas jornadas, puesto que frente a una situación cambiante todo maniqueísmo se vuelve aún más estéril de lo que es habitualmente. En 1979, la situación en Chile no es la misma que en 1973, y quienes se obstinen en mantener actitudes sobrepasadas por la evolución de los hechos sólo lograrán consolidar las posiciones del enemigo puesto que sus ataques ya no darán en el blanco y sus esfuerzos se perderán en el vacío.

Si hago hincapié en esta necesidad elemental de analizar lo que en primero y último término es nuestra arma de combate --quiero decir la cultura como levadura de los pueblos, como factor determinante de las tomas decisivas de conciencia--, lo hago porque en estos últimos meses me ha tocado participar en actividades que, por las razones esbozadas, han provocado discrepancias y suscitado malentendidos en muchas personas y grupos que combaten por la causa chilena. Si me aludo como escritor es porque he podido comprobar directamente este tipo de reacciones, y porque pienso que esta tribuna es particularmente adecuada para debatirlas y, lo espero, superarlas. Parto de la convicción de que muchos de los que vacilan frente a esta necesaria evolución de estrategias y de tácticas de combate no han reflexionado aún lo bastante sobre el problema, y continúan guiándose primordialmente por criterios que todos hemos compartido a lo largo de estos años pero que esos mismos años obligan a adaptar a nuevas circunstancias. Tengo plena confianza en que esos compañeros de combate tendrán en cuenta lo que estas jornadas puedan aportarles como materia de reflexión: y por eso, empiezo diciendo que he sido de los primeros en vacilar frente a las nuevas perspectivas que se abren a los intelectuales a esta altura del proceso chileno. Brevemente, no me parecía claro que después de cuatro o cinco años en que nuestra tarea consistió casi exclusivamente en atacar por todos los medios a nuestro alcance el régimen de la junta militar, se abriera una etapa en la que ese ataque debería asumir nuevas formas que, para algunos observadores o incluso protagonistas, podrían parecer ambiguas, por no decir contemporizadoras. A mí como a tantos me ha tocado pasar por un proceso de análisis que me permitió comprender las razones de esta evolución en la resistencia contra el régimen de la junta: y es dentro de ese proceso que la función de la cultura me pareció y me parece más fundamental que nunca. A nadie le extrañará que mi visión actual de esa función haya tenido su detonador en lo que está ocurriendo no solamente en Chile, sino en mi propio país, la Argentina. Insisto en autocitarme porque puedo dar pruebas de mi propia experiencia y extrapolarlas sin temor de caer en meras hipótesis o generalizaciones teóricas.

Hace dos años, un libro mío fue prohibido en Argentina porque contenía, entre otros, dos relatos que la junta militar estimó ofensivos para el régimen. El hecho, tristemente banal en sí, me hizo sentir hasta lo más hondo algo que hasta entonces me había parecido obvio dentro de las prácticas fascistas y que no había analizado lo suficiente: de pronto, en carne propia, supe que ya no era solamente un exiliado físico, cosa sabida y sin más alcance que el personal, sino que a partir de esa hora me convertía en un exiliado cultural. Y esto, que aparentemente no sería más que una prolongación del exilio en sí mismo, tiene un alcance infinitamente más grave y más horrible que el exilio físico, puesto que ya no se trata de mí o de tantos otros intelectuales y científicos que han decidido abandonar el país, sino que el verdadero exiliado es el pueblo argentino, la totalidad del pueblo argentino separado, arrancado, desarraigado del producto artístico, científico o literario de centenares y centenares de sus mejores creadores. Y en ese mismo instante comprendí mucho mejor, no ya desde la razón sino desde la sangre y la carne, que al pueblo chileno le había ocurrido y le estaba ocurriendo la misma cosa desde el golpe del 11 de septiembre, y que los chilenos o los argentinos, en el exterior no éramos los verdaderos exiliados sino aquellos que se habían quedado dentro, aquellos que tenían que seguir viviendo en un enclave no sólo figurativamente cerrado por alambradas y por mastines.

Si este enfoque es exacto, si estamos en presencia de un verdadero genocidio cultural en Chile, como en Argentina o Uruguay o Paraguay, si la imposibilidad de hacer llegar al pueblo tantos productos artísticos, científicos y literarios se traduce en un empobrecimiento mental y espiritual de los exiliados internos, no cabe la menor duda de que esta reunión se justifica imperiosamente puesto que ha llegado la hora, a la luz de las condiciones actuales, de abrir más a fondo el frente de combate cultural. De ninguna manera estoy diciendo que a lo largo de estos años el pueblo de Chile ha enmudecido, que sus creadores en todos los campos se han abstenido, muchas veces arriesgando sus vidas, de llevar al público sus creaciones en todos los campos espirituales. Precisamente esta resistencia cultural, casi totalmente clandestina en los primeros tiempos que siguieron al "putsch" militar, fue siempre un factor admirable y heroico de lucha: todos hemos visto ejemplares de periódicos clandestinos que circulaban de bolsillo a bolsillo, todos hemos leído los poemas de la resistencia nacidos muchas veces detrás de las alambradas de los siniestros campos de concentración donde la muerte rondaba, como en el poema profético de Pablo Neruda, "vestida de almirante". Pero en estos últimos dos años las manifestaciones creadoras han empezado a ganar la calle, se han vuelto colectivas y hasta multitudinarias. En un artículo que escribí hace seis meses y que fue ampliamente difundido en la prensa de lengua española, cité múltiples ejemplos concretos de esta actividad cultural que estaba empezando a cambiar considerablemente el panorama chileno a pesar de los esfuerzos de la junta por frenarlo. Hablé ahí de los talleres literarios donde jóvenes poetas y narradores ejercitan sus talentos, de grupos, teatros y asociaciones musicales que ofrecen espectáculos y recitales para públicos cada vez más numerosos. Cité. como símbolo transparente de toda esa actividad siempre difícil, siempre peligrosa, un cartel que había tenido en las manos y que decía: ¡Cuidado! La poesía está en la calle. Al dar todos esos ejemplos sabía muy bien que apenas significaban algo, numéricamente hablando, frente a la extraordinaria labor cultural cumplida en el período del gobierno de la Unidad Popular. Pero al mismo tiempo hacía notar lo que esta explosión espiritual y artística significaba como resistencia manifiesta. como oposición de fondo a los planes alienantes de la junta en materia de enseñanza y de publicaciones. Según los informes más recientes, ese avance popular es objeto de medidas represivas cada vez más frecuentes y previsibles: arrestos, prohibiciones e intimidaciones siguen a la orden del día: y sin embargo las actividades se renuevan, cambian de nombre o de lugar, recomienzan con una obstinación que prueba su fuerza interna y su capacidad de seguir llegando poco a poco a la mayoría del pueblo a pesar de todos los obstáculos.

Frente a ese panorama, a la vez patético y alentador de un pueblo que no renuncia a lo mejor de sí mismo, ¿cuál puede y debe ser la actitud de los intelectuales chilenos exiliados y de los intelectuales no chilenos pero íntimamente unidos a su causa? Es aquí donde se abre un terreno de reflexión y de discusión, y es aquí, también, donde se agazapan los malentendidos a que me referí antes. Es obvio que todo retorno a Chile, toda voluntad de reincorporarse a la labor cultural del país será objeto de tentativas de recuperación por parte del sistema, que proclamará a través de sus voceros y sus turiferarios que muchos escritores, científicos y artistas regresan porque han comprendido sus errores y están dispuestos a participar en el plan de lo que la junta llama la liberación nacional. Es obvio que la debilidad y hasta el cansancio se mezclarán a veces turbiamente en este proceso de reconquista cultural, y que el oportunismo no perderá la ocasión de manifestarse y de sacar provecho. Así, para citarme por última vez, puesto que el ejemplo me parece aleccionante, el diario El Mercurio, de Santiago, ha publicado en estos últimos meses una serie de textos míos difundidos en múltiples diarios latinoamericanos y españoles a través de una agencia de noticias, y los ha publicado mintiendo descaradamente al presentarlos como "colaboraciones especiales" a dicho diario. Cosas de este calibre ocurren y ocurrirán largo tiempo, pero esas tentativas de recuperación no engañan prácticamente a nadie en Chile; en cambio, publicar colaboraciones auténticamente "especiales" en revistas que expresan una voz y una voluntad popular, me parece una obligación en estos momentos, y por mi parte la estoy cumpliendo cada vez que puedo.

Pienso que ningún chileno o no chileno debe preocuparse por el posible aprovechamiento que el régimen pueda hacer de su trabajo cultural en el país o desde fuera del mismo. Excluida la posibilidad inmediata de un enfrentamiento directo, el único camino positivo está en ganar cada vez más la calle para devolver al pueblo la conciencia de su fuerza y la alegría de poder ejercitarla más abiertamente. Desde luego (y éste es un rasgo típico de todas las dictaduras) la mínima y en general mediocre "cultura oficial" hará todo lo posible por dar la impresión de que el resurgimiento constituye una sola corriente y que esa corriente es inspirada y apoyada por el régimen. Por eso importa que en la medida de lo posible los intelectuales y los artistas se definan lo más inequívocamente posible a través de su obra y de su conducta personal. No se puede hablar de política ni hacer política en Chile, pero la intuición popular es grande cuando se trata de distinguir entre un demagogo que sirve los intereses del poder, y un escritor o un artista que expresa y transmite un mensaje auténticamente entroncado con el pueblo, sea o no de fácil acceso. Habrá desde luego equívocos y confusiones como en todo proceso histórico; pero lo que cuenta es salir del silencio, seguir ganando la calle, entrar otra vez en las grandes órbitas nacionales. Se tiene la impresión de que la junta ha llegado a un callejón sin salida en este plano, y que no le queda más remedio que seguir cediendo terreno. Ya lo hemos dicho, la represión cultural aumenta, pero es incapaz de cerrar esas compuertas que empuja admirablemente un pueblo cada más decidido a abrirlas por todo lo ancho.

Es evidente, y no vacilo en repetirlo, que el frente cultural representa en todos los planos una larga y dura batalla. Por ejemplo, quienes expresan dudas sobre la conveniencia de librarla (y cito aquí opiniones de compañeros que merecen toda mi confianza), cada vez que se manifiesta un resurgimiento de la cultura en el plano popular, hay de inmediato una recuperación por el sistema, no sólo por razones de prestigio sino por una necesidad intrínseca que resulta evidente. Así, lo que no es recuperable es relegado a un pequeño sector de lo permisible (más angosto o más ancho según las circunstancias), y lo que no es recuperable ni permisible es expulsado del cuerpo social, lo que significa asesinato, cárcel o exilio según los casos.

Frente a esto, es casi inútil señalar que mucho depende de que la opinión pública y privada en el extranjero se manifieste cada vez más enérgicamente contra la represión y la arbitrariedad, a fin de que la junta se vea obligada a tenerla en cuenta aunque sólo sea por razones de prestigio, de imagen exterior, allí donde la hipocresía la obliga de todos modos a frenar lo que se desataría en toda su salvaje violencia si los ojos del mundo no estuvieran mirando permanentemente hacia Chile. Seamos esos ojos, no los cerremos ni un solo instante; de nuestra mirada y de nuestra palabra depende el triunfo en esta batalla en la que las armas de la belleza enfrentan a las armas de fuego y las vencerán un día.

Tales me parecen los aspectos y las posibilidades esenciales de nuestra acción, pero hay otros igualmente urgentes que reclaman no sólo atención sino imaginación. ¿Qué podemos hacer nosotros, desde aquí, desde los países europeos, para estimular el avance popular de la cultura en Chile? ¿En qué medida y de qué manera podemos ayudar a que la poesía esté realmente y cada vez más en las calles? No lo sé concretamente, pero puedo imaginarlo y ofrecer lo imaginario a quienes sean capaces de volverlo concreto. Entre tantas cosas posibles imagino un comité que no sólo preste ayuda a intelectuales chilenos en el exilio sino que favorezca la salida de los escritores o artistas o científicos que no puedan trabajar en Chile pero sí bajo otras condiciones de vida. ¿Por qué no lo creamos aquí mismo? Imagino una editorial que permita la publicación de los mejores entre los incontables manuscritos que circulan dentro y fuera de Chile y cuyo contenido es muchas veces una espléndida arma de combate. ¿Por qué no la hacemos realidad? Así como se creó y se hizo circular en numerosos países el Museo de la Resistencia "Salvador Allende", así imagino la creación de un fondo económico destinado a favorecer la obra de los plásticos chilenos en el exilio y a hacer venir de Chile a otros cuya obra no alcanza a cumplirse y sobre todo a conocerse en el país. Imagino una radio chilena fuera de Chile, con ondas lo bastante potentes para ser escuchadas en cualquier lugar del país, que transmita noche y día no solamente la información que tanto falta en su territorio sino una permanente acción cultural y artística basada en los más altos valores nacionales y extranjeros. Si algo de todo eso fuera realizable a partir de esta reunión, no habríamos venido a ella en vano; si más allá de las palabras nacieran realidades eficaces, todos nosotros recordaríamos este encuentro como un enorme paso adelante.

No quiero terminar esta rápida exploración de nuestras posibilidades y nuestros deberes en el plano de la cultura, sin decir--aunque parezca obvio-- que toda acción que emprendamos en este terreno debe basarse más que nunca en la voluntad de acabar con el régimen de la junta militar; los intelectuales podemos hacer más y más por la causa del pueblo chileno, pero en ningún momento hay que distraer la atención del objetivo central, porque correríamos el peligro de que los árboles no nos dejen ver el bosque, y que nuestras actividades adquieran poco a poco un valor restrictivo y demasiado específico. Como el tribuno romano que terminaba invariablemente sus discursos recordando que además había que destruir a Cartago, toda nuestra acción en el campo de la cultura debe confluir obstinadamente hacia la destrucción de esa Cartago fascista que oprime a un pueblo amante de la libertad, de la paz y de la alegría. Cada vez es más necesario cumplir a fondo nuestro trabajo de intelectuales comprometidos en la causa de los pueblos, pero sólo como parte de una acción que abarca muchas otras cosas, que nos reclama en muchos planos, que exige de nosotros una denuncia permanente, una responsabilidad asumida minuto a minuto. El pueblo chileno sólo creerá en nosotros cuando esté seguro de que nuestras palabras y nuestros libros son paralelos a nuestros actos, y que el trabajo cultural que hacemos es un verdadero frente de batalla; de esa batalla que él ya está librando día a día para ganar la calle y la luz y la libertad.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03