Evolución del militarismo en hispanoamérica

EVOLUCIÓN DEL MILITARISMO EN HISPANOAMÉRICA

José Correa Camiroaga

Literatura Chilena, creación y crítica. N 17 Sept. 1981

El fenómeno general y persistente de las dictaduras en América Latina no ha facilitado, sin embargo, la definición de la noción misma de dictadura, lo que se ha hecho en raras ocasiones y con fundamentos no siempre idénticos. Distinto es el caso de la literatura en donde se ha engendrado una respuesta profunda y permanente ya desde mediados del siglo XIX. Ahora bien, si consideramos el hecho de que las repúblicas latinoamericanas existen desde la segunda década del siglo XIX, pero que sólo se consolidan como tales algo más tarde y también el hecho de que entre 1841 y 1863 se publicaban Facundo, de D. F. Sarmiento; Amalia, de J. Marmol; Don Guillermo, de J. V. Lastarria e Historia del Perínclito Epominondas del Cauca, de A.J. de Irisarri, todas cuatro con referencias más o menos veladas o abiertas de crítica a los gobiernos autoritarios o dictatoriales de la época, podemos decir que respuesta literaria al fenómeno de la dictadura ha habido siempre.

Las obras señaladas, que no son, por lo demás, las únicas de su época que se refieren al tema, son la respuesta literaria a la primera etapa del militarismo en América Latina, fenómeno éste que no es un accidente sino una de las constantes mas significativas del sub-continente y que remonta sus orígenes a la crisis de la independencia, es decir, a la situación creada en el momento mismo de la emancipación del Imperio Español, que no se produce por la madurez y poder de las colonias, sino por la debilidad y casi agonía de la Metrópolis, invadida por las tropas napoleónicas. Tanto es así que en cada país encontramos dos grupos, uno de los cuales defendía la situación existente y no querrá independizarse de España y otro que quería consolidar una libertad de comercio y obtener una autonomía administrativa que la corona les impedía. De tal manera que más que una lucha contra el dominio español, nos encontramos con una situación de verdadera guerra civil, en donde los grupos que se extinguen por su ardor patriótico son los grandes propietarios de la tierra, los hacendados, mientras que los grupos sociales que hubieran podido constituir una burguesía nacional (mineros, comerciantes, artesanos) se mostraban reacios a una libertad de comercio que los hubiera arruinado, puesto que ellos sacaban beneficios del monopolio imperial de España. Aparece aquí una divergencia entre estructura socio-económica y super estructura ideológica que no existía durante la época colonial en la que había una perfecta armonía y coherencia funcional entre los elementos ideológicos (teoría escolástica), el sistema político (absolutismo monárquico) y estructura socio-económica de base. La independencia de las repúblicas latinoamericanas cambia las dos primeras, pero no toca la tercera, de tal modo que la caída del orden establecido no significó el paso a una economía pre-capitalista - cuyos rudimentos ya existían-, sino el girar hacia una economía de subsistencia alrededor de la hacienda, única institución capaz de sobrevivir a la hecatombe que había significado la independencia y que entre otras cosa., llevaría a una división política profunda entre conservadores y liberales (que sería más importante que la aparición de veinte naciones diferentes), a una transferencia del poder de la ciudad al campo y a que las instituciones políticas que se crean no tienen eficacia ni echan raíces en ninguna parte. El poder está disperso en múltiples centros, siendo el ejército la única fuerza más o menos organizada que sale robustecida de las guerras de la independencia (1). El panorama que seguirá a este evento nos encarará con repetidos enfrentamientos de bandos armados para apoderarse del control de los órganos del Estado.

La primacía adquirida por el sistema de haciendas determinará la forma que adquirirá el ejercicio del poder. El hacendado patriarcal es el modelo que influirá en las relaciones sociales tanto de la esfera gubernamental como militar y los vínculos entre el jefe (de gobierno o militar) con sus subalternos (pueblo o tropa) estarán definidos por lazos personales de lealtad y protección mutuas, esto es, de un "personalismo patriarcal". La expresión política de este tipo de relaciones se encuentra en los fenómenos llamados caudillismo y caciquismo, rasgos que acompañan a los gobernantes de la época.

La respuesta literaria a los problemas que acarreaba este tipo de organización política, es decir, las novelas del siglo XIX en que aparece como trasfondo o imbricado en la acción un contexto dictatorial no han sido, a pesar de que la historia literaria en mis de una oportunidad nos lo ha querido hacer creer, el grito altruista de la conciencia de los intelectuales de la época, sino la manifestación de posiciones programáticas del bando contrario a aquél que estaba en el poder. Es el caso concreto de Mármol y su novela Amalia, en donde el fervor de militante liberal del autor le lleva a un maniqueísmo en que exalta a los que piensen como él y condena sin más a los contrarios; convirtiendo todo en un juego de buenos y malos, siendo la peor de todas las figuras el " bárbaro tirano Rosas", gobernante del momento. Otro tanto había hecho antes que él una de las más grandes figuras de la mitología histórica de nuestro continente, Domingo F. Sarmiento quien en su Facundo nos presenta a un caudillo bárbaro, Facundo Quiroga, detrás del cual se denuncia la presencia del "tirano Rosas", enfrentado con las ideas civilizadoras que sustentaban los grandes propietarios de la tierra y los ganaderos, bajo la influencia iluminadora del capital inglés. Estas dos obras y las deformadas y deformadoras historias patrias de Latinoamérica nos hicieron crecer con la imagen terrible del dictador Rosas, que poco a poco han ido haciendo cambiar algunos investigadores contemporáneos, de la misma forma como han rectificado la figura de Sarmiento, a quien lodos sus ideales civilizadores no le impedían decir en carta a Bartolomé Mitre: " No trate de economizar sangre de gauchos, es lo único que tienen de humano. Este es un abono que es preciso hacer útil al país".

Hasta finales del siglo XIX se mantendrá la situación político-social-literaria indicada. El último cuarto del siglo verá, sin embargo, producirse cambios que afectarán, alterándolo, el panorama del continente, modificando los regímenes políticos y la constitución de los cuerpos militares, constituyendo lo que denominaremos la segunda etapa del militarismo y de las dictaduras.

En los primeros años de desintegración política y económica del continente -la crisis de la independencia-, el hacendado-patriarca-caudillo-general ocupa el primer plano de la escena. La coyuntura internacional llevará a América Latina a integrarse al mercado mundial capitalista como proveedor de materias primas. Las exportaciones de guano, salitre, añil, etc., necesitaban de un grado mínimo de integración y seguridad para el cual la presencia de los caudillos (y por ende de un poder disgregado en mil centros) era un problema. Los dos 'dictadores' más famosos del siglo XIX (Rosas y Francia) son precisamente los que desarrollan un intento de protección del territorio nacional y la eliminación de los caudillos regionales. Medio siglo mis tarde y movidos por intereses muy diferentes, los nuevos tiempos impulsarán un sentimiento de unidad nacional en cada país, trayendo como consecuencia el que la oligarquía se vuelque hacia el poder civil y el que se creen los embriones de los ejércitos profesionales modernos, novedoso foco de atracción para las clases medias urbanas que encuentran en la carrera militar seguridad de empleo y privilegios considerables. De esta forma, las clases medias vendrán a reemplazar en los estados mayores a los hacendados de la etapa anterior. Los ejércitos empezarán a contar con un cuerpo jerarquizado y controlado desde arriba y con oficiales disciplinados y con formación especial y se impondrán como tarea el ser una especie de escuela de la nación en la que se inculquen los valores patrios. De ahora en adelante, el ejército se presentará como el árbitro y garante del orden público establecido, representación de los valores más altos de la nación. Si alguna vez se ve 'obligado' a tomar el poder, será porque los más caros intereses de la nación (léase oligarquía) están amenazados. Su permanencia en el poder terminará en cuanto sea restablecido el orden público y las instituciones establecidas puedan volver a funcionar. En esta segunda etapa el militarismo se presentará, entonces, como una fuerza al servicio de una política de reformas favorables a los intereses de las clases medias, que terminará transformándose en la sola defensa de sus posiciones, amenazadas por el avance de los sectores populares, ahora en dinámica gestación. El ejército verá abonado el camino hacia las reiteradas tomas del poder, por otro lado, por la ineficacia del aparato estatal y de los regímenes parlamentarios en manos de la oligarquía, aunado a la debilidad de los sectores medios y a la crisis de las estructuras tradicionales, todo lo cual crea un vacío de poder que los militares se encargan gustosos de llenar.

Es este nuevo cuadro político el que va a producir la retahila de dictadores que originarán un estilo de gobierno que no variará en muchos de los países hasta los años 60. Y también originará una cantidad importante de obras literarias que se siguen publicando hasta en nuestros días. Las novelas seguirán los pasos de las dictaduras, denunciándolas, dando voces de alarma, rindiendo testimonios. Desde un punto de vista literario, la mayoría de las creaciones son de escaso valor, quizás porque fueron producidas muy cerca de los acontecimientos mismos. Algunas nunca salieron de los limites del país en que se publicaron y si ahora nuevamente se las menciona e intenta revalorizar, es indudablemente por la reactualización del tema.

Las deficiencias de las obras hay que buscarlas en la falta de distancia histórica con que se produjeron, lo que reduce la perspectiva que entregan. Sin embargo, también es cierto que a los novelistas frecuentemente se les pidió, exigió casi, que entregaran una respuesta, transportando la pugna política al seno de la obra literaria, empobreciendo sus posibilidades creativas y disminuyendo ese "poderoso aliento de reinterpretación del universo que está en las mayores obras de arte". (2)

A nivel interno, es decir del sub-continente mismo, casi no ha habido país que no haya producido una o más novelas sobre el tema. Pero no han sido los únicos. También en un ámbito extra latinoamericano nuestras dictaduras han servido de motivación para obras literarias, Joseph Conrad con Nostromo (1904), Francis de Miomandre con Le Dictateur (1926) y Ramón del Valle con Tirano Banderas {1926), se harán eco del interés que despertaba la turbulenta región al sur del Río Grande y que vista desde fuera parecía incomprensiblemente ridícula. Sus obras van a marcar una nueva etapa en la literatura de la dictadura al no tener ni la inmediatez geográfica ni la vehemencia partidaria y/o de sujeto receptor de la acción directa de estos regímenes y, principalmente, porque fundirán las muchas similitudes de las repúblicas latinoamericanas en un solo país que los represente a todos, creando así lo que se ha llamado "república comprensiva de Hispanoamérica". (3)

En 1946 aparece El Señor Presidente de M. A. Asturias. Esta obra, desde el momento mismo de su publicación, va a constituirse en referencia obligada del tema de la literatura de la dictadura. Las razones son varias, empezando por la extraordinaria calidad de la novela y porque a semejanza del modelo iniciado para la lengua española por Valle Inclán, Asturias pondrá especial empeño en diluir los contornos geográficos en que se mueven sus personajes, en generalizar las situaciones que los afectan, en alterar la cronología de hechos que le han servido de motivación y en atreverse a presentar un estereotipo de dictador latinoamericano, de tal manera que su novela será un nuevo y superior intento de aproximación a la realidad latinoamericana, tratando de procurarnos la comprensión del conjunto social por medio de un personaje clave. Aunque su obra describe un solo periodo en la historia de un solo país, y aun cuando se ha creído reconocer en su dictador el retrato de los guatemaltecos Cabrera Estrada y Ubico, lo más importante de ella estriba en el ambiente de angustia y pesadilla en que nos sumerge (que no ha sido superado hasta ahora) y en el hecho de que al concluir la lectura no nos cabe duda de que no importa quien sea el 'Presidente', porque quien ejerciera el cargo actuaría con el mismo despotismo.

Menos conocida que El Señor Presidente, pero no menos interesante y valiosa es El Gran Burundún - Burundá ha muerto (1952) de Jorge Zalamea, quien lleva aún más lejos el intento de trascender los límites de lo contingente - concreto, para abarcar una realidad más amplia y proyectarse en un plano universal, a pesar de estar elaborada a partir de circunstancias especiales y temporales precisas. En su ensayo "La actual literatura de Colombia" (4), Zalamea ha expresado que su novela es un recuento de la violencia colombiana, pero que tiene un carácter mucho más amplio en cuanto hace referencia a cualquier dictadura. Tanto 'El Señor Presidente' como 'El Gran Burundún - Burundá ha muerto' aportaron más a la comprensión de la realidad profunda de las dictaduras latinoamericanas que todas las otras obras que han circulado en Hispanoamérica y que no pudieron sobrepasar el nivel de la airada denuncia. Asturias y Zalamea son los representantes de lo que consideramos tercera etapa de la novela de la dictadura, enmarcada dentro de los fenómenos que resultan del segundo estadio del militarismo en el continente. Etapa ésta que no eliminará la localista, concreta y maniquea, los "western de dictadores", como dice A. Rama, que continuarán publicándose incluso después de ellas. Por supuesto que ni Asturias ni Zalamea pudieron responder bajo forma narrativa, sin embargo, a las interrogantes que los latinoamericanos en general se hacen y de las que ellos son eco, acerca de quienes eran, cómo actuaban, qué pensaban los dictadores. Ya en El Señor Presidente se había visto la dificultad de dar una respuesta. El dictador "se esfuma constantemente, se pierde en las sombras, en los sueños, en las palabras que dibujan un paisaje enmarañado y neblinoso por donde pasa el escritor sin llegar a la conciencia de su personaje". (5)

Más de veinte años transcurrirán antes de que podamos señalar una nueva evolución significativa en la novelística de la dictadura. De pronto, tres obras van a causar un revuelo hasta entonces no conocido en relación al tema. Me refiero a Yo El Supremo de Augusto Roa Bastos (1974), El Recurso del Método de Alejo Carpentier (1974) y El Otoño del Patriarca de Gabriel Gama Márquez (1975).

En el contexto general del debate suscitado por estas novelas, encontramos factores de muy variada índole. Uno es la fama de Carpentier y García Márquez, dos estrellas de primera magnitud de la constelación de astros de la nueva narrativa latinoamericana. Otro el que la novela de Roa Bastos igualaba, si no sobrepujaba las otras dos. Un tercer elemento fue el debate internacional que desencadenó el golpe de estado de 1973 en Chile, que clausuró para siempre las esperanzas de transitar hacia el socialismo moviéndose dentro de los marcos que la burguesía dependiente y su amo norteamericano permitían y que abrió los ojos al sombrío panorama del cono sur del continente, opacado hasta ese instante por el oropel del proceso chileno. El golpe militar argentino de 1975 flanqueó por el otro lado a las tres obras, que quedaron así integradas en un cuadro general del que muchos las vieron, total o parcialmente, como la respuesta inmediata.

Estas tres grandes obras de la literatura contemporánea ofrecen una serie de elementos novedosos. Señalamos con Usubiaga (6), en primer lugar, el que abren el tema a necesidades de lectura en un registro que va más allá que el de la sugestión folklórica o la curiosidad histórica y que son textos que hablan del dictador y también de la historia en general, obligando a reflexionar sobre ella y sus alcances. El signo mas evidente de la renovación de! tema, es decir, de una nueva etapa, está en el hecho de que ahora el enfoque del dictador está hecho desde dentro. A las furtivas miradas que desde la calle echaban al palacio dictatorial Asturias y Zalamea, responden ahora los narradores entrando no sólo en los palacios y residencias europeas de los dictadores, sino instalándose en la conciencia misma del personaje, descubriéndonos las motivaciones de sus acciones positivas y negativas. El enfoque es nuevo dentro de la novela de la dictadura, pero no lo es dentro de la nueva novela latinoamericana.

El común protagonista - el dictador - adquiere, naturalmente, diversas connotaciones en las tres novelas. Carpentier nos entrega el arquetipo del déspota ilustrado; Roa Bastos la mítica figura de un hombre que se constituye en la nacionalidad misma; García Márquez un patriarca caribeño, pero, queriendo escribir "un gran poema sobre la soledad del poder", más que un personaje nos entrega "una idea feroz", como diría Benedetti. Los personajes de Carpentier y Roa Bastos son verosímiles, en el de García Márquez no se puede creer. García Márquez y sobre todo Carpentier operan con personajes sincréticos, uno tratando de "crear el prototipo de este personaje mitológico y patológico de la historia latinoamericana", el otro buscando sus esencias socio-políticas. Roa Bastos intenta descifrar un personaje bien determinado, a través de una multiplicidad de aproximaciones diversas.

La sumisión -voluntaria o forzada- a una potencia política -económica o a determinados patrones culturales, esto es, la dependencia, juega en las tres obras un papel importante. En El Recurso del Método la dependencia (cultural europea y político-económica norteamericana) es muy clara. En El Otoño del Patriarca también en dos de sus momentos determinantes: la conquista española (las carabelas) y la dominación norteamericana (los marines). En Yo El Supremo podemos decir que la dependencia está presente en forma negativa, pues el sustrato histórico nos enfrenta con un dictador que cerró las fronteras de su país para evitar la penetración extranjera.

Múltiples elementos, tanto comunes como diferenciadores, podríamos señalar en estas novelas. Sin embargo, la mayoría de ellos se adscriben a características generales de la novela actual y no a especificidades del tema que nos preocupa. Sin embargo, hay un juicio sobre el que queremos detenernos. En diversos lugares se ha dicho que estas novelas enfocan el pasado, pero que narran desde el presente y se insertan en la problemática actual de Latino América como respuestas. Es evidente que algunos elementos de la situación actual, de hoy, aparecen en ellas. Sobre todo porque mezclan el arquetipo dictatorial de todo el siglo XX con las características de la brutalidad militar de los últimos años. Asimismo parecen de gran actualidad (insistimos: actualidad = hoy) porque en sus análisis cabe toda una nueva terminología de los estudios socio-políticos, como a-historicidad, dependencia, sincretismo, etc. Sin embargo, nosotros pensamos que el presente se les escapa, lo que no les criticamos. Parecería que en aquellos críticos que insisten en valorar estas novelas desde todos los puntos de vista posibles, hubiera todo un intento para justificar las exageradas exigencias que, sin decirlo, están haciéndoles. La obras han aportado mucho al tema, pero el género novela (ni la literatura en general) no es el llamado a dar todas las respuestas.

El aporte entregado por estas tres novelas no nos puede llevar a desconocer - sin que sea ningún demérito - que enriquecen una visión del pasado, pero que los modelos que de ahí se pueden extraer ya no existen más o no tienen vigencia dentro de las grandes lineas por donde se está moviendo el sub-continente hacia el futuro (7). Son novelas que escriben sobre las dictaduras producto de la segunda etapa de! militarismo, cuando la vigencia de un tercer momento, un tercer estadio, es visible desde hace casi veinte años.

La tercera etapa del militarismo, en gestación en el Pentágono desde los años de la 'guerra fría' y apresuradamente puesta en ejercicio después de lo de Cuba, viene acompañada de toda una teoría geo-política conocida con el nombre de ideología de lo seguridad nacional y tiene un carácter marcadamente tecnocrático, en el que las intervenciones de las fuerzas armadas son planteadas expresamente como de largo término, pues los militares se atribuyen la misión de eliminar las estructuras caducas y de canalizar una política eficaz de desarrollo de la que el Estado es el protagonista. "Ce militarismo technocratique est caracterisé par la méfiance vis-á-vis du pouvoir personnel, l'aversion pour les idéologies politiques, les politiciens el les partis, el l'opposition á un quel conque mouvement de masse organisé á la base. L'armée refuse tout type d'analyse de classe de sa politique, toujours interpretée comme favorable au bien commun. Il ne reste plus au pays qu' á soutenir la politique, techniquement corrécte, d'une élite d'hommes de métier et honorables patriotes". (8)

El último -hasta hoy- estadio del militarismo 'entró en funciones' en 1963 en Brasil, adquirió tinte progresista en los primeros años de su instalación en Perú y hoy es dueño de todo el cono sur del continente.

El nuevo militar y su mundo están aun por verse en la literatura. Ya ha habido un par de primeras aproximaciones. Paródica y demasiado cordial y risueña una (Pantaleón y las visitadoras de M. Vargas Llosa), más de peso, y esperando que se la saque de una postergación y abandono que está lejos de merecer, la otra (Los hombres de a Caballo de David Viñas).


Notas:

1. Cf. Ignacio Sotelo, " Modeles d'explication du militarisme latino -américain. Une interprétation historique", Critique, XXXIII, 1977, pp. 363-364. Véase también del mismo autor Vom militarcaudillismus zur militarischen Technocratie, (Hannuver: 1975).

2. Ángel Rama, Los dictadores latinoamericanos, (México: FCE, 1976) p. 5.

3. Véase Seymour Menton, " La novela experimental y la república comprensiva de Hispanoamérica", en J. Loveluck, La Novela Hispanoamericana, (Santiago: Ed. Universitaria, 1969).

4. En Panorama actual de la Literatura Latinoamericana (Caracas: Ed. Fundamentos, 1971).

5. Ángel Rama, Op. cit., p. 42.

6. Mario Usubiaga, "Alejo Carpentier y su Primer Magistrado", Texto Crítico, II, I976. p. 3

7. En este sentido, nos parece pertinente recordar la opinión de Régis Debray quien dice que la evolución del lenguaje occidental va más rápido que la historia de América Latina y que "la mayoría de los novelistas de América son, lógicamente, tributarios del lenguaje vanguardista antes de serlo de su propia historia. Acaso de ahí proceda este desfasamiento. La literatura latinoamericana ha remontado el vuelo y hoy hace sombra a todas las demás. Su aurora es nuestra noche" ("Cinco maneras de abordar lo inabordable o algunas consideraciones a propósito de El Otoño del Patriarca. Nueva Política, 1 ) 1976.

8. Ignacio Sotelo, "Modèles d'explication .. .", p. 738.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03