Jaime Concha

TESTIMONIOS DE LA LUCHA ANTIFASCISTA

Desde los mismos días de septiembre de 1973 ha venido emergiendo y desarrollándose una amplia literatura testimonial sobre los sucesos de Chile. Fue al comienzo un hilo de agua al que se opusieron todos los diques de la dictadura; es, ahora y ya, una avalancha. Surge en todos los lugares del mundo, a veces en ediciones originales en lenguas extranjeras, cual sello de una diáspora en el exilio y como el gesto no menor de una solidaridad internacional que coadyuva en la lucha del pueblo chileno por derrocar la dictadura y reimponer la democracia en el país. Abarcar esta suma de testimonios es imposible, no sólo por la multiplicidad de sus perfiles, sino porque libros, folletos y opúsculos resultan a menudo inasequibles. En cierta medida entonces --medida personal-- estas páginas representan un testimonio de otros testimonios, por cuanto pretenden dar cuenta de una cronología de intermitentes contactos con tales escritos. Desde mi salida de Chile, en diciembre de 1973, he podido ir conociendo no todos, ni siquiera los más, pero sí muchos documentos que hablan sobre Chile, que denuncian lo visto y lo sufrido por nuestro pueblo y que, en ocasiones, intentan balbucear una explicación.

Que esta actividad testimonial se vincula a las más altas fuerzas de la literatura chilena, lo revela el hecho de que uno de los primeros escritos antidictatoriales haya sido nada menos que un poema del Canto general (1). Todavía me acuerdo, en días de septiembre de 1973, de haber visto y palpado un papel arrugado, escrito a máquina velozmente, pues debía circular hasta otras manos. «Nixon, Frei, Pinochet», empezaba el poema, formidable diatriba contra las dictaduras endémicas de América Latina ( ¡endemia de virus foráneo, por cierto! ). Los nombres habían cambiado, los tiempos también; pero la opresión permanecía, se renovaba una vez más, profundizando ahora hasta un extremo delirante la destrucción entera de un país. Que el poema ese de 1948 («Las Satrapías», de La arena traicionada, I del Canto general, V) haya podido ser considerado uno de los últimos escritos por Neruda (2) antes de su muerte, ocurrida el 23 de octubre de 1973, habla de la vitalidad incontrarrestable de su voz. En efecto, el poeta bajo tierra no descansa en paz, seguía trabajando sin descanso, daba una vez más el impulso para que el pueblo reiniciara su lucha de liberación. Por otra parte, así como en 1948 sus poemas habían circulado «bajo las alas clandestinas de mi patria», reemprendían de nuevo el vuelo épico, en los labios mudos de los oprimidos de ahora, con vigor profético para 1973.

Había, pues, una vinculación con la literatura chilena precedente, como lo prueba asimismo la circunstancia de que importantes escritores participaran muy pronto en denunciar los crímenes de la dictadura. Armando Uribe Arce y Hernán Valdés, de quienes hablaremos en seguida, son los casos más obvios. Pero junto a ello había también una corte, una ruptura, en que gente muy distinta, no venida precisamente de los dominios de la literatura, pasaba a integrar esta labor creciente de denuncia.

Aprehender el género testimonial no es cosa fácil. Las incursiones en la tradición literaria permiten situar obras señeras en un grupo al cual es inherente una función testimonial, como la Apología platónica sobre el juicio y la muerte de Sócrates o los mismos Evangelios. Lo esencial parece ser aquí el elemento de testigo, del sujeto que ve y testifica; y no hay que olvidar que testigo, en el griego clásico o en koiné, se decía «matyr» (3) . La simple mención de estas obras de duradera gravitación en la historia espiritual de la humanidad pone a la vista otro elemento constitutivo en esta serie de escritos: el que se refieran a un suceso que provoca una profunda conmoción en el ánimo del testigo, ya por su fuerza dramática, ya en virtud del efecto de revelación sobre la fe o la ideología de quien contempla y comunica su mensaje. En este sentido tal vez el testimonio más profundo y poderoso de la Antigüedad no sea otro que el Libro de la Revelación, ese Apocalipsis que cierra la Biblia y que se convertirá en instrumento de utopía para todos los revolucionarios pre-modernos (4).

Nazca de la conmoción ante la masacre de cristianos desatada por Nerón, como quería E. Renán (5); sea efecto de la destrucción del templo de Jerusalén por las armas de Tito, o de los incendios de la ciudad de Lyon, como otros quieren; o haya sido escrito más bien hacia fines del siglo i, como reacción ante las persecuciones de Domiciano, según parecen probar las investigaciones más recientes, lo cierto es que la visión de Patmos resulta ser una de las primeras grandes cristalizaciones del horror y de la esperanza. No por nada el Joven Engels, en una de sus tempranas cartas a Marx, comparaba la situación de los primeros grupos obreros, perseguidos implacablemente por los gobiernos europeos, con la condición de los primitivos cristianos en las catacumbas romanas (6).

Vale la pena señalar que las más importantes obras con aspectos testimoniales de la Antigüedad o de la Edad Media se orientan en sentido ético o religioso, pues incluso cuando San Agustín reflexiona en La ciudad de Dios sobre la invasión de Roma por los bárbaros del Norte, lo hace integrando los hechos en el esquema providencialista que caracteriza su filosofía o, más bien, su teología de la historia. A medida que se instaure y desarrolle la época moderna, el núcleo histórico de aquello sobre lo cual se atestigua irá independizándose, tenderá a cobrar relieve, destacará sus duras y crueles aristas, dejando al testigo indefenso y a veces desesperado ante la brutal y avasallante «fuerza de las cosas».

En nuestra área continental, la de América Latina, esto se evidencia desde muy pronto y en colosales magnitudes. Dos de las grandes figuras del siglo XVI, el siglo de la conquista española, muestran hasta qué punto este fenómeno histórico condicionó el ánimo y la sensibilidad de sus mejores protagonistas. Alonso de Ercilla y Zúñiga, el autor de La Araucana (1569, 1578 y 1589), describe horrorizado las matanzas que producen en el campo de los indios las armas genocidas del caballo y de la artillería. La experiencia de este caballero cristiano que ve su propia arma alejarse del ideal de la guerra cortés y ser instrumento sin igual de masacre posee en su epopeya un pathos incomparable:

Aún no eran bien los tiros disparados cuando,
por verse fuera en campo raso,
los caballos a un tiempo espoleados
rompen la entrada y ocupado paso,
y en los segundos indios que, ovillados
estaban como atónitos del caso,
hacen riza y mayor carnicería
que pudiera hacer la artillería. (...)

Quiera aquí despacio figurallos,
y figurar las formas de los muertos,
unos atropellados de caballos,
otros los pechos y cabezas abiertos;
otros, que era gran lástima mirallos,
las entrañas y sesos descubiertos;
vieran otros deshechos y hechos piezas,
otros cuerpos enteros sin cabezas.

Las voces, los lamentos, los gemidos,
el miserable y lastimoso duelo,
el rumor de las armas y alaridos hinchen el aire y cóncavo del cielo:
luchando con la muerte los caídos,
se tuercen y revuelcan por el suelo,
saliendo a un mismo tiempo tantas vidas por diversos lugares y heridas.

Con mayor fuerza aún, con un celo que impregnará toda su vida haciendo de ella un solo propósito tenaz en defensa del indio americano, Las Casas será el testigo por excelencia del drama de la conquista. En todas sus obras, pero especialmente en la Historia de las Indias (que empezó a redactar en 1527) y, más que nada, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias (empezada en 1542 y publicada en Sevilla en 1552), el Apóstol entablará una intensa acusación al colonialismo español. Panfleto anticolonialista, la Brevísima relación será por ello el primer documento sobre la tortura, sobre la violencia sádica y brutal contra el indígena. Con cifras de pesadilla, que poseen una fluctuación como de delirio, la pupila horrorizada del testigo describe el sufrimiento infligido a los indios de la isla La Española: «Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores (y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban a otros), y porque daban muy grandes gritos, y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen; y el alguacil, que era peor que verdugo que los quemaba (y sé cómo se llamaba, y aun sus parientes conozco en Sevilla), no quiso ahogarlos; antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen, y atizóles el fuego hasta que se asaron despacio, como él quería. Yo vide todas estas cosas arriba dichas, y muchas otras infinitas» (7).

Diálogo platónico, relatos evangélicos, visión apocalíptica, diseño épico, crónica anticolonialista: se ve que la función testimonial puede coexistir con diversos géneros, en ropajes y envolturas diferentes. El contenido testimonial es así una energía que puede cristalizarse en manifestaciones variadas, aunque resulte en ciertos casos constreñida por las limitaciones del género. En este respecto es muy característico que sólo a partir del siglo XIX, en esa zona de transición situada entre las grandes revoluciones burguesas y las nuevas revoluciones proletarias, el género del testimonio comience a perfilarse con rostro propio, no pleno ni completo sin duda, pero sí con rasgos más vigentes y contemporáneos. Desde este punto de vista, las obras de Marx sobre la revolución de 1848 y sobre la Comuna de París poseen, además de su incuestionable riqueza analítica, un fuerte costado testimonial. Es en Marx donde de modo ejemplar y definitivo la claridad política y el pathos denunciador se entremezclan fecundamente, produciendo un modelo nunca igualado, pero que operará como guía y norma de ulteriores actitudes testimoniales. Y es también significativo el hecho de que los dos máximos escritores latinoamericanos del siglo XIX: Sarmiento y Martí, hayan escrito, uno, un texto como el Facundo (1845), en que denuncia la dictadura de Rosas, y, otro, el primer testimonio latinoamericano en sentido estricto y actual. En efecto, El presidio político en Cuba, escrito por Martí, luego de su encarcelamiento por parte de las autoridades coloniales de la isla y publicado con posterioridad en España, es un documento de aire muy moderno, por tratarse casi de un estudio psicológico v social destinado a comprender la situación del grupo de prisioneros. Por lo mismo, y con perfecta secuencia histórica, hay que enfatizar el que haya sido la revolución cubana, a través de su organismo cultural «Casa de las Américas», la que definiera el testimonio como una nueva modalidad político-literaria, apta para captar las condiciones histérico-sociales de América Latina en su etapa más reciente; precisamente la etapa que inaugura ella misma, con su triunfo de 1959.

Esta fase del testimonio contemporáneo, o testimonio propiamente tal, como convendremos en llamarlo, supone la existencia del periodismo como actividad institucionalizada y el impacto profundo del marxismo en la conciencia colectiva de la humanidad. Son los instrumentos práctico e intelectual, sin los cuales no es posible la constitución y la difusión del testimonio. Los primeros testimonios --y el caso parcial del Facundo sarmientino lo muestra muy bien-- necesitan de la prensa libre, de la verdadera prensa libre, que es la que lucha, por ejemplo, contra las dictaduras. E implica no la «objetividad» de la falsa prensa libre, sino un compromiso activo y abnegado en pro de la verdad, de la razón, una identificación con el lado concreto de la justicia. Muchos testimonios contemporáneos, surgidos al calor de los más decisivos acontecimientos históricos que ha visto nuestro siglo, son reportajes comprometidos, hechos por militantes o por hombres dotados de conciencia social. Mencionemos solamente, entre los más conocidos, el de John Reed sobre la revolución soviética: Diez días que conmovieron al mundo; el de Julius Fucik, comunista checo víctima del fascismo alemán: Reportaje al pie del patíbulo (ambos libros fueron reeditados por la Editorial Quimantú durante el gobierno de la Unidad Popular), y ahora, muy recientemente, el admirable reportaje sobre los hechos de Etiopía, de que es autor el escritor y periodista cubano Raúl Valdés Vivó: Etiopía, la revolución desconocida (La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1977).

II

Los innumerables testimonios político-literarios surgidos con ocasión del golpe militar de 1973 y sus inmediatas consecuencias participan de los caracteres mencionados. Sujeto individual, testigo y a veces víctima de la misma situación que se describe; magnitud histórica en la derrota de una revolución que el sociólogo uruguayo Carlos M. Rama ha calificado como «uno de los episodios más originales de la historia de las luchas sociales en el mundo entero» (8), y encauza-miento a través de diversos géneros o impregnación parcial de los mismos, son los ingredientes que caracterizan la actividad testimonial de los autores chilenos.

A continuación me referiré sólo a algunas obras de autor chileno, no teniendo en cuenta valiosas contribuciones realizadas por estudiosos extranjeros. Entre éstas sí me gustaría citar, aunque sea de pasada, un folleto sobre el golpe militar, escrito en México por el sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva, quien había vivido por algunos años en Chile como exiliado bajo la Unidad Popular; el libro, gráfico e informativo, de Carlos M. Rama: Chile: mil días entre la revolución y el fascismo (Barcelona, Editorial Ariel, 1976). Dejando de lado entonces éstas y muchas otras contribuciones extranjeras, me circunscribiré a algunos testimonios de autor chileno que he podido leer.

Las condiciones creadas por la dictadura fascista tienen, como consecuencia inmediata no desdeñable de tener en cuenta, la vuelta de la escritura a un punto cero. En el desierto cultural que la Junta Militar intenta imponer a sangre y fuego ya no existen más las diferencias entre lo político y lo literario (esas diferencias que en los buenos tiempos democráticos eran materia de infinitas controversias escolásticas). El simple hecho de escribir es ahora literario y político a la vez. Todo retorna a la raíz común, a la raíz común del lenguaje, la de ser expresión; es decir, lo opuesto y lo que está en los antípodas de la opresión. Quien se expresa en Chile, a partir del 11 de septiembre, a condición de que se trate de una expresión real, comete ya un acto político; y esta expresión clandestina, entre los allanamientos, los helicópteros y la quema de libros, es la cuna indiferenciada de la protesta en medio del cementerio colectivo que la represión instaura por dondequiera.

La primera forma de testimonio será entonces la noticia de lo que está ocurriendo. El simple y difícil acto de hacer salir una noticia del país, que dé cuenta de los abusos de la Junta, se convierte en un testimonio de inmensa valía. Hernán Valdés nos cuenta en Tejas verdes (9) su afán por hacer llegar elementos de información al Tribunal Russell. Claude Laugénie, amigo francés, profesor de Geografía en la Universidad de Concepción --hombre que se jugó entero, atravesando muchas provincias del país, para trasladar a los perseguidos hasta la Embajada de Francia--, enviaba regularmente, desde octubre de 1973, informaciones al diario «Le Monde». Daban cuenta, por ejemplo, del asesinato de los dirigentes populares de la zona del carbón: el minero Isidoro Carrillo; el alcalde de Lota, Danilo González; los trabajadores Bernabé Cabrera y Mario Araneda. . El hecho era escueto: nombres, funciones, edades cuando se las conocía; fecha y hora del fusilamiento... Nada más. Que la noticia saliera hasta la opinión pública internacional era en sí ya algo político; que la noticia fuera sin adornos, seca y precisa era el único posible aspecto «literario» de la información.

Otras veces la experiencia sólo pudo ser narrada más tarde, en las condiciones de libertad que en Chile no regían. Tal, por ejemplo, el admirable y emotivo recuerdo leído por Hernán Loyola en una sesión plenaria del Congreso de Hispanistas de Bordeaux (septiembre de 1974), donde el crítico literario del diario «El Siglo» narró con detalle el entierro de Pablo Neruda, primer acto de la resistencia chilena contra la dictadura.

Uno de los primeros escritos que pude conocer durante mi estancia en Francia fue la traducción francesa del libro de Carlos Cerda: Genocide au Chili (París, F. Maspero, 1974), publicado un poco antes en Colombia (Bogotá, Ediciones Sudamericana, 1974). El diputado y miembro del Comité Central del Partido Comunista de Chile había podido evitar la persecución asilándose en la Embajada de Colombia. Luego de describir en forma rápida y sintética, pero muy precisa, las terribles condiciones generadas por la dictadura, el autor echa una última mirada al país que tiene que dejar. Escribe:

«Los autobuses se detienen un momento. Hemos llegado al barrio residencial, en la Avenida Américo Vespucio. En la esquina hay un supermercado y un quiosco de diarios. Una mujer joven, rubia, camina lentamente, empujando un cochecito de niño; se detiene y lee los grandes titulares de los periódicos. En "La Tercera" se ve a tres militares, teniendo cada uno un feroz perro policial: "Con perros se persigue a los extremistas." La mujer compra "La Tribuna", el diario de los fascistas, y sigue su paseo tranquila después de haber acariciado a su niño. Es feliz. Está serena. Durante tres años estuvo aterrorizada, asimilando la propaganda fascista; los militares la han salvado de esa pesadilla. Pertenece a esa minoría que se siente liberada. Pertenece al mundo hermoso, rubio y limpio, que ha puesto banderas chilenas en las fachadas de sus lujosas mansiones. A ese mundo que Víctor Jara pintó en esa canción en que habla de las "casitas del barrio alto". Hoy Víctor Jara está muerto. Con toda la sangre derramada, la elegante avenida podría transformarse en un gran río rojo. Y la alta sociedad caminaría tranquilamente por las aceras, miraría los títulos de los diarios sin verlos, miraría a los hombres de rostros afligidos sin verlos, se mirarían entre sí sin verse. Para matar de este modo, para que el crimen sea perfecto es necesario primero enceguecer. La mujer da vuelta la esquina y desaparece lentamente. Más allá la gente pobre, "el pueblo", como dice Neruda, espera horas enteras para comprar pan. "Cada chileno, un soldado." La madre joven del barrio residencial, enceguecida por la propaganda, y el poblador hambriento que espera desde dos días en la puerta del estadio para saber si su hijo está o no en una isla, si está vivo o si ya ha sido asesinado. «Cada chileno, un soldado» es el sueño siniestro, y afortunadamente imposible, de los generales fascistas. Llegamos a Cerrillos; sobre el muro que está iluminado se ve una inscripción pintada la noche anterior, con riesgo de la vida: "Abajo los fascistas asesinos. El pueblo vencerá"» (10).

Seguía al libro de Cerda un valioso dossier documental, con declaraciones de ciudadanos colombianos y chilenos víctimas de la represión, y con los textos más importantes de los primeros días de y posteriores al golpe: «A los pueblos: por Chile», llamado de los dirigentes de la Unidad Popular; las últimas palabras del presidente Allende; el discurso de Fidel Castro en homenaje a Salvador Allende, pronunciado el 28 de septiembre; la última canción de Víctor Jara en el Estadio Nacional, y el poema de Pablo Neruda, al que ya nos hemos referido.

No he podido consultar hasta la fecha, sino por citas parciales, el libro de Rodrigo Rojas: Nunca de rodillas, publicado en Moscú en 1974. Se trata, al parecer, de una vibrante requisitoria contra la Junta y sus crímenes.

El aporte de Armando Uribe: El libro negro del imperialismo en Chile, que circuló primeramente en versión francesa (están, además, el original español editado en México y una traducción al inglés), es de enorme interés. No sólo porque su autor, escritor y poeta, expresa con transparente elegancia su pensamiento, sino porque también, como jurista de profesión, tuvo acceso a repliegues y entretelones en el intercambio entre círculos norteamericanos y el gobierno de Chile en tiempos de Frei. Puede revelar así, en cuanto asesor técnico que fue de misiones demócratas-cristianas en los Estados Unidos, detalles y mecanismos muy secretos en la colusión de los militares traidores y sus amos del Pentágono. Por otra parte, es interesante dejar constancia de que Armando Uribe, cuando ocurrió el golpe, se desempeñaba como embajador del gobierno de la Unidad Popular ante la República Popular China. La camarilla china en el poder le infligió inmediatamente un trato humillante, para alinearse política y luego económicamente junto a la dictadura fascista. Era el primer paso en una política internacional escandalosa, que tendrá su secuencia muy pronto con Portugal, Angola, Etiopía, Zaire y, ahora mismo, con Vietnam.

Aspectos testimoniales en sentido propio cubren e irrigan buena parte de la poesía publicada fuera de Chile desde 1973. Tal sucede con el libro de Ornar Lara: Oh buenas maneras, ganador de un premio de poesía en el concurso organizado por la «Casa de las Américas», y también en la obra de Osvaldo Rodríguez: Diario del doble exilio (Praga, 1975), publicado en edición checo-española. El factor testimonial aflora en esta poesía de manera diversa, ya en tono menor, ya con ironía, con referencia a veces a la cotidianeidad del exilio y, casi siempre, con una profunda ternura por el país ausente. Dentro de Chile, y antes de salir, fueron escritos magníficos poemas por Waldo Rojas, que constituyen una visión alucinante y nocturna sobre la carnicería fascista; y el mismo Oscar Hahn, poeta de los más vigorosos con que cuenta Chile hoy día, prisionero también de la Junta por varios meses, admite en los últimos poemas de su Arte de morir una evidencia de sabor testimonial (11).

En cuanto al ámbito narrativo, en ninguna obra es más perceptible esta dimensión testimonial que en la novela de Fernando Alegría: El paso de los gansos (Madrid-Nueva York, Ediciones Puelche, 1975). Ambientada en las últimas horas del presidente Allende, recogiendo testimonios de los primeros días del golpe militar contra el gobierno legítimo de la Unidad Popular, la obra de Alegría se alza como un alto documento sobre los mejores hombres que cayeron en esas jornadas. Y también como denuncia de los esbirros que traicionaron y masacraron a un pueblo completamente indefenso.

El autor estaba en Chile cuando sobrevino el putsch. En este sentido, sus páginas poseen un innegable valor de testimonio personal. Refugiado en un convento católico (como si la barbarie fascista hubiera hecho retroceder la historia a tiempos medievales), pudo ir siguiendo de cerca, por las noticias que escuchaba y la gente que allí llegaba en análoga condición de perseguida, lo que a su alrededor estaba pasando y que se configuraba ya como uno de los peores genocidios cometidos durante este siglo en América Latina. El testimonio personal se convierte entonces en un documento de ancha significación, pues va recogiendo la angustia y el sufrimiento de seres muy distintos y se eleva así a constancia de su incomparable dignidad.

Las paradojas del Alegría-escritor no son escasas. Este profesor de Berkeley y Stanford, que ha vivido gran parte de su vida en los Estados Unidos del Norte, es al mismo tiempo un tenaz habitador de su patria, un buceador de lo que él mismo ha llamado las «esencias populares» de Chile. No ha debido transformarse en un hombre ajeno a su país, si se tiene en cuenta que durante la campaña presidencial de 1964 uno de los discos más oídos en los locales políticos de los partidos populares era su poema Viva Chile, mierda... Los asistentes lo escuchaban siempre con visible interés y emoción. En ese poema estaban contenidos los mejores aspectos del arte de Alegría, su firme elemento de perduración: el olor íntegro de la miseria de nuestro pueblo, su heroísmo cotidiano ante la explotación y la desgracia. Esa voz que junta los terremotos con el vino hosco de los borrachos, las poblaciones callampas y los temporales de un cielo siempre enemigo capta en plenitud, sin duda, la tragedia de tantas vidas sepultadas en una tierra sin aire y sin luz.

Pero este poeta de excepción es, sobre todo y constantemente, un narrador. Vinculado al grupo literario del 38, su trayectoria como novelista empieza cuando asoma al mundo el Chile moderno, el Chile nacido en los años del Frente Popular. Este país, que ensaya a fines de la década del 30 una fórmula política que sólo tuvo lugar, con resultados diversos, en la España republicana y en la Francia de pre-guerra, genera una literatura que refleja bien la alianza establecida entre las capas intelectuales y las posiciones de la clase obrera. Por primera vez puede hablarse en Chile de un autor realmente proletario, pues Nicomedes Guzmán lo fue en verdad y sus obras expresan, por encima de sus mismas limitaciones estéticas, la presencia de una nueva clase en el espacio cultural del país. En esos años surgen también dos valiosos escritores: Carlos Droguett y Fernando Alegría, con instancias ideológicas cristianas el primero y la presencia en el último de un marcado populismo social.

Las dificultades para otorgar a El paso de los gansos un encasillamiento genérico, para determinar la forma y la naturaleza de esta obra, brotan de sus variadas componentes. Incluso las fotografías del final no parecen ser un agregado adventicio, sino pertenecer a su cuerpo narrativo, hablar el mismo lenguaje de desesperación y de denuncia. Reportaje, memorias, entrevistas, fragmentos líricos, todo cabe dentro de las fronteras de este lenguaje multidimensional. Por la altura de los tiempos en que la obra se inserta, ella desarrolla una amplia reflexión sobre el destino de Chile, sobre el sentido de una vida colectiva cegada temporalmente en septiembre del 73. Vasta mirada retrospectiva a una historia que se hunde, sin sortear a veces el comentario político directo. El paso de los gansos avanza esa otra línea de actividad intelectual de Alegría: la del ensayista y el crítico que también es.

Lo que predomina en la crónica (llamémosla así) de Alegría es una visión a medio filo. Me explico. No son sólo las brumas del aterrizaje, que pone todavía un suelo móvil y movedizo bajo los pies del recién llegado; no es sólo la agitación y el dinamismo de una historia que se hace vertiginosa. Es también el trazado fragmentario de las figuras, esbozos que se insinúan y se borran; es la congruencia y la muerte, en suma. Galería viva de personajes muertos; cementerios y calles habitados por la misma muchedumbre... Fin de un período de profunda libertad, preámbulo de la dictadura:

«Allende desciende al mausoleo que tiene color de invierno porteño. Humos y neblinas y vientos marinos. Las higueras secas en los cerros, los mojados eucaliptus, la tierra roja de quebradas y colinas, alguna bocina lejana, esas fueron las marcas vagas, perdidas, de su funeral. El ruido de cadenas que bajan el ataúd, los rifles y cables de los uniformados, las voces de mando en la primavera que abortó, el avión viejo, tiznado, con una estrella opaca, todo parece distorsionado en la bruma. Desde los muelles, los letreros en trapo rojo flamean goteando, borrándose» (p. 18).

Desde esta historia que desciende bajo tierra y que se borra por un largo día doloroso, Alegría comenzará a rescatar jirones, manchones casi, de conciencia y de vida. Es a un continente hundido de otra época al que el autor se asoma, trayéndonos, «como un ramo de verdades sumergidas», la presencia intermitente de Salvador Allende. Momentos sólo, escenas antes del desenlace.

Por un montaje rápido e impredecible, siempre hábil, Alegría va superponiendo un mediodía en la calle de la Guardia Vieja, la antigua residencia privada de Allende, a una mañana en el palacio presidencial de Viña del Mar. Los niños que pasaban allí sus vacaciones, en la casa del presidente que moriría por ellos, ponen un destello de luz que se junta con el viento y la frescura del mar. Son retazos, vestigios de contactos y conversaciones, a través de los cuales va emergiendo el rostro y la silueta de Allende. Crecido interiormente, más maduro, sabiendo paso a paso la dirección de su destino. Desde el político va naciendo el héroe, pero éste ya estaba en él, es aupado por aquél. Es el mismo y es otro, desde 1964 a 1973, ese hombre que buscó desde 1938, y aun antes, desde 1933, contribuir a liberar a Chile de la miseria, la explotación y la dependencia.

Alegría va rodeando los hechos, recurre a diarios y noticias, va presionando las mentiras para sacar a flote la verdad. Por eso el cuerpo de Allende no resulta en su novela-testimonio un artificio estatuario ni un cadáver embalsamado... Y es que con los restos de la Moneda se reconstituye la figura íntegra que Allende siempre fue.

Sólo a veces vemos, en el cielo que estas páginas describen, «el paso de los gansos». ¿Qué representan ellos en realidad? ¿Helicópteros destructores de la Fuerza Aérea, que pulveriza para siempre un símbolo y un mito? ¿Torpe desfile militar en que la voz humana es ahogada por el ruido de las botas? ¿O más bien otra cosa, aves que auguran un tiempo diferente para el país?

El enigma es posible que se resuelva más pronto que tarde, pues ya comienzan los chacales de la Junta a devorarse entre sí. El fascista Leigh, que declaró en la reunión constitutiva de la Junta Militar «extirpar el cáncer del marxismo» de Chile, ha debido conformarse con ser extirpado de la Junta. Ha amenazado con quejarse, pero todavía no da orden de bombardear el edificio «Diego Portales», sede de su compinche Pinochet. Y este mismo no ha dudado en sacrificar a los suyos, encarcelando a su compinche Manuel Contreras, el ex jefe de la Dina, directo responsable y planificador del asesinato de Orlando Letelier en Washington, D. C.

III

Entre los escritores que más coinciden con lo que se espera de un testimonio político-literario destacaré dos: Prisión en Chile (México, Archivo del Fondo, 1975), de Alejandro Witker, y Tejas verdes (Barcelona, Editorial Ariel, 1974), por Hernán Valdés. En muchos sentidos son distintos y aun opuestos; pero ambos atestiguan, a su modo, acerca de las condiciones existentes en los campos de concentración abiertos por el fascismo.

Witker es profesor de Historia de América Latina. Estudió en Chile y en el Colegio de México. Cuando sobrevino el golpe ocupaba el puesto de director del Consejo de Difusión en la Universidad de Concepción. Había viajado recientemente, en razón de su cargo cultural, a la Unión Soviética y a Cuba. Esto bastó para que la Junta viera en él un enemigo peligroso. Hecho prisionero el 14 de septiembre de 1973, estuvo en el campo de concentración de la isla Quiriquina, en la prisión militar de la Base Naval de Talcahuano, en la prisión pública del Estadio Regional de Concepción y, finalmente, en el siniestro campo de concentración de Chacabuco, en medio del norte helado y ardiente de Chile. Fue liberado el 6 de septiembre de 1974 --¡casi un año justo de cautiverio!--, en virtud de la presión llevada a cabo por la solidaridad internacional. Ahora está en México, gracias a la fraternal hospitalidad que siempre ha brindado el pueblo mexicano a los refugiados políticos de las dictaduras y fascismos en el presente siglo.

Así como O'Higgins y Carrera, en sus campañas por la independencia, fueron conociendo palmo a palmo la tierra de la patria que comenzaban a fundar; así como Recabarren fue extendiendo la conciencia de la clase obrera por todos los rincones del territorio nacional, así también este recorrido de cárceles que Witker y millares de chilenos han debido soportar es un modo de contacto, real y profundo, con la vida de nuestro pueblo. «Larga era la caravana humana que en 1973 y 1974 recorrió casi Chile entero, en autobús, avión, barco, tren, a pie...», escribe Galo Gómez, ex vicerrector de la Universidad de Concepción, quien prologa el libro, prisionero también por largo tiempo de la Junta fascista. A esas cárceles, a esas prisiones llega --junto a los intelectuales perseguidos-- lo más digno y lo mejor de nuestro pueblo, sus hombres más conscientes y politizados. Campesinos que traen pegado a los ojos el horror de la represión desatada por los dueños de fundo, esa vendée sórdida y cobarde cuyo «héroe máximo» llegó a ser el hacendado Rolando Matus, muerto de un ataque al corazón cuando sus peones tomaban pacíficamente posesión de las tierras que les pertenecían por trabajo hereditario; obreros que han visto el bombardeo de las poblaciones y centros de trabajo en Santiago y en el sur del país...

Gran parte de la claridad que el libro posee proviene de que Witker recusa el análisis institucional de algunos sectores sociales y asume una estricta perspectiva de clase. Es lo que ocurre en los casos de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia Católica. Uno de los episodios más conmovedores de este testimonio es el momento en que los presos de Chacabuco atienden y tratan de salvar la vida a un joven soldado que había sido herido con su propia arma (p. 123). Ese soldado, ese carcelero --los presos lo saben-- pertenece también al pueblo, y no hay que dejar que el enemigo de clase que arrebató su conciencia se apodere también de su muerte. Finalmente, pese a los esfuerzos desplegados, el muchacho muere, pero muere en los brazos de sus hermanos de clase. De este modo, por una curiosa ironía que habla muy alto de la moral de los condenados al infierno de Chacabuco, las propias víctimas salvan y ennoblecen, en su muerte, a quien en vida fue un inocente e irresponsable verdugo. Salvan su alma, no en términos cristianos, sino en sentido social, pues rescatan su cuerpo --desnudo ya y sin el uniforme avergonzante-- para la clase que le dio ser y existencia en el mundo.

El libro aporta igualmente lecciones de unidad con las fuerzas cristianas reprimidas por la Junta Militar. Ya Recabarren comprendió, con inimitable claridad, que la división por las ideas religiosas sólo podía favorecer a las clases explotadoras. Por lo demás, no debe olvidarse que el cristianismo social fue un factor tempranamente influyente entre las capas artesanales de Chile durante el siglo XIX. En la sociedad de la igualdad, fundada por Francisco Bilbao y Santiago Arcos, junto a elementos de socialismo utópico, están presentes las ideas de Felicité de Lammenais, que se difunden también, a fines de siglo, en las faenas salitreras del desierto nortino. Sólo después de 1891, derrotada la política nacionalista del presidente Balmaceda, la iglesia comienza una labor divisionista en el movimiento obrero creando organizaciones paralelas para contener el avance de las clases trabajadoras. De ahí que el análisis que Witker hace sea justo y responda al sano precepto evangélico: «Por sus frutos los conoceréis.» Pues así como hubo, en la persona del cura Hasbún, un farisaico teólogo del golpe, hay también el esfuerzo y el sacrificio de tanto sacerdote católico, dignamente representados, en lo alto de la jerarquía eclesiástica, por el cardenal Raúl Silva Henríquez.

Hay muertes en este libro, hay mucho sufrimiento; aunque siempre asoma un filón de optimismo, la esperanza cierta de que, por voluntad del pueblo, llegará muy pronto la hora de un nuevo Chile. Sí, hay sangre, hay quemaduras en esta Prisión en Chile, pero hay también un cauce de agua fresca, que es la sombra y la luz para un futuro cercano. Hay momentos que, por su gracia popular y por el manejo del lenguaje criollo, pueden analogarse a hallazgos de García Márquez. Tal, por ejemplo, ese personaje que en el campamento andaba siempre «dateado», pero que no «apuntaba» una (p. 87). O el estupendo retrato de Juanito, retrato dignísimo y sincero de un hombre del pueblo indígena:

«Juanito era un mapuche consciente y orgulloso de su raza. Durante varios días nos disertó sobre varios aspectos de la vida social y cultural de su pueblo. Nos transmitía una cosmovisión que reflejaba el "desarrollo combinado" que tenía en la cabeza: el hombre creía que de un cabello se podía hacer crecer un culebrón alimentándolo con leche y con el cual algunos hacían pactos con el diablo (...). Nos habla de terribles "cueros" que había en los ríos del sur y que atacaban al hombre (...); nos daba una imagen fantástica sobre la masonería (...). Pero al mismo tiempo nos asombraba con sus conocimientos sobre la historia de la conquista de América, de la resistencia de Lautaro, del despojo de las tierras de sus antepasados en la república (...).

Una vez que alguien le preguntó si estaba cansado de tantos meses preso, Juanito replicó con voz categórica:

--Mi pueblo luchó varios siglos contra el colonialismo español y yo voy a estar cansado cuando recién comienzo a pelear contra el imperialismo norteamericano (...). No, compañero, esta pelea recién comienza (...).

Juanito daba clases de lengua mapuche y leía con extraordinario interés cuando la cosa relacionada con su raza salía de la prensa, en algún libro que circulaba; siempre con el sombrero puesto, alegre y firme como un roble» (pp. 94-95).

De este modo, Witker comprueba una vez más que para escribir bien se necesita apenas dos cosas sencillas: sentir hondo y pensar claro. Pero, como el socialismo según Brecht, esto es lo más fácil y lo más difícil de realizar. En sus mejores momentos, que se dan a cada paso, este documento de la represión alcanza una profunda transparencia, amarga e iracunda sin duda, pero también segura en el triunfo inevitable del pueblo de Chile.

Por su temple vital, duro y optimista a la vez; por el vigor con que el autor condena la brutal tiranía a Pinochet; por la energía y pasión con que su testimonio baja --y sube-- a los cauces más hondos de nuestro pueblo; por el humor sano, esa gracia saludable que el libro exhala aun en los momentos más terribles; porque la muerte innumerable de sus amigos no entenebrece su voz, sino que la fortifica, engrandeciéndola. Por todo ello, este libro es ya un testimonio perdurable de la sangrienta represión que ha vivido y sigue viviendo la sociedad chilena. En un tiempo más («más temprano que tarde», dijo Salvador Allende), cuando Chile, por necesidad de la historia y por voluntad de su gente, sea ya un país democrático, entonces estas páginas serán leídas por los jóvenes felices y serenos que aprenderán así a conocer estos años amargos de su país. Será entonces el de Witker un clásico cierto de nuestra cultura, un clásico ligado al filo más doloroso de la historia, no escrito por mero prurito estético, sino para ser un arma de claridad, un instrumento eficaz y percutiente de denuncia. Y es que Witker ha sentido hondo la tragedia de su pueblo, la ha vivido en su carne y en su espíritu. De ese hondón de experiencias ha surgido este manifiesto de unidad que llama sencillamente, pero con firme convicción, a que los sobrevivientes respeten el legado de los muertos, creando un amplio frente antifascista que termine y eche abajo a la dictadura.

Muy distinto, lo hemos dicho, es el testimonio de Hernán Valdés. Obra de un escritor profesional, que se declara explícitamente como no militante político, aunque con simpatías por la izquierda, y como allendista, que no oculta sus problemas sentimentales y la crisis psicológica, en medio de la cual lo sorprende la detención por la DINA, Tejas verdes se revela como un testimonio eminentemente subjetivo, con las ventajas y las limitaciones que ello implica. Subjetivo incluso en el sentido extremo de restricción a lo más material del sujeto, el cuerpo y sus compulsiones. En este sentido domina en todo el documento de Valdés una fuerte, casi obsesiva, focalización en el cuerpo, como espacio de suciedad y como objeto de la tortura. Pese a esta cerrazón de la mirada y de la atención hay, sin embargo, como una fraternidad animal, pre-política, que se impone muchas veces. He aquí un instante privilegiado de apertura:

«Me doy cuenta, sorprendido, de que en todo este tiempo no he estado nunca solo. De que la constante proximidad de los otros, no sólo de sus cuerpos, sino que sus pensamientos, sus voces y miradas, y la ininterrumpida vigilancia de alguna señal que se refiera a mi suerte, me han impedido pensar un solo minuto en mí mismo. En mi intimidad» (p. 127).

El pasaje es suficientemente ambiguo como para interpretarlo no como un gesto de apertura, sino como queja por tanta promiscuidad. Pero lo característico del testimonio de Valdés es precisamente eso: situarse en un nivel deliberadamente pre-reflexivo, casi sonambúlico. El desenlace es brusco y seco, y el testigo arranca como un fugitivo de la enloquecedora experiencia, del infierno que le tocó vivir.

Llama la atención que muchas veces que se cita este libro de Valdés se recurra al siguiente paso:

«Es muy sorprendente. Los extravagantes, los soñadores, los tibios se transforman aquí en revolucionarios; los revolucionarios, a veces, en corderos» (p. 152).

La elección es mal intencionada, pues no sólo se saca de contexto la cita, sino que se la trunca, ya que el párrafo que ella abre finaliza así, en palabras del autor: «Pero no se puede generalizar» (ibid.). No hay nada en el testimonio de Valdés que permita postular que una de las conclusiones de su experiencia como detenido en Tejas verdes sea lo que acabó de transcribir. Es una formulación momentáneamente desafortunada, que múltiples otros pasajes del escrito refutan abundantemente.

Desde diversos ángulos, desde distintos frentes, estos autores y muchos otros que no puedo comentar aquí (12) entablan una acusación irrefutable a la tiranía de Pinochet. La subjetividad de estos testigos, en mayor o menor grado, ha debido ensancharse, ha debido crecer para ponerse a la altura de la experiencia histórica que les tocó vivir. Es muy ilustrativo, en este punto, el poema de Omar Lara: Homenaje a Allende («Casa de las Américas», n. 104, septiembre-octubre de 1977, p. 84). Con la sencilla profundidad que caracteriza a su poesía, Lara parte de su pequeño recuerdo personal («Lo vi fugazmente en el hotel donde alojaba»), para vibrar en seguida con la grandeza histórica de Allende: «Hoy --usted es también-- una avenida en La Habana. Quizá sea este paso, del pequeño reducto personal a la mesa potente de la historia, lo más peculiar de la función testimonial; la clave de su energía ética, de su persuasión artística y de su valor histórico.

Cuando arrecia la desgracia, cuando el sufrimiento de un pueblo se hace general, cuando se ve morir a amigos y a seres queridos, cuando uno es mutilado de su propio país, convirtiéndose en una arruga seca y miserable, sin tierra y sin horizonte, entonces es difícil no aceptar un sentimiento de catástrofe, no ver el presente con tono y con ropaje apocalíptico. Pero la lucha continúa, debe continuar, se impone necesariamente. Y acaso para las almas estrictamente laicas, que han suprimido de verdad los reinos de consolación y de ilusiones que son la religión y las creencias trascendentes, acaso para esas almas la literatura y el arte cumplan un rol compensatorio, de equilibrio emocional. Justamente porque la literatura y el arte en general son los depositarios de los deseos más nobles del hombre, de sus deseos más «humanos», es posible que ellas, en estas grandes ocasiones funerales, alienten e impulsen una vez más al trabajo político. Es sugestivo, por ello mismo, que Luis Corvalán, en su discurso de Argel, pronunciado en ocasión de la 5ª Sesión Plenaria de la Comisión Internacional de Investigación sobre los Crímenes de la Junta Militar de Chile (enero de 1978), recoja muy centralmente un poema escrito por un compañero de prisión en Ritoque, que en él expresaba su firme confíanza en el destino de su pueblo:

Un hombre loco creyó
poder dominar al Mar...
Levantó muros de arena
y con alambre tapió...
Ningún hombre podrá
jamás dominar al Mar...

Por estos versos simples y sencillos se expresaba toda la impotencia temporal de los débiles, confiados y seguros, sin embargo, en su invencible poder.


Notas:

1. De hecho, el primer documento antidictatorial en sentido estricto son las palabras de Salvador Allende en la mañana del 11 de septiembre. Sería tonto y pobrísimo glosarlas, cuando ellas ya tienen una dimensión histórica gigantesca, en el corazón del mundo entero. Baste señalar, eso sí, dos cosas que nos impresionan profundamente: la insuperable responsabilidad y precisión con que el presidente indica al pueblo cuál debe ser su conducta ante los militares traidores, y esa maravillosa imagen, «de nuevo se abrirán las grandes alamedas», con que se traza y fija el camino futuro.

2. Ver Carlos Cerda: Conocido au Chili, París, Maspero, 1974, p. 131.

3. Cf. A. Bailly, Dictionnaire Grec-français, París, Hachette, 1950.

4. Recuérdese la idea de F. Engels, en Las guerras campesinas en Alemania. sobre la cobertura religiosa de los alzamientos campesinos, y las hermosas páginas que Ernst Bloch dedica a la función del Apocalipsis entre los revolucionarios alemanes, en su Thomas Münzer, teólogo de la revolución.

5. Ernest Renán, L'Antéchriste, París, 1873.

6. No tengo la referencia precisa a mano. La carta debe ser de 1844 y figura con certeza en la Correspondance Marx-Engels, trad. Molitor, t. I.

7. Bartolomé de las Casas, Brevísima relación..., p. 34, Santiago, Biblioteca Popular Nascimento, 1972.

8. Carlos M. Rama, Chile: mil días entre la revolución y el fascismo, p. 12, Barcelona, Editorial Planeta, 1974.

9. Hernán Valdés, Tejas Verdes. Diario de un campo de concentración Chile, p. 16. Barcelona, Editorial Ariel, 1974.

10. Carlos Cerda, Génocide au Chili, cit., pp. 71-2. (Retraduzco desde la versión francesa.)

11. Para poesías del interior de Chile, véase Chili: une culture, un combat. «Europe». núm. 570. octubre 1976, pp. 139 ss.

12. Ver los números, siete hasta la fecha, de Literatura chilena en el exilio, que dirigen y editan Fernando Alegría y David Valjalo.


Editado electrónicamente por Centro Documental Blest el 30may03