Tres novelas chilenas posteriores al 73

Tres novelas chilenas posteriores al 73

Jaime Concha

Jaime Concha es ensayista, autor de numerosos libros de crítica literaria.
Es profesor en la Universidad de Seattle, Estados Unidos.

1. Por mucho tiempo, por un tiempo acaso incalculable, la cultura chilena tendrá que girar en torno al año fatal de 1973. (¿Fatal? Esto lo explicaré más adelante, al hilo del comentario que me sugiere una de las novelas.) Más que una ruptura con todo un pasado predominantemente democrático, 1973 representa un trauma decisivo para la sociedad chilena en su conjunto, trauma que es culminación, por una parte, del esfuerzo por cambiar las estructuras del país y, por otra, punto de partida de la represión, del exilio y de la tiranía en general.

Para responder al acontecimiento y como una serie de reacciones por él suscitadas, se produce dentro y mera del país un intento múltiple de reflexión. Intento tal vez más abundante en cantidad que en lucidez, menos intenso que locuaz, pero que, a pesar de ello, atraviesa todo el mapa intelectual de la nación. Políticos que cantan la palinodia o se empecinan torpemente en evitarla; sociólogos que con mirada experta (¡siempre ha de ser experta la mirada de un sociólogo!) se empeñan aún en hacer la anatomía de una revolución que ellos mismos contribuyeron a enterrar... Es posible que todo este disonante coro discursivo sólo busque escamotear un sordo sufrimiento, el sufrimiento ensordecedor situado, por supuesto, más allá del confort del conocimiento. En todo caso, artistas y estudiosos tratan de evaluar el daño histórico, difícilmente subsanable, que está infligiendo al país una dictadura que tiende más y más a consolidar su engranaje.

2. En el terreno literario, las diversas formas y géneros participan de ese esfuerzo de reflexión. Hay, en todas estas manifestaciones, un apetito por sorprender el secreto de lo que pasó, de lo que permanece todavía, muchos años después, como algo enigmático -la irrupción monstruosa de la Esfinge en nuestra historia. En todo escritor hay una actitud edípica en relación con el 73, no en el sentido de Freud, sino en el mismo sentido en que un Sarmiento, al comienzo de su Facundo (1845), trataba de descubrir el misterio de la tiranía rosista (1). En La guerra interna, que veré a continuación, la niña que se desespera por saber "¿Quién es mi padre?", tiene que escuchar de la boca de un torturador lo siguiente: "Su papá, niñita, es una esfinge. Pero tal vez tenga usted razón. La esfinge devora a los que no saben resolver sus enigmas, dijo alguien que no fui yo" (p. 127). y es que todos estos escritores, oprimidos dentro o exilados en el exterior, comparten un mismo aire de familia, que confiere al año 1973 un sello destructivo de sus vidas, de sus destinos profesionales y, a veces, en contadas ocasiones, hasta de su conciencia política.

Si bien las manifestaciones más numerosas se inscriben en el ámbito de la poesía, los testimonios novelísticos no faltan. Género crítico por excelencia, la novela parece esencialmente dotada para dar cuenta de un fenómeno colectivo de tal envergadura y de las experiencias históricas y cotidianas con él enlazadas. Escritores consagrados bordean el tema (José Donoso) o lo enfrentan de modo más o menos directo (Jorge Edwards en Los convidados de piedra; Carlos Droguen en varios escritos que prepara). Novelas importantes producidas por narradores que viven fuera de Chile son las de Fernando Alegría (El paso de los gansos. Nueva York, 1975;

posteriormente, su novela corta Coral de guerra, México, 1978) y las de Antonio Skármeta, desde Soñé que la nieve ardía, 1975, en adelante. En esta ocasión, me referiré a tres novelas publicadas hacia el fin de los setenta, todas ellas por autores que viven en el exilio. Constituyen una tríada narrativa que, con sus variantes y sus convergencias, proyecta una vivida luz sobre las "fatalidades" del 73.

3. Terminada poco antes de morir (2), la novela de Guillermo Atías es la última de un narrador al que tradicionalmente se vincula con la generación del 38. Generación ligada, en lo internacional, a la defensa de la España republicana; en lo nacional, a la creación del Frente Popular y, en lo nacional e internacional a la vez, al despertar de la conciencia antifascista, la del 38 comunica a la obra de Atías sus principales preocupaciones: interés por los orígenes y por el destino de Chile, perspectiva clasista en la visión de la sociedad, prosa realista con frecuentes elementos naturalistas, etc. Sin embargo. El tiempo banal (1956), primera novela de Atías, ha sido calificada, vaga e inexactamente, de "novela existencial". En realidad, el hecho habla más bien de que en Atías coexistía un hombre afiliado al 38, junto con otro narrador, que permaneció larvado en su obra y que parecía responder a otras solicitaciones temáticas y psicológicas. En cierta medida, como insinúa Claudio Giaconi en una penetrante nota, Atías representa un puente entre los del 38 y los nuevos escritores que van a aparecer en los años 50 y que han sido agrupados, por nuestra historiografía literaria, bajo la designación excluyente de "generación del 50". En todo caso, A la sombra de los días (1965), que explora argumentalmente el clima humano y político de 1938 y, luego, su novela-reportaje, Y corría el billete (1972), escrita en plena Unidad Popular con el propósito explícito de del nunciar el tráfico de dólares y el mercado negro de capitales, ratifican la imagen más bien unilateral de un Atías histórica y estilísticamente ligado al espíritu del 38.

Aparecida solamente en ruso y en francés. Le sang dans la rué (3) anticipa su mensaje desde el mismo título nerudiano. Con todo, nombre y epígrafe -el famoso final de "Explico algunas cosas", en España en el corazón (1937)- aluden a una situación que, aunque sí en el orden temático, no está recogida en el interior del espacio novelesco. Quiero decir que la trama, que comienza con los hechos de diciembre de 1971 -la marcha de las ollas o de las cacerolas vacías llevada a cabo por mujeres de la burguesía, inicio de la violencia fascista masiva en las calles de Chile- y que termina inmediatamente después del golpe militar, con el protagonista asilado en la Embajada de Venezuela, no narra ni describe propiamente "la sangre por la calle", si por ésta se entiende, de acuerdo con la referencia nerudiana, el espectáculo concreto de la represión y la masacre. Aspecto que habrá que tener en cuenta, me parece, pues se resuelve en una oquedad significativa en relación con otros indicios de la novela (4).

El autor forja una perspectiva adecuada para su narración en la figura de un periodista uruguayo (casi argentino por adopción) que hace, al mismo tiempo, de protagonista y de narrador. Perspectiva curiosa, ciertamente, que al par que instaura una justa mezcla de distancia y cercanía con el asunto, estatuye la narración en el plano del entendimiento, de la noticia que busca comprender el hecho y, más abarcadora y profundamente, de la conciencia que se necesita ante un proceso histórico que parece escapar a toda intelección practica.

El periodista se define a sí mismo, con algo de ironía, como un viejo idealista, comparte las esperanzas del pueblo chileno y es, en el buen sentido de la palabra (como diría Machado), "izquierdista". Ha sido enviado a Chile por un editor de Buenos Aires, Pellegrini, que trata de poner en circulación una empresa destinada a informar de aspectos substanciales de la realidad latinoamericana. "Lati-Sur" se llama el proyecto, al que el ríoplatense debe contribuir con su visión de un Chile que vive en esos momentos la experiencia de la Unidad Popular.

No se trata de una óptica "casi virginal", como se ha dicho (5). Por el contrario, el uruguayo tiene suficiente percepción de lo que ocurre en Chile como para interesar con algunos de sus editoriales (los que escribe en Valparaíso, especialmente), a gente del entourage político del Presidente. La presencia del asesor Joan Garcés, que figura varias veces en las páginas la novela, puede ser interpretada en el mismo sentido. Extranjero él también, pero intensamente involucrado en el proceso chileno desde instancias directivas, muestra el grado de conciencia al que se aspira: el de entender los acontecimientos para poder dirigirlos efectivamente.

Y, sin embargo, por una suerte de siniestra paradoja, toda la novela parece destinada a contemplar con perfecta impotencia la marcha irrevocable de la contrarrevolución. Es la "contracorriente", palabra que dará nombre a la edición española y que la única vez que se pronuncia en la versión francesa, está allí justamente para señalar las fuerzas anti-históricas que se imponen victoriosamente en el país. La paradoja que Atías no se cansa de subrayar de mil maneras y que su narrador constata con asombro creciente es que los gobernantes legítimos se hallan en posición de vergonzante defensiva, que los que han triunfado están condenados a resistir, etc. La experiencia está captada de dos modos: el primero, menos importante desde el ángulo de la plasmación narrativa, consiste en las críticas políticas que el hecho provoca. Atías no cuestiona nunca la vía no armada de la revolución chilena, aunque sí insiste sobre su error práctico fundamental, lo que él denomina el "tabú militar". Los ángeles guardianes del comienzo se convierten al final en bestias apocalípticas. Lo decisivo es que Atías logra transmitir la sensibilidad que muchos chilenos compartieron en esos años, la de estar arrinconados y tener el desastre como porvenir. Con una imagen nada original, Atías la concreta en la inmediación del abismo y del precipicio; de un modo tampoco inédito, pero que fue noción física y visceral, yo diría que era una extraña sensación de no poder avanzar ni retroceder, de una parálisis que no era interna ni propia, sino que estaba determinada por la fuerza aplastante de las cosas.

Le sang dans la rué, épica en el fondo de la contrahistoria, da cabida a constantes tentativas de evasión. Son conatos siempre abortados, segados de raíz o abolidos en el curso de su cumplimiento. Aunque nadie puede escapar a la historia y menos cuando ésta expresa la crisis de toda una formación social, la actitud es perfectamente comprensible desde un punto de vista psicológico. El ritmo de los hechos se hace opresivo, su velocidad y aceleración se hacen vertiginosas para sujetos que luchan desesperadamente por reconstruir su equilibrio emocional. Tal es el reflejo, el tropismo de evasión: escapar con cuerpo y mente a una vorágine que es peor que la de la selva, pues no es ciega como la naturaleza, sino que deslumbra con el filo incandescente de la historia.

Salida a las afueras de Santiago, a zonas rurales que encantan todavía Por su tranquilidad; peregrinación a Isla Negra; viajes por la noche a las faldas de la cordillera; y, aún, dentro de la misma pieza de hotel, la posibilidad de la evasión, de hurtarle el cuerpo a la historia. El capítulo 28 es bien revelador. Comienza así: "El término "escalada" me disgusta por e! uso que se ha hecho de él en los diarios recientemente" (p. 197).

Gran parte del capítulo está dedicada a relatar otro aspecto de esta escalada, la participación contrarrevolucionaria de los estudiantes. En medio de esta atmósfera de violencia, el personaje se refugia en su cuarto:

"Un poco más tarde logré reflexionar con algo más de calma. Me gustaba retirarme a mi pieza: eso me ocurría siempre en el hotel, donde gozaba de cierto aislamiento y donde este ambiente desconocido me estimulaba. Este amoblado uniforme, este decorado que probablemente no había cambiado desde la instalación del hotel, tenían a la vez un carácter tenaz y provisional. Por ejemplo esta litografía, con grandes perros sentados en la nieve, al lado de un trineo -paisaje bien poco chileno-, por lo demás..., todo esto ayudaba a relajarme" (p. 200).

Esta "litografía" es como una ventana al más allá, hendidura abierta a lo distante y lo distinto. Pero en seguida la realidad parece recuperar sus fueros:

"Me era difícil, no obstante, olvidar los acontecimientos recientes. ¿Qué hacer? Esta cuestión, que es la propia de toda verdadera revolución, se planteaba actualmente en Chile... Tendido en la cama, sin quitar los ojos del trineo y de los perros, les daba vueltas a estas ideas en mi cabeza y el resultado no podía ser más inquietante" (pp. 200-201).

Se ve que la reflexión se produce en el límite de la evasión. El borde hacia lo otro es el centro de donde dimana la conciencia de la realidad. Por eso, con notable coherencia intelectual y artística, el capítulo se cierra de esta manera:

"Los militares aparentemente hacían orejas sordas a estos cantos de sirena (de la derecha, J. C.), pero tampoco los esquivaban. ¿Se trataba solamente de un tabú? Era difícil decirlo. El trineo estaba siempre allí, colgado en el muro. Y los perros parecían mirarme" (p. 203).

La inversión, intensa y profunda, del decorado, muestra bien el sentido de toda la escena. Por un lado, el espacio se cierra definitivamente. No hay ya ventana, sólo muro y pared. Por otro, es necesario este repliegue para comprender mejor el nudo de la situación, el laberinto en que se estaba. Con palabras del propio Atías: estar "tendido en la cama" para resolver la fundamental cuestión leninista del "Qué hacer".

Estas son evasiones plenas de sentido. Hay otras, las magnas, que son las que suprimen absolutamente el sentido: la locura y la risa. En efecto, Marta, la compañera chilena del personaje, periodista como él, enloquece y se suicida a consecuencias de los vejámenes a que la somete un comando fascista y, más que nada, debido a su impotencia para ayudar a cambiar el curso de las cosas. La de Marta es locura que interioriza, como sufrimiento corporal y psíquico, el espanto de la historia (6) . En esta ventana a lo otro, que Atías clausura rápidamente, hay una vislumbre fugaz de la permutación de la historia en padecer. Sufrimiento ocluido, que es posiblemente el residuo más denso y terrible de la contracorriente histórica, su erosión de llanto. Y la risa -otra faz de la misma renuncia al sentido- se produce, cosa harto significativa, después de una discusión (¡teórica, ideológica!) entre esos jóvenes paladines de la verba encendida que fueron los príncipes de la revolución chilena. La risa del personaje, indomeñable, conduce las ideas, no al reino silencioso de la locura, sino al ruido mefistofélico donde todo el sin sentido revela su sentido: ser cascara, pedantería, majadería sin par. Ya Hegel señalaba, en su "Prefacio" a la Fenomenología, que el prejuicio conservador y el entusiasmo ultra-revolucionario derivan de una misma incomprensión ante lo nuevo (Trad. Hyppolite, I, p. 50 y la nota 99 del trad.).

4. Desde su mismo título, la novela de Poli Délano propone una doble operación, sin duda complementaria, pues En este lugar sagrado (México, Editorial Grijalbo, 1977, 255 pp.), introduce una referencia simbólica y grotesca a la vez a un espacio real, históricamente configurado, que no es otro que el propio país. Aunque seguir su sentido implique mencionar una serie de detalles quevedescos, es necesario hacerlo, por cuanto esta óptica recorre el texto en su totalidad, no sólo en el plano de sus ramificaciones narrativas, sino a través de un grupo de imágenes que contiene in nuce la visión de Délano -de la historia, de su sociedad-. Antes de ello, sin embargo, es útil describir el carácter general de la novela.

Esta puede leerse, en un primer acercamiento, como la síntesis de varias posibilidades novelísticas, actualizadas por la literatura chilena desde el siglo XIX en adelante. El motivo del provinciano en Santiago - suficientemente destacado en el interior del relato, como uno de sus ejes ("Porque érase una vez, en un remoto día, un joven provinciano que llegó a Santiago", es la última frase, subrayada en cursiva, del "Comienzo" de la novela, p. 20)- es bastante antiguo en la narrativa chilena y afinca en condiciones determinadas de la geografía humana del país. Motivo ubicuo en la novela moderna, tanto en el realismo europeo como en el nacional, se presenta aquí, en este caso, en la figura de un joven que llega desde el sur y que se irá apropiando paulatinamente de la capital. La borrachera inicial, gaje de su inexperiencia de la urbe, cumple un papel de escena jocosa y casi tópica en esta clase de novelas (p. 21 y ss.). Al mismo tiempo, y en estricta conexión con lo anterior, asistimos al nacimiento y desarrollo de la conciencia política del protagonista, desde aventuras picarescas y más o menos sórdidas hasta alcanzar una eticidad que, no sin fracturas y medias tintas, representa una nueva etapa en su desenvolvimiento personal. Un aspecto lateral de este mismo proceso, claramente subordinado, es la sucesión de amores y de amoríos del muchacho, sus liasons en la pensión a que llega como candidato a estudiante de Leyes (Iris, Mariela) y, luego, su oscilación entre el mundo de Claudia, con su relativa irresponsabilidad social y el de Teresa, que consolida de una vez por todas su compromiso político. (Curiosamente hallará a la que va a ser su mujer en un baño, es decir, en otro "lugar sagrado" de ésos que dan nombre la novela.)

El ámbito de la pensión, que cubre buena parte de la novela, vincula este relato con temas del naturalismo. Tal sector de mundo había hecho su aparición muy temprano en la cuentística de Délano (ver, por ejemplo "Final", que relata la muerte solitaria de un pensionista ya viejo, en su primera colección Gente solitaria. Santiago, Ediciones Mazorca, 1960, 5" páginas). De hecho, la picaresca estudiantil ha recibido casi siempre, en las letras hispanoamericanas, un tratamiento de tono naturalista. (Recuérdese únicamente, para no abundar en algo bastante conocido. El mal metafísica, de Manuel Gálvez y Un pedido, de Eduardo Barrios.) Este elemento naturalista se une compactamente con los ejes estructuradores mayores de que ya hemos hablado. Hacia el fin de la novela (cap. Dieciséis), tres antiguos compañeros de pensión conversan en lo alto de la capital, en las faldas del cerro San Cristóbal. Beben allí una botella de whisky, que uno de ellos ha traído. La altura sobre el lugar, la posición física sobre él transmiten la impresión de falso dominio sobre una ciudad convulsionada. Han creído por experiencia conocer la capital, pero la ciudad de allá abajo es otra, la de un país desconocido que apenas empieza a aflorar. Simultáneamente, los amigos de otro tiempo descubren los caminos divergentes que han seguido en sus vidas. Dos de ellos han tomado posiciones políticas definidas. Otro, que habían considerado muerto en una masacre, reaparece, simplemente, explicando que dejó el país para escapar de ataduras sentimentales. Todo lo ata ahora al emergente fascismo que se impone con fuerza en el país.

La acción describe una trayectoria inscrita entre la víspera del 2 de abril de 1957 y de el golpe militar de septiembre de 1973. Como desde un fondo y asordinadamente llegan primero hasta el protagonista ecos y chispazos de una historia que le es ininteligible; luego, a medida que el tiempo transcurra, reconocerá que todo en él era inconsciencia, que en la égloga del sur se incubaba el fascismo, etc. El aprendizaje social de que hablábamos se da, entonces, entrelazado con la historia del país, en una época llena de mítines y de huelgas, caracterizada por el movimiento en ascenso de la lucha de masas.

Todo está visto desde una mira narrativa deliberadamente reducida. En efecto, el foco perceptivo y evocativo se limita a un "W.C. de un céntrico cine" (p. 11, passim). El protagonista, encerrado la noche anterior al golpe en el baño de un cine en que veía una película de guerra contra los nazis, revive desde allí su pasado, su llegada a la capital, el clima de violencia que crece y que impera en todo Chile. Espacio significativo, por lo tanto, y en un doble sentido. Se trata de un lugar en que la historia se ve como proyectada sobre una pantalla. Para el personaje, a pesar de su desarrollo político, la historia es ajena, es extranjera, algo lejano en el tiempo y en el planeta. Por otra parte, en este destino final parece culminar la educación urbana del "provinciano en Santiago". Lo que la ciudad efectivamente es no hay que contemplarlo desde la altura, iluminada por los destellos del whisky, sino a través del insomnio en el fondo de la cloaca. Este es el olor real de una ciudad que empieza a vivir bajo el fascismo. "Ciudad ap, mierda", ha anticipado ya uno de los personajes.

En el "W.C.", como se dice en Chile relamida y eufemísticamente (y se pronuncia así, B.C.), el personaje, meditabundo a la fuerza, hace el balance de su experiencia de vida y de la ciudad. Se trata de una verdadera revelación, pues en este póstumo "AWCdario" hay la sabiduría elemental que un país entero nunca pudo alcanzar.

La serie es coherente y sistemática, y no deja resquicio a las dudas. Lugar de los deseos imposibles ("echar por un W.C. la codicia, los más mínimos deseos y tirarles sin remilgos la cadena", p. 34), símbolo sucio de un país de mierda" (p. 97), alternativa de la lucha social entre cagar, si es que se triunfa, y ser cagado, si se es víctima: baste con esto para dar cuenta de la proyección y del alcance organizador del título del relato. Desde este punto de vista. En este lugar sagrado es un suntuoso homenaje a formas coloquiales endémicas en el chileno (v. p. 101), que revelan, de paso, lo excrementicio de una mentalidad. (¡Dime cómo hablas, y te diré quién eres!) Cuando el personaje quiere escribir una carta desde su encierro, lo hace en una "larga y angosta faja" de papel higiénico. El recuerdo de la geografía escolar, de hedor militarista, condensa plenamente lo que se busca comunicar.

En el curso de las páginas de la novela hay algo que se adivina a menudo, pero que nunca queda completamente claro, y que, por lo tanto, sólo es posible formular de manera interrogativa: ¿hay, de hecho, una valoración crítica, incluso negativa, del personaje? Es difícil responder con certeza, por la necesaria asimilación que se produce entre protagonista y narrador en primera persona. (Hay, además, otro problema, que sólo señalamos y dejamos de lado. Tiene que ver con un desequilibrio estructural de la novela que, en otros términos, ya percibió Bernardo Subercaseaux en una nota de Araucaria 2. Nosotros lo vemos como falla en el dominio de los ritmos temporales.) Con todo, a pesar de la mencionada identificación, advertimos en el modo como el personaje se narra a sí mismo un filón profundamente antipático y mucho de grosería y de ordinariez. No es que su compromiso político sea débil e insuficiente; esto sería una crítica externa y moral que el personaje no está en condiciones de asumir. Lo que Délano, a lo mejor sin quererlo, nos revela, es que su personaje, dotado de conciencia política y social, comparte los mismos defectos de sus adversarios. La misma mentalidad excrementicia parece presidir sus reflejos, su vida, sus pensamientos. ¿Defectos de una clase social, de ese sector a! que pertenece el protagonista, cualquiera sea el signo de sus opciones Políticas? Un "obrerismo" primario y primitivo, un triunfalismo político acrítico e irresponsable parecen delatar, entre otras cosas, a nuestro "héroe". Es posible que el autor haya captado, intuitivamente, que en el fondo del pecho de la pequeña burguesía Caín y Abel tienen la misma cara, que ese conglomerado será siempre gigoló (como lo fue Gabriel) y nunca combatiente, que allí Chile se reconoce entero y que no hay gran diferencia digamos... entre moros y cristianos.

5. Es fácil ver que La guerra interna, de Volodia Teitelboim, contiene un proyecto novelístico extraordinariamente ambicioso. Ello proviene en gran medida, de que se intenta integrar, movilizar sinfónicamente (7) áreas de sentido muy heterogéneas, pero, a la postre, unidas en el fondo y en el plexo de lo real. Enumeremos algunas. En la primera de las seis partes que componen el libro, "César Augusto y el poeta" (pp. 7-106), resalta v sobresale la zona de la traición, concentrada principalmente en torno a dos miembros de la Junta. El enfoque del narrador es múltiple: político ideológico, moral, psicológico. En conexión con estas últimas vertientes es claro que a Teitelboim le obsesiona el enigma de cómo nace y se hace un traidor. Mientras política e ideológicamente la operación cognoscitiva es sencilla, desde un punto de vista moral y psicológico, el hecho reviste opacidad, resiste al escalpelo intelectual. La historia suministra en último término la clave, pues lo que destaca es el enlace entre la pasada represión del 48 y esta nueva, infinitamente más feroz, del 73. Como Nixon y Reagan en los Estados Unidos hacen sus carreras políticas al calor del mac-carthismo, así también Leigh ("Eltao", en la novela) despega como aviador de González Videla, y Pinochet obtiene sus primeros galardones como jefe del campo de concentración de Pisagua. Técnicamente, los efectos se organizan a partir de una yuxtaposición de monólogos interiores y de leit-motive caracterizadores: el prurito melómano de uno, el mimetismo y disimulo del otro.

Otra región -adversaria- es la constituida por la alianza entre el poeta, que desde la muerte adquiere una lúcida conciencia, y Esperanza a Pesar de Todo, personaje femenino que encama la dignidad y la abnegación de lo mejor de nuestro pueblo. Diálogo subterráneo, monótono en su dura solemnidad, sostenido en medio de las ruinas, de la tortura y la muerte. Los pasajes se elaboran muchas veces contra el fondo y el espejo de la obra múltiple de Neruda: el infierno de "La tierra se llama Juan" (explícitamente aludido), pero también el inicio de Residencia en la tierra ("Galope muerto", p. 149) y otros numerosos textos nerudianos. En buena medida, la poesía del autor del Canto general es el hilo y la hebra para discurrir por el laberinto, hilván de luz para defenderse y luchar contra tanta monstruosidad.

Desde la parte segunda, "Villa Grimaldi" (pp. 107-166) pero, sobre todo, en la tercera, "¿Qué es mi padre" (pp. 167-218), asistimos a la búsqueda que una niña realiza de la identidad perversa del dictador. Penetramos, así, en el espacio de la tortura, de un dolor tecnológicamente programado. La tecnocracia política del golpe halla aquí su complementación, en la cibernética sabia del sufrimiento. Otros textos se incluyen aquí, los orales de tantos testimonios de torturados, las confesiones autobiográficas de otros (la doctora inglesa Sheila Cassidy, por ejemplo). La representación guiñolesca de este espacio se plasma en los fantasmas del terror: Frankestein, Drácula, Boris Karloff, etc. En el mundo de las tinieblas que vuelve a apoderarse de las vidas humanas, no como encarnación de un inconsciente arquetípico, sino como cristalización histórica y cultural del horror de este siglo. La resurrección de los vampiros encuentra un correlato real en e) hecho, presentado especialmente en la sección "El réquiem alemán" (pp. 219-252), de criminales de guerra nazis, como Walter Rauff y otros, que viven libres y tranquilos en Chile o en el Paraguay, o que son liberados como héroes de las cárceles italianas. A ellos, la niña contrapone -intenta contraponer- su mundo de sueños y de maravillas infantiles, los valles de Alicia y de Disneylandia. La contraposición sólo revela que los mitos de las historietas y la fauna negra del terror poseen idéntica raíz: Disney-landia y Transilvania son dos caras de una misma inconsciencia, la dulce de la niñez y la oscura, ya sombría, de los monstruos.

A medida que transcurre la novela, se va haciendo evidente una ligazón histórica que el narrador pone de relieve una y otra vez: el crecimiento y la acumulación de la anti-historia desde 1948 hasta 1973. En un nexo que admite varias dimensiones en el curso de la obra y que se carga con valencias de signo distinto. Nexo personal, en primer término, pues el que fue antes relegado en Pisagua es ahora un exilado en 1973. Nexo literario, en segundo lugar, por cuanto la operación de denuncia que constituye La guerra interna es sólo ampliación de la que ya tuvo lugar con La semilla en la arena (llamada posteriormente Pisagua, en la reedición de Quimantú). Nexo intertextual, como ya dije, porque la visión se diseña en el surco abierto por el Canto general. Finalmente, y en definitiva, nexo explicativo de todo un período histórico, que muestra las fuerzas de continuidad subyacentes en la sociedad chilena, las de una contrarrevolución triunfante a lo largo de todo el cuarto de siglo que va desde 1948 hasta 1973. El pasado no ha sido abolido; sigue imponiéndose como presente del país y como su futuro inmediato. La niña que nació en Pisagua sigue encarcelada y atormentada en Villa Grimaldi. Es esto, tal vez, lo que yace en el corazón de ese nombre tan extraño, que en su misma transparencia simbólica oculta su nódulo secreto. Esperanza a Pesar de Todo no es tanto la bandera, débilmente, pacientemente agitada por un pueblo contra la adversidad del Todo, sino más bien el enigma del a Pesar de... esto es, el pesar, la pesadumbre, el dolor colectivo que están enterrados en el humus y al pie de la Esperanza.

6. Al comparar estas novelas y más allá de sus formas tan diversas -la composición lineal y anecdótica de La contracorriente, el juego de raccontos y de flash-backs de En este lugar sagrado, la compleja instrumentación de La guerra interna- es posible establecer algunas convergencias significativas.

Las tres novelas intentan conocer la arremetida de la violencia contrarrevolucionaria. La "contracorriente" de una es la "guerra interna" de otra Esta se inicia en las márgenes de la muerte: "El poeta había llegado al final de su camino. Entró a la Avenida de la Paz. Pero, según la Junta la Guerra Interna sólo comenzaba" (p. 9).

Final de su camino, comenzaba; La Paz, La Guerra Interna: las antítesis buscan desatar el nudo de la contradicción, la contradicción de todo un pueblo que se ve amenazado de convertirse, por largos años, en un simple "cementerio general".

En correspondencia con esto, en dos de los relatos se percibe el brotar de un sentimiento apocalíptico, la sospecha tenaz de que una época ha llegado a su fin. El poeta, ya muerto, recuerda:

"Agonizaba repitiendo como un canto en voz baja una letanía grave, como si tuviera lugar dentro de mi cuerpo, en mi cabeza, el Apocalipsis, como si mis murmullos de moribundo tuvieran todavía algún eco. Muriendo levantaba la mano para contener el pánico. Repetía el ritornello antes de que mi voz se borrara en el aire. Quería desplegar como lienzo una página para que todos la vieran, una página que tenía escrita una sola frase: Los están fusilando. Y otra más, si me permite: Los están matando" (p. 82).

Igualmente, el desenlace de La contracorriente, si por un lado da cabida al símbolo más bien externo, tan del 38, de la semilla que renacerá, da paso en lo profundo a un flash urbano de las postrimerías:

"He aquí venir la palabra "FIN" en letras luminosas, mucho más grandes encima de la cabeza de todos estos chilenos; se mezcla al mobiliario lujoso de la embajada y se me aparece cada vez más claramente. Vibra como en el cine de otro tiempo, pero su significación es bien diferente. Es el fin de la Unidad Popular, el fin de la revolución chilena, el fin de Salvador Allende" (p. 330).

Esa "letanía grave" y este "FIN" elocuente hacen bien en recalcar la condición de severidad que debe presidir nuestra literatura del exilio. Esta podrá donar la esperanza sólo si es capaz de asumir el inmenso panorama de llanto y desolación sembrado entre nosotros. La trasmutación de este légamo en semilla puede ser un acto de magia, de buena voluntad o una entusiasta metáfora; pero hasta ahora no se ha probado que sea efectiva, políticamente viable. El sacrificio cotidiano es más lento y duradero que todas las palabras, que todos los escritos. Solo si ellas, sólo si éstos se integran en este cauce profundo podrán balbucear, de veras, la verdad.


Notas:

1. "... también se hallan millares de almas generosas que... no han desesperado de vencer al monstruo, que nos propone el enigma de la organización política de la República. Un día vendrá al fin que lo resuelva, y la Esfinge Argentina, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinaria, morirá a sus plantas, dando a la Tebas del Plata, el rango elevado que le toca entre las naciones del Nuevo Mundo" ("Introducción", de 1845).

2. Atías nace en Ovalle, en 1917, y muere en París, en 1979. V. la nota necrológica firmada por Volodia Teitelboim, "Guillermo Atías: Los días de la contracorriente" (Araucaria de Chile, 10, 1980 pp. 69-75).

3. París, Editions Rupture, 1978, 330 pp. Fue empezada en París, en julio de 1974, continuada en Córcega y terminada en México, febrero de 1976 (v. p. 330). Un fragmento apareció en castellano (Araucaria, 3, 1978, pp. 185-192). Hay una reseña importante por J. M. Varas, que la juzga "un libro despiadadamente crítico" (Araucaria, 5, 1979, p. 217).

4. Un pequeño detalle: Neruda habla de "la sangre por las calles". ¿Quiere decir algo que en el título de la novela se pase al singular? Lo cierto es que la calle, más que el espacio del genocidio, apunta a una consigna política que nunca se cumplió, la de "tomarse la calle" para contrarrestar la violencia desencadenada por el fascismo.

5. Cf. A. Skármeta, "Narrativa chilena después del golpe", Primer Coloquio sobre la literatura chilena, México, UNAM, 1980, p. 67.

6. Uno no puede dejar de pensar en el gran estudio El caso Suzanne Urban, del psiquíatra suizo Ludwing Binswanger.

7. Ver las declaraciones del autor en "Conversación con Volodia Teitelboim", llevada a cabo por el equipo de redacción de Araucaria (12, 1980, pp. 137-158).


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03