Blest Gana

BLEST GANA

Jaime Concha

Araucaria de Chile. N 12, 1980.

"Las muchedumbres del pueblo, como las
montañas, tienen eco." (Durante la Reconquista, I.)

Alberto Blest Gana nace en 1830, en el hogar formado por don Guillermo C. Blest y doña María de la Luz Gana. Los padres habían contraído matrimonio unos pocos años antes, en 1827. El, nacido en Irlanda, había llegado a Chile a principios de la década de 1820, cuando la reciente Independencia del país y el gobierno de 0'Higgins abrían buenas expectativas a los inmigrantes sajones. Médico de profesión, había hecho sus estudios en las Universidades de Dublín y de Edimburgo. Muy pronto, apoyado primero por el Ministro Portales y, luego, por don Andrés Bello, contribuirá a desarrollar en Chile el estudio y la enseñanza de la medicina. Por tales conexiones, pudiera pensarse que el liberalismo de don Guillermo no era muy pronunciado y que poseía más bien un cuño inglés, al estilo de la Gloriosa Revolución de 1688. Sin embargo, otros hechos y, sobre todo, su participación en el acto de protesta organizado por algunos universitarios en 1844, debido a la prohibición del libro de Bilbao. Sociabilidad chilena, tienden a demostrar que su moderación no era tan constante. Sea lo que fuere de los sentimientos políticos suyos, es claro, sí, que en su hijo debieron influir fuertemente tanto su formación inglesa como su actividad médica. Las obras de Walter Scott y de Charles Dickens figuraron, sin duda, entre las primeras lecturas del niños Blest Gana (1); y aunque la crítica se haya orientado a señalar más bien las influencias provenientes del lado francés (Balzac, Stendhal y hasta Hugo), parece evidente que, en sus primeras novelas hay detalles técnicos y compositivos, por no decir morales, que brotan de su temprano contacto con la delicia de Dickens. En segundo término, es muy posible que el ejercicio médico del padre haya desarrollado en el niño una actitud analítica que, si bien no se conciliaba mucho con la fase histérico-literaria que vivía Chile (aunque el hijo del médico de Rouen ha publicado ya Madame Bovary, esto nada tiene que ver con una novelística que en 1860 sólo ha comenzado a fundarse), le ayudó tal vez a formar dotes de observación para un sereno enjuiciamiento de las cosas.

Por el lado materno, Blest Gana procede de una familia de origen vasco, llegada a Chile a mediados del siglo XVIII. Se trata de una familia vinculada a la propiedad de la tierra y a la carrera de las armas. En efecto, algunos parientes maternos suyos participaron como oficiales en las luchas de la Independencia. Y será finalmente este aspecto de la tradición familiar el que va a predominar en la temprana educación del muchacho que, luego de entrar en el Instituto Nacional en 1841, ingresará en 1843 en la Escuela Militar. (2)

Los hermanos del novelista confirman igualmente el abanico de preferencias existente en la familia Blest Gana. Amén de uno que otro hijo natural, cosa corriente en esa época en Chile et partout, tres varones (de un total de once hermanos) se dedican a tareas intelectuales o decididamente literarias. Alberto, ya se sabe; pero también su hermano mayor, Guillermo, y Joaquín, otro menor. Poeta y dramaturgo histórico el primero, poeta civil e intimista a la vez, ha dejado tres volúmenes de escritos que, en gran medida, no han perdido vigencia nacional. Es, casi con certeza, el más importante romántico del siglo XIX, lo cual, a decir verdad, no es mucho ponderar, dado el carácter feble y endeble de nuestro romanticismo. En todo caso, a fines de siglo, cuando Darío visita por primera vez Valparaíso, no deja de hacer una elogiosa alusión a Guillermo Blest, que no es seguramente una pura y convencional cortesía de recién llegado. (3)

Junto a su obra literaria, hay que tener en cuenta su actividad política, que lo llevó a intervenir en una conjuración contra el gobierno de Montt en 1858 y a servir abnegada y fielmente más tarde al Presidente Balmaceda. Lo primero estuvo a punto de costarle la vida, pues la condena sólo se suspendió debido a las relaciones del padre con los círculos del gobierno. Debe, sí, salir desterrado al Perú, de donde podrá retornar en 1862, gracias a la amnistía decretada por el Presidente Pérez.

Menos simpática es, por el contrario, la figura de Joaquín. Según todos los testimonios de la época, parece haber sido acomodaticio y trepador. Periodista y político, malhadado crítico literario en su juventud, supo siempre halagar a los gobernantes de turno, lo que le permitió medrar a la sombra de parlamentos y ministerios.

Vemos, entonces, que en la familia misma de Blest Gana se expresan las condiciones del "contrato político" de los clanes gobernantes. La burguesía profesional del padre enlaza con la propiedad oligárquica materna; y el liberalismo moderado, en ocasiones exaltado del padre, se extrema en el caso de Guillermo, pero se hace romo y chato en la conducta de Joaquín. Como siempre, Alberto Blest Gana se ubica aquí en un punto intermedio, ecuánimemente, lo que le permitirá juntar en Martín Rivas y en otras novelas ambas formas de actitud política, mostrar la contradicción entre ellas, refutando la moderación con la exaltación y viceversa... Logra así hacer sensible en sus relatos lo que ocurría en la realidad social de su tiempo y en su propia familia: que, en lo que a los liberales toca, los extremos se frotan, se embotan mutuamente. ¿Punto de vista superior, objetividad de novelista? Más bien, creemos, arte del equilibrio, de la mesura y de las medidas prudentes. ¡Táctica de diplomático más que tacto de narrador!. (4)

El propio novelista, pese a la grisalla diplomática en que transcurre la mayor parte de su vida, tampoco estuvo ausente de importantes acontecimientos políticos que se producen en la sociedad chilena y en el mundo entero. Fue testigo directo, en efecto, de los dos principales episodios de la lucha de clases entablada en Europa: la insurrección de junio de 1848 y la Comuna de París, en mayo de 1871. Cuando estalla la primera gran revolución del proletariado francés, el joven Blest, que apenas cuenta con 18 años de edad, se encuentra en Versalles, becado por el gobierno de Chile para estudiar Ingeniería Militar. Cuando arrecia la lucha de los comuneros de París, el autor se halla en la misma capital francesa desempeñando tareas diplomáticas que tienen que ver sobre todo con la reciente guerra franco-prusiana. Esto en lo internacional. Dentro del país, pudo conocer, a su regreso de Francia, los últimos estertores del alzamiento liberal de 1851. Es evidente, entonces, que la presencia del autor en acontecimientos de máxima importancia histórica durante el siglo pasado no pudo ser indiferente a su obra novelesca, tan nutrida, por lo mismo, de historia y de ideales libertarios. Por lo tanto, se hace difícil aceptar un juicio como el siguiente: "No lo seducía la política. Los problemas sociales lo dejaban frío. Pasaron sin dejarle huella los hervores de 1848..." (5)

Hay una prueba inmediata del interés con que el joven novelista contempla los hechos que provocaron la caída de la Monarquía de Julio (1830-1848). Se trata de su breve relato Los desposados, publicado poco después de su vuelta a Chile, en las páginas de la Revista de Santiago (6). Aunque su base es un melodrama amoroso, la novela nos ofrece un cuadro relativamente vivido de los sucesos parisinos:

"El 23 de junio de 1848, París era el teatro de uno de los más encarnizados combates que hayan tenido lugar en su agitado recinto: el ruido del cañón y de la fusilería resonaba por todas partes, las calles todas se hallaban ocupadas militarmente y el terror se veía pintado en el semblante de los raros curiosos que se atrevían a pasar el umbral de sus habitaciones. Una guerra atroz y sin cuartel, la guerra de los partidos sin freno, se había trabado en aquellos días nefastos para la gran capital. Hablábase de legitimistas y bonapartistas coaligados para derrocar el poder de la Asamblea Nacional: estos partidos, decían, explotando el licenciamiento de los obreros, habían agitado los ánimos hasta hacer estallar el terrible motín denominado después los días de junio; días de sangre y desolación, durante los cuales más de diez mil ciudadanos, entre muertos y heridos, fueron las víctimas de aquel sacrificio estéril, aunque tenaz y valeroso."

Las figuras principales del melodrama no carecen de representatividad. Alphonse Dunoye, obstáculo insuperable para la felicidad de dos jóvenes, está caracterizado en términos socialmente muy definidos:

"Este comerciante, miembro de la bourgeoisie francesa, gracias a la felicidad mercantil y al puesto de diputado de la Asamblea Nacional, se había revestido de un sello de autoridad y dureza que le procuraba cierta influencia en el ministerio y un imperio absoluto en todos los actos de su vida doméstica."

Más adelante, insistiendo en esta impresión califica al mismo personaje como "tirano doméstico", en claro contraste con las acciones y la condición de Luis d'Orville, el enamorado de su hija, quien aparece descrito como "pobre estudiante, sin fortuna ni apoyo". La máxima incorporación social que alcanza el joven es llegar a ser empleado en el Ministerio de Trabajos Públicos, de donde es expulsado por influencia del asambleísta. Se ve, entonces, que en Los desposados se presenta como un par antitético lo que en Martín Rivas (1862) será dúo fraguado. Don Dámaso Encina, quien también aspira a un sillón senatorial, y Martín, el joven y pujante burgués, terminan emparentados. Además, el joven d'Orville anticipa tanto a Martín Rivas en el aspecto de su personalidad social, el de su oscura condición, como a Rafael San Luis, por su combate directo en pro de las ideas liberales. Junto a esto. es igualmente significativo que el pueblo, la masa beligerante de las barricadas, aparezca como "turba indisciplinada y rabiosa", anticipando también un rasgo que le será atribuido en la novela de 1862 (pero no, ni nunca, en Durante la Reconquista, 1897).

II

Los desposados pertenece a la primera etapa de la producción novelística de Blest Gana. Dos años antes el joven ha dejado el Ejército: trabaja ahora en labores administrativas. Su designio principal es llegar a ser novelista y, antes que nada, echar las bases de la literatura nacional, en cumplimiento del programa trazado con máxima lucidez por José Victorino Lastarria (7). A través del epistolario con su amigo y camarada de viaje a Europa. José Antonio Donoso, es posible seguir, por lo menos parcialmente, el interés y tesón puestos por Blest Gana en su trabajo creador. En una de esas cartas, estimula a Donoso a "echar los cimientos del edificio literario" que el país necesita (8). La carta es de 1856 y corresponde a los años de pleno aprendizaje del autor.

"Desde que leyendo a Balzac...", escribirá más tarde, expresivamente, en otra carta dirigida ahora a Vicuña Mackenna (9). Explica allí que, gracias al ejemplo e inspiración del maestro francés, abandonó el cultivo de la poesía lírica. Con ello Blest Gana separa definitivamente su destino del de su hermano y proclama su vocación de novelista. Sin embargo, esta prehistoria poética, pronto apagada, quedará flotando en sus relatos más tempranos, ya en las estrofas o composiciones que allí incluye, ya en una de sus figuras más constantes: el personaje del poeta o, a lo menos, el tipo de joven soñador y sensitivo.

No es casual, por lo demás, este arranque a partir del más grande novelista de la primera mitad del siglo XIX. La conexión resulta significativa en varios aspectos. En primer lugar, por el propósito cíclico que forja Blest Gana y del cual ya ha dado cuenta en 1860, con ocasión del premio que mereciera su novela La aritmética en el amor; propósito cíclico que, a imitación de la Comedia humana y de la historia revolucionaria y posrevolucionaria de Francia (1789-1848), quiere extender Blest Gana a su patria. En segundo término, este decenio que va desde 1850 a 1860 es muy similar -guardando naturalmente las proporciones entre un genio colosal y un talentoso escritor local- a los años iniciales de Balzac, que corren desde el esbozo dramático de Cromwell. en 1819, hasta sus trabajos no firmados como folletinista. El arte de Balzac y la Comedia humana en particular nacen, como se sabe, con Les chouans (1829), esa joyita que narra las acciones contrarrevolucionarias de la Vendée en las provincias occidentales de Francia. En tercer lugar, se da también en Blest Gana un ciclo novelesco concebido y escrito en una etapa pos-revolucionaria. Así como Balzac escribe después de las Jornadas de Julio, entre 1830 y 1848, y como Zola, que concibe su gran friso sobre el Segundo Imperio luego de ocurrida la Comuna, también Blest Gana, de un modo menor, empezará lo más representativo de su obra una vez apagados los estallidos "girondinos" de 1851 y de 1859. La novela burguesa es casi siempre -para glosar títulos del mismo Blest Gana- un intento de reconquista de los ideales perdidos. Vitalidad y canto del cisne se dan la mano en la mejor épica burguesa, pues la historia, en todos estos casos (Balzac, Dickens, Galdós, Eça de Queiroz...) potencia a la novela y ésta surge como un melancólico, a veces animado colofón de lo que ya, en realidad, permanece exánime.

Aparte de un aislado ensayo dramático (El jefe de la familia, 1858), Blest Gana escribe en este tiempo siete breves novelas, que distribuyen su ambientación así: dos con escenario parisiense (Los desposados, 1855, que ya hemos visto; y La fascinación, 1858, enmarcada en el mundo elegante y la vida artística de la capital francesa); cuatro de ambiente nacional y urbano (Una escena social, 1853; Engaños y desengaños, 1855; El primer amor, 1858, y Juan de Aria, 1859). Solamente una novela incorpora elementos del paisaje rural (Un drama en el campo, 1859). Suicidios, muerte, locura dan el tono mayoritario de los desenlaces, al par que fijan la nota truculenta y melodramática de situaciones y episodios (10). E. Sue y Dickens se juntan aquí, sin divergencias nacionales, para nutrir personajes y acciones sentimentalmente recargados y deshacer el diálogo en retórica gesticulante. El problema de fondo que afronta Blest Gana en estos relatos es la imposibilidad de conciliar sentimientos y realidad, el alma y la sociedad, el amor con el dinero. Vestigios de esta actitud persisten en su próxima etapa, en relatos como El pago de las deudas (1861) y aún en otros. Es evidente que, a estas alturas de su desarrollo, Blest Gana no ha dado con la fórmula adecuada para eso que él llama las "condiciones de la vida... y sus incidentes ordinarios" (11). Su óptica es unilateralmente idealista. Para captar la sustancia de la vida social, no sólo tendrá que trabajar en fábulas y peripecias, en la técnica del diálogo, en el diseño de caracteres, sino implantar todos estos elementos en un sólido terreno material, en el territorio histórico y social que le ofrece el Chile de su época.

III

El 7 de diciembre de 1863, en carta dirigida al destinatario ya mencionado, escribe Blest Gana:

"¿Necesitaré decirte que la mayor parte de las escenas y de los tipos de El Ideal son tomados de la realidad? Tú sabes, o te lo diré por si lo ignoras, que desde que escribí La aritmética en el amor. es decir, desde que escribí la primera novela a la que doy el carácter de literatura chilena, he tenido por principio copiar los accidentes aplicado con particular esmero en El ideal de un calavera". (12)

A la fecha de esa carta, Blest Gana ha publicado tres de sus novelas más importantes: La aritmética en el amor (1860), Martín Rivas (1862) y El ideal de un calavera (1863). Con posterioridad a estos años, sobrevendrá un extenso hiato en su producción literaria, debido principalmente a sus funciones administrativas como Intendente de Colchagua y, más tarde, a su trabajo diplomático desempeñado en Washington, Londres y París. Durante el período presidencial de José Manuel Balmaceda (1886-1891) renunciará a su cargo como representante del gobierno chileno, para terminar su larga vida en París, en 1920. A este último periodo de actividad pertenecen algunas grandes novelas suyas: Durante la Reconquista (1897), Los trasplantados (1904) y El loco Estero (1909).

Las tres destacadas novelas de su segunda época poseen un rostro extremadamente unitario. Hay entre ellas interrelaciones que proyectan luz sobre cada obra en particular. Desde luego, en su evolución como novelista Blest Gana da un paso decisivo con Martín Rivas, que -de nuevo- guarda un puesto intermedio entre las otras. Con La aritmética comparte un ánimo dominante de conciliación, con El ideal la materialización de un trasfondo histórico-social que da densidad y amplitud a la narración. Con Fortunato Esperanzano, el personaje de La aritmética, se vincula Martín por su tropismo de encumbramiento social; y con Abelardo Manríquez, el héroe de El ideal, se hermana el personaje Rafael San Luis. De este modo, la progresiva concreción de la materia histórica determina que la figura burguesa, central en esta novelística, se desdoble en dos personajes que el escritor quiere ver como complementarios, pero que se le imponen necesariamente como antitéticos. Este Jano Burgués tiene dos caras, la del jacobino y la del liberal. Pero ellas son más bien el alma y el cuerpo de una historia que ha exigido la muerte de uno para el triunfo confortable y prosaico del otro. El rebelde antiportaliano de 1837 y el héroe girondino de 1851 caen vencidos en sus novelas; el burgués, a partir de esa misma fecha, sube vencedor en la escala social -vencedor salvado de las batallas-, como Martín Rivas. La parábola de este proceso, en su doble sentido de apólogo y trayectoria, es una clave fundamental en la producción de Blest Gana.

Ya es significativo lo que ocurre en La aritmética en el amor. La crítica se ha desconcertado ante su "segunda parte", menos armada, según se ha dicho, pues no logra apresar todos los aspectos del mundo que promueve. No se ha destacado, sin embargo, un rasgo evidente: todo ese conjunto de intrigas que transcurre en una provincia innominada es una especie de grotesca parodia de los malentendidos que por entonces marcaban la política nacional. La pugna y las enemistades, con sus entendimientos sollo voce, entre los Selgas y los Ruiplán, no son sino un remedo de las divisiones, más aparentes que reales, que se producían en la "familia" chilena de esos años.

Martín Rivas lleva como subtítulo entre paréntesis Novela de costumbres político-sociales. La constatación es útil, pues suministra una pista y una orientación para comprender el proyecto crítico de su autor. Escrita después del pacto liberal-conservador de 1857; dedicada a Manuel Antonio Matta, líder del grupo que pronto fundará el Partido Radical, en 1863: publicada en la misma imprenta en que sale La Voz de Chile, órgano periódico de la burguesía minera de la época (no sólo nortina, sino también del sector que invierte en el sur, en los yacimientos carboníferos), la novela es una amable y fuerte pintura de la falta de convicciones políticas de la clase dominante de ese tiempo. Representa más bien un punto de vista liberal disidente, un radicalismo avant la lettre. (13)

La aritmética trataba de sucesos casi contemporáneos a su fecha de edición: 1858, 1860. En Martín Rivas había ya más de diez años de separación entre el momento de narrar y el asunto histórico que constituía la base de la novela: 1850-1,1862. En El idea! de un calavera este hiato se acrecienta ostensiblemente, pues el relato de 1863 retrocede hasta captar uno de los episodios dorados de la leyenda liberal, la conjuración militar contra el Ministro Portales encabezada por Vidaurre (14). La novela, desde un punto de vista compositivo, tiene una exigua cohesión, ya que Blest Gana ensambla mal el pórtico rural de la primea parte ("Escenas del campo") con las amenas travesuras juveniles de la segunda, y todo esto con el núcleo propiamente histórico que se concentra en el resto de la novela. Abelardo Manríquez, como Rafael San Luis, se entrega a las actividades del complot como compensación de su fracaso amoroso. Más que esto, sin embargo, vale la pena observar la notoria contraposición en los inicios de ambas novelas. Martín Rivas se abre:

"A principios del mes de julio de 1850 atravesaba la puerta de calle de una hermosa casa de Santiago un joven de veintidós a veintitrés años."

La precisión cronológica no sólo es válida por su referencia histórica (la próxima revolución liberal), sino por razones de técnica literaria. Mediados del siglo, mediados del año, mediados del día (pues pronto se dirá que "daban en ese instante las doce del día"): se ve que el narrador hace en el plano cronológico lo mismo que en el plano espacial, al ambientar su novela en Santiago: determinar un centro en la vida chilena de la época. Y la edad del protagonista es también la de una juventud plena de futuro. Desde este instante y, pese a la indiferencia del portero, pese a sus timideces ante Leonor, Martín avanza con paso seguro en medio de la red de intereses familiares y sociales en que le toca participar. En su nombre, Rivas, hay algo del arriviste pujante y disciplinado de ese tiempo. Abelardo, en cambio, con su nombre de amante desdichado, se despide de la vida en la primera página de la novela:

"Un sentimiento de profunda simpatía nos han inspirado siempre estas palabras que pronunció un joven en la más solemne circunstancia de su vida:

-¡Adiós amor, única ambición de mi alma! (...)

Había junto al que las dijo unos banquillos en que, como él, esperaban la muerte algunos jóvenes..."

La perspectiva central, dominadora, de Martín Rivas y el inicio casi póstumo de El ideal muestran cursos temporales antagónicos que Blest Gana ha manejado con simultaneidad durante los años cruciales en que compone estas dos novelas. Tiempo progresivo, de avance y consolidación de una clase social; tiempo fatal, hecho de derrotas, de infortunio y desilusión para los "idealistas" que lucharon por el advenimiento de esa misma clase. Martín Rivas, Abelardo Manríquez: anverso y reverso de un fenómeno, par siamés en que se cristaliza el retrato bifronte de un proceso -el proceso social del siglo XIX chileno en una de sus dimensiones más visibles.

IV

Pueblo, nostalgia, niñez son experiencias que interpretan con fidelidad el sentido de las últimas novelas de Blest Gana. Guillermo Araya ha dicho, acaso con su pizca de exageración, que "Durante la Reconquista es La guerra y la paz de los chilenos". Y, de hecho, hay algo en su amplitud, en la abarcadora mirada que posa sobre los orígenes de nuestra historia independiente, en su mezcla de sangre y de vivacidad, de odios colectivos y de amores, que la hace parangonable con la novela tolstoyana. Junto a La Araucana (1569-1589), nuestra epopeya de la contra-Conquista; junto al Canto general (1950), épica de liberación en este siglo. Durante la reconquista (1897) toca también fondos auténticos de la vida nacional. Los trasplantados, en cambio, es el triste desprendimiento de las raíces, la existencia de grupos de la clase alta que viven deslumbrados por fastos y por títulos, despreciados siempre como inferiores rastacueros. Burguesía en el exilio, exilio ocioso y voluntario: lujo y roña al mismo tiempo. Finalmente, El loco Estero, enmarcada en los días en que vuelve al país la expedición vencedora de la Confederación Perú-Boliviana, constituye como los críticos lo han hecho notar -una fresca rememoración de momentos infantiles. Pasado nacional, distancias y lejanías, jornadas de la niñez es la suma de separaciones y reencuentros que este grupo de novelas intenta recaptura en la madurez del autor, al borde ya de la vejez.

"Desde las cumbres nevadas de los Andes, el sol, como enamorado de la tierra, la abrazaba. Su tibia caricia, de fulgurante luz, había dorado con sus resplandores la falda de la cordillera, disipando con su aliento, como se borran al despertar los recuerdos de un sueño, los jirones flotantes de su velo de brumas, matinales. Macul y Peñalolén, iluminados de súbito, enviaban a Santiago su sonrisa de verdura. Había besado con su saludo del alba, la despoblada cima del cerro San Cristóbal y partido sus rayos sobre los riscos del Santa Lucía. Había corrido después, a lo largo de la pedregosa caja del Mapocho, tiñendo de rubio color las turbias ondas del río, y descendido poco a poco, en raudales de claridad, de los tejados a las calles. Penetrando por patios, por huertos y por jardines, despertaba la vida y el movimiento, tras de su paso vencedor.

Santiago, en aquella mañana del 10 de octubre de 1814..."

Vasta apertura ésta de Durante la Reconquista: mirada solar, mirada desde las alturas, que va recorriendo morosamente, como en un abrazo a la patria lejana y sometida. Ya no se está de golpe en el centro de Santiago. Es necesario hacer un largo viaje, este lento y poderoso aterrizaje, para reencontrar -más abajo de las nubes, más abajo de los cerros, a ras del río- esa "vida y movimiento" que serán el animado motor de esta epopeya narrativa. El desastre de Rancagua ha ocurrido recién; el país en casi su totalidad es un territorio sometido; Santiago va a ser una ciudad ocupada e invadida en este mismo día.

La situación de la novela es bien reveladora. Publicada años después de la guerra civil de 1891 que, aunque seguida de lejos, no tuvo menos efecto en la conciencia del autor. Durante la Reconquista va a buscar algo así como los orígenes del desarrollo nacional en los remotos días de la Independencia. Elige y recorta, dentro del amplio proceso independentista, la etapa en que alcanzan mayor despliegue la energía patriótica y las fuerzas populares (la guerrilla y las montoneras campesinas de Manuel Rodríguez). Nunca el pueblo adquiere más grandioso relieve en Blest Gana que en esta reconstrucción novelesca. Popular, libérrima, revolucionaria en su materia, Durante la Reconquista parece palpar un substrato más profundo de la nacionalidad, justamente cuando el derrumbe de las ilusiones heroicas del liberalismo lo lleva a ver la vitalidad de la nación como grandeza pasada, como gesta ya hundida a comienzos de siglo. 1897, 1814: es un máximo retroceso, la culminación de un arco involutivo para alguien a quien la historia contemporánea ha dejado de interesarle. Es el creciente escepticismo que invade a los liberales a fines de siglo, cuando descubren que la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano no es el evangelio absoluto de la razón. En lo personal, este "desnacionalizado", como lo llamó una vez el Presidente Balmaceda, que vivió más de 50 años fuera de Chile, sólo puede refugiarse en la nostalgia y en los "Recuerdos de la niñez" -como subtitulará su novela de ancianidad. El loco Estero.

V

Los trasplantados empieza de esta manera:

"Sobre la tersa y dura superficie de hielo artificial, en giros ondeantes, en cadenciosa desliz, en rápidos empujes, los patinadores trazaban a porfía sus curvas caprichosas, con afán de incansable movimiento. De lo alto, en derredor, los focos eléctricos lanzaban, como dardos de fuego, sus luminosos rayos de claridad ofuscadora, claridad vibrante y trémula a manera de sonido que se prolonga palpitante en el espacio. Las parejas, en esa atmósfera de reverberación del "Palacio de Hielo", asidas de las manos, o entrelazadas de la cintura, se balanceaban suavemente con inclinaciones de requiebro..."

Ya no es la nieve de la cordillera lo que aparece en primer plano, ni es tampoco el sol que planea sobre Santiago. Todo es ahora artificial, el hielo y la luz, en estas imagines seductoras y reverberantes del "Palacio de Hielo". La novela comenzará en una fría tarde de invierno -no en una mañana luminosa- en marzo parisiense. Y el leit-motiv constante del relato será el aire de invernadero, de flores artificiales que marca a toda la colonia hispanoamericana de París (ricos, sobre todo, pero también empobrecidos y, entre éstos, "los náufragos de las convulsiones políticas de Hispano-América"). Una escena clave en el desarrollo de la intriga, la petición de la mano de Mercedes Canalejas por parte del príncipe Stephan, ocurre justamente en el invernáculo de la mansión de los Vieille-Roche, en una suerte de minúscula imitación de los grandes cuadros zolescos (La curée: La ralea, por ejemplo). Otro detalle interesante, que habla bien de la ironía de Blest Gana, es su actitud ante el mundo de los títulos y los pergaminos nobiliarios. El autor se entrega a un frenesí fabulador de nombres y apellidos estrambóticos, viejo tic suyo sin duda, pero que ahora busca oponer el mundo de lo viejo y decadente a los mínimos brotes de lo nuevo. Torrevieja es una familia hispanoamericana, Cartavieja es un generalote golpista, Vieille-Roche es una duquesa del gran mundo parisiense, Vieux-Pont es un jovenzuelo de aguachenta sangre noble. En cambio, Fuentealba es el nombre del pobre protagonista y una simpática amiga de la heroína se llama también Fuenteviva. Es el último esfuerzo de Blest Gana por separar la sangre decadente de una savia fresca por la que todavía circula la vida. (15)

En El loco Estero apenas si quedan unas pocas cosas. El autor ya ha perdido definitivamente a su tierra, ha perdido contacto con la historia. El Ministro Portales, antes ogro del liberalismo, se ha transformado ahora, muy a la chilena, en "Don Diego" -modo con que la clase alta reduce todo al polvo de la insignificancia. Sin embargo, algo queda: queda nada menos que el recuerdo empedernido de un puñado de palabras, un léxico remoto y sabroso en el pozo de la memoria. Las frutillas que los niños ansían son un postre delicioso, pero son también una golosina de letras y sonidos para el octogenario que vive arrinconado en elegantes callejuelas de París; el ají el agiaco, el chancho arrollado, los alimentos terrestres de allá, no son tanto para los personajes una cena suculenta, sino cenizas para su autor. Cenizas de un aire perdido, de un aliento mutilado y ya casi impronunciable.

VI

Todo novelista es, en el fondo, una familia de personajes prendida en la memoria de cada lector. Todo buen novelista es ese conjunto de escenas, de episodios, de intensidades de vida que se graban en la mente como cuadros o momentos de una historia secular. Todo gran novelista es aquél que, partiendo de una localidad muy precisa (La Mancha o San Petersburgo), termina abarcando un mundo de existencias en que reconocemos una parentela de humanidad, generaciones enteras de allegados y entenados del Hombre.

Blest Gana es ciertamente un novelista de importancia nacional y de una gran significación de época. Lo que Galdós es para la España de la Restauración, lo que Eça de Queiroz representa en el Portugal finisecular, es Blest Gana respecto al siglo XIX chileno. Si más y mejor se lo leyera, nos sería menos desconocida la historia de nuestro desarrollo social y la conformación interna de nuestra dependencia. Junto a los cuadros de costumbres de Jotabeche y a los relatos de guerra de Daniel Riquelme: Junto a Lastarria, Bilbao y Arcos: junto a los notables memorialistas del siglo, especialmente Pérez Rosales con sus vitales y plebeyos Recuerdos del pasado: junto a los grandes historiadores como Diego Barros Arana y Benjamín Vicuña Mackenna. él ha contribuido a darnos un rostro como nación, a forjar nuestra imagen. Habría, por lo menos, que intentar reconocernos a través de él y de ellos.

En la "Advertencia" que precede a la primera edición de El ideal de un calavera, fechada en Julio de 1863, Blest Gana nos habla del "carácter esencialmente nacional" que atribuye a sus novelas, del "sello de nacionalidad" que ha tratado de imprimirles. Allí mismo, con la segura modestia de quien ha iniciado algo nuevo, dejó estampadas estas palabras:

"En este círculo, algo estrecho, si se mira la poca extensión de nuestras sociedades, creo debe limitarse el campo del novelista de costumbres chilenas. Sus vallas ofrecen sin duda serias dificultades; pero mi fe en el talento de los que nos han de seguir en esta vía, me hace esperar que sabrán poblar con útiles y fecundas invenciones, el espacio que nosotros dejamos sólo delineado como fundadores."


Notas:

1. Escribe Domingo Amunátegui en su Bosquejo histórico de la literatura chilena: "Las primeras aficiones literarias de Blest Gana nacieron al amor de la lumbre. Su padre reunía con frecuencia a Alberto y a sus hermanos para leerles historia y obras de imaginación, entre otras, las noveles de Walter Scott y la Historia de España, del padre Mariana."

2. Dirá más tarde a Lastarria: "No fue mi padre, como usted se imagina, quien me hizo abrazar la carrera militar, que usted se alegra de que yo haya abandonado por la de las letras. Fue un engaño de niño, del que más tarde el peso enorme de una ciega subordinación me hizo despertar."

3. Ver R. Darío, Obras de juventud. Santiago, Nascimento, 1927, p. 162.

4. Luego de los sucesos de 1859, comentará confidencialmente a Donoso: "Te aseguro que quedo hastiado de los azares de esta época, como si en ella hubiese tomado parte muy activa. Si fuese hombre rico, me iría de aquí por mucho tiempo. Tantos odios, tantos y tan acendrados rencores, como he visto desarrollarse en esta lucha, dejan en mi ánimo una profunda aversión a la política."

5. Cf. Alone, O. Alberto Blest Gana. Biografía y crítica. Santiago, Nascimento, pp. 38-9.

6. Los desposados. Novela original. Fechada en octubre de 1855, apareció en tres entregas, con un total de 12 capítulos, en la Revista de Santiago, dirigida por Barros Arana. Imprenta Chilena, 1855, pp. 659-668, 726-737 y 777-800.

7. Ver los diversos trabajos que en varias revistas (Cuadernos Americanos, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Rev. Iberoamericana. Lichex, Araucaria) ha venido publicando sobre Lastarria. Bernardo Subercaseaux.

8. Carta del 24 de junio de 1856. Cf. R. Donoso: "Un amigo de Blest Gana: José Antonio Donoso", p. 190. In: Homenaje de la Universidad de Chile a su ex Rector don Domingo Amunátegui Solar. II. pp. 177-200. Santiago, Imprenta Universitaria. 1935.

9. Se trata de una carta fechada en 1864. El texto preciso, en su pasaje pertinente, es éste: "Tienes razón: desde un día, en que leyendo a Balzac, hice un auto de fe en mi chimenea, condenando a las llamas las impresiones rimadas de mi adolescencia, juré ser novelista..."

10. A veces, muy a la manera de Dickens. el autor establece una correspondencia consciente entre la esfera de sus personajes truculentos y el bestiario febril de la niñez. (Cf. Juan de Aria. Santiago, Librería Miranda, 1904. p. 15).

11. Cf. R. Donoso, art. cit,. pp. 190, 199 passim.

12. Ibíd., p. 199.

13. La conexión la sospechó ya Milton Rossell, en uno de sus artículos publicados en la revista Atenea.

14. La figura de Portales ha sido el objeto de encuentro de una incondicional apología conservadora y de una constante diatriba liberal. Recientemente, los estudios de O. Millas y de B. Subercaseaux (publicado éste en Araucaria nº 2) aportan una evaluación más exacta y ecuánime. Ya antes, se podían encontrar puntos de vista renovadores en A. Pinto Santa Cruz, Chile, un caso de desarrollo frustrado y, sobre todo, en ese triunfo del realismo historiográfico que es Don Diego Portales (1863), de B. Vicuña Mackenna. La obcecación de Lastarria en no admitir la veracidad del retrato pintado por Vicuña revela en este punto las debilidades del maestro y la grandeza del discípulo.

15. Para los chilenos, es objeto de especial fruición el nombre "Terrazábal" creado por Blest Gana, como emblema de la afrancesada incultura de nuestra oligarquía. Incultura no sólo educacional (seria lo de menos), sino de los latifundios dejados a la buena de Dios... ¡y de los inquilinos!


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03