Jaime Collyer

Cuentos

Jaime Collyer

Jaime Collyer (nacido en Santiago, 1955) vive en España desde 1981, y aunque con anterioridad, en Chile, había ya mostrado una cierta carrera literaria, es en Madrid donde ha publicado sus primeros libros: Los años perdidos, relato (1985) y la novela El infiltrado (1989).

Araucaria de Chile. Nº 47-48, Madrid 1990.

El ancestro

Al atardecer del lunes, inició la redacción del último capítulo, previo a las conclusiones, para redondear con satisfacción su Breve historia de la civilización incaica. Pero la complacencia íntima del deber a punto de concluir se entreveraba, en esta ocasión, con el sabor intangible de la desesperanza, como ya le había ocurrido otras veces al redondear cualquier manuscrito. Ello unido a la fatiga, el sopor, aquella melancolía de base que una deficiencia cardiaca recién detectada imponían ahora a su vida y sus afanes postreros en la Biblioteca Municipal de La Paz. En el incanato las cosas no iban mucho mejor: la rebelión de Huáscar, el pretendiente al trono, había sido contenida y Atahualpa, su hermanastro en el poder, regía el imperio, sumido sin quererlo en interminables rencillas, delaciones, rumores alarmantes -nunca confirmados- de nuevos enfrentamientos con los partidarios de Huáscar. Entretanto, en Yucatán (¿cómo podían saberlo en Cuzco?), una avanzada de improvisadas deidades provenientes de los mares había desembarcado tiempo antes para sugerir a las gentes del lugar la adopción de su credo: aquella peculiar teodicea de cruces y mártires agónicos. Y al preciso momento en que su líder tomaba posesión de Tenochtitlán, una expedición partía rumbo al sur, al mando de Pizarro y Almagro, ávidos del honor que en México les había sido negado. Difícil resumir todo aquello -la caída inminente del imperio- en apenas unas páginas, que sus alumnos habrían de consultar luego, sin otra meta que la aprobación de su asignatura, la cátedra que aún impartía en Salamanca. A la que ahora volvería al fin, tras esa dilatada estancia de dos años en La Paz. A través de los cronistas locales, sin moverse de la biblioteca, había explorado de manera exhaustiva el macizo andino, desde Ecuador hasta Atacama, deteniéndose unos meses en Quito, para seguir luego rumbo al Cuzco y Machu-Picchu, el corazón detenido del imperio precolombino más vasto y poderoso de que había noticias, la misma avanzada civilizatoria que la autoridad peninsular se había decidido a remover de los anaqueles sevillanos y de otras latitudes, enviándolo a él y su esposa a La Paz, merced a un subsidio nada despreciable que, cinco siglos después, cubría sus gastos más elementales. Desde el norte habría cundido, previsiblemente, la noticia de que extranjeros de piel blanca, envueltos en extrañas caparazones, avanzaban rumbo al Cuzco, a lomos de insólitos cuadrúpedos, hablando en lenguas que no eran del imperio ni de otros confines, para proclamar la nueva era en ciernes, la caída y el génesis, en Cuzco, en Tinta y Tungasuca, en Carabaya y el río Watanay, en las cuatro regiones del imperio, a la espera ancestral del progreso y la Biblia...Un rapto de emoción, mezcla de cansancio y decepción, lo llevó a suspender la labor en este preciso momento. Casi treinta años de exploraciones semejantes a esa, de búsqueda minuciosa en los testimonios escritos de todas las épocas (esa crónica repetitiva de la dominación), no acababan de conformarlo o develar su sentido último, aquello que sus colegas de la universidad denominaban pomposamente «el motor de la historia». ¿Sería quizás el afán civilizatorio, entreverado con las ambiciones -menos loables- de sus protagonistas? ¿O acaso la venganza, el revanchismo de los débiles al revelarse, algo que los hacía fuertes y suscitaba luego nuevos afanes de revancha en quienes lograban avasallar temporalmente? Enfrentado a esa y otras interrogantes grandilocuentes, toda síntesis deliberada se convertía en una falacia bien construida, estéril, que sólo servía para obtener subsidios de las autoridades edilicias. En cuanto al imperio, era por ahora un montón de piedras relegadas a los museos de Lima y La Paz, unos cuantos ídolos y estatuillas labradas, unas cuantas trepanaciones...Normalmente, abandonaba la biblioteca a las siete o incluso después, cuando ya los funcionarios de la quinta planta se habían retirado a sus casas. Esta vez fue distinto: eran poco más de las seis cuando cerró el despacho, al fondo de los anaqueles, y se dirigió al mostrador.

El bibliotecario de turno se mostró sorprendido:

-¿Ya se va, licenciado?

-Ya me voy.

-¿Tan temprano?

-Para despejarme un poco...

Escrutó fijamente aquel rostro de piel cobriza y ojos rasgados. «El ancestro», pensó, «para el cual sólo soy un vejete nacido al otro lado de los mares que solicita libros cubiertos de telarañas, donde pululan sin grandes honores sus antepasados aborígenes».

Pronto dejaría atrás aquel rostro y volvería -oh bendición- a sus clases.

-Me voy con usted, licenciado. Ya es la hora.

Aunque no hablaron, la compañía discreta del funcionario contribuyó a aquietarlo mientras descendían al aparcamiento. En la planta baja se dieron las buenas tardes y el profesor se dirigió a su automóvil. El aire tibio del atardecer era su mejor aliado a esas horas, eso y la atmósfera vivificante del altiplano, o la imagen del Illimani en la distancia, siempre coronado de nieve, aun cuando era primavera.

Se disponía a subir al coche cuando algo llamó su atención en el edificio, a la altura de su despacho.

«La luz», pensó contrariado.

La ventana de su oficina -el estrecho cubículo que el municipio le había asignado hacía poco más de dos años- estaba iluminada, la única en toda la quinta planta. Ese olvido involuntario logró impacientarlo nuevamente, considerando lo poco y nada que podía hacer, a esas alturas, por remediarlo.

Subió al automóvil y condujo hacia Obrajes por la Avenida del Prado. En las aceras, los obreros y transeúntes aguardaban para ser transferidos por docenas a los barrios periféricos o al sector elevado de la ciudad, donde escaseaba el agua y las casas de adobe se apilaban sobre el polvo. De este lado del cristal, todo le pareció de pronto extrañamente novedoso, como quien hubiera transitado por primera vez aquellos parajes que recorría a diario, el trayecto desde su casa en Obrajes a la biblioteca y viceversa. El funcionario municipal parecía multiplicarse en la infinidad de rostros arracimados fuera del automóvil, semblantes renegridos de ojos penetrantes y cabellos gruesos, y la expresión dura, impasible, de aparente desdén, escrutándole con sombría altivez en cada esquina de la urbe.

«El ancestro», insistió para sí mismo y algo básicamente indefinible consiguió atenazar de un momento a otro, calle a calle, rostro a rostro, su corazón irreprochable.

A la mañana siguiente comprobó, no sin desagrado, cierto matiz de reproche en el saludo del bibliotecario, que había llegado, como siempre, antes que él y reparado en su olvido. Consideró la posibilidad de brindarle explicaciones pero la dignidad de su cargo y su labor entre los archivos le aconsejó preservar la distancia apropiada a sus relaciones con Mamani, a fin de cuentas un subordinado menor, y se retiró inquebrantable a su cubículo, al fondo de los anaqueles.

Por la mañana se ocupó de Pizarro y las primeras desavenencias al interior de la expedición, referidas en detalle por Burke. Almagro fue esta vez el desplazado y partió rumbo al sur, en busca de Chile. El propio Burke hacía referencia al primer esbozo de rebelión indígena, obviamente infructuosa, liderada al sur del Cuzco por Huamán Quispe, el único de sus inspiradores que había escapado al cerco tendido por el conquistador europeo.

Alrededor del mediodía abandonó el despacho para comer algo. Al cruzar frente al mesón de pedidos, reconsideró su altivez del despertar y prefirió aclarar lo referente a su olvido.

-Mire usted, Mamani, lo de la luz ayer -explicó con cierto embarazo-, nunca me había sucedido hasta aquí. Nunca me olvido de apagarla y...

Mamani lo observó desconcertado.

-No entiendo, licenciado.

-Hablo de la luz en mi despacho. ¿No fue usted quien la apagó hoy al llegar?

-¿No?

-No.

-Ah, bueno. Juraría que... En fin, no tiene importancia.

Por la tarde prosiguió el afiebrado recuento de Burke: Manco II, refugiado en Vilcabamba, y Tupac Amaru, menos afortunado que el primero, prolongaban esa crónica de fallidos alzamientos en todo el imperio. El material referente a sus hazañas lo distrajo, lamentablemente, hasta el anochecer, cuando todo el mundo se había marchado ya a casa, incluso Mamani. A las ocho, o poco después, evocó previsor el enfado más que probable de su esposa, se aseguró de que todo estaba en orden y abandonó el despacho. La biblioteca estaba a oscuras, desierta. Le costó cierto trabajo orientarse por entre los corredores y anaqueles. Ya próximo a la puerta de salida, algo llamó su atención en la atmósfera. La fragancia añosa de los volúmenes allí almacenados incidía en su nariz entreverada con olores no percibidos hasta allí en el recinto de la quinta planta: incienso tal vez, y sudor, todo ello atrincherado en la semioscuridad de los anaqueles. Un residuo probable de los últimos lectores, un aroma soterrado y penetrante, difundido a todo el sector, rondándole con insidia la nariz, siguiéndole hasta la salida y las escaleras, como un animal agreste oculto en algún resquicio inadvertido de la biblioteca.

«El ancestro», pensó una vez más, entre divertido e inquieto, con el corazón peligrosamente agitado. «Habrá ocurrido algún desperfecto en la ventilación.»

Ya en las escaleras respiró nuevamente con fluidez y descendió hasta el aparcamiento. Al llegar hasta su automóvil, el corazón le dio un vuelco: la ventana de su despacho aparecía nuevamente iluminada, la única en todo el edificio.

-¡Vaya, hombre! -dijo en voz alta.

Toda hipótesis de olvido estaba descartada: alguien acabada de ingresar a su despacho, para rastrear con desparpajo entre sus papeles y notas. Se sintió abrumado, y furioso, de sólo pensar que algún desconocido («¡El olor!») aguardaba oculto en la quinta planta, atento al término de su labor, para luego violentar un espacio al que sólo él tenía derecho. Presa de un repentina agitación, se dirigió al acceso del aparcamiento en busca del vigilante nocturno y le explicó lo que estaba ocurriendo, el supuesto olvido del día precedente, ratificado ahora para demostrar a todos ellos que no era responsabilidad suya: algo -alguien- se daba el lujo de inspeccionar sus papeles a horas indebidas.

-Imposible, licenciado -dijo el vigilante-. Aquí no entra nadie a estas horas.

-Venga usted conmigo y compruébelo.

Juntos caminaron de vuelta hasta su coche, para apreciar desde allí la fachada del edificio.

La fachada ahora envuelta en sombras, toda ella a oscuras.

-¿Lo ve? -inquirió el vigilante.

-No puede ser. Pero si hace un minuto...

No conseguía explicárselo. Contrariado, insistió para que el hombrecillo aquel abriera con sus llaves el portal de acceso y le acompañara hasta la quinta planta, a verificar entre ambos que todo estaba en orden, su despacho a oscuras y los papeles en su sitio. El vigilante expuso su deber de regresar cuanto antes a su cabina. El profesor se sintió íntimamente ultrajado; imaginó a su acompañante relatando el episodio a los demás funcionarios a primera hora del día siguiente («¡Al viejo se le soltó una tuerca de tanto leer!») entre risotadas procaces, a costa de su elemental sentido del civismo.

-Trabaja usted mucho, licenciado -diagnosticó el vigilante.

-¿Qué insinúa? Esta ventana estaba iluminado. No estoy loco ni veo visiones, aquí había alguien, y a usted le haré responsable si una sola página de este manuscrito se ha extraviado, ¿está claro?

Reordenó arbitrariamente sus papeles, para dejarlos como estaban.

-Venga, salgamos de aquí. Este lugar está irrespirable. Ni siquiera lo comentó con su mujer. Esa noche vio en sueños el altiplano, la planicie árida y desolada, y a un individuo desplomado en su centro, junto a un anciano de pie que, lápiz en mano, hacía constar su desmayo y explicaba vagamente algo referente a la historia y sus desquites. Al despertar, recordaba tan sólo el rostro del indígena, el mismo rostro que había visto multiplicado en las aceras el día anterior, el mismo del vigilante nocturno, y el de Mamani, que aún atendía, por fortuna, a sus pedidos en la quinta planta.

-Buenos días, licenciado. ¿Ha dormido bien?

La ironía apenas perceptible en el tono de Mamani le confirmó lo que había creído percibir al abandonar el coche en el aparcamiento y aproximarse al portal de acceso: las miradas burlonas, de funcionario a funcionario, su complicidad elemental en torno a cuestiones elementales, quizás el relato del vigilante a sus compañeros de labor, a primera hora de la mañana, narrándoles a su manera lo que había ocurrido la pasada noche.

Sin darle más vueltas a lo que no lo merecía, se encerró en su despacho. Burke insistía en la rebelión del día precedente, y la reaparición de Huamán Quispe en las plantaciones, para luego extraviarse en la selva, del lado de Bolivia, perseguido por leyendas feroces en torno a su captura, desmentidas luego, en varias ocasiones por sendos alzamientos aborígenes al norte de Tiawanaku, y Huamán Quispe huyéndole al asedio, para gran desconcierto de los cronistas que el propio Burke citaba, ninguno de los cuales podía confirmar con certeza su captura.

Ansioso por concluir de una vez el manuscrito original, resolvió posponer sus afanes digestivos hasta el anochecer y no bajó a almorzar. Por la tarde inició la redacción de las conclusiones, el balance, con la mesura y ponderación que habían configurado, a través de los años, su merecido prestigio académico, para dar cuenta ahora de una cruzada civilizatoria nunca igualada posteriormente en ¡a historia del hombre, incluyendo el matrimonio inesperado de Cristo con la Pachamama, la divinidad local y pagana que, con su ingenua espontaneidad y sus encantos, ha conseguido resistir hasta nuestros días el proceso multitudinario de catequización llevado a cabo por los misioneros europeos... Releyó satisfecho el último párrafo, corroborando la precisión y agudeza que esperaba de su estilo. Desechó la pormenorización inútil de la frustrada resistencia indígena, esa insistencia de Burke en lo anecdótico y las peripecias de ciertos caudillos locales, salvo lo referente a Huamán Quispe, que refirió en media página de sobrias alabanzas.

Alrededor de las ocho, con la biblioteca nuevamente vacía, detuvo el vaivén incontenible de su pluma. Había concluido. Complacido, sin desbordarse, ordenó sus papeles dentro de la carpeta y se alzó de su sitio. Apagó la lamparilla del despacho -poco le importaban ahora los fallos del sistema eléctrico- y caminó a tientas por entre los anaqueles rumbo a la salida. Imperturbable.

Entonces percibió nuevamente el olor, aquel aroma dulzón y agreste, mezcla de axila y otras esencias, que había llamado su atención el día anterior, reiterado ahora entre los anaqueles. Y su gloria personal súbitamente opacada, convertida -cómo no- en impaciencia. O más bien temor, la misma sensación de los días precedentes, de nuevo el temor, y su corazón encabritado dentro de su pecho, su pecho anciano y frágil, al descubrirse repentinamente extraviado en la semioscuridad de la quinta planta, con la certeza de que allí había alguien, al acecho entre los anaqueles, y él incapaz de encontrar la salida, atosigado de ese olor nauseabundo proveniente del fondo, justo allí donde ahora creía percibir algo, una silueta, la figura desdibujada y precaria de algún espécimen local, en la que sólo conseguía discernir el rostro, detenido allí al fondo, observándole con fijeza, un rostro de ojos rasgados, implacables.

-¿Quién es usted? -gritó-. ¿Qué anda buscando, coño? No aguardó a la respuesta. Sin pensarlo dos veces se echó a correr, buscando la salida, extraviado entre los anaqueles, con el corazón desbocado en su interior, presionando dentro de su pecho. Sintió que se ahogaba. Sintió un aguijón lacerante en su interior. Sintió...

La noticia quedó relegada a las páginas de vida social. Incluía el testimonio escueto de José Mamani, funcionario de la Biblioteca Municipal, que lo encontró a la mañana siguiente, tendido entre los anaqueles, con el corazón desgarrado a causa de un infarto, y el manuscrito diseminado junto a su cuerpo. Las autoridades edilicias garantizaban que sería publicado, a modo de homenaje póstumo a su autor, incluido el párrafo alusivo a Huamán Quispe, de cuya captura no hubo jamás confirmación alguna en las crónicas de la época.

Aniversario

La estadía en Indochina le había contagiado el afán de aventura, la búsqueda de la epopeya. Incluso allí, cuando todo consistía en chamuscar a unos cuantos asiáticos desde el aire cada día, en ningún caso una epopeya. Tras doce años en Saigón, al borde ya de la cincuentena, el olor del napalm dejó de parecerle tan loable como al principio y solicitó la baja de la fuerza aérea, a la que tenía sobrado derecho. Volvió a su pueblo de Illinois con el grado de coronel, en retiro, y se apoltronó en su casa de Arlington Heights, a ver la televisión por las tardes y acudir de vez en cuando al gimnasio más cercano.

En la soledad de sus días, ya sin vuelos rasantes al amanecer, McAlister languideció más temprano de lo previsto. Deseó haber tenido hijos, que su esposa hubiera aguardado al menos hasta su regreso para morirse de una complicación pulmonar. En Indochina añoraba sus labios gruesos, la recordaba extraviada cada tanto entre sus muslos, antes de la guerra, sorbiendo con fingida voracidad el adminículo, arrasándolo con su lengua y caricias, para luego abandonarse boca abajo entre las sábanas y aguardarlo sumisa, invitante, a que él irrumpiera desde atrás y se dejara absorber por la hendidura de su vientre y sus nalgas generosas, entre los hedores compartidos y las quejas, buscando ambos las respuestas que esa guerra en los remotos parajes del sudeste asiático dejó sin responder. Ahora no tenía remedio: ella estaba muerta y la guerra perdida.

Un día cualquiera, adquirió una biografía de Colón, el Almirante de la Mar Océana, que devoró en poco más de una semana y arraigó inesperadamente en su espíritu. En la Fuerza Aérea había aprendido a navegar embarcaciones de poca eslora. Decidido, retiró sus ahorros del banco y compró un velero frágil, de dos palos, al que bautizó Guenevere, en honor de su esposa. En junio de ese año lo envió fragmentado a Madrid por vía aérea y de ahí en ferrocarril a Palos de la Frontera. Allí en Palos adquirió latas y provisiones para tres meses, agua embotellada para seis, 30 litros de ron, una cocinilla a gas, música grabada de Gershwin, tabaco para su pipa y un bote inflable, por precaución. Días después concedió una entrevista a una emisora radial de Huelva, interesada en dar a conocer a la audiencia su afán de repetir la travesía del Almirante Colón, y el 3 de agosto al amanecer zarpó rumbo a las Canarias, como su antecesor quinientos años antes.

Navegó al arbitrio de los vientos alisios durante poco más de dos meses. La Rapsodia en blue lo reconfortó en la soledad del Atlántico, eso y el ron, que bebió en cubierta de sol a sombra, extraviando ocasionalmente el rumbo, embargado de su personaje en altamar, con tan sólo la brújula y el cuadrante para dilucidar su posición, abrumado, inerme ante el abismo posible, con la esperanza vacilante de las Indias o Cipango en el horizonte.

A principios de octubre, como había sucedido cinco siglos antes, vislumbró un islote hacia el oeste. Dedujo alguna isla de las Bahamas o Lucayas y proclamó para sí mismo su hallazgo («¡Tierra!»). A un centenar de metros de la orilla reparó en una pequeña bahía, chozas, la humareda que señalaba algún poblado cercano, una hilera de canoas en la arena fulgurante y blanca, gente en cuclillas a la puerta de las chozas. Temeroso de los arrecifes y corales, arrojó el ancla y alcanzó la orilla en el bote inflable, donde fue palmeteado en abundancia por los lugareños y recordó -pero evitó reproducir- las palabras emocionadas de Colón en Guanahaní, el intercambio de cuentas de vidrio y pan de mandioca. Acató gustoso el pan, que tal vez fuera de mandioca; a falta de collares y baratijas, les ofreció lo que quedaba de ron. Al atardecer estaban todos borrachos, parloteando en aquella jerigonza local de voces nasales y alaridos, entre burlas desdentadas, ingenuas, a costa del recién llegado y su barba, las ropas (ellos iban en taparrabos) o su piel enrojecida por efecto del sol (la de ellos era cobriza). Al caer la noche, McAlister se refugió en una hamaca trenzada, cedida con honores por el cacique local, un individuo barrigón y afable, con plumas y collares. Por señas y representaciones gráficas en la arena le indicaron que no había otros habitantes en la isla, llamada Burí o Bungui.

Por la noche, una de las hijas del jefe se coló en la hamaca y le explicó por señas los rudimentos de la mitología local, que aludían a un navegante barbado -McAlister se palpó sonriente las mejillas sin rasurar-, el cual habría de arribar a la isla y revitalizar con su presencia las tierras y sus dones, a quien deberían acoger y alimentar. Ella misma se hizo cargo de la acogida, reactivando sin esfuerzos su virilidad postergada. Y hubo nuevamente a su favor las noches que el sudeste asiático y su esposa le habían escamoteado, y su anfitriona adolescente se envolvió junto a él en la hamaca, restregándose contra su cuerpo, adhiriéndose a él con sus ancas lustrosas, escindidas por el taparrabos, haciéndole sentir nuevamente joven, al acecho, ávido de esa grupa tersa y oscura, insondable, que olía a coral y humo en sus resquicios menos evidentes. McAlister la recorrió minuciosamente con los labios, hasta el abismo extraviado entre sus piernas, que dejó en su boca un regusto a sal y lánguidos fluidos adolescentes. A horcajadas sobre él, ella lo cobijó y exprimió con delicadeza dentro de su cuerpo. Luego se tendió en la arena y lo aguardó de espaldas, recogiéndose con vehemencia al momento de sentirlo de nuevo en su interior, arañándolo suavemente, sin rasgar su piel blanquecina, besándolo a mansalva, adjudicándole el fragor salivoso, gratuito, de sus labios primitivos, hundiéndole hasta la garganta su lengua decidida y luego recorriéndolo hacia abajo, hasta alcanzar el añadido anhelante de su vientre y adosar su boca resuelta al tótem, succionando a su antojo, friccionando arriba y abajo con sus labios jóvenes, en dulce, improvisada muestra de canibalismo, hasta forzarlo a descargarse en su boca, un segundo en la noche caribeña, al amparo de ese islote sin historia y el rumor leve del oleaje en la orilla. Para luego abandonarlo exhausto, agradecido, en la arena, olvidado del velero y su vida pasada, ajeno bajo las estrellas.

Transcurrida una semana, resolvió explorar el lugar. Tras adentrarse en la espesura y alcanzar la parte alta del islote, ratificó asombrado un anfiteatro en la piedra, aparentemente abandonado. Desde allí escudriñó el horizonte. En el silencio matinal, se maravilló de la soledad reinante y esa primicia impensada: una tribu de nativos caribeños aún en la fase del taparrabos y los senos colgantes, ajena al turborreactor o los dentífricos.

Cuando regresó al poblado era ya el atardecer. Al aproximarse bordeando la playa, comprobó un jolgorio inusitado de fogatas y danzas a orillas del mar. Alguien salió a su encuentro y lo invitó a ocupar un trono de cañas junto al jefe, donde lo atiborraron por enésima vez de carnes ahumadas y los fermentos locales. Acabó desmadejado en la hamaca poco después de la medianoche, incapaz de ingerir nada más. A la mañana siguiente, la tribu entera lo sacó de su sueño, para conducirlo a hombros hasta la espesura, todo el mundo sonriente, entonando cánticos vivaces, los hombres provistos de máscaras llamativas y elementales, las mujeres y los niños blandiendo matracas y sonajeros de caña, bailoteando en rededor, contorsionándose al ritmo de las voces y los estribillos en coro. McAlister sonreía en medio, por mero compromiso, deseoso de volver cuanto antes a su hamaca y abolir por el resto de la jornada a esos caribeños estrafalarios, dados a los carnavales y la bebida, a propósito de nada, o de cualquier extranjero con la barba crecida que desembarcara en sus playas.

Ni siquiera le dio tiempo a sorprenderse. A pocos metros del lugar y la parte alta corroboró el anfiteatro, ahora colmado de gente. En el centro vislumbró al jefe, engalanado con sus mejores plumas. Alguien le tendió un elemento filoso, centelleante. McAlister quiso protestar, pero alguien más se lo impidió desde atrás, aterrándolo con violencia por el cuello. Desde el fondo del anfiteatro llegó hasta su nariz el aroma promisorio de la carne chamuscada.

«Como en Indochina», pensó para sí mismo resignado, sin verdaderas ganas de resistirse.

Entropía

De julio en adelante arreció el calor, y el reguero de hormigas se multiplicó a otros parajes aparte la cocina. Al poco tiempo deserté de la traducción de Hamilton y su obsesión por las radiaciones mitogenéticas (?), que no comparto. No me arrepiento de mi fuga; ningún esclavo recién huido de los algodonales reniega de su gesto, bajo la noche estrellada, saboreando el aroma agreste -transitorio- de su libertad escuálida.

Cierto día a principios de agosto bajé a la plazoleta, con el poco dinero que restaba en mis bolsillos, sumándome a las palomas que merodean por la fuente y a los ancianos nacidos de las banquetas. O a los inmigrantes norteafricanos, cuyo destino manifiesto parece ser el de rehuir eternamente el acoso policial.

Ese día los vi, por primera vez, en la banqueta adyacente: un grupo desaliñado, de tres o cuatro individuos gastados y ojerosos, y ella en el centro, una mujer aún joven, haciendo circular entre todos la botella (algún vino de escaso bouquet). Parecía -me lo pareció esa mañana- una manada de primates espulgándose bajo el sol estival, sin hablar, sin reproches, absortos en mitad del ceremonial compartido.

No me negaron un trago. Tampoco el día siguiente. Ahora soy parte de ellos, aunque desconozco sus nombres. A veces nos peleamos por una botella, eso es todo.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03