Narrativa Chilena en el exilio: notas de aproximación

Narrativa Chilena en el exilio: notas de aproximación

Marcelo Coddou
Barnard College, New York.
Literatura Chilena en el Exilio. N 11 julio 1979

Ante la propuesta con que se llama a este diálogo, 'Literatura en el exilio', cabe no sólo cumplir con el análisis intrínseco de los textos que puedan responder a tal denominación, sino que se impone también considerar las condiciones determinantes de su existencia, ya que son éstas las que, por definición, le dan su singularidad.

Ello implica la referencia necesaria al ámbito contextual que motivó su aparición, ámbito que, como es obvio, supera largamente el circunscrito a la cultura, concebida ésta como fenómeno de la supraestructura social. Pero el tener que hablar sobre el sistemático intento de destrucción que de ella está llevando a cabo la junta Militar en Chile me resulta - como le sucediera a Cortázar hace cuatro años (1) -, casi insultante, casi irrisorio. 'Hablar de cultura en este momento - decía el autor del Libro de Manuel, a pesar de que ella es el elemento natural de mi vida, me avergüenza y casi me humilla. Y, sin embargo, puntualizaba más adelante, con razón -, esto no debe ser así, porque es. necesario hablar de cultura, de su cínico desmantelamiento en el Chile de hoy'.

Y esto, entre otros motivos innecesarios de explicitar aquí, porque los desmanes y disparos de la Junta Militar en Chile también se dirigen en contra de lo que más temen y odian los fascistas: la palabra; contra lo que estiman su enemigo más peligroso: el pensamiento libre, enunciado en diarios, revistas, libros, debates.

De modo, pues, que hemos de referirnos, aunque sea escuetamente, a esa realidad condicionante, en grado máximo, de la existencia de una literatura que se tiene que estar dando en el exilio. Debemos atender al panorama que de su cultura, en su sentido más amplio, nos ofrece Chile en este momento.

Un intento de caracterización esquemática de la cultura chilena entre los años 1938 -1973 (que para Chile son los de su estricta contemporaneidad), como el cumplido por el sociólogo Mario Rodríguez en su tesis de doctorado redactada en la Universidad de Oxford (2), llega a determinar, como sus rasgos principales, los siguientes; se trata de una cultura que era, a) liberal progresista, b) esencialmente pública, c) estratificada y de asimilación 'por arriba', d) progresivamente nacional. En lo fundamental esto significa que la organización de la cultura - entendida como el todo que incluye su producción, circulación y consumo -, fue respondiendo a los muy variados y complejos procesos que, desde la infraestructura económica, iban afectando al sistema social en su conjunto; instituciones jurídicas, organizaciones sociales, sistemas de decisión, etc. Tal organización se dio en marcos que nunca dejaron de respetar los derechos a la información _ plural, a las lecturas diversas de la realidad, a la circulación irrestringida de concepciones y visiones de mundo, a la publicación y manifestación libre de ideas, al debate constante. La atmósfera dominante - su sello caracteriológico -, fué la de una posible y efectiva elaboración orgánica de una cultura chilena, sin que ello llegara a implicar la anhelada - y hasta el 73 todavía no lograda-, libre concurrencia en un campo de igualdad efectiva para la totalidad de los integrantes del cuerpo social. En todo caso, como lo ha señalado el autor que citamos,

la sociedad podía reconocerse en la cultura, ya no sólo como en un espejo distorsionado que le devuelve la imagen que las clases y grupos dominantes tienen de ella y logran transmitir como propia de todos, sino que a partir de las experiencias colectivas de los diversos grupos y clases sociales de las múltiples ideologías y creencias de esos sectores, y de sus posiciones políticas divergentes. Podía reconocerse en esa cultura aún contando con todas sus limitaciones, miserias y restricciones; se reconocía en ella como historia colectiva y como futuros alternativos (3).

Es en este sentido que, legítimamente, puede afirmarse que, hasta 1973, existían en Chile bases reales para el desarrollo de una cultura nacional.

La democratización progresiva, sus intentos de modernización, encontraron en el período del Gobierno Popular su expresión máxima, pero con un sello particular: las fuerzas sociales que conformaban el movimiento popular procuraron encauzar la cultura por una vía que representara las concepciones en él agrupadas. En ello se estaba, cuando la intervención violenta de las clases desplazadas del poder, le impusieron un fin drástico, configurando el panorama actual, cuyos rasgos vienen a ser los opuestos - por decisión de los que se apoderaban de la conducción del país -, de los que hasta ese entonces eran predominantes. La nueva imagen que de la pseudo-cultura de Chile se nos ofrece en la actualidad, es la siguiente: a) tiene un carácter disciplinario y expresivo de las jerarquías sociales, b) articula un mundo de relaciones entre individuos (relaciones privadas) dentro de ese marco de estricta jerarquización, c) define una vasta y compleja red de desigualdad de oportunidades para acceder a estilos de vida profundamente diversificados, reproduciendo asilas diferencias sociales imperantes, d) ello - con toda su rica multiplicidad de aspectos- determina un progresivo y difícilmente detenible empobrecimiento de la vida cultural (como dice Mario Rodríguez el vacío teórico cultural en Chile 'ha adquirido el carácter de verdadero abismo'): eso que, con candor, los mismos voceros oficiosos del régimen reconocen como 'apagón cultural' (4), e) imperan, así, la censura, los límites, las barreras, el amedrentamiento: la 'disciplina' impuesta sin discusión.

Creo innecesario entrar en el detalle de los hechos que hablan de la destrucción de los elementos conformadores de la cultura que desde su instalación en el poder emprendió la Junta Militar: todo ello es bien sabido por la opinión pública y los organismos internacionales, que han condenado, como era lógico esperar, tal barbarie (5). Pero puede resultar de interés recapitular las conclusiones a que, en sus análisis del año cultural recién pasado, realizan algunas publicaciones del interior de Chile. El panorama que de ellos se desprende es desolador y no voy a resumirlo: sólo citaré los párrafos con que cada uno de los articulistas pone cierre a sus estudios. Ellos hablan por sí mismos y son altamente ilustrativos. El análisis de la actividad en artes plásticas que ofrece Ercilla (6), finaliza diciendo que, para que se logre algún estímulo a la creación de los jóvenes, 'quizá habrá que esperar lo que pase en 1979'. En el dedicado al cine por la misma revista, leemos: 'aunque 1979 promete cierto progreso (en calidad y cantidad de películas importadas), es prácticamente inevitable que nuestro aislamiento en materia cinematográfica se mantenga. En lo referente a la producción nacional -continúa- , 1978 fue un año totalmente pasivo (...) Donde sí hubo mucha actividad fue en el campo de la censura cinematográfica, que batió un record al prohibir más de 40 films'. El análisis referido al teatro también termina con una frase de esperanza con respecto a lo que pueda suceder en 1979, dada la pobreza de 1978: 'es un aspecto (se refiere a la inexistencia de un repertorio internacional reciente) que debieran tener en cuenta las diversas compañías al elaborar su programa para 1979'. El de televisión (sobre la cual en un foro sobre 'El libro y la cultura' auspiciado por la Universidad Católica en septiembre del 78 se había dicho que 'daba gusto al mal gusto'), reitera una pálida expectativa; termina así: 'Total, la esperanza es lo que nunca debe perderse'. Y, ya en el campo que aquí nos preocupa, el estrictamente literario, la frase final del articulista es lapidaria: 'el año literario 78 bien puede ser, en el ámbito de la creación, un paréntesis para tiempos mejores' (7).

Lo que ninguno de esos analistas puede decir, claro, es que mientras subsistan las condiciones socio-políticas y económicas del fascismo, tales esperanzas no tienen posibilidad de cumplirse.

Si pasamos al número 402 de la revista pro-gobierno militar, Qué Pasa, correspondiente a la semana del 28 de diciembre del 78 al 3 de enero de este año, y centramos nuestra atención tan sólo en aquellos párrafos referidos a lo literario, vemos que el balance no es mejor. En la sección titulada 'Correo' un joven escritor, Jorge Marchant Lazcano (autor de una de las escasas novelas publicadas por chilenos que han permanecido en el país, La Beatriz Ovalle), sugiere, con ingenuidad que estimamos aparente, que los escritores chilenos en el exilio deben oír el llamado que Enrique Lafourcade les ha hecho de retornar al país (8). Pide 'la competencia cultural' y 'el choque generacional' con Fernando Alegría, Domínguez, Skármeta, Donoso, Droguett, Alcalde, Valdivieso, Wacquez para que, con su presencia -dice- 'salven a los más jóvenes de las porquerías góticas, endemoniados y crisis petroleras'. El propio Lafourcade por su parte, en el mismo número de Qué Pasa, en su columna 'Arte y Cultura', de la que es colaborador regular, en crónica titulada 'ŋInocentes o culpables? ', llega a postular que los escritores debieran, ante la posibilidad (sic) del silencio, tan siquiera 'escribir leseras' (insisto en que cito textualmente) y propone todo un programa de trabajo: 'salgamos al aire libre, a las paredes, a las calles, a las imprentas, a las revistas, a la televisión, a las radios, a los diarios, a las charlas en liceo, a las conferencias (...) y arriesguemos opiniones'. Y reconoce - con una supuesta honradez que no puede dejar de provocar un dejo amargo en quienes recordamos que es él autor de tres reaccionarios libros folletinescos en los que, como ha dicho Skármeta, 'frivolizan la vida y la muerte de Salvador Allende y caricaturizan grotescamente a la izquierda' (9) -. reconoce, decíamos, que los escritores allí en Chile, silenciados de su verdadera voz, 'somos culpables porque hemos callado y hemos callado por cálculo'. Si eso es lo que pasa en el interior del país, donde enumerar las escasas muestras de producción válida no hace sino resaltar la penuria dominante, en el exilio surge una obra literaria, en proceso de configuración todavía, pero que ya ofrece un conjunto de rasgos que le dan identidad propia, rica y variada. En ese conjunto, como ha dicho Manuel Blanco, 'hay no sólo compromiso, sino además buena literatura (...) Ni discurso ni panfleto, nada de soluciones fáciles. La literatura como pasión de orfebre, como enriquecimiento de la realidad, como medida de lo humano posible, la literatura como peldaño de la lucha que hoy se multiplica' (10).

Para estos escritores chilenos en el exilio son exigencias de la hora las que les obligan a centrar su atención en las inmediatas concreciones históricas del mundo en que viven, tan absolutamente urgidas de denuncia y de protesta. Son imperativos éticos y políticos los que marcan para ellos la validez de los contenidos temáticos de sus obras. Entre los mejores, sin embargo -quiero decir los más conscientes del trabajo propiamente literario-, dignificar tal dimensión esencial no les lleva a asentar que la literatura se mida y se salve por la índole de su temática. Saben y postulan, los más implícitamente, que la honda verdad de la literatura existe mediante el acto poético -productor, que eleva tal contenido a forma, por el dominio eficaz de la materia instrumental: el lenguaje, la palabra. Demuestran tener claro que no es el tema el que puede pensarse como razón primera y última de una obra y que sería abusivo emplearlo como cartabón para medir la calidad y autenticidad propiamente estética del producto artístico. El tema es algo así como una modalidad sintomática del contenido y ceñirse escuetamente a él puede precipitar a la literatura hacia su desvirtualización. Narradores como Fernando Alegría (El paso de los gansos), Jorge Edwards (Los convidados de piedra), Antonio Skármeta (Soñé que la nieve ardía), Ilario Da (Relato en el frente chileno), Poli Délano (En este lugar sagrado), Leandro Urbina (Las malas juntas), junto a la defensa de valores de compromiso de todo arte válido - compromiso ineludible siempre, de exigencia máxima en épocas convulsivas -, manifiestan una voluntad reiterada de restaurar a la palabra, en la obra, toda su potencialidad integral. Y ello es lo que hace de sus libros productos valiosos; cumplen con una eficacia política voluntariamente buscada, sin negar el carácter de objetos hechos de lenguaje que ellos tienen. No de un lenguaje cualquiera, el usado, anquilosado, petrificado del panfleto y que, por ello mismo, funciona mal si quiere actuar en pro de la más vital de las causas; la de transformar la sociedad. Si aceptamos que política no es - como lo ha recordado recientemente el escritor uruguayo Eduardo Galeano (11)-, el buen o mal manejo de los asuntos del Estado, sino 'todo el vasto espacio de encuentro entre los hombres, en el que se ponen en cuestión los problemas esenciales de libertad, de dignidad del hombre", obras como las de los narradores chilenos aquí mencionados son literatura política. Y lo son en cuanto tienen que ver con la libertad y dignidad humanas y, necesariamente entonces, con todo lo que las lastime, hiera o destruya. Se plantean en ellos, en esos libros, tanto los hechos externos de enfrentamientos, como los conflictos internos de cada participante. El espacio no es sólo el de la sociedad donde ocurren más perceptiblemente las contradicciones, sino también el espacio interior de los sujetos en quienes esas contradicciones se reproducen. De allí que empleen estos libros un lenguaje que no ofrecen de los militantes una visión mutilada, sino multidimensional, compleja. Si bien es cierto que en ellos predomina la acusación clara, manifiesta, muchas veces en forma digresiva y hasta morosamente informativa (12), también juega su papel decisivo la ambigüedad, el 'misterio' si se quiere, la sugerencia. La prosa, entonces, supera el nivel de lo obvio, de lo aparencial, para apuntar a un desenmascaramiento de lo que se acepta por 'realidad' y, así, a una recuperación de la historia.

Ambas atenciones, a una temática, a una expresión, no se contradicen, sino que ello contribuye, decisivamente, a fundar el valor de estas obras. El lenguaje artístico se ajusta, motivado desde adentro, funcional, a la experiencia vital inédita que ha de expresar. Se supera en esta narrativa la perspectiva casi restringida al ámbito personal que dominaba en la literatura chilena de las últimas promociones (13), para asumir, solidaria, un sentir colectivo y, desde allí, replantear una visión problemática, crítica, de los valores puestos en cuestión, despojados de abstracciones metafísicas y encarnados en lo histórico concreto, en la realidad inmediata, que da la materia a unas voces cuya preocupación testimonial lleva el intento de elucidar, desde el acontecer mismo que la ficción recoge, la dialéctica vigente en la circunstancia que el escritor sabe le trasciende como individuo. Vale para ellos lo que Juan Armando Epple señalara con respecto a la poesía chilena reciente:

La realidad impone violentamente sus fueros sobre la conciencia, obligando a una revisión de los supuestos que marcan la relación entre el poeta y su mundo, y exigiendo como tarea prioritaria una atención minuciosa a los hechos próximos, a lo que es palpablemente existente (14).

Se genera así una narrativa que, como indicáramos, viene a diferenciarse, cualitativamente, de la que estaba vigente en el momento en que un hecho extra-literario, un remezón socio-político de raíces económicas, vino a alterarla, demostrando una vez más - nunca serán suficientes estas demostraciones para los que siguen aferrados a la idea de una literatura que quisieran sin las huellas de la circunstancia social del hombre - , la interdependencia necesaria entre la obra y la sensibilidad que se forja en el devenir de la historia.

La narrativa chilena en el exilio supera, con su presencia, el esquematismo de los que parten de dos falsos apriori: el apriori esteticista, que conspira contra la plenitud del arte al dar prevalencia a la autonomía verbal, al concebir la obra como hecho válido por sí mismo, en tanto 'creación artística', y el apriori ideológico de los que postulan la prevalencia de la autonomía del tema, disolviendo así su configuración en planteos demostrativos. No encontramos, entre nuestros escritores en el exilio, por fortuna, quienes admitan sólo una literatura misional, de obvio mensaje, ni mucho menos, por supuesto, quienes propugnen que la literatura se refugie en la palabra, valga por ella misma y se cree su mundo propio, sin ponerse en relación de compromiso o responsabilidad. (15)

Es lo que, por ejemplo, Alfonso Calderón aprecia en Le sang dans la rué, donde el cuidado por la estructura narrativa demuestra -dice el crítico- , que 'Atías vigila los mecanismos que le han de permitir escribir una narración y no una denuncia postrimera' (16). Jorge Edwards lo ha declarado explícitamente muchas veces. Por ejemplo, en una entrevista reciente concedida en Chile; "Un escritor no puede transformarse en propagandista -dice- . No se puede confundir la literatura con la acción política. El escritor debe saber dónde está su terreno, que no es en la acción sino en el lenguaje. No se puede creer que es un instrumento real que va a hacer caer o va a colocar gobiernos' (17).

Tal modestia de propósitos -o tal conciencia de especificidades - es el que, en gran medida, les permite atender al carácter especialmente constitutivo de obras que se quiere valgan por lo que les es primordial: su propia naturaleza intrínseca, donde el afán de revelar la verdad no contradice su carácter estrictamente literario. Fernando Alegría, refiriéndose a los libros de narrativa testimonial producidos por el exilio chileno apunta, con razón, que 'ninguno de los autores cae en la 'literatura por la literatura' (pues) la severidad espeluznante de los hechos contados es tan filosa que no admite regodeos retóricos de ninguna clase' (18). Pero ello mismo, ese compromiso ineludible con la realidad, ha completado Hubert Cornelius, precisamente 'es eficaz y creador cuando existe una fuerza imaginativa -que el crítico ve en la narrativa chilena joven del exilio- dispuesta a ejercer sus fueros, a romper con las limitaciones de las cosas ya establecidas, a mostrar la vida al revés y al derecho' (19).

Y allí está la clave de esta literatura sobre la que estamos inquiriendo: responsabilidad con el momento histórico, fuerza imaginativa y vigilancia del lenguaje.


Notas:

1. Véase su testimonio ofrecido ante la Tercera Sesión de la Comisión Internacional de investigación de los Crímenes de la junta Militar en Chile, celebrada en ciudad de México entre el 18 y el 21 de febrero de 1975, recogido en el libro Chile, Denuncia y Testimonio, Santo Domingo, Ed. Taller, 1976 (2a ed.), pp. 201 - 203.

2. Cfr. Mario Rodríguez, 'La organización de la cultura en Chile: 1973 - 78', en Mensaje, Santiago, Nš 275, diciembre 1978, pp. 795 - 801.

3. Art. cit., p. 797.

4. Fue a fines de 1976 que el entonces Director de la escuela Naval acuñó tal expresión: la motivó el resultado de las pruebas de admisión de los cadetes. Desde ese instante se destapó un debate que tocó muchos aspectos nterrelacionados: la educación en sus diversos niveles, la formación de los docentes, el éxodo de intelectuales, la política represiva, la miseria extrema, etc. Como toda expresión libre de ideas, ésta también fue sofocada, por considerarse - así se estableció - , 'que se estaba exagerando con móviles políticos' y los órganos de difusión adictos al régimen comenzaron a enfatizar las muestras de un supuesto 'despegue y desarrollo cultural' (vid El Mercurio, Santiago, 25 de noviembre de 1977). Es en este respecto que estimo válido hablar de apagón cultural en Chile, sin que creamos, con Fernando Alegría, que 'el parénesis que (los fascistas) han levantado es de frágil consistencia' (así lo señaló en su 'Discurso Inaugural' de las jornadas Salvador Allende', celebradas en México en septiembre de 1978: puede leerse en Literatura Chilena en el Exilio, Nš 8, octubre de 1978, pp. 22 - 24). Sobre lo "activamente acontecido en este terreno léase el libro de Galo Gómez, Chile de hoy. Educación Cultura y Ciencia, México, Casa de Chile, 1976. En el campo circunscrito de las Universidades, los artículos del Nš 3 de Araucaria.

5. Los testimonios son innumerables. A modo de ejemplo, véase el libro de Galo Gómez citado en la nota anterior.

6. Citaremos los artículos aparecidos en el Nš 2265 de Ercilla, Santiago, semana del 27 de diciembre de 1978 al 2 de enero de 1979.

7. En el semanario Hoy, del 27 de diciembre del 78 al 2 de enero del 79, al analizar el panorama literario del año 1978, los redactores llegan a la conclusión de que éste 'es más bien desolador', p. 51.

8. Un escritor que ha vuelto a Chile es Jorge Edwards. Fue allí en 1978 'a tantear el terreno y se fue con ilusiones'. Tal vez de puro ingenuo', reconoce en entrevista concedida a Malú Sierra en febrero de este año. En esta entrevista queda claro lo que sucedería a los escritores que oyeran el llamado de Marchant Lazcano: las editoriales se les cierran, como también las Universidades y cualquier actividad literario - cultural; una vida inestable en que se verían obligados a 'hacer muchas cosas para poder sobrevivir'. Lo ha experimentado y dicho Jorge Edwards: 'Hay problemas de veto político evidente. Un sectarismo de derecha que es grave y castrador'. No obstante, el mismo Edwards representa a los intelectuales en el Comité formado en Chile pro retomo de los exiliados. 'Lucharé porque la gente de la literatura, la pintura y el arte en general pueda volver. Y porque todos los chilenos que quieran volver puedan hacerlo. El exilio es una cosa tremenda', declaró. Cfr. Malú Sierra, 'Exiliado en la isla', en Hoy, Santiago, Nš 90, 14 - 20 febrero de 1979, pp. 40- 41. Sin embargo, consultado sobre si cree que en Chile de hoy haya lugar para un escritor de 'izquierda', respondió: 'Yo diría que es muy difícil. Que hay que abrirse lugar a codazos y que para mí todavía no está claro el final del asunto. Yo no sé si voy a tener que hacer mis maletas y volverme'.

9. Las novelas de Lafourcade son las tituladas Salvador Allende, de 1974, Variaciones sobre el tema de Anastasia Filippovna y el príncipe Mishkin, de 1975 y Tres Terroristas, de 1976. El juicio de Skármeta en su importante ensayo 'Narrativa chilena después del golpe', en Araucaria, Nš 4, 1978, pp. 149 - 150.

10. Cfr. Manuel Blanco, 'Literatura chilena, hoy', en Excélsior, México, septiembre 9, 1978.

11. Cfr. 'Conversación con Eduardo Galeano', en Araucaria, Nš 3, 1978, p. 85.

12. Es el caso de la novela de Guillermo Atías, Le sang dans la rué, en la cual, ha dicho Skármeta (art. cit. p. 162), 'la serenidad copiosa de la información y el análisis' puede impacientar al lector enterado. Ese es el rasgo -sigue diciendo Skármeta - 'obligatorio de la novela sobre el golpe del 73 que las obliga a trabajar a texto y contexto paralelamente'. Sobre la novela de Atías léase el comentario de A.C. (Alfonso Calderón) en Hoy, Santiago, Nš. 90, 14-20 de febrero de 1979, pp. 42-43. De esa reseña subrayamos el siguiente juicio: 'con una haz de formas, el novelista va de la literatura concreta, evitando la 'visión lírica', al pormenor ficticio, iluminando la explicación posible y verosímil'.

13. Cfr. José Promis, La novela chilena actual. Buenos Aires, Fernando García Cambeiro, 1977. Cap. V, 'La Generación de 1957', pp. 141 - 184.

14. Vid Juan Armando Epple, reseña de Omar Lara, Crónica del Reino de Chile, en Araucaria, Nš 1, 1978, pp. 206 - 209, cit. p. 207.

15. Se trata de las dos radicalizaciones posibles en que, dice Mario Benedetti, suele plantearse el problema entre los escritores de Hispanoamérica. Cfr. Mario Benedetti, El escritor latinoamericano y la revolución posible, Buenos Aires, Ed. Alfa Argentina, 1974.

16. Cfr. Alfonso Calderón, art. cit.

17. Entrevista citada de Hoy, p, 41.

18. Cfr. su 'Discurso...' citado en la nota 4.

19. Cfr. Hubert Cornelius, reseña de Narrativa chilena joven después del golpe, en Literatura Chilena en el Exilio, Nš 8, octubre 1978, p. 34.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03