Armando Cisternas


Desarrollo Científico y Subdesarrollo Económico

-Para comenzar esta conversación quizá fuera útil que tuvieras la amabilidad de explicarnos a los legos cuál es la naturaleza de tu disciplina y qué papel le asignas en el total de la cultura chilena.

Siendo geofísico, me interesan los procesos físicos relacionados con la Tierra sólida. Dentro de esta disciplina estoy especializado en la Sismología, es decir, en el estudio de los terremotos. No necesito explicar a los chilenos lo que es un sismo, pues cada uno de nosotros ha sentido en carne propia innumerables experiencias al respecto. En Chile hemos vivido y continuaremos viviendo con los terremotos. Se los encuentra en las leyendas araucanas, en el folklore, en nuestra literatura; el paisaje de nuestro país ha sido labrado por la actividad sísmica.

Al elegir la Sismología, he tomado a los terremotos como objeto de investigación, con el fin de estudiarlos científicamente. La Sismología es una ciencia relativamente joven: los primeros instrumentos capaces de registrar el movimiento del suelo fueron inventados a fines del siglo pasado. Uno de los pioneros de la nueva ciencia, el francés Montessus de Ballore, fue invitado a Chile después del terremoto de Valparaíso de 1906. El fundó el Instituto Sismológico y fue su director hasta su muerte, en 1923. Fue una gran época, de una actividad incansable, de publicaciones continuas, de intercambio con otros países. Aún hoy día se citan las obras de Montessus de Ballore. Pero, sobre todo, pienso que es notable el espíritu con que desarrolló su actividad, pues se decidió a venir a nuestro país no por dinero ni por las comodidades, sino fascinado con sus investigaciones, con las perspectivas de realizarlas en un país sísmico.

Demostró durante esos años que era posible hacer trabajo científico de primera clase en un país pequeño como Chile.

Pero mucho antes de Montessus de Ballore, hubo ya esfuerzos por comprender la naturaleza de los temblores en nuestro país. Quiero hacer notar el caso de Mary Graham, amiga de Lord Cochrane, mujer de gran cultura y sensibilidad artística, quien estaba en Valparaíso durante el temblor del año 1822. Gracias a ella poseemos una relación detallada de la sucesión de réplicas de aquel temblor. En medio de la confusión y el pánico, ella guardó la sangre fría y tomó nota detallada de todo lo que ocurría. Sus observaciones sobre el levantamiento de la costa fueron recibidas con escepticismo en los medios científicos europeos, hasta que Darwin efectuara observaciones similares durante el terremoto de Valdivia de 1835.

-¿Qué motivos te llevaron a escoger esa orientación? ¿Puedes contarnos algunas experiencias que consideres importantes en tu vida científica?

-Los geofísicos vienen de diferentes escuelas. Hay quienes salen de la Física, otros de las Matemáticas, de la Ingeniería, de la Geología. Nuestra ciencia tiene el carácter de encrucijada de varias disciplinas. En mi caso, comencé con un interés por las Matemáticas que jamás me ha abandonado. Pero en esa época en Chile no existía una buena carrera de Matemáticas y opté por estudiar Ingeniería, eligiendo la especialidad de Minas. Al terminar mis estudios trabajé durante un año en ENAP, en Magallanes, mi tierra, como ingeniero en exploración de petróleo con métodos sísmicos. En esa época había vuelto a Chile el sismólogo Cinna Lomnitz, y comenzaban a darse las condiciones para formar grupos de investigación. Lomnitz me ofreció trabajo en la Universidad con la mitad del sueldo que ganaba en ENAP. No lo pensé dos veces, y volví a Santiago. Al poco tiempo fui becado a Estados Unidos. Tuve la suerte de estudiar en el Instituto Tecnológico de California (CALTECH), un lugar excepcional por la calidad de las investigaciones que se efectúan allí y por el dinamismo y la vitalidad de los estudios. ¡Era llegar a la primera línea del conocimiento científico! ¡Aprender a investigar! ¡Todos mis sueños de muchacho se realizaban finalmente!

Debo decir que pasé más de cuatro años en un ambiente extraordinariamente creativo, tratando de aprender y evolucionando a medida que iba realizando mi propia investigación. Creo que fui cambiando mi visión un tanto romántica de la actividad científica y de los científicos por otra más madura y más realista. Conociendo la gente y el medio norteamericano, puedo decir que muchos de mis compañeros en Chile eran tan buenos o aun mejores que los buenos estudiantes norteamericanos y que la diferencia radicaba en un problema de organización y de estructuras.

Fui alumno de Frank Press, actual consejero científico del Gobierno de Cárter. De él aprendí que una teoría no es buena si no está ligada estrechamente a la práctica, cosa que iba a encontrar después en los textos de Marx. Tengo un excelente recuerdo de él como persona y como uno de los creadores de la Sismología moderna. Ayudó desinteresadamente a los geofísicos chilenos después del golpe, y me ofreció la página editorial de la Revista EOS, órgano de la Sociedad Geofísica Americana para denunciar las persecuciones de la Junta. Pero el apoliticismo y la indiferencia por todo lo que no fuera ciencia eran la regla allí. Mis compañeros que aplicaban brillantemente el método científico al estudio de un problema concreto, no tenían, en general, un gran espíritu crítico en relación con las situaciones sociales o prácticas. Siendo revolucionarios en ciencia, eran más bien conformistas en la vida. Entre los profesores la única voz de protesta venía de Linnus Pauling, quien llevaba adelante una solitaria y valiente cruzada contra las experiencias nucleares y por la paz.

Yo vivía a dos cuadras de CALTECH y lo veía pasar todas las mañanas en bicicleta. Era lo que en Chile se llama «un viejo choro». Recuerdo que cuando Kennedy organizó en la Casa Blanca un banquete en honor de los Premios Nobel americanos, hubo una manifestación en contra de las experiencias nucleares. Pues bien, Linnus Pauling participó en aquella manifestación en mangas de camisa y con un gran cartel de denuncia, y luego asistió al banquete. El escándalo fue grande, y también el impacto que causó esta acción. Se habló de encarcelarlo por actividades antinorteamericanas. Los estudiantes de CALTECH, esta vez se movilizaron y organizaron un acto debajo de un enorme nogal, en medio de los jardines. Pauling subió a la tribuna con su esposa y dijo, más o menos, lo siguiente: «Yo no soy un mártir, no quiero ir a la cárcel, entre otras cosas porque tengo una bonita mujer y no quiero separarme de ella; pero aquí está en juego algo mucho más importante, que es el crimen que continuamente se comete contra la humanidad con las explosiones nucleares, cuyos efectos a largo plazo nadie conoce y que irresponsablemente nuestros gobernantes minimizan.» Era 1963, en los albores del movimiento ecologista.

Yo pasaba la mayor parte del tiempo en el Laboratorio Sismológico y asistía a cursos dados por Erdélyi, Feynmann, Robertson, que eran profesores notables. Fueron años de trabajo tranquilo, de producción, ricos en experiencias.

Volví a Chile con un doctorado bajo el brazo, y me tocó a mi vez comenzar a desarrollar algo en mi país, librado a mi propia suerte. Todos los que han vivido esta experiencia saben que es la parte más difícil, que es la etapa decisiva, donde es fácil perderse en el desaliento. Creo que la vivencia más importante -para mí- fue el trabajo con los estudiantes. La iniciación en el trabajo de investigación de alguien que, tiempo después, puede convertirse en un colega lleno de recursos, de seguridad y de iniciativas; es, sin duda, una labor gratísima.

-Sabemos que en estos últimos meses has estado a cargo de equipos científicos de Francia. ¿Cuál es la dirección de tus trabajos actuales y qué utilidad eventual le asignas en relación con Chile?

-Actualmente soy «Maestro de Conferencias» en la Facultad de Ciencias de París. Enseño Sismología y además trabajo en investigación. Sigo estudiando los problemas teóricos de la propagación de las ondas sísmicas y los mecanismos de ruptura de las fallas que producen los terremotos. Pero, además, he iniciado con mis colegas franceses el estudio geofísico de la cadena de los Pirineos. Soy responsable de un proyecto de estudio de la sismicidad en estas montañas. Dos cosas nos interesan: Primero, estudiar en detalle la génesis de los terremotos, haciendo observaciones geofísicas detalladas, diversas y complementarias; y, en segundo lugar, tener una idea general del movimiento relativo entre España y Francia en relación con el origen de las montañas. Hemos realizado un trabajo de conjunto con la Universidad de Grenoble, la de Estrasburgo y el Instituto Geográfico Nacional de España. Como acabo de decir, tratamos de entender los fenómenos sísmicos, mirando el problema desde varios ángulos: midiendo deformaciones, inclinaciones, campo magnético, geoquímica de las aguas, tensiones existentes en la roca, etc. De este modo, al comprender la génesis de los sismos podemos llegar a la predicción. Hemos descubierto ya que el movimiento entre Francia y España está controlado por una red de enormes fracturas, algunas de las cuales cruzan la cordillera desde Francia hasta España.

Este tipo de trabajo es posible por el desarrollo instrumental que ha habido en los últimos años, y es algo que debe hacerse en Chile. Indudablemente que la elección de este problema está ligada a mi eventual vuelta a la patria. Tal como ya dijimos, el territorio chileno está en continuo movimiento. Sabemos, en líneas generales, que el fondo oceánico se entierra bajo el Continente, a lo largo de la fosa que bordea la costa, y que los Andes y los volcanes son el resultado de esta colisión; pero es necesario conocer el detalle de lo que pasa, poder conocer las características de este movimiento en las diversas regiones del país. Esto sólo es posible si se hacen mapas precisos y detallados de la sismicidad; de este modo se puede llegar a precisar mejor el riesgo sísmico y, aún más, el problema de la predicción de los terremotos.

Nuestro país es uno de los lugares donde estos procesos pueden ser bien estudiados. Recuerdo un caso interesantísimo, la erupción volcánica en Isla Decepción en 1967. Había tres bases en la isla: una chilena, otra argentina y la tercera inglesa. Las tres fueron destruidas por la erupción. Sólo la base chilena poseía una estación sismológica con registro fotográfico, y uno de los militares estaba a cargo de la interpretación y el envío periódico de los datos a Santiago.

Desgraciadamente, el operador no se dio cuenta de que la cantidad de sismos iba en aumento. Los datos que llegaron a Santiago al mismo tiempo que comenzaba la erupción, permitían observar que las fracturas iban acercándose a la superficie y por lo tanto predecir la erupción volcánica. Ante nuestra desesperación, el marino que fue a retirar el sismograma del último día, el que contenía el instante de la erupción, iluminó con una linterna el papel fotográfico para ver si había algo registrado.

-A ti te ha interesado el análisis del desarrollo de la ciencia en Chile. ¿Cuáles son tus ideas, a propósito de una posible periodizacion?

-No puedo decir que haya trabajado el problema del desarrollo científico en Chile, pues eso corresponde a los historiadores, y me parece que ellos son los llamados a hacerlo. Tengo, eso sí, como la mayoría de mis colegas, ciertas ideas que se derivan del conocimiento de la evolución de las disciplinas que me interesan. Puede ser que correspondan a una visión muy parcial de las cosas. No hay duda que, a partir de 1964, se vivió una etapa de desarrollo científico acelerado, con un aumento en cantidad y calidad de los aportes, y un comienzo de planificación; en pocas palabras, un verdadero reinado científico.

También es cierto que durante el siglo pasado un sector de la burguesía trató de elevar el nivel cultural y científico de nuestra patria. Pruebas elocuentes son la creación de la Universidad de Chile y la venida al país de muchos grandes científicos como Domeyko, Gay, Phillipi, sin dejar de nombrar a quien fue el alma de todo este desarrollo: Andrés Bello. Este deseo de constituir un desarrollo nacional en todos los campos correspondía a un espíritu dinámico, empresarial, ávido de conocer, bien expresado por la personalidad de Pérez Rosales, y a tono con la época.

Revisando los antiguos Anales de la Universidad de Chile, me llama la atención la declinación de la actividad científica después de los años 1920. Mi impresión es que existe un vacío que separa, aunque no exactamente en el tiempo, las grandes corrientes políticas y sociales que movilizaron a nuestro país y que fueron el motor de períodos de gran progreso: las etapas que acabaron con Balmaceda y con Allende. En medio de ellas viene un período de dependencia, de sumisión, de un languidecer de nuestra actividad científica. Cada etapa ha tenido características que correspondían a la situación social y a las estructuras existentes en la época. Me parece que éste es un problema que merece ser estudiado. Por ejemplo, ¿cómo concebir, con la actividad sísmica existente en Chile, que ya fuere el Gobierno o las Universidades, no se hayan preocupado de reemplazar debidamente a Montessus de Ballore después de su muerte y aun incrementar el esfuerzo hecho? Ya he dicho que Chile tuvo en él a un pionero, a un fundador de una disciplina científica. Sin embargo, no hay una calle que lleve su nombre, y es ampliamente ignorado en el país. Sólo en 1956, y casi en forma accidental, se comenzó a reparar el descuido con la presencia de Lomnitz. Y creo que cada uno de mis colegas, en forma separada, pueden hacerse preguntas similares en sus respectivas disciplinas.

-De lo que has contado se desprende que tu incorporación a la Universidad se produjo hacia los años cincuenta. Hay muchas opiniones en el sentido que ese período trajo transformaciones apreciables en la Universidad. ¿Cómo se reflejaron, a tu parecer, en el terreno de la investigación científica?

-Me tocó estudiar Ingeniería en la Universidad de Chile a partir de 1951 y conocí bien lo que era la Facultad en ese tiempo, y lo que fue después. No creo equivocarme si digo que cuando inicié mis estudios, los profesores de jornada completa podían contarse con los dedos de la mano. De este modo la Facultad transmitía conocimientos, pero no los creaba. Pero poco a poco comenzó a formarse una nueva generación con un criterio modernizador. Creo que don Hernán Ramírez lo plantea muy bien cuando se refiere a Gómez Millas (1). Efectivamente, el recuerdo que tengo de Juan Gómez es ampliamente positivo, pues como rector de la Universidad entró a innovar en materia de política universitaria, y con él recomienza la preocupación seria por el desarrollo científico. Nadie sabía cómo comenzar, pero había que hacer algo, y se eligió la Física Nuclear. Se contrató a físicos holandeses, y un grupo de jóvenes comenzaron a estudiar bajo la dirección de Arturo Arias, que era un brillante profesor de Mecánica Racional. Pronto hubo un acelerador lineal instalado, y toda una serie de jóvenes que estudiaban entusiasmados a su alrededor. Así se formó la primera generación de físicos. En contraste con ellos está la figura de Gustavo Lira, quien fue rector de la Universidad allá por 1930 y que había sido uno de los alumnos más brillantes de la Escuela de Ingeniería. Enseñaba Física y era el gran patrón todopoderoso a la antigua. En 1925 ya había redactado un curso de Física que era bastante novedoso para la época y que seguía enseñando, sin cambiar una coma..., ¡en 1955! Fue una víctima de las estructuras de la época. No supo o no pudo renovarse. Todo se hizo sin él o más bien contra él. Sólo se dio cuenta de que su rol en la Universidad había terminado, cuando al seguir automáticamente el mismo camino que recorría desde hacía ya treinta años para ir a la sala de clases, se encontró con que éste estaba obstruido por una pared de ladrillos que habían levantado los jóvenes nucleares. Su mundo inamovible había sido destruido en un segundo, y ya nunca más pudo recuperarse. La Reforma de 1968 terminó de cambiar este tipo de mentalidad.

Pienso que fue un error haber comenzado por la Física Nuclear, cuando la Física del Sólido hubiera sido más fácil de desarrollar y más variada en consecuencias. Pero en esa época nadie tenía experiencia y había que comenzar por algún lado.

Pero el representante más destacado de la corriente modernizante fue Enrique D'Etigny. Durante su decanato, la Facultad pasó a ser un centro muy dinámico, con una gran cantidad de investigadores a jornada completa, con material nuevo, recursos para desarrollar planes de investigación y personal que había realizado estudios en el extranjero y que volvía con experiencias diferentes y con ideas y entusiasmo para realizarlas. Todo esto muy desordenado, sin un plan u objeto bien preciso, excepto el deseo de elevar la calidad del trabajo universitario. Para quien conoció lo que era la Facultad antes y después de esta transformación, la diferencia es impresionante. En efecto, tal como ya indiqué, cuando llegué a la Facultad, prácticamente no había grupos de investigación (con contadas excepciones); los laboratorios estaban abandonados, la indolencia de profesores y ayudantes era aplastante y había, en general, la sensación de un gran bostezo. Con decir que Sergio Rodríguez, que ahora es profesor de Física en una Universidad norteamericana, y que era el mejor alumno que había pasado por la Escuela de Ingeniería en muchos años, no podía obtener una beca para estudiar en el extranjero. ¡Qué quedaba para los demás! Finalmente, Rodríguez pudo salir gracias a una beca... que le dio su propio padre. Pocos profesores mantenían viva la llama del interés, en medio de una gran indiferencia de los demás. Recuerdo con gran cariño a Domingo Almendros, profesor de Matemáticas, y a Arturo Arias, de Mecánica Racional, quienes llegaban antes los estudiantes con dignidad y elegancia a entregar lo mejor que podían ofrecer, y que en la Facultad de Ciencias, recíprocamente, contaban con la simpatía y el respeto de todos.

Con el primer contingente de investigadores chilenos que volvió del extranjero surgió, en forma natural, la idea de formar una Facultad de Ciencias que se desprendiera de la tutela de las Facultades Profesionales. Pero en un comienzo esta idea tropezó con una resistencia muy fuerte de parte de las autoridades de las Facultades afectadas. Hablar de la Facultad de Ciencias llevaría horas, y creo que debería ser el objeto de un estudio mucho más detallado. Sin embargo, no puedo dejar de decir que, a pesar de las enormes dificultades que hubo que superar para materializar esta idea, ha sido una de las experiencias más originales realizadas en el país, y que sus alumnos han sido fundamentales en la formación de la actual generación de científicos. El impacto directo o indirecto de la Faculta de Ciencias sobre la política de investigación en las Universidades chilenas ha sido inmenso.

La transformación posterior de la Universidad tiene sus raíces en el ingreso, durante ese período, de grandes contingentes de estudiantes, sobre todo de las capas medias. Este fenómeno correspondía a un deseo social en que convergían las tesis demócratas-cristianas con las exigencias de democratización de los sectores populares. Pienso que la Reforma Universitaria de 1967-1969 fue la explosión de estas exigencias en una Universidad que había cambiado en forma apreciable, pero cuyas estructuras impedían un mayor desarrollo. Es decir, que la Reforma no habría sido posible sin condiciones objetivas que ya se habían producido en la Universidad. Y me parece que, consciente o inconscientemente, una de las preguntas que se formuló desde los inicios fue: ¿Cuál es la finalidad que vamos a dar a nuestro desarrollo? O bien: ¿podemos contentarnos con una modernización abstracta?

Estas preguntas habían sido ya formuladas por los universitarios argentinos progresistas en su reacción frente a la ideología cientificista. Dados al debate teórico, los colegas argentinos elaboraron en los años sesenta un modelo de Universidad ligada a la realidad nacional. Desgraciadamente, el proceso argentino, y en particular la acción de los jóvenes peronistas en la Universidad, adoleció de fuertes dosis de sectarismo, lo que terminó por aislarlos y precipitó la caída de la Universidad en manos de los sectores más conservadores y fascistas.

Pienso que en Chile la discusión fue más madura, pues se realizó en el marco histórico de un proceso profundamente democrático y pluralista. El debate ideológico que se llevó a cabo durante la Reforma tuvo un carácter masivo, con participación de profesores, estudiantes y personal no académico. Algunos de mis colegas criticaron los excesos del democratismo, y muchas veces con razón. Pero lo cierto es que los investigadores jóvenes, bien formados y brillantes, jamás antes hubiesen podido presentar sus puntos de vista ante todo el mundo, obtener su aprobación y luego los medios de realización práctica. Mi sentimiento es que, junto al clima de tensión política que se vivió durante todos esos años, se tuvo la actividad científica más intensa que jamás hubo en Chile, y ciertamente mucho más libertad, más recursos, más científicos, más posibilidades reales de servir al país que ahora, bajo el Gobierno de Pinochet.

Recuerdo que, como resultado de la Reforma Universitaria, se formó la Comisión de Investigación de la Universidad de Chile, que en 1971 dispuso de un millón de dólares para financiar proyectos científicos durante ese año en las diferentes Facultades. ¡Y ahora, el militar que ocupa la Presidencia de CONICYT, anuncia con grandes aspavientos que hay un plan de desarrollo de la investigación en todo el país con un financiamiento de un millón de dólares para cuatro años! Es un ejemplo concreto, irrefutable, de lo que ocurre ahora; de las diferencias no sólo de espíritu, sino reales, que afectan a los investigadores que quedan en el país. Para la Junta, la ciencia no reviste gran importancia, la Universidad debe autofinanciarse y la cultura debe vivir sometida a la censura.

Pero en mi opinión, la diferencia mayor respecto a la situación actual se puede observar a nivel ideológico. La Reforma Universitaria se declaraba partidaria de una Universidad comprometida con el pueblo de Chile. Creo que esta declaración, que fue repetida incansablemente hasta convertirse en un «slogan», tuvo un contenido real que no alcanzó a desarrollarse plenamente, pues el proceso de cambios en su totalidad fue cortado en 1973. Esta declaración tenía un claro contenido político, pues se oponía a la existencia de una Universidad neutral, abstracta, dedicada al cultivo de la ciencia por la ciencia, o a los altos valores del hombre en general, y en cambio exigía la presencia de los universitarios en las transformaciones del país, exigía de los científicos respuestas concretas a problemas urgentes e ideas nuevas para el futuro del país. Yo entendí en forma clara lo que significaba esta consigna, cuando vino la nacionalización del cobre, y la Universidad no estaba preparada para enfrentar los problemas técnicos que se crearon. A pesar del desarrollo que había en muchos campos, el Departamento de Minas de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas tenía una planta reducida de investigadores (no pasaba de diez) y no tenía la capacidad de jugar un rol importante en la resolución de muchas emergencias y menos aun de presentar programas a largo plazo. Hacía muchos años que se preveía que la nacionalización del cobre podía ser una realidad, pero la Universidad no había tomado nota y no se había preparado para la ocasión en que los intereses del pueblo de Chile necesitaban ser defendidos.

-A través de toda la documentación que hemos venido acumulando en los Capítulos de la Cultura Chilena, la dependencia y el subdesarrollo son señaladas como limitaciones importantes para la producción cultural. ¿Estás de acuerdo con esa evaluación?

-No se puede hablar del problema del desarrollo científico en Chile sin colocarlo dentro del marco histórico en que se plantea, ni alejado de las realidades socioeconómicas de nuestro país, en particular la dependencia del imperialismo norteamericano (2). Tuve que vivir en Estados Unidos para darme cuenta, desde lejos, en qué medida estábamos sujetos a una dominación que se expresa en una variedad enorme de hilos que sujetan en forma más o menos sutil los diferentes aspectos de toda nuestra vida. Esta perspectiva la obtuve conversando con otros estudiantes latinoamericanos de diferentes países. Algunos tenían una claridad política que no necesariamente correspondía a una posición firme de principios, y muchos otros estaban totalmente colonizados ideológicamente hasta el punto de defender más acaloradamente la política del Gobierno americano que los intereses de sus propios países. Ciertamente «the American way of life» es tentador para muchos que no pueden o no tienen interés en analizar a fondo las bases de tal sistema. Los casos de arribismo son frecuentes en muchos estudiantes becados. Otros, más honestos, quedan impresionados con los éxitos científicos de los norteamericanos, con la organización de la actividad científica, con la eficacia del proceso de producción de resultados, y prefieren quedarse a trabajar en un país que puede ofrecerles todos los adelantos con facilidad; o si vuelven a sus países se convierten en defensores de los métodos americanos y tratan de implantarlos sin fijarse cuáles son las condiciones reales del país.

Todo esto es bien conocido por los estrategas norteamericanos y es usado sistemáticamente como parte integrante de la política del imperialismo. Los científicos y los profesionales forman una parte importante del proceso de penetración ideológica. Tanto se han repetido estas ideas que todo puede parecer una trivialidad. Pero no por ser trivial deja de ser actual, real y tremendamente eficaz la influencia que ejercen los americanos a través de los lazos que establecen en todos los países con el enorme sistema de becas que manejan.

Evidentemente, después de estudiar en USA, a pesar de tener una posición ideológica de izquierda, y consciente de las relaciones de dependencia de mi país respecto de Estados Unidos, si tengo que elegir un computador voy a estar inclinado a elegir un IBM, pues es el que conozco bien y con el que he trabajado por años. Las cosas no pueden ser más simples.

El problema reside no en el intercambio, sino en la dominación. Nuestro país es subdesarrollado y dependiente; nuestra dependencia acentúa y perpetúa nuestro subdesarrollo, de modo que la lucha por superar nuestro atraso pasa por la lucha por la independencia nacional. Estoy de acuerdo con Jacques Chonchol (3) cuando dice que no ve alternativa a enviar cuadros a perfeccionarse al extranjero. Más aún, creo que aunque hayamos llegado a un buen grado de desarrollo científico en el futuro, deberemos seguir enviando jóvenes a los diferentes países, tanto capitalistas como socialistas, para que adquieran experiencias y conocimientos nuevos y sigan vitalizando nuestra actividad científica, pero todo esto de acuerdo a una política que refleje los intereses de nuestro país y a decisiones tomadas por nosotros.

En Estados Unidos, el sistema de producción de conocimientos científicos está estrechamente ligado a la dinámica del sistema dominante en ese país: el gran Capital y el Gobierno, incluyendo las Fuerzas Armadas. Existe una política científica determinada a nivel de Gobierno o de la Academia Nacional de Ciencias y que se expresa en grandes programas que orientan las investigaciones específicas. Ejemplos de estos grandes programas son los estudios espaciales, oceanográficos, detección de explosiones nucleares, investigación de formas nuevas de energía, etc. El control de cada investigación se efectúa a través de los «grants» otorgados a proyectos que justifiquen su interés con respecto a uno de estos grandes programas. Pero también investigaciones que se realizan en otros países contribuyen al desarrollo de estos programas a través de varios resortes, el más directo siendo el de los «grants», como bien lo destaca el profesor Hernán Ramírez en la entrevista citada. Todos caemos en la disyuntiva de publicar en «revistas de prestigio internacional con comité editorial» o desaparecer como científicos. Y aquí existe otro canal que en la práctica se convierte en un medio de dominio ideológico, pues inconscientemente los investigadores de los países subdesarrollados se orientan a trabajar en «problemas importantes» o en los temas de moda, o investigación de cuestiones que corresponden en su mayoría a los grandes programas que los norteamericanos tienen interés en desarrollar, y siendo norteamericanas la mayoría de las revistas de prestigio internacional se llega a la situación de que los investigadores de los países subdesarrollados enajenan muchas veces inconscientemente su libertad en comités editoriales y en planes de investigación que ni responden a sus intereses personales ni a los de sus países.

La lucha por liberarse de esta situación es bastante compleja, no es fácil y pasa en primer lugar por una batalla ideológica dentro de nuestras comunidades científicas. Es claro que la libertad de un país en el terreno científico sólo será posible cuando se alcance la liberación económica y política. Pero es mucho lo que puede hacerse mientras tanto para avanzar la causa de los científicos y, naturalmente, esa lucha puede ayudar a la lucha más general.

Muchos esfuerzos y mucha discusión han sido ya adelantados en cada país; y a nivel mundial, la conciencia de este problema ha decidido a la UNESCO a adoptar una serie de acciones de apoyo a los esfuerzos de los científicos de los países explotados a superar las condiciones difíciles en que llevan a cabo sus investigaciones. Todo el sistema de producción de conocimientos científicos, con sus diferentes etapas, partiendo de la planificación general, al proceso de distribución de recursos en función de las ideas que tienen los investigadores respecto a esta planificación, al desarrollo de estos proyectos, hasta la publicación y evaluación de los resultados, es sumamente dinámico, pero susceptible de ser organizado. Indudablemente la lucha de muchos investigadores de los países subdesarrollados por llegar a establecer un sistema de producción de conocimiento independiente, forma parte de la lucha por librarse del colonialismo.

Muchas veces he escuchado decir: Chile es un país pobre que no puede darse el lujo de gastar dinero en investigación. Compremos la tecnología que ya funciona (de los americanos). Esta es una expresión de política. Es una política adecuada si el país es dependiente y no entra en contradicción con esta situación. Existe otra formulación de política que consiste en tomar la decisión de tener un desarrollo activo e independiente; reservar un porcentaje que no necesita ser elevado, de las entradas en cada actividad productiva (o algunas) para ser invertidas en investigación, en esa actividad o en otras. Esta decisión corresponde a considerar la investigación como una de las inversiones que hace el país. Evidentemente esta afirmación política entra en contradicción con una estructura económica dependiente en que la mayor parte de la actividad productiva está en manos de monopolios y sólo puede alcanzar el máximo de expresión cuando el Estado tiene los medios para influir en forma eficaz en ella o para controlarla.

Hubo un cierto momento en que la Universidad de Chile recibió 0,5 por 100 de los impuestos del cobre para realizar investigaciones. Creo que ese tipo de experiencias pueden ser estudiadas y ampliadas.

Pero, sobre todo, es importante destacar que en Chile se dan las condiciones naturales como para estar en la avanzada de muchos grandes problemas: por ejemplo, siendo un país con una costa privilegiada, no cabe duda que la oceanografía debería tener un desarrollo moderno y autónomo. Del mismo modo, al existir una riqueza minera excepcional, todos los procesos relacionados con propiedades de materiales deben ser bien conocidos. El salitre fue una gran riqueza mientras no entró en el mercado el nitrato sintético; sin embargo, no se hizo ningún esfuerzo para encontrar otras formas de tratamiento de los subproductos. En el país existe energía hidroeléctrica, solar, geotérmica; pues bien, todos estos campos deberían sernos bien conocidos y nuestros científicos deberían estar en la primera línea de producción de resultados.

Las Universidades no pueden dejar de tener una vocación esencial para hacer investigación, de otro modo, transmitirán sólo letra muerta. Sin embargo, en algunos de estos grandes proyectos es perfectamente lógico que el Estado cree Institutos encargados de estudiar problemas específicos, y que deberían estar estrechamente ligados a las Universidades.

El problema de la organización de la actividad científica se plan tea con fuerza en todos nuestros países. La poca experiencia que tenemos nos ha llevado muchas veces a copiar, sin una mayor reflexión. lo que existe en los países desarrollados, y luego a preguntarnos por qué no funcionan aquellas recetas con nosotros.

Francia tiene una política de investigación independiente bien planificada y centralizada a través del CNRS (Centro Nacional de la Investigación Científica) y sus organizaciones filiales, que financiar proyectos de investigación, contratan investigadores, crean e instalan nuevos centros y laboratorios, mantienen centros de documentación y la edición de libros y revistas científicos, todo dentro de una planificación organizada en grandes programas. Indudablemente, muchos de estos aspectos, y las experiencias correspondientes son útiles como antecedentes para una futura política a desarrollar en Chile pero como corresponde a la realidad de un país capitalista desarrollado con grandes recursos, es necesario hacer un estudio crítico.

Otra experiencia apasionante en la organización del trabajo cien tífico es la cubana, que corresponde a un país pequeño que tuvo que vencer dificultades económicas y políticas como el bloqueo de Esta dos Unidos, el éxodo de los profesionales, entre otras, para construir una sociedad socialista.

-Sería conveniente ahora dirigir nuestra atención hacia el sujeto del quehacer científico. Es evidente que tu imagen del hombre de ciencias difiere de ese perfil de historieta ilustrada que han contri huido a difundir en el público los medios de comunicación de masas.

-El trabajo de los científicos es apasionante por estar ligado al proceso del descubrimiento y al estado de ánimo que lo acompaña. Es un trabajo eminentemente dialéctico, en que el científico trabaja para conocer un objeto de investigación, y en este proceso modifica a este objeto, siendo a su vez modificado por éste. Es dialéctico también en su relación con el medio en que se desarrolla, con el momento histórico, con el tipo de sociedad existente.

De este modo, la ideología dominante en los países capitalistas ha introducido un tipo de concepción de trabajo científico que está de acuerdo con sus intereses. En particular, lo ha rodeado de una serie de mitos. Bastante difundida es la noción de que el trabajo científico pertenece a unos pocos elegidos, personas excepcionales, que nacen con ciertas cualidades, y que trabajando aisladamente en un momento de genialidad pueden hacer un descubrimiento en un problema que ellos han elegido libremente y que pertenece al dominio de una ciencia universal o absoluta. En toda esta concepción hay muchos aspectos: la existencia de un conocimiento universal, el carácter neutral de las ciencias y de los científicos, la idea de que el trabajo creativo es individual o que la creación es independiente del medio, el científico es un ser que posee una libertad total. A todo lo cual se puede agregar como corolario el que los científicos pueden por su solo trabajo transformar la sociedad, y que el desarrollo científico produce necesariamente el bienestar de la humanidad.

Mucho se ha discutido sobre estos problemas, pero lo cierto del caso es que estas ideas subsisten con bastante fuerza aún hoy en los medios científicos. Cierta parte de la leyenda romántica del científico corresponde a una idealización de las condiciones artesanales en que se hacía ciencia en el pasado. Idealización acentuada por los casos individuales destacados, por ejemplo, por un premio Nobel.

En los países capitalistas avanzados, y más aún en los socialistas, desde hace varias décadas se sabe que el proceso de producción de conocimiento científico obedece a leyes que comienzan a ser bien conocidas. Que se puede pasar de la etapa artesanal y espontánea de los sabios aislados en su laboratorio, a un proceso de producción masiva de descubrimientos, donde lo fundamental es el trabajo en equipo. Este proceso puede ser orientado y planificado, su desarrollo puede ser controlado; se puede construir una infraestructura que vaya desde la formación masiva de personal científico hasta la etapa final de publicación, evaluación y síntesis de los resultados con las diversas salidas al desarrollo de las aplicaciones. Proceso íntimamente ligado a la actividad económica y social del país.

De este modo, en los países capitalistas, los científicos que creen en los valores ya citados en relación con su actividad, han chocado muchas veces dolorosamente con las realidades en que se desarrolla la ciencia en sus países. Por ejemplo, intervención cada vez mayor del Gobierno, de las Fuerzas Armadas y de los grandes monopolios en la definición de los objetivos de la investigación científica, con el consiguiente debate sobre la «libertad del hombre de ciencias». Con gran sorpresa han constatado que aun frente a problemas tan extremos como el trabajo para producir armas nucleares, o productos para la guerra química o bacteriológica, no han podido obtener un frente de científicos, sino que éstos se han dividido de acuerdo a su posición ideológica, de modo que el Gobierno puede llevar siempre adelante sus proyectos, a no ser que un movimiento de masas más amplio sea capaz de crear suficiente presión para detener las cosas.

Del mismo modo el carácter universal y público del conocimiento científico queda desmentido frente al secreto ya sea gubernamental o industrial que afecta a numerosas investigaciones.

Del mismo modo el carácter universal y público del conocimiento científico queda desmentido frente al secreto, ya sea gubernamental o industrial, que afecta a numerosas investigaciones.

Pienso que todo este proceso de desmitificación conduce a ver al científico como una persona que trabaja y vive en una sociedad de terminada y que vibra con sus problemas. El desarrollo científico del futuro no será el resultado de algunos Einstein, sino el producto del esfuerzo organizado de miles de trabajadores científicos que atacan problemas que les son propuestos por la sociedad en que viven.

-Todas tus preocupaciones parecen converger a la idea de una Política Científica para el país. ¿Estimas que no la ha habido en el pasado?

-Creo que no puede hablarse de planificación científica en nuestro país en el sentido moderno del término, sino a partir del momento en que se crea CONICYT con el proyecto modernizante que defendía la Democracia Cristiana. Después vino el proceso revolucionario y la Unidad Popular propuso que la investigación científica fuese íntimamente conectada a los problemas planteados en el país por las exigencias múltiples de ese proceso. El dinamismo de las transformaciones producía una ebullición nunca vista. Las perspectivas eran infinitas y las ideas de una variedad sin límites. Es decir, había condiciones objetivas para producir un desarrollo acelerado de la actividad científica, y en la práctica unas Universidades más que otras, dependiendo del grado de compromiso con el proceso, se abocaron a estudiar un gran número de problemas. En el artículo de Enrique Kirberg (4) se pasa revista a la gran participación en el proceso que tuvo la Universidad Técnica.

El debate habido durante la Reforma Universitaria, y las transformaciones de estructura e ideológicas que siguieron fueron también elementos fundamentales para preparar el terreno para un buen trabajo. Por ejemplo, después de la Reforma se creó la Comisión de Investigación de la Universidad de Chile.

Sin embargo, creo que tuvimos serias deficiencias en la generación y aplicación de una política científica durante los tres años del gobierno de la Unidad Popular. Al mismo tiempo, durante ese período hubo logros significativos en el terreno de la democratización y de la planificación, en especial con el gran debate en torno al primer congreso de científicos organizado por CONICYT.

El Gobierno, enfrentado a urgentes problemas que requerían acción inmediata, y frente a los ataques que recibía en todos los terrenos, dio su prioridad a los problemas que afectaban directamente a la gran masa de la población. La investigación científica ocupó un lugar de espera. La distribución del presupuesto dejó a CONICYT con los medios para financiar los sueldos de los funcionarios y continuar con el ritmo de trabajo anterior, pero sin los recursos necesarios para ocuparse de controlar efectivamente la labor de los investigadores. Los diversos proyectos fueron financiados directamente por las Universidades o por las instituciones gubernamentales. El número de proyectos, los recursos, la cantidad de investigadores creció respecto al período anterior, pero no en la forma esperada, necesaria para respaldar a largo plazo un enérgico desarrollo de la economía nacional.

Nuestra inexperiencia en el manejo de la planificación científica pesó, desde luego, en los errores u omisiones que se cometieron, sobre todo omisiones. Los objetivos trazados por CONICYT: determinación democrática de las orientaciones del desarrollo científico, planificación de la investigación fundamental y aplicada y racionalización de los recursos (ver el libro Por la Universidad chilena) corresponden a condiciones necesarias para el buen desarrollo de una política científica, pero no resultaron suficientes. Es innegable el adelanto que significa haber llegado a aplicar estas ideas, pero es justamente en la aplicación en que no avanzamos suficientemente. Por ejemplo, los investigadores chilenos no llegaron a conocer una política científica coherente basada en el debate producido en el primer congreso de científicos. Otro punto importante es que aun si esta política hubiera estado claramente delineada, CONICYT no tenía control de los recursos que eran necesarios para llevarla a cabo. Es cierto que frente a esta insuficiencia, CONICYT trató de jugar un papel de coordinador de los proyectos que distintos ministerios llevaban a cabo, pero no tenía fuerza sino para servir de enlace o central de información.

-En la documentación acerca de la Universidad, la mayoría de los participantes consideraron normal la identificación que existe en Chile entre investigación científica y Universidad. Entre los rasgos de una Política Científica, ¿te parece adecuado ese criterio?

-Pienso que una de las causas de que nuestra planificación científica haya sido deficiente en el pasado corresponde al hecho de que si bien se progresó extraordinariamente en muy poco tiempo, todavía no se había alcanzado un desarrollo adecuado para dar contenido a tal planificación. Es por eso que toda política científica que elaboremos hacia el futuro debería contemplar la formación masiva de cuadros científicos.

Los nuevos científicos chilenos deben tener una muy buena formación básica que les permita atacar con facilidad una gran variedad de problemas. Deben tener la mejor educación posible, tanto en Chile como en el extranjero, recogiendo las experiencias más variadas y actuando como elementos que revitalizan permanentemente nuestra actividad. Pero al mismo tiempo, los nuevos científicos chilenos deben tener conciencia clara de las realidades y de los problemas del país, no sólo en su propia disciplina, sino en todo lo que concierne a la mayoría de los chilenos. Es decir, que no considero al científico como una persona neutra o indiferente. Mi experiencia me muestra que, en general, mis colegas que han elegido la carrera científica, muchas veces con sacrificios, son personas que poseen un alto grado de idealismo, y que siendo movidos por aspiraciones muy nobles pueden perfectamente comprender la importancia de su rol en el progreso del país en el campo económico y social.

En segundo lugar, ya hemos hablado de los aciertos y deficiencias de CONICYT en el pasado. Creo que no es posible solucionar aquellos problemas si el Gobierno que reemplace a la dictadura fascista no toma la decisión explícita de llevar adelante una vigorosa política científica, dando a CONICYT los recursos y los medios para realizarla. No se trata, por supuesto, de centralizar todos los recursos en CONICYT, sino de dotarla de los adecuados para que pueda, efectivamente, guiar una política a través de programas coordinados con las Universidades y otras instituciones.

En tercer lugar, CONICYT debe tener como objetivo prioritario la formación de una estructura de producción de conocimiento científico, que contemple todas las etapas de tal proceso: formación de investigadores, creación de laboratorios e institutos, planes de investigación, presentación y evaluación de proyectos, congresos científicos, publicaciones, evaluación y aplicación de los resultados, infraestructura (bibliotecas, laboratorios, centros de cálculo, etc.).

Al llamar al I Congreso de Científicos, CONICYT rompió con los moldes burocráticos y se acercó a los investigadores enriqueciéndose con sus contribuciones, ligándolos a su vez a un proceso de carácter democrático y representativo de los anhelos de cambios de los chilenos. Esta u otra forma equivalente de participación debe formar parte de la futura organización de nuestra actividad científica.

Mucho y muy duro va a ser el trabajo para reconstruir todo el destrozo que el Gobierno de Pinochet ha causado en el terreno de la cultura, la educación, la ciencia. Sectores completos de la actividad creadora han sido lisa y llanamente suprimidos, como es el caso de excelentes departamentos de ciencias sociales o políticas; otros han sufrido tal descalabro que apenas funcionan normalmente; otros, en fin, la mayoría, no tienen fondos para funcionar y se reducen casi a la sola actividad docente. Esta destrucción masiva de nuestra capacidad creadora ha merecido la condena internacional y la preocupación especial de la UNESCO, que ha buscado formas de ayudar a mantener vivas ciertas áreas culturales o científicas amenazadas de asfixia o desaparición.

El pueblo chileno tiene grandes cualidades que se han expresado durante toda su historia en diversas formas. También en el terreno científico existe una potencialidad que debe ser desarrollada al máximo. Actualmente se pierde la mayor parte del talento de nuestros jóvenes. Prácticamente un porcentaje mínimo de hijos de obreros o campesinos pueden tener acceso a la Universidad, mucho menos a carreras científicas. Nuestro pueblo merece mucho más que aquello. Ningún joven con talento debería no tener una beca. Es el bienestar y la dignidad del país que lo exigen. Pero la raíz del problema es evidentemente política: aquellos Gobiernos que menos se preocupan de sus pueblos y que más aceptan el yugo de la dependencia son los que menos se preocupan del desarrollo científico. Por otro lado, el ejemplo cubano demuestra el grado de desarrollo que puede alcanzar un país pequeño, a pesar de condiciones especialmente difíciles, en el terreno científico.

-Y una última pregunta, como miembro del sector de las denominadas Ciencias Exactas. ¿Cuál es tu visión de las relaciones entre esas Ciencias y las Ciencias Sociales?

-El objeto de cada ciencia es diferente, pero el método científico es el mismo en todos los casos. Cada ciencia tiene, además, un desarrollo que le es propio y que corresponde a su historia. Por ejemplo, la Biología y la Química en estos momentos son mucho más cuantitativas de lo que eran en el siglo pasado. Lo mismo ocurre con la Geología y la Economía. Es obvio que en una primera etapa el conocimiento del objeto se hace en una forma muy directa, empírica; es a etapa de recolección de datos, de duración muy variable. Y más adelante viene el trabajo de síntesis, que produce las primeras formulaciones teóricas, es decir, la posibilidad de hacer predicciones que generan nuevos experimentos.

Las Ciencias Humanas no difieren de las llamadas Exactas sino por el objeto de estudio. El mismo rigor científico debe ser empléalo en todas ellas. Quienes rechazan la calidad de ciencias a las relacionadas con los hombres y sociedades, cometen un grave error. Sin embargo, pienso que tal situación puede darse sólo en los regímenes más regresivos como los Gobiernos fascistas en América del Sur. La quema de libros en Chile y la prohibición de lo más importante de la cultura latinoamericana (Neruda, Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez, Benedetti, etc.) en Argentina nos hacen pensar en la Alemania del año 1933.

Nombres como los de Marx, Freud, Chomsky están ligados en forma definitiva a la aplicación exitosa del método científico al estudio de los hombres.


Notas:

1. Hernán Ramírez Necochea, "Universidad chilena: democracia y fascismo". Araucaria, núm. 3.

2. En este sentido, es muy interesante leer las opiniones del eminente físico brasileño José Leite López entregadas en 1977 a la revista Impact de la Unesco.

3. Araucaria, núm. 3.

4. Araucaria, núm. 3.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03