Helvio Soto

HELVIO SOTO

MI APRENDIZAJE CON "CALICHE SANGRIENTO"

La realización de Caliche sangriento significó para mí un conjunto de aprendizajes y verificaciones.

En 1968 estaba convencido de que cualquier transformación fundamental de un destino colectivo imponía, antes, una reflexión sobre el Ejército. El film debería constituir lo que en nuestro lenguaje de la época era "una tarea desmitificadora". Y si elegí un episodio de la guerra del Pacífico era, simplemente, porque semejante conflicto significaba atacar, sin rodeos, el núcleo del mito: se trataba de decir que el Ejército chileno no había ganado ninguna guerra patriótica y que solamente no había hecho otra cosa que cumplir con el papel de un Ejército latinoamericano, esto es, defender una burguesía decidida a sostener su interés en comportarse en marioneta del imperialismo.

Por primera vez, la censura chilena prohibía un largometraje nacional. Ello componía una verificación: es el límite moral constituido en verdad absoluta; la burguesía no podía sino que imponer su ley. La discusión se extendió en distintos frentes mientras los posibles futuros distribuidores se frotaban las manos: en la eventualidad de conseguir que la prohibición fuese anulada, la publicidad ganada en la batahola prometía convertir el film en un excelente negocio.

Paso a paso, el objeto realizado comienza a realizar su propia praxis, independientemente de su inventor. Varificación segunda: un acto se sumerge en la multiplicidad humana e inventa nuevas verdades que nos totalizan. Es decir, por el mismo gesto de producir una historia, la historia nos produce. Posible gran negocio en el comercio o estúpida pesadilla para otros. Caliche sangriento era tal vez más importante como acción que producía nuevas verdades que como film. La pesadilla absurda era para el Gobierno del presidente Frei y para su ministro de Educación.

Encerrados en la contradicción en que suelen verse envueltos ciertos demócratas, debían explicar cómo la libertad de expresión podía seguir siendo algo cierto en Chile mientras un film permanecía en los cajones del productor. Entonces aprendí que la presión que el Ejército puede ejercer es mucho más decisiva y brutal de lo que podía imaginar. Y hablo, ciertamente, de la imaginación de un chileno en 1968. El ministro de Educación no quería que Caliche sangriento fuese prohibido, pero era preciso "dar algo" al Ejército y salvar la cara de todo el mundo. Casi no podía creer a mis oídos cuando oí la proposición de negociar el asunto y, por ese mismo golpe, dejar a salvo el prestigio democrático del Gobierno y satisfecho el deseo de vindicta del Ejército.

En la Universidad Católica, mis cosas no iban mejor con el rector, cuyo representante en la censura, a nombre de la Universidad, había también votado la prohibición del film. Tampoco el rector quería que la Universidad apareciera como cómplice de tal prohibición, pero ya era tarde. Aprendí, entonces, que sólo ahora el rector se informaba de lo que podía ser el cine chileno: algo que le exigiría, al menos, preocuparse de quién representaría a la Corporación en la censura.

Como suele ocurrir, "las cosas se arreglan". La ley chilena de censura cinematográfica impedía que se practicaran cortes en los films: o se aceptaban completos o se rechazaban. Concluimos aceptando el negocio del ministro: contra la ley y para calmar la ira del Ejército, se practicó un corte en el film. Ahora la censura podía alegar que veía una nueva película y, esta vez, aprobarla.

Pero el film no fue el gran éxito público que, tradicionalmente, los entendidos en comercio cinematográfico esperan de una película que ha ganado la publicidad que le otorga una prohibición y que, así, se convierte en "el escándalo" que todos se precipitarán a ver. Y ello fue el aprendizaje esencial: tampoco una "tarea desmitificadora" se decide desde antes y por una decisión que nos pertenece. Un mito, aun como tal, es una verdad, relativa como otra, pero en cualquier caso da cuenta de una situación histórica que no se supera oponiendo, simplemente, una idea distinta. Sucede que, al parecer, un mito es cosa y así se hace posible de un conocimiento colectivo. Caliche sangriento, en el mundo de las cosas, era más bien una idea, y sucede, también, que los hombres conocen cosas y no ideas. Y el sentimiento de inutilidad me alcanzó: en 1969 el público chileno se decepcionó por el film porque no podía aceptar que el Ejército fuese brutal y dependiente de los intereses de la burguesía y del imperialismo; cuatro años más tarde, ese mismo público lo aprendió así y algunos pagaron con su vida este aprendizaje.

No quiero decir que la tarea de cineasta consista en la misma que ejerce un adivino que ella se haga más brillante si se tienen cualidades proféticas... Hombre antes que creador, totalizado por verdades dialécticas, el cineasta debe hablar de las situaciones de hoy al hombre de hoy: Caliche sangriento se esfuma en tanto que verdad producida para 1968 en la masacre que recompone otras verdades en 1973.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03