Los años de la esperanza

LOS AÑOS DE LA ESPERANZA

En torno a una conversación con Inti-Illimani

Luis Cifuentes

Luis Cifuentes tiene hoy el grado de Doctor en Ingeniería Química, y en los años en que estudiaba la especialidad en la Universidad Técnica del Estado era dirigente estudiantil y animador destacado del frente cultural. Vive en Inglaterra (Swannington, Leicester) desde hace más de diez años, y en este exilio ha escrito un libro -Implacable optimismo. Inti-Illimani y la generación de los sesenta- del cual el texto que publicamos es apenas un extracto. O mejor, la reelaboración de uno de sus capítulos, que en su versión original es una entrevista sostenida con Horacio Salinas, Horacio Durán, José Seves, Max Berrú y Jorge Coulón.

Araucaria de Chile. N 43, 1988.

A ojo de pájaro

Los años 60 fueron uno de esos escasos períodos en la historia en los que las ideas de la cultura progresista se transforman en dominantes. Fueron años de grandes esperanzas, optimismo y movilización. Creo que hubo tres factores fundamentales que determinaron estas características. En primer lugar, en los años 60 se vieron los frutos del proceso de reconstrucción y readecuación de las economías dominantes en la postguerra, del 45 en adelante. Se produjo como consecuencia una activación extraordinaria de la economía mundial que tuvo como resultado, en los países desarrollados, una baja considerable en los niveles de desempleo, la producción masiva de bienes de consumo y un gran aumento en el nivel de vida. Como resultado de la necesidad de estos países de exportar bienes y capitales e importar materias primas, se produjo también una activación de muchas economías en el Tercer Mundo. Aun cuando este proceso no resolvió los problemas sociales ni políticos del mundo y apenas si tocó los problemas de la extrema pobreza, generó grandes aspiraciones.

Por otra parte, hubo un clima político de progreso con la liberación de muchas ex-colonias en Asia y África. La revolución cubana rompió el fatalismo geográfico latinoamericano y la izquierda creció a nivel mundial. Autores marxistas tales como Marcuse y Althusser se convirtieron en best sellers y hasta una extracción proletaria se transformó en factor de prestigio en muchos círculos intelectuales.

Por último, hubo un gran avance tecnológico, con el surgimiento de la carrera espacial: el primer sputnik en 1957, el primer hombre en el espacio, Gagarin en 1961, el primer descenso en la Luna en 1969. Las aplicaciones de la nueva tecnología electrónica pusieron medios de comunicación al alcance de cientos de millones de personas. La radio a transistores realmente convirtió al planeta en «la aldea mundial» y con ello, mitos milenarios comenzaron a ser destrozados. Todo esto contribuyó al clima de esperanza y optimismo que en Chile alguien llamó «la revolución de las aspiraciones».

Rock y fútbol

Para mí, los sesenta comenzaron a principios del 57, cuando, por primera vez, recuerdo haber escuchado «Don't be cruel» de Elvis Presley. Esa música, esas guitarras con eco, ese ritmo señalaron entonces y ahora el umbral de una nueva época. La música norteamericana tendió a desplazar a la latinoamericana tradicional, la «música de los viejos», el tango, el vals. La nueva era fácil, sin gran complejidad. El rock tuvo el carácter de un nuevo lenguaje universal en manos de la juventud. Los jóvenes del mundo entero parecían vibrar al unísono con esa ola de energía y sonoridad.

Por supuesto, la música «antigua» siguió prestando alguna utilidad, ya que la considerábamos acaso la única oportunidad de apretar a la rubiecita de al lado en alguno de esos bailes sabatinos. Sin embargo, las fiestas eran de y para los adolescentes «grandes» y no para esos mocosos de mierda que parecían descolgarse del cielo. Claro, a mí no me echaban, seguro por mi aspecto inofensivo. Lejos estaban de imaginar que tras la máscara de inocencia se escondía un notorio urdemales, siempre tramando dos o más planes levemente diabólicos, algunos de los cuales llegaron a concretarse mientras que otros aún esperan su turno. La continuidad de la infancia es, en muchos de nosotros, harto más importante que lo que el mundo está dispuesto a admitir.

La coronación de ese proceso fueron Los Beatles. José Seves me recuerda cómo el rock original podía interpretarse casi en su totalidad sabiendo cuatro posturas en guitarra. Los Beatles rompen esa simplicidad y ensayan armonías más complejas. Con el tiempo, uno se da cuenta de que ellos correspondieron a un nuevo nivel del desarrollo tecnológico musical y de organización de las multinacionales del disco. Grabaciones de mayor calidad, mejor publicidad, etc. Con una sonrisa, Pepe confiesa haber estado en un grupo que hacía mímica de las canciones del grupo de Liverpool. Max Berrú añora sus temas más románticos, la dulzura de esa música, sus arreglos vocales. Fueron, dice, un trasfondo de mis propios amores. No cabe duda de que la música popular no volvió a ser la misma después de la irrupción de estos innovadores.

El año 1962, un acontecimiento nacional vino a agregar una nueva dimensión a la década: el Campeonato Mundial de Fútbol pareció colocar a Chile en el mapa. Se veía a los grupos extranjeros filmando en las calles y esto forzó a muchos jóvenes a pensar en el resto del mundo. Max se apresura a afirmar que el campeonato cambió su vida, ya que él era muy aficionado a ese deporte y por eso viajó de su Ecuador natal a Chile en 1962. Una vez allá decidió quedarse a estudiar y entró en un mundo nuevo. «Si no hubiera sido por el Mundial, yo no habría llegado a Inti-Illimani.»

El movimiento estudiantil y la Reforma Universitaria

Para nosotros, la columna vertebral de las experiencias de los 60 fue el movimiento estudiantil. Algunos comenzamos a participar en la enseñanza media. Fuimos así testigos del proceso de radicalización que se dio en los 60. Hasta el 73 los que estábamos metidos en la izquierda no sabíamos lo que era perder, ya que crecimos y ganamos influencia permanentemente en todo ese período. Se formó así una generación de dirigentes jóvenes, con grandes expectativas y que no conocían la derrota. Existía la convicción de que teníamos las armas de la razón más absoluta.

El año 65 la izquierda conquistó la dirección de la Federación de Estudiantes de la Universidad Técnica del Estado, U.T.E., (FEUT), con lo que el movimiento por la reforma universitaria cobró una gran fuerza. Este movimiento había comenzado años antes y en 1961 había tenido su primera gran manifestación en la toma de la sede de Copiapó.

Una de las experiencias más ricas de las que me tocó participar fueron las escuelas de dirigentes de la FEUT. Bajo la batuta de Alejandro Yáñez, entonces presidente de la Federación, se efectuaron cursos breves de dos o tres días en los que los más altos dirigentes del movimiento estudiantil hacían clases y dirigían discusiones acerca de la Universidad, el movimiento estudiantil y la reforma. Asistían grupos de no más de 10 ó 15 dirigentes intermedios. Estas escuelas eran amplias, sin exclusión de sector político alguno y se transformaron después en escuelas nacionales, a las que asistían jóvenes dirigentes de las sedes desde Antofagasta a Punta Arenas, es decir, ¡separadas geográficamente por 3.500 Km!

Los cursos llegaron a darse en la sala del Consejo Superior, y culminaron el año 73 en una escuela internacional de dirigentes auspiciada por la Unión Internacional de Estudiantes a la que asistieron jóvenes de toda América Latina y el Caribe, y los profesores fueron Alejandro Lipschutz, Clodomiro Almeyda, Volodia Teitelboim, es decir, personalidades de la vida nacional.

Jorge Coulón recuerda cómo se establecieron vínculos entre el movimiento estudiantil universitario y el secundario, que llegaron a materializarse en escuelas de verano de preparación para el ingreso a la Universidad, íntegramente organizadas y administradas por la FEUT y a la que asistían anualmente dos mil o más jóvenes. Jorge, Horacio Duran y yo hicimos de profesores en esas jornadas educativas masivas. Sólo después me he venido a dar cuenta del enorme esfuerzo que significaba distribuir las salas de clases, los horarios, conseguir que tanto los alumnos como los «profesores» supieran el lugar correcto al que dirigirse, etc.

Y no olvidemos que simultáneamente se organizaban los Trabajos de Verano, que consistían en construcción de escuelas, clínicas, etc., en las regiones rurales y más atrasadas del país. Estos fueron financiados por el gobierno de Frei y luego el de Allende. Los trabajos de verano fueron una fuente extraordinaria de experiencias sociales, políticas y culturales.

El «secreto» del éxito del movimiento estudiantil era lo atractivo de las ideas generadas, que capturaban un entusiasmo masivo, y a que parecíamos tener un plan maestro de cambio y avance multifacético de la sociedad chilena, en el cual cabían todas las tareas individuales. Queríamos colocar a la Universidad en consonancia con la voluntad de la gran mayoría de los chilenos. Nunca se pudo decir, por el tremendo apoyo que estas ideas tenían, que ellas fueran de tipo proselitista o estrecho.

La reforma universitaria tuvo sus defectos y sus virtudes. Creo que el principal logro fue la reestructuración total de los mecanismos de toma de decisiones. Entre 1967, cuando los estudiantes apoyados por varios consejos de profesores consiguen la renuncia del rector Aravena y 1969, cuando don Enrique Kirberg es reelegido rector de la UTE, después de haber sido elegido por un año en agosto de 1968, la UTE cambió por completo en términos de estructuras de poder. Se produjo una democratización dramática de la vida universitaria, y de aquí que un dirigente estudiantil llamara a la Universidad «nuestra madre e hija».

Entre los defectos, sin embargo, hay que señalar que la reforma fue un proceso pensado, impulsado y llevado a la práctica por los estudiantes, con poca participación efectiva del estamento docente, y hubo muchas áreas, especialmente aquellas de carácter funcional, donde los estudiantes no estábamos en condiciones de llevar la batuta. En estas áreas hubo fracasos. Creo que muchos profesores, al ver el enorme entusiasmo de los jóvenes, limitaron su participación a una de apoyo. Entre los pocos que se integraron activamente, con ideas críticas, la gran mayoría eran jóvenes que habían sido estudiantes hasta poco antes de unirse al plantel docente. Lamentablemente, su falta de experiencia los colocaba a la par con los estudiantes.

Jorge señala, con razón, que el movimiento fue demasiado auto-suficiente. Hubo poco aporte desde afuera y esto sin duda fue una limitación. Habría sido conveniente estudiar otras experiencias. A pesar de que hubo contactos entre las organizaciones estudiantiles, se hizo poco por intercambiar opiniones estudiantiles, se hizo poco por intercambiar opiniones en todos los terrenos. En algunos casos hubo un alto grado de ignorancia respecto de lo que sucedía en otras universidades. A aquellos que afirman que la reforma universitaria habría comenzado en 1967, sería conveniente recordarles que, en la UTE, el primer logro tangible se dio a fines del 66, cuando se consiguió representación estudiantil limitada ante el Consejo Universitario. En otras universidades también hubo actividad reformista antes del año 1967.

Un aspecto que a muchos nos ha llamado la atención es la idea de alguna parte de que estos grandes procesos sociales eran manejados por los partidos políticos. La verdad fue que todos ellos, incluido el movimiento estudiantil, tenían su dinámica propia, las cosas encajaban espontáneamente. Comunistas, socialistas, etc., seguían al movimiento estudiantil. Por otra parte, era tal la velocidad de incorporación de gente a estas actividades que no había ninguna posibilidad de adoctrinar ni manipular. En definitiva todo dependía de pasiones individuales, de las que el movimiento total era la resultante. Ni siquiera era posible predecir la dirección de los acontecimientos de año en año.

Horacio recuerda que en 1966 él encabezó una lista del MUÍ (Movimiento Universitario de Izquierda) en el Departamento de Química de la que luego se llamaría la Facultad de Ingeniería de la UTE, y fue elegido presidente, pero lo cierto es que la actividad musical lo absorbió por completo y estima que su gestión recayó en otros compañeros. «Mi colaboración se dio en los marcos de la peña y luego del conjunto. Yo participé de todas las actividades, pero como un soldado más. Eramos número fijo en todas las actividades de la FEUT, en la huelga por el presupuesto universitario el 66, y luego en la ocupación de todas las dependencias universitarias el 67, que terminó en la renuncia del Rector y la formación de la Comisión de Reforma.»

Hubo un episodio ligeramente dramático que nos tocó protagonizar a los dos cuando éramos miembros de la directiva del centro de alumnos de ingeniería química. En esos años hablábamos de una «reforma de derecho», que consistía en modificar la ley orgánica de la Universidad, y una «reforma de hecho», que consistía en modificar las prácticas universitarias, sin necesidad de cambiar la ley.

Uno de los objetivos de la reforma de hecho era conseguir la creación de departamentos independientes de las antiguas y autocráticas escuelas. El director de nuestro departamento había estado peleando por lo mismo, en forma individual, desde hacía varios años y algo había conseguido. Pues bien, el año 66 hubo un pronunciamiento de las más altas autoridades que en la práctica dejaba sin validez lo poco que el departamento había conseguido en términos de independencia. El centro de alumnos, con apoyo de la FEUT, inmediatamente se puso en movimiento en respaldo al director y contra las autoridades superiores. Más de 300 estudiantes -la casi totalidad del departamento- fuimos a protestar a la Casa Central de la UTE y también a la Escuela de Artes y Oficios, de la cual aún dependíamos.

A los pocos días, fuimos conminados a asistir a la oficina del Secretario General de la UTE, quien se sintió tocado por una declaración firmada por nosotros en la que condenábamos la actitud de las autoridades. El Secretario, indignado, nos increpó muy enérgicamente, pero el resultado fue cero, ya que le contestamos que creíamos que lo que estábamos haciendo era justo.

Esto fue en alguna medida un signo de los tiempos, ya que había en Chile una atmósfera de democracia, de libre expresión de ideas. Sin duda hoy, en Chile o en muchos otros países, habría represalias contra los dirigentes de un movimiento reivindicativo similar, pero en aquellos años todo parecía posible. Poco después se desencadenó el movimiento que llevó a la renuncia del Rector y al comienzo del proceso que transformaría a la UTE.

Pero Horacio tuvo un papel más trascendente en mi vida: él fue quien me introdujo al mundo maravilloso de los lomitos de «La Fuente Alemana» (tal como Miriam Campos me inició en la comida china). Sólo por eso, nuestro eximio charanguista debería ocupar un lugar de honor en mi autobiografía. Mis intentos por devolverle el favor y llevarlo al Bar Restaurante «Las Tejas», en calle Nataniel, donde se tomaba chicha en manguera y se comía los mejores perniles del mundo, naufragaron por angas o por mangas. Espero que otra persona haya cumplido con ese deber sagrado.

Cabe señalar que el Director Musical de Inti-Illimani, el nunca bien ponderado Loro Salinas, también fue estudiante de la UTE por un período breve, pero tenía una relación anterior con la universidad. Yo aún lo recuerdo llegando a la UTE con su uniforme de estudiante secundario y su mágica guitarra, amén de alguna de sus numerosas y encantadoras hermanas, a tocar melodías de Falú. A veces tomaba el bombo y nos dejaba boquiabiertos con su precisión casi malévola en la interpretación de un bailecito, un taquirari, una chacarera. Al mismo tiempo, estudiaba guitarra en el Conservatorio. Su principal recuerdo de la Universidad es la diversidad e intensidad de actividades que se veían en ella. En los casinos, los jardines, las aulas. Era una Universidad extremadamente interesante para vivir los años formativos. No había semana en que no se hiciera alguna actividad artística o de otra índole. La reforma universitaria fue una verdadera epopeya del afán libertario que nos animaba. «Recuerdo con satisfacción», dice, «las numerosas actuaciones que hicimos con Horacio en 1968, durante la campaña eleccionaria que llevó a la rectoría a Kirberg. Cuando nos encontramos con él en los Estados Unidos siempre comentamos esos días».

Con Jorge Coulón estudiábamos el teorema del valor medio, practicábamos la integración por partes y tratábamos, sin hacer cálculo alguno, de deducir el gráfico de la primera y segunda derivadas de una función. Resolviendo problemas de planos inclinados y poleas absorbíamos los principios de la mecánica newtoniana, beatamente ignorantes de la mecánica cuántica con la que, poco después, chocaríamos de frente. Luego nos sacábamos un seis en la prueba, como casi siempre que estudiábamos.

Ambos terminaríamos nuestros estudios en el plazo normal, pero las cosas más importantes no las aprendimos en el terreno de la ingeniería. En la marcha diaria de las organizaciones estudiantiles, en las mil actividades políticas y culturales en las que participábamos u organizábamos, en conversaciones de trasnoche, en los siempre sorprendentes viajes a dedo o los más prosaicos en tren o bus a Concepción, Valdivia, La Serena, etc., llevando y trayendo información a y de las federaciones estudiantiles provinciales, fuimos construyendo una comprensión de Chile, de sus instituciones, de sus habitantes, de nosotros mismos, del mundo.

Recuerdo una noche, durante una toma de la Escuela de Artes y Oficios, en que un compañero dio una disertación improvisada de más de dos horas acerca de la revolución china. Después, esto se convertiría en una norma; siempre había alguien con interés en un tema específico dispuesto a dar charlas sobre política internacional, autores, libros, etc. Destripábamos a Garaudy y a Althusser; los más aventureros se atrevían con Lukacs. Mirando hacia atrás, resulta sorprendente que nadie de la UTE, en aquellos días, se interesara mucho en Gramsci, que, para mí, es el tata de todo lo bueno que pueda estar ocurriendo en la izquierda contemporánea. ¿Omisión casual o consecuencia de una corriente subterránea pero poderosísima de dogmatismo disfrazado, del que no éramos conscientes?

El 67 fue, sin duda, a nivel continental, un «año emblemático»: el asesinato del Che, el suicidio de Violeta, la aparición de Cien años de soledad, el Primer Festival del Nuevo Cine Latinoamericano... (1) Pero para nosotros el 67 fue el año de la gran victoria, cuando forzamos la renuncia del rector y la formación de la Comisión de Reforma, que abriría las compuertas del cambio en la UTE. Durante la toma de la Casa Central, escuchábamos todo el día los discos de Violeta, hablábamos de política y literatura, jugábamos ajedrez y pimpón y unos cuantos vivían sus primeras experiencias eróticas trascendentes en los vericuetos de ese edificio grande.

Y, por supuesto, estaba la militancia, la izquierda ofrecía varias alternativas. Para los que llegamos a la Jota, ésta se convirtió en el canal de nuestro vértigo; nos sentíamos parte de una ola universal, históricamente imparable. Nuestro optimismo sólo se veía, fugazmente, ensombrecido por el temor juguetón de ser "sentados en el cajón con vidrios" en algún cuarto oscuro de Matta o Marcoleta. Aún para aquellos que, algunos años después, abandonamos las pistas militantes, la memoria de esa pasión inmensa, de esa sensación de victoria inevitable, de comunión indisoluble, quedó grabada a fuego en algún rinconcito de nuestro núcleo más íntimo, allí donde se guarda lo que no queremos olvidar, lo que no podemos racionalizar, lo que nadie puede tocar, en definitiva, lo que de alguna manera nos va a sobrevivir.

Las peñas

Experiencia seminal de los años 60 fue la creación y desarrollo de las peñas folklóricas. Horacio recuerda que él era alumno de la Universidad Santa María cuando supo de la formación de la peña de la Universidad de Chile de Valparaíso, el 20 de agosto de 1965. Fue designado por la federación de la Santa María para participar en ella. Esta peña agarró un vuelo tremendo. De ahí salieron Payo Grondona, el Gitano Rodríguez y una serie de otros intérpretes que después alcanzaron cierta notoriedad. Violeta Parra actuó en la peña, con un éxito inmenso. Hubo cinco actuaciones a local lleno y la gente hacía cola por cuadras.

«Allí escuché tocar charango por primera vez, y me enamoré del instrumento. Al año siguiente me fui a la UTE a Santiago y me integré de inmediato a la peña de la FEUT. Por ese tiempo llegó a mis manos el primer charango y un compañero de la Universidad me enseñó las primeras cuatro posturas y luego aprendí de los discos de Jaime Torres, el charanguista argentino. Yo nací en Antofagasta y estudié en la escuela República de Bolivia, de manera que desde pequeño estuve escuchando música altiplánica. En Antofagasta hay festividades folklóricas de origen indígena y este tipo de música se escucha con frecuencia», recuerda Horacio.

La otra peña fundamental, fundada en abril del 65, fue la de calle Carmen 340, «La Peña de los Parra» en Santiago. La de Valparaíso debe haber sido la segunda. Nunca hubo una peña estable de la Universidad de Chile, aunque se hacían en forma ocasional en todas las escuelas. La peña «Chile ríe y canta» fue fundada por Rene Largo Farías en 1967. La nuestra, la de la FEUT, había sido fundada en abril de 1966.

En las sedes provinciales de la UTE se formaron también peñas estables, especialmente en Valdivia y Antofagasta. Ambas tuvieron una existencia regular y muy exitosa por varios años. La peña de la UTE de Valdivia tuvo trascendencia en todo el sur de Chile. Todas tendieron a imitar a la de los Parra, que entregó la estructura básica, y en la cual hicieron sus primeras armas artistas de la categoría de Víctor Jara, Pato Manns, Rolando Alarcón y otros.

En la Peña de la FEUT había artistas permanentes, tales como Jorge Coulón, Claudio Sapiaín y otros estudiantes de la UTE. Los Quilapayún iban a menudo y nunca fallaron en las grandes ocasiones; allí comenzó su asociación con la UTE, la que luego resultaría en la integración de Hernán Gómez, Willy Oddo y Rodolfo Parada, todos ellos estudiantes de Ingeniería. Y cabe señalar que Willy había formado parte de un conjunto con Jorge y Max poco tiempo antes de formarse Inti-Illimani.

Las peñas, señala Max, tuvieron un papel importante en la difusión de la música folklórica y de aquella que reflejaba la problemática de los 60, lo que posteriormente se llamó Nueva Canción Chilena. Sirvieron de trampolín para la profesionalización y desarrollo de varios conjuntos y solistas. En ellas se estrenaban las canciones nuevas.

José tuvo una muy buena escuela en la «Peña estudiantil» de Santiago, donde, a diferencia de otras, se cantaba de todo, no sólo folklore. Casi todos los artistas eran estudiantes secundarios. En aquellos años preuniversitarios, José llegaba al departamento de mi madre en la Villa Olímpica y torturábamos al vecindario cantando, desde el balcón, una mezcla ecléctica de canciones de los Beatles y zambas argentinas. Su carrera, sin embargo, estaba lanzada y llegó a grabar dos singles cantando baladas antes de cumplir los dieciocho años. Pero cuando estaba solo, como Josie Bliss, se despojaba de su imagen pública y entonaba profundas canciones de Pato Manns, Ángel Parra y Jacques Brel.

Cuando en 1968 ingresó a la UTE de Valdivia, se enteró de inmediato que había allí una peña funcionando, con local, un equipo directivo y todo. Comenzó a cantar y se metió de lleno en la organización. Hernán Bravo, un estudiante de la Universidad era el principal organizador, con un entusiasmo contagioso. La peña tenía una gran vitalidad. Había siempre bastantes números, conjuntos, dúos, cómicos, grupos de teatro, de danza, lectura de poesía. Sus integrantes participaban también en las Escuelas de Temporada de la UTE, dando clases de guitarra y danza. Así fueron al extremo Sur de Chile, a Aysén y Magallanes. La Universidad siempre los integró a sus actividades extramurales, con lo que también demostraba una valoración por su trabajo. Se les dio acceso a programas en la radio de la UTE de Valdivia y organizaron, además, encuentros con grupos musicales provenientes de Santiago, donde intercambiaban experiencias de todo tipo. Así fue como José llegó a entrar en contacto con Inti-Illimani, que visitó Valdivia cuatro o cinco veces en el período en que fue estudiante.

La gente de la peña tenía un gran entusiasmo. Estaban aprendiendo a ser adultos y llevaban una vida bien bohemia. José y Jorge Negrón, otro de los artistas y organizadores, se iban a un bar, pedían dos cervezas y se ponían a cantar. Luego llegaban más cervezas y luego platos de comida, etc., gentileza del dueño o de los parroquianos. «Conversábamos mucho; era la época de nuestro despertar intelectual. Discutíamos libros, nos contábamos cosas interesantes, dignas de aprenderse. Muchas experiencias nuevas. Algunas noches nos íbamos a cantar a un prostíbulo...»

Y José continúa: «Había un gran despliegue de energía bondadosa, cosas que nos llenaban de esperanza en el género humano. Gente que ayudaba a otros sin ningún interés personal y con una generosidad increíble. Un año después que llegué a Valdivia conocí a Anita Pradeñas. Ella había tenido, en la escuela secundaria, un conjunto femenino que cantaba canciones de los Beatles. Como solista, cantaba canciones folklóricas. Ahí formamos el dúo "Anita y José", con el que nos hicimos conocidos en todo el Sur y llegamos a ser invitados a Santiago, donde después grabaríamos un LP acompañados por varios miembros del Inti. Cantábamos música latinoamericana, zambas, huaynos, joropos.»

Yo escuché una historia muy ilustrativa de los tiempos respecto de la Peña de Valdivia. Se dice que una noche actuó allí un conjunto local de baile. Alguien preguntó por qué no mostraban bailes valdivianos. El director del grupo respondió que no había tal cosa; se armó una intensa discusión que terminó en una apuesta: un grupo de alumnos de la UTE se comprometió a recorrer la zona montañosa de la provincia buscando bailes locales. Tengo entendido que esto se hizo, subieron a los pueblitos cordilleranos con grabadoras y cámaras fotográficas. Tuvieron que ir a caballo y el viaje mismo estuvo lleno de experiencias nuevas. Pues bien, había bailes valdivianos y claramente de origen colonial, ya que las canciones hablaban de castillos, princesas, etc. José no participó en esa expedición, pero vivió experiencias similares siguiendo contactos que miembros de la peña hacían en un bar que frecuentaban los remeros que transportaban leña por el Calle-Calle.

Esa peña, como otras, fue extraordinariamente exitosa. Cuando se presentaban en el Estadio Municipal asistían cuatro o cinco mil personas. Ese respaldo daba a sus integrantes una gran seguridad en su propio juicio. Creo que a muchos miembros de nuestra generación les pasó lo mismo. Y hablando de ésta, es bien difícil definir qué es y quiénes pertenecen a una generación. Creo que no hay parámetros objetivos. A fin de cuentas, pertenecen a una generación todos aquellos que se sienten miembros de ella, independientemente de la edad.

Viet Nam y la Patria Joven

Entre los grandes sucesos de los 60 estuvo sin duda la guerra de Viet Nam, que despertó interés en todo el mundo. Cuando se habla de los 60 en Europa, por lo general se mencionan las grandes protestas contra la guerra de Viet Nam, el movimiento hippy, los Beatles y los sucesos de rebelión estudiantil del año 68. Existe incluso la creencia de que los 60 fueron un fenómeno exclusivamente europeo y norteamericano, y se insinúa que los sucesos en otros países fueron, de alguna manera, copias o reflejos de lo que sucedió en los países desarrollados.

El Loro Salinas sostiene que esa afirmación es problemática, ya que una condición necesaria para una copia es que ocurra después que el original y una gran parte de la actividad estudiantil fundamental en Chile se desarrolló antes del 68, que para algunos parece tener una importancia extrema. Hubo grandes batallas estudiantiles el año 66 y en la segunda mitad del 67 se desencadenó la etapa más dramática de la reforma universitaria. Y no sólo en Chile, sino que también en Argentina, Brasil, México, Venezuela, etc.

La guerra de Viet Nam tuvo un gran impacto, sobre todo por la brutalidad e ilegitimidad de la agresión norteamericana. La educación chilena tenía en esos años un fuerte carácter anticolonialista e independentista, y esto facilitó nuestra toma de posiciones. Ya en mi infancia se hablaba de Indochina como una nación combatiente. En la prensa chilena se siguió con atención la batalla de Dien Vien Phu, que marcó la derrota final del colonialismo francés en el sudeste asiático.

Muchos jóvenes daban sangre para el Viet Nam regularmente y miles participaron también en la Marcha por el Viet Nam entre Valparaíso y Santiago. Había quienes, especialmente en las filas de la izquierda, atesoraban peinetas y otros objetos fabricados con el material de aviones yanquis derribados sobre Viet Nam. Fue un símbolo de lucha por la dignidad.

Pero los 60 fueron una especie de edad de oro, ya que la economía mundial pasó por un período de crecimiento. Como resultado, muchos gobiernos de ese período se ven ahora como buenos. Fue la época de Kennedy en los Estados Unidos, de Jruschov en la Unión Soviética, de Juan XXIII en el Vaticano y de Frei en Chile.

El gobierno de Frei fue el primero en tocar los intereses de la entonces todopoderosa oligarquía terrateniente, con una reforma agraria que posteriormente Allende continuó. Esto no lo habían conseguido ni siquiera gobiernos que contaron con el apoyo, si bien no con el liderazgo, de la izquierda. Este proceso incluso tuvo mártires. La izquierda no debería mirar con ningún complejo los logros de ese gobierno, ya que la Democracia Cristiana actuó sobre una realidad social objetiva y por ello tomó algunas de nuestras banderas y muchos sentimos esas transformaciones como nuestras.

Como resultado de la «Promoción Popular», nombre dado a la campaña contra la marginalidad, se produjo una masiva sindicalización campesina y una incorporación de sectores, hasta entonces excluidos, a la vida política. Se rompió así un problema que la izquierda había venido tratando de resolver por más de 30 años, con resultados muy limitados.

El conjunto de los aspectos más progresistas del gobierno de Frei generó lo que se llamó «la revolución de las aspiraciones» y pienso que el gobierno de Allende habría sido inconcebible sin ese proceso previo. Y esto se dio en medio de una gran mística, sobre todo en los sectores juveniles. Es bueno recordar que nosotros pertenecimos a uno de los dos polos culturales de nuestra generación. El otro fue el que surgió en torno a las ideas más progresistas del PDC. Aunque a nosotros nos haya dejado fríos, la «Marcha de la Patria Joven», en 1964, conmovió al país y atrajo un respaldo masivo en la juventud. La DC llegó a dominar sin contrapeso en el movimiento estudiantil. Nosotros fuimos los primeros en romper ese dominio cuando conquistamos la dirección de la FEUT en 1965.

Los hippies y el Poder Joven

Aún cuando nuestra generación se asocia con ideas progresistas, hubo muchos protagonistas de aquellos años que en décadas posteriores han llegado a tomar posiciones doctrinaria o prácticamente derechistas. Esto, sin embargo, no les excluye de la generación. Hubo además quienes se identificaron con aspectos particulares, como el movimiento hippy, el rock, el pop-art. No sé hasta qué punto ellos nos ven a nosotros como algo extraño. En medio de cualquier gran movimiento de masas siempre surgen santones, gurúes de todo tipo, se da una búsqueda institucionalizada y comercializada de soluciones existenciales. Algo de eso tuvo el movimiento hippy. El Mayo francés del 68 fue también visto entre nosotros como algo exótico, ya que por esos días estábamos embarcados en la campaña de elección de rector en la UTE, es decir, estábamos viendo ya los resultados de nuestra lucha de varios años.

Esto establece una cierta barrera entre nosotros y nuestros coetáneos europeos, ya que para ellos el 68 fue un momento cúspide, mientras que para nosotros fue un momento de continuidad en lo que fue el proceso de cambios de los 60 y comienzos de los 70. El movimiento hippy y el 68 tuvieron para nosotros menor trascendencia.

Los hippies, aunque dejaron una secuela en Chile, parecieron ser un reflejo de sucesos foráneos. A mi modo de entender, ellos son un resultado perfectamente explicable de sociedades superafluentes y continuamente envueltas en conflictos bélicos. Se produce así un rechazo a los bienes materiales, esencialmente porque las necesidades básicas están satisfechas, y una insistencia en la paz porque la juventud se ve directamente amenazada por la conscripción y la guerra. Chile carecía de ambas características. Pero muchos jóvenes llegaron a militar en las filas de la izquierda después de haberse iniciado en el movimiento hippy.

Creo que el movimiento estudiantil y progresista había incorporado algunos procesos que, de otra manera, habrían sido banderas de los hippies. En la izquierda se dio en forma natural, por ejemplo, un proceso de liberación en lo sexual. Esto fue extraordinariamente evidente. El machismo, además, fue intensamente criticado y creo que también hubo un proceso de liberación en ese sentido. Dentro del movimiento estudiantil me atreva a decir que no conocí a nadie que planteara una supuesta, aunque inexistente, superioridad masculina. Había muchachas dirigentes a todo nivel.

En Europa en esos años se habló mucho del «poder joven» afirmando que la clase obrera se había «aburguesado» y había pasado a convertirse en un puntal del sistema. Se decía que la juventud, y en especial los estudiantes se habían transformado en la nueva vanguardia revolucionaria. Mi respeto por el proletariado no es de carácter religioso, y creo que hay oportunidades en los que otros sectores han tomado, y volverán a tomar, posiciones de vanguardia. Pero no cabe duda de que en la intensa relación que hubo en esos años entre el movimiento estudiantil y el movimiento obrero, nosotros fuimos siempre los aprendices. Recibimos lecciones de unidad, de organización, de movilización, de tradición histórica.

Yo aprendí de «los viejos», como los llamábamos, y especialmente de Lucho Figueroa, entonces presidente de la Central Unica de Trabajadores de Chile (CUT), la importancia que tiene la acumulación de experiencia en un grupo humano, y la comprensión de los desarrollos históricos. Figueroa y otros dirigentes obreros siempre hablaban en términos históricos, acudiendo a experiencias anteriores del movimiento obrero tanto en Chile como en otros países. Y esto yo lo encontraba a todo nivel, no sólo en las cúpulas dirigentes. Yo nunca pude ser paternalista respecto del movimiento obrero, simplemente porque siempre los miré hacia arriba.

Jorge afirma que los Inti hicieron una buena parte de su trabajo con el movimiento sindical. Para muchos, el descubrimiento de la clase obrera, de su historia, de sus tradiciones, fue algo fulgurante. Cambió su punto de vista y su escala de valores. En la clase obrera encontramos una posición totalmente digna, sin servilismo alguno, que no aceptaba simplemente abusos patronales. «Había un orgullo de clase y un sentido de la dignidad humana muy superior al que tiene la burguesía; esto es importante en muchos terrenos.»

De este examen de los numerosos procesos de los 60, me queda el sabor de que los que participamos en uno o más de los grandes movimientos de esos años, tales como la Patria Joven de Frei, el movimiento estudiantil y la reforma universitaria, la izquierda, la Nueva Canción u otras formas artísticas agitadas por los vendavales del cambio, fuimos los actores de esos años, actores que íbamos escribiendo nuestro propio libreto sobre la marcha y sin saber adonde Íbamos a llegar. Posiblemente, después de la brutal interrupción que sufrió el curso de nuestras vidas, hemos ocupado y ocuparemos nuestros días en reescribir esos libretos. Tal vez el mejor deseo para mi generación sea que la última versión de nuestro palimpsesto no lleve un mensaje de autojustificación, sino que uno de esperanza.


Notas:

1. V. Jacqueline Mouesca. Plano secuencia de la memoria de Chile, 25 años de cine chileno (1960-1985). Santiago, 1988, págs. 27-33.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03