La Universidad Chilena

CUESTIONARIO

1. Historiadores y sociólogos coinciden en señalar como un rasgo importante de la cultura latinoamericana su carácter dependiente. ¿Cree usted que este rasgo también ha afectado a la universidad chilena? Si así fuera, ¿en qué forma?

2. Puesto que hablamos de cultura latinoamericana, ¿cuál habría sido el aporte de la universidad chilena a una conciencia de la identidad latinoamericana?

3. Para la formación de cuadros universitarios, los países subdesarrollados deben recurrir con frecuencia al expediente de enviar personal a centros culturales del extranjero. ¿Cuáles serían, a su parecer, los principios que deberían orientar una sana política de formación y perfeccionamiento de cuadros en relación con el extranjero?

4. En el proceso de Reforma Universitaria de 1967-69, una opinión mayoritaria asignó a la Universidad la misión de servir al cambio social. ¿Podría usted exponer su posición al respecto?

5. En relación con la pregunta anterior, ¿cuál sería su balance crítico de la Reforma de 1967-69?

6. La tríada docencia-investigación-extensión, sugerida como funciones de la Universidad y materializada en las universidades chilenas, ¿conserva aún su validez? ¿Estima usted que existirían otros criterios más apropiados para la realidad chilena?

7. Autonomía, pluralismo ideológico y participación son aspectos importantes de la democracia universitaria. A través del tiempo, en nuestro país, estos principios han sido interpretados en forma diferente. ¿Cuál es su concepción al respecto?

8. ¿Qué piensa usted del autofinanciamiento de las universidades preconizado por el actual Gobierno?

9. Según las informaciones de prensa, el fenómeno denominado «fuga de cerebros» se habría agravado en los últimos años. ¿Cuáles serían las causas? ¿Cuáles las soluciones posibles?

10. Atendiendo a las responsabilidades que usted ha ocupado en la vida académica chilena y considerando la dinámica actual de la cultura del país, ¿cuáles serían, a su juicio, los principios básicos de una política universitaria en la eventualidad de un restablecimiento de la convivencia democrática en el país?

Este cuestionario fue enviado a las siguientes personalidades académicas chilenas: Edgardo Boeninger, ex-rector de la Universidad de Chile; Fernando Castillo Velasco, ex-rector de la Universidad Católica de Chile; Enrique Kirberg, ex-rector de la Universidad Técnica del Estado; Edgardo Enríquez, ex-rector de la Universidad de Concepción; Domingo Santa María, ex-rector de la Universidad Técnica Federico Santa María; Raúl Allard, ex-rector de la Universidad Católica de Valparaíso; Alvaro Búnster, ex-secretario general de la Universidad de Chile; Galo Gómez, ex-vicerrector de la Universidad de Concepción; Eduardo Ruiz, ex-vicerrector Sede Oriente de la Universidad de Chile; Carlos Martínez, ex-vicerrector Sede Valparaíso de la Universidad de Chile, y con posterioridad, a Jacques Chonchol, ex-director del Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN) de la Universidad Católica de Chile.

Un cuestionario más breve y con algunas variantes, fue enviado a tres ex-dirigentes estudiantiles: Ociel Núñez, ex-presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Técnica del Estado; Guillermo Yunge, ex-presidente de la Federación de Estudiantes Secundarios, y Sergio Spoerer, ex-presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Valparaíso.


JACQUES CHONCHOL

Jacques Chonchol, Ingeniero agrónomo, ex-ministro del Gobierno de la Unidad Popular, ex-director del Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN) de la Universidad Católica de Chile. Autor de obras especializadas, ensayos, etc.

1. Es profundamente cierto este rasgo de la dependencia. Es algo de lo que, en alguna época, no se tenía mucha conciencia o conciencia suficiente, hasta el momento en que, de un modo casi simultáneo, se inició la reflexión de historiadores, sociólogos y economistas acerca del carácter dependiente de la cultura y de la sociedad latinoamericana.

Hoy nos resulta evidente este carácter.

En nuestro país, como en los demás países de América latina, siempre se privilegió lo que venía de Europa, y posteriormente, en los tres últimos decenios, lo que venía de los Estados Unidos, aunque sin desaparecer la influencia europea. Esto de una manera general, tanto en el nivel de las ideologías, como en el nivel de los modos de vida, de comportamiento, etc. Creo que en la historia de América latina hay muy pocas excepciones, muy pocos ejemplos de tentativas de afirmación de valores propios, de valores que no fueran un simple reflejo de la influencia europea, primero, y norteamericana, después. Esto viene de muy lejos: todos los rasgos esenciales de nuestra cultura parecen haber sido determinados por la conquista y por la colonización de españoles y portugueses. Aún nuestra larga historia anterior a la llegada de los conquistadores, ha sido redescubierta por arqueólogos y antropólogos no latinoamericanos, sino principalmente extranjeros.

Todos nuestros valores culturales, las modas literarias, las corrientes artísticas, las ideologías políticas, ciertamente, están marcadas por el signo de la dependencia. De un modo más claro, incluso, en el período posterior a la Independencia, en el siglo XIX, y durante una parte importante del siglo XX, en los cuales nuestra historia social, nuestra historia cultural ha sido en una buena medida reflejo de lo que ocurría en el Viejo Continente.

La fisonomía de la universidad latinoamericana, y dentro de ella la chilena, no escapa a estas determinaciones. Examínese, por ejemplo, lo que ocurre con la formación de profesionales, una de las funciones principales de nuestras universidades. Véase lo que ocurre con el Derecho: una repetición del Derecho europeo desde la época del Imperio romano. O en las carreras tecnológicas: todas las técnicas, todas las innovaciones son importadas. O en la Economía: los modelos, los esquemas económicos son invariablemente extranjeros, europeos en su mayor parte. Un caso muy claro es el de la Medicina, en la cual resulta inconcebible cualquier orientación que no sea la de la Medicina occidental. Y es interesante, a este respecto, conocer las discusiones que empiezan a producirse en la Organización Mundial de la Salud, donde por primera vez se plantean dudas sobre la compatibilidad entre Medicina occidental --su costo, sus tiempos de formación, etc.-- y las exigencias y posibilidad real de dar una asistencia médica generalizada a las poblaciones del Tercer Mundo. Jamás había ocurrido eso antes, y menos. por cierto, en las escuelas de Medicina chilenas.

En la Universidad chilena, en el país, estuvo siempre patente la huella de la dependencia. Hoy la realidad se ha agudizado, y aunque se habla mucho de «nacionalismo», la verdad es que no necesita profundizarse mucho para descubrir la total ausencia de una verdadera política cultural nacional. Piénsese únicamente en los esquemas económicos que la Junta trata de aplicar en el país: una doctrina que corresponde al «ultra liberalismo» europeo de finales del siglo XIX. propugnada por economistas chilenos (los «Chicago boys») que las universidades chilenas formaron en la concepción de una dependencia total con respecto al exterior.

La Universidad chilena, en suma, no escapa al carácter dependiente de nuestra cultura, de nuestra sociedad. Ella ha ayudado a reforzar la copia de lo extranjero; ella ha formado --no lo olvidemos-- nuestras élites dirigentes, que han mostrado en su acción su carácter dependiente, su falta de interés o capacidad para descubrir fórmulas latinoamericanas auténticas. ¿Qué doctrinas políticas, por ejemplo, han nacido de la propia realidad latinoamericana? Ninguna. Quizá si la única tentativa --la única que conozco-- de encontrar una definición con raíces más latinoamericanas, fue la del APRA, en el Perú; tal vez también algo en México, y acaso sólo en esos países por la mayor profundidad de sus culturas indígenas. Pero aparte de eso, todo lo demás, todas nuestras concepciones económicas, políticas y sociales tienen el sello de la importación: el liberalismo, el federalismo, el nacionalismo, el positivismo, la concepción de la democracia desde la época de la independencia; el marxismo, las ideas demócratas-cristianas, etc., etc.

Es el problema de la América Latina y es también el problema de Chile.

3. Me parece un hecho indiscutible la necesidad, en el caso de países pequeños, dependientes como los nuestros, de enviar cuadros a perfeccionarse al extranjero. Si no hemos podido desarrollar todas las científicas, dominar todas las disciplinas científicas, estamos obligados a salir al exterior a buscar ese conocimiento.

Ahora bien, hay que decir, sin embargo, --es por lo menos la experiencia que yo conozco en el campo de mi propia especialidad, la agronomía, y en el de carreras predominantemente tecnológicas-- que el saldo es hasta ahora bastante negativo. Es cierto que el profesional ha logrado aprender mucho, ha sacado un gran partido del alto nivel de los laboratorios, los centros de estudio de los grandes países industrializados. Ha logrado una formación más elevada; pero, por otra parte, en general, se ha desnacionalizado, ha perdido contacto con las raíces de su propia realidad nativa. La refinada tecnología, la riqueza de medios de los países de gran desarrollo terminan por deslumbrarlo, por deformarlo, y cuando este profesional vuelve a su país se convierte, por lo general, en un elemento frustrado, que no sabe qué hacer, cómo emprender una tarea útil. falto de los medios que conoció en su formación de post-grado. Pronto quiere volver al extranjero. Y esto, tratándose de los profesionales que regresaron a su país después de su formación en el exterior. Porque muchos, en verdad, nunca vuelven...

No atino a descubrir otra solución --y hablo no sólo de Chile, de América latina, sino del conjunto de los países del Tercer Mundo-- que imbuir a esos profesionales, previamente, de un profundo espíritu nacionalista, y digo nacionalista en el buen sentido de la palabra.

Vale la pena meditar en la experiencia de otros países. La del Japón, por ejemplo, cuyos cuadros se formaron en el extranjero, se empaparon de la tecnología occidental y volvieron en seguida, porque nunca perdieron de vista el objetivo de que ese aprendizaje estaba destinado a servir a la sociedad japonesa. Volvieron incluso a niveles más altos, logrando darle al Japón la fuerza, el peso que hoy tiene en el mundo.

Yo diría que no es ese el caso de la mayor parte de nuestros cuadros tecnológicos que han salido al extranjero a perfeccionarse.

Es necesario, por tanto, que antes de salir al extranjero nuestros técnicos, nuestros profesionales, reciban una formación cultural --incluso psicológica, diría yo-- que los capacite para reabsorber el aprendizaje en términos de las necesidades de nuestro país, que les permita interiorizar y repensar lo aprendido en función de la realidad propia. Esto forma parte de lo que llamo acceder a un «profundo espíritu nacionalista».

Hay otro aspecto, y es que estos cuadros deben tener una formación previa que comprenda una preocupación mayor por la cultura histórica y socioeconómica. Las técnicas no son neutras, las técnicas están ligadas no sólo a modos y sistemas de producción, sino a valores culturales. Y el conocimiento de éstos, la comprensión de cómo se insertan las técnicas en una realidad histórica, económica y social específica, es lo que permite repensar estas mismas técnicas, readaptarlas en función de la realidad propia. Un técnico, en cambio, que no tiene una visión histórica o socioeconómica profunda, es simplemente un tecnócrata, incapaz de operar más allá de un traspaso mecánico de tecnologías, sin repensarlas, sin readaptarlas.

No nos sirven entonces los simples especialistas. Necesitamos cuadros, repito, imbuidos de espíritu nacionalista e impregnados de la cultura histórica y socio-económica necesarias para entender el contexto profundo en que se desarrolla su labor.

4. Pienso que la Universidad, como en general el conjunto del sistema educacional de nuestros países, tiene una serie de funciones que cumplir, no siempre fáciles de compatibilizar entre sí.

Una función primordial es la de transmitir a las nuevas generaciones el acervo cultural acumulado. Es el conjunto del sistema educacional, pero en particular la Universidad, es la que puede ejercer de una manera más viva esta responsabilidad, indispensable para la conservación y desarrollo de la personalidad de un país.

La Universidad, por otra parte, debe ocuparse del intercambio con el pensamiento, el conocimiento con el resto del mundo. Vivimos una época donde es inimaginable el aislamiento, a menos que se quiera arriesgar el deterioro del acervo nacional. El signo de los tiempos es el del diálogo, y la Universidad debe jugar en este terreno un papel preponderante.

Le corresponde, en fin, a la Universidad, la tarea de reflexionar el futuro del país, formar a su gente para ese futuro y no para el pasado. Ha sido justamente una tragedia la tendencia de nuestro sistema educacional a formar hombres con ideas afincadas en el pasado, vueltos a situaciones y problemas que se han quedado atrás en la historia. Piénsese en el drama de la lentitud con que se realizan las reformas, y cómo, por tanto, un hombre formado hoy va a enfrentarse a una sociedad que en diez o quince años habrá evolucionado profundamente. No es casual que haya nacido por eso el concepto nuevo de la llamada educación permanente, básico no sólo para los países del Tercer Mundo, sino aun para las grandes naciones industrializadas.

Es dentro de este contexto, el de los cambios sociales, científicos y I tecnológicos que se van produciendo, que le corresponde jugar a la Universidad un papel de la más alta responsabilidad. Abrirse, en suma, al futuro, analizar la realidad del país, incorporando a este examen la reflexión filosófica, histórica, cultural en general; desarrollar las nuevas ideas, experimentar con las nuevas tecnologías; familiarizarse con las modalidades del cambio social, acometer el análisis de las formas de organización económica, enfrentar las nuevas realidades científicas, conjugándolo todo de modo de ayudar a construir un futuro más adecuado para el país, a desarrollar una personalidad nacional en que los valores auténticos del patrimonio propio se integren a la cultura universal.

En resumen, la Universidad debe ser un elemento fundamental en la búsqueda del cambio social. Ahora bien --y en esto debemos ser muy claros-- no se trata de que la Universidad se convierta en una especie de caja de resonancia de las luchas políticas partidarias coyunturales, que se dan en un país en un momento determinado. Hay que decir que esto ocurrió a menudo en nuestra Universidad, dañando su deber de colocarse en un plano más profundo. Repetir, reproducir en su seno la lucha política inmediata es bajar el nivel de su participación en las tareas de reflexión, de . discusión, de experimentación en torno a las ideas del cambio político, el cambio cultural. No propendemos a que la Universidad se aísle de la realidad política, incluso de la realidad coyuntural, pero pensamos que su deber --que es por lo demás ineludible-- apunta a exigencias más profundas, ligadas a la construcción del futuro del país.

6. Creemos que docencia, investigación y extensión, siguen siendo principios básicos, aunque nos parecen insuficientes. Pensamos que hay que agregar un cuarto principio, relacionado con la responsabilidad de la Universidad en cuanto organismo llamado a suscitar la reflexión creadora, la integración de lo propio y lo universal, lo nacional y lo internacional en una síntesis apropiada a la realidad del país. Hay que convenir que, si miramos las cosas en una revisión retrospectiva, los chilenos parecemos en un cierto sentido con una fuerte connotación provinciana, como si todo lo que ocurría en Chile dependiera fundamentalmente del propio país, transcurriera únicamente dentro de sus fronteras. Situación al menos peculiar, puesto que en el país, como ya lo hemos señalado, es un país culturalmente dependiente. No sabíamos nada, nunca reflexionamos sobre países que tienen problemas similares a los nuestros, como los países asiáticos, por ejemplo, o los países africanos, y aun los propios países de la América Latina, de todos los cuales somos solidarios por nuestra posición frente a las naciones industrializadas. Nos aislamos de ellos, los hemos ignorado, nunca hemos mostrado preocupación por conocerlos, por profundizar en el análisis de sus experiencias, y yo creo que es justamente la Universidad la que debe abrir nuestro país al conocimiento de esa realidad: la realidad del Tercer Mundo.

Si queremos salir realmente del sistema de dominación, de dependencia en que nuestros países han vivido durante tantos años, debemos procurar relativizar la cultura de occidente en el mundo del mañana. Esto vale para la filosofía, para la literatura, para los esquemas de comportamiento social, para las ideas en general. La Universidad debe asumir esta tarea, debe incorporarla como un principio fundamental de su trabajo.

7. La autonomía es fundamental, siempre que no conduzca a algo que fue muy característico en las universidades chilenas: el aislamiento, el enclaustramiento, una especie de feudalismo en que vivían algunas unidades de investigación o de docencia. La autonomía vale en cuanto se refiere a las relaciones con el Estado y el poder político, en cuanto a los problemas de su financiamiento. Pero nunca debe entenderse como el derecho de las diversas unidades universitarias de encerrarse en sí mismas, a levantar muros, a renunciar al diálogo inter universitario.

En cuanto al pluralismo --el pluralismo ideológico-- sigue siendo otro elemento esencial si se desea vivir en un sistema democrático (un sistema democrático sin apellidos, única forma en que lo concibo), y en una sociedad abierta al futuro, aunque también al presente y al pasado.

El principio de la participación también me parece fundamental, aunque con un matiz. Mucha gente, antes del trauma que hoy vive en Chile, la interpretó, sobre todo. como un mecanismo de conducción de la Universidad a base de la representación de docentes, alumnos y personal administrativo. Estimo que esto es válido, pero no es suficiente. La participación debe ser más amplia, en el siguiente sentido: la Universidad vive en una sociedad determinada, en un momento, dado el tiempo, y en virtud de su carácter, de sus responsabilidades, la Universidad debe abrirse hacia ella, crear, desarrollar los mecanismos de participación con todas las instituciones económicas, sociales, culturales existentes en el país, con miras a crear una simbiosis permanente entre Universidad y sociedad.

8. Me parece un absurdo la tesis del autofinanciamiento. La Universidad no es un negocio, una empresa mercantil que deba producir utilidades a corto plazo. Es un organismo cuyos resultados sociales se proyectan fundamentalmente en términos de futuro. Creo que encarar su funcionamiento, sus responsabilidades con criterio de institución comercial, demuestra la pobreza intelectual de los actuales dirigentes del país, y también de los dirigentes de la economía, por supuesto.

Es ilustrativo el caso de la investigación científica. La investigación es fundamental en toda sociedad y más todavía en un país subdesarrollado como el nuestro. ¿Quiénes son principalmente los que financian hoy en el mundo la investigación científica? O grandes empresas económicas como las multinacionales, que la orientan en función de sus intereses, o en último término el Estado. Resulta evidente que en nuestro caso, no es posible entregar a esas empresas el financiamiento de la investigación. Sus intereses no son los nuestros. Hay que recurrir, entonces, a la sociedad, recabar la ayuda a través del Estado. Esto vale también para la docencia.

El autofinanciamiento de las universidades es un concepto retrógrado y, repito, completamente absurdo.

En el único aspecto en que yo tendría una pequeña coincidencia con lo que hoy día se plantea, es en mi idea de que en países como el nuestro la enseñanza no puede ser totalmente «libre», es decir, sin costo alguno para todos. Un problema es el de quienes carecen de los medios para financiar sus estudios, y otro, muy diferente, el de los hijos de los privilegiados, que tienen la obligación de contribuir a su financiamiento. En verdad, en las universidades latinoamericanas hemos contribuido a reforzar el poder de la burguesía dando enseñanza gratuita a quienes pertenecen a ella. Esto hay que corregirlo. Que estudien en las universidades, que lo hagan, pero que contribuyan a su financiamiento, compatibilizándolo con una Universidad, por otro lado, absolutamente libre, desde el punto de vista del financiamiento, para quienes no disponen de recursos.

9. Las causas de la «fuga de cerebros» son simples y conocidas: son, sobre todo, de orden político. La situación del país, la dictadura, la falta de libertad, la represión constante. Se sabe que la Universidad es justamente uno de los sectores que más ha sufrido.

Hay también causas de orden cultural. La pobreza intelectual en que la dictadura ha sumido al país, el miedo a hablar, el clima de temor, la delación, el aislamiento en que el país ha ido cayendo.

Y de orden económico, además, porque con el pretexto del autofinanciamiento, se han ido cercenando los recursos a las universidades.

Razones, en suma, de orden político, cultural y económico, todas ellas, sin embargo, derivadas de una misma causa: la presencia de la dictadura en Chile.

Una noticia reciente, aparecida en el diario «El Mercurio», nos da la medida de la degradación a que ha sido sometida la Universidad. La información cuenta, en forma muy destacada, que el Rector de la Universidad de Chile firmaba un convenio cultural con la Universidad de Asunción. Recuérdese la influencia, el prestigio que la Universidad chilena tuvo en el área del Pacífico. Cantidades enormes de estudiantes venían a formarse a Chile, desde Centroamérica, Venezuela; Colombia, Ecuador, Perú. Había contactos considerables con centros de enseñanza superior de los grandes países industriales. Hoy todo esto está limitado, se ha venido abajo. No es fácil que las universidades de otros países acepten establecer relaciones con entidades de enseñanza superior dirigidas por militares. A lo máximo que se puede aspirar entonces es a firmar convenios con universidades como la de Asunción, cuyo nivel, después de más de veinte años de dictadura de Stroessner, no pensamos que debe ser muy alto o importante.

Creo que la solución al problema de la «fuga de cerebros» y al conjunto de los problemas que afronta hoy nuestra Universidad es claro: la vuelta a la democracia (la democracia sin apellidos) y la restitución de las prerrogativas y responsabilidades propias y específicas de las universidades chilenas en relación con el destino del país.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03