El escritor chileno y su práctica social

EL ESCRITOR CHILENO Y SU PRÁCTICA SOCIAL
Los difíciles años de la dictadura

Conversación con Martín Cerda

Quienes vivieron los avalares del movimiento estudiantil en los comienzos de los años cincuenta, recuerdan a Martín Cerda y sus eruditas y hasta espectaculares intervenciones en las asambleas de la Federación de Estudiantes. Eran los años de la Guerra Fría, González Videla había proscrito al Partido Comunista y perseguía con saña a sus militantes, al movimiento sindical y a todo lo que apareciera como manifestación de oposición popular. La FECH era una de las pocas tribunas libres de que podía disponerse en el país, y la discusión y la denuncia eran en ella vivas y constantes. Femando Ortiz por los marxistas, e Ignacio Alvarado por los cristianos, sostenían el apasionado debate de la época. Martín Cerda -que tendría entonces apenas veinte años- terciaba, a veces, y recurría en el discurso a otros criterios de autoridad distintos de Marx, Lenin, Santo Tomás o las Encíclicas Pápales: citaba a Ortega y Gasset, a Georges Sorel, a Benedetto Croce.

Treinta y cinco años después, la crueldad y los crímenes de Pinochet hacen sentir las pesadumbres de los años cincuenta casi como un puro juego de niños. Martín tiene hoy otra tribuna: ya no es la FECH, Federación de Estudiantes de Chile, sino la SECH, Sociedad de Escritores de Chile, y su discurso no está ahora hecho de citas, sino de hechos y de acciones concretas. Acaba de ser reelegido Presidente de este organismo, encabezando una lista unitaria que integraron democristianos, comunistas, socialistas de las diversas fracciones, radicales, independientes. Sólo los de la derecha recalcitrante quedaron excluidos. Bajo su dirección, la SECH ha adoptado una línea clara de denuncia de la dictadura y de esfuerzo constante por sumar a los escritores a las luchas populares.

De joven intelectual más o menos europeizante y de estudiante universitario que se definía como vagamente liberal, Martín Cerda ha pasado a ser un escritor con una filiación latinoamericana inequívoca y una actitud política antifascista sin ambigüedad. Una evolución en el mejor sentido de la palabra, cuya gallardía ya se quisieran quienes en estas tres décadas (y aun en períodos considerable y asombrosamente menores) han hecho un recorrido exactamente a la inversa.

Sostuvimos esta conversación en el mes de mayo de este año en la Casa del Escritor, Santiago, Almirante Simpson, nº 7. En una de sus sombrías pero sólidas estancias, donde funciona todavía la Taberna Ramón López Velarde. Allí el vino se bebe macerado por la amistad y la nostalgia, y todo recuerda a Neruda, a cuya manía y tenacidad de fundador los escritores deben, como se sabe, la existencia de la Taberna y de la propia Casa.

- Si te parece, podemos empezar hablando de lo que han sido para ti estos años, de cómo los has vivido.

- En verdad, estos años han sido para mí muy complejos, porque desde un principio como que me fui percatando de lo que estaba realmente ocurriendo. Era difícil poder visualizar, poder escribir en forma directa, pero yo tuve la posibilidad de hacerlo en forma indirecta, ensayística, gracias a la columna "Glosa" que tenía en la revista Ercilla desde el año 1964. Por esa vía, utilizando un lenguaje casi cifrado, uno podía aludir a la historia invisible que se estaba viviendo y que conocíamos por el testimonio de la gente que era víctima de esa historia. Pero el año 74, a raíz de hechos que afectaron a personas muy próximas a mí decidí salir del país. Volví a Venezuela, donde antes había vivido seis años trabajando en la Editorial del Estado. Fue un autoexilio, que no es lo mismo que el exilio propiamente tal, puesto que el autoexiliado tiene siempre la posibilidad de volver al país, aunque sus dificultades, aun siendo menores, son de la misma naturaleza.

Regresé a Chile a fines del 77, y viví la experiencia del retorno a un país que se había modificado bastante. Había una nueva escala de valores, sostenida por ese "milagro chileno" (así, entre comillas) de que hablaban los economistas del gobierno en ese instante. Había, entre los sectores burgueses un cierto espejismo sobre las "virtudes financieras" de la dictadura. Esto duró muy poco, como se sabe.

Me tocó, poco después del retorno, participar en una reunión de lo que fue la Unión Nacional por la Cultura, y eso me permitió sentir que la política económica del régimen tenía consecuencias sociales tal vez mucho más profundas y radicales que la política represiva censo estricto. Una no podía funcionar sin la otra, pero a la larga se estaban distorsionando no sólo los valores, sino las relaciones, porque la política económica destruyó toda la política del empleo que afectaba directamente a los sectores asalariados, sobre todo a los sectores obreros. Y esto era alegremente festinado por los voceros del gobierno, incluso por algunos opositores, que se decían que si es más barato traer lo extranjero, qué bien, hagámoslo, y además lo extranjero es mejor. Ahora bien, ¿cómo reflejar esto como escritor? Siempre por la vía indirecta, criticando esta ideología economicista, que en un cierto momento parecía estar sustituyendo a la ideología de la seguridad nacional, aunque no era así. Vivíamos un momento de un economicismo desenfadado y desenfrenado.

Desde que volví me integré al trabajo de la Sociedad de Escritores. En un momento tuvimos el plan de organizar un congreso de escritores invitando a los que estaban en el exilio. Pero el gobierno no lo permitió, así que nos limitamos a un congreso menor, un encuentro de escritores nacionales. En la SECH formamos, con Inés Moreno y otros compañeros, una comisión de cultura, que a pesar de trabajar sin ningún recurso, representó un paso muy importante, porque significó darle una dirección, un sentido a esa "disidencia sechística", mediante actos, foros, organización de talleres. Conseguimos que volvieran a la Sociedad de Escritores Gonzalo Rojas, Nicanor Parra, hasta Miguel Arteche, y con ellos se hizo una gran labor, porque nos permitió realizar los primeros pasos de aproximación entre la SECH y las nuevas generaciones de escritores. Y esto es muy importante, porque yo creo que los escritores jóvenes son los que mejor han asumido la historia de estos trece años de dictadura. Ellos no conocieron otra, no viven la nostalgia de los "buenos viejos tiempos", ven la realidad tal como es, y es en base a ella que viven y están diseñando un proyecto, una perspectiva de futuro. La generación mía, la nuestra, tiene la dificultad de que está muy teñida de lo que fue la sociedad chilena en el pasado.

En lo personal, estos años han sido para mí sumamente difíciles. Trabajos siempre inestables, porque uno entra en la lista de los sospechosos por el solo hecho de decir no, por abstenerse a dar un juicio a cerca de si esto es bueno o es malo. Fue lo que me ocurrió a mí el primer año, en que viví una serie de trastornos, de conflictos internos, que a la larga uno se ve obligado a resolver, y esa resolución tiene que ser de la manera más radical posible, porque uno está obligado a asumir su responsabilidad ante los demás, como ciudadano, como hombre y como escritor. Hoy yo ya no puedo concebir que uno en un texto escabulla la problemática que están viviendo los lectores eventuales de este texto. Siempre he dicho que no se trata de escribir sobre el miedo, sino escribir, más bien, con miedo, a partir del miedo, que es una manera de conjurarlo. Se ha hecho mucha literatura sobre el miedo de los demás, pero yo creo que un "psicocrítico" es capaz de detectar con facilidad que, allí donde se habla de cualquier cosa, el miedo está presente; el miedo ante un poder que lo invade todo, lo penetra todo, que echa a correr los rumores, que es omnisciente, que tiene instrumentos muy perfectos para enterarse de las conversaciones más secretas, todo lo cual nos ha tenido a los chilenos que vivimos en el interior, al borde de la paranoia. Pero yo creo que ha empezado una cura del miedo, conforme se han ido radicalizando las contradicciones del sistema. Lo vimos, el año pasado, en los funerales de Parada, Guerrero y Nattino, en los que la Sociedad de Escritores apareció en forma masiva, junto a miles de personas que salieron desafiando al poder. Estos años, vuelvo a insistir, han sido muy difíciles.

- Tú eres un escritor a quien siempre se lo sintió como de formación muy europea, casi exclusivamente europea. Y tengo la impresión de que ahora estás como "latinoamericanizándote".

-Sí, y para mí es muy importante. Creo que se lo debo a Venezuela, donde en total he vivido nueve años. Caracas vive un clima no "borriquista" frente a la última novedad; allí uno está mucho más cerca de la realidad latinoamericana, por el número de personas que llega, por lo que uno ve como contradicción entre el subdesarrollo más violento y esas superestructuras tan espectaculares. Todo eso me sirvió mucho, y sobre todo mi excursión a la zona de la Amazonia, en las fuentes del Orinoco, que me hizo descubrir que en el Sur nosotros no tenemos nada de europeos - o muy poco, porque algo hay, hay instancias nuestras que proceden de Europa-; pero no somos en absoluto europeos.

- En otro tiempo tus artículos eran famosos por la abundancia de citas de autores franceses...

- Bueno, sigo leyendo a los escritores franceses, pero... Te voy a contar un caso. Estaba haciendo un trabajo sobre Montaigne, a propósito de unas conferencias sobre el ensayo que daba en un taller literario. Mis explicaciones eran siempre, en el fondo, glosas de Montaigne o de los críticos de Montaigne, hasta que de pronto descubrí un hilo conductor: la relación de Montaigne con el Nuevo Mundo, y ahí la cosa comenzó a funcionar de verdad. O sea, que me sentí libre de una careta que nos colocamos mucho, un poco porque todos queremos ser Borges, que tampoco es europeo, sino europeizante.

Yo creo que en el problema de nuestra identidad, todavía no nos hemos planteado todo. Y ese viaje mío al Orinoco no es tan fortuito, porque quería seguir, un poco, la ruta de Alejo Carpentier en Los pasos perdidos.

- Un viaje iniciático...

-Sí, que yo creo que Carpentier lo hizo porque él sentía el mismo problema; una formación muy europea -a pesar de su nacimiento en Cuba y de haber participado desde muy joven en la vida cubana- que él asimiló, entendiendo que se trata de una cultura hecha como respuesta a otros problemas, de otras sociedades que son diferentes de las nuestras.

Los pasos perdidos es junto con Hombres de Maíz, de Miguel Ángel Asturias, un libro que releo constantemente. La novela de Carpentier - que es la mejor novela venezolana, a mi juicio, aunque esté escrita por un cubano- es la cosa afroamericana, viene de un escritor que trabajó el afro antes que el cristianismo, aunque esté metido directamente en la cosa indígena. Hombres de Maíz es la presencia mítica del indio americano. En eso estoy metido, iniciándome.

- Ahora lees, entonces, mucho más literatura latinoamericana.

- Sí, y muchos textos de antropología... En verdad, lamento no habéis estudiado antropología. Porque hay un grupo de antropólogos franceses, discípulos de Lévy-Strauss -que empezó su carrera científica trabajando en América Latina, en Brasil- que han estudiado y estudian todavía las culturas nativas nuestras, en el Paraguay o en la zona del Orinoco. En algunas de ellas, como la de los maquiritaris yanomamis, justamente de la región de ese gran río, se van descubriendo una serie de valores, que creo que si uno raspa un poco, son los mismos valores que orientan mucho de las conductas actuales latinoamericanas, sobre todo a niveles populares.

-¿Se podría decir que esas lecturas y preocupaciones te han ayudado a entender mejor lo que ha pasado en Chile estos años?

- Sí. Yo creo que entre nosotros hay un problema: el clasismo chileno es inseparable de cierto racismo; está muy coloreado por él. Yo veo ahora de manera mucho más crítica la sociedad chilena y toda su mitología cultural. Me gustaría mucho escribir libremente sobre esto, pero no es fácil en las circunstancias actuales, en que la mitología es la norma. Pero creo que va a ser necesario hacerlo. Una de las consecuencias de estos años será el tener que replantearnos de manera crítica toda la historia de la sociedad chilena. Creo que va a ser algo fundamental para historiadores, sociólogos. no simplemente "contar" la historia de la cultura, en lo cual estamos, creo, bastante más atrás que México, Cuba, Venezuela, Colombia o Perú.

- ¿Te parece a ti que en el escritor chileno medio se manifiesta un desequilibrio entre su capacidad, por un lado, de elaboración artística, y por el otro, una cierta dificultad de reflexión sobre el momento que vive?

- Un escritor chileno puede trabajar bien sus textos, pero cuando tú lo pones a explicar por qué escribe de esa manera, siempre halla grandes dificultades. Las comparaciones son odiosas, pero no puedo dejar de notar, por ejemplo, la diferencia entre un Donoso explicando una novela o un cuento suyo, y Carlos Fuentes haciendo otro tanto. Los dos son grandes escritores, pero Carlos Fuentes maneja más ideas, parece. La misma dificultad de Donoso la tienen muchos otros escritores chilenos, en los que se diría que la parte de teorización estuviera como tullida, cosa que no ocurre con los mexicanos o con los argentinos. Incluso con los uruguayos, a pesar de ser de un país tan chico: recuerdo, por ejemplo, la lucidez de los análisis de Ángel Rama, sus brillantes intervenciones en los congresos de escritores (demasiado brillantes, a veces, es cierto). Los chilenos no logramos interpretar debidamente las situaciones que hemos vivido. Yo espero lo que harán los jóvenes, porque los de mi generación o de las generaciones anteriores parten o del chisme -como Ricardo Latcham, al margen de su valor como escritor- o del mito, de los mitos que funcionaban alrededor de nuestro Chile. Yo creo que entre los escritores jóvenes se encuentran a menudo ideas mucho más claras sobre lo que realmente ocurrió en Chile, lo que está ocurriendo y lo que puede ocurrir.

- Todos sabemos que el golpe militar ha producido un trauma tremendo en la vida de los chilenos. ¿Tú crees que nuestros escritores son sensibles a este fenómeno, desde el punto de vista de mostrarse dispuestos a incorporarlo adecuadamente en su obra?

-Yo creo que es, en efecto, una fecha traumática, y su eco uno lo encuentra aún en los escritores más alejados de la contingencia política. En un concurso de cuentos reciente (en que éramos jurados Adriana Valdés José Donoso, Poli Délano y yo), me llamó mucho la atención la recurrencia de ciertos temas obsesivos, como el de la violencia, que parece ser un fenómeno notable en la nueva ficción chilena. Una violencia ciega, bestial, apenas simbolizada a veces, que sabemos bien de dónde viene como fenómeno. Sí, yo creo que el golpe es un acontecimiento traumático, y va a ocurrir más o menos lo mismo que lo que ocurrió con la guerra civil del 91. A pesar de los esfuerzos hechos por algunos para encubrir el fenómeno, lo cierto es que después del 91 se produce un cambio violento en la narrativa chilena y sobre todo en la poesía, y surge el ensayo social de principios de siglo; aparecen escritores, en suma, que tienen otros problemas, que son -como lo sostuvo el propio Alone- de "otra raza".

- ¿Y desde el punto de vista de su conducta social, de su responsabilidad civil, cómo ves al escritor chileno de este tiempo?

- Eso es más difícil de evaluar, porque obviamente uno querría que hubiera una conducta unánime de rechazo. Pero lo cierto es que hay grados, aunque son muy pocos los que aceptan la dictadura, y cuando esto ocurre es porque sienten con ella una identificación por un problema de clase. Pero a otros no los entiendo, se han portado timoratos, otras veces se han hecho cómplices, y algunos han aprovechado la oportunidad en forma lamentable para arreglar cuentas personales con escritores que están fuera. Creo que en toda situación compleja como ésta se dan estos tipos de respuestas posibles. Ya ocurrió en Europa durante la ocupación alemana. En todos los países, mientras unos estaban en el maquis, otros habían caído en la franca colaboración, quedando todavía un grupo que se mostraba en una posición mi-mi, ni con los unos ni con los otros. Creo que, en nuestro caso, donde las cosas están más claras es entre los jóvenes, que son en su inmensa mayoría enemigos de la dictadura. Apenas habrá uno o dos que no están en esa posición. Pero, claro, una cosa es decirle no a la dictadura, pero el no (¿.desde dónde? ¿desde la nostalgia de lo que tuvimos?) no implica un proyecto, y es eso lo que no veo, que los escritores tengan un proyecto en el que, de algún modo, puedan caber todos ellos. Dicen no a la dictadura, pero hasta su caída, ¿y después?... Cada cual para su lado. Creo que esa es nuestra gran falla.

- ¿Y tú tienes tu proyecto propio?

- Sí. y tiene que ver no sólo con el cambio político, sino con el cambio social, porque una dictadura no surge por errores políticos de los gobiernos anteriores o deterioro de las instituciones. Las instituciones se deterioran cuando no responden a los problemas que ha ido generando una sociedad que es el sujeto vivo. Yo creo que el proyecto mío coincide con el de toda la gente que busca construir una nueva sociedad chilena. No restaurar, sin más, el pasado democrático; eso es utópico; porque lo que es la restauración para un grupo puede no serlo para otro. ¿Qué vamos a restaurar?: ¿El Frente Popular del 38, la Revolución en Libertad del 64, o la Unidad Popular del 70? Yo creo que lo que nos ha fallado para poder formulamos un proyecto válido, es la información que nos pueden dar los especialistas sobre cada uno de los dominios de la vida social. Sobre ésta tenemos ideas vagas, muy generales, y con ideas así no se elabora un verdadero proyecto. Necesitamos la información que nos puedan dar los médicos, los economistas, los sociólogos, todos aquellos capaces de producir datos normalmente comprobables. Así podremos elaborar un proyecto de sociedad que sea exactamente el polo opuesto a la que estamos soportando. No sé si me explico. Un tipo de sociedad, llamémosla socialista o como quieran llamarla, porque lo que importa no es el nombre, sino el tipo de relaciones sociales que se establezcan. Creo que es por ahí por donde va realmente el problema, el no legítimo.

- Es evidente que a partir de un cierto período la Sociedad de Escritores juega un papel notorio como palanca movilizadora en cuanto a la participación, digamos física, de los escritores en el proceso social: protestas, manifestaciones, etc. ¿Pero tú crees que también podría serla SECH una suerte de soporte para el debate, por ejemplo, en tomo a esos proyectos de sociedad?

-Yo creo que nosotros deberíamos darle a la SECH una importancia más grande. Es cierto que hemos tomado una actitud un poco pionera en las críticas que se hacen al sistema, pero a menudo nos quedamos con el puro eco interno, sin tratar de que las cosas que hacemos salgan de la Casa del Escritor, de esta calle y de esta ciudad.

Estoy convencido de que no debe haber ningún problema nacional en que el escritor no intervenga; eso sí, con responsabilidad. Todos los problemas: el problema político, el problema económico, el problema social. Yo creo que en el escritor chileno empieza a manifestarse una mayor conciencia de la realidad social del país. Se ve en el propio caso de Donoso, para citar al escritor más significativo de la generación de los años 50. Casa de Campo es una novela bastante clara al respecto. Es un progreso en muchos escritores que por sus orígenes de clase -mediana o alta burguesía- sólo veían el problema de la familia; la estructura de la familia como que les tapaba el conjunto de las contradicciones sociales. Pero parece que ya han salido de esa incubadora, y están ahora metidos en una franca exploración de la sociedad real. Lo mismo en el ensayo, en que se ve un retorno a la investigación de la realidad nacional, a dejar de lado lo que hemos hecho muchas veces, ese trabajo de escritorio que consistía en ocuparnos exclusivamente de libros, de libros que las más de las veces no tenían nada que ver o sólo muy tangencialmente con nuestra realidad.

- A propósito de esos géneros que mencionas ¿no crees que siguen mostrándose bastante rezagados con respecto a la poesía?

- Sí, es cieno, la poesía sigue siendo -no sé si para bien o para mal- el género hegemónico. Tú ves la cantidad de poetas que han surgido estos años, y algunos bastante buenos. Uno se lleva sorpresas, como la de Alexis Figueroa, poeta de Concepción, que era totalmente desconocido y que acaba de ganar el Premio Casa de las Américas. Miembro del jurado era Raúl Zurita, que es él mismo un excelente poeta, uno de los mejores de este tiempo. Han vuelto, además. Omar Lara y Gonzalo Millán, lo que me parece importante; y también Gonzalo Rojas, que es un nombre con mucho ascendiente entre muchos otros poetas. En fin, que la poesía sigue siendo un género hegemónico, situación que ya se prolonga en todo este siglo, con carencias, en cambio, en el ensayo y en el propio género narrativo.

- Tú has sido reelegido como presidente de la SECH. Llevas ya algún tiempo en ello; ¿te sientes bien desempeñando esa labor?

- La situación me resulta un tanto incómoda, porque a mí no me gusta recibir órdenes ni darlas, pero como buen antofagastino soy porfiado, y estoy empeñado en conseguir en la Sociedad de Escritores de Chile al menos dos cosas. Mantenerla, desde luego, pero, sobre todo, ayudar a mejorar su nivel intelectual, y multiplicar sus nexos con la comunidad: proyectarla hacia las provincias, y aquí mismo, en Santiago, acercarla a las comunas populares, allá donde no hay librerías, y donde lo único que conocen es la olla común, es decir, la miseria, o las visitas armadas que suelen hacerles los carabineros o el ejército, es decir, la represión. Las poblaciones tienen una gran necesidad de cultura, pero no se trata sólo de que el escritor vaya a enseñar; tiene también que ir a aprender las nuevas expresiones culturales que están naciendo en muchos campamentos y poblaciones, sobre todo en el sector sur de Santiago. También hay un trabajo que hacer en el campo, donde los cambios han sido de todo orden.

Quiero decir que yo tengo una idea bien precisa de la responsabilidad social del escritor: más que una responsabilidad política, en sentido estricto, es una responsabilidad social; saber qué sujeto social uno interpreta o expresa,

- ¿Podemos decir, para resumir, que a pesar de los traumas y de /os años de dictadura, las letras chilenas gozan de buena salud?

-Yo creo que respiran. Y creo que se ha preparado un campo para que se produzca un gran debate nacional, porque hay gente que ha acumulado una experiencia múltiple, y vienen, además, desde tantas partes distintas. Hemos vivido una gran tragedia, pero de ello vamos a obtener un gran capital el día que iniciemos la reconstrucción democrática de este país.

- O sea, que te declaras optimista... entrando ya en consideraciones francamente políticas.

- La cosa está difícil, pero me siento optimista. Me siento optimista del futuro del país, porque así como yo descubrí en algún momento que no era europeo, este país va a tener que descubrir que es otra cosa de lo que se creyó siempre -los alemanes de la América del Sur, o los ingleses, o los franceses-. Son máscaras. Por lo menos, entre sus sectores "pensantes" -estoy usando la palabra entre comillas-, que se reclutaban entre la mediana y la alta burguesía, había esta tendencia a disfrazarse. Yo creo que hoy, si surge una verdadera unidad nacional, tendremos que reanalizar todo y esa revisión puede ser histórica y socialmente muy fructífera.

(Entrevistó: C.O.)


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03