La Insurrección

LA AMALGAMA DE LO INTIMO Y LO COLECTIVO EN "LA INSURRECCION"

Carlos Cerda

Araucaria de Chile. N 19, 1982.

La última novela de Antonio Skármeta * tiene como escenario la ciudad de León, y abarca los meses más candentes de la ofensiva sandinista, hasta los días del triunfo de la insurrección popular. El autor estuvo en Nicaragua pocos meses después de la caída de Somoza, trabajando en el guión del film que tiene el mismo nombre de la novela y que en Nicaragua rodara el director Peter Lilienthal. Skármeta se sumergió en esta experiencia revolucionaria con los ojos muy abiertos, el oído atento y sensible al tono nuevo, al habla libre del pueblo, el corazón comprometido, la inteligencia presta a captar en la especificidad del proceso político de Nicaragua aquellos rasgos que hermanan en un denominador común, los combates por la libertad que se libran en todo el continente. El resultado es una novela que me parece impecable, de pulso ansioso y rítmico, con un estilo en que se encuentran felizmente la precisión y la poesía, y en la que una suerte de balada a la insurrección elude consecuentemente los tonos habituales del panfleto para abrazar un universo vivo, que palpita con entusiasmo y ternura, y en el que la exaltación de la revolución tiene la profundidad que resulta de ser al mismo tiempo la exaltación de la humanidad más profunda.

La novela tiene un gran protagonista colectivo: el pueblo de León, este pueblo "en que sólo parece haber peluqueros y zapateros" y por el que pasa la historia de manera dramática, pasa la violencia y el terror, la opresión y la indignidad, pero en el que la resistencia se construye con tenacidad de hormiga, con la modesta eficiencia del artesano, para que un día pase también la rebeldía victoriosa, la insurrección y la nueva esperanza. Sin embargo, esta humanidad colectiva, este universo de carteros y funcionarios, curas y peluqueros, estudiantes y soldados, mujeres solas, porque los hombres han sido asesinados o combaten en la clandestinidad y en la guerrilla (troyanas de hoy, dueñas de casa con reminiscencia de tragedia), tiene una verdad que vive desde el rigor y la poesía con que el autor ha creado las figuras individuales, los destinos intransferibles en que esta humanidad colectiva se expresa.

El macrocosmos es León, el pueblo entero, su geografía natural y política, sus calles anónimas aplastadas por el sol de la siesta, sus gentes agigantadas por el sufrimiento y la rebeldía. Es un macrocosmos convulsionado que Skármeta nos acerca instalándole un corazón que palpita al ritmo de las convulsiones colectivas: la familia Menor, nudo al que están amarradas todas las peripecias y todos los personajes de la novela, microcosmos en el que se manifiestan las contradicciones de la sociedad con el dramatismo que resulta de la interiorización de sus conflictos.

Agustín Menor, el hijo. soldado de la Guardia Nacional, vive el drama del joven que es arrancado de su clase y de los suyos para servir en las filas corrompidas y desmoralizadas de la Guardia de Somoza. La generalización de la resistencia armada y la brutal intensificación de la actividad represiva lo pone frente a una alternativa de términos irreconciliables: empuñar las armas del Frente Sandinista o las del tirano, hacerse rebelde o "pendejo", desertar de su pueblo y de su familia o desertar de la Guardia Nacional. Como al comienzo, el Comando es su mundo, cada fin de semana el regreso al hogar abre la herida por la que la familia Menor se va desangrando. Su hermana Victoria, la muchacha más linda del pueblo, la novia soñada por todos, la muchacha cuyo carácter es su segunda y superior hermosura, es militante activa de la resistencia. Leonel le escribe desde el frente guerrillero cartas de amor en las que sus ínfulas de poeta alcanzan la maravillosa dimensión de] delirio. Cartas que son al mismo tiempo una crónica de la guerrilla. Cartas que Sublime Salinas, el cartero que prefiere tirar las cartas en el gallinero de su casa para no amargar la vida de la gente con malas noticias, entrega con doloroso quebranto de su bondadosa indolencia, porque como todos los hombres de León padece el amor callado y sin esperanza que enciende v consume Victoria Menor. Presionado por su padre, en el que la modestia de su dignidad alcanza el tono de una severa grandeza, presionado por las miradas escurridizas de la calle, por tanto postigo que se cierra cuando la recorre solitario, envuelto en la mierda del uniforme. Agustín intentará desertar. pero el capitán Flores irá a buscarlo a la casa y lo instalará de nuevo en su jeep. después de amenazar de muerte a un rehén de nueve años. ante la muda indignación del barrio que escucha sin comentario posible su cínica conclusión: "Así me gusta. Es bueno que nos entendamos con palabras". Sin embargo, la derrota de los Menor es un contratiempo sumergido en la marea de la resistencia generalizada y creciente. Con precisión y refinamiento de relojero, el pueblo va montando una operación que transformará el Comando de la Guardia Nacional en una ratonera en llamas. El fuego apura la hora de la insurrección victoriosa, el minuto final del infierno. Las cartas de Leonel conjugan el deseo y la crónica. La guerrilla se acerca a León, Leonel, al cuerpo soñado de Victoria, al cuerpo que en la tortura. Victoria entregó al sargento Cifuentes "para poder vivir, para matarte algún día". El segundo intento del desertor se produce cuando Flores comprende que la dictadura tiene las horas contadas. Agustín desertará de la Guardia, pero no alcanzará a sumarse a la insurrección victoriosa. La reconciliación con los suyos puede significar el triunfo o la muerte. Agustín paga el precio que antes tantos pagaron para ir construyendo esta ola de dignidad incontenible que ahora entra en León, en Managua, liberando detenidos y rehenes, torturados y "desaparecidos"; muere el primer día de la libertad, el uniforme que se ha arrancado como una piel tinosa ya no es uniforme de nada. muere antes de nacer, antes de empezar a vivir el mundo de la revolución, que para Victoria, para Leonel, para Sublime Salinas, para La Mujer Más Vieja del Pueblo, para ese universo de gentes que hicieron historia casi sin saberlo, animados por esa vocación de dignidad que ninguna tiranía puede sofocar eternamente. significa la esperanza de una humanidad realizada.

La perfecta amalgama de lo íntimo y lo colectivo, del dolor y la alegría personal en el marco del gran acontecimiento histórico, es una de las mayores virtudes de la novela y tiene su expresión en una adecuada alternancia de capítulos en los que se presenta con mucha fuerza el cuadro de grandes acciones de masas, evocación de raíces muy profundas de nuestra historia y nuestra literatura de lengua española (capítulos que me hicieron pensar en Fuente ovejuna o en el Alcalde de Zalamea), con otros en los cuates Skármeta afina la sensibilidad y la ternura en el tratamiento de lo intimo, característica tan personal de sus cuentos. Tal vez por esto, pienso que La insurrección es, dentro de la obra del autor, una novela mayor, una novela de plena madurez.

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Pero creo que no sólo en la bitácora del autor ésta es una novela de giro, de vuelco, de madurez. También tiene un significado especial dentro de la literatura latinoamericana, determinado, a mi juicio, por la incursión en una temática paradojalmente desestimada. La literatura latinoamericana, que tan honda resonancia alcanza hoy en todo el mundo, que se ha librado de los folklorismos v de los costumbrismos, incurre con testaruda frecuencia en una suerte de ahistoricidad: sus autores tienen un sentido aguzado para la captación de reiteraciones y una muy escasa conciencia del tiempo histórico. El tiempo de nuestra novela es a menudo reincidente, estático o cíclico. A menudo, la concepción mágica de nuestro realismo s; nutre de esta ahistoricidad. para crear territorios por los que transita un tiempo mítico sin pasado y sin perspectiva. Esta suerte de suspección de la temporalidad se construye poniendo entre paréntesis la historia real, separando tiempo e historia para ver en las reiteraciones aparentes de ésta una suerte de metafísica, de esencial condena a la eterna reproducción de lo mismo. Las distintas constantes temáticas de nuestra literatura tienen el denominador común de la ahistoricidad. Tanto en la novela del indio como en la novela del dictador (para señalar sólo dos de estas constantes temáticas) encontramos en alguna medida esta metafísica de la condena. La opresión se eterniza ignorando o aniquilando la resistencia. Los tiranos son tan viejos como la tiranía. Eternos caído entonces en nuestra propia trampa. Hemos creado un mundo novelesco atemporal y ahistórico para hacer la metáfora de una humillación que se reitera. Pero esa metáfora vive dentro de la historia y son hombres tan concretos como los habitantes de León, quienes leen ea ella el retrato de una fatalidad o la crítica a las condiciones concretas (históricas) que imponen por tan largo tiempo una experiencia inhumana. Según se entienda la metáfora de la atemporalidad, así se actúa. O se acepta la aparente fatalidad de un tiempo cíclico, cerrado, reiterativo, o se cree en la posibilidad del cambio histórico y se lucha para imponerlo. Curiosamente, en la novela de Sergio Ramírez Te dio miedo la sangre?, que muestra con verdad y riqueza el largo y difícil camino que siguió el pueblo nicaragüense para construir su ejército de liberación, no se habla de Somoza, sino de "el hombre". Y "el hombre" era hijo "del hombre". Por una parte, la lucha concreta del pueblo, contada sin alardes. contada con nombre y apellido. Por otra parte, la mitificación del tirano, ese "hombre" casi bíblico, patriarcal como el dictador de García Márquez, mitologizado. En la novela de Skármeta. Somoza es llamado no sólo por su nombre, sino incluso por el apodo popular. Su estatura, dentro de la novela, no excede la de Agustín, la de Leonel o la de Sublime Salinas. No es un dios mítico, sino un tirano de carne y hueso, un dictador derrocable.

Si la fantasía crea también un lugar para la historia no sólo la revolución se abrirá paso en Latinoamérica, sino también una nueva corriente temática en nuestra literatura. Y Así como se ha hablado de la novela del indio, de la novela del dictador, y mucho antes, de una novela de la selva, podremos hablar muy pronto de una novela de la revolución. Ya no de la novela de la revolución mexicana, sino de la revolución latinoamericana, más ancha no sólo en espacios, sino en perspectivas, arraigada no sólo en el pasado, sino en la disyuntiva de hoy, novela de las revoluciones contemporáneas, novela de la revolución socialista en América. Ya han abierto este camino alguno cubanos (Lisandro Otero, Cofiño López, Alejo Carpentier con su Consagración de la primavera). Pero habrá la novela de la revolución nicaragüense, de la revolución salvadoreña y de tantas otras que terminarán por convencernos de que la magia del realismo consiste en la posibilidad de entregarnos un retrato del hombre, ente mágico por naturaleza, porque su naturaleza se construye de historia, de libertad.

La novela de Antonio Skármeta está magníficamente asentada en esta nueva perspectiva.


Nota:

La insurrección, Hannover (New Hampshire, USA), Ediciones del Norte, 1982.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03