Pas de Deux

Pas de Deux

Carlos Cerda

Literatura Chilena, creación y crítica. N 18 dic. 1981

En la víspera de su cumpleaños Anna recibió un regalo inesperado. Esa noche había regresado a su pieza más temprano que de costumbre. Era un lunes y los lunes no habrá función en la Opera. Estaba buscando las llaves en su bolso cuando escuchó que se abría una puerta a sus espaldas. Al volverse vio a la vecina secándose las manos en el delantal.

-Tengo algo para usted - le dijo la mujer contenta de darle una sorpresa- Un regalo.

Anna fue hasta la puerta de su vecina y esperó que ésta volviera. Se sorprendió cuando la mujer le entregó una caja grande, envuelta en papel de colores y amarrada con una cinta amarilla.

-Su papá vino a verla. Estuvo aquí a eso de las cinco - dijo la mujer en tono de secreteo - Le dejó esta nota - agregó señalando una hoja de cuaderno colocada en el paquete.

Anna miró el paquete y luego a la vecina. Vaciló antes de preguntar:

-¿Cómo era?

-¿Quién? - preguntó la vecina sin entender.

-El hombre que dejó este paquete.

-Ya le dije. Era su papá - contestó la mujer.

La muchacha retiró la nota de entre las amarras. Era una pequeña carta. La guardó en el bolsillo del abrigo, dio las gracias y entro en su pieza.

Anna encendió la luz, colocó el paquete sobre la mesa y sin sacarse el abrigo se sentó en la cama a leer la carta de su padre. Con letras grandes éste habrá escrito sobre una hoja cuadriculada:

"Querida Anna:

Estoy de paso en Berlín. Viajo mañana por la noche a Frankfurt. Me gustaría verte. Espero que te guste mi regalo. Vendré mañana por la mañana.

Tu padre."

La muchacha dejó la carta sobre la cama y se acercó al paquete. Desató con cuidado la rosa que remataba el nudo, retiró el papel de regalo y destapó una caja azul en la que se repetía el nombre de una boutique. Primero sacó de la caja una blusa de lino, luego una falda floreada con grandes bolsillos y finalmente un bluejeans de cotelé. Las tres prendas eran, naturalmente de la misma talla, 82, es decir, dos tallas más grande que la que correspondía a su porte. Con desánimo, Anna se probó frente al espejo. La blusa era linda pero habría que hacerla de nuevo. Sería mejor regalarla. La falda podrá angostarse, pero en ese caso los bolsillos resultarían desproporcionados. Pensó lavar los bluejeans con la esperanza de que encogieran. Volvió a colocar los regalos en la caja y encendió un cigarrillo. Después se tendió en la cama, tomó la carta y la estuvo mirando largo rato.

A la mañana siguiente, al despertar, lo primero que vio fue la gran caja azul sobre la mesa y se alegró al pensar que era el día de su cumpleaños. En el lavaplatos se lavó la cabeza y luego tomó una taza de café con tostadas. Leyó hasta las nueve y media con la esperanza de que el padre llegara, pero como no podía seguir esperándolo escribió una nota que al salir ajustó a un resquicio de la cerradura.

"Querido papá:

Perdóname, pero no pude esperarte. Tengo ensayo a las diez. Juntémonos en el café de la Opera a las dos de la tarde. Muchas gracias por tus lindos regalos. Me alegro de que hayas venido. Tu Anna."

Pero como al terminar el ensayo sus compañeros quisieron celebrar con un vaso de champagne, Anna llegó al café poco antes de las dos y media. Vio que todas las mesas estaban ocupadas, pero también divisó que en una de la esquina, junto a la ventana, había un hombre solo que esperaba. Más que la seguridad, Anna tuvo el presentimiento de que era su padre. Se acercó a la mesa y comprendió que el hombre tampoco la reconocía, pero su sonrisa insegura delataba el mismo presentimiento.

-¿Anna? -preguntó el hombre poniéndose de pie con un movimiento vacilante.

-Sí.. papá.

El hombre se acercó a la muchacha y la besó en la mejilla. Luego, azorado, le dio la mano, pero de inmediato la retiró, la puso delicadamente sobre sus hombros y le señaló la silla vacía.

-Siéntate, Anna.

El padre se sentó junto a su hija y se quedó mirándola. Anna tuvo la certeza de que la había imaginado distinta. El padre observaba su rostro joven cuidadosamente pintado, el pelo negro tirante recogido en una larga trenza que caía sobre sus espaldas, su delicado cuerpo de bailarina. El hombre la miraba sin decir nada pero le sonreía. Anna fue reconociendo lentamente el cuerpo grueso de su padre, las manos enormes que se entretenían nerviosamente con un encendedor, su rostro extrañamente familiar, una vestimenta de cuidadoso mal gusto.

-¿Qué quieres comer? - preguntó el hombre solícito.

La muchacha tomó la carta aunque sabía lo que podía comer.

Tomó la carta para mirar algo que no fueran los ojos de su padre.

-Quiero una sopa de carne - dijo después de un rato y dejó la carta sobre la mesa.

-¿Y qué más?

-Nada más. Sólo una sopa - dijo Anna sonriendo.

-Tienes que comer algo más. Por eso estás tan delgada. Anna rió nerviosamente.

-No debo comer mucho. Tengo que ser delgada.

El padre se encogió de hombros sonriendo. Cuando se acercó el mozo le preguntó a la hija qué quería tomar.

-Un jugo - dijo Anna mirando al mozo.

-Entonces dos sopas de carne, un Schweinsteck, un jugo y dos cognac - dijo el padre, Y cuando el mozo se fue estiró la mano, la dejó sobre el hombro de Anna como una caricia y mirándola a los ojos le dijo con voz aun insegura:

-En eso no has cambiado. Cuando niña tampoco querías comer. Cada sopa era una batalla.

Anna sonrió bajando la vista. La mirada del padre le producía rubor e incomodidad. Pero la mano sobre su hombro estaba a punto de causarle un escalofrío. Con un cuidadoso movimiento giró para tomar su bolso y sacar de él un pañuelo.

El padre se sirvió el resto del cognac que había sobre la mesa y encendió un cigarrillo.

¿Puedo? - preguntó Anna señalando la cajetilla.

- Claro- dijo el padre ofreciéndosela - ¿Fumas mucho?

-No mucho.

-Si fumas mucho y no comes te vas a enfermar - y luego de una pausa - Cuéntame qué haces. ¿Cómo empezamos a conversar? Oye, ¿tú sabes que me gustas mucho? Eres distinta a como te imaginaba. No te imaginaba tan linda, ésa es la verdad. Pero dime, ¿qué haces?

-Soy bailarina.

-Pero... bailarina...como... - el padre buscaba una palabra que no quería decir para hacer una pregunta que no quería hacer.

-Bailarina... digamos, de esas que salen en las revistas...?

-No sé qué me quieres preguntar. Bailo ballet. Trabajo en la Komische Oper.

-¡Ballet! -dijo el padre y lanzó un silbido- Oye, pero ¿cómo puedes bailar? Cómo aprendiste, quiero decir.

-Bueno, fui a la escuela de Danza en Dresden. Estudié cinco años, eso.

-Cinco años - dijo Anna riendo - Y después estuve un año en Leipzig y ahora aquí.

-Oye, dime ¿Y a tu mamá... la ves?

-A veces, cuando viene a Berlín. Yo no puedo viajar porque tengo funciones casi todos los días.

-¿Y vives sola?

-Sí. Vivo sola.

-Y... ¿no es difícil para ti vivir sola? ¿No podrías vivir con una amiga?

-No, papa". Quiero vivir sola. Me gusta así.

El mozo se acercó con una bandeja y puso los dos cognac y el jugo sobre la mesa. El padre tomó un vaso de cognac y se lo pasó a Anna. Luego alzó el suyo y dijo:

-A la salud de tu cumpleaños.

Anna le sonrió, miró su vaso y dijo con voz débil:

-A la salud de nuestro encuentro.

-Dices salud pero no tomas nada - dijo el padre al ver que Anna apenas se había llevado el vaso a los labios.

-No puedo. Ahora no puedo. En la noche sí.

-Oye, pero dime, ¡Qué trabajo es ese que tienes! No puedes comer, no puedes tomar un cognac. Y cuéntame ¿No pudiste encontrar algo mejor? ¿Te pagan bien? Seguro que te pagan muy bien,

-Me gusta lo que hago - dijo Anna mirando el vaso. Luego aplastó el cigarrillo en el cenicero - ¿Y tú que haces? Sé que vives en Kohl.

-Vivía. Ahora estoy en Frankfurt. Hago lo mismo que hacia aquí.¿sabes? Manejo camiones.

-Y ¿te gusta tu trabajo?

El hombre se encogió de hombros pero luego negó con la cabeza.

-Que significa ¿"te gusta"? De algo hay que vivir ¿no? Llevo treinta años metido en la cabina de un camión. Mira - le mostró la palma de las manos extendidas- Toca. Toca aquí.

La muchacha adelantó su mano delicada, vacilante y tocó apenas las palmas del padre.

-No: Aquí. Mira aquí. ¿Está duro verdad? No siento nada, toca sin miedo. Podría ponerme la llama del encendedor bajo la palma y apenas sentiría. ¿No me crees? ¿Quieres que haga la prueba? y con gesto decidido tomó el encendedor.

-No - dijo Anna mirando a la mesa vecina - No por favor. Si te c..

-Treinta años. Pero así pasa el tiempo. Y no me siento viejo. ¿Me encuentras viejo?

-No - dijo la muchacha - Encuentro que estas muy bien. ¿Qué edad tienes, papá?

-Cincuenta y cuatro. ¿Soy joven todavía, no te parece? ¿Y tú? Hoy cumpliste los veinte, ya sé. Por eso estoy aquí. ¡Salud, Anna por tu cumpleaños - y se zampó el resto del cognac - Pero dime una cosa. ¿Tu mamá te habla de mí?

-No.

-¿Pero alguna vez? Alguna vez tiene que haberte dicho algo.

-No.

-¡Alte ziege! - murmuró el hombre.

-Quiero decir que nunca dijo algo malo de tí.

_¿Y qué podría decir? Dime. ¿Crees que podría decir algo malo de mí? Yo en cambio...

-¿Puedo? preguntó Anna tomando el paquete de cigarrillos.

-Claro, claro. Esa cajetilla es para tí. Y toma - dijo sacando otra del bolsillo - Son americanos. Aquí no hay de éstos.

-Sí hay, papá:

-Pero son caros.

-Sí, son caros,

-Oye, dime. ¿Te gustó mi regalo? No me has dicho una palabra, Esas cosas sí que no las encuentras aquí

-Sí, papa. Me gustó. Mucho.

-Yo no sé cuál es tu talla. Pero supongo que te quedan bien, ¿no?

-Sí, papá. Es mi talla. Me quedan muy bien.

El mozo trajo las sopas. El hombre le pidió un pedazo de pan, otro cognac y una cerveza. Cuando el mozo volvió con el pedido el hombre fue echando pedazos de pan en la taza.

-Así es la vida - dijo sirviéndose un trago - Todo tiene sus inconvenientes. Tú no puedes comer y yo tengo que pasarme la vida en las carreteras. Este viaje a Berlín fue una casualidad. Viajo mucho a Hamburg, a Amsterdam, a Zurich. Pero nunca tuve la posibilidad de venir a Berlín. Cuando me propusieron este viaje me alegré. Ayer llamé a tu mamá y me dio tu dirección. Me dio tu dirección y cortó. ¡Alte ziege! Y dime una cosa. Como es... en fin. ¿Vive sola?

-No.

-Tiene un hombre.

-Sí. Tiene un esposo. Hace ya siete años.

El hombre no dijo nada. Se concentró en su sopa. Cuando la terminó encendió un cigarrillo.

-¿Y tú? - preguntó Anna - ¿Vives solo?

-Sí y no. No me he casado. Se podría decir que vivo solo. En este trabajo uno siempre está un poco solo - tomó el resto del cognac - Mira tú lo que son las cosas. Yo vivo solo. Tú vives sola. Pero la alte ziege agarró compañera. No te cases, Anna. Si quieres un buen consejo de un buen padre: No te cases. O al menos no te cases todavía. ¿Tienes novio?

-No.

-Eso está bien, trabaja- junta dinero, junta todo el dinero que puedas y después nadie te faltará el respeto. Oye, ¿pero en serio que no vas a comer nada? preguntó cuando el mozo vino a retirar las tazas - ¿No quieres un postre? ¿Un pedazo de torta?

-Quiero un café - dijo Anna encendiendo otro cigarrillo. El hombre llamó al mozo y pidió un café y un cognac.

-No creas que bebo siempre. Cuando trabajo no puedo. "Cuando maneje no beba, cuando beba no maneje". ¿Has visto ese cartel en las carreteras?

-Sí, papá.

-Oye, dime. ¿Estás triste?

-No, papá. ¿Por qué?

-No sé. Te noto una cara tristona. A lo mejor estoy echando a perder tu cumpleaños. Seguro que querías hacer otra cosa. Podemos ir a dar un paseo si tu quieres.

-No puedo - Anna miró su reloj - A las cuatro tengo ensayo.

-¿Y a qué hora sales?

-A las once.

- ¡A las once! - y silbo.

"Tenemos función a las siete y media. Había pensado que si quieres venir...

-Claro. Pero dime. ¿Tú bailas ahí, verdad?

-Sí. Por eso quiero invitarte.

-Me gustaría. De veras me gustaría. Pero yo no sé si así... Creo que esas cosas la gente va de etiqueta y traje largo. Claro que esta chaqueta es nueva.

Anna rió. Le hizo gracia el gesto del padre. Se quedó mirando sin rubor su chaqueta a grandes cuadros, la camisa verde, la corbata negra con lunares amarillos. Le hacia gracia y podía mirarlo sin rubor porque todo era definitivamente distinto a le que se había imaginado.

-Entonces si es así compro una entrada y te veo bailar. Eso es algo que no me había imaginado.

Anna tomó su bolso del respaldo de la silla y sacó su billetera, y de la billetera una entrada para la Opera. El hombre la tomó, la miró con curiosidad, leyó en voz alta el nombre del Ballet como si fuera una palabra inédita y guardó la entrada. Cuando se llevaba la billetera al bolsillo interior de su chaqueta interrumpió el movimiento y dijo:

-Pero quiero pagarte la entrada.

-¡Papá!

El hombre sacó cien marcos occidentales de la billetera y los puso sobre la mesa.

-Guarda eso - dijo Anna nerviosa - Nos están mirando.

-Toma- dijo el padre- Guárdalo tú. Es tuyo. Puedes comprarte cualquier cosa.

Anna tomó su billetera que estaba aun sobre la mesa, pero evitó mirar el billete. Dijo en voz baja, pero intensa:

-Papá, por favor toma ese billete. La gente nos está mirando. El hombre se rió y alargando el brazo retuvo la mano de Anna. Tomó la billetera que la muchacha iba a guardar en su bolso y puso allí el billete. Vio entonces unas fotos que Anna llevaba en el portarretratos de plástico.

- ¡Die alte ziege! - dijo dejando una foto de la madre sobre la mesa.

Pero luego tomó otra en que Anna tenia ocho años, chapes, y jugaba con una muñeca de loza.

-Esta foto la tomé yo - dijo el hombre - Es la última foto que te tomé.

-Sí sé. Después te fuiste.

El hombre sacó una tercera foto. La quedó mirando sin decir nada. Se sirvió de un trago de cognac, encendió un cigarrillo, volvió a mirar la foto y dijo:

-La verdad es que me he puesto viejo.

En el camarín Anna le mostró a su mejor amiga el billete de cien marcos. Le contó que su padre se lo había regalado y que esa noche estaría en la función. En la quinta fila, en el centro. Ella, a su vez, le había dicho que lo que hacia no era importante, que bailaba en el coro y que aparecía sólo una vez en escena. Al final del segundo acto, cuando entrara un grupo con mallas celestes, ella sería la cuarta contando desde la derecha. No podría verle la cara porque en esa escena el coro llevaba máscaras que imitaban conejos. Pero si contaba desde la derecha apenas entrara el coro, la cuarta sería ella y entonces podría seguirla y verla bailar durante tres minutos. Después, cuando el coro quedara inmóvil en el fondo del escenario, simulando poses de estatua, ella no sería la cuarta sino la segunda, pero contando ahora desde la izquierda. Habían convenido además que después de la función irían juntos a comer y ella había prometido que esta vez sí comería como corresponde y tomaría con él un cognac, por lo menos uno. El padre le había preguntado cuál era el restaurant más caro de Berlín y decidió que debían ir a ese restaurant. Además había decidido que si había una orquesta bailarían hasta la madrugada, hasta que se subiera al camión para regresar a Frankfurt. Pero Anna quería cosas muy distintas. Ella hubiera preferido celebrar el cumpleaños en su pieza, invitando a tres o cuatro de sus mejores amigos y ya desde la mañana se había alegrado con la idea de que el padre pasaría la noche con ellos.

Mientras se preparaban para entrar a escena su amiga le preguntó por qué estaba tan nerviosa. Anna se encogió de hombros, aunque sabía que ésa no era la excitación habitual sino una suerte de temor, un sentimiento desagradable de pequeñez, de inseguridad; la intuición de una gran mentira. Cuando terminó de maquillarse descubrió que las palmas de sus manos estaban húmedas y recordó las de su padre, capaces de resistir el fuego. Recordó la desconocida tristeza que había experimentado al tocarlas y el escalofrió que apenas evitó al sentir la mano de su padre acariciando su hombro.

De esto no habló una palabra con su amiga. Esperaron la salida a escena fumando cigarrillos americanos y decidieron hacer la fiesta al día siguiente. Esa noche Anna haría lo que ya estaba decidido. Y como el padre viajaba esa madrugada, en pocas horas volvería a estar sola y después de un tiempo tal vez todo volvía a ser como antes.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03