Segunda noche de insomnio

Segunda noche de insomnio

Carlos Catania

Literatura Chilena. creación y crítica. N 15 marzo 1981

Fragmento de la novela "Los Pintadedos"

Para nada sirvió: ¿estamos como al principio? , Dios mío me muero, soy duro para vomitar, con la Yoli durmiendo profundo, mira un poco, ¿nunca para? , su modo bebé de apoliyar, la miro y me siento sucio, una envidia: para ella el mundo no pasa el limite de la cocina y la cama, mírala: la odio: no, mentira, me odio, que es distinto, no me soporto, creo que pasa la descompostura: el hielo en los testículos, siempre caigo: un tipo sin voluntad: no merezco estar en la comisaría, en ningún lado, ¿qué hice? , ¿qué hicieron? , y después la sombra descolgándose, ¿estaban borrachos? , están girando todos aquí en el dormitorio, hablan lodos al mismo tiempo, las voces me siguieron hasta aquí, ganas de arrancarme la piel, lavar con cepillo y jabón todos los órganos, empezar una vida nueva: ¿cómo hago para lavarme toda la sangre que tengo debajo de las uñas?: manos de carnicero, bueno, espera: ¿qué encontraron ellos? , el único despierto el Arístides ese que la Gúdula miraba raro y la otra para comérselo, concentración: mirar detenidamente un punto para evitar el mareo: años que no me pasaba, lleno de asco, el ángulo del techo, la sombra de la lámpara, pasar a la banderola, ida y vuelta, por supuesto, dijo el Arístides, hay tanta variedad de botellas que será imposible hablar, sentate: los desastres no vienen solos, el Carlitos que lo veo ahora pálido entrando y saliendo, y el otro bestia con su lengua que tenia hipnotizada a la Gúdula, ¿qué son esas conversaciones? , ¿adonde llevaron? : un presagio más: veo la cara del Carlitos después: quiere matar a alguien, no se mueve, no lo dice: lo veo, lo vi', ahí está, levantando en sus brazos a la piba: ¿fue el Bonzo? , la oscuridad no deja ver, puede ser cualquiera, y Don Antonio ahí, la puta, hablando en delicado y el Atalo tira leña al fuego, mejor ni pensar, espera: no puedo: el fantasma del pasado viene a cobrar las cuentas, como en aquella película de Gene Tiernei, ¿qué otra cosa puede ser? : desaparecer para siempre, chau, Yoli, me voy, dale otra vez, dale, falta el carácter, que se yo, el tiempo perdido miserablemente, veo que el cura Maxwell con sus casi noventa años pareciendo un poseído, y ahora llega la otra como caída justo para empeorarla, con su maridito, estoy viendo al Carlitos, su cara de antes, cuando la ve: dice hola como si tuviera una estaca metida, y ella que se le tira al cuello, qué corso, ¿qué indagaron estos policías de la ciudad, carajo? , el Arístides me dice vaya tranquilo, mañana se arregla todo, sereno el pibe: un limpiador de vomitadas, creo que me pasó, me veo con el culo en el sillón, que no me levanté en toda la noche, salvo al final, cuando la niña gritó, estamos peor que antes, que ayer, el Arístides no tomó una sola copa, no toma, me viene la irritación en el cuerpo, la tosecita, ya está, mirala: dale, soñá tranquila, ándate por los mundos, total, chanchita feliz, y bueno, ya empezó, hagan de mí lo que quieran, que el Atalo se arregle, seguro ya lo encontró, yo no soy más que un carnicero venido a comisario, ahí tenés: uno de estos días estiro la pala, así, de golpe, amanezco muerto, sin despedirme de nadie, a nadie dejo, una semana y ni los gatos se acuerdan de mí, la Yolanda me llora un mes, después se junta con otro, así es la vida, ¡maldita la hora! , que llegue junta con otro, así es la vida, ¡maldita la hora! , que llegue pronto mañana, por favor, que venga la luz, la Chona diciendo: aprovechen porque la vida se acaba antes de los trece, eso no lo olvidé, más ahora, ay, Dios: los millones de puntitos cuando me aprieto los ojos, el universo con sus planetas, allá va sentada la Chona, sonríe, pone los ojos tristes y me dice: ningún hombre de este pueblo vale nada, ya vieron, a lo mejor uno o dos, quién sabe, y ahora se pone a hablar con cariño de Delfita y Palomino: que ellos saben muchas cosas, que aprovechen porque pronto van a estar muertos, corazones de mamá, ¿era eso? : ya me jodí, dale, fierro tabla hasta el final, mejor echar tierra sobre hoy: el Bonzo la miraba serio: ella nunca daba explicaciones: el Bonzo la adoraba más que nosotros, un decir la veneraba, ¿cuánto vive un mongólico, preguntaba, no te fíes del tiempo, dice ella, ya viene: completarlo o reviento, bueno, cada vez más fiel, espera: más nítido: el final empezó cuando ella habló del agua, ahí fue: dijo del agua no se qué de la limpieza y la frescura, ¿cuándo? , ¿cuándo? : era la siesta, acaba de llegar de la casa de los Turse, ahora trabaja medio día, eso es, patente: para estar más con ustedes, dijo, y del agua pasamos a los pescados y después al nadar del hombre, y así fue la cosa, rodando: nadar es lo mejor del hombre, dijo, un hombre nadando, si': ¿lo dijo viendo el futuro? , nunca lo llegaremos a saber, salió del Bonzo llevarla, apoyamos, vamos, dice, el Carlitos dice no, mejor nos quedamos aquí, pero era porque el Carlitos le tenía miedo al agua: no sabía nadar, si lo conozco, así fue, pero anoche se convirtió en otro, bueno, total que no te engañes: la llevamos a la laguna del enterrador que le decíamos antes, maldita sea la hora: ese charco de agua sucia en los terrenos del dueño de la funeraria, que se murió como todos, el hijo sigue enterrando, Marito, la familia de las tres m, como decía el Bonzo: monopolista, mortuoria y millonaria, era mandado a hacer para los juegos de palabra, llegamos: los sauces besando la superficie del casi barro, llena de tachos herrumbrados y basura en el fondo, barro chirle, todavía está, que allí por lo menos aprendía nadar y después me pude largar en la Horqueta, que es más hondo y no se hace pie, la Chona contó, ¿fue ahí? : que hace años, cuando era más joven, sin decir donde ni cuando, solía despertarse a la orilla de un río, abría los ojos y ya no estaba en la cama sino en la orilla de ese río, de pie, completamente desnuda, no era un sueño, sin saber cómo había llegado, sonambulismo, dijo el Bonzo, ella se mojaba el cuerpo, miraba la corriente, generalmente había luna, la veo, y después volvía a dormirse, no decía cómo, uno se pone viejo cuando empieza a envidiar el modo de dormir de los demás, el Bonzo le creía como a Dios, entonces al otro día, no, era la siesta: la llevamos y fue allí: con la torre de la jabonería abandonada allá, más lejos, en medio del chapoteo y en bolas, medio mareados por dos botellas de vino que llevábamos, no quiero ni pensar, cuando vimos al toro: allí está la bestia, pertenecía a las Maidagan, parte de su hacienda, lo vemos pastoreando por allí, del otro lado, en los campos de ellas, negro como de azabache, lustroso, casi azul lo veo: parecido a los de Sangre y arena, pero más grande que una casa, loro de gigantes, los dos cuernos filosos como cuchillos, siempre mirando de aquí para allá, olfateando algo, atento, inquieto, meneador de la cabeza, con un cuello que parecía un tronco de árbol, las bolas colgando igual que los péndulos de las campanas de Bellini, los bordes de la nariz aleteando como en calentura permanente, y lo estaba de fijo porque la Chona, que en esta materia sabia más que nadie, dijo: él es así, qué animal más divino, un Dios, a estos animales sólo los mantiene así el mugido del amor, su fuerza, y estamos viendo al animal del otro lado del alambrado: nos mira con ojos de sangre directamente a la cara pateando el suelo como si quisiera decirnos algo, bufando una baba que se balanceaba en un hilo color blanco, lo veo, y no va el René que está sugiriéndole a ella: te gustaría con el toro, ¿cierto? , igual que la Catalina que contaste, siendo esta insinuación, lo juro, la puerta que se abrió al destino, porque ella que estaba con el agua hasta la cadera, simuló un escalofrío y agarrándose los senos hizo un movimiento que a nosotros nos gustaba mucho diciendo ay, ay, ay, como si llorara, medio cantando: una danza: levantaba los brazos, cae la tardecita, palmea en el aire, así, el René aprovechó para acercársele por detrás practicando algo debajo del agua mientras ella seguía mirando al toro y haciendo pases como si desde la distancia a que estábamos pudiera provocarlo, qué se yo: tenía en ese momento el ardor del vino en la boca, no como ahora, una alegría desatada sentía en el cuerpo, sin porquerías en la panza, que pesan, no, liviano, feliz, la veo otra vez: metía y sacaba la lengua con esa velocidad que cuando besaba nos volvía locos, y no se le ocurre al Bonzo, ahí está: corriendo en bolas sobre los cascotes hasta el alambrado deteniéndose frente al animal, está haciendo aspavientos de torero, ole, el Carlitos y yo muertos de risa, me estoy oyendo, porque el Bonzo era siempre muy serio, pero cuando se hacía el payaso no había nadie que le ganara, estoy sonriendo: qué loco: la pura mímica, como veíamos en las cintas, y de pronto se agacha pasando el brazo del otro lado del alambrado con el toro ahí echando espuma por las orejas, los ojos como brasas calientes, que si llega a tirarse contra el alambre de púa lo rompe como si nada, pero así son de brutos, pensé, pienso, que si hubiera sido en vez de alambre hilo de cocer tampoco hubiera pasado el límite seguro esto el Bonzo lo pensó aunque de todas maneras hay que ser muy loco o muy valiente, como pasó esta noche, el siempre se definió en estos aspectos, su pequeña renguera no le detenía en nada, cojeando mandaba y cojeando se desplazaba con mucha segundad, de ahí que cuando le tocaba ser jefe por sus ímpetus nos alegrábamos por un lado y por otro no: un poco asustados, cierta tirantez, porque era capaz de cualquier cosa, intrépido, siempre en el plano de la seriedad, es cierto, igual que ahí ahora, que era un torero de verdad y no se reía, como tampoco se ríe ni dice nada ahora, nos pone piel de gallina, piel dura, menos a la Chona que la veo meneándose relajada frente al animal preguntándole al Bonzo qué pasaría si ella trataba de conquistarlo haciéndose la vaca, y el René a las carcajadas, oigo al Bonzo responderle con su inteligencia rápida que más nos gustaría a los cuatro ver al toro poseerla como mujer, tal como ella lo había insinuado una vez, veo que la Chona ríe al cielo su risa auténtica, y nosotros la imitamos desatados en el vino y en la noche, el cuerpo desnudo que ayuda a lodo eso, ella continúa hablando y moviéndose como una bailarina egipcia, nunca olvidaremos eso: veo clarito su figura desnuda contra el cielo frente al animal: un cuadro de arte, paisaje de cinta en colores, ahí: de pronto la bestia, al fijarse en ella, juro que tuvo como un estremecimiento del cuerpo produciendo un chasquido por la nariz y la boca, una especie de paladeo, como si comprendiera la diferencia, como si entre las nubes gruesas de su cerebro el bruto percatara alguna relación de hembra recuerdo que pensé: segurísimo la está oliendo: ese animal sabe que el bulto, o lo que viera, es de otro sexo, ¿cómo la vería? , además que se sacudía inquieto raspando la tierra con las pezuñas delanteras igual que si estuviera llamando, vemos que aquí todos empezamos a aplaudir con gritos de aliento, unos hinchas furiosos, porque era como un milagro que en pocos segundos la comunicación se hubiera establecido entre la Chona y el toro, aunque después reconocimos que ya en ese momento estábamos tan excitados como agarrados por la angustia, espera: ella se fue acercando de a poco pidiéndole al Bonzo que sacara las manos de los testículos del animal, el Bonzo lo está haciendo lentamente, seguro para no espantarlo, no enfriarlo, era único el Bonzo: se puso de pie y retrocedió: todos vimos que el toro se quedaba allí, que no se movía para nada. que estaba ahora absolutamente pendiente de los movimientos insinuantes de la Chona: ella bailaba: de tanto en tanto daba vuelta la cabeza y nos miraba con la sonrisa que usaba cuando estaba transportada a otros mundos, cuando se le iba el alma del cuerpo, cuando flotaba sin gravedad, si bien por otro lado tomaba las riendas de esos mundos invisibles en que estaba reinando: era una reina: podíamos verlo nosotros, los cuatro, formando un semicírculo un poco más atrás, pasándonos la botella de vino, temblando de frío, sin comprender mucho, como ahora tampoco, yo sintiendo un fuerte latido: estábamos embriagados por el momento de magia, con una sensación muy dolorosa, mitad sexo mitad compasión, personajes de un sueño, ¿quién de los cuatro soñaba? , también sintiendo rabia, no sé, como un odio que me vino enseguida mezclado, alborotado, de muy profundo, sí, el gusto pastoso del vino en la boca, el olor a barro podrido que la laguna había dejado sobre nuestra piel, la sensación de que yo tendría que estar buscando mi destino en otra parte: quería ser alguien, en fin, todo eso me asaltó un momento, me dijo manos arriba, dale rienda: que ni yo ni nadie dijo una palabra que hiciera retroceder a la Chona, como si no pudiéramos emitirla, como si supiéramos que pronunciarla hubiera sido perfectamente inútil: me tragué esa palabra: tampoco quería pasar por idiota, nadie levantó un dedo en contra, tiritábamos y los pájaros empiezan a llegar a los sauces, ¿se detuvo todo como en la plaza? , no, no: por el contrario: todo se veía vivo alrededor, y nuestra misma presencia la empujaba: le estaba diciendo en silencio vamos, Chona, que aquí esperan sin miedo tus cuatro amores: tus únicos amores: para verte, para apreciarte más y admirarte, no nos defraudes, dale nomás: ¿pedíamos demasiado? : estoy seguro que los cuatro, encima, temarnos como un presentimiento inexpresable, algo que nunca se dio después, jamás, una especie de visión del futuro, la misma molestia que cuando alguien te cuenta el final de una cinta, ¿por eso seguimos alentándola? , no podíamos detenernos, saltábamos del frío, los miembros erectos, claro: le hacíamos ver que eran gritos de broma, una broma que pronto acabarla, ¿no? , ya que ninguno de nosotros pensaba en serio, cállate falso, que ella lo haría, cállate: entonces nos pusimos a cantar una canción esa canción que a ella le gustaba: adiós, amor, cariño, adiós, que la ponía en el colmo de la dicha, así que siguió con sus movimientos al compás de la canción, muy estimulada, las letras de antes eran mejores, pero ahí está: se agachó como lo había hecho el Bonzo, palabra va palabra viene ya estaba con la mano en los testículos del animal, un animal en una tensión que parecía a cada rato a punto de reventar, pasando de ahí a la espada roja, cada vez más hinchada, acariciándola suavemente de ida y de vuelta y nunca, juro por mi madre, nunca en la vida yo había visto, tampoco vi después, un espectáculo semejante, ni por las lapas, estoy que me sudan las manos, transpiro el alcohol, un espectáculo que pareciera al mismo tiempo de dos mundos, algo tan extraordinario que no nos hubiera importado a ninguno de los cuatro caer de un síncope allí mismo, porque los lazos desaparecieron en unos segundos, ahora sí: las riendas se cortaron, paf, todo lo que éramos, la familia, nuestros padres, la escuela, el trabajo, todo eso desapareció tragado por las sombras, quedaron relegados frente a ese contacto único, luminoso, porque cada uno de nosotros era la Chona y también porque todos estábamos dentro de la piel de ese toro, qué se yo, el toro, ¿no era como un resumen de los cuatro? , poseía nuestra fuerza junta, todo lo que de animales teníamos, pensé después: a la altura a que habíamos llegado necesitábamos dar el paso más allá no estancarnos, mantener nuestras relaciones hermanadas hasta el fin de los siglos, lo cierto, sea lo que sea, es que allí estaba pasando algo muy grande, mucho más que la visión de ella en la plaza, la continuación, quizás, el punto más elevado de algo, así creo lo sentimos fuertemente en ese momento y una cortina espesa, de mientras, nos separaba del resto del mundo: pronto estuvimos metidos en el juego de la Chona, ¿era un juego?, hasta nos parecieron lógicos los pasos que siguieron: después de acariciar un poco la espada de fuego del animal, acercó las caderas al alambre de púa, se inclinó con las piernas abiertas para que el loro pudiera olería, pensé, y mira al animal que lo hace de una manera, por un momento pensamos va a romper la alambrada: nadie se mosqueó, aquello lo puso frenético y empieza a dar patadas sobre la tierra levantando polvo, va y viene como aguantando un escozor en todo el cuerpo, nunca se me olvida el momento en que, imposibilitado por bruto de pasar al otro lado, levantó el cuello sufriendo intensamente y largó un mugido a través de su garganta que hizo volar los pájaros acomodados ya en los sauces de la laguna, ahí la Chona dio vuelta la cabeza como una vaca que mira de costado a su servidor, haciendo una seña como diciendo ya está, amores míos, asilo estábamos creyendo nosotros, ¿de qué parte del mundo éramos? , la verdad es que. el toro estaba llamándola, de eso a nadie le quedó la menor duda, entonces ella se pone de pie, levanta el segundo alambre y pasa ágilmente al otro lado acercándose muy lentamente, la veo, apoyando luego sus senos en la trompa del animal, mientras nosotros allí, siento un temblor imposible de contener, como si el frío me traspasara, el latido del corazón muy potente: ¿estaba mamando de ella? , después comprendimos la intención de la Chona: se alejó hacia el bosquecito talado, al llegar se puso en cuatro palas sobre el tocón de un árbol, seguro para quedar a la altura del animal en un cálculo de ella, estando así levantó la cabeza y lanzó al aire una especie de grito, lo oigo como ayer, así, no un mugido sino parecido, pero en voz de mujer, como un lamento muy hondo, sin palabras, algo que le salía de adentro convirtiéndola de pronto en un ser extraño, en otra cosa, no en una mujer, pensé: ¿qué era? , y sin embargo era ella, nuestra Chona, habían aparecido las estrellas, el cielo estaba allí, comenzó ella a moverse, a repetir el grito cada vez más delicado: estamos viendo al animal preparándose para ir hacia ella, cosa curiosa, lo vi enseguida, había guardado la espada, las narices le tiemblan ahora y la cola la tiene rígida hacia abajo formando una curva -que termina en un mechón de pelos, lo presiento, de esta manera atropello, casi no tuvimos tiempo de darnos cuenta de lo que pasaba, prendidos como estábamos de la otra idea, de una imagen diferente, pienso, en la cual se veía al toro sirviendo a nuestra mujer, la magia, pero en un segundo, en la carrera del animal, caímos en que eso era parte de la fantasía nuestra, lo que el toro estaba haciendo era tomar velocidad: ya no paró, lo veo, Dios, hundir su cuerno derecho por abajo, hasta el fondo en la mitad del vientre de la Chona, voló ella sostenida sobre su cabeza, revoleándola un rato de aquí para allá, muñeca de trapo, ella vomitando sangre por la boca, le salía de allí, ¿qué hacíamos? : me veo paralizado, todos nosotros paralizados, menos el René que se tiró al suelo gritando, tapándose la cabeza con los brazos queriendo meterse en la tierra, el Bonzo avanza, veo, hasta el limite del alambrado y se queda ahí petrificado, creo ahora que tuvo intenciones de cruzar y socorrer a la Chona, pero no pudo, fue más fuerte que él, inútil de todas maneras, nadie hubiera podido, el Carlitos temblando como si le quemaran las plantas de los pies, el cuerpo de la Chona sacudiéndose montado sobre la cabeza del animal, se desprende ahora, lo veo, cayendo como siete metros más allá, vemos al toro que mira, la embiste de nuevo atravesándola en las costillas, embiste otra vez, otra vez, fueron como diez embestidas y a cada una se moría un trozo de nuestro cuerpo, ella no se defiende: ¿estaría ya muerta?, la engancha, otro cabezazo la arroja más allá, ahora el animal la pisotea con sus pezuñas afiladas golpeándola sobre la cabeza, la cara, hasta que al poco rato vimos que la Chona no tenía más cabeza, pensé después: cuando uno borra a un mosquito con el dedo sobre la tabla de la mesa: lo hace desaparecer; el toro ensañándose con el cuerpo hasta que del cuerpo se separa un pedazo, un brazo, vimos, y el animal empuja su cuerpo, lo hace rodar, busca engancharlo otra vez, que después nos hizo pensar hasta donde se puede acumular tanta furia, lo peor de todo era cuando el toro se volvía y nos miraba: les estoy dando una lección, decía, aprendan, carajo, el llanto del René llamando a la Chona, pidiéndole que vuelva, mi cara ya no era mi cara, como si la sangre se me hubiera ido por un tubo, el Bonzo insulta, grita insultos a Dios, que por qué dejaba, por qué tan inservible, tan traidor, tan poco Dios, de rodillas gritaba, el toro como si nada: se había detenido junto al cuerpo, me descompongo: después de olfatearlo empezó a morderlo, a tragar pedazos de la Chona, grandes pedazos que arrancaba con los dientes, vomité el vino pensando ese no es un toro, no conocía ningún animal de esa especie que comiera carne humana, ¿lo hacía a propósito?, los árboles estaban rojos, el cielo estaba rojo, la tierra roja a nuestros pies, nuestros cuerpos, los cuatro, blancos y pequeños, totalmente desamparados, abandonados, desnudos en el frío, viendo como giraba la cabeza la bestia: sabía que seguíamos mirando: sacudía los pedazos, los pateaba, estábamos enloquecidos de debilidad: pensé en mi padre, en las reses que había matado en su vida, el René se levantó del suelo gritando que nos vistiéramos, que rajáramos de allí: agarramos las ropas, confundíamos las zapatillas, tironeábamos los pantalones y lo curioso: quizás por el frío andábamos todavía con el pito parado, me ardían las mejillas: yo quiero ser alguien en la vida, pensé, no después: lo pensé ahí mismo: en medio de todo eso, la noche caía sobre nosotros, aplastaba, gracias a Dios nadie ha visto nada, la soledad por todas partes, nadie más que nosotros allí vistiéndonos en silencio, los jadeos: las manos no respondían mientras mirábamos: no podíamos dejar de mirar cómo el toro se tragaba ahora los pechos de la Chona, los masticaba, luego levanta la cabeza, olfatea alrededor, simulando ser por fin un toro mansito y, como una tranquila vaca hija de puta, se aleja de allí al trotecito, dejándonos junto a la laguna del enterrador en el mayor de los silencios, salvo los sollozos del René medio ahogado y un hipo que le agarró al Carlitos, nos dejó quizás para que hiciéramos lo que teníamos que hacer, que fue lo que hicimos, fríos en el sudor, porque ninguno se fue y allí estamos amaneciendo aquel día, nadie quiso juntar los pedazos en la oscuridad, sale ahora, lo veo, un resplandor que se eleva iluminando la punta de la jabonería abandonada: veo el punto, vamos, dijo el Bonzo, el René se había quedado dormido hecho un ovillo y creyó que estaba en su casa, vamos: los pedazos eran como cortes de las reses en la carnicería: sin cara, por suerte, el pelo como una peluca suelta, las vísceras, el cráneo brillante, el René quiso retroceder, lo obligó el Bonzo: es cosa de los cuatro, gritó, ¿que quieren? ya no importaba mucho a esa hora, ya no importaba nada, desde entonces cuando no duermo me entra como una valentía, un no pregunto cuántos son, el Bonzo me manda a buscar una pala: el camino de ida y vuelta lo tengo aquí: las calles habían cambiado, las casas no eran las mismas, todo el pueblo se había ido, mejor dicho disfrazado, eso pensé allí: el sodero Pinín que pasa y me ve, nunca me pareció tan bueno Pinín, tan limpio: muy pequeño también, poca cosa, como si yo lo sobrara en algo, no sé, él iba a la sedería en busca de los sifones, yo era casi un sueño dentro del secreto que empezaba, mi cuerpo dolorido, al saludarlo con la mano me pareció que lo estaba traicionando: lo mismo cuando entré por el portoncito a casa, esta casa: la vieja estaba levantada: había luz en la cocina, pasé al depósito directamente por el patio, miré la bicicleta, saqué la pala, estoy saliendo y miro a la vieja por la ventana: un poco encorvada apantallando la cocina económica, con su delantal, un poco todavía con cara de dormida, pero fuerte, la veo fuerte y silenciosa y por primera vez pienso que se va a morir, lo pienso con una claridad que me da nauseas, ¿cómo es posible que siguiera apantallando el carbón? , ella miró también durante muchos años este techo que miro, desde esta misma cama, sus pensamientos están en el cieloraso, como las moscas, seguro se mezclan con los míos y me oye, la luz de la banderola, espera: volví entonces el camino de regreso, nadie cruzó, una volanta solamente, creo, ya habían amontonado todo al pie de la torre: el Bonzo me quitó la pala de las manos: comienza a cavar, después dijo al René ahora vos, un poco a cada uno, yo espero que el bulto se mueva de un momento a otro, que la Chona se junte a ella misma y se arme diciendo aquí estoy, ¿vieron?, la Yolanda se mueve: nada respira, un pedazo a cada uno no hace mal a ninguno: evitaba mirar cuando caían, la tierra sonaba sobre el cuerpo de nuestro amor, el René se tiró de panza pidiendo perdón, perdón, salí, salí: el sol ya encandilaba cuando quedó todo tapado como si no hubiera ocurrido nada allí, hasta gramilla encima pusimos, de vuelta recuerdo que pasamos el alambrado y todo se pone confuso a partir de aquí, espera: veo que con los calzoncillos y las camisetas limpiamos la sangre de los pastos, enterramos todo, junto con la pala y el vestido de ella, ¿nos bañamos la sangre en la laguna?, el toro no se veía: el Bonzo jurando volver para matarlo con una escopeta, si, a la gruta dice después: allá vamos: la gente nos ve a esa hora como siempre nos ha visto: vaguitos, trasnochadores, tengo fiebre, me parece, una descompostura, pasa el pan, pasa la leche, las volantas trotan con su ruidito parejo, del baldío bajamos a la guarida, agarramos cigarrillos que tenemos guardados, Nobleza, el juramento, dice el Bonzo, esta vez hay que escribirlo, ¿no?, es único: borra todos los otros juramentos, nunca más nadie que nosotros, silencio eterno, claro, dice el Carlitos, nunca, claro, digo, ahí estoy como desinteresado de todo me parece, desenchufado, al René que le toca hoy ser jefe le toca recibir el juramento, ni sabe lo que hace, está tomando el mando ahora de manos del Bonzo, que le da la chapita, nos vemos las caras: nadie va a llorar ahora, la vela en el rincón, escribilos vos, dice el René: el Bonzo agarra el papel y el lápiz con que hacemos las anotaciones cuando juramos al truco: empieza a escribir, creo que escribe un largo rato y nos pregunta y el Carlitos le dicta frases, y yo también y el René pone sus ideas, después lee y nos parece bien, no recuerdo, únicamente que era el secreto de los cuatro, para siempre y firmamos: se me calienta un poco el pecho, la descompostura sigue allí, lo estoy viendo al Carlitos agachado con la vela en la mano derritiendo la barrita de lacre por orden del René para sellar el sobre que metimos dentro de la cajita de galletitas Bagley después de haber firmado el juramento con sangre que sacamos raspando la palma con una guillete, ¿después?, esperá: el día pasó como un lapso borroso en la memoria, creo que me enfermé, no sé, el recuerdo sigue en esa misma noche: lo más clarito fue la vieja en la cocina sentada sobre el banquito, inclinada sobre el fuego con la pantalla, creo que esperamos un día o dos después, creo, para enterrar la cajita en algún lugar lejos de la jabonería abandonada, del otro extremo del pueblo, cerca de la Cruz y del rancho de Celestino Noverasco, al pie de un eucaliptus, allí quedó el compromiso eterno, todavía está.


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