El ilegible: «Las Nubes y los Años

EL ILEGIBLE: «LAS NUBES Y LOS AÑOS

Hernán Castellano Girón

Hernán Castellano Girón, escritor y poeta, ha publicado, entre otros títulos, El bosque de vidrio, relatos, y Teoría del circo pobre, poemas. Es profesor de la Universidad Politécnica del Estado de California, Estados Unidos. El texto que publicamos forma parte de un relato mayor.

Araucaria de Chile. Nº 40, Madrid 1987.

Al otro día crucé muy temprano las calles del barrio mexicano, donde todo estaba en español: «Doctor Azuela Quiropráctico»... «Farmacia y Droguería Rosita»... «Amasandería y Fábrica de Tortillas La Buena Ley»... A primera hora empezarían mis entrevistas, que ya habían tomado un aspecto rutinario, ritualizadas en la forma y en el fondo. Me encontré con una nota de Schmokowski en el message board y me apresuré a buscarlo, en un intervalo largo entre las otras entrevistas. Schmokowski estaba enigmático y me condujo a otra mesilla, diferente de aquéllas donde sostenía sus entrevistas en serie. Con aire misterioso extendió varios papeles en la mesa, formularios y carpetas.

-He decidido ofrecerle el puesto -dijo, después de dar una mirada cautelosa hacia las mesas vecinas-. Tenga usted la bondad de firmar aquí, si lo acepta. A decir verdad, yo estaba bastante desconcertado pero, naturalmente, firmé. No estábamos allí para otra cosa, sino para contratar y ser contratados.

Schmokowski me dio entonces solemnemente la mano, recogió todos los papeles, formularios y tarjetas llenadas pacientemente por mí, y devolvió las carpetas a su maletín James Bond. Luego caminó tranquilamente hacia una de las ventanas, como tomando su tiempo, con pachorra de plantígrado o de alucinado, la abrió deslizando la puerta corredera, también la rejilla mosquitera, aferró el precioso maletín debajo del brazo, y se arrojó al vacío. Debe haberse hecho picadillo, simplemente porque estábamos en el piso 94 del fabuloso Bliptago-Marriott.

Mi único contrato logrado en ese evento, se iba así para siempre... ¡Maldita sea mi suerte!

Cuando, más tarde, le hablé a Femando acerca del extrañísimo episodio me dijo:

-Nada de extraño. Todos los años, uno se tira... Hasta la ventana ya está establecida en el programa.

Así de simple. Si yo quería estar dentro de ese sistema, debía acostumbrarme a sus extrañezas, que no eran tales desde el momento que formaban parte de un código. No entramos a la conferencia de Romelio Ureta. Se encontraba demasiado atestada y, además, no se respetaba la prohibición de fumar, puesto que al parecer se deseaba dar un toque de atmósfera criolla, un detalle folklórico que nos acerca a la Patria Lejana.

Poco más allá había una reunión de ex-alumnos de la Columbia University y, al asomarnos, vimos que todos estaban levitando, como San Giuseppe di Cupertino, por lo menos a medio metro del suelo. Flotaban beatíficamente, como medusas en el mar, sobre sillones, alfombras y cojines, sobre los cálices de Dom-Perignon y sobre las palabras del conferenciante, que versaban sobre alguna minúscula comedia isabelina, sobre algún destello pancreático o semántico de Samuel Beckett, o sobre los recovecos de la lingüística y su laberinto indescriptible e interminable, la ciencia donde las palabras ya no son más palabras, esto es ideas, sino sólo estructuras, sueños sin durmiente y sin noche.

En el vestíbulo había una negrita, amiga de Fernando, también ex-alumna de la Columbia University, de una belleza deslumbrante. Se llamaba extrañamente Siobhan -se pronuncia Shabán, me corrigió- nombre irlandés ajeno a sus ancestros, en vez de llamarse Nkenge o Ngetsile, como correspondía a una lejanísima cercanísima tataranieta de la reina de Saba, la de «los cabritos mellizos de gama» ahora envueltos en una blusa diseñada por Osear de la Renta y con una especie de mandil masónico por falda o faldilla, que le descubría totalmente los muslos, cosa de otro mundo, recostados estaban sobre el diván calenturiento, como dos enormes peces de cristal y de azúcar cande del Perú. Oh morena de mi copla -canto de cisne, o acaso sólo con un pato palmípedo irrisorio- diste rienda suelta a malos, pecaminosos pensamientos, en esa mañana helada para nosotros, pero sobre todo para el pobre Schmokowski, que me firmó un contrato sólo para probar la caricia del vacío, ese descenso o envión que debe ser como requetecontrahundirse otra vez en el útero, y ahora esa experiencia única -el orgasmo de morir caído de una ventana de un hotel de lujo la pagaba en alguna losa de la morgue de Bliptago, porque estaba seguro yo que había sido retirado aprisa, para evitar a los habitantes el indecente espectáculo de uno que eligió un camino diferente a Superman, tirado como cualquier pedazo de bistec en el supermarket Kroger o Goodwill, o como una carcacha de burro en el Zabrieskie Point del Valle de la Muerte. Schmokowski buscó ese redundancia admirable, seca como un respiro tan hondo que te quita el aliento y no te lo devuelve, chico, no te lo devuelve.

Pero también la negrita Siobhan quitaba el aliento, en esa agonía o Götterdammerung rasca de los machos latinoamericanos, que parecemos haber perdido una fracción de cojón, en el primer coito elemental que se nos niega, como una serie de números a la que falta el uno, en el choque de un aerolito con el padre de todos los cojones, ocurrido en la ciudad de los Césares que buscaron Cabral y Aguirre Furia de Dios, y yo no estaba muy bien parado en esa escena de conducta primigenia o auto sacramental de lo vergal, mucho mejor estaba Fernando, con su aire un poco a lo Leslie Howard, con algo de Quijote o de hijastro del Domenico Theotocopuli, aunque ello parezca -así dicho de sopetón- un cúmulo de obviedades culturales, pero tal vez sea así: acaso el Caballero de la Triste Figura y el divino Greco están todavía produciendo hijos partenogenéticos o clones de sus vísceras ontológicas y entonces resulta que nos parecemos a nuestros héroes y el mío debe ser el desquiciado piteco, el primer moderno que pintó en Altamira, ése debe ser el que me sueña en este momento, puesto que más bien me parezco al hombre de Neanderthal que a otro ser viviente, especialmente los que usan corbata y camisas Van Heusen. Y todo esto no es más que un error garrafal, por último, porque sabemos que el primo ése que pintó en Altamira no fue un Neanderthal, sino un Cromagnon y ése ya era más bien buen mozo, según los standards del Esquire y de las hembras de mi generación, vale decir una cara larga como una procesión muy devota o como la Gran Avenida de Santiago y no un Charles Bronson o un efebo post-lacaniano de la áspera y sabrosa Rive-Gauche de hoy 1987, porque el tiempo tiene sus misteriosos vuelcos y retornos.

Todo eso, en buenas cuentas, para decir que yo no tenía nada que hacer allí, aunque Siobhan me distinguiera leyéndome la mano y vaticinándome «nada te va a salir aquí, coleguita, pero debes tener paciencia, porque este mismo año, un amigo muy insoportable aparecerá en tu vida, un verdadero hermano de tu espíritu, uno que conocerás el día en que brille tu buena estrella...» y mientras leía sostenía suavemente mi mano con las suyas que parecían avecillas de otro hemisferio y otra vida y otro tiempo, y hablando de abismos vertiginosos, delante mío tenía el de sus muslos, al fondo de los cuales se le veía claramente la Puerta del Paraíso, no forjada ésta con el bronce con que Lorenzo Ghiberti construyera la suya para el Bautisterio de la Catedral de Florencia, sino con la grasa o ñandutí de sus panties firmados por una princesa romana dedicada ahora a la producción de ropa interior femenina para clientes ultrarrefinadas y hembras del jet-set. Ella me leyó la suerte, pero la Puerta del Paraíso al parecer estaba destinada a ser atravesada, franqueada por el flaco Fernando, con su verticalidad asombrosa, que era también una cosa mágica, si justamente se la sopesa o se la enciende con las fosforescencias del magín, el rito doble de los iniciados en la ley ineludible de la polaridad Pájaro-Mono, Círculo-Flecha, Tortilla-Hacha, que rige y regirá para siempre las fisonomías en su complemento necesario para la atracción o repulsión, fenómeno cósmico, como diría el viejito Ortega.

Fernando, discreto y caballero hispano como es hasta la última fibra de su magritud, no me lo pidió, pero comprendí que tenía que quedarse a solas allí con Siobhan, para luego preparar juntos el ritual del sacrificio kamasútrico, descifrarse mutuamente en el propio misterio a su vez indescifrable.

Siobhan: leyéndome la fortuna de lo que me servirá para seguir existiendo en éste y acaso en otros mundos que me esperan para visitarlos o sufrirlos hasta las heces, yo que dependo sólo de los buenos amigos para subsistir -mis enemigos han puesto precio a mi desastrado esqueleto- me has dado -¡negra cachera!- una buena noticia que me hará sonreír y acaso neutralice el acto impúdico de Schmokowski, forzado por quizá cuáles entidades del infierno, del limbo o hasta del mismísimo Vaticano, a pagar con su vida la osadía de ofrecer un trabajo al chileno rechazado por moros y cristianos ¡Negra Bruprestis!

Pero ése día no dejaría de depararme sorpresas.

Cuando me acerqué a la mesa de recepción donde guardaban mis bártulos encerrados en mi vieja valija, que una vez perteneció a mi madre -no es la única cosa que guardo de esa época: todavía uso dos pares de calcetines Caffarena comprados en Chile hace un Katún- encontré un sobre que no esperaba, a mi nombre: decía Ministerio de Educación/República de Chile, y parecía bastante añejado y amarillo. Grande fue mi sorpresa al comprobar que contenía un ejemplar de Las nubes y los años, de Fernando González Urízar, en la edición original de 1960, de la cual ignoro si habrá otras posteriores.

Pregunté a la recepcionista sobre quién había dejado tan extraordinario paquete, y ella me describió con detalles al misterioso correo: era un señor de edad mediana o madura, calvo, de bigotitos, vestido de temada oscura con chaleco, corbata perla y camisa blanca. ¡Era el propio retrato de González Urízar! Una presencia punto menos que imposible en Bliptago, y en invierno todavía, a cuánto me era dable averiguar y colegir. La revista chilena La castaña nos lo reportaba vivo hace no mucho, pero las noticias de la Copia Feliz del Edén nos llegan ya con más retraso que en los tiempos de los galeones coloniales, y uno duda hasta de la vida de los seres más cercanos, pero ese milagro me parecía demasiado. Sin embargo, allí estaba el libro... Era como sucedía en Chile, en una librería de viejo que existía hace unos veinte años en la calle Arlegui, cerca del cerro Castillo en Viña del Mar. Era una pobre librería, un cuchitril que cambiaba tomos descuajeringados de novelículas de cowboy y Corín Tellado, como quién dice «pa la sursistencia», pero que mantenía un vitrina, muy cuidada y lustrada, con libros usados raros. Yo tenía un método poco ortodoxo para obtener libros especiales y difíciles de conseguir: yo simplemente pensaba en ellos, me concentraba como los alumnos del profesor Rhine de la universidad de Duke, y a las dos semanas más o menos, me dejaba caer. Invariablemente allí estaban. No cometía ciertamente el acto insensato o inconsistente de encargarlos al dueño, que ya no recuerdo que trazas tenía -así somos de injustos con la gente realmente importante en nuestra vida- porque me bastaba con pensar en los títulos. Así conseguí El manuscrito hallado en Zaragoza de Potocki, la Antología del cuento fantástico de Aldo Pellegrini, Ser y morir en Pablo Neruda de Hernán Loyola, la poco conocida pero fundamental Antología de la poesía chilena nueva de Volodia y Anguita, la otra singular Antología del verdadero cuento en Chile de Miguel Serrano, y también de éste, Las visitas de la Reina de Saba, y el verdaderamente rarísimo Ni por mar ni por tierra. De Humberto Díaz Casanueva conseguí El aventurero de Saba y de Rosamel Las llaves invisibles, su único libro de cuentos. Se decía que Juan Luis Martínez consiguió allí Los gemidos, el libro maldito del viejo Rokha, pero esto ya me parece demasiado. Palabra que no me levanto tarros incalificables, ni estoy ni siquiera levemente borracho. Ningún prodigio que acontece es mayor que otro que ya haya sucedido antes. O sea que el balance, la homeostasis de lo maravilloso incongnoscible y los prodigios concretos de la vida, se mantiene estable.

Una voz familiar me llamó por la espalda. Allí estaba Charly. Sólo una ligera calvicie, una más discreta panza -y él había sido más que guatón en la infancia, controlando luego mucho el diente en la vanidad adolescencial- y un para de anteojos bifocales, delataban el paso del Katún abundante transcurrido desde que se fue de Chile a California, a establecerse donde un tío que vivía nada menos que en el Sunset Boulevard de Hollyvood. Charly tenía tíos en los lugares más inverosímiles, como en Ouro Preto, la patria fulgurante del Aleijandinho, y en San Pedro de Atacama había una momia que Charly decía era de otro tío, lo que me parece altamente improbable. Todo parecía bastante natural y hasta saludable si no fuese por la noticia que mi familia me había comunicado hacía ya más de un año: Charly, Charly Schidlow o Chachichicí -dicho en fonética cachenchoide local- había fallecido en California, sin dar detalles de cómo y cuándo.

Esto comprobaba, entonces, que la noticia era falsa. Aunque, bien pensado, qué importaba que estuviese vivo o muerto, en las categorías biológicas que nos enseñaron, si ése que estaba ahí -vivo o muerto- era el mismísimo Chachichicí de todos esos años, los mejores, dicen, los verdes años. Nubes invernales pasaban ya por sobre nuestra cabeza, arriba y dentro de ella, y hacia el otro lado de Bliptago, hacia Indiana y Ohio, estados más misteriosos para mí que la jungla de Mompracén de Sandokan.

Habían terminado las entrevistas para mí, y no quería quedarme a ninguno de los debates o mesas redondas que todavía se desarrollarían allí por una semana por lo menos. Quería, o más bien hubiera querido, de no hacer tanto frío, perderme en la ciudad, saborear bares y sitios de perdición, mesas de pool, museos de cera -si los había- y otras delicatessen. Charly me quiso sacar de ese medio y ese mundo y me propuso viajar a Nueva York, en un «tren neumático» cuya existencia sólo él conocía -al menos no yo- y que podía llegar allá en cosa de minutos.

Para no andar arrastrando mi maleta como a un hermano siamés muerto en batalla, decidimos mandarla a Detroit por el servicio de encargos de la Greyhound.

Cruzamos el río helado para llegar a la estación del tren neumático. Charly insistió, para mi sorpresa, que camináramos sobre los helados bloques del río, cosa que me pareció temeraria. Muchas gaviotas pernoctaban tristemente sobre ese pack-ice infernalmente movedizo. El río helado de los muertos me pareció, rodeado de los edificios de Bliptago, todos negros a esa hora, como gigantes petrificados por la melancolía. Las gaviotas blancas y grises se estacionaban en el pack-ice, jugando sus juegos de gaviotas, alejándose a picotazos, incansables, protegiendo presas invisibles o imaginarias. Porque ese era el reino de la imaginación o del imposible, allí lo más inverosímil era la regla o, tal vez la imposibilidad misma constituía la única posibilidad de ser o de existir. Cruzamos por esos islotes flotantes babosos y alquitranados, y era como ir saltando sobre hipopótamos o cocodrilos blancos, y después de sacarnos la cresta un par de veces, resbalando, ascendimos a una especie de muelle-estación, que estaba a la sombra de un gigantesco parking cilíndrico de al menos cien pisos de alto. Subimos desde el río, por una escala de hierro negro y resbaloso. Arriba de la escala había -exactamente como en Clash of Titans- un encapuchado que nos alargó la zarpa para recibir tres quarters de toll o peaje. Allí estaba esperando el tren neumático que nos llevaría a New York en cosa de segundos, a decir de Charly.

Lo extraordinario -como si todo éso no lo fuese- era que el tren se parecía como su gemelo a nuestro querido Flecha del Sur, rojo y plateado, con la franja negra de las ventanitas, el que aparecía como desde los más imposibles sueños, allá por los años 40. Más ahusado y aerodinámico tal vez, japonizado, con unos cojines de aire en vez de ruedas, era como la versión modernizada de un sueño, o como el sueño mismo perfeccionado por su larga residencia en el tiempo y en las vísceras espaciales. Al parecer, Charly tenía algo así como un abono para múltiples viajes, porque el conductor -un negro de librea, como si lo fuese del legendario Orient Express- le perforó una tarjeta con dos hoyitos sucesivos. Charly abría camino como un experto, como uno de esos viajeros que tienen veinte mil millas en su haber en las aerolíneas, y reciben trato de VIPs; era un cómodo anfitrión en el espléndido tren, cuyos asientos de mórbido cuero eran dignos de un Jaguar o de un Rolls-Royce. Charly hizo traer dos scotchs a un camarero que recorrió el vagón, iluminado en una rara penumbra celeste, casi fosforescente. Empecé a fijarme en los pasajeros y, para mi sorpresa, descubrí que muchos de ellos no me resultaban desconocidos. Me di cuenta que eran, como yo y Charly, alumnos de preparatorias del United States Academy, el colegio que existió en Campos de Deportes con Irarrázabal, en Santiago, allá por los años 1946 a 1948. Estaban Pedrito Forner, al cual el Director John Grass -apellido que traducíamos como Juan Alfalfa- llamaba Femer, Sigifredo Elías, Alexis Avetikian y Marcos Kovac, los tres hermanos Fuentealba, Armando, Manuel y Hugo, y mis compañeras. Mirella Sarria, Violeta Schieede, Yolanda Sandoval y María Revueltas. Un señor alto, de pelo completamente blanco, me vino a saludar.

-¿Me reconoces, no es cierto? -me preguntó.

-Claro -le dije- era Hammamet. y ¿qué se hizo tu pelo colorín? Se tocó la pelambrera.

-Bueno... Ahora está blanca, como la tuya...

-Un poco más, yo diría, viejo...

-Una cana más o menos, ¿qué importa?

-Tienes razón -le dije- perdóname esta fatuidad capilar... A Hammamet le hacíamos burla por su nombre, como sucedía con cualquier cosa, rasgo, aspecto, nombre, apellido o lo que fuere que se prestase para una burla. Le decíamos: jámame... ámame Hammamet!... ¡Ámame!...

Conversamos con Hammamet sobre vida y milagros de esos casi cuarenta años transcurridos. Veinte años no serán nada, pero treinta son una eternidad, y cuarenta, bueno, para qué decirlo, son un abismo donde todo ya comienza a oler a rosas de cementerio, a flores de ultratumba. También apareció en el precioso vagón el chico Cucurella, a quién llamábamos Cuncunilla, un catalán pecoso que vivía por Antonio Varas a una cuadra de Irarrázabal. Siempre andaba atrasado, corriendo como loco llegaba al colegio y se dejaba caer a ambos lados de la cara, luengos mechones de una melena lacia, como Shemp de los Tres Chiflados, los que ya empezábamos a idolatrar por esos tiempos. No se veía ahora demasiado cambiado, sólo un poco amojamado, curtida su cara pecosa por los años y las bien o malandanzas. A Cucurella le dedicábamos estos versitos, que yo le canté también en esta ocasión, a riesgo de volverlo a enojar después de cuarenta años:

(CON MÚSICA DE «AY PAJARITO...»)

¡ Cúcu.. .Cúcu.. .Cúcu...!

¡Ay pajarito

Cuncunilla

Cucurucho!

¡Ay pajarito

No te hagas el cucho

Cuncunilla, Cucurucho

Cuncunilla, Cúcu!...

¡ Cúcu.. .Cúcu.. .Cúcu...! ¡Ay pajarito!

(La canción se repetía hasta que Cucurella nos dedicaba un rosario insultativo, o más directamente, un uppercut a la mandíbula). Qué hacía él en ese tren cruzando ese páramo americano, que no sólo era el vacío del logos, sino el vacío total, la ausencia de sueños, fantasmas y alegrías, y también la ausencia de todas las ausencias, no lo sé ni lo sabré nunca. Ese tren, que debería haber surgido entre claros del bosque, entre perfiles de araucaria y vellones de helecho, entre perfumes increíbles del Austro, a un milímetro allí solamente de las estrellas más cercanas al Sol, como Próxima Centauri, o Alfa Centauri o Rigil Kenturus, o sea que el cielo estaba en la tierra y viceversa, entre nombres mágicos de árboles mágicos, como canelos, ulmos y alerces -que según bien dice Gonzalo Rojas, son inmortales- tren que sólo debería cruzar entre aromos rubios de los campos de Loncoche y de Rarinco o poco más allá o más acá, pero cerca, y en cambio ahora cruzaba ese páramo americano y éste sí que era páramo, no por sus particulares condiciones ecológicas o climáticas, sino por una condición esencial del ethos y del pathos, por una necesidad de aniquilar a los dioses y las presencias animadas de la tierra, del aire y del viento, para así mejor enjaezar a los dioses del alma, y poder establecer la necesaria uniformidad en la vida, cuanto más indispensable, como una sábana que cubría el mundo, debajo y sobre la nieve. Un prado de pasto sin malezas, obligado con dioxina a permanecer así, disecado, sin dientes de león ni margaritillas, tan bueno para servir de frente a una casa americana como para el interior del espíritu, ése era el terreno que cruzaba ese Flecha del Sur de los años 80, con una carga de vejestorios que otrora fueron carne sutil en un colegio que se llamaba, como estableciendo desde entonces las premisas de la metáfora, United States Academy y eran entonces pelambrera colerina, pecas surtidas, mechas caídas a la Shemp, calcetines caídos, camisa cascarita en el uniforme café del U.S.A.

El tren era veloz, pero no tanto como Charly decía. Después de unos treinta minutos de marcha a una velocidad asombrosa y silente como una navegación ingrávida, el tren se detuvo, nada menos que para que los pasajeros bajaran a tomarse un refrigerio en un MacDonald's, al cual el convoy ingresaba directamente como de un túnel bajo tierra.

Era un MacDonal's igual a todos los MacDonal's del mundo -hay uno hasta en la Piazza di Spagna de Roma- y la única novedad eran ciertas hamburguesas -y sólo vendían eso, de modo que no había más remedio que consumirlas- impregnadas de una sustancia especial que volvía los dientes fosforescentes, con un brillo ultravioleta, y era para destornillarse de risa el ver -porque a un momento las luces se apagaban para gozarse la tróvala- todas esas fauces y esos dientes como neones flotando en el aire. El slogan era «CON SU MAC D.L.T. SU SONRISA TIENE BRILLO PROPIO» y se encendía en intermitencias sobre los muros, junto a la clásica M arqueada de los autores de la trillonésima hamburguesa consumida en ese instante por un gordo fehaciente que ganó de inmediato dos pasajes para Disneyworld, y que desapareció por una puerta lateral, llorando y babeando de gozo.

Y héte aquí que ya nos acercábamos a la gran Manzana, a N.Y. City, pero desde el lado opuesto al que yo imaginaba. Llegábamos desde el Hudson, la Staten Island, y desde la isla de la Estatua de «dadme la chusma de la tierra, dadme los atorrantes y los pendejos y los apendejados, que yo les inyectaré la supervitamina de la libre empresa, y los volveré ciudadanos prósperos, rollizos y rozagantes», por un complicado sistema de viaductos y puentes colosales, pero el Flecha estaba acostumbrado a volar, al atravesar por décadas el Viaducto del Malleco -el lugar más mágico de Chile, según la lógica natural y la otra- pero era sin duda New York la mágica ella también, y se veía brillar a lo lejos las torres del World Trade Center y las agujas del Empire State Building y del Chrysler, en el alfabeto mitológico de las formas, mientras el tren neumático se acercaba a su velocidad máxima. El Flecha llegó como un suspiro de monja a la Grand Central Station de la calle 42, donde el grupo empezó a dispersarse. Sentí la presión de un brazo liviano de viejita, alguien que caminaba por un trecho junto a mí, sería la Violetita Schieede o la María Revueltas, alguna de las chicas «feas» del curso -un día la Violetita me fue a acusar a mi madre, diciendo que yo la había escarnecido con el proverbio fatal de «aunque la mona se vista de seda, mona permanece sin apelación» y ella estaba realmente esplendorosa ese día, con sedas, miriñaques y broderies rosados y blanco -pero cuarenta años borraron toda fealdad y hasta todo rasgo, la gente ya no depende de sus líneas anatómicas para su ser o estar, y ahora me doy cuenta que toda esa gente no tenía rostro aunque sí fisonomía: podía saber exactamente quienes eran, aun cuando yo no pudiese distinguir ni ojos ni mejillas ni labios ni cabellos, sino solamente algo como una entidad platónico-aristotélica, o el Atman hindú, que se reconoce por el olor, o tal vez éramos la identidad absoluta entre nosotros, nada había que reconocer porque había cesado la otredad, y había comenzado la identidad.

Vagábamos con Charly por el Soho buscando un restaurant vietnamita -terminaba el dolor del reencuentro, pero el placer de comerse una bistequita al parecer no se había terminado para nada- y entonces me sorprendió reconocer a ciertas personas por esos aledaños remotos, gente de otro espacio y otro tiempo. Por ejemplo, el Dante Alighieri estaba en una esquina de la Grand Street con un carrito de pop-corn. Vendía cabrillas de maíz el más grande poeta que haya existido, como si fuera un pobre patipelado transplantado de Detroit en busca de la fortuna fácil que se manifiesta difícil, y qué lugar de mierda era realmente ése, y se lo pregunté a Charly, mientras seguíamos aplanando calles en busca del sitio perfecto para cenar de trasnoche.

Charly sonrió como sonreía otrora, con su mirada socarrona y ladeada, cargada al azul miteleuropeo, y con su lengua tan acostumbrada a yiddish como al garabato mapochino, dos lenguas al límite del imposible o del silencio, y no quise seguir insistiendo, preferí hacer mis propias deducciones. Por ejemplo, la gente de ese lugar no hablaba, sino que sacaba unas banderitas con signos como los del lenguaje de los marineros, o el de los parapsicólogos, esas huevaditas con signos como pentagramas, olas o estrellas, y figuras estrafalarias de falos y vulvas ensartados en palos de anticucho o shish-kabob o como bacilos del cólera o la difteria, o como las figuras que en un Reader's Digest de 1946 ilustraban un artículo intitulado «Pasteur, vencedor de perjuicios y bacilos», y que mostraban unos rosarios de bastoncillos, que obviamente eran los bacilos, pero también unas figuras estrambóticas, protozoos o amebas, que indudablemente para mí eran los perjuicios, quiero decir que ése era el lenguaje usado en la Gran Manzana, al menos esa Manzana, no se usaban las palabras, no había lenguaje articulado, sólo signos o papelotes gráficos sin ninguna sustancias ni swing y para qué mierdas habíamos llegado a ese punto, me preguntaba yo, si habíamos cruzado los siglos, los exilios y las pestes negras, blancas y rosadas, sólo para llegar a privarnos del don de la palabra y hablar con banderillas como marineros en barcos en plena tempestad, o como árbitros de un partido en el estadio de Maracaná, las que son precisamente situaciones muy diferentes a una charla relajada en un sofá, una conferencia de Noam Chomsky, etc.

Además, otros enigmas venían a mi encuentro: cuando bajábamos -¿o subíamos?- la calle 42 hacia el Terminal de Buses de Port Authority, para tomar el ellingtoniano A Train que nos llevaría al Soho, y al cruzar Times Square -que era el sitio favorito del poeta- encontré a Rosamel del Valle enfundado en su abrigo de astracán negro, con el gorrito igual, tal como lo viera por primera vez en la casa de Menedín en Santiago, hace ya más de veinte años. No me reconoció Rosamel, a mí que estaba haciendo la primera tesis que jamás se haya hecho sobre su obra luminosa como un jardín de soles, a lo mejor por eso mismo fue que no quiso reconocerme el viejo -enemigo de todo academicismo, aunque fuese para el propio beneficio- o quizás se trataba de otra explicación, y de repente, mientras mirábamos el menú de uno de los restaurantes donde se servían carnes asadas en uno pocillos de plaqué calentados a 250 grados Farenheit y que -como en esa película de Paolo Villaggio- de rato en rato hacían dar alaridos a los comensales, y los platos salían volando proyectados en todas direcciones, le espeté a Charly: «¿Qué clase de ciudad es ésta adonde me trajiste, donde la gente no habla sino con banderillas que comunican sensaciones, frío, calor, situaciones elementales y privas de toda ambigüedad o matiz, qué país de la gran puta es éste, donde hasta Rosamel no me reconoce y donde los poetas parecen estar destinados a cumplir misiones sin trascendencia y a mercar productos ínfimos como el pop-corn para sobrevivir?. ..» Y Charly me miró de soslayo, como cuando lo pillaba en una grande, por ejemplo tratar de levantarme a mi primera novia, la niña del cintillo azul, aprovechando que su condición de rubio, maceteado, ojos azules, le daba una ventaja infinitamente desleal sobre mi humanidad flacucha y oscuramente achinada, y me dijo: «Y qué diferencia hace si somos o estamos muertos o vivos? No hay después de todo gran diferencia. Un cambio de switches, una virada de onda. Unos están en AM, otros en FM, digamos... Unos sufren las descargas de la estática, otros no... Pero hay una diferencia fundamental: aquí están todos lo que alguna vez te han querido o casi... Pocos quedan, de esos, por allá arriba -hizo un gesto vago que tanto podía significar arriba como abajo- y aquí, en cambio, todos te esperan con los brazos abiertos...

-Tu tienes que estar rayado, viejo -le dije- porque ¿y mi mujer y mi hijo? ¿Y Dita? -era la mujer de Charly, con quien sus padres le habían combinado una boda entre espada y pared, allá por el año 65- ¿y tus chicos, son dos, o tres, no?

-Bueno, hombre... no hablo de los amores que comparten la vida diaria, que son como una unidad contigo de uno y tu los llevas a todas partes. Hablo de los amores que el tiempo y la distancia adelgazan y que se convierten no en tu carne o tus vísceras, sino en el espacio y la sustancia de tus sueños, de tu extra-yo, de tu escritura fuera de ti mismo. Tú no eres sólo los que te rodean en la vida diaria, sino más bien los que tú amaste con la cabeza y lo que está dentro de ella, el pensamiento. Por ejemplo aquí -y entonces no me cupo duda alguna acerca del lugar donde nos encontrábamos- están Benny Goodman y Duke Ellington ¿Quieres ir a un concierto del Duke con Cootie, y Paúl Gonzálvez y Harry Carney y todos los de las mejores orquestas suyas? Pues no tienes más que decirme... ¡Count Basie y Bill Evans! ¡Y Gene Krupa!

-¿Y Dave Brubeck? -le pregunté, socarrón, sabiendo que el viejo vive aún.

-Bueno, eso no viene todavía. Pero los otros son los mejores ¿no es así? Aquí mismo están repitiendo el concierto del Carnegie Hall de 1938, con toda la vieja guardia... Harry James... Ziggy Elman... hasta con los invitados. Cuesta caro, en todo caso...

Miraban sus ojos azules de un abismo a otro abismo, tranquilos brillaban desde el conformismo de su vida al conformismo de su muerte, porque ahora sí estaba seguro de que Charly había muerto en California -vivía hasta cuando yo supe en Beverly Hills, como los ricachos del celuloide- de quizá qué pinche muerte / ese momento de la vida / en que no hay vida /y todo se vuelve memoria -como dice Trino Sánchez, mi amigo el poeta chicano de Detroit- algún accidente en la freeway o de algún cáncer fulminante el cual yo creo le fue inseminado de todos modos por los propios que él decía renegar en su muerte -y a lo mejor renegaba con buena razón- y que le frustraron cada día de su existencia, le hurgaban la cuenta del banco fijándole cuotas hasta para los pantalones anuales, que su madre le elegía ya adulto, considerando siempre los más baratos y durables, y que luego le endilgaron una novia-ultimátum sólida y solvente, y desde entonces yo, con esa crueldad propia de los verdes años de la pureza mítica, no le escribí nunca más.

Claro, venías a pedirme cuentas, ahora me aparece transparente como esos acuarios de las antesalas de los psicólogos y los cartomantes, venías a ejercer la mínima venganza de los bienintencionados, que sólo se realiza mediante la asimilación, el reclutamiento o la acción proselitista que llevan a la identificación unilateral con el propio yo, con el propio universo...

Era doloroso también constatar que el lado de allá y el de acá se parecían sospechosamente o tal vez todo eso no era más que un maldito sueño inducido por los cocktails y el saké ingeridos en el restaurante chino allá en Bliptago, y que yo había cabeceado en esa rauda simultaneidad de los sueños donde algunos segundos de proyección en el cinerama del cerebelillo corresponden a una proyección completa de una superproducción tipo Lo que el viento se llevó o las series de la CBS, mientras en la lobby del hotel yo estaba escuchando Lush life por Linda Ronstadt, transmitida por los ocultos parlantes del misterio y pensando en cosas remotas y perdidas.

Charly vivía adaptado a la vida de allá como a la de acá en el Patio de los Callados, seguía haciendo transacciones más o menos permitidas o más bien sancionadas por la costumbre, y por ello usaba ese talonario como de chequecillos o cupones que repartía a diestra y siniestra en el infierno -porque ya está bueno que llamemos a las cosas por su nombre- ese hondo infierno de la Big Apple mimada en el sueño de la muerte, ya que no en la muerte misma, porque yo estaba seguro que en la verdadera no habría manzanas grandes ni pequeñas, o sería sin duda algo infinitamente mejor que eso que el Charly estaba mostrándome, donde los poetas estaban neutralizados en una dimensión absoluta, porque no había lenguaje articulado, sino simples sacadas de banderillas, y tenían que ganarse la vida como babosos, y donde había que pagar para ir a un concierto de Benny Goodman, exactamente igual que en el mundo dominado por agentes, managers y mañosos: no, la disolución (o solución) no podía ser ésa, y ella era probablemente sólo una alucinación de buena o mala calidad- no nos pronunciamos sobre esto- y Charly lo comprendió porque en un momento me miró con auténtica tristeza, mucha tristeza, desde lo hondo de las vísceras del animal que reconoce su derrota frente a fuerzas de otros ámbitos, me abrazó y se fue para adentro del restaurante «Pa-Koa» y por la ventana lo vi pasando sus cuponcillos como si nada hubiera ocurrido, retirando su bandeja de plástico y sus servicios, y dirigiéndose a una mesa del sector de fumadores, porque por lo visto también allá en el Patio de los Naranjos, perdón el de los Callados, le había dado por el puchito.

Mi pregunta era, naturalmente ¿cómo salir de ahí? ¿cómo volver al mundo de los vivos, de los vivos en otra onda, AM o FM, poco importaba, pero el otro, al cual yo realmente pertenecía? La solución debía ser simple. A lo mejor tirándome por cualquier ventana al vacío o simplemente cerrando los ojos y dejándome conducir por la intuición.... O a lo mejor yendo al terminal de Port Authority y simplemente tomando un bus para Detroit ya que, con precaución de pobre, yo había tomado pasaje de ida y vuelta... Pero ¿y si me sacaba la cresta de todos modos al arrojarme por la ventana y moría sin apelación? ¿Y si el boleto no era válido en esa cojuda dimensión?

Me dirigí por una calleja de oscuros ladrillos, la eterna alley de las historietas, llena de tarros de basura y gatos vagabundos que buscaban en ellos las delicias desechadas por la sociedad de consumo, que no eran pocas pero sí traicioneras, contaminadas de veneno para ratones y de ptomaínas, por lo que también en ese lugar la existencia de los gatos y la de los poetas se parecía mucho, caminé por lo tanto sin temer ninguna cuchillada, porque un rayo de la vieja luna alumbraba allá arriba y me dije «donde la luna esté, yo estoy, y hay esperanza para este pecho perdido» y entonces reparé en una escalerita con una ligera fosforescencia, una escalerita precisamente alumbrada por un rayo de la lunita tucumana o neoyorquina o transilvánica, ya menos que menguante, pero todavía útil. La luna, planeta o cuasi planeta de nosotros los cancerianos, me estaba señalando la vía.

Arriba de la escalerita había una especie de cortina de juncos, como ésas de los bares de mala muerte de Matucana con San Pablo en Santiago, y eso me pareció de buen presagio y me deslicé entre los juncos, polutos de materias infinitesimales e indefinibles. Otra escalerita, esta vez vertical, había en ese sitio. Demás está decir que la trepé raudo como bombero debutante, porque de todo eso se desprendía un vaporcillo muy inquietante y había que levantar una suerte de tapa de alcantarilla. No era una especie de tapa, según pude comprobar inmediatamente. Era una señora tapa de alcantarilla o de albañal dura y sebosa como debe serlo, y al levantarla y salir como un miembros de la Pacific Bell o la Detroit Edison en pleno trabajo, me encontré en un lugar que me resultó inmediatamente familiar, iluminado esta vez por la luz del alba -como si hubieran pasado dos o tres horas sólo en el subir ese tramo de escalerilla- y que se trataba del propio Detroit: era la sempiterna esquina de Wyllis con Cass, frente al Cobb's Corner, donde tantas veces yo leí mis poesías, solo y bien o mal acompañado.

Hacía un frío de la gran puta, como únicamente en la Motor City puede hacerlo, y me apresuré a caminar las pocas cuadras del barrio bravo -el Cass Corridor- que me separaban de mi casa en el campus de la Wayne State University, donde mi mujer y mi hijo me esperaban, seguramente todavía en el sueño, ignorantes de que mientras ellos dormían, y nuestro gato Quintín veía subir a las primeras cucarachas matinales en la cocina, yo había bajado a los mismísimos infiernos.

Porque hay tiempo para todo menos para eso, para la ausencia del tiempo y su negación, porque no hay infiernos ni paraísos en el más allá, sino en el más acá y ellos forman una unidad dialéctica indivisible, la uña y la carne, el cuerpo y su sombra. El infierno son los otros, además sean ellos la otredad o nosotros mismos -la otredad para los otros- y probablemente Charly seguía existiendo, en mi cerebro o en un recoveco del cerebro de otro que lo soñaba a él, me soñaba a mí o nos soñaba a ambos, a su vez inmerso en otro sueño. Y había tiempo para lo otro, para la verdadera y balsámica Noche de las noches (para usar la feliz definición de Ángel Cruchaga Santa María) y había tiempo también para entrar en esa noche mayúscula, disolverse en ella como pez en el agua definitiva, como calamar en su propia tinta -lo que para un escritor es más que justo y apropiado- y quedar así afuera de las palabras, volverse finalmente ilegibles, en la piel, en la lengua y en el alma del logos, que es a su vez el alma de la lengua y de la piel. Como en ese libro de Thomas Wolfe, todo transcurría De la muerte a la mañana. La literatura me acogía como una vieja hermana mayor que recibe a los vástagos descarriados de un tiempo que no es el suyo. De más está decir que no he vuelto a investigar ni a fisgonear debajo de la tapa de alcantarilla que dice Detroit Edison y que siempre está frente al Cobb's Corner, donde ya no se hacen lecturas de poesía, ni tampoco se venden los burros de cerveza más descomunales del mundo bizarro de Superman, o sea éste.

Era la mañana, esta vez cerca del alba, cuando la luz todavía es buena amiga, y el frío me hizo respirar a pleno pulmón. Subí por Cass, entre la nieve sucia y el hielo resbaloso, que cerca de las bocas de vapor -Detroit posee toda una red subterránea de vapores misteriosos, que seguramente confina con el infierno por mí fugazmente visitado- se licuaba en una miel piojosa, pero simple y buena de corazón. La nieve mostraba miles de huellas de los desgraciados que la habían hollado durante ese invierno y acaso por todos los anteriores y los venideros. Dejé que la luz y el frío cristalino me inundaran. Cerca de un grifo, de cuya boca caía un airoso carámbano, en un montón de nieve, una gruesa rata de albañal se había quedado fría para siempre, detenida en quizá qué carrera suya buscando una brizna de alimento o de grasa. Estaba semienterrada en la nieve, hasta ahí no más había llegado, y sus ojos brillaban como esas cuentas de azabache de los collares de lejanas abuelitas. Of mice and men, pensé, esquivando ese sitio, tumba de ratas y de pensamientos.

Estaba cerca, estaba cerca...

San Luis Obispo, 22-2-87


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03