Ha muerto neruda

Ha muerto Neruda

José Luis Cano

Literatura Chilena en el Exilio. N 12 octubre 1979

La muerte de Pablo Neruda, cuya poesía es ante todo, como ha escrito Vicente Aleixandre, honor y gloria de la lengua castellana, llena de duelo el corazón de la poesía y de los poetas que escriben a uno y otro lado del Atlántico en esa misma lengua a la que él supo dar esplendor y ternura. Aquel corazón que escuchaba 'todos los sonidos del universo', ya no escucha el rumor de la vida ni el estruendo del mar frente a su casa de Isla Negra, aquella casa a la que consagró el más hermoso homenaje: su libro Una casa en la arena, y que hoy está saqueada y destruida.

El corazón de Neruda se ha parado definitivamente, quizá para no oír los disparos que abatían a sus hermanos de lucha y esperanza, en la trágica semana que ha conmovido al mundo. Como Machado herido de muerte en Colliure por el dolor de su España vencida, Neruda no ha podido sobrevivir a su Chile abatido. Porque no se puede separar, y menos en este momento dramático para el pueblo de Chile, al poeta y al hombre, enaltecer al poeta y olvidar al hombre, como si el amor y la lucha de ese hombre no latiesen en cada uno de sus poemas.

'La poesía -ha dicho Neruda- ha sido mi vida. Escribirla ha sido para mí como respirar: Y no puedo vivir sin respirar, sin escribirla.' ¿Cómo separar, pues, su poesía de su vida? Una y otra son la misma aventura, el mismo destino. Y ese destino era inseparable del latir de las cosas, de los seres, de los sueños. Ha cantado Neruda a las cosas grandes, inmensas, torrenciales, como a las pequeñas, tiernas y silenciosas; al océano y a la gaviota, a la selva y a la cebolla, a la estrella y a la rosa, al cobre y a la alcachofa, al fuego y a la madera. Como él mismo dijo en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura en la Academia Sueca, 'cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable; cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo; cada uno de los cantos aspiró a servir en el espacio como signo de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmentos de piedra o de madera en que alguien, otros, ¡os que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos'. Por eso, si recordamos la grandeza y el genio de la poesía de Neruda, no podemos dejar de recordar también, en este momento de su muerte y de la muerte de una esperanza, lo que el hombre, el poeta que ha escrito esa obra excelsa, declaró en aquel solemne discurso. He aquí sus palabras, que apenas han sido difundidas:

'Metido en el escenario de las luchas de América, comprendí que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara y levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino paro el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales... Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmico del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se nieguen a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos... Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartido y, antes que reiterar lo adoración hacia un individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día, enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados Impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.'

La mano que ha escrito esas palabras es la misma que ha escrito Veinte poemas de amor y Crepusculario, Residencia en la tierra y España en el corazón, el Canto general y las Odas elementales, Memorial de Isla Negra y Estravagario, tantos otros libros llenos de amor y de esperanza, de furias y penas, de fe en el hombre y en su destino. Recordando un verso de Rimbaud -'A l'aurore, armes d'une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes'-, Neruda terminaba así su discurso: 'Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así lo poesía no habrá cantado en vano.' Aún hoy, si viviera, podría repetir Neruda, a pesar de la catástrofe que se ha abatido sobre su pueblo, esta última frase. Su poesía, en efecto, no ha cantado vano, ni para Chile, ni para el mundo.


LA ULTIMA VEZ QUE VI A NERUDA

Vicente Aleixandre

Sonaban los cañones. De vez en cuando, lejos, el estampido sordo. A veces cruzando el cielo de la capital lo que en la jerga madrileña se llamaba un obús, que no se sabía dónde iría a descargar. Otras veces, días enteros sin un eco; sólo con su inminencia.

En distinta ciudad, en Valencia, se celebraba un Congreso internacional de escritores (era en 1937), para mostrar su simpatía por la causa de la República y recabar ayuda moral y material para la lucha entablada. Asistían intelectuales de Europa y América y en aquella época dolorosa tuvo gran resonancia entre muchos elementos de la inteligencia mundial. Entre los actos del programa estaba una visita colectiva al Madrid casi cercado, con una sesión en él que quería ser como un símbolo.

Yo estaba en cama, desde hacía tres meses, con una recaída de mi enfermedad renal, ajeno a las sesiones aunque no enteramente desconocedor de lo que allí se decía ni de lo que allí se quemaba.

Recuerdo la visita de María Teresa y Rafael Alberti, mi compañero de generación y mi amigo desde la adolescencia. La llegada de otros, por ejemplo Carlos Pellicer, el poeta mexicano, ya entonces de creciente renombre. Y algunos más que con generosidad, a veces sin conocerle, en la visita a la ciudad dedicaban algunos minutos al enfermo. Nunca lo he olvidado.

Una tarde, lo recuerdo muy bien, en la casa familiar se abrió la puerta para dar paso a un amigo entrañable. Yo, débil, con fiebre, sentí como una sombra adelantadora que me sonreía. Entraba sin hacer ruido, seguido de Delia, casi como si no quisiera ser sentido, como si la entrada fuere ya una forma de su cuidado. Penetraba como afelpadamente, blando como la pesadez de una ternura que se desvive, y sonreía casi como con un dedo en los labios para que yo no me alterase. Desde octubre no nos veíamos, y ahora yo no le esperaba. Nos habíamos conocido tres años antes, cuando llegó a Madrid, como vicecónsul de su país (aún creo que estaba Gabriela Mistral) y fue Federico García Lorca el que lo llevó a casa. (Me lo había anunciado unos meses antes; 'Viene a España el poeta chileno Pablo Neruda, que he conocido en Buenos Aires, y seréis grandes amigos.') Aquel día primero, meses después, con Federico entraba en Velintonia, grande, imponente, con una lentitud acariciadora, como envuelto en una enorme piel que te rozase confortadoramente. Un oso grande, dadivoso. ¡Pero qué ojos hondos y ensoñados dentro! Ojos compendiadores de la vida y resueltos en una mirada benigna y abarcadora. Entraba en Velintonia, octubre de 1934, no he olvidado la fecha, y con una sonrisa despaciosa te ofrecía los brazos. Oso grande, con el bien del mundo, que transmitiese al mismo tiempo el calor de la tierra profunda. En aquella tarde primera él me traía su regalo; un libro, uno de sus últimos, de entonces, 'Tentativa del hombre infinito', si no me equivoco. En la guerra se perdió, entre tantos tesoros. Yo le ofrecí uno mío: 'Espadas como labios'. Allí sellamos una amistad que tiene su fecha indeleble hasta el fin.

Pero ahora, en 1937, tres años después, él se adelantaba. Toda nuestra vida participada de los años madrileños la veía yo en su rostro. '¡Puras y alegres tardes del pasado! ' diría yo entonces, con un verso de Altolaguirre. Un pasado-presente, inmediato, latidor, silencioso, veraz en medio del fragor de la guerra. Tardes de Velintonia, con Delia, con Federico, con Miguel Hernández. Tardes con la poesía de cada cual y el brío compañero. Con Federico, que en su hechizo se diría parecía haber arrebatado el fuego para iluminar los rostros con su mera presencia. Con Miguel, bravío y tierno al mismo tiempo, el más joven, el que parecía todavía llevar su pie desnudo y su olor de retama en el pelo nativo. Con Manolito Altolaguirre, el ángel contra todas las paredes, en cuya casa habitaría Pablo más tarde, cuando su vivienda, la llamada 'casa de las flores', pasase a ser frente de guerra. En la casa de Manolo surgió la idea del homenaje a Herrera y Reissig. Federico, Pablo, Manolo, alguno más y yo, todos tomamos parte, cada uno componiendo su poema. Quizá la última iniciativa amistosa meses antes de la guerra, y creo todos los poemas se han salvado. Todos se leyeron en Velintonia, un día como otro cualquiera (con Delia), sin el menor énfasis. Porque aquella reunión amistosa era eso: reunión de amigos; unas veces venía uno, otras veces faltaban otros; pero todos presentes siempre, con esa admirable continuidad de la juventud.

Todo esto se adelantaba en la sonrisa casi hecha de lana y luz cuando Pablo, en aquella otra tarde, tan diferente, ¡pero tan igual! , se acercaba hacia el enfermo, en julio de 1937. Los veo a los dos, a él y a Delia, sentarse en el borde de mi cama. Oigo la voz pausada, la voz acompañadora (que tenía como un ritmo lentísimo del alma) de Pablo. Probablemente, la voz más físicamente acompañadora que yo haya escuchado nunca. Delante, sentada, Delia; detrás, él, sentado lo mismo, con su brazo apoyado en el hombro de ella y desde allí adelantándolo, moviéndolo esclarecedoramente. Si sonaba el sordo cañón, Pablo lo oía y parecía neutralizarlo. Tanta compañía daba que parecía hacer una selva a su alrededor donde estuviéramos a salvo. ¡Tantos proyectos, tantas esperanzas! Pero él no quería hablar sino de mí, de mi invalidez, de mi enfermedad. Soñaba. 'Mañana te vienes con nosotros. Te llevamos a París. Ahí, en un hospital que dirige 'un amigo nuestro,' estarás como te hace falta, como necesitas.' Un brillo había en sus ojos, como un fogonazo que me transportase. Era imposible, pero él me veía como en las mil y una noches -a través de lo que él podía también tener de oriental- volando instantáneamente en la alfombra mágica, quizá sostenido sólo por la lumbre de sus miradas. Allí conmigo los dos. Tarde de metralla y cariño que veo aún presente.

Allí estuvieron los dos porfiando en lo que no podía ser. Pablo como con un ensalmo de su palabra nunca más de poeta, nunca más humano, nunca más poderoso del bien, que quería curarme de mi dolencia con el hechizo de su voluntad.

Se marcharon como una sombra. Casi como el dijo de otro poeta; con una 'voz de naranjo enlutado'. Y desapareció en el quicio de una puerta. 'Vendremos por tí', dijo como un susurro.

No he olvidado aquella tarde, la última de Pablo Neruda conmigo, y que no tuvo fin. Años y -años ha alentado en palabras, en recuerdo, en envíos mudos hasta la culminación final de su poema, en 'Memorial de Isla Negra', donde, entre tantas cosas, al hacer recapitulación de su vida, revive los años cuando él venía a Velintonia 'donde está todavía Vicente Aleixandre', 'con sus ausentes'.

Sí, con él. El poeta que arrastró sangre y vida y experiencia totales y pudo decir: Estoy herido en solamente un pétalo. Sí, herido. Pero hoy muerto, trágicamente acabado, y su Chile en nuestro corazón.


PABLO Y EL AGUILUCHO

Fernando Alegría

La muerte empieza por las piernas, me dijo Pablo Neruda una vez en un taxi, y miró los rascacielos, los ascensores, los voluminosos autobuses amarillos, y pareció cansado. Después, meses más tarde, escuché su voz por teléfono; estaba en cama junto al ventanal desde donde observaba a su gran padre, misterioso y lento, moviendo el tiempo como olas contra la materia oscura de las rocas de Isla Negra. Se acomodaba para morir. Manejaba papeles, escribía frases en una luz verde cada vez más opaca, examinaba la arena allá abajo, las aspas azules y rojas de la portulaca, el oro de las amapolas, hubiese querido bajar a dibujar signos secretos con el dedo o con una varilla dirigir el humo del atardecer directamente hacia el cielo. Su aposento estaría más hondo, imperturbable y a la espera.

'No salgo al mar este verano: estoy
encerrado, enterrado, y a lo largo
del túnel que me lleva prisionero
oigo remotamente un trueno verde,
un cataclismo de botellas rotas,
un susurro de sal y agonía.
Es el libertador. Es el océano,
lejos allá, en mi patria, que me espera.' (1)

¿Qué patria era ésa? Creo que al final Neruda pudo referirse a una patria más allá de la muerte, morada extraña para él, materialista siempre, sereno evaluador de ruinas y de cuerpos. Neruda prefería no cegarse ante el esplendor primaveral de un cuerpo amado, ni se apartaba de la realidad última que debía, según el, consumirlo por completo. En Residencia en la tierra la muerte pudo ser uñadla más en la medida del mar que va robándose día a día la playa, cierta consideración de materias-símbolos en su paso por el mundo, desgaste necesario, repartición en semillas, persistencia vegetal, algo que va envolviéndose con paciencia maternal y con el peso de una negación que no llegamos a comprender. Muy seguro de su ideología, en el Canto general puede hablar en nombre de un yo cósmico y distribuir sus bienes entre individuos y entes colectivos. Reparte libros y casas como quien reparte un tiempo no del todo suyo ni tampoco enteramente identificable. Su herencia es un credo, su muerte una bandera en alto. Pero, frente a la puerta estrecha, al considerar un cáncer avanzado, de pronto la muerte adopta nombre y apellido, se detiene frente a él y lo mira a los ojos, sin afeites ni alegorías, y, entonces, Neruda nos sorprende porque devuelve la mirada con igual segundad y tranquilo desplante.

En su poesía última, ésa que se publicó póstumamente, Neruda especula sobre la muerte con la claridad cortante, iluminada, de los místicos españoles y, si no del todo como ellos, al menos a la manera de un místico al revés: con el aplomo de Quevedo, descargando también el polvo sobre la luz:

'Y para ti qué son en este ahora
la luz desenfrenada, el desarrollo
floral de la evidencia, el canto verde
de las verdes hojas, la presencia
del cielo con su copa de frescura?
Primavera exterior, no me atormentes,
desatando en mis brazos vino y nieve,
corola y ramo roto de pesares,
dame por hoy el sueño de las hojas
nocturnas, la noche en que se encuentran
los muertos, los metales, las raíces,
y tantas primaveras extinguidas
que despiertan en cada primavera.' (2)

No es que Neruda adopte de pronto posturas metafísicas. No, porque la muerte a esas alturas deja de ser para él un paso hacia otra condición y se convierte tan sólo en la comprobación de lo que el hombre puede conservar consigo al entrar en las raíces de las que realmente no salió nunca. Nada de deslumbramientos. Cuerpo únicamente en proceso de redescubrirse, o de abrirse como una flor o un fruto para los cuales estallar es un acto de amor, es decir, un asalto y una pausa. En sus más hermosos y profundos textos poéticos de 1972 y 1973 Neruda habla con cierta conciencia muy firme de eso que Pierre Teilhard de Chardin llamó unidad humana.

Neruda busca el final como un anillo que va a ceñirlo en los dedos de otros hombres y mujeres buscadores, como él, de tiempo innecesario, de espacio sin abismos ya y sin fronteras. No busca transmutaciones sino al nivel de la tierra, del mar y de las estaciones.

Detengámonos aquí, pues creo que es el momento de contar una extraña experiencia de la muerte que da a Neruda una especie de confirmación de su intuición de la eternidad.

Una tarde de 1973, haciendo la pausa extensa, vigilia renovada, que seguía a sus siestas sonoras, Neruda le dice al doctor Francisco Velasco, que conoce muy bien su condición:

-¿Y tú crees que se acaba todo con la muerte? El doctor, observando la mirada de perfil del vate, mezcla de superior sabiduría y burla, y presintiendo la confidencia, responde que si'. Todo se acaba.

-Yo, dice Neruda, creo, por supuesto, en la reencarnación.

La pregunta que sigue es como dictada por él: ¿Y en qué te vas a reencarnar tú?

-En pájaro, contesta Neruda, naturalmente. ¿Y en qué clase de pájaro?

-En águila.

El doctor acepta la respuesta como una metáfora. En septiembre de 1973, lúcidamente consciente de lo que ocurre a su alrededor, Neruda entra a una especie de agitación afiebrada en que constata con gran alarma dos hechos aplastantes: la muerte no es tan sólo una urgente confrontación individual; es, asimismo, un examen de responsabilidades en plano colectivo. Esta agitación va en aumento: su condición se agrava; ve y escucha detalles de lo que ya va en vías de concluir. Hay instantes de delirio, pero también de silenciosa reflexión. En esos días y esas noches se desarrolla un discurso poético a niveles de profundidad no conocidos por él, progresión impetuosa de imágenes en conflicto interno. Si, en las circunstancias de un accidente, la victima, según se dice, ve pasar toda su vida en un solo flash vertiginoso, en la agonía de Neruda parece ser que su poesía entera se prendió durante algunas horas y se quemó, luego, a fogonazos, entre frases destroncadas, sonidos aislados, voces perdidas en una corriente helada. Hay más de un intento de transcripción de tales momentos. Pero no es ésta la ocasión de comentarlos. En cambio, si será oportuno recordar sus palabras sobre la reencarnación.

En marzo de 1974 -enterrado ya Neruda en el Cementerio General de Santiago-, el doctor Velasco regresaba de su jornada diaria en el Hospital de Valparaíso a 'La Sebastiana', la casa que compartió durante años con los Neruda. Acercándose, advirtió una aglomeración de vecinos en la puerta de calle, alguna conmoción inusitada. A sus preguntas respondieron que un pájaro se había metido en la parte de la casa donde estaba el escritorio del poeta y que, a pesar de los esfuerzos del cuidador, resultaba imposible hacerlo salir. El doctor subió armado de una escoba, entró a la pieza y se enfrentó con el extraño visitante. Era un aguilucho, pájaro de las montañas chilenas, hosco, casi fiero, que de espaldas contra la pared aleteaba frenéticamente defendiéndose con todas sus fuerzas de sus atacantes. El aguilucho volaba desatentado dándose golpes contra la ventana y el techo, estirando las garras, perdiendo terreno. Crispado, pálido, el doctor consiguió abrir los postigos y, empujándolo con el palo, puso al aguilucho en libertad.

La pregunta es de cajón: ¿En libertad de qué? ¿De volar? ¿De quedarse? Neruda responde:

'Por encima de todo fue pasando
un vuelo
y otro vuelo
de aves oscuras, cuerpos invernales,
triángulos temblorosos
cuyas alas
agitándose apenas
llevan de un sitio a otro
de las costas de Chile
el frío gris, los desolados días.
Yo estoy aquí mientras de cielo en cielo
el temblor de las aves migratorias
me deja hundido en mí y en mi materia
como en un pozo de perpetuidad cavado
por una espiral inmóvil.
Ya desaparecieron:
plumas negras del mar,
pájaros férreos
de acantilados y de roqueríos,
ahora, a medio día
frente al vacío estoy: es el espacio
del invierno extendido
y el mar se ha puesto
sobre el rostro azul
una máscara amarga.' (3)


NERUDA: POETA Y LUCHADOR

Enrique Kirberg

En esa madrugada los prisioneros de la Isla Dawson habíamos terminado de cantar la canción nacional cuando observamos extrañados que el soldado, al izar la bandera, la habrá dejado a media asta. Nos hicimos algunas conjeturas y al final le preguntamos a un teniente. Este vaciló pensando si era o no un secreto de la seguridad nacional y al final nos dijo: 'Neruda ha muerto y la Junta decretó duelo nacional.'

Para los prisioneros fue un golpe rudo. Sabíamos que estaba enfermo, pero no tanto. ¿Eo habrían asesinado? Al anochecer, escuchando clandestinamente la Radio Moscú conocimos los hechos: Neruda falleció porque no se pudo prestarle auxilio oportuno, el toque de queda no hizo excepciones para el poeta quien agravado por los acontecimientos de su patria, no pudo ser trasladado al hospital y así perdió la vida. Supimos de su casa asaltada y saqueada como también supimos que su funeral fue una valiente y vibrante demostración popular que ganó la calle y fue sepultado a los himnos de la Canción Nacional y de la Internacional, como él lo hubiese querido. El duelo nacional decretado por la junta Militar fue sólo un acto hipócrita, destinado a la publicidad exterior, ya que el mundo aún se estremecía con las noticias del golpe militar, el asesinato de Salvador Allende y de miles de patriotas.

La humanidad había perdido uno de sus más grandes poetas. Porque Neruda fue un poeta integral, junto a la belleza de su poesía y la claridad de su expresión estaba su compromiso con la lucha del pueblo a la que se dedicó por completo como poeta.

Su trayectoria comienza con gran vigor a temprana edad. 'Crepusculario' es editado en 1923 cuando sólo tenía 19 años y al año siguiente apareció su célebre '20 Poemas de Amor y una Canción Desesperada'. Su vida de cónsul, que comenzó en 1927 en Rangún, le abrió los amplios horizontes del mundo en una visión, no sólo poética, sino de la vida misma. Colombo, Batavia, Singapur, Buenos Aires y Barcelona fueron lugares vividos en cerca de una década para terminar en 1935 en Madrid, lugar de acontecimientos que iban a repercutir tan profundamente en su alma sensible de poeta.

Era la España del Frente Popular. Emergiendo de la larga noche monárquica y feudal, el pueblo se aprestaba para reconstruir su patria. El alzamiento de los generales contra el gobierno popular, que a los chilenos nos evoca trágicos recuerdos, se produjo en 1936 cuando Pablo Neruda era el Cónsul General de Chile en Madrid. Allí fue testigo del fervor popular, de la brutalidad fascista y de la decisión de lucha que emanaba del pueblo español. En su verso le dice a los generales:

Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola nota
de orgullo y de cuchillos.

Y en ese mismo poema, a continuación, explica la evolución del poeta:

Preguntareis por que su poesía
no nos habla del suelo, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles.

Allí y en ese tiempo comenzó a escribir su hermosa obra poética 'España en el Corazón' -que se editó al año siguiente 1937- y allí comenzó su convencimiento que sólo el artista era tal cuando vibraba junto a los que luchan contra la injusticia, cuando estaba junto al pueblo y sus gestas heroicas.

'Aunque el carnet militante lo recibí mucho más lardeen Chile, cuando ingresé oficialmente al partido -dice en sus 'Memorias'-, creo haberme definido ante mí mismo como un comunista durante la guerra de España. Muchas cosas contribuyeron a mi profunda convicción.' Por su participación en la defensa de la República Española, el gobierno de Arturo Alessandri decidió alejarlo de su cargo de cónsul. Después de unos meses de intenso trabajo de solidaridad con el pueblo español desarrollado en París, en el cual figuró el Congreso Mundial de Escritores por España, regresó a Chile. Allí siguió participando en el vigoroso movimiento chileno de solidaridad con España. Tengo fresco el recuerdo de algunas de sus actividades. Estaba programada la visita a Chile del Ministro de la República Española Indalecio Prieto que hablaría al pueblo de Santiago en el Estadio Nacional. Arrendamos un gran automóvil abierto, instalamos un equipo de altoparlantes de la época y Pablo subió y se instaló a hablar durante horas mientras el coche recorría lugares populares. En verso invitaba a la gente a concurrir al acto. Y fue un gran acto. También lo recuerdo recorriendo, con un grupo, la Avenida Bulnes donde se celebraba un festival de solidaridad con el pueblo español. Llevaba entre sus manos una gran alcancía cuyas monedas hacía sonar al compás de su grito 'Víveres para España' solicitando la ayuda de los transeúntes. Se trabajaba activamente por enviar un barco con víveres para España.

En 1939, elegido ya Presidente por el Frente Popular, Pedro Aguirre Cerda, en cuya campaña nacional Neruda jugó un activo papel, fue designado Cónsul Especial en Francia para preocuparse de los refugiados españoles después del término de la guerra. A él se debió el viaje a Chile de centenares de refugiados, la mayor parte en el famoso barco 'Winnipeg. Durante el periodo de la guerra de agresión fascista, participa activamente en las tareas de solidaridad con las democracias. Por esa época escribe sus conocidos 'Canto de Amor a Stalingrado'. ¿Recuerdan?

Yo escribí sobre el tiempo y sobre el agua
describí el luto y su metal morado
yo escribí sobre el cielo y la manzana
ahora escribo sobre Stalingrado.

Su ingreso al Partido Comunista fue un acto natural y lógico en su vida. En 1945 fue elegido senador del Partido por las provincias nortinas de Tarapacá y Antofagasta después de una hermosa campaña por las pampas de esas áridas provincias. En esas jornadas tomó íntimo contacto con los pampinos del salitre, los mineros del cobre, del yodo, del azufre y éstos jamás olvidaron la fecunda convivencia con el poeta.

Norte, llego por fin a tu bravío
silencio mineral de ayer y de hoy
y no te traigo un corazón vacío,
te traigo todo lo que soy.
Porque la patria lleva en su cintura
tal vez un ramo de copihue en flor,
pero en el esplendor de su figura
lleva brillando en su cabeza oscura
una corona de sudor.

Al año siguiente comenzó la política represiva de Gabriel González Videla, colocando fuera de la ley al Partido Comunista, persiguiendo a miles de obreros, campesinos, intelectuales y estudiantes. Inauguró el campo de concentración de Pisagua que llenó de luchadores patriotas. Yo fui relegado a Empedrado. Los comunistas fueron tenazmente perseguidos, pero una vez más el Partido Comunista demostró que era indestructible.

En 1948 Neruda pronuncia en el Senado su famoso discurso 'Yo Acuso' por el cual se le sigue un proceso y la Corte Suprema, ¡cuándo no! , aprueba su desafuero como senador y los Tribunales ordenan su detención. Neruda permanece oculto en el país y escribe el 'Canto General'. En 1949 el partido decide que Neruda debe salir del país lo que hace por el sur, cruzando la cordillera a caballo acompañado de fieles arrieros.

'Teníamos que cruzar un río. -escribe en sus 'Memorias'- Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de Los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esta vez encontrarnos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera.

Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos, Y apenas llegados a la otra orilla, los baquianos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:

-¿Tuvo mucho miedo?

-Mucho. Creía que había llegado mi última hora -dije.

-íbamos detrás de Ud. con el lazo en la mano -me respondieron.

-Ahí mismo -agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted.'

Estuvo un tiempo en la Argentina, Desde allí dice, y nosotros con él:

En tierras argentinas
vivo y muero
pensando en mi patria,
escogiendo
de día lo que a Chile me recuerda,
de noche, las estrellas
que arden al otro lado de la nieve.

En el extranjero desarrolló una intensa actividad en la solidaridad con el pueblo de Chile -como lo haría ahora si viviese- movilizando a miles de escritores, poetas y artistas.

En vísperas de Año Nuevo, Gabriel González asiste a un acto en la Universidad de Chile. A la salida, en la puerta, un joven estudiante logra acercársele y le dice que él es un poeta y que ha escrito una poesía que quiere que el Presidente la honre leyéndola. Desaparece después que González le felicita y le promete leerla. El poema, que era de Neruda, fue dado a la publicidad clandestinamente y se titulaba 'González Videla, el Traidor de Chile' y contenía una despiadada condenación al gobierno de González. Poco después aparecía el 'Coral de Año Nuevo para la Patria en Tinieblas' en cuyo segundo verso decía:

Feliz Ano chilenos para la patria en tinieblas,
feliz año para todos, para cada uno,
menos uno.

En 1952 regresa a Chile a participar en numerosas actividades tanto nacionales como mundiales. Organiza el Congreso Continental de la Cultura, participa en las campañas políticas y en las primeras candidaturas de Salvador Allende sin dejar de producir su copiosa poesía que es traducida a decenas de otros idiomas.

Su vida la consagró a la solidaridad con los hombres y los pueblos de las causas justas: España, Brasil, Vietnam, Santo Domingo, Guatemala recibieron su activa y combatiente adhesión.

La casa de Neruda, Michoacán, en La Reina se convierte en un centro de actividad cultural y política. Allí tienen lugar importantes reuniones de organizaciones populares y artísticas, tanto nacionales como extranjeras. 'Han pasado unos cuantos años desde que ingresé al partido -escribe en sus 'Memorias'-...estoy contento...Los comunistas hacen una buena familia...Tienen el pellejo curtido y el corazón templado...'

Finalmente la Unidad Popular elige a Salvador Allende a través de una intensa campaña en la que Neruda toma parte activa.

Fue designado Embajador en Francia. Al decir de un grupo de intelectuales franceses, fue un regalo para Francia. La Embajada chilena fue el centro de actividad cultural al más alto nivel. Tuve el privilegio de asistir en dos oportunidades a almuerzos-reuniones en esa Embajada. Al año siguiente, en 1971, Neruda obtiene el Premio Nobel de Literatura, un galardón que hacía muchos años tenía ganado y que por razones políticas no le fue otorgado hasta entonces. Muchos de ustedes seguramente recuerdan la fiesta que ello significó para el pueblo chileno que a su regreso lo recibió en el Estadio Nacional. El general Carlos Prats pronunció el discurso de bienvenida.

La última vez que vía Pablo Neruda fue a mediados de 1973 en Isla Negra. Había invitado a los rectores de las tres universidades de Santiago para darles a conocer su decisión de crear una Fundación destinada a ayudar a poetas y escritores. Tendría como centro la propiedad de Neruda en Isla Negra y se financiaría con un aporte inicial suyo y con el producto de sus libros después de su muerte. Proponía que las universidades tomaran parte en esta Fundación y tuvieran a su cargo la dirección. El rector de la Universidad Católica Fernando Castillo Velasco, el Vice Rector de la Universidad de Chile profesor Bitran y yo por la Universidad Técnica del Estado, aceptamos con agrado la idea y recibimos los escritos conteniendo el proyecto. Pablo Neruda, su vida y su poesía tuvo y sigue teniendo un fuerte impacto en la juventud. Es...'el Neruda que nos trajo al mundo' -escribió Castellano-, un joven poeta de la época 'DopoNeruda' como él la llama. 'En el corazón de nuestra adolescencia Neruda nos enseñó a fijar la imagen poética...Su poesía nos salvó de la castración, de la muerte del alma. Neruda ha sido y es una fuerza antifascista que opera desde la parte más viva y eléctrica de la conciencia', dice.

Al poeta lo acompañaron a su tumba los chilenos más valientes. Estuvo, en su muerte, rodeado por el pueblo, como siempre lo estuvo. Como él mismo lo dijo al recibir el Premio Nobel: 'Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanzas solitarias.'


Notas:

1. Jardín de invierno, Buenos Aires, Losada, 1974, págs. 44-45.

2. 'Con Quevedo en Primavera', ibid., p. 32

3. 'Los triángulos', ibid., p. 90.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03