La poesía chilena joven en el período 1961-1973

LA POESÍA CHILENA JOVEN EN EL PERÍODO 1961-1973

Javier F. Campos

Araucaria de Chile. N 34, 1986.

El desarrollo de una considerable población de jóvenes poetas chilenos comenzaría a hacerse visible a partir de la publicación de Esta rosa negra de Oscar Hahn en 1961, principalmente dentro de toda la década de 1960 hasta el golpe militar (11 de septiembre de 1973) (1).A partir de esta última fecha, iría a ocurrir una de las más importantes rupturas de la poesía chilena contemporánea que a estos poetas les correspondió iniciar como conjunto promocional. Hasta ahora, la critica ha señalado sólo algunas consideraciones muy externas cuando se refiere a esta promoción. Es decir, nacen entre 1935 y 1950; comienzan algunos a publicar sistemáticamente a partir de 1961; no entran en conflicto con la tradición poética previa, principalmente con los nacidos entre 1920 y 1935; el contacto y la actividad poética se desarrolla a través de grupos poéticos o revistas de considerable importancia y circulación (Arúspice, Trilce, Tebaida. principalmente), recitales colectivos, y la realización de cuatro encuentros nacionales de la Joven Poesía (1965. 1967, 1971 y 1972) (2). En cuanto a actitudes poéticas básicas -señala también la critica- es ésta una poesía que se establece en el mundo "lárico" de la provincia y otra de tema contemporáneo más complejo que puede ubicarse en el espacio de la ciudad (3). Sin embargo, lo que hasta ahora no se había problematizado era su especifica formalización poética dentro del conflictivo periodo de los sesenta hasta el advenimiento del golpe militar.

Toda esta poesía se caracterizaba por un contenido bastante desgarrado con el que se contemplaba la realidad, pero recurriendo a formas bastantes desacralizadas de poetizar (frases hechas lexicalizadas, giros coloquiales, núcleos anecdóticos, elementos conversacionales, remotivación de viejos tópicos, readaptación de algunas estructuras tradicionales de versificar, entre otras). Si lo anterior constituía el rasgo estilístico más notorio de esta poesía, era también el instrumento más adecuado al que podían recurrir para dar cuenta de su relación conflictiva, cuya aprehensión de la exterioridad resultaba fragmentada. Para muchos poetas de esta promoción, aquella escisión constituía una necesaria y previa etapa aclaratoria (4). Con ello quedaba en evidencia que toda esta promoción poética chilena se había iniciado como un complejo proceso de transformación crítica. Para desopacar aquel proceso, era insuficiente describir sólo las características formales y metafóricas más o menos relevantes. o señalar una continuidad critica con la tradición poética chilena, que por lo demás ni estaban esas características bien sistematizadas ni tampoco bien esclarecidas aquella continuidad. La atmósfera desgarrada y escindida, la que se reconocía como uno de los rasgos más recurrentes en la joven poesía, adolecía de una significativa comprensión que la enmarcara dialécticamente con su tradición. aquella especifica formalización señalaba y el particular contexto nacional y continental. Como nada de esto se problematizaba, no quedaba más que reducirla a términos más o menos vagos como "poesía alienada", "hermética", "no comprometida", en fin, poesía personal y enajenada, incapaz de dar cuenta de las luchas sociales, históricas y del entonces contexto chileno en lo que iba de 1961 a 1973. De allí la sospecha de muchos: la poesía chilena joven estaba remando contra la corriente frente a otras actividades artísticas que estaban comprometidas con la "cuestión palpitante" (5). Pero estos juicios tenían mucho que ver con el estado de la critica chilena entre 1960 y 1973, principalmente la de orientación socio-histórica que comenzó a desarrollarse entre el proceso de Reformas Universitarias (1967) y el advenimiento del golpe militar. Con ciertos excesos mecanicistas y subvaloración de la especificidad estética, era una critica bastante precipitada que ponía un signo estrecho a toda actividad que se desarrollara. Explicable también porque se vinculaba a un periodo de agudización de la lucha política chilena (6). Que estos poetas no hubieran escrito abiertamente sobre las situaciones contingentes o palpitantes, a semejanza de otras que lo hicieron progresivamente desde mediados de los sesenta, intensificándose en las postrimería del gobierno demócratacristiano (1964-1970) y en el corto periodo de la Unidad Popular (1970-1973), sólo podía explicarse por la correspondencia social de lo que fue su contradicción más relevante (7).

Aun cuando, por lo general, se toma como punto de referencia el impacto de la Revolución Cubana (1959), que influiría considerablemente en la progresiva concientización política de artistas e intelectuales, los efectos de ella en la joven poesía chilena no parecieron reflejarse en un radical cambio poético. La influencia era, en cambio, más perceptible en un nivel intelectual consciente que en una esperada poesía realista-social. Sin embargo, era su especificidad formal la que si mostraba una actitud bastante desacralizada e irónica para tratar unos contenidos que extrañamente no correspondían a los tiempos que entonces se vivían. Esta contradicción, de la que ni siquiera se sospechaba su importancia, se expresaba demasiado evidente en toda la formalización poética: un contenido escindido dentro de formas renovadoras de poetizar. Si éste era pues el instrumento más adecuado con el cual podían expresar su propia transformación conflictiva, el mismo movimiento interno de la obra daba cuenta de ello. La propia poesía resolvía el desprendimiento de esa angustia y desgarro, a través de imágenes que recurrían pero que indicaban también sus transformaciones o remotivaciones. La obra iba, por tanto, exigiéndose a sí misma una salida. Había el intento sostenido de despojarse de un encuentro puramente individual, tan notorio en los primeros poemas o en los libros iniciales.

Aquel proceso de transformación poética indicaba, por un lado, el propio conflicto de sus autores entre la praxis social y la artística, pero el que socialmente correspondía también a la reacción de ciertos sectores medios a la ascendente movilización política chilena desde mediados de los sesenta. Por otro, si la ya señalada formalización poética daba cuenta de lo anterior, ésta se había recogido dentro de cierta continuidad poética en vigencia que parecía facilitar mucho más la expresión de aquella atmósfera desgarrada e interiorizada en vez de una poetización al gusto de un estrecho realismo social. En este proceso contradictorio es como la joven poesía chilena va a encontrarse al advenir el golpe militar el 11 de septiembre de 1973.

Si aquella transformación critica era lo que mejor parecía explicar esa particular formalización poética de esta promoción chilena, sin embargo, era necesario encontrar un significativo eslabón que justificara lo primero, pero que también pudiera señalar la vigencia y la validez de toda esa poesía en las condiciones actuales de la cultura chilena. Y ese eslabón no podía ser sino el golpe militar. El quiebre profundo con que éste afectó toda la estructura social chilena recayó también en la misma literatura y en sus propios productores. Lo que a partir de él se observaba, era un vuelco bastante notorio tanto en las conductas de una considerable población de artistas e intelectuales, vastos sectores de capas medias, como en el mismo producto artístico. Puesto que la dictadura cancelaba un largo proceso histórico de luchas sociales, también resquebrajaba una tan señalada continuidad poética del siglo hasta 1973. principalmente a partir del desarrollo de las primeras vanguardias. Lo que el golpe militar vino a significarle definitivamente a la poesía chilena, que específicamente recaía en la promoción poética más joven, fue el comienzo de una significativa y profunda ruptura. Para que así ocurriera, vasto sectores de artistas e intelectuales, así como considerables capas medias, que habían ido ambas integrándose al proceso de la Unidad Popular, compartirían por igual, junto a los sectores populares, las condiciones objetivas de la represión militar (8). Esta situación no tenia precedentes dentro del desarrollo histórico-político chileno en lo que iba de todo el siglo y constituyó uno de los principales factores que ayudaron a cerrar una etapa poética previa, más o menos de relaciones desgarradas, con las que venia transcurriendo una parte importante de la poesía chilena aun cuando hubieran visibles estructuras renovadoras. La solitaria postura del hablante, las escisiones personales, el sentimiento agónico y marginal, entre otros, daba paso al sostenido propósito de reconstruir una patria desbastada. La joven poesía, como toda la actividad artística y cultural, había sido objetivamente diezmada por una represión que se había extendido ahora a otros grupos sociales, más allá de la clase obrera. Sin embargo, era en ella donde más se observaba el cambio sustancial de su proceso de transformación previa a septiembre de 1973.

Con aquellos poetas no sólo se iniciaba una de las grandes rupturas dentro de la poesía chilena, sino también las nuevas y radicales perspectivas que comenzaría a plantearse, desde entonces, la nueva actividad artística chilena y, en un plano más especifico, la actividad cultural interna del país y la del exilio.

La validez e importancia actual de la poesía joven chilena radica en que el eslabón del 11 de septiembre no sólo terminó su proceso "agónico", pero el cual tenia claras correspondencias sociales, sino que el trauma que el golpe militar provocó a la sociedad chilena le exigió también a la poesía la necesidad imperiosa de superar su fragmentación personal anterior por una universalidad más compartida.

El proceso previo a 1973, por tanto, hay que considerarlo como potencial, cuya voluntad principal fue aclaratoria y critica de los distintos aspectos que poetizaban. A través de él se mostraban también las actitudes conflictivas que le correspondían como sujetos sociales e integrantes de las heterogéneas capas medias a las contradicciones de todo el periodo. Si el golpe militar no hubiera ocurrido, con toda seguridad esa lenta transformación de la joven poesía habría continuado, pero dentro de otras particulares situaciones que no corresponden señalar aquí. Sea de ello lo que hubiera ocurrido, para entender su significación hasta el mes de septiembre de 1973 había que dejarla esclarecida sobre dos factores que se integraban dialécticamente en su especifica y peculiar formalización poética. Primero, lo que de las previas y vigentes tradiciones asimilaban críticamente todos estos poetas. Segundo, si bien las variadas contradicciones del contexto latinoamericano y chileno entre 1960 y 1973 no se problematizaron dentro de una línea explícita o combativa, éstas se adecuaron mejor dentro de lo que fue esa particular formalización. Además, no cabía duda ya que ésa era la mejor herramienta con la cual se podía dar cuenta de la relación conflictiva y lenta integración de ciertas capas medias, no pocos artistas e intelectuales, a la ascendente movilización política que fue diezmada el 11 de septiembre de 1973.

I. La continuidad critica con la tradición poética

La joven poesía chilena, en lo que iba de 1960 a 1973, no asumió una perspectiva militante ni nada parecía indicar tampoco que su desarrollo iba en busca de la claridad realista-social. Sin embargo, existían al menos tres antecedentes importantes: la etapa poética de Pablo de Rokha. que agresivamente condenaba el aparato cultural burgués, poesía desligada de retórica pero no de una completa grandilocuencia; la narrativa y la poesía social de la generación del 38; y Canto General (1950) -esta definitiva creación de la poesía hispanoamericana, comparable en la plástica a la de los murales mexicanos-. que se constituía en una nueva etapa de la poesía nerudiana, superando dialécticamente las suyas anteriores. Sin que hubiera una actitud iconoclasta frente a esa tradición de contenidos más militantes, estaban los jóvenes poetas chilenos más inclinados a ciertas fuentes por donde habían venido desarrollándose, desde las primeras décadas, las distintas vertientes de la vanguardia, especialmente la de Vicente Huidobro.

Huidobro, de Rokha y Juan Guzmán Cruchaga (los que dirigieron y redactaron la revista Azul) fueron los primeros que comenzaron a diferenciarse de las lineas post-románticas, subjetivistas o encerrados otros en modelos más tradicionales (Carlos Mondaca, Manuel Magallanes Moure, Ernesto Guzmán, Juan Guzmán Cruchaga). Es, pues, a partir de un lenguaje más moderno, pero el que también provoca un subjetivismo variado por esas épocas, desde el que nacerán los futuros experimentadores de la vanguardia, cuya posterior poesía chilena no dejaría de prescindir en sus distintas gamas herméticas, sociales otras, antipoéticas o conversacionales. quitándole al lenguaje la elevada elocuencia (9).

Posteriormente, con el ascenso del Frente Popular en 1938 -crecimiento manifiesto de la lucha de masas chilenas, combate internacional contra el fascismo y la solidaridad con la República Española- hay un grupo de escritores que se muestran comprometidos con la acción política social o son militantes de partidos populares o escritores de izquierda. Son escritores que hacen coincidir su actitud literaria -principalmente en la narrativa- y su posición ideológica (10). Si bien, la narrativa de esta generación parece bien perfilada, la poesía enmarcada y publicada dentro de este periodo no pareció seguir necesariamente el mismo camino de la novela o el cuento. De hecho, fueron visibles al menos dos lineas bastantes significativas, las que siendo también continuidad más desarrolladas de las de la vanguardia se iban constituyendo en sólidas influencias para las décadas posteriores. La primera fue la que amplió el puente que iniciara Huidobro y otros en las décadas precedentes, pero por el cual seguiría entrando toda la corriente moderna de la poesía europea (Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Mallarmé, Apollinaire, Sade, Jarry, Bretón, entre otros) (11). Tal fue el caso del grupo "La Madrágora" (1937), que puede considerarse como el primer movimiento vanguardista/surrealista chileno organizado (Braulio Arenas, Enrique Gómez Correa, Jorge Cáceres, Teófilo Cid, Eduardo Anguita y Gonzalo Rojas posteriormente) (12). Esa "modernidad", la que se impregnaba en la poesía de "La Mandragora" y en otros poetas que no pertenecieron a él (Rosamel del Valle, Humberto Díaz Casanueva, el Neruda de Residencia en la tierra, entre otros), consistió, en las palabras de Braulio Arenas, en la "necesidad de hacer posible la libertad puesto que nunca como ahora nada risueño nos ofrecía el exterior; pero teníamos a nuestro haber el humor surrealista y la ironía romántica, las que fueron pedernales preciosos para frotarlos contra la piel de una realidad depravada" (13). Aquel carácter "nuevo" de la entonces poesía chilena, signo de un substancial cambio a través de las corrientes vanguardistas y surrealistas, ya había quedado muy bien señalado -tres años antes de la formación de "La Mandragora"- en la importante Antología de la poesía chilena nueva (1935), hecha por Volodia Teitelboim y Eduardo Anguita (Huidobro, Neruda, de Rokha, Díaz Casanueva, Rosamel del Valle, Omar Cáceres, Juvencio Valle, Ángel Cruchaga, más los dos antologados y excluyendo inexplicablemente a Gabriela Mistral). Sin embargo, tres años después (1938), aparece una antología prologada por Tomás Lago donde se incluyen ocho poetas de entonces -aún no llegaban algunos a los veinticinco años-, la que andando el tiempo vendría a ser un importante antecedente prehistórico de la antipoesia parriana. Estos nuevos poetas se consideraban distintos a los poetas creacionistas, herméticos u oníricos. Postulaban a la claridad conceptual y formal, cuyos antecedentes estaban ya en César Vallejo y de Rokha, a la naturalidad y espontaneidad al alcance de un grueso público (14). Se autodenominaban los paladines de la claridad, poetas de poesía diurna contra los poetas oscuros: el reverso de la medalla surrealista. De estos ochos poetas, Nicanor Parra seria el que habría de dar otro rumbo, pero no único, tanto a la misma poesía chilena como a una parte considerable de la latinoamericana a partir de Poemas y antipoemas (1954). Esta segunda linea, el antipoema o la antipoesia. no fue sino -en las propias palabras del antipoeta- "el poema o la poesía tradicional que se enriqueció con la savia surrealista" (15). A partir de aquí, la concepción del poeta que habitaba una aureola hermética u onírica comenzaba a ponerse en serias dudas. De igual modo, la sospecha de una condición de profeta o conductor de pueblos y la utilización del lenguaje poético como instrumento dócil al dictado de una precoz o automática inspiración. En su conjunto, éstas fueron las características más notorias que se reunirían en la llamada generación poética chilena del 50 (Enrique Lihn, Jorge Teiller, Efrain Braquero, Armando Uribe, Miguel Arteche, Alberto Rubio, entre otros), el más cercano y vigente eslabón que la posterior poesía joven chilena iría a retomar (16). Eran Lihn y Teiller los que sintetizaban los rumbos, sin embargo, diversificados, que continuarían los más jóvenes poetas. El primero, cuya poesía refería a una realidad contemporánea y urbana más compleja, configuraba en un todo dialéctico la desconfianza de la poesía, pero el convencimiento que ella podía dar cuenta también de las personales incertidumbres y desalientos. Al poeta ya no podía bastarle una fugaz inspiración para expresar esa nueva complejidad, sino precisar su escritura a través de un exigente oficio autoasumido (Oscar Hahn, Gonzalo Millán. Waldo Rojas, entre otros, son ejemplos clarísimos de esta lección). La poesía de Teiller, aquella que buscaba un tiempo de arraigo en las comunidades donde la naturaleza del sur chileno parecía no desbastada, dejaba en los poetas "lárices" de la joven poesía, por el contrario, una relación bastante conflictiva con aquel espacio provinciano. El idílico mundo rural teillerano desaparecía cada vez. más por el avance inminente de cierta civilización que irrumpía en la "casa natal" (Jaime Quezada, Omar Lara, Floridor Pérez, Enrique Valdés. entre otros, son los ejemplos más relevantes) (17).

Las distintas expresiones de la vanguardia que se desarrollan a partir de las primeras décadas; la poesía contestataria de Pablo de Rokha que comienza a desarrollarse dentro de esos años; la gran respuesta nerudiana a la poesía de sus Residencias desde mediados de los cuarenta -que más que solución se convertía también en un problema de aprehensión-; la antipoesía parriana, cuyos inicios comienzan a partir de 1940; y la convivencia con algunos poetas de la generación de los cincuenta, son, en su conjunto, la tradición que la poesía joven, a partir de los años sesenta, no dejaría de reconocer. Sin ser iconoclastas, mantienen una relación critica con sus antecesores, pero más sensibles a las distintas tonalidades subjetivas o herméticas de la vanguardia junto a la síntesis de ésta: el desenfado y el coloquialismo antipoético, así como el descreimiento del poeta-profeta. De allí que éstos no se erigieran en paladines de lo social-realista donde la poesía fuera la ventana transparente, a través de la cual pudieran verse los hechos que convulsionaban el continente y el país. Tampoco se supuso que tenia que ser el instrumento subversivo que iría a cambiar la sociedad. Por el contrario, el producto poético articuló perfectamente la deuda asimilada de la vanguardia, su línea expresiva nada risueña respecto de la realidad y la ausencia, por otro, de la grandilocuencia.

La notoria crisis del idealismo romántico; la transición entre el sicologismo y el sociologismo; el pasaje de los nerudianos a los vallejeanos; la irrupción de la actualidad, a través de una desacralización humorística y agresiva libertad de expresión; y el avance del coloquialismo. prosaísmo, junto a una pluralidad formal y expresiva, eran, en términos generales, las características que las jóvenes promociones poéticas latinoamericanas, a partir de la Revolución Cubana, encontraban en sus mayores (18). Sobre ellas fueron adoptando variados rumbos. Es decir, una poesía basada en cierta fuerza irracional y desbordada con elementos conversacionales y de las vanguardias más añejas; otra que partía de una honda emotividad interior sin desligarse de la realidad social; la que nacía de la antipoesia menos grandilocuente (poesía que estuviera al servicio de la revolución); la que seguía la linea originada a partir de los "exterioristas" norteamericanos, representada por los aportes de la poesía de Ernesto Cardenal; y una que, al plantearse con cierto rigor intelectual, creía más en la "organización verbal" -la "palabra" como distribución en el discurso- que en los motivos poéticos" (19) . Sobre esas variadas expresiones no parecía raro que en la joven poesía latinoamericana hubiera, por un lado, una linea combativa y militante, y por otro, sus hablantes mantuvieran relaciones conflictivas, marginales y agónicas (20). A ambas, a pesar de esa distinción, las unía una perspectiva bastante irónica y desencantada para tratarse con la exterioridad. Recurrían los cuestionamientos a la simbología religiosa, el poder establecido, la infancia, la juventud alienada por los medios masivos -haciendo uso de esos medios e incorporándolos como motivos poéticos-, la remotivación de los viejos temas de la muerte y del amor, pero desde una perspectiva más humanista el primero y bastante desacralizado el segundo. Si el hibridaje fue el denominador común en toda esta poesía -entremezclando distintas gamas de un amplio espectro poético (antipoéticas, conversacionales, concretistas, neovanguardistas)-, quedaba también en evidencia que la mayor parte de la joven poesía latinoamericana, en la cual la poesía chilena de los sesenta se insertaba significativamente, poseía una continuidad retrospectiva y critica a partir de las primeras vanguardias, así como las lecciones recobradas de la renovación poética europea y anglosajona.

II. El contexto socio-histórico de la poesía joven chilena

El contexto global latinoamericano que enmarcó a esta promoción correspondió a la situación general de dependencia, principalmente con el capital norteamericano, cuya iniciación progresiva ocurre dentro de la década de 1930 y con posterioridad a la segunda guerra mundial. A partir de los años 30, fecha en que está casi cancelado el periodo llamado oligárquico agrominero exportador (1870-1930 aproximadamente), se abre un proceso de sustitución de importaciones o desarrollo nacional industrial que intentaría superar los efectos catastróficos de la gran depresión de los países centrales en los periféricos, consumidores los primeros de materias primas que los últimos les proveían. El nuevo proyecto provocó el incremento de una importante clase media de técnicos, profesionales, funcionarios en las áreas privadas o públicas, sector servicios, etc. Pero, a su vez, ese supuesto "nacionalismo sustitutivo de importaciones" tuvo necesariamente que establecer relaciones de dependencia con una fuerte inversión, mayoritariamente estadounidense, que ingresó progresivamente en los sectores mineros, agropecuarios, para luego extenderse tanto a los sectores financieros, servicios públicos como en la absorción de las industrias nacionales (21). Al comenzar la década de los sesenta, el capital extranjero era dueño de la mayor parte de las economías latinoamericanas:

Todos sabían que el proyecto de desarrollo nacional autónomo se encontraba en bancarrota y que el capitalismo imperialista era dueño y señor de nuestra economía; el estatuto semicolonial fue reducido incluso oficialmente, designándolo con el eufemismo de "situación de dependencia", que luego se difundiría ampliamente... Inmutablemente regidas por el latifundio, salvo a contados casos de excepción, las estructuras agrarias trasladaban, además, su excedente de población a las urbes, y éstas, dominadas por las industrias "dinámicas" de propiedad extranjera. no hacían más que sumar al excedente rural el suyo propio. La desocupación, la subocupación y el empleo disfrazado tornábase pues visibles, bajo la forma de "villas miserias", "favelas", "callampas", "ciudades perdidas" y "pueblos jóvenes"... Los indicadores de subdesarrollo, que cada quien manejaba ya profusamente, revelaban por su parte verdaderos records de desnutrición, analfabetismo, mortalidad infantil, morbilidad, déficit de viviendas, etc. El panorama no era ciertamente halagador, e incluso las burguesías local e imperial empezaron a inquietarse, sobre todo porque la lucha de clase había dado entre tanto un alto cualitativo con la primera revolución socialista en América (22).

Con la Revolución Cubana (1959) se expresaba la respuesta más objetiva para superar la situación de desnacionalización arriba señalada, así como la eliminación radical de ciertas formas de dominación (dictaduras o democracias restringidas). El legado más significativo de la experiencia cubana fue que contribuyó a acelerar el crecimiento de una conciencia nacional y social antimperialista, incrementando la movilización política de las masas asalariadas o marginadas de las urbes y de los sectores rurales. También provocó una contradicción ideológica en considerables capas medias, pequeña burguesía intelectual y artistas, como expresión de la crisis del periodo y como búsqueda de respuestas (23).

Enmarcada en esa situación global latinoamericana, como dentro de otros sucesos que se desprendían de las contradicciones de la década, se observaba una intensa lucha de clase chilena que comienza a alcanzar su más alto nivel de desarrollo desde mediados de los sesenta hasta 1973 (24). Este substancial incremento, el que iría a ser factor esencial del triunfo en 1970 de la Unidad Popular, había sido también un prolongado proceso de esfuerzo y concientización, vigorización y combatividad, cuyos orígenes hay que ubicar desde los comienzos del siglo XX (25). Aun cuando la movilización política de los sectores populares mostraba una previa y larga combatividad con altos y bajos, los sectores intermedios, en cambio, por sus propias características históricas, señalaban una integración mucho más contradictoria y diversificada. Estos sectores intermedios, integrados por empleados, pequeña burguesía comercial o agraria, intelectuales y artistas, los que habían aumentado en proporción y participación relativa a causa del proceso de industrialización, van a ser afectados tanto por el proceso de transnacionalización posterior, como por su reverso: la marginalidad. Por la propia heterogeneidad de las capas medias, la integración de éstas a la creciente movilización política no podía ocurrir ni de manera homogénea ni espontánea. Los variados sectores de los grupos intermedios respondían diversamente, según fuera su distinta ubicación dentro de la estructura económica o ideológica chilena. Hubo, pues, sectores notoriamente integrados al "modernismo industrial" y otros que permanecieron marginados de los beneficios, las posibilidades y las decisiones (26).

A partir de los años veinte y hasta los cincuenta, los sectores medios chilenos habían encontrado en las distintas funciones del aparato del Estado su principal medio para el ascenso social y las reivindicaciones económicas. De allí que los sindicatos de clase media (profesores, empleados públicos) tuvieran un papel significativo en el conjunto de la actividad sindical chilena. Estos sectores medios provenían de las distintas actividades artesanales, la expansión del comercio y los servicios, y de las distintas funciones estatales. La disminución de las tasas de analfabetismo y el aumento de la escolaridad básica y media permitió que el sistema educacional fuera un importante medio en la movilidad social de esos sectores. Pero esas características van a cambiar esencialmente a partir del proceso de modernización, especialmente dentro de los años cincuenta. Provenientes de una burguesía empobrecida, ex-artesanos o semiproletarios, los sectores medios modernos ven en su profesionalización un nuevo status distinto a las capas medias precedentes, cuya característica había sido una pura condición de sobrevivencia o de consolidación de su reciente ascenso social. La demanda educacional de estos nuevos sectores es la Universidad, pero aspirando no sólo al ejercicio libre de las profesiones tradicionales (abogado o médico), sino también buscan la gestión de alto nivel en la empresa moderna y el Estado. Es el saber altamente calificado el que proporciona un real status: un mejor nivel de ingresos y de poder. Sobre este nuevo papel de las capas medias es como parece explicarse, hacia finales de los 50, el desplazamiento del Partido Radical por la Democracia Cristiana como representación política de esos sectores y la función más dinámica dentro de la vida política chilena. Es el partido democratacristiano el que inicie un proyecto ideológico que se ajustará a la nueva modernización, alcanzando una sólida implantación en grupos estudiantiles y en los colegios profesionales, al mismo tiempo que se hace vocero de grupos sociales que nacen a la vida política con el aumento electoral que resulta de la reforma electoral en los años 1949, 1957 y 1961. La modernización, la crisis de representación y los vacíos en la poli-tica de izquierda hacen que el PDC conquiste lo más dinámico de la juventud, las mujeres y los sectores hasta entonces excluidos de la vida nacional: el campesinado y el sub-proletariado rural (27).

Un grupo bastante considerable de capas medias va a integrarse y ser aglutinado en lo que el propio democratacristiano llamaría un proyecto "socialista comunitario". Pero aquel proyecto no intentaba eliminar alianzas con las burguesías chilenas a los consorcios multinacionales, sino "modernizar" ciertas estructuras locales para que se ajustaran a los requerimientos de la nueva fase transnacional (28). Así parecían entenderse los proyectos como la Reforma Educacional, la Reforma Agraria, la "chilenización" de ciertas riquezas básicas y la Reforma Universitaria. Sin embargo, este proyecto, hecho práctica con la ascensión al gobierno (1964-1970), no podía, a medida que terminaba la década, deshacerse de la política global de nueva guerra fría de los Estados Unidos (el ejemplo más solapado fue la Alianza para el Progreso, 1961), cuya principal tarea era contener cualquier otro movimiento que pudiera seguir los caminos de la Revolución Cubana. Sólo así podía explicarse la sostenida campaña para coartar el peso político del movimiento obrero chileno. Los ejemplos clarísimos fueron el intento de desmovilizar la mayor organización de trabajadores chilenos (Central Única de Trabajadores), a través de organizaciones sindicales paralelas (las organizaciones en las áreas marginales urbanas como la llamada Promoción Popular, o en las áreas campesinas, según su nuevo proyecto de reforma agraria). A ello debe agregarse una sostenida campaña anticomunista que ya se había iniciado con el gobierno de Jorge Alessandri (1958-1964). Toda esta situación hizo reflexionara los sectores rebeldes del partido de gobierno, proponiendo una vía no capitalista de desarrollo y criticando las conexiones cada vez más profundas con el capital monopolice extranjero, pilar mayor del estado de desnacionalización y marginalidad nacional en que se encontraba el país. Sin embargo, estos grupos, que poco fueron oídos, provocaron un quiebre bastante significativo dentro del partido democratacristiano. originando el Movimiento de Acción Popular (MAPU) en 1969 y la Izquierda Cristiana en 1971. Al partido gobernante este quiebre le significó, principalmente, la pérdida de fuertes contingentes estudiantiles, capas medias, intelectuales y sectores cristianos jóvenes. Por otro lado, los beneficios de ese "modernismo" se canalizaban desequilibradamente entre los sectores sociales. La participación y las posibilidades restringidas acercó sólo a limitadas capas medias -comparables a la de los países más avanzados- al acceso privilegiado que ofrecía el proyecto democratacristiano, aliado al capital foráneo y ligado a las actividades secundarias más dinámicas. Las burguesías nacionales y esos grupos medios se ubicaron en espacios o centros primados donde bullía el consumo, la vida más "contemporánea", los mercados con productos más o menos sofisticados, los mejores colegios, los "barrios altos", distinguiéndose éstos notoriamente de los llamados "marginales" o "callampas". Todo esto reforzado por una cultura cada vez más extranjerizante que, dado el desarrollo de los medios masivos (las revistas ilustradas, la naciente televisión, la industria discográfica, etc.) en manos monopólicas, se irradiaba al resto de la población, anulando las auténticas expresiones nacionales que hacían esfuerzos sobrehumanos para obtener un lugar en esos medios (la indiferencia con Violeta Parra y con la naciente Nueva Canción Chilena eran los ejemplos más ilustrativos) (29)

Un segundo grupo de capas medias lo constituyeron fuertes contingentes que comenzaron a adscribirse a los distintos partidos que irían a formar la Unidad Popular hacia los Finales de los sesenta, sumándose progresivamente también otros que provenían de las rupturas internas del partido democratacristiano. Por otro lado, hacia 1964, comienzan a destacarse las posiciones de una pequeña burguesía intelectual, especialmente estudiantil-universitaria, que daría origen al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR, formado inicialmente en la Universidad de Concepción). Ellos no sólo se erigieron con cierta violencia en opositores al gobierno de Frei, sino que también adoptaron un constante enfrentamiento a lo que entonces denominaban la "izquierda tradicional". Comenzaron arrastrando una militancia dentro de los sectores estudiantiles (secundarios y universitarios) y ejerciendo, principalmente, una influencia política entre los pobres del campo y de la ciudad (los sectores más marginados). Finalmente, habría que mencionar a un grupo de sectores medios propiamente marginados. Estos ocupaban los escalones más bajos de la jerarquía profesional y económica -intelectuales, profesiones liberales, empleados públicos o privados, pequeña burguesía empobrecida-, hacinados en las periferias de las urbes junto a fuertes contingentes proletarios, subempleados y lumpen. La condición de marginalidad consistía en la ausencia total de participación en las decisiones públicas o privadas, aun cuando participaran en los distintos niveles de la estructura social como asalariados, semiasalariados o apenas ganaran para subsistir como era el caso de la pequeña burguesía empobrecida (30).

Como reacción a la situación nacional y continental del decenio, los grupos intermedios chilenos, integrados o marginados, habitaran en los barrios acomodados o en los periféricos (conventillos, miseras poblaciones o en viejas casonas descascaradas que la vieja oligarquía había abandonado), en la capital o en las regiones de la provincia, iban a adoptar algunas de las tres posibilidades señaladas: las alternativas "modernistas" del proyecto democratacristiano; integrarse lenta y progresivamente a la movilización en marcha que ofrecía la Unidad Popular; o asumir las posturas de la ultraizquierda.

Siendo parte de esas heterogéneas capas medias chilenas y ubicados en sus distintos niveles de participación o de marginalidad, la mayor parte de los jóvenes poetas asumieron posturas notoriamente progresistas. Aun cuando en algunos hubo simpatías con el proyecto democratacristiano, sin embargo, fueron acercándose y formando parte de los grupos y artistas e intelectuales al proyecto de transformaciones más profundas de la sociedad chilena que ofrecía la Unidad Popular, integrados por una diversidad de partidos (PC, PS. MAPU, Izquierda Cristiana, Partido Democrático Nacional. Partido de Izquierda Radical). Pero el hecho más especifico para que esas posturas se desarrollaran fue la canalización de sus actividades culturales a través de la Universidad. Los principales grupos o revistas, los encuentros nacionales de la Joven Poesía Chilena, los recitales y las lecturas públicas, la sistemática publicación en algunos, encontraron condiciones favorables para que lo anterior ocurriera sin mayores obstáculos dentro del importante proceso de Reformas Universitarias que se iniciara en 1967 y se detuviera el mismo día del golpe militar chileno en 1973. Los radicales cambios que ocurrían en las entonces ocho universidades chilenas y algunas de sus sedes, ayudaron a remecer considerablemente la conciencia política estudiantil respecto de los variados sucesos nacionales y continentales. De igual modo, coadyudaron objetivamente. por un lado. a la integración de amplios sectores de artistas e intelectuales a la creciente movilización política chilena y, por otro, permitieron el desarrollo de ciertos grupos poéticos jóvenes en actividades culturales conjuntas, puesto que las reformas dieron una preocupación más sostenida a las actividades artísticas a través del considerable desarrollo de los departamentos de difusión (31).

Las formas más desacralizadas para contener la atmósfera desgarrada, que estos poetas recogían de una especifica continuidad poética chilena y latinoamericana en vigencia, y la contradicción entre su praxis social y su producto poético Final, definieron esa particular formalización poética. De igual modo, el proceso de transformación critica de la joven poesía chilena que ésta había iniciado a partir de 1961, cancelándose el 11 de septiembre de 1973. La equivalencia social de ella correspondió a la lenta transformación e integración de los variados sectores de capas medias, artistas e intelectuales chilenos, a una movilización política en ascenso; pero estrechamente relacionada también a las contradicciones de la aguda situación de dependencia durante la década de los sesenta.

Aquella relación, ciertamente conflictiva, no era pues sólo cuestión de influencias de tales o cuales tendencias que la tradición pasada o vigente siempre ofrece a los más "novísimos". Tampoco era ella una actitud despreocupada o "alienada" de poetizar. Más bien correspondía a las respuestas y a las reacciones problemáticas de cierta pequeña burguesía intelectual ubicada distintamente en las heterogéneas capas medias chilenas (32).

Con el golpe militar quedaba probado que la joven poesía chilena había cancelado definitivamente su transformación conflictiva para dar cuenta de una patria diezmada. Esa transformación fue ia validez más evidente de toda esa joven promoción que se había venido desarrollando -más visibles unos que otros- a partir de 1961; pero que abría también una nueva continuidad desafiante, dentro del país o en el exilio, desde el mismo 11 de septiembre de 1973.


Javier F. Campos es profesor de literatura y poeta, autor de Las últimas fotografías (poemas) y de una tesis doctoral sobre el tema del presente articulo. Trabaja en la Universidad de California (Chico). Estados Unidos.

Notas:

1. La periodización de la poesía chilena joven ya había sido propuesta por Oscar Hahn y Waldo Rojas en "Muestra Chilena; 1961-1973", Hispamérica, 9 (1975), páginas 55-73. Nosotros hemos retomado esa periodización relativa para problematizar, a su vez, una vasta población de poetas dentro de algunas consideraciones generales que desarrollaremos en este trabajo. Con ello queremos contribuir a una mejor comprensión de ellos dentro del contexto de la década de los sesenta que se cierra, pero abriendo otras contradicciones y temáticas, el 11 de septiembre de 1973. De igual modo, las relaciones y diferencias con las restantes promociones poéticas jóvenes latinoamericanas del periodo. La propuesta de estudio de este trabajo la hemos desarrollado más especialmente en tres poetas chilenos [Oscar Hahn (1938), Gonzalo Millán (1947) y Waldo Rojas (1943)] en nuestra tesis doctoral "Poesía Chilena: 1961-1973 (Gonzalo Millán, Waldo Rojas y Oscar Hahn)", Department of Spanish and Portuguese, University of Minnesota, 1984. bajo la dirección de Hernán Vidal.

2. El grupo Trilce (1964) se organizó en Valdivia y recibió amparo de la Universidad Austral de esa ciudad. Lo integraban: Omar Lara (director), Enrique Valdés, Juan A. Epple, Carlos Cortínez, Federico Schopf, Walter Hoefler, Luis Zaror, Eduardo Hunter, entre otros. El grupo Arúspice( 1965) de Concepción, ayudado por la Universidad de Concepción, estaba integrado por Jaime Quezada (director), Silverio Muñoz (director). Florido Pérez, Gonzalo Millán, José Luis Montero, Edgardo Jiménez. Ramón Riquelme, Raúl Barrientos, Javier Campos, entre otros. La revista Tebaida de Arica que dirigían los poetas Oliver Welden y Alicia Galáz. Si ésas fueron las revistas (Trilce, Arúspice y Tebaida) y los grupos más visibles (Trilce y Arúspice), sin embargo, hay que considerar a muchos poetas dispersos que no aparecieron en esas tres revistas mencionadas ni la mayoría de ellos logró editar ningún libro entre 1961 y 1970. Que no hayan sido visibles dentro de los sesenta no supone que ellos sean una "promoción" posterior a la de Trilce, Arúspice o Tebaida como alguien ha querido señalar [Miguel Vicuña Navarro. "Poesía chilena 1982". Trilce, 17 (1982). pp. 26-32]. Su "marginalidad" se debió a la falta de recursos para canalizarse o constituir una revista más o menos estable, pero estuvieron en comunicación y coincidieron en actividades similares. Por lo general, cuando se ha referido a la promoción, que aquí llamamos de los sesenta, casi siempre se han mencionado unos mismos nombres, pero no se ha dado cuenta de esa dispersión. Sólo en 1972 se antologa a algunos poetas que no circulaban en esas tres revistas mencionadas [Martín Micharvegas. Nueva poesía joven de Chile (Buenos Aires: Editorial Noé)]. En 1980, Antonio Skármeta incluye a otros más en "Prose and Poetry by Young Chilean Writers of the Late Seventies", Review (New York). 27. En 1982, el articulo y la selección hecha por Vicuña Navarro arriba mencionado. En 1983 se antologan parcialmente otros por Soledad Bianchi. Entre la lluvia y el arcoiris: Antología de jóvenes poetas chilenos (Rotterdam: Instituto para el Nuevo Chile, 1983), antología ésta que recoge una importante producción que comienza a producirse después del golpe militar, así como un contrapunto entre lo escrito en el interior del país como en el exilio. Hubo, pues. también la Escuela de Santiago (1968) en la capital, grupo integrado, entre otros, por Jorge Etcheverry, Nain Noméz, Erik Martínez. Carlos Zarabia. El grupo Café cinema de Viña del Mar (1968). integrado por Juan Luis Martínez, Juan Camerón, Raúl Zurita, Gustavo Mujica, Eduardo Parra, entre otros. Otros nombres que hay que mencionar, dispersos de esas revistas ya señaladas son: Osvaldo Rodríguez. Cecilia Vicuña, Claudio Bertoni, Hernán Castellano Girón, Miguel Vicuña Navarro, Mario Milanca. Como ya se puede notar, la población de poetas llegaba casi a los cuarenta. A pesar de que los poetas "dispersos" hablan comenzado a escribir dentro de los 60, comenzaron, por lo general, a editar a partir de 1971.

3. La critica que ha señalado esos juicios, más o menos semejantes, sobre está promoción es: Ignacio Valente, "Poetas de ida y vuelta". El Mercurio. 14 de julio 1968, página 5; "Retórica y poesía joven". El Mercurio. 18 de agosto 1968, p. 3; "Poesía joven de Chile", El Mercurio. 24 de marzo 1974, p. 3. Enrique Lihn. "Una poesía de la existencia (sobre la poesía de Waldo Rojas)", Marcha (Montevideo), 22 de mayo 1970, página 29. Jaime Concha, "La poesía chilena actual", Literatura chilena en el exilio. 4 (1977), pp. 9-13. Jaime Quezada, Poesía joven de Chile (México: Siglo XXI, 1973). Federico Schopf, "La poesía de Waldo Rojas", Eco. 187 (1977), pp. 64-79: "Panorama del exilio". Eco, 205 (1978). pp. 67-83; "Las huellas digitales de Trilce y algunos vasos comunicantes", LAR. revista de literatura. 1 (1983). pp. 13-27. Juan A. Epple. "Trilce y la nueva poesía chilena", Literatura chilena en el exilio. 9 (1978).

4. En la revista Trilce, 13 (1968), algunos poetas plantearon que había una relación conflictiva entre su creación poética y la exterioridad, exigiendo a esa relación un paso necesariamente previo: aclararla. Los que en ese número expresaron aquello fueron: Gonzalo Millán. Omar Lara, Enrique Valdés, Carlos Cortínez y Federico Schopf.

5. No era raro, pues, que en más de alguna lectura o encuentro nacional surgiera esta pregunta: "┐Por qué esta poesía de la angustia si se consideran escritores radicalizados?" Véase, Antonio Avaria, "El encuentro de la sospecha (poesía de Valdivia)". La Nación, 7 de mayo 1976. Este articulo refiere al segundo encuentro de la Joven Poesía Chilena convocado por Trilce en 1967. Se invitó a once poetas: Millán. Hahn. Waldo Rojas. Floridor Pérez. Jaime Quezada, Ronald Kay, Luis Antonio Faúndez, Omar Lara, Enrique Valdés, Carlos Cortínez y Federico Schopf.

6. Bernardo Subercaseaux, "Transformaciones de la critica literaria en Chile: 1960-1982". CENECA (Chile), 1983, pp. 7-11.

7. Estas fueron el desarrollo de la Nueva Canción Chilena a partir de 1964, cuya precursora fue Violeta Parra; una pintura mural y los inicios de un teatro poblacional, principalmente dentro del periodo de Allende, sobre temas explícitamente socio-políticos. Lo que caracterizaba a esas expresiones en ascenso y más adelantadas a la poesía joven fue el sostenido propósito de tematizar artísticamente las preocupaciones de los sectores más marginados, y funcionar también como arma de concientización. Dentro de los tres años de la Unidad Popular, con pocas excepciones todavía experimentales pero que mostraban la apertura de algunos poetas jóvenes, hubo intentos de captar poéticamente el proceso bullente que se vivía. Sobre alguna poesía de carácter contingente dentro del periodo de Allende, véase. Javier Campos, "Poesía y proceso revolucionario". El Diario Color (Concepción), 2 de septiembre 1973, p. 5.

8. Algunos poetas de esta promoción que han sufrido la represión, el encarcelamiento, la expulsión de sus trabajos, la relegación o el exilio, son: Oscar Hahn, Waldo Rojas, Omar Lara, Gonzalo Millán, Federico Schopf, Walter Hoefler, Ramón Riquelme. Cecilia Vicuña, Raúl Barrientos. Nain Nómez, Enrique Valdés, Hernán Castellano Girón. Javier Campos, entre muchos otros.

9. Jaime Concha. Vicente Huidobro (Madrid: Ediciones Júcar, 1980). pp. 30-31.

10. Los escritores más significativos de esta generación, entre otros, son: Nicomedes Guzmán, Oscar Castro, Juan Godoy, Reinaldo Lomboy, Rubén Azocar, Carlos Droguen, Volodia Teitelboim, Guillermo Atias, Francisco Coloane, Carlos Droguett, Fernando Alegría. Luis González Zenteno. Véase, Jaime Concha, Novelistas chilenos (Santiago de Chile: Editorial Quimantú, 1973), pp. 71-81. También, Volodia Teitelboim, "La generación del 38 en busca de la realidad chilena", Atenea, 380-381 (1958), pp. 106-131.

11. Véase, Braulio Arenas, "La Mandragora", Atenea. 380-381 (1958), pp. 9-13.

12. Los movimientos vanguardistas, como supone Ana Pizarro ["Vanguardismo literario y vanguardia política en América Latina", Araucaria de Chile. 13 (1981) pp. 81-96], más allá de ser un espejo de las corrientes europeas han sido también movimientos que tienen relación con ciertos postulados nacionalistas, antioligárquicos. según sean los distintos países en que se dieron. Hasta ahora no existe un trabajo que demuestre aquello en el caso chileno.

13. Braulio Arenas, art. cit., p. 8.

14. Fernando Alegría, "Antiliteratura (3. 'Antipoesia')", en América Latina en su literatura, ed. César Fernández Moreno (México: Siglo XXI, 1972). pp. 249-258.

15. Los poetas antologados por Tomás Lago fueron: Luis Oyarzún, Jorge Millas, Omar Cerda. Victoriano Vicario, Hernán Cañas. Alberto Flores. Oscar Castro y Nicanor Parra. Véase. Nicanor Parra, "Poetas de la claridad". Atenea. 380-381 (1958). pp. 45-48. Rene de Costa, Poetry of Pablo Neruda (Cambridge: Harvard University Press, 1979), p. 211, señala que la antipoesía parriana puede considerarse como un importante antecedente que influencia Estravagario de Neruda.

16. De hecho, en 1965, en el primer encuentro de la Joven Poesía Chilena, que organiza Trilce en Valdivia, hacen su reconocimiento público a la generación del 50. Se leen ponencias sobre la poesía de Jorge Teiller. Enrique Lihn, Alberto Rubio, Efrain Barquero, Armando Uribe. Ello indicaba que no había ningún intento de aparecer iconoclastas con las previas generaciones, sino convivir críticamente con ellas. Gonzalo Rojas, que venia de más atrás (de la del 38), fue uno de los poetas que estuvo más próximos a los más jóvenes. En 1967, con motivo de los 50 años del poeta, muchos poetas de esta promoción lo festejaron en una comida memorable. En él reconocían tanto su conducta poética como la síntesis de los aportes de la vanguardia, y un realismo que no necesariamente estaba dentro de la "claridad social" ni tampoco dentro de la "claridad antipoética".

17. Bastaría un estudio detenido de la poesía: de Jaime Quezada, Floridor Pérez, Ornar Lara. entre otros, para demostrar con más especificidad las relaciones conflictivas con aquel mundo que ya no es absolutamente "lárico". En Jorge Teiller, como ha sido señalado por Jaime Giordano ["La poesía de Jorge Teiller", en Poesía chilena (1960-1965). ed. Omar Lara y Carlos Cortínez (Santiago de Chile: Ed. Universitaria, 1966)], la infancia es el recuerdo amenazado por la temporal. En Quezada y Pérez, lo que hay es una infancia escindida entre un mundo lárico que ya no existe y un mundo más moderno que lo asedia. Es Jaime Quezada quien ha sintetizado lo que ocurre con la poesía "lárica" que practican algunos de estos poetas posteriores a Teiller: "La infancia me parece la parte más profunda de mi vida. No puedo hablar de ella. sino rodeada de calles, de cerezos, de caballos. Una nave espacial mancharía el color de mi cielo (el subrayado es nuestro). Mi poesía está ahora en la ciudad, desafiándome a mi mismo. Es un paso, una liberación. Sin embargo, me ahogo con una cuerda al cuello que nadie ve y todos tiran". Véase, Trilce, 13 (1968), p. 59.

18. Véase, Saúl Yurkievich. "Órbita de hispanoamérica en su poesía". Revista de Literatura hispanoamericana. 4 (1973), p. 16.

19. Véase. Miguel Donoso Pareja, "┐Poesía concreta o poesía en proceso?", Cambio, abril-mayo (1978), pp. 45-55.

20. Dentro de la primera habría que señalar a las siguientes promociones: en Argentina. a través de los grupos Barrilete y Pan duro. los que en 1963 proponían una poesía eminentemente popular y comprometida con el hombre común, poetas en su mayoría "comprometidos" con su realidad. En Ecuador hubo el grupo Tzantzicos (las "tzantzas" son las cabezas reducidas a menos del tamaño de un puño que hacen los indios de la selva oriental ecuatoriana), éste aparece en los inicios de los años 60. Ellos creían en la acción inmediata de la poesía. Se comprometieron con la lucha por una auténtica cultura nacional. Hicieron una poesía de denuncia, combativa y revolucionaria: la praxis política en la literatura. Se negaron a publicar poemas, puesto que serian destinados a satisfacer el gusto de capas sociales élites e insensibles. Su decisión fue declamarlos en escenarios públicos o populares. Querían que el poema fuese una manera de agredir a la burguesía como si éste fuera un palo o una pistola. En El Salvador, las promociones más jóvenes sienten la poderosa influencia de la "generación comprometida" (Roque Dalton, Manlio Argucia y Roberto Armijo, entre otros). La nueva poesía puertorriqueña aparece como poesía de combate frente a la realidad colonial. Para los más jóvenes "no cabe al intelectual puertorriqueño, sino una postura: la critica, la radical, la iconoclasta". Consúltese, Miguel Donoso Pareja, art., cit.; Jorge Boccanera. La novísima poesía latinoamericana (México: Editores Mexicanos Unidos, 1980). Hay en ésta una excelente presentación y selección de poetas que comienzan a publicar a partir de los 60, nacidos todos dentro de los 40. Respecto a la poesía peruana, para Julio Ortega ("Los poetas terribles del 60", La República. 15 de agosto 1982, pp. 16-17). hay dos rutas en la poesía peruana de los 60: la de Javier Heraud -asesinado en la primera guerrilla peruana, 1963-, que señalaba el encuentro con la historia y la política contingente intensamente vivido; la otra. es la del artista como victima de su marginalidad. Estas dos parecen completamente en la poesía peruana de los 60, pero sin asumir ninguna ortodoxia aun cuando todos son militantes y conscientes de un decenio agitado.

21. Sobre el contexto de los sesenta se ha consultado: Agustín Cueva, El desarrollo del capitalismo en América Latina (México: Siglo XXI. 1979); "El desarrollo de nuestras ciencias sociales en el último periodo", en su Teoría social y procesos políticos en América Latina (México: Editorial Edicol, 1979). pp. 69-84; "Problemas y perspectivas de la teoría de la dependencia". Ibid.: "Dialéctica del proceso chileno: 1970-1973", Ibidem También, Hernán Vidal. "Narrativa de mitificación satírica: equivalencias socio-literarias", Hispamérica, anejo 1 (1975) y Literatura hispanoamericana e ideología liberal: surgimiento y crisis (Buenos Aires: Ediciones Hispamérica, 1976). También véase. Oscar Muñoz, "La crisis del desarrollo económico chileno: características principales", CEPLAN, documento 16, Universidad Católica de Chile (1970).

22. Agustín Cueva, El desarrollo del capitalismo..., op. cit., pp. 199-200.

23. Como se sabe, las reacciones a la Revolución Cubana por parte de los Estados Unidos no demoraron demasiado. Frente al temor que proliferaran en el continente experiencias similares, el gobierno estadounidense adoptó dos políticas contrarrevolucionarias en el estricto sentido del término para contrarrestar una nueva amenaza revolucionaria. La primera fase represiva y relativamente discreta -la invasión a Bahía Cochinos en 1961-; la otra de carácter reformista, resaltada por la gran campaña de publicidad de la Alianza para el Progreso (1961). Ambas campaña de publicidad de la Alianza para el Progreso (1961). Ambas fueron formas que asumía la nueva guerra tria que empleó la administración Kennedy para amedrentar posibles movimientos parecidos al cubano (a ello hay que agregar la formación de los Cuerpos de Paz. creados por esa misma administración y bajo la misma filosofía de la Alianza). La Alianza correspondía a la tesis desarrollista, es decir, "una perspectiva global de análisis de que en América Latina si puede haber desarrollo, a condición de ciertas reformas (agraria, tributaria, administrativa, etc.) y ciertas negociaciones (de los términos de intercambio internacional sobre todo) ...una perspectiva global de análisis al proyectar sus ilusiones ideológicas, e imaginar que el desarrollo del capitalismo podía dar como resultado una mejor distribución de la propiedad, del ingreso y del poder" (Agustín Cueva. "El desarrollo de nuestras ciencias...", op. cit., p. 70). Fue ésta la política que asumió el gobierno de Eduardo Frei en Chile (1964-1970), recibiendo la mayor ayuda económica de la Alianza a cambio de introducir reformas en la estructura social-económica (educacional, agraria, universitaria). La ayuda se canalizó también a desmovilizar el movimiento popular chileno, a través de una intensa campaña anti-comunista que ya había comenzado con el gobierno previo (1958-1964). Véase, Richard G. Parker, "Imperialismo y organización obrera en América Latina", Cuadernos políticos. 26 (1980). pp. 37-50. Respecto de la política norteamericana con posterioridad a la Revolución Cubana, consúltese: Adolf, A. Berle. Jr., The Cold War in Latin America, The Brien MacMahon Lectures, The University of Connecticut. October 23. 1961. En cuanto a la campaña anticomunista durante el periodo de Alessandri y Frei. véase: Miles D. Wolpin, "La influencia internacional de la Revolución Cubana: Chile 1958-1970". Foro Internacional 4 (1972).

24. Esos otros sucesos fueron los siguientes. Primero, el desarrollo de una Nueva Izquierda que emerge de la crisis del campo socialista (el conflicto chino-soviético, la polémica de la Revolución Cultural China y la invasión soviética a Checoslovaquia); de la propia guerra de Vietnam. y de los movimientos juveniles estudiantiles norteamericanos y europeos. La síntesis ideológica la componían varios segmentos filosóficos: el movimiento beatnik de los 50, el budimos Zen, el existencialismo. el surrealismo, el sicoanálisis y el marxismo. Con ellos se enfrentaron al tecnocratismo de las economías consumistas, la ultraderecha y los partidos comunistas. Estos últimos fueron catalogados de burocráticos y sin alternativa revolucionaria. En Chile, sería el MIR el ejemplo más notorio de lo anterior. Véase, Hernán Vidal, "Julio Cortázar y la Nueva Izquierda". Ideologies and literatures. 7(1978), p. 48. También. Agustin Cueva, "Dialéctica del proceso chileno: 1979-1973". op. cit.. p. 123. Segundo, las radicalizadas posturas de sectores de la Iglesia latinoamericana, estimuladas por el carácter progresista, pero no menos desarrollista. de la Conferencia Episcopal de Medellín (1968). Estas irían a tener un impacto bastante significativo dentro de los sectores católicos más jóvenes.

"En la etapa del 68 al 72, en los órganos eclesiales jerárquicos, la Teoría de la Liberación. que es la expresión teológica de la teoría de la dependencia y de cierta reflexión marxista en América Latina, comprometida con los grupos populares, se hace ideología preponderante y hegemónica dentro de los órganos más activos de la Iglesia. hasta 1972." Véase, Enrique Dussuel el alt.. Iglesia y Estado en América Latina. Crisis de la Iglesia Católica, junio- septiembre 1969 México: Cidoc Dossier, 1969), n24. Tercero, el desarrollo del foco guerrillero que comenzó con posterioridad a la Revolución Cubana y culmina con la muerte del Che Guevara en Bolivia (1967). El saldo positivo de los movimientos guerrilleros, por un lado. fue entender las diferentes características históricas y políticas que diferencian a los pueblos de América Latina y, por otro, la radicalización de la pequeña burguesía porque permitió visualizar entre éstos a qué clase realmente le correspondía la dirección de la revolución Latinoamericana. Véase, José Luis Alcázar, "Bolivia, el Che y el foco guerrillero". Cuadernos de Marcha. 3, septiembre-octubre (1979), p. 66.

25. Véase. Atilio Borón, "Notas sobre las raíces histórico-estructurales de la movilización política en Chile". Foco Internacional. 1 (1975), pp. 64-121.

26. Armand Mattelart y Manuel Garretón, Integración nacional y marginalidad (Chile, ICIRA, 1969). pp. 161-163.

27. Esta síntesis de los sectores medios corresponde a los planteamientos que hace Sergio Spoerer a un cuestionario y debate sobre "La Universidad Chilena", Araucaria de Chile. 3 (1978), pp. 159-165.

28. Jorge Ahumada. En vez de la miseria (Santiago de Chile: Editorial del Pacifico. 1973). En este texto se puede encontrar el planteamiento teórico del proyecto democratacristiano antes de 1964.

29. Los beneficios de este "modernismo", que puede caracterizarse casi para la mayoría de los países latinoamericanos de la década, sin embargo, fueron más accesibles sólo a ciertas capas más integradas. Dentro de la misma ciudad o en otras regiones del país, en cambio, habían otras viviendo aún en condiciones bastantes tradicionales. cuyo "modernismo" no les tocó. Antonio Skármeta en "Testimonio", Hispamérica, 28 (19S1). pp. 49-64. habla de una cierta vitalidad de los nuevos escritores chilenos insertos dentro de los años sesenta. Habla que su generación vivió la música pop, las molonetas. la desfachatez, el cine francés, etc.. es decir, que ese nuevo deseo más libre de vivir parece haber sido afectado por la irrupción de la transculturización producida en las grandes ciudades latinoamericanas. Idea que volvemos a encontrar en Ángel Rama. "Los contestatarios al poder", en Novísimos narradores hispanoamericano', en marcha (México: Marcha Editores, 1981), pp. 23-24. Nos parece que lo que Skármeta señala para Chile y Rama para toda Latinoamérica es el ambiente sólo de ciertos sectores sociales, incluidas algunas capas intelectuales, más integrados a ese tipo de beneficios. Sin embargo, hubo clarísimos sectores para los que esos beneficios eran inalcanzables (capas medias marginadas en que se incluían no pocos profesionales, artistas e intelectuales, sectores obreros y campesinos).

30. Alain Touraine, "La marginalidad urbana". Revista mexicana de sociología, 4 (1977), pp. 1.109-1.110.

31. El proceso de Reformas Universitarias superó las estructuras académicas y científicas pasadas; integró a los profesores a la dirección y decisión superior; incorporó a los estudiantes al manejo universitario; estrechó las relaciones entre centros superiores de estudio y organizaciones sindicales, a través de programas específicos; incrementó el ingreso de las capas más modestas de la población a la Universidad; y promovió una amplia difusión, extensión cultura y artística. Véase, "La Universidad chilena". Araucaria de Chile. 3 (1978). pp. 119-165. También, Tomás Vasconi e Inés Reca. "Movimiento estudiantil y crisis en la Universidad de Chile". Chile, Hoy (México: Siglo XXI. 1970). pp. 345-385.

32. Esta atmósfera puede generalizarse de la siguiente manera para la mayor parte de esta poesía: cuestionamientos desacralizados de los símbolos religiosos o de poder; atmósfera de ruinez; retrospección hacia una infancia que se ve mutilada; en otros ésta resultaba ciertamente problemática puesto que la recuperación idílica del mundo infantil dentro de los espacios láricos iba siendo afectada por un mundo más moderno que la negaba: las relaciones con el tú-mujer iban desde una relación conflictiva neo-romántica hasta el encuentro teísta, pocas veces visto dentro de la poesía chilena amorosa: había la certeza de vivir una condición marginal que se hacia más notoria en lugares urbanos capitalinos: los seres de la urbe o eran desplomados habitantes -"pájaros en tierra"- o circulaban careciendo de identidad en lugares hostiles y vacíos, los que se reconocían por algunos fugaces contactos, especialmente táctiles, o se les describía esperpénticamente; había un distanciamiento crítico de los ambientes juveniles, alienados por una cultura de masas que irrumpía con más notoriedad en los espacios más urbanizados que en el de la provincia; y. finalmente, un ajenamiento de lo político contingente, junto a una critica irónica de lo "establecido" o "institucional".


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03