Chilenos en Nicaragua

CHILENOS EN NICARAGUA

Leonardo Cáceres

Araucaria de Chile. Nº 30. Madrid 1985

Cuarenta volcanes se esconden bajo el escaso pavimento de Managua. Medio millón de habitantes, probablemente, viven en pequeños grupos de edificios bajos, separados por una huerta, o por varias manzanas de escombros, de otro barrio; en casas de madera, en desvencijados edificios, o en chabolas a orillas de alguno de los tantos cráteres medio llenos de agua. El lago Xolotlán, uno de los dos mares mediterráneos de agua dulce que tiñen de azul la verde geografía de Nicaragua y ocupan, en conjunto, 9 mil de sus 137 mil kilómetros cuadrados de superficie, contempla desde la tristeza de sus profundidades contaminadas la ciudad-héroe de Managua.

Varios cientos de chilenos han vivido y viven allí su exilio. Colaboran en todas las tareas, desde la obligatoria labor de defender la patria amenazada, hasta la de construir, planificar, enseñar, sembrar la tierra, etc. Con tres de ellos nos juntamos al final de un atardecer cálido, para charlar alrededor de una grabadora sobre las experiencias de su vida en Nicaragua. Ellos son profesionales y al mismo tiempo responsables de distintos grupos políticos. Hablaron, pues, poco de sí mismos, de la pequeña peripecia de la vida diaria; prefirieron los temas más generales o más colectivos, y los abordaron con apasionamiento y franqueza.

(Para un nativo de Antofagasta criado en el árido desierto nortino y, por añadidura, habitante, hoy, de Madrid, el verde restallante y rumoroso de la naturaleza de Nicaragua resulta sobrecogedor. La casa en que estamos se encuentra en medio de un bosque. Iba a decir "en las afueras", pero todo. absolutamente, está "en las afueras" en Managua. Un ruido inquietante, como de caballos que galopan en el techo, interrumpe la conversación. Los anfitriones se ríen: son "garrobos", especie de iguanas grandes -o dragones en miniatura- que viven en los entretechos de todas las casas. Durante el día toman el sol en las terrazas o en las copas de los mangos, donde se alimentan de insectos y de hojas de los árboles. Ahora se ha hecho de noche, y el galope ha cesado.)

Gladys: Roger Miranda es un nicaragüense que conoce muy bien a Chile. Actualmente es subcomandante del Ejército Popular Sandinista (EPS), es ayudante del Comandante Ortega. Estudió economía en Chile, y el 11 de septiembre fue una de las víctimas de la xenofobia que se generó por la dictadura militar. Vivía en las Torres de Tajamar y fue detenido junto a una gran cantidad de nicaragüenses. Cuenta que estuvo durante muchas horas tendido en el suelo con las manos atadas a la espalda. En un momento determinado les ordenaron a todos los que estaban en ese grupo ponerse de pie. El supone que un soldado se puso nervioso y le disparó en una cadera. Estuvo a punto de perder una pierna. Pero se salvó por una cosa muy curiosa. El soldado que lo atendió después de ese incidente no sabia dónde quedaba Nicaragua. Por lo tanto, no supo qué hacer; no pudo juzgar si era extranjero bueno o extranjero malo. Y entonces lo mandaron al hospital Salvador. De allí él tiene un muy lindo recuerdo de una enfermera, cuyo nombre conserva, e incluso le ha escrito algunas veces. Esta enfermera tuvo una actitud extraordinariamente solidaria y fraternal con él. Por ejemplo, se ofreció para llevarle algunas cartas que envió a Nicaragua, dirigidas a su familia, para que supieran qué pasaba con él. Finalmente pudo salir del país.

Roger ha sufrido mucho por ese accidente. Le colocaron una prótesis en la cadera, y cada cierto tiempo debe someterse a un tratamiento. El se reúne, ya casi ritualmente, con un grupo de chilenos, todos los días 20 de septiembre, aniversario del día en que lo balearon en Chile. Tiene recuerdos de Chile que resultan mucho más nítidos que los de los propios exiliados.

El ha sido, como muchos nicaragüenses que han estado en Chile y que tienen un recuerdo muy bueno de la hospitalidad del pueblo chileno, una de las personas que procuran retribuir lo que recibieron allá, tratando con afecto y cariño a los chilenos.

-¿Cuánto tiempo llevas tú aquí, en Nicaragua?

-Cinco años.

-¿Cuál ha sido tu experiencia, tu vivencia de la revolución?

-De mis años de exilio, no hay duda que ésta ha sido la etapa más importante, más profunda. Primero, porque es difícil sentirse exiliado en Nicaragua. Esto es lo más cercano a la patria que hemos encontrado. Especialmente quienes veníamos de un exilio europeo. Hay muchas cosas que influyen. Primero, que aquí se está viviendo una experiencia revolucionaria que es de nuevo tipo. Es inédita en América Latina, como es inédito en realidad todo proceso revolucionario.

En el caso de Nicaragua, éste es un pueblo extraordinariamente afectuoso, cálido, y del cual tenemos mucho que aprender. Me refiero a nosotros los "conosureños". Naturalmente, hablo de un ámbito más grande que los chilenos. Aquí hemos aprendido que somos "conosureños".

Hay que aclarar que nosotros, en Chile, sabíamos muy poco sobre América Central. Incluso, nos costaba situarnos geográficamente. Para mí era una mezcla muy difusa esto del Caribe y de Centroamérica. Nosotros hemos vivido muy aislados, muy enclaustrados geográficamente.

Estos pueblos son muy diferentes a nosotros. Independientemente de que tengamos raíces comunes, culturalmente -y ellos muy suavemente nos lo señalan- somos distintos. Nosotros somos mucho más fríos, menos extrovertidos; si hay algo que hemos tratado de aprender, en especial de los nicaragüenses, es un poco de modestia. Este es un pueblo que ha hecho grandes cosas con una tremenda modestia. Nosotros, en el Cono Sur, tenemos el hábito, la costumbre de "bocinear" mucho lo que hacemos, y a veces es más lo que "bocineamos" que lo que hacemos.

Los chilenos aquí hemos aprendido a convivir con el pueblo nicaragüense. Yo creo que hay en esto dos etapas. La primera es que, aunque no lo dijéramos, los "conosureños" pensábamos que teníamos mucho que aportar, mucho que entregar, porque el tipo de desarrollo del capitalismo que se ha dado en nuestros pueblos es diverso. Nos ha marcado en forma diferente. Nuestros pueblos del Cono Sur han tenido mayor acceso no sólo a formas de instrucción, sino también a seguridad social y a muchas otras cosas que han permitido, en algunos planos, un desarrollo especial de nuestro movimiento obrero, de nuestros profesionales, de nuestra Universidad. En cambio estos pueblos de Centroamérica han sufrido el rigor de oligarquías mucho más voraces. Por lo tanto, la mayoría del pueblo ha quedado mucho más marginada todavía que la de nuestros países, de un consumo mínimo. Piensa tú que en Nicaragua se han vivido cuarenta años de dictadura tremendamente oscurantista.

Retomando la idea anterior, nosotros creíamos que podíamos aportar muchas cosas. Pero el proceso en definitiva ha resultado ser a la inversa.

-¿En lo personal, que ha significado para ti, Cecilia, vivir aquí?

Cecilia: Yo creo que Gladys dijo lo que ha sido esta experiencia, más o menos, para todos los chilenos. Vivir aquí es educarse, es un poco, en cierta forma, volver a nacer.

Primero, ver Chile desde fuera es una cuestión muy grande. Esto que se dice de nuestro aislamiento geográfico, creo que es algo muy serio. Se trata de un aislamiento cultural, humano, de todo. Vernos desde afuera es muy importante. Empezamos a hacernos un poco la radiografía de nosotros los chilenos, que no somos "el hoyo del queque". Empezamos a descubrir que hay pueblos muy ricos, que han ganado tanto... Hablar de Cuba, donde estuve antes de venir aquí, es para mí algo muy difícil, porque estoy llena de recuerdos y de emociones. Cuba es un pueblo esencialmente internacionalista. Eso tú lo sientes en todas partes.

-Pero tú estás hablando de un país que, cuando tú llegaste, tenía ya quince años de revolución. En cambio, al llegar tú aquí, a Nicaragua, ¿cuánto tiempo había pasado del triunfo de la revolución?

-Cuando yo llegué. Nicaragua tenía dos años y medio de revolución.

-¿Y cuál ha sido tu experiencia aquí, obligatoriamente distinta aunque sea por ese solo hecho de una revolución ya asentada y otra que nacía...?

-Creo que antes hay que ver por qué dejé Cuba y por qué me vine para acá. Yo tenia en la mira el retorno a nuestra patria. Al venirnos a Nicaragua sentíamos que estábamos acercándonos a Chile. Nos pareció que estar aquí nos iba a significar la experiencia de vivir en una situación más cercana a la que pudiéramos llegar a vivir en Chile, sobre todo por mis hijos. El socialismo es seguridad, es tranquilidad, es educación para todos, es vivienda para todos, es salud para todos, y nuestros hijos se educaron en ese socialismo, en esas condiciones. Pensamos que en algún instante íbamos a llegar a Chile, y nuestros hijos se iban a encontrar con el capitalismo crudo y los iban a pillar sin defensas. Pensamos que era necesario pasar por una etapa distinta, tratar de amortiguarles este golpe.

Llegamos sabiendo muy bien a lo que veníamos. Muchos compañeros ya habían estado aquí y nos habían hablado de Nicaragua en términos de la lucha del pueblo, pero también de la miseria, del atraso, de una situación que para nosotros era desconocida, y fruto de un desarrollo social y económico muy distinto a Chile, donde no habíamos tenido que sufrir una dictadura de cuarenta años tan oprobiosa como la de Somoza. Lo primero con que nos enfrentamos al llegar fue ver niñitos en el aeropuerto que cargaban maletas más grandes que ellos, y pedían limosna; limpiaban los autos y pedían limosna; o por último te paraban en la esquina para pedir limosna. Esto ya no se ve en Nicaragua. Ya no se ven niñitos pidiendo limosna.

En resumen, al llegar nosotros a Nicaragua fue como llegar a lo nuestro, como reencontrarnos, pues el pueblo es muy parecido al nuestro. Ahora quiero aclararte que no me refiero al santiaguino; hablo de un pueblo chileno más en general. Los santiaguinos somos un poco como sin historia, sin raíces, sin un sello propio. Aquí hay un pueblo muy parecido al que tú te encuentras más al norte o más al sur de Santiago. Es muy similar al campesinado chileno, a la clase obrera, a la gente sencilla y humilde de Chile.

Incluso dentro del medio en que nosotros nos movemos, el medio profesional, hemos visto que hay una gran sencillez, muy claro en lo que tiene que hacer y muy consciente de todo lo que hay que rehacer, o empezar a hacer por primera vez: hacer un país más digno, con las mínimas condiciones de independencia y libertad.

-Sí. pero hasta ahora te has movido en el plano de ¡os conceptos. Yo quisiera conocer tu experiencia personal de chileno metido en este baile. ¿Podrías responder tú. Iván?

Iván: Uno llega con la idea de que viene a un pueblo que ha sufrido cuarenta y seis años de dictadura oscurantista, en el que el 60 ó 70 por ciento de la población padece analfabetismo, en que la esperanza de vida es de cuarenta a cuarenta y cinco años. Uno piensa entonces que con nuestro nivel profesional, universitario, podemos hacer un gran aporte. Y efectivamente, llegamos con esa idea: aproximarnos a Chile, pero dejando algo, haciendo un aporte para la construcción de algo diferente. Pero se encuentra realmente con una novedad: sin darte cuenta, casi, te incorporas a esta revolución y comienzas a aprender. Los esquemas que traías se rompen. La vida del pueblo, en su lucha por la dignidad, encuentran plena justificación y se engarzan perfectamente con las aspiraciones que uno tiene como revolucionario en abstracto. Aquí las teorías, las metas abstractas, encuentran su forma concreta.

- Volvamos a comenzar la ronda. Gladys, ¿qué te vas a llevar de Nicaragua, que sea trasplantable a Chile?

Gladys: Creo que hay una cuestión que escapa a la problemática personal. Creo que nosotros tres podemos representar muy cabalmente a todos los chilenos que hemos tenido el privilegio -porque lo consideramos un auténtico privilegio- de haber vivido estos duros años de la revolución nicaragüense. Creo que la mejor forma de expresar lo que ha sido esta experiencia es hablar de una etapa de aprendizaje. Hemos aprendido muchas cosas. En primer lugar, creo que hasta que vivimos aquí, no habíamos tenido nunca la sensación, la vivencia que significa el que un pueblo comparta un sentimiento antiimperialista como el que tienen todos los nicaragüenses. Yo pienso que la clave, la llave maestra del triunfo en este país ha sido el contenido antiimperialista de la revolución, que supo canalizar un profundo sentimiento de este pueblo, que alcanza incluso a sus distintos estratos sociales. Hay que entender que Nicaragua es un pueblo agredido desde principios de siglo por el imperialismo. Aquí todos, cual más cual menos, tienen una experiencia que nosotros no tenemos, o que la tenemos mucho más sofisticada, emboscada, en Chile. Aquí ha habido gobernadores norteamericanos, aquí se han regido por leyes norteamericanas, por disposiciones que el Departamento de Estado simplemente imponía. La misma Guardia Nacional, el ejército pretoriano de la dictadura somocista, fue una idea y una creación de Estados Unidos. ¡Ni siquiera nació como una idea de la burguesía local!

-Y esto de que hablas, ¿es una cuestión trasplantable? Fíjate que hablamos de vivencias, de sentimientos...

-Yo creo que es perfectamente trasplantable. Porque muchas veces para nosotros, el imperialismo en Chile, por la sofisticación que ha tenido en la forma de influir y de penetrar en el tejido social, no lo percibimos con la misma fuerza que acá. Muchas veces se dice en Chile que esto del imperialismo son "cosas de los comunistas". Esto de echarle la culpa de todo al imperialismo, se convierte en algo casi anecdótico. Recuerdo que en los años de la Unidad Popular había hasta chistes sobre este tema; que no hay pan, la culpa es del capitalismo... que no hay café, la culpa es del imperialismo... Hacíamos hasta bromas con esto, sin darnos cuenta de que se trata de algo dramáticamente cierto. Aquí, en Nicaragua, esto se presenta en toda su brutalidad, en toda su crueldad. Y quizá nunca tanto como en estos últimos años que hemos vivido, en que sufrimos el acoso de las bandas contrarrevolucionarias que actúan a lo largo de todas las fronteras, y que hoy ya es un secreto, no a voces, sino a gritos, de que las financia Estados Unidos.

La segunda cuestión que uno aprende aquí es que no hay ejército, por poderoso que sea, que pueda vencer a un pueblo que se pone de pie. Esta es la lección más grande que los chilenos nos llevamos de aquí.

Hemos aprendido también otra cosa: el difícil precio de la libertad. Esta es una revolución que tiene que ser defendida todos los días, y veinticuatro horas cada día. Este es un pueblo que no se puede permitir el lujo de dormir.

-Me gustaría conocer algunas cifras. Por ejemplo, cuántos chilenos llegó a haber en Nicaragua, y en qué sectores de la actividad revolucionaria participaron.

Iván: Chilenos han participado en la fase final de la gestación del proceso revolucionario, haciendo un aporte, si no decisivo, por lo menos significativo en la consecución del triunfo. Sin embargo, yo diría que la participación de los chilenos en el triunfo y en la gestación del proceso revolucionario sandinista, tiene una importancia básica, que se traduce en nuestra identificación con nuestras propias cosas. El proceso nicaragüense tiene la virtud de resumir, de sintetizar de alguna manera, las aspiraciones que hoy día, después de once años y medio de exilio, no son únicamente las aspiraciones de los chilenos, sino que del gran pueblo latinoamericano.

Nosotros, los chilenos, éramos una isla. Vivíamos al margen de la corriente latinoamericana que nos integra como pueblo. Por eso, esta vivencia en Nicaragua nos hace sentirnos muy cerca de Chile y, al mismo tiempo, proyectados en una dimensión más exacta, como latinoamericanos integrados frente a una misma problemática antiimperialista.

-Veamos las cosas como son. A ustedes les ha tocado y les toca vivir la guerra. Quiero decir, una experiencia totalmente distinta a la que vivimos nosotros en Chile en el período de la Unidad Popular, y totalmente diferente a la que se vive hoy mismo en América Latina en su conjunto.

Cecilia: Antes que nada quiero aclarar algo. La guerra en Nicaragua no es lo mismo aquí en Managua que en la frontera con Honduras. Algo que los imperialistas quisieran es tener un frente interno. Afortunadamente para nosotros, y muy desgraciadamente para ellos, no han logrado hacer que nadie se levante en forma organizada contra la revolución. Eso significa que nosotros vivimos aquí en Managua una paz subsidiada. Esto es interesante de conocer.

-¿Has dicho "paz subsidiada"?

-Exactamente. Porque estar tranquilos aquí en Managua significa que tenemos decenas de miles de jóvenes luchando en la frontera, y que nos permiten estar aquí, esta noche, conversando con tanta tranquilidad. En este momento hay un pueblo entero movilizado en las fronteras, defendiendo esta noche en que estamos conversando. Podemos hablar entonces de la guerra y hablar de la paz, únicamente en este contexto.

Ambiente de paz -te decía "paz subsidiada"- que incluso dificulta a algunos de nuestros propios compañeros que están muy relacionados con nosotros, pero viven en el exterior, la comprensión de la realidad nicaragüense. Porque no captan el sentido de la guerra como lo percibimos nosotros, nosotros los "managua", los que habitamos aquí. Nosotros vivimos la guerra en parte por la televisión, y en algunos momentos por acciones aisladas del enemigo en centros urbanos, como el ataque a Corinto, o bombardeos también aislados en Managua, o el paso del avión espía norteamericano.

Sin embargo, nosotros aquí en Managua no estamos sufriendo directamente la intervención. Pero claro que hay momentos en que los peligros de intervención, por situaciones políticas agudas que se dan en Estados Unidos o en otros países del área, se agudizan especialmente. Y esto "casualmente" coincide también con las otras guerras que hay que dar aquí, que son las guerras económicas, como por ejemplo, sacar la cosecha cafetalera, que está en la zona de combate, por sacar la cosecha del algodón, que felizmente está un poco más acá, en la zona del Pacífico, por sacar la cosecha del azúcar... Y con todos los problemas del atraso que aquí existe, pues no hay ninguna mecanización, faltan herramientas, etc. Sólo hay voluntad, pues muchas veces ni siquiera hay brazos suficientes, y hasta eso hay que improvisarlo.

Ahora bien, para el grueso de los chilenos que vivimos aquí en Managua, esto no quiere decir que estemos aislados del problema de la guerra, la paz, la defensa, etc. Porque nadie te pregunta si eres extranjero o nacional para ir a la guerra. El problema de la paz o la guerra es un problema de todos los habitantes de Nicaragua. En ese sentido no tenemos ninguna restricción, de ningún punto de vista: ni legal, ni institucional, ni militar ni de ningún orden, para integrarnos activamente a todos los niveles de defensa del país.

Todos y cada uno de los chilenos están realmente integrados a la vida nicaragüense. No hay un chileno que esté al margen del proceso. En la misma medida que el pueblo se organiza, nosotros también nos organizamos como parte de ese pueblo. Por ejemplo, en las medidas de la defensa: la defensa civil -y esto significa que no te vas a encontrar con ningún chileno que no tenga una colección de callos en las manos, hechos en la construcción de refugios antiaéreos; vale decir, que cada habitante de Managua debe tener un agujero donde meterse a la hora de un bombardeo, bombardeo que hasta hace un año atrás podía ser hipotético, pero que hace algunos meses dejó de ser una amenaza abstracta, pues cayeron algunas bombas en el colegio de Centroamérica y porque sentimos los aviones espías-.

El problema de la defensa tiene que ver también con lo que decía Gladys. ¿Qué nos llevamos a Chile? El problema de la defensa no es puramente militar ni tiene que estar a cargo de un grupo especializado de compañeros; es un problema que se resuelve únicamente con la participación activa, decidida, organizada, de todo un pueblo, en todas las esferas de la vida nacional.

-Todo el mundo sabe, y ustedes también lo cuentan, que quienes van al frente son los jóvenes, adolescentes en muchos casos. Muchachos de la edad de los hijos de ustedes. ¿Qué comentarios puedes hacer al respecto?

Iván: En primer lugar, yo diría que somos un poco injustos cuando decimos "incluso los jóvenes", porque esta revolución nicaragüense es una revolución de los jóvenes. Esto es indudable. Porque se trata de un país superexplotado y subdesarrollado, donde la esperanza de vida de la población no pasa de los cuarenta años. Donde los dirigentes de la revolución tienen todos entre los treinta y los cuarenta años. Es una revolución de jóvenes. Los representantes diplomáticos de Nicaragua tienen muchas veces veintitrés, veinticinco años: los que representan a la revolución nicaragüense ante los gobiernos europeos, en Naciones Unidas, en los diversos foros mundiales, son todos jóvenes.

Para nosotros ha sido una experiencia extraordinariamente impactante esta participación de los jóvenes. Nuestros propios hijos, los hijos de los chilenos que estamos aquí, se han incorporado y se han sentido interpretados. Son jóvenes de catorce, quince años, que se incorporan al proceso de defensa de la revolución, que se van a la frontera incorporados a los batallones de reserva del Ejército Popular Sandinista, para defender la revolución.

Esta ha sido para mi una enseñanza extraordinaria: la fuerza, la vitalidad de la juventud en la defensa de su patria, de la revolución y de la forma cómo ellos sienten los ideales y aspiraciones de un pueblo que busca defender su propia dignidad. Los muchachos van, es cierto que a veces con un grado de conciencia bastante rudimentario, pero con una vitalidad y una identificación con esos valores, que vale volúmenes enteros de teoría. Es un problema fundamentalmente moral.

Para derrotar la revolución nicaragüense, el imperialismo norteamericano se ve abocado a ejecutar un genocidio, especialmente de los jóvenes, de personas que quieren vivir; y eso tendrá que conmover la dignidad y la conciencia de toda la humanidad, aún cuando la opinión pública mundial esté hoy día algo enajenada por la información difundida por los norteamericanos. Tarde o temprano, va a reventar esta situación, porque tarde o temprano, si el imperialismo se resuelve a irrumpir aquí en Nicaragua, se verá obligado a masacrar a toda la juventud y a todo un pueblo. No hay otra forma.

Por eso es que para nosotros, los chilenos, esto es una enseñanza que modifica nuestras costumbres de vida, pero que al mismo tiempo nos muestra que en Chile en algún momento tendremos que vivir estas circunstancias, porque como ya se ha dicho aquí mismo, el imperialismo norteamericano no va a estar al margen de nuestras aspiraciones por conquistar, en Chile, nuestra libertad y nuestra soberanía.

-¿Podrías precisar el número de chilenos que han hecho un aporte aquí, en el proceso sandinista, y en qué tareas específicas?

Gladys: Hablemos de centenares. Ha habido varios centenares de chilenos que vinieron fundamentalmente como técnicos a Nicaragua, después del triunfo, para hacer un aporte en lo que esta revolución requería. Se trata de una revolución muy joven y que, además, se encontraba con el problema de que la educación en este país era extraordinariamente elitista. Por tanto, la cantidad de técnicos con que contaba la revolución era mínima, y necesitaba una fuerza externa. Entonces vinieron no solamente chilenos, sino también muchos europeos y muchos latinoamericanos, de diferentes países, a entregar su cuota. Entre esa cantidad llegaron también chilenos. Muchos llegaron por convenios de gobierno a gobierno: se trataba de chilenos que estaban exiliados en Europa y que se incorporaron a convenios firmados entre el gobierno sandinista y el gobierno europeo del país en que ellos vivían.

Nosotros dividimos la afluencia de chilenos en dos grupos. Primero, los compañeros que se incorporaron a la lucha de liberación en su última etapa, y que, por tanto, pelearon contra el enemigo somocista codo con codo con los nicaragüenses. Y según manifiestan los compañeros nicaragüenses, fue una participación bastante contundente y en una etapa final de la lucha, se trató de un aporte que los propios nicaragüenses califican de trascendental. Se trataba de compañeros chilenos de distintos partidos políticos de la izquierda. La mayoría de ellos ya no se encuentra aquí. Cumplieron esa etapa y se fueron.

La segunda etapa, el otro grupo, es el de los técnicos. Son la mayoría. Vinieron como profesores universitarios, profesores secundarios, asistentes sociales, médicos -por ejemplo, el sector de la salud es uno de los más importantes, pues vinieron muchos médicos, enfermeras, técnicos laborantes-, arquitectos, ingenieros, técnicos en diferentes disciplinas, físicos, economistas, sociólogos, periodistas... Vinieron a responder a una necesidad que había en ese momento. Han pasado cinco años de la revolución, y la verdad es que esa cantidad de extranjeros, de internacionalistas, como con mucho cariño se les llama, ya no tienen ese rol tan fundamental. En cinco años la revolución ha sido capaz de formar sus propios cuadros técnicos. De hecho, con la solidaridad de países amigos, tanto latinoamericanos como europeos, fundamentalmente países socialistas, han estado formando los técnicos que necesitan, y estos ya están regresando al país. Es decir, que hoy empiezan ya a recuperar esos espacios que estaban cedidos a los internacionalistas.

Hoy día la cantidad de extranjeros que hubo en el primer momento ha disminuido mucho.

-¿Cuál es el proyecto de ustedes, permanecer aún algún tiempo más en Nicaragua, o seguir el camino de los que se han ido?

Cecilia: Yo creo que todos los chilenos que estamos fuera del país, ya sea aquí en Nicaragua o en cualquier otro país, estamos intentando volver a la patria. Yo creo que desde el primer día hemos estado machacando en esto. Pero, además, estamos convencidos de que este año, 1985, es un año decisivo de la lucha en nuestro país, así que siempre está la alternativa de acercarse todavía un poco más, a algún país donde quizá la labor solidaria con nuestro pueblo sea más decisiva y, yo diría, más efectiva. Eso en el campo global de la solidaridad.

Después de cinco años aquí en Nicaragua, y con un pueblo tan receptivo, la solidaridad con Chile es algo muy sentido por todos los nicaragüenses. Es un sentimiento que yo diría que marcha sobre rieles propios. El pueblo de Nicaragua siente verdaderamente la necesidad de ser solidario con nuestra patria, con Chile. Por ese lado, nosotros sentimos que nuestra tarea solidaria debe ser todavía más estrecha. Yo creo que hay que acercarse. No podemos seguir tan lejos en número de kilómetros, de Chile. Los propios compañeros nicaragüenses nos han enseñado que el mejor aporte solidario que podemos hacer los chilenos es hacer nuestra propia revolución. Eso está totalmente claro.

Gladys: Una de las cosas que más satisfacción nos ha dado a los chilenos es comprobar lo adentrado que está Chile en el conjunto del pueblo nicaragüense, no sólo en su clase dirigente. Por lo menos en lo personal, hay mucha gente que me ha contado lo que sintió cuando ocurrió el golpe militar en Chile. Incluso, los sentimientos familiares sobre la muerte de Allende. Y además, una cosa muy extraordinaria. Yo estoy aquí desde principios del año 1980, o sea, desde seis meses después del triunfo. Yo me encontré cuando llegué aquí con pinturas, con rayados murales en las ciudades de Masaya y de Granada, que decían "abajo la dictadura gorila", "viva Allende".

Para nosotros eso fue tremendamente impactante. Se trata de pueblitos muy pequeños, donde los propios campesinos habían expresado así lo que sentían.

El primer 11 de septiembre que vivimos aquí, en 1980, hicimos una serie de manifestaciones en diferentes ciudades. Primero se voceaba que iba a haber un acto en favor de la resistencia chilena, por el pueblo de Chile, y la cantidad multitudinaria de gente que asistía a oír al orador chileno que explicaba lo que estaba pasando en Chile, era realmente impresionante.

Cecilia lo explicaba en cierta forma: después de algunos años vividos aquí, sentimos que ya no tenemos que explicarle al pueblo qué es lo que está pasando en Chile. Todos lo saben perfectamente bien y solidarizan con nosotros. Pienso que el día que se libere nuestro país, en Nicaragua, sin duda, habrá una fiesta nacional. Esto es lo que expresa auténticamente el sentir de este pueblo con relación al nuestro.

Si tú me dices qué significa esto, si en esto han tenido que ver los chilenos que estamos aquí, si en esto influye los muchos nicaragüenses que fueron exiliados y estudiaron en Chile, yo creo que un poco de todo. Por lo demás, influye también poderosamente el carácter eminentemente internacionalista del sandinismo, y lo culto que hoy día es el pueblo nicaragüense. Creo que aquí se sabe infinitamente más de lo que pasa en los demás países que lo que alguna vez nosotros conocíamos de Nicaragua, por ejemplo. Por suerte, para nosotros, nos reivindicó Gabriela Mistral, quien en forma muy visionaria hizo poemas sobre Sandino. Pero en general, para decirlo con propiedad, los chilenos sabíamos muy poco de las luchas de este pueblo.

-Gabriela Mistral reivindicó, descubrió la cultura nicaragüense. Yo quisiera remontarme a otra anécdota: los dos más grandes poetas que han existido este siglo, tal vez, en Chile y en España, se conocieron en Buenos Aires hablando de Rubén Darío.

-Si, y más aún, creo que no hay ningún chileno que no haya aprendido de memoria en su niñez algún poema de Rubén Darío. Pero de lo que no sabíamos prácticamente nada era acerca de la lucha de este pueblo.

-Sí, Gabriela Mistral fue precursora en ello.

-Sin duda. Fíjate que al poema de ella sobre Sandino aquí le pusieron música y lo cantan por todas partes.

Hay también otro fenómeno interesante. El marco político, ideológico, en que se vive aquí, nos ha entregado tales enseñanzas, que este es un país en que no ha costado nada la unidad entre los chilenos. Es quizá la experiencia unitaria más rica que se ha vivido y se vive en el exterior del país. Pocas cosas unen más a los hombres que vivir simultáneamente las penas y las alegrías. Nosotros hemos formado parte en estos años de las alegrías, de las penas, de las ilusiones y las angustias de este pueblo. No sólo esto ha tenido la virtud de hermanarnos con el pueblo nicaragüense, sino también de hacer que nos entendiéramos mucho mejor entre nosotros, los chilenos, que somos de distintos partidos, o no pertenecemos a ninguno.

Otra experiencia, otra enseñanza que recogemos aquí en Nicaragua, es que este pueblo fue capaz de construir su victoria sólo cuando logró la unidad de las fuerzas revolucionarias. Esto te lo queremos contar porque ocurre que muchas veces es fácil decir estas cosas. Pero de aquí se han ido ya muchos compañeros a Chile, y los que se han ido fueron precisamente pequeños y grandes artífices de la unidad en la base y en la superestructura de nuestro pueblo. O sea, que los que se han ido son portavoces de la idea de la unidad del pueblo, porque están ansiosos de transmitir esta experiencia que todos nosotros hemos vivido aquí, al alero de esta revolución.

Cecilia: Yo vine aquí como arquitecto, pero la necesidad estaba planteada en el campo de la educación. Yo nunca había sido profesora, pero me convertí aquí en profesora, y trabajo con jóvenes nicaragüenses, lo que es una experiencia extraordinaria. Durante el día doy clases a jóvenes, y por la noche a trabajadores, a quienes la revolución les ha abierto las puertas de la universidad.

Ahora, en esta actividad, suele pasar que de repente un joven comienza a faltar, es decir, deja de ir a clases, y si pregunto por él me traen su libreta de movilización. Es decir, que los jóvenes, estudiantes o trabajadores, dejan las aulas universitarias a las cuales únicamente han podido llegar gracias a la revolución, justamente para ir a defender la revolución. Hay una unidad lógica en esta conducta de los jóvenes que han llegado a la universidad y la dejan temporalmente para ir a defender esta revolución que les permite que ellos estudien. Esos son mis estudiantes.

En 1984, los cursos se han reducido en número por razones de la guerra. Además, los grupos de estudio son más pequeños, porque se decidió buscar mejor calidad con menor cantidad. Es un problema económico: invertir menos recursos, y obtener mayor ganancia. Yo tenia entonces un grupo de veintitrés estudiantes, de los cuales eran más mujeres que hombres. Eso fue en el primer semestre. Las edades eran todas entre los dieciocho y los veintiún años. En el segundo semestre entré al aula y me encontré con once muchachas y dos muchachos. Pregunté que dónde estaba el resto, y me dijeron que habían sido llamados para el Servicio Militar Patriótico. Le pregunté entonces a los dos varones que estaban allí qué pasa con ustedes. Me dijeron que como ambos eran mayores de veintiún años, no habían sido llamados.

Es decir, de mis estudiantes, todos fueron llamados, y todos acudieron al llamado. Eso es interesante. Esta generación es absolutamente fruto de la revolución. ¿Y cuál es la actitud de las mujeres, que se quedan estudiando? Debo decirte que, por ejemplo, yo tengo un cien por ciento de promoción. Todas son excelentes estudiantes, y están, además, muy conscientes de que a ellas les ha correspondido estudiar, y, por tanto, es probable que dentro de algunos años ellas sean arquitectos y formen parte de una generación de mujeres arquitectos. Mientras que sus compañeros, combatiendo en la frontera, han permitido que ellas estudien. Es probable que los hombres se gradúen tres años después... y tal vez, algunos de ellos no lleguen a graduarse, porque habrán dado su vida por la revolución. Pero ellas no sólo están constantemente recordándolos, sino que además les están ayudando a dar esa pelea. Se organizan, por ejemplo, para ir a verlos, cuando es posible verlos, ya sea en un campo de entrenamiento o cuando están cerca de algún pueblo. Algunas son novias de los que combaten.

En fin, lo que quiero decirte es que en la Universidad se vive con la gran alegría de la juventud todas las tareas y labores de la vida. Hemos vivido también el tremendo dolor por algunos compañeros que no han vuelto. El caso, por ejemplo, del estudiante Marión Zelaya. Uno dice, bueno, los héroes se hacen de un día para otro, los héroes se hacen porque caen, o es porque han sido siempre héroes. Marión era un muchacho tremendamente alegre, con una maravillosa capacidad de organización y entusiasmo. Organizaba a sus compañeros en los estudios, en las entretenciones, para el trabajo de la recogida del café, del azúcar. Era además muy buenmozo y, como te digo, de una facilidad de contacto y comunicación tremenda. Era también muy buen estudiante. Un día se movilizó con un batallón de la juventud, el 3.072, y cayó en una emboscada en el río San Juan. Era sólo uno de los compañeros de la Universidad. Lo conocíamos más porque era de nuestra Escuela. Al poco tiempo cayeron diecisiete compañeros de la universidad.

Es tremendamente doloroso que esos jóvenes, que lo dan todo, a veces no vuelven del combate. Pero la mayor parte vuelve y se reintegra a su vida normal, como estudiante o trabajador; y lo impresionante que el frente es también una escuela de formación política. La mayor parte de la Juventud Sandinista se gana en el frente. Muchachos que fueron porque sintieron la necesidad de ir a defender a su patria, vuelven convertidos en hombres más recios, más maduros, siempre jóvenes, siempre alegres y dispuestos a todo. Y, por regla general, vuelven mejores estudiantes, más conscientes.

Trabajar con jóvenes, como puedes ver, es extraordinariamente estimulante. Y es verdad lo que decía Iván de que esta revolución es muy joven. ¿Sabias, por ejemplo, que el derecho a voto es a los dieciséis años? Porque aquí están votando por la paz y por la vida, con un fusil en la mano, en la frontera, a los nueve años; es un país donde hay héroes de doce años, como Lucas, o muchachas heroínas de quince, como Lienda; entonces, cómo no van a tener derecho a algo extraordinariamente más simple como es ir a votar.

Gladys: En este tema de la juventud, yo quisiera señalar dos ejemplos que a nosotros nos toca vivir como adultos a partir de los jóvenes, hijos nuestros, que tenemos aquí. Uno es, por lo menos en el caso de mis hijos, la experiencia que ellos han vivido en el colegio en que se educan. Ellos tienen de compañeros tanto a hijos de proletarios, de obreros, como a hijos de miembros del COSEP, o sea, la patronal que en Chile equivaldría a la SOFOFA. Ellos eran tan amigos de unos y de otros, todos condiscípulos. Cuando se decreta el servicio militar patriótico aquí en Nicaragua, la burguesía empieza a sacar a sus hijos al extranjero antes de que sean llamados al servicio militar. Y nosotros hemos podido ver muy de cerca el auténtico drama, el choque que se produce en esos niños, compañeros de mis hijos, que son sacados obligatoriamente por sus padres fuera del país, a vivir en Miami, en Nueva York, en Caracas, en Honduras o en Costa Rica. Se les genera una enorme contradicción. Se sienten nicaragüenses, han aprendido al calor de la vida diaria con sus condiscípulos a querer esta revolución, y hacen frente a la orden de sus padres de trasplantarlos sabiendo además que por el hecho de abandonar el país, se convierten en desertores, y que su reimplantación en su propia patria se les hace difícil. Eso hay que entenderlo de la siguiente forma: el nicaragüense, cualquiera que sea su extracción de clase, es un hombre muy ligado a su tierra, dado que éste es un país muy especial, de lagos, montañas, mar, de vegetación exhuberante; éste es un pueblo de poetas; extraordinariamente rico en recursos naturales. Es un pueblo que, para nosotros que también somos trasplantados, cuesta mucho dejar, porque uno se asimila a los volcanes, a los bananos, a la bellísima geografía del país. Uno aprende a amar a su pueblo, se acostumbra al "gallopinto" y a las comidas típicas. Imagínate lo que será para un nicaragüense dejar su tierra. Si resulta doloroso y difícil para nosotros, que somos chilenos, lo es mucho más para ellos que han nacido aquí y que tienen raíces folklóricas y culturales muy importantes. Ellos saben, además, que van a vivir obligados por sus padres a países que les son tremendamente hostiles.

Yo he visto aquí a un muchacho abrazarse a mis hijos, llorando, y decirles "no me quiero ir, me están obligando". Un muchacho de catorce años, que no tenia otro camino que obedecer. Pero he visto también a otros, mayores en pocos años, que se van de sus casas, se esconden de su familia para poder quedarse en su patria. También está el caso de los jóvenes nicaragüenses que en Miami o en otros países se acercan al consulado a pedir que los repatríen, porque no son capaces de soportar el exilio.

Esto demuestra, a mi manera de ver, la fuerza de la juventud.

Nuestros hijos, chilenos, sufren también una experiencia especial, al ver partir a todos sus amigos y compañeros a cumplir su obligación de defender lo que es suyo. Esta es, en realidad, una forma más del padecimiento que sufren nuestros hijos, los hijos de todos los exiliados, en cualquier país del mundo en que se encuentren, al sentirse lejos de sus propias raíces. Mis hijos, en concreto, han sufrido crisis bastante graves al darse cuenta de que se quedan sin amigos. Algunos movilizados en el frente, otros en la recolección del café o del algodón, otros estudiando con becas en el exterior. O sea, que ellos ven que se desgrana su grupo de amistades. Ese hecho es lo que los hace sentirse extranjeros.

El tema lo hemos conversado con varios padres, chilenos, que están en la misma situación. Y llegamos siempre a la misma conclusión: que nuestros hijos necesitan volver a Chile.

Nuestros hijos aquí han aprendido mucho. Y yo creo que lo que más han aprendido ha sido a amara América Latina. Creo que nosotros hemos hablado de internacionalismo, pero los verdaderos internacionalistas son los hijos nuestros. Pero hay una deuda con Chile que ellos saben que tienen que pagar. Esa deuda se les hace mucho más fuerte en el momento en que ocurren estas cosas, en que empiezan a quedar solos.

Y señalo esto, porque en Nicaragua ha ocurrido un fenómeno que nosotros los padres no hemos podido evitar: la mayor parte de los hijos adolescentes han exigido regresar a Chile, aún cuando los padres no tienen la posibilidad de volver. Y sabemos que en Chile se ayudan entre ellos y se mantienen comunicados. Y el que consigue un sitio en la Universidad o en el trabajo, ayuda a otros. Justamente en estos días parten algunos, que tienen como única referencia a otros jóvenes que han llegado antes y que ya tienen un lugar donde vivir, y los invitan para que alojen allí.

(La conversación se ha "globalizado". Del fenómeno de los chilenos en Nicaragua se ha pasado a discutir de los chilenos en cualquier parte. y fundamentalmente, en Chile. Los "garrobos" duermen. Es hora de irse.)


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03