José Joaquín Brunner


EL INTELECTUAL FRENTE AL AUTORITARISMO Y LA DEMOCRACIA EN CHILE

El autor de este trabajo es Director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en Santiago de Chile. Fue preparado para el Seminario "Democracia en Chile", realizado a fines del año 1981 en Bellagio, Italia, bajo los auspicios del Center for Interamerican Relations.

CONTINUIDAD

Lo que dio continuidad a la función intelectual en Chile durante muchos años puede reducirse a una triple certeza:

a) el hecho de formar ella parte de la cultura y la sociedad a través de la profesión universitaria;

b) el hecho de cultivar unos saberes cuya conexión con la práctica estaba asegurada por el Estado, sea a través del servicio público, el juego político regulado por los partidos o la iniciativa personal reconocida por las leyes;

c) el hecho de representar lo universal, de acuerdo con alguna legitimidad socialmente constituida: la universalidad del progreso, de la justicia, la verdad o la técnica.

Esta situación pudo mantenerse, incluso, en medio de los conflictos políticos y sociales más agudos. A fin de cuentas, la certeza podía asumir un carácter marcado de clase, objetivarse en una ideológica de lucha, y aun entonces perseverar en su carácter fundamental: el intelectual luchaba en efecto desde la universidad, al amparo del Estado y por lo universal.

RUPTURA

Con el autoritarismo las cosas cambiaron sin embargo radicalmente. Y, con ello, las certezas. Bajo la presión de la fuerza, los hechos que la fundaban cedieron y, a poco andar, desaparecieron.

La universidad se transformó e un espacio ideológico rigurosamente vigilado, que expulsaba de su seno a los militantes, a los disidentes y por último a los meramente discrepantes.

Una parte importante de los intelectuales fue reducida al estatuto de "freischwebende intelligenz", pero en un sentido bien diverso que el proclamado por Mannheim.

El Estado, a su vez, se encargó ahora directamente de sintonizar saber y poder, revistiendo a éste de un manto técnico y validando aquél, exclusivamente, en función de los intereses y la razón del Príncipe.

Por fin, el autoritarismo puso término a la disputa de los universales. Proclamó, en cambio, los privilegios de lo particular: del capitalista a decidir el progreso; de la represión para hacer justicia; del primado de una verdad oficial, y del mercado para asignar los recursos de la técnica.

UBICACIONES

¿Qué ha ocurrido, entonces, con la función intelectual en Chile? Apenas podemos esbozar una respuesta

1) Hay quienes se conciben asimismo, todavía, como portadores de una tradición intelectual. Son "tradicionalistas" en ese sentido. Refugiados por lo general en la universidad, perseveran en el cultivo de un "discurso humanista", cuya precariedad y desdicha se vuelve patente frente a la lógica de la represión que atenaza a la. sociedad. Para sostenerse, ese discurso tiene que capitular frente a los hechos, pactar con la violencia y someter su humanismo a un cálculo de razón táctica frente al Estado.

2) Los nuevos intelectuales de la derecha prefieren por eso reconocer, directamente, las realidades del poder. Son en ese sentido "realistas". Si defienden el pragmatismo contra las ideologías, y la técnica contra la política, ello debe entenderse en el marco de una dominación que no puede apelar al discurso racional para fundar su legitimidad. De allí que, para los intelectuales realistas, la racionalidad de medios y fines excluya cualquiera otra consideración. Su filosofía viene a ser siempre, en último término, una versión behaviorista del comportamiento humano. El cálculo de costos y beneficios guía la autocomprensión de este sector intelectual, para el cual el poder aparece revestido de un carácter técnico-instrumental incompatible con la formación de una voluntad política democrática.

3) Desde el lado de la oposición política contra el autoritarismo, el intelectual tenderá a identificarse como disidente o como militante, o en cualquier punto intermedio como intelectual critico. El disidente enfatizará su vocación ética, y volverá el humanismo contra el terror. Proclamará su independencia en medio de las luchas contingentes, o se hará parte de éstas en nombre de ideales que las trascienden. El militante, en cambio, va a enfatizar su vinculación orgánica con los proyectos sociales y con las organizaciones de oposición, y hará de su oficio la expresión de un compromiso que pugna por encontrar una esfera pública donde manifestarse. Por fin, el intelectual critico resume en su posición una doble distancia: respecto del quehacer militante, cuya insuficiencia cree entrever en la profunda crisis de la política a partir del año 1973; respecto de la actitud disidente, cuya base social de su tentación le parece demasiado estrecha y, por necesidad, fundada en un recurso al prestigio personal.

CONFORMISMO AUTORITARIO

El problema con los esquemas de ubicación es que no logran captar bien la realidad. Nos pueden decir algo sobre cómo se ordena la función intelectual, pero nos dicen poco sobre las condiciones de su realización. Fue Gramsci quien al respecto llamó la atención sobre un hecho que hoy nos parece evidente: que los intelectuales existen como una fuerza social, "intelectual colectivo", y que en esa calidad contribuyen poderosamente a cimentar la hegemonía de una clase social o a impugnarla en función de proyectos sociales alternativos. Lo anterior supone, sin embargo, una sociedad civil organizada políticamente, dentro de la cual existe una pugna por su dirección intelectual y moral. Es decir, supone la política como el terreno donde se funda comunicativamente un orden de sentidos compartidos, y se le impone por medio de la fuerza y el consenso.

La experiencia autoritaria, en cambio, es la experiencia de una sociedad que clausura el espacio político, que instituye unas relaciones de poder que se ejercen disciplinariamente y que se apoyan en la represión. Con todo, sería un vicio razonar bajo el supuesto de que en Chile el poder se mantiene exclusivamente por medio de la violencia. No ocurre así, ni siquiera, al interior de las instituciones totales, como pueden serlo las cárceles, los campos de concentración u otros organismos de reclusión. Más bien, la dominación autoritaria se sostiene en Chile sobre la base de la fuerza y de un conformismo pasivo, inducido este último, simultáneamente, por el temor, la fragmentación de la práctica social, la operación del mercado como asignador de oportunidades de vida y de satisfacción de demandas individuales, y la producción regulada de sentidos adaptativos a través de la administración de un espacio público distorsionado. El conformismo se vive, por ende, como privatización de la vida social, como ausencia o ritualización de los significados públicos, y como integración en un orden de condicionamientos operantes que no permite elaborar comunicativamente las motivaciones de la acción, la subordinación y la rebeldía.

En estas condiciones, no parece sorprendente que la movilización "pública" de ese conformismo privado resulte en manifestaciones de apoyo al régimen autoritario, como ocurrió durante el reciente plebiscito, y ello más allá de la manipulación de los procedimientos plebiscitarios y del escrutinio. ¿Acaso no se trata de la manifestación previsible de una voluntad "política" que ha sido previamente condicionada, y que lo ha sido con eficacia? Repito entonces: es el conformismo inducido lo que se refleja en ocasiones como las que proporcionan las consultas plebiscitarias, las encuestas políticas de la Gallup, los sondeos periodísticos de opinión, etc.

FUNCIONALIZACIÓN DE LA VIDA SOCIAL

Pero esto, justamente, cuestiona de lleno la noción de una leadership intelectual, sobre todo en la perspectiva de la mantención y el cambio del autoritarismo en Chile. La clásica idea de que son las élites intelectuales las que pueden movilizar proyectos de modernización y transformación social se fundaba en una comprensión iluminista de la política Se suponía, en efecto, que el tradicionalismo estaba ligado a una concepción preracional del mundo, regida por una conciencia histórica conservadora, el apreso por los valores consagrados, las autoridades adscritas y los esquemas no-discursivos de legitimación. Los intelectuales modernos, por el contrario, aparecían como los portador genuinos de la racionalización de la vida social: disolventes de la tradición por el ejercicio de la ciencia, se confiaba en que ellos "educarían" a la sociedad en un comportamiento racional con acuerdo a fines, introduciendo un sentimiento secular de la existencia, valores de logro, justificaciones de eficacia para la legitimación del poder y el principio de la formación discursiva de la voluntad política. Lo más que se puede decir, entonces, es que el autoritarismo ha radicalizado la visión moderna del liderazgo intelectual, pero liberándolo a la vez de su conexión con los propósitos iluministas de fundar un bienestar social hecho accesible por medio de procedimientos democráticos. Más bien, esa radicalización se ha llevado a cabo, en el autoritarismo, en convergencia con el "sueño militar" de la sociedad: sueño que prolonga la política con los medios de la guerra, y que por ende aspira a disciplinar y jerarquizar la sociedad, fundando un orden de articulaciones silenciosas pero eficaces, de coacciones bajo la forma de dispositivos técnicos de regulación del comportamiento, y de extensa vigilancia en función del compacto cumplimiento del deber de cada uno.

El intelectual realista es "post-moderno" y ha encontrado en la fuerza el instrumento eficaz de "educación" que el argumento racional le brindaba sólo contradictoriamente, expuesto como está a ser refutado o sencillamente desatendido por la activación de las masas. De allí la idea de una "democracia autoritaria" o "protegida", que sobrevendría, lentamente en el tiempo, como producto de la "educación" de las masas y de su identificación con las gratificaciones del sistema.

El mercado, como expresión de la racionalidad material del sistema, daña paso así a su racionalización formal en un marco de leyes estables, derechos individuales y poderes descentralizados: ya en ese momento, la fuerza podría asumir un papel tutelar de los "valores últimos" del sistema, bajo la forma de un poder de seguridad nacional de modo que allí donde antes la democracia se concibió como el espacio político necesario para racionalizar legítimamente la función interventora del Estado, ahora se le postula como out-put terminal de un sistema cuya racionalidad es una extrema funcionalización de la vida, integrada por regularidades abstractas. Si antes la condición del desarrollo fue la integración social en tomo a un mundo de vida estructurado comunicativamente, ahora lo es la autorregulación del sistema, que excluye - por un tiempo suficientemente largo - las interferencias políticas y, por ende, las decisiones públicas sobre el sentido normativo de esa regulación social.

DILEMA POLÍTICO

Se dirá, sin embargo, que el proyecto de una auténtica democracia, como quiera que ésta se defina aceptando que ella expresa una forma de autogobierno de masas, que como aspiración alcanza a todos los planos de la vida social, no es realizable sin un liderato intelectual esclarecido. Pero esto es precisamente poner por delante del problema de la democracia el de su gobernabilidad. Si se parte así, pronto se verá uno argumentando en tomo a los límites que hay que imponer a aquélla en función de hacerla gobernable; o cómo es necesario reducir la democracia a un procedimiento eficaz para asegurar una rotación de las élites.

Es probablemente frente a la cuestión de la necesidad de la democracia donde hoy converge más rápidamente un consenso de oposición en Chile, pero es también el terreno donde ella está obligada a reconocer su mayor debilidad. El problema es, justamente, que hoy existe una élite política capaz de expresar esa demanda, incluso de reconocerse en ella, pero ésta no logra en cambio encontrar las fuerzas sociales que la pudiesen volver gobernante. Este problema, y no el de la gobernabilidad de la democracia, es pues el que debe preocuparnos. En suma, estamos frente al problema de la constructibilidad de la democracia en Chile, o sea, si ella puede y cómo construirse a partir de las condiciones del autoritarismo.

INTELECTUAL COLECTIVO

Yo no tengo, evidentemente, la respuesta a ese problema. Más bien, me limitaré a exponer algunos argumentos sobre los intelectuales en referencia a él. Lo primero parece ser la necesidad de recuperar la dimensión colectiva del intelectual. Si hay en Chile, pienso, una experiencia que es común a quienes realizan trabajo intelectual, es la constante interrogación sobre la privatización de su practica. Recluidos en posiciones marginales, los intelectuales de oposición viven además como efecto de trivialidad de su trabajo, la exclusión sistemática del espacio público de que son objeto en la sociedad. Enfrentados a esa situación, los propios fundamentos de su practica parecen estar cuestionados. Pero hacer la crítica de las armas tampoco lleva demasiado lejos. Es, en verdad, el intelectual como individuo el que está puesto en jaque. Su trabajo adquiere sentido, recién, en conexión con las fuerzas sociales que se mueven todavía débil y fragmentariamente contra el autoritarismo.

¿Qué son, sin embargo, esas fuerzas sociales? Pues hay aquí el peligro, especialmente para el denominado intelectual de izquierda, de resolver nominalistamente el problema, adjudicando a su trabajo una ligazón orgánica, pero abstracta, con la clase obrera. O bien, de resolverlo organizativamente, en el seno del partido. O, por último, de resolverlo empáticamente, entregándose a una solidaridad cotidiana de trabajo en la base, haciéndose cargo allí de las urgencias del mundo popular. Por eso es necesario preguntarse por las fuerzas sociales, como fuerzas capaces (o no) de colectivizar el trabajo intelectual y establecer, para éste, un nuevo nexo de teoría y práctica. Esas fuerzas adoptan hoy en Chile la forma de movimientos sociales emergentes, por lo general de carácter urbano, que se organizan en tomo a mundos específicos de vida y problemas; movimiento obrero, juvenil, universitario, de mujeres, de cesantes, en el campo de la enseñanza, las profesiones, los derechos humanos, de iglesias, de pobladores sin casas, etc.

ORGANIZADOR DEL APRENDIZAJE SOCIAL

No pareciera, sin embargo, que el intelectual pueda aspirar, de acuerdo al modelo que proporciona el político-parlamentario, a dirigir y representar los "intereses" de dichos movimientos. Por el contrario, su función se presenta como la de un organizador, sobre todo en el terreno del lenguaje de auto-conocimiento y del desarrollo de su conciencia política a partir de los hechos cotidianos de la lucha. Es un trabajo, el del intelectual, de formación y aprendizaje al mismo tiempo. Participa en la construcción de la identidad colectiva de un movimiento, proceso en el cual obtiene su propia identidad intelectual.

DISYUNTIVAS

Es en esas perspectivas, me parece, que se redefine hoy la función intelectual en Chile.

Quién imagine que una alternativa democrática tiene que ser desarrollada primordialmente como un programa de gobierno, concebirá la función intelectual más cerca de los partidos y las tareas inmediatas de la lucha política. Quién piensa, en cambio, que esa alternativa debe desarrollarse como un Proyecto social y cultural a la vez que político, tenderá más bien a concebir la función intelectual por referencia a la recomposición de la sociedad civil y sus diversos movimientos. Quién adopte la primera posición es probable que restrinja la demanda democrática a una demanda por las instituciones políticas, y se vea envuelto en el problema de la gobernabilidad de la democracia en la etapa post-autoritaria. Aquél que reflexione desde la segunda posición tenderá, más bien, a identificar esa demanda con cambios en la forma de vida, y se verá envuelto por ende en el problema de traducir el "sentimiento" de experiencias comunes en significados generales. En un caso, el intelectual creerá posible partir de la tradición política nacional para llegar a la democracia a través de un proceso de continuidad sin rupturas esenciales con el autoritarismo. Mientras que, en el otro caso, partirá de la necesidad de disolver la cultura existente, enfatizando la imaginación de nuevas normas y reglas de interacción social. Si allá el problema es cómo producir una "apertura" política con los recursos de poder y negociación que posee una oposición movilizada y lograr adhesión a un liderato alternativo; aquí es cómo rearticular y cohesionar las experiencias colectivas, facultar el aprendizaje social y construir una hegemonía alternativa.

Santiago de Chile, septiembre de 1980.

PD. Agradezco a Norbert Lechner sus comentarios y críticas a las primeras versiones de este trabajo.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03