José Joaquín Brunner


MODELO CULTURAL Y UNIVERSIDAD EN EL AUTORITARISMO

El trabajo que publicamos a continuación fue leído en el seminario Transformaciones y Perspectivas de la Educación en Chile, realizado en Santiago en agosto de 1980, donde fue presentado con el subtítulo "Notas para un debate".

Con posterioridad, como se sabe, se han producido diversos hechos nuevos, el más importante de los cuales es la dictación de la Ley de Universidades. Aunque esto altera algunos aspectos de las previsiones contenidas en el artículo (cuyo autor estimaba en aquella fecha, con razonable optimismo, que esta legislación no sería impuesta), la esencia de su análisis se mantiene intacta y plenamente vigente, así como la presunción de que los cambios previstos en esta ley multiplicarán -como los hechos, creemos, tenderán a probar- la protesta estudiantil y la afirmación de una conciencia académica cada vez menos dispuesta a aceptar la minuciosa tarea de demolición en que está empeñada la Junta militar en el campo educacional.

I. CARACTERÍSTICAS DEL MODELO CULTURAL AUTORITARIO

Se ha caracterizado el modelo cultural del autoritarismo en Chile por los siguientes rasgos principales (1):

1. Su carácter estamental. El proceso de democratización y masificación de la cultura que venía desarrollándose en el país desde hace cerca de cuarenta años, se interrumpe bruscamente en 1973 y da paso a un nuevo modelo de organización cultural. En éste la cultura es concebida como un eje central de la auto-identificación social de los individuos, sobre la base de sus patrones distintivos de consumo cultural y la estimación social típicamente adscritos a ellos. Con esto se desvaloriza sobre todo el mundo cultural popular y se constituye en paradigma la "alta cultura", entendida como una constelación d competencias educacionales sofisticadas, estilos típicos de vida, modales de comportamiento y modas que se les conforman, hábitos de entretención, tipos de ocupación e ingresos correspondientes. El ideal del "hombre cultivado" se halla así anclado a la división y organización social del trabajo y una correlativa participación en la división social del consumo material y simbólico.

2. Su carácter disciplinario. Hasta 1973 la democratización de la cultura desempeñó un papel central en la integración de una sociedad afectada por profundas desigualdades y por ende movilizada políticamente en torno a la capacidad del Estado para compatibilizar las metas de la acumulación, la redistribución del ingreso, la ampliación de los beneficios sociales y la masificación de los mecanismos de representación. El nuevo modelo autoritario procura, en cambio disciplinar las fuerzas sociales de la nación, sujetándolas estrictamente a las necesidades de la acumulación privada de capitales y a las exigencias de estabilidad de un régimen político no-representativo, minoritario y afectado por un crónico déficit de legitimidad.

3. Su carácter privatizado. El desarrollo histórico de la cultura chilena se confundió con un proceso de progresiva expansión y enriquecimiento de la esfera pública de la sociedad. Fue por medio de la cultura pública socializada a través de escuelas y universidades, la iglesia y los organismos sociales, los partidos y sindicatos, la prensa y la comunicación social, que el pueblo aprendió a reconocerse como sujeto, diversificó sus opciones ideológicas, maduró una identidad colectiva y se hizo crecientemente cargo de influir en el Estado y la política. El autoritarismo estrecha brutalmente el espacio público de la sociedad y lo manipula desde sus posiciones de poder. Determina por lo mismo una progresiva privatización de la cultura, la que tiende a identificarse en adelante como un bien individual asimilable por el mercado. Por eso la cultura deja de ser una preocupación del Estado, mientras se la somete al juego de las preferencias del consumidor y al cálculo de rentabilidad empresarial.

4. Su carácter regresivo. La cultura es el ámbito donde una sociedad hace su aprendizaje colectivo. Donde aprende a intervenir sobre sí mediante una continua comunicación pública de sus experiencias. En ausencia de una organización democrática de la cultura, en cambio, la sociedad se halla expuesta a la intervención de los grupos de poder que actúan sobre ella, sin que pueda desplegar su propia creatividad social. De allí que su aprendizaje colectivo, en condiciones autoritarias, se encuentre reprimido, y que tenga que expresarse en medio de un sistema de vigilancias y sanciones.

5. Su carácter excluyente. El modelo cultural autoritario es un sistema de exclusiones que tiende a impedir que los grupos, organizaciones y movimientos sociales dominados puedan constituirse en alternativas públicas de un nuevo ordenamiento social, político y cultural. Así el debate se encuentra excluido. La manifestación libre de opiniones no tiene cabida. La actividad política es mantenida en receso por la fuerza. La comunicación social con efecto masivo esta entregada a un pequeño grupo de agentes culturales, estrechamente vinculados al Estado y los conglomerados económicos. Las universidades excluyen de su seno la confrontación de ideas y se hallan intervenidas.

6. Su carácter cerrado. Una cultura democrática puede llamarse abierta cuando admite la expresión, incluso desigual, de diversas concepciones del mundo, corrientes de pensamiento, tradiciones culturales y constelaciones de valores, creencias y opiniones. En el modelo cultural autoritario predomina, en cambio, la estrechez ideológica de la cultura oficial. La razón de Estado es invocada para destruir el pluralismo de la cultura nacional. Solamente la ideología de los grupos rectores de la sociedad encuentra un campo de libre comunicación. El "debate" se lleva a cabo, por ende, entre diversos matices de esa ideología. Es un pseudo debate. Por el contrario, las grandes tradiciones culturales e ideológicas que se identifican con el desarrollo histórico de la nación se ven obligadas a subsistir en los intersticios de la sociedad, casi sin emerger a la superficie. Así ocurre con el pensamiento social cristiano, con el pensamiento democrático, con las corrientes ideológicas de izquierda, con el pensamiento marxista, con los desarrollos más críticos dentro del pensamiento católico. En ocasiones la cerrazón ideológica llega tan lejos como para confundir una determinada opción dentro del campo de la política económica con el estatuto de una verdad científica indisputable. O, por el contrario, se declara fuera de la ley la difusión de un pensamiento y se castigan manifestaciones artísticas y culturales, bajo el argumento que ellas sirven a "la subversión".

En suma, el modelo cultural del autoritarismo ha interrumpido bruscamente el desarrollo cultural nacional y ha impuesto un régimen que vuelve impracticable el libre desarrollo de la creatividad social. En estas condiciones se establece un monopolio sobre las capacidades de intervención en la sociedad que favorece a un reducido bloque de poder, dotado sin embargo de los medios de fuerza y los medios ideológicos que le permiten ejercer el disciplinamiento de las diversas fuerzas sociales. La cultura deja de actuar en estas condiciones como una influencia social poderosa en beneficio de la integración social y refuerza, en cambio, los procesos de estamentalización jerárquica de la comunidad. Simultáneamente actúa como un sistema de exclusiones múltiples y garantiza así el predominio absoluto de un marco ideológico único que cierra el horizonte intelectual de la sociedad, reduciéndolo a la perspectiva de los grupos que detentan el poder.

II. LAS FUNCIONES UNIVERSITARIAS HASTA 1973

Tradicionalmente las universidades jugaron en Chile, hasta 1973, una triple función (2): 1) Establecieron y desarrollaron las profesiones como funciones sociales complejamente interconectadas con los procesos productivos, el papel creciente del Estado en la sociedad y la progresiva estratificación de los grupos medios. 2) Institucionalizaron dentro de las condiciones típicas de un país subdesarrollado y dependiente, las ciencias básicas y aplicadas, concentrando la mayor parte de los esfuerzos de investigación que se realizan en el país. 3) Dieron formación a capas cada vez más amplias de intelectuales que, en virtud de la ampliación de la democracia, pudieron diversificarse cultural, ideológica y políticamente.

En virtud de su función creativa de las profesiones las universidades fueron ligándose inextricablemente con el proyecto de modernización nacional, contribuyendo al proceso de desarrollo económico y social. Paralelamente hicieron posible, mediante su propia expansión, un acceso más amplio y flexible a las posiciones típicas de las clases medias, promoviendo al interior de ellas un grado no despreciable de movilidad social.

En virtud de su función institucionalizadora de las ciencias y las artes las universidades concentraron en beneficio público la función innovadora de la cultura, dando lugar al desarrollo de la investigación y la creación artística en beneficio del patrimonio colectivo (por ejemplo, en el campo de la medicina social, las obras públicas y, en grado diferente, de la crítica social y la organización y difusión del arte musical y teatral).

En virtud de su función formativa de los intelectuales, las universidades se hicieron cada vez más centrales al proceso de producción ideológica, ligándose conflictivamente a las luchas de hegemonía cultural que caracterizaron las últimas décadas del desarrollo del país.

A su vez, esta triple función asumida por la universidad la dotó de un conjunto de características que pueden resumirse brevemente así.

1. La universidad adquirió un creciente grado de autonomía institucional, de legitimidad cultural y de apoyo estatal. Sus funciones, en efecto, contribuían al proyecto histórico de desarrollo nacional, en torno al cual existía, al menos hasta fines de la década del 60, un relativo consenso social y político.

2. La universidad pudo cultivar, en su interior, un ámbito creciente de libertad cultural, haciendo posible el desarrollo de un pluralismo creciente.

3. Lo anterior contribuyó, especialmente a partir de los años 67, a una progresiva y no siempre fácil democratización del gobierno de las universidades, para dar representación así a las diversas corrientes de opinión intelectual que convivían en su seno.

4. Esto, a su vez, volvió permeable las universidades a la lucha ideológico-política que se libraba en la sociedad chilena, impulsando un proceso de descentramiento de la vida académica. En muchos momentos ésta tiende a orientarse por parámetros políticos exteriores a la universidad y con ello se enrarece el clima intelectual en su interior.

5. Finalmente, como producto de la presión democratizadora que vive la sociedad chilena, especialmente a partir de la segunda mitad de la década del 60, la universidad se masifica bruscamente. Por detrás de este proceso no existe una lógica simple que lo explique. pues la universidad no crece en esos años como producto de una mayor demanda por personal calificado, ni lo hace en función de una aceleración del desarrollo económico. Más bien crece "contra el mercado", en virtud de demandas educacionales y sociales provenientes de la expansión del sistema escolar y de la movilización de diversos estratos medios que pugnan por ascender al status profesional y a ocupaciones mejor valoradas y remuneradas. Además aumenta la matrícula femenina y se multiplican las carreras intermedias y cortas de carácter técnico.

III. LA ALIENACIÓN AUTORITARIA DE LA UNIVERSIDAD

Bajo el nuevo modelo cultural autoritario la función de las universidades ha cambiado drásticamente, como ha variado también su clima interno.

De hecho, según testimonio reciente de 77 connotados universitarios chilenos, "las universidades se encuentran bajo dominio político y se impone en ellas un sectarismo que ha dañado gravemente la selección de los académicos, su libertad de expresión, la seguridad en el desempeño de sus funciones y hasta su autoridad intelectual y moral frente a los estudiantes". (Asociación Universitaria y Cultural Andrés Bello, documento constitutivo. Diario Las Ultimas Noticias, 24 de julio de 1980.) Por eso mismo ellos hablan de una "universidad interdicta, sometida al arbitrio del Gobierno"; de una "universidad falsificada", y una "comunidad universitaria disminuida en su fuerza espiritual".

¿Qué ha ocurrido, en efecto, en las universidades durante estos últimos siete años?

1. Ellas se hallan intervenidas. Sus rectores son en verdad delegados de la Junta Militar que gozan de poderes omnímodos en virtud del decreto 139. Los universitarios no participan en el gobierno de las instituciones. Estas se encuentran sujetas al poder estatal y enmarcadas dentro de un régimen de estrecho control, al punto que se ha llegado a denominar este sistema de "universidades vigiladas".

Las universidades han perdido pues su tradicional autonomía institucional, con la consiguiente pérdida de libertad espiritual, sofocamiento de su pluralismo interno y destrucción de los mecanismos de autorregulación democrática de su quehacer.

2. Paralelamente, se ha instaurado dentro de ellas un régimen continuo de exclusión ideológica. Desde septiembre de 1973 hasta el Presente se han expulsado innumerables profesores y estudiantes bajo acusaciones directamente políticas y, más recientemente, en virtud de Apuestas necesidades de "racionalización presupuestaria". Según un estudio, solamente durante los primeros meses posteriores al golpe militar se habrían eliminado de los claustros entre un 30 y un 35% del plantel docente, entre un 10 y un 15% del personal no académico y más de un 15% de los estudiantes (3). En lo que va corrido de este año solamente, es decir, a más de siete de iniciarse el proceso de depuración, se han expulsado de las universidades a 17 académicos, en el caso de la Universidad Católica de Chile, a por lo menos 25 en la Universidad de Concepción, a 141 en la Universidad del Norte, a 4 en el Departamento de Economía de la Universidad de Chile, todo esto ateniéndose exclusivamente a la información entregada por la prensa. El número de estudiantes suspendidos, expulsados o sancionados es evidentemente mucho mayor, agregándose a ello la frecuente detención amedrentamiento y relegación de alumnos universitarios, especialmente dirigentes estudiantiles. Con razón pues se dice que en las universidades reina un clima de temor y desconfianza, característico de situaciones donde impera un poder discrecional y un sistema arbitrario de exclusión.

3. En las condiciones descritas, la universidad chilena ha perdido legitimidad como institución rectora de la cultura nacional. Su tutelaje oficial, su estrechez ideológica, el clima interno en que se desenvuelve la vida académica, unido al modelo cultural autoritario en pleno despliegue, hacen que la universidad sea percibida crecientemente como un espacio cultural alienado.

IV. UNIVERSIDAD Y MODELO CULTURAL AUTORITARIO

La pregunta que cabe formular entonces es ésta: ¿qué papel juega la universidad, tal como ella ha venido conformándose durante estos años, dentro del modelo cultural autoritario?

Intentaremos esbozar una respuesta, por necesidad inacabada y sujeta a necesarios desarrollos posteriores.

1. La universidad es percibida por el autoritarismo, producto de su evolución histórica en el marco democrático de la sociedad chilena, como un poderoso mecanismo de influencia ideológica. Su función formativa de las capas intelectuales de la sociedad, especialmente, la habría dotado de un rol decisivo en la creación y mantención de los grupos dirigentes. De allí que se busque ahora, por todos los medios, someterla a un rígido control. Lo que éste debe asegurar, en efecto, es la uniformidad ideológica de los futuros cuadros dirigentes y profesionales de la sociedad. Lo que debe impedir, a su vez, es que las concepciones de mundo alternativas y antagónicas con el autoritarismo puedan reclutar en la universidad el personal intelectual y profesional capaz de sustentarlas, desarrollarlas y difundirlas en la sociedad.

2. Para ello se busca identificar la universidad, además, con una función preeminentemente económica. Según lo expresara recientemente uno de los ideólogos del régimen, "tanto la docencia como la investigación y la extensión cultural -consideradas como la razón de ser de la universidad- deben ser medidas por la rentabilidad que otorguen a sus dueños o administradores" (4). Se concibe pues la formación universitaria como un proceso de formación de capital humano y se espera, por ende, que la universidad se comporte, en medida importante, como una empresa. Debe autofinanciarse en lo posible, debe preocuparse que su operación sea rentable y debe orientar su actividad en vistas al mercado.

3. Concordante con lo anterior se espera introducir una rígida clasificación de las carreras universitarias, de manera que solamente aquéllas revestidas de un prestigio tradicional o altamente rentables en el mercado de las ocupaciones sean conservadas por la universidad. Las universidades así reducidas podrían entonces "des-masificarse" y volver a adquirir un papel decisivo en la formación de élites, dentro de un clima de relativa homogeneidad cultural y social del alumnado. Por este camino se volvería pues a enfatizar el carácter rigurosamente selectivo de la "alta cultura" o "cultura superior", vieja aspiración de los grupos que identifican su distinción con el control monopolice sobre la cultura superior.

4. Finalmente, se espera que una universidad renovada en estos términos, es decir, ideológicamente uniforme, orientada por el mercado, reducida y centrada en la transmisión de la "alta cultura" y las competencias profesionales prestigiosas, podrá incorporarse más fácilmente al movimiento de privatización de la sociedad y la cultura (5). Se busca, en efecto, revertir el proceso histórico de desarrollo de las universidades por el cual éstas alcanzaron un rol progresivamente identificado con el interés público, y sujeto por lo mismo a los conflictos democráticos en torno a su definición. Una universidad convenientemente privatizada desempeñaría en cambio un rol muy distinto. Formaría profesionales sobre una base estrictamente individual, vendiendo un servicio educativo y entregando un producto al mercado. Desarrollaría las ciencias en íntima conexión con las necesidades surgidas del mundo productivo y expresadas a través de los requerimientos empresariales. Prepararía una élite intelectual y dirigente conformada en la visión ideológica dominante, por ende funcional a la reproducción estable de la concepción autoritaria del mundo.

V. LA REACCIÓN DE LA CONCIENCIA UNIVERSITARIA

Quiero concluir con unas breves observaciones. Me parece relativamente razonable sostener que el proyecto autoritario de universidad está hoy en quiebra. Los síntomas indicativos son variados. La rebeldía estudiantil se ha multiplicado a pesar de las sanciones, las amenazas y las expulsiones. El siguiente paso será el surgimiento de un movimiento estudiantil autónomo dentro de las universidades, cuyos gérmenes ya existen. La conciencia académica, a su vez, ha

empezado a manifestarse cada vez con más vigor. Ya son muchos los profesores universitarios que no están dispuestos a callar frente al deterioro de sus instituciones. Testimonio de ello es, por ejemplo, la reciente formación de la Asociación Andrés Bello. En el propio campo de los que sostienen el proyecto autoritario la confusión aumenta. Unos exigen la terminación del mandato de los rectores interventores, mientras otros quisieran perpetuar este régimen indefinidamente. Desde hace más de un año se estudia una nueva ley de universidad que sin embargo ha debido ser preparada de espaldas a las instituciones y en el sigilo habitual del régimen.

Más importante es, sin embargo, que el propio proyecto autoritario y el modelo cultural en que se inscribe carecen de legitimidad, y sólo pueden ser impuestos por la fuerza. Pero precisamente esto repugna a la conciencia universitaria, y destruye las bases sobre la que ella se asienta: esto es, la necesidad de que todo argumento sea libremente expuesto y pueda ser rebatido racionalmente; que todo consenso surja de una comunicación públicamente sostenida entre interlocutores no sujetos a control: y que la fuerza sea eliminada radicalmente en beneficio de una persuasión argumentada. En la medida que el autoritarismo niega cada una de esas premisas sobre las que se desarrolla la conciencia académica, niega asimismo las condiciones comunicativas que son inherentes a la institución universitaria.


Notas:

1. J.J. Brunner La cultura en una sociedad autoritaria. La concepción autoritaria del mundo. El diseño autoritario de la Educación en Chile. La estructuración autoritaria del espacio creativo. Cuatro trabajos publicados por FLACSO. Santiago de Chile, 1979. Además: El modo de dominación autoritaria. FLACSO. Santiago de Chile, 1980.

2. véase, M. A. Garretón, Universidad y política en los procesos de transformación y reversión en Chile, FLACSO, Santiago de Chile, 1979. J.J. Brunner, Universidad y clases sociales. FLACSO, Santiago de Chile, 1979.

3. M. A. Garretón, op. cit.

4. . Lüders, diario La Tercera de la Hora, Santiago de Chile, 5 de junio 1980.

5. Véase J. Ruiz-Tagle, Universidades, de las purgas a la privatización. Revista "Mensaje" 287, marzo-abril. 1970.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03